Capítulo 26

Me acomodé en el sillón de cuero negro. Me quedé viendo la pared blanca, sin saber qué hacer. O decir. Suspiré frustrada, no me gustaba ver a Pansy así, pero no podía hacer nada. Ella tenía el apoyo de Harry, y eso era todo lo que necesitaba y lo que le ayudaría a salir de la tristeza. Ese hombre no se había separado de ella ni un segundo, faltando al trabajo y cuidándola todo el tiempo, a pesar de las protestas de Pansy para que no lo hiciera, prometiéndole que estaría bien, pero eso nadie le creía, no hasta que sonriera con ganas de nuevo.

Revisé los títulos de los libros que había en el estante. Había varias novelas antiguas, y me sorprendí encontrar varias de autores muggles. Se me hacía extraño, Blaise no despreciaba a los muggle por completo, su lista de amantes se extendía hasta fuera de nuestro mundo, pero que leyera algo de ellos era sorpresivo.

Hace algunos meses, cinco semanas después del incidente en el departamento, Blaise había llegado a mi oficina, sin flores o regalos, simplemente él, como si dijera que venía en serio, que no estaba actuando como un conquistador, simplemente era él pidiendo una oportunidad. Acepté, porque lo vi sincero, porque lo miré transparente, autentico, él siendo él. No podía decirle que no. No quería tenerlo lejos ya. Lo amaba como a nadie y él no tenía ni idea de cuánto. Y los días que no lo tuve cerca fueron agonías para mí.

Le volví a pedir que fuéramos amigos, que lo intentáramos bien, que ya no me besara o me abrazara, pero él negó con la cabeza.

—No puedo —había dicho, y se acercó a mí— No puedo cometer dos veces el mismo error. No te quiero simplemente como amiga. Te quiero, Millicent —yo quedé sorprendida. Esa palabra podía tomar muchos significados para Blaise, pero parecía que hablaba en serio, un te quiero real, pero difícil de creer— ¿Dame una oportunidad, por favor?

Le pedí que me lo dejara pensar una semana, pero al final cedí. No era una relación formal, era más bien como intentar traspasar la barrera de simples conocidos, ganar poco a poco la confianza, tratar de ser nosotros mismos, sin coqueteos descarados o insistencias de su parte. También le pedí que no me volviera a decir si se acostaba con alguien. No necesitaba escuchar eso nunca más, sin decirle que lo odiaría si volvía a decirme una cosa así.

—Eso no volverá a pasar —respondió.

Me dio la impresión de que se refería a algo más que no hablar sobre sus andanzas con otras mujeres. Era como si prometiera que nunca más iba a estar con otras. Y eso era imposible.

Ahora me encontraba es su casa. Él se sentó a mi lado, y me ofreció una copa de vino. Ver a Pansy, a mi mejor amiga, de esa manera no era bueno para mí. Era como si una y otra vez ella tuviera que pagar por sus errores, como si no bastara que su madre muriera pronto, que su padre la tratara de vender, estar comprometida con un anciano y luego con su mejor amigo buscando su libertad, que la torturaran por no haber podido matar a Luna Lovegoob en los calabozos Malfoy, por haber ayudado a los que quería en esa guerra haciendo cosas que no eran buena. Sí, parecía que la seguían castigando más por decisiones que no pudo tomar de manera libre.

Dejé la copa en la mesa, y con toda la confianza que me había dado pasar tanto tiempo en el departamento de Blaise, y el propio Blaise, me acosté en el sofá, colocando la cabeza en su regazo. Podía decirse que confiaba un poquito más en él y a él no le disgustaba mi atrevimiento.

—¿Qué sucede? —preguntó, acariciando mi cabello.

Cerré los ojos cansada y satisfecha por la caricia.

—Acabó de ir a ver a Pansy. Duele verla así —le dije.

—Fue algo muy fuerte lo que pasó —murmuró.

Tomé su mano, la que estaba en mi cabello, y empecé a jugar con sus largos dedos, mirando sus uñas cortas y limpias. Tenía manos bonitas, fuertes y tibias. Me gustaba.

—No sé qué hacer para ayudarla —suspiré.

—Ella esta consiente de que estás a su lado, y para ella ha de ser lo mejor.

—Yo no sabría cómo reaccionar. No puedo imaginarme pasar por algo como eso.

—No estarías sola —aseguró. Él llevó mi mano a sus labios, y besó mi dorso— Me tendrías a mí.

—O al padre de mi hijo —murmuré, mirando a otro lado.

—A quien quieres, pero siempre me tendrías a mí —juró.

Me daban ganas de creerle, pero era un poco difícil. Blaise Zabini, el mujeriego, quien podría tener a cualquier mujer con tan sólo tronar los dedos, que me quisiera a mí era difícil de creer.

—¿Tienes algo que hacer el sábado por la noche? —me preguntó, al cabo de unos minutos en silencio.

—Sí. No quisiera ir, pero hay una pequeña reunión en la empresa, por el cumpleaños de un compañero. Pero iré, no quiero verme grosera —le conté. En realidad, desearía quedarme en casa, pero no parecía correctos hacer ese desaire— Pero no tardaré, me despediré lo antes posible.

—¿Cómo a qué hora? —preguntó— Quiero ir por ti.

—No lo sé, quizás como a las once —contesté, sin pensarlo mucho, y en la fiesta alegaría que me sentía mal— Pero no es necesario que vayas, podemos vernos en mi departamento, o yo puedo venir al tuyo —dije sin pensar de nuevo.

No tenía ni idea de porque había dicho eso. Él tan sólo asintió, como si no hubiese notado nada raro en mis palabras. Quizá era porque ya teníamos algunas semanas conviviendo de manera diaria, sin presiones de ningún tipo.

—De acuerdo —aceptó.

La llegada del sábado me trajo un problema. No sabía que ponerme y no quería vestirme como si fuera a ir al trabajo (pantalón, una blusa lisa y un saco), quería verme diferente. Pero la única que podría ayudarme en este caso, sería Pansy, pero no quería agobiarla con algo tan superficial como el asunto de mi ropa. Me decidí por un vestido en color crema, y unos zapatos de tacón, algo tan sencillo pero que me hacía sentir cómoda.

Llegué como a eso de las siete, sosteniendo un pequeño obsequio para el festejado. El estudio había sido decorado con globos, y un enorme cartel que decía felicidades, la música era suave y tranquila y todos platicaban con todos. Hablé y reí con algunos, y traté de disfrutar la fiesta, probando los bocadillos que habían llevado y bebiendo una copa de vino dulce, mientras caminaba por el estudio.

Pero había algo que me incomodaba: la mirada de David tenía algo que no me gustaba. Sabía que yo le atraía, ya me lo había confesado una tarde, e intentaba que saliera con él. Pero a mí no me gustaba ni un poco; era atractivo, no podía decir que no, también inteligente y agradable, tenía ojos marrones, cabello negro y piel clara, pero no era mi tipo, y no quería, en ese momento, de nuevo fracasar en una relación sólo porque debería ya tener una de manera formal. Eso ya me había sucedido antes y, o rompían mi corazón de manera vaga, o yo los rompía, además de que la convivencia me resultaba tediosa y obligatoria. No. No quería más eso.

Como diez minutos, antes de que diera las once, me despedí de todos, alegando un leve dolor de cabeza a todo aquel que me preguntaba. Tomé mi bolso de la silla y caminé a la salida.

Salí por la puerta principal, y me abracé, había demasiado frío y yo no había traído abrigo. Además, pronto llegaría al departamento de Blaise, tan sólo tenía que caminar para encontrar un callejón; la empresa cerraba las chimeneas en las noches y cerca del edificio no se podía hacer apariciones, por los hechizos de protección, así que para aparecer había que alejarse.

Ya casi había alcanzado una buena distancia, cuando sentí que alguien me tapaba la boca con una mano y la punta de una varita se presionaba en mi babilla. Aquel sujeto me jalaba para meterme en un callejón oscuro, y a pesar de mis esfuerzos, no podía evitar el movimiento.

—Silencio —murmuró el hechizo.

Abrí los ojos inmensamente al escuchar esa voz, pues la conocía perfectamente: David.

Quitó la mano de mi boca por un segundo, traté de buscar mi varita, pero él me empujó contra la pared, haciendo que mi cabeza rebotara en la estructura. Cerré los ojos por un momento a causa del golpe, y al abrirlos, vi su mirada desquiciada. Temblé de miedo.

Traté de empujarlo, pero su cuerpo se presionó contra él mío con fuerzas, como si quiera atravesar la pared con mi cuerpo. Con asco sentí que pasaba su lengua por mi cuello y mi barbilla, y como una parte de su anatomía se pegaba horriblemente contra mí.

—Traté de hacerlo por las buenas, así que ahora te tocara de mala manera —aseguró, con voz ronca y amenazante.

Sentí sus labios, recorriendo mi cuello y mi pecho. Me dolía donde mordía con saña, como si quisiera arrancarme la piel. Traté de mover una pierna para patearlo, ya que las manos no podía utilizarlas, porque él sostenía mis muñecas por encima de mi cabeza.

—No, no llores, princesa, te aseguró que lo vas a disfrutar. Mejor que el maldito de Zabini —me dijo— Es más, después de mí, no querrás saber nada de él.

Su boca se presionó contra la mía, me mordió los labios, tratando que yo abriera la boca, pero yo la cerraba con fuerza. Sentí que me arrancaba los labios a mordidas, jalando la tierna piel con ira, así que no pude evitarlo: abrí la boca resignada. Su lengua se coló en mi boca, pareciendo un gusano retorciéndose en mi cavidad. Quería vomitar por el sabor amargo que tenía.

Mis lágrimas continuaban corriendo, y miraba su rostro por completo pegado al mío de manera borrosa. Me sentía perdida y desesperada. Volví a intentar mover las piernas, pero él me presionó más fuerte, provocándome dolor en la espalda y cadera.

—Me encantas —restregó su pelvis contra la mía.

Una de sus manos, bajaron a mis piernas, donde apretó y araño mi carne. Cada toqué era como quemarme la piel. Miré al suelo y mi bolso estaba demasiado lejos, no existía ni una posibilidad de salir bien de esta situación.

Me mordió la barbilla con rabia, obligándome a mirarlo.

La mano que me tocó la pierna, ahora arrancaba con furia las tiras del vestido. Traté de gritar, pero nada salió de mis labios, estaba en silencio por completo, no podía pedir ayuda de ninguna manera. Sus manos me apretaron el seno izquierdo, después de apartar mi ropa interior. Era tan doloroso lo que hacía, amasándolo y chupando de manera asquerosa.

Le escupí en el rostro con asco. Era lo máximo que podía hacer. Él dejó de tocarme, y se alejó de mí limpiándose la cara, y eso me dio la oportunidad de patearlo en la entrepierna. Traté de correr, para tomar mi bolso y sacar mi varita, pero él me jaló por el brazo, y me dio una bofetada.

Quedé tirada en el suelo, con la cara latiendo.

—¡Ahora te enseñare, zorra! —gritó, mientras se desabrochaba el pantalón.

Aun gateando, intenté alejarme de él, pero su mano se cerró sobre mi tobillo. Pateé, atestándole un par de golpes, pero que parecían no hacerle el mínimo dolor. Su cuerpo se tiró sobre el mío, su mano nuevamente se alzó y se estrelló contra mi cara, en forma de puño. Sentí el sabor metálico de la sangre inundarme la boca. Sus manos agarraron otra vez mis muñecas y sus labios bajaron a mi cuello.

Esto era el fin, no podía hacer más. Me dolía la cara a horrores, y sus mordidas me estaban matando, tanto por el asco como de dolor. Pataleé, pero sus piernas se ajustaron, para que no pudiera hacer ningún movimiento. Cerré los ojos, no quería verlo. Y a lo único que me aferraba, era a la imagen de Blaise, a su sonrisa y a su mirada tranquila cuando me veía. Quería que él viniera, que me salvara, que me abrazara, que me protegiera.

Apreté los labios, cuando su lengua trató de sumergirse en mi boca nuevamente. No dejaría que una vez más arruinara el sabor de los besos de Blaise ahora que estaba pensando en él.

David se quitó de arriba mío rápidamente. Tal vez se había arrepentido, aunque eso sonaba absurdo en mis pensamientos, si ya me tenía hasta aquí, obvio que no se detendría por nada en el mundo. Aunque después de esto, si salía viva, lo mataría yo misma.

Sentí frío y con mi mano derecha, elevé el trozo de tela que quedaba de mi vestido para taparme. Me obligué a abrir los ojos, temerosa de encontrarme algo peor, como quitándose la ropa por completo.

Y como si fuera una cosa propia de mi imaginación, ahí estaba mi Blaise.

Bueno, tanto como mi Blaise, no. Mi Blaise nunca poseía una mueca asesina en el rostro, quizá durante la guerra sí, pero después de eso, nunca. Los puños de él se estrellaban de manera imparable sobre el rostro de David. Luego se levantaba y lo pateaba con furia. Y la sangre que corría por el rostro de David salpicaba el suelo. Sabía que David ya no podía más, porque ya ni trataba de protegerse el rostro con las manos. Blaise lo seguía golpeando, como si nunca fuera a cansarse.

Me levanté despacio, y me acerqué a él. Con una mano sostuve la tela de mi vestido, y con la otra lo jalé por la manga. Tuve que jalarlo varias veces para que él me pusiera atención. Quería decirle algo, pero aún tenía el hechizo encima. Negué con la cabeza, intentando decirle que no más golpes, con lo que había hecho era suficiente, y aunque sentía que David se lo merecía, no quería que Blaise tuviera problemas si lo dejaba muerto.

Blaise se dio cuenta de que no podía hablar, y sacando la varita, me quitó el hechizo.

Lo primero que salió de mis labios fue un sollozo y un quejido de dolor. Al parecer, eso reanimo las ganas de Blaise por acabar con David.

—¡Maldito, te mataré! —exclamó.

Sabía que no era simplemente una amenaza, era un hecho porque inmediatamente apuntó la varita hacia él.

—No, no lo hagas —le pedí. Por nada en el mundo permitiría que Blaise fuera a Azkaban, ni por mí ni por nadie. Él no me prestó atención, y su mano tembló sosteniendo la varita— Blaise, mírame, por favor —le supliqué con la voz llorosa. Él se dio la vuelta— Llévame a casa.

Recogí mi bolso del suelo. Blaise se acercó a David, y le lanzó un incarcerous. Y antes de alejarse, le apretó la cabeza contra el suelo con un pie.

—Te pudrirás en Azkaban, yo me encaré de eso, sobornaré a quien tenga que sobornar para que nunca salgas de ahí y luego, te mandare a matar. Lo juro, y si no lo hago ahora, es sólo por ella.

Sabía que eso era posible, sabía que ellos tres seguían manteniendo fuertes compinches en el ministerio a pesar de su situación y que, si lo deseaba, haría que David no volviera a salir de Azkaban y, estaba más segura aun, que lo mandaría a matar, ahora que lo había jurado.

Se acercó a mí, y me colocó su sacó sobre los hombros. El olor especiado de su colonia me invadió por completo, logrando que me tranquilizara un poco. Él estaba conmigo y sabía que, a su lado, nada malo me sucedería ya. Su mirada me recorrió por completo, buscando heridas más allá de las visibles. Su mano se acercó para tomar la mía, pero al final la bajó. Tal vez creía que rechazaría su contacto por miedo. Y eso no era posible, ni ahora ni nunca.

Abracé su cintura, y enterré mi cara en su pecho. Sus brazos me rodearon, y lo sentí respirar en mi cabello, antes de que me diera un beso.

—Vamos a casa —dijo.

Cuando llegamos a su departamento, él me tomó en brazos y me llevó a su habitación. Me dejó sentada en la cama. Lo vi entrar al baño y, después de algunos minutos, regresó con varios frascos de cristal de distintos colores. Con mucha delicadeza vi que desinfecto los rapones de mis rodillas; ardía, pero era soportable. Luego continuó con los pequeños cortes de las palmas de mis manos, que me hice al arrastrarme por el suelo.

Su vista se colocó sobre las marcas de mis muñecas; sus dedos temblaron al ponerles un ungüento para los moretones, que me quitó el dolor casi instantáneamente. Su mirada se elevó a las marcas de mi cuello, y su mandíbula se tensó con enojo, como si apenas contuvieras las ganas de regresar y matar a David. Tomó otro frasco, que contenía una sustancia viscosa de color rosa pálido, que esparció sobre las mordidas de mi cuello, mi barbilla y sobre los labios.

—Blaise —lo llamé débilmente. Sus ojos se pusieron sobre los míos— ¿Me puedes dar el ungüento para los moretones? —pregunté. Él me lo dio.

Me bajé un poquito la tela del vestido, y me puse el ungüento sobre la parte superior de mi seno izquierdo. Tenía la piel llena de moretones y chupetones, y el dolor no se me quitó del todo al sentir el ungüento, tendría que ir con el sanador después.

Blaise se alejó de mí, abruptamente, y pateó una silla. Me asusté por su repentino arranque.

—Blaise.

—No puedo —dijo ahogadamente. No sabía a qué se refería— No puedo controlarme, tengo ganas de matarlo.

—Blaise, por favor —le pedí.

—Espérame aquí.

Salió de la habitación y temí que regresara a hacerlo en realidad.

Evité por todos los medios verme en el espejo de cuerpo completo que estaba en una esquina. Estaba segura de que, gracias a los ungüentos, mi piel ya no tendría ni una marca pronunciada, pero de seguro era un desastre, tanto por fuera como por dentro.

Blaise volvió a entrar, y pasó su mano por el cabello, con expresión desesperada.

—Lo mejor es que me vaya —le dije, levantándome de la cama, no queriéndole causar más problemas ya.

—¡No! —exigió. Se acercó a mí, en grandes zancadas— No puedo permitir que te vayas. Quédate, por favor —pidió dócilmente.

Sus manos se colocaron sobre mis mejillas, y su frente se pegó a la mía, respirando sobre mi nariz.

—Está bien —accedí, porque no quería estar sola en mi departamento— ¿Puedo bañarme? —pregunté.

Él asintió, y caminó al baño para abrirme la puerta.

Me metí en el baño, y me restregué la piel con fuerza, no quería sentir nada de ese imbécil en mi cuerpo, ningún fluido de él, ni una mugre o sensación. Dejé de hacerlo hasta que vi que mi piel se ponía completamente roja y ardía como si me hubiese quemado de sol. No pude evitar empezar a llorar, de miedo, de dolor, terror, de lo que hubiera pasado si Blaise no hubiese aparecido así, si no se hubiese preocupado por mi tardanza, pues le había prometido estar a las once en su casa.

Todo lo vivido en esta noche me sobrepasaba, nunca pensé que me vería envuelta en una situación como esta; era tan desagradable y horrorosa.

Me lavé la cara, y me sequé el cuerpo con una toalla. Me volví a colocar mi ropa interior después de lanzarle un hechizo de limpieza. Con mi vestido no había nada que hacer, así que lo doblé y lo dejé sobre el filo de bañera. Me envolví la toalla alrededor del cuerpo y salí del baño.

Blaise estaba sentado en la cama, con la cabeza enterrada entre sus manos, pareciéndome tan derrotado y frustrado. Levantó la cabeza rápidamente y me miró. Y a pesar de estar casi desnuda, su mirada no fue de deseo o atracción como siempre, era una preocupada y protectora.

—No tengo que ponerme —le dije.

Él se levantó, y después de registrar unos cajones, sacó una camisa de algodón blanca y de unos paquetes, sacó un short corto nuevo. Me dio ambas cosas y se metió en el baño, para darme privacidad para vestirme.

Me los puse, aunque ambas cosas me quedaban grande, y me senté en la cama, sin saber qué hacer en realidad. Cuando salió, me tendió su mano. La tomé sin dudar y me hizo acostar en la cama, para luego cubrirme con las colchas.

—Duerme tranquila.

Me dio un beso en la frente y empezó a caminar hacia la puerta.

—¿A dónde vas? —le pregunté, sentándome.

—Dormiré en la sala —contestó.

—¿Por qué?

—No quiero incomodarte.

—No lo harás. Duerme conmigo —pedí, palmeándole el otro lado de la cama. Él siguió en el mismo lugar— Por favor, duerme conmigo.

—¿Estás segura?

—Sí. Quiero dormir contigo.

Él se acercó de nuevo y se metió bajo las colchas, sin siquiera mover la cama por su extrema lentitud al hacerlo. Dejó una buena distancia entre nosotros, la cama era grande y su distancia se sentía infinita para mí. Sabía que no podría dormir al menos que estuviéramos cerca, así que tomé su mano, y me acerqué a él.

—Abrázame —le pedí.

Él lo hizo con mucho cuidado, pasando un brazo por debajo de mi cabeza y rodeándome los hombros, y su otro brazo apenas y me tocaba la cintura. Era como si temiera romperme. Pero no era suficiente para mí, era ilógico en verdad, pero era como si no lo sintiera, así que coloqué la cabeza sobre su pecho y cerré las manos sobre su camisa. No quería que él me dejara en toda la noche. Quería olvidarme de todo, y sentir sus fuertes brazos rodeándome era un buen principio, pero necesitaba más. Más de él.

—Blaise, bésame —susurré.

—¿Qué?

—Bésame —repetí, levantando la cara.

Necesitaba con desesperación que me borrara el asqueroso beso de David. Necesitaba sentir una saliva más dulce y olor más tranquilizador, y una boca mucho más suave. Era lo justo después de que él me arrebatara hasta la sensación de los besos de Blaise.

Sentí sus labios dejando un casto beso sobre mi frente. Era demasiado vano e insuficiente. No lo quería así.

—Bésame los labios, Blaise —le pedí.

Sabía que no la haría, estaba raudo a hacerlo. Así que subí mi rostro hasta colocarlo sobre el suyo, y presioné mi boca contra su boca. Él estaba quieto, y permitió que yo tomara el control. Eso me dio más confianza para tomar un poco más de sus labios.

Su mano se elevó a mi mejilla y me acarició suavemente. Lo jalé de la camisa, y me acosté con él sobre mí. El contacto me era insuficiente, necesitaba más acercamiento, más piel, más besos, un poco más de caricias. Sus labios recorrieron los míos con suavidad y ternura, separándose por segundos para volver a iniciar, y durante esos segundos me veía a los ojos, me tocaba la cara o el cuello, y luego me besaba otra vez.

Hacía tanto que no me besaba, que es hasta ahora que me doy cuenta de cuanto lo añoraba. Pero este era un beso distinto, uno más suave y dulce, era más tierno y apasionado, como si pretendiera nunca a acabarlo o cansarse de hacerlo. Era maravilloso.

Mis manos se fueron a su cuello y luego enterré mis dedos en su cabello. Su boca volvió a dejar la mía y bajó a mi cuello, besándome sin tocarme, apenas rozando sus labios con mi piel.

Un sonidito de satisfacción salió de mis labios, y de repente, él se separó, asustándome por el brusco movimiento y haciendo que mis manos lo soltaron. Lo miré al rostro y parecía consternado. Trató de alejarse, pero lo detuve, sosteniéndolo nuevamente de la camisa. No podía permitir que se alejara ni un centímetro de mí y que dejara eso que me estaba haciendo sentir.

—Millicent, esto no está bien —susurró.

—¿Por qué? ¿Ya no te gusto? —pregunté, acariciando su mejilla.

—Me gustas más de lo que es sanamente posible —confesó, depositando un besito en la comisura de mis labios— Pero tú aun estás alterada, y no quiero besarte hasta que estés completamente segura.

—Estoy segura de lo que quiero —afirmé, tomando su rostro entre mis manos, para que me mirara directamente a los ojos— Te quiero a ti. Quiero que me hagas olvidarlo. Quiero que me hagas el amor.

Sus labios me besaron de nuevo, con suavidad y ternura, recorriendo mi rostro a pequeños besitos.

—Lo hare —prometió, y sus palabras, calaron en mi corazón— Si en la mañana aun quieres que te haga el amor, no dudes de que lo hare —habló, viéndome a los ojos— Pero por ahora tan sólo quiero que duermas.

Me dio un beso más en la frente y se volvió a colocar a mi lado, y sin que se lo pidiera, me abrazó de nuevo, apretándome lo más que podía a su cuerpo.

No quería dormir, sabía que tendría más pesadillas que sueños. No deseaba cerrar los ojos, pues si lo hacía, David aparecía frente de mí, y él único capaz de calmarme, al parecer era Blaise; sus besos parecían borrar la boca de David, sus manos difuminaban el toqueteo y los golpes, su sola presencia era un bálsamo para curarme.

Cerré los ojos poco a poco, y escuchando la respiración y los latidos de Blaise, fue que me quedé dormida.

Hubo dos o tres veces que me levanté durante la noche, pero al instante siempre estaba la voz de Blaise a susurros para consolarme, me abrazaba más fuerte y mi corazón se tranquilizaba.

Cuando la luz del sol me dio en la cara, abrí los ojos de golpe, provocándome un ligero dolor de cabeza. Miré a mi lado, y Blaise ya no estaba como lo pensé. Con una mano toqué el otro lado de la cama, y el sitio donde durmió aún seguía tibio.

Me levanté de la cama, y salí de la habitación, sin hacer un solo ruido. El pasillo estaba desierto y caminé por él, sin querer me miré en uno de los pequeños espejos. Mi imagen era muy lamentable; mi cabello se veía completamente esponjado, y mi cara estaba pálida y ojerosa, como si no hubiera dormido en días. Entré al baño pequeño, y me lavé la cara con agua fría y con los dedos traté de componer mi pelo, pero era inútil.

Salí de ahí decepcionada por no poder hacer gran cosa con mi aspecto y me dirigí a las escaleras. Cuando entré a la sala, lo vi a la altura de la chimenea. Al parecer hablaba con alguien, así que esperé a que terminara.

—Todo está listo, Blaise, tranquilízate. Draco se encargó de todo lo legal, y déjame decirte que nunca lo había visto así, prácticamente se sostenía de la silla para no saltarle encima a ese maldito —esa era la voz de Theo, pareciendo más seria y enojada— Sabes que él aprecia a Milli, jamás permitiría que ese desgraciado no recibiera un buen castigo.

—Aun no me puedo tranquilizar —la voz de Blaise me llegó angustiosa— Me dan ganas de matarlo, Theo. No tienes idea de cuánto deseé en ese momento torturarlo y luego matarlo. Y en algún momento lo hare.

—Lo sé, yo tampoco me controlaría si algo le pasara a Daphne —aportó Theo.

Volví sobre mis pasos, y fingí tropezar con una silla, para que él creyera que acababa de llegar. No quería saber nada más de David y de su estancia de Azkaban, la cual sabía que sería demasiado corta por ellos tres. Los conocía perfectamente, sabía que lo harían, sabía que lo matarían de algún modo, seguían siendo demasiado influenciables, y Pansy, cuando se enterara, ordenara que lo hagan ya. No me asustaba de su instinto vengativo, pero no dejaba de sorprenderme, y sabía que sería en vano si les pedía que lo dejaran por la paz, no lo harían.

Él cortó la comunicación, y se giró para verme. De seguro me veía horrible para él, pálida y despeinada, con esa camisa enorme y un short que no se veía por lo largo de la camisa, dejando al descubierto mis piernas. Y los pies se me estaban congelando.

—¿Quieres desayunar? —preguntó de manera indiferente, caminando hacia mí.

—Sí —musité.

Él asintió y caminó a la cocina, casi sin verme. Pretendiendo que no estaba ahí.

Sacó una sartén, y varios ingredientes del refrigerador y las alacenas. Me paré a lado de la mesa, y observé cada movimiento que hacía. En realidad, esperaba que me dijera algo más que eso cuando despertara, esperaba que me abrazara o cumpliera lo que prometió anoche, aunque siendo completamente sincera, me sentía avergonzada, no sólo se lo pedí, sino que se lo rogué prácticamente.

—Blaise —lo llamé, pues necesitaba de al menos un pequeño contacto con él. Él hizo un movimiento con la cabeza, pero no me vio— Blaise.

—¿Sí? —habló con la voz tensa.

—¿Por qué me estas ignorando?

—No te estoy ignorando. Estoy haciendo el desayuno —aclaró.

Me enfadé demasiado, y caminé hacia él. Apagué la hornilla de la estufa, apenas la tuve a mi alcance, y me enfrenté a su mirada. Algo en mí se desborono al verlo, en los ojos oscuros veía angustia y desesperación.

—Me importa un comino el desayuno. Quiero saber porque no quieres verme, si fuiste tú el que me pidió quedarme —reclamé.

—¡Con un demonio, Millicent! —exclamó con casi rabia, y yo respingué en mi sitio, no esperando eso— No te das cuenta, ¿en verdad no te das cuenta? —preguntó y negué con la cabeza— Me tienes como un imbécil, no sé cómo actuar contigo en realidad. Y ayer… ayer me sentía con ganas de matar y morir por ti, al verte de esa manera —confesó. Me tomó por los hombros y acercó su rostro al mío— No soportó la idea de que algo te dañe, que algo te hiera en lo más mínimo, no soporto tenerte lejos. Y eso me pone mal. No sé qué es lo que siento, pero yo te necesito.

Mis rodillas se derritieron, y mi cabeza nada más repetía esas palabras. Él me necesitaba. No dijo querer o amar. Necesidad, simplemente necesidad, y la necesidad a algo deja de sentirse en algún momento, se abandona cuando ya no sirve. Y no sabía si eso estaba bien o mal que sintiera eso por mí, me daba miedo que su necesidad de mí se acabara.

Me sentí con ganas de mandarlo todo al demonio, irme de ese departamento si es que simplemente era eso; pero esa parte de mí, que necesitaba de él, como anoche, como hoy al despertar y no verlo a mi lado, me rogaba quedarme. Y por ahora actuaría sin analizarlo, guiándome por mis instintos.

Lo cogí por el cuello de la camisa azul que llevaba, y estampé mis labios con los de él. El movimiento fue brusco y doloroso, pero eso que importaba. Todo era violencia y desesperación en este momento. Como querer arrancar algo del otro, arrebatar esa tranquilidad que nos quitaron anoche.

Poco a poco el beso se fue haciendo más dulce y suave. Sus manos que antes me tomaban fuertemente de la cintura, ahora tan sólo me afirmaban a él. Mis manos se relajaron y las llevé a su cuello, para poder acariciarlo. Nos separamos por la falta de aire, y sus dedos acariciaron mi mejilla izquierda.

Sus ojos por fin habían vuelto a la normalidad, mirándome como anoche, con preocupación y no más desesperación y angustia.

—¿Qué me hiciste? —preguntó con la voz ronca.

—No algo mucho peor de lo que tú me hiciste a mí —contesté.

Aunque realmente no sabía a qué me refería exactamente. Amar y necesitar no era lo mismo. Y yo lo amo y lo necesito también, más lo primero que lo segundo.

Él me besó de nuevo, y sus manos me acariciaron, hasta llegar a mis piernas desnudas. Se me erizó la piel; sentir sus dedos era una gran explosión de sensaciones, de magia y calor. Cuando volvió a subir, sus dedos subieron el borde de la camisa, y con los pulgares rozó la piel de mi cintura, para luego alzarme y así poder sentarme en la mesa. Abrí mis piernas inmediatamente y él se acomodó entre ellas.

—Millicent —habló, separando sus labios de los míos.

—Hazme el amor —le pedí, y le quité la camisa que llevaba puesta.

—Pero… ¿estás segura? —mordí su barbilla, y luego llegué a su labios.

—Muy segura. Blaise, te necesito —murmuré, contra sus labios.

Y no mentía.