¡Buenas, buenas! :$ Antes que nada, lo se, les debo unaenorme disculpa por dejar de actualizar por tanto tiempo! Pero que sepan que como dije en un comentario de cap anterior: No pienso abandonar ninguna historia. Dejar de escibir por meses fue horrible para mi tambien, pero todofue para un bien mayor. Durante este tiempo, hice mi ultimo semestre en la carrera que estaba estudiando y en poquitos dias, segun me han dicho, inscribiremos pasanias lagente de mi promo y yo, ademas de que aproveche de hacer algunos cuantos cursos para rellenar otro poco el curriculum (lamento la falta de acentos, estoy desde una tablet y por alguna razon no puedo colocarlos aqui).

Por esta vez no respondere reviews, pero no crean por ello que no los leo, por el contrario, sus opiniones me hacen realmente feliz :D

A quien sea que aun quiera leer pues le agradezco estar alli, no s que tanta gente quede que este interesada en esto pero ahi voy igual ;)

Disclaimer: Lo relacionado y reconocible como parte del mundo Potteriano es cosa de J.K. Rowling, yo solo lo tomo prestado para expresar mis locuras transitorias xD

Ahora si, porque se los debia desde hace mucho ¡A leer! :D


Chapter 26: Presagio.

Hermione se sentó de nuevo al borde de su cama con dosel luego de caminar por la habitación dando vueltas y pensando.

Los días que siguieron a su pelea con Draco se habían vuelto extrañamente más calmos y se había sentido más en control de sí misma, sin embargo, desde que había despertado esa mañana, podía percibir que algo andaba mal.

Era como si un peso se albergara en su pecho. No estaba segura de qué pudiera causarlo, mucho menos de porqué no podía simplemente ignorar aquello, pero tenía que ser muy importante. Sospechaba que tenía que ver, como todo últimamente, con lo que ella misma debía hacer por conservar su vida y la del Slytherin que en poco sería su esposo.

Se estremeció al pensar en ello. Aún no podía aceptar del todo la idea de casarse, por mucho que lo intentaba, no podía tomar el asunto con la misma frialdad e indiferencia con que él lo hacía, mas a pesar de ello, se oponía a dejarse llevar por la sensación de desasosiego que últimamente la asaltaba cada que pensaba en el tema.

Skuld carraspeó con elegancia, se mantenía erguida en porte y temple bajo una cruda ventisca en el cuadro, todavía no había mencionado palabra y había evitado a la leona concienzudamente durante lo que iba de día. Había estado atendiendo lo que podían clasificarse como asuntos familiares, sin embargo, ahora que todo estaba relativamente bien y en frágil orden, se hallaba en disposición de entablar una breve conversación con la joven bruja.

—Niña Hermione- le llamó suavemente.

La que en antaño había sido castaña volteó a verla, sin embargo, su posición no cambió en absoluto, se mantuvo sentada en una pose que siempre se había visto en ella comedida y de cierta manera refinada.

— ¿Qué te aqueja?- inquirió solemne.

La chica le miró con detenimiento, y en respuesta, ella decidió que era buena idea hacerle compañía, por lo que elevó una mano y la salvaje ventisca comenzó a pasar a la habitación de la leona, mientras salía del cuadro y se incorporaba con maestría al mundo humano. El viento se detuvo y la rotonda volvió a su orden natural de nuevo.

Caminó hasta donde la joven se hallaba y se sentó a su lado, mirándola de frente.

—Creo que algo va mal- dijo con gesto grave —No sé qué sea, quizá sólo sea que me estoy volviendo paranoica, pero estos días han sido demasiado tranquilos, no he vuelto a ver a Parkinson por aquí, tampoco te he vuelto a escuchar nombrar nada sobre la misión, ni he visto a Verdandi y hoy lo tranquila que estuve sintiéndome por eso, parece haber desaparecido- musitó con tono pensativo.

Skuld le dedicó una mirada significativa a la joven. A veces le sorprendía lo perspicaz que podía llegar a ser.

—Quizá tengas más razón de la que crees- contestó, llamando la atención de Hermione —Pero creo que te estás concentrando en los factores equivocados, si Verdandi no ha estado por aquí, es porque conmigo en el lugar ya va siendo suficiente y porque no desea presionarte, cree que hasta que tú misma no te aboques en tu tarea no podrá ayudarte, y hasta ahora sólo te has quedado meditando, pero no has llevado esas estrategias pensadas a la praxis, ni has solicitado ayuda, además, en todo caso ¿Por quién es por quien has llegado a tener malos presentimientos últimamente?- agregó pacientemente.

La chica pareció caer en cuenta de algo que probablemente le habría impedido poner verdadero cuidado a lo que le estaba diciendo y con semblante pálido, se paró de un salto de la cama y salió dejándola sola. La Norna sonrió mientras negaba ligeramente.


No se sentía bien. Desde que había despertado algo andaba mal, por eso mismo había salido a caminar aprovechando que la tarde estaba libre de clases por los preparativos flagrantes para el baile de navidad.

Dentro de unas horas, se presentaría oficialmente con Hermione del brazo, y ya no habría vuelta atrás. No sabía si estaba nervioso, lo dudaba, la sensación que recorría sus venas era más bien extraña, como si su mente estuviera adormecida y separada de su cuerpo.

De vez en cuando al poner un pie frente al otro sentía que algo en la parte posterior de su cabeza cosquilleaba y le costaba mantener el equilibrio, pero luego se le pasaba y podía continuar. Para cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, ya tenía las lindes del bosque prohibido a la vista. Pudo escuchar un llanto en la lejanía, sollozos infantiles y tristes.

Kenina salió a su encuentro, pero no le prestó atención. No fue capaz d eescuchar los llmados de la quiper.

—"Amo no vayas, es peligroso ¡Amo!"- exclamó la quiper que le seguía de cerca, al tiempo que tiraba con su hocico de la manga de la túnica del rubio, pero este sólo siguió caminando.

Era como si nada más hubiera para él que la imagen recortada de una niña al pie de un gran árbol que cada vez podía verse mejor.

La desesperada criatura no necesitó insistir de nuevo antes de darse cuenta de que no lograría nada así, por lo que sin que el rubio, de nuevo, lo notara salió corriendo disparada como bólido, a por la única persona que podría ayudarla.

Caminó como poseso, sin pensar en lo que podría ocurrirle, quiso detenerse, pero un gruñido visceral acompañado con otro lamento por parte de la pequeña le urgió y con desespero apretó el paso.

Cada vez más se sentía sumido en una nube de pesar, el llanto de la niña presionaba su pecho, estrujándolo de dolor y martillando su cerebro, apagando su razón.

Sus ojos perdieron brillo y sus pupilas se dilataron, cada paso lo iba vaciando despacio como si se tratase del beso de un dementor.**********

Salió de su sala común casi corriendo, mientras en mente preparaba una lista de los posibles lugares en que Draco pudiera estar. Se encontró con Luna en el corredor del tercer piso cuando se dirigía al Hall, Theodore iba con ella.

—Hermione ¿Todo bien?- se adelantó a preguntar el Slytherin. A juzgar por la expresión de la pelirroja, algo había que estaba saliendo mal, muy mal.

Hermione le escuchó a penas, estaba demasiado concentrada en plantearse la ruta a seguir en su búsqueda. Miró al castaño mientras su amiga se le acercaba .

—Hermione ¿Te sientes bien? Parece que los zulengos están muy revoltosos últimamente, papá siempre decía que a ellos les gusta hacer que las personas inteligentes se confundan y preocupen mucho- musitó.

La leona posó en ella sus ojos ambarinos con el destello del reconocimiento asomando en sus pupilas. No había estado prestándole atención.

—Sí... ¿Han visto a Draco?- musitó como respuesta.

Luna y Theodore la miraron un tanto extrañados y cuando la rubia iba a contestar, Kenina se apareció al final del pasillo, doblando en dirección a ellos y con sus patas resbalando en el pétreo sueldo.

El sonido de sus garras rasgando con una resonancia cavernosa llamó la atención de la agitada bruja. Apenas Hermione la vio, supo que realmente había estado en lo correcto. Nada iba bien.

Kenina continuó corriendo en su dirección, ella misma adelantó parte del camino con pasos veloces, conteniéndose de correr y entrar en pánico.

Cuando finalmente la leona estuvo junto a la quiper, esta comenzó a halar de la manga de su túnica entre chillidos y quejidos, por lo que ambas salieron corriendo con Luna y Theo pisándoles los talones.


Corrieron, corrieron, corrieron.

Casi sin aliento, el último de los Nott vio el Bosque Prohibido cada vez más cerca. No sabía con exactitud qué sucedía, pero con casa paso se preocupaba más. Quizá la bella rubia que corría a su lado sí tuviera razón y los zulengos estuvieran portándose mal con ellos.

A lo lejos vieron la figura desdibujada de un par de personas sentadas bajo la Copa de un árbol. Una era decididamente más grande que la otra, sin embargo esta parecía que estaba arrodillada más bien.

Casi cayó sobre Kenina cuando esta frenó de golpe, gruñendo como si repentinamente hubiera sido poseída. A lo lejos le pareció escuchar algo como el sonido de un caballo corriendo velozmente.

Vio cómo Hermione se tensaba y se detenía unos pocos pasos más adelante, volteando en dirección a los sonidos de los relinches y los pasos agitados del semental que comenzaba a vislumbrarse a unos metros de ellos.

Cabalgó como hacía siglos no lo hacía, su semblante pálido y su expresión vacía, no mostraba nada, era una muestra de lo que una fría amazona encargada en antaño de decidir sobre el destino de los sobrevivientes en las cruentas batallas vikingas podía ser en su magnificencia y gloria.

— ¡Lady!- exclamó al viento con voz potente, sabiendo que la leona se debatía entre mirarla y acercarse a Draco evidentemente apremiada por Kenina.

Sin meditarlo demasiado se apeó de su caballo con agilidad y pacientemente caminó hasta Hermione.

—Ve a por él y pase lo que pase, no ataques al joven Malfoy- encargó con seriedad.

Sus facciones drenadas de cualquier emoción lucían duras. La leona le miró un segundo y no tardó en ponerse en marcha, de igual manera lo habría hecho sin que se lo pidiera, ambas lo sabían. Theodore y Luna comenzaron a seguirla junto con la quiper.

— ¿Ustedes qué es lo que hacen?- inquirió con severidad, su gesto lleno de abrumadora amenaza.

—No es tarea de vosotros ir, Kenina acompañará a la niña, ustedes aguardarán aquí- ordenó.

La rubia le devolvió una mirada llena de calma y retuvo al castaño que parecía querer gritarle furioso, ofendido ¿Cómo le prohibía una extraña ir a ayudar a su amigo, a su hermano?

Skuld no se mostró indignada por ello, lo entendía perfectamente.

Llegó al pie del árbol, varita en mano. Lo único que podía ver era que la compañía de Draco no era más que una infante ¿Cómo podía ser una amenaza?

El rubio sólo estaba consolándola, sin embargo notaba el ambiente cargado y enrarecido. Percibía de la pequeña una silente amenaza, y la quiper inquieta gruñía con el pelaje erizado, lo cual solo confirmaba su apreciación.

—Draco- murmuró, llamándole suavemente.

El rubio no dio señales de escucharla, en cambio la niña giró el cuello en su dirección con un movimiento duro y mecánico.

Su rostro estaba profundamente surcado, su piel marchita y roñosa, putrefacta. Algunas zonas desprovistas de ropa, como su cuello, rostro y brazos se veían desiguales y grotescas. Había trozos de hueso expuesto ahí donde el pellejo rancio no lo tapaba.

La leona alzó la varita respirando profundamente. La pequeña se quedó quieta, muy quieta. A Hermione le pareció ver en ella a un inferi.

En un parpadeo el panorama se hizo violento, agujas viajaron por el aire en torrentes desde varias direcciones, como si se tratase de una tormenta.

Con florituras rápidas Hermione se encargó de desviarlas, mientras Kenina mantenía fija la vista en el rubio.

— ¡Hermione!- exclamaron con premura la Ravenclaw y el Slytherin. Skuld, para frustración del castaño, se mantuvo observando, inmóvil, sin que siquiera un gesto delatara emoción alguna.

—Hermana, creo que debiste ayudarla- dijo, llamando la atención de los dos jóvenes.

No habían notado el momento de su llegada al lugar, sin embargo la Norna, a pesar de ser la aludida, no le dedicó siquiera una corta mirada.

—Tiene ya toda la ayuda que ha de necesitar- aseguró segundos luego, rompiendo el denso silencio y cortando la atmósfera llena de ansiedad.

En ese momento Hermione lanzó un petrificus a la niña que brincaba de un lado a otro con agilidad sobrehumana, usando los matorrales para cubrirse. El hechizo casi atinó.

La quiper se arrojó a por su amo, con las fauces abiertas y un barrido potente, casi arrancando el brazo a la pequeña que al ver que la criatura se acercaba al rubio fue directa a atacarla.

Kenina se sumió en sus propios instintos, concentrándose en hallar a aquella criatura extraña a través de su olor. Sabía bien que no era humana, era una pena no poder comunicarse con Mione y decírselo, pero estaba segura de que ella ya lo había notado.

Sintió cómo la brisa corría libre en frías corrientes arrastrando el hediondo aroma a muerte y calamidad, escuchó los pasos decididos de Hermione que caminaba mientras conjuraba algo, probablemente una barrera. De la tierra, bajo sus patas, algo surgió brutalmente. Abrió y cerró sus fauces en un santiamén, atacando el pequeño hombro podrido de la pequeña.

Cuerpos de miasma comenzaron a concentrarse y a acercarse, eclosionando del suelo, rodeando a la leona, a su amo y a ella misma, sin embargo, respiró tranquila al ver que la pelirroja llegaba sana a destino sin que las agujas penetraran en su escudo mágico.

Se preparó para la batalla, mutando de un oso pardo a un enorme cancerbero, conservando en una de sus tres cabezas el cuerpo laxo de la criatura.

Uno de los cuerpos de miasma se adelantó, cada paso era lento, dando tiempo a su transformación. Pronto se convirtió en una hermosa mujer. Sus largos cabellos ondulados en las puntas cayendo con gracia hasta la mitad de sus muslos, negros como la noche. Ojos grandes delicadamente rasgados, orbes de un suave color azulado, la piel tan pálida como la nieve y los labios tan rojos como las fresas. El precioso cuerpo grácil y esbelto forrado con un vestido que se ceñía fielmente a cada atributo que la componía. Su andar sensual mientras sonreía con expresión de falsa inocencia.

Hermione le apuntó con su varita mientras la miraba y vigilaba a las otras criaturas deformes, decidida, su pulso firme.

Los ojos de Draco se dirigieron a aquella escultural imitación de ser humano, como si fuera llamado con solo la presencia invasora. No había brillo allí, ni de interés, ni de admiración por la belleza.

Nada. Era como si con sólo fijarse en ella el rubio se hubiera dejado drenar aún más la vida, y eso realmente aterrorizó a la Gryffindor por dentro a pensar de que no lo estuviera demostrando. Le preocupaba y en su mente no podía imaginarse perderlo, ello resonaba en su cabeza sin parar. No, no podía permitirlo.

Se acercó más a su objetivo. Estaba consciente de que la chiquilla le apuntaba fieramente con su varita, dispuesta a defender al chico que tenía en frente, de quien planeaba alimentarse absorbiendo cada emoción, cada latido de corazón, entonces el pobre muchachito bonito moriría.

Su ama estaría satisfecha y ella se hallaría saciada ¿Qué más conveniente que eso? Sólo necesitaba mantener la mirada fija en los ojos del jovencito.

La niña estúpida había cumplido su objetivo, había servido de cebo y lo había sumido en un trance poderoso, había hecho bien… Lástima que hubiera sido tan débil, pero no importaba, sus ayudantes harían el trabajo sucio y se encargarían de la estorbosa pelirroja que obstaculizaba descaradamente su camino.

Las masas de miasma se precipitaron sobre ella, casi habían caído sobre Draco también, por lo que se vio obligada a atacar y defenderse a la vez. Rápidamente se apartó de la trayectoria de aquellas asquerosas cosas, apartándose del rubio, mientras aquella desconocida salvaba la distancia que la separaba del Slytherin y se arrodillaba frente a él.

La leona frunció el ceño y con premura evocó hechizo tras hechizo.

– ¡Depulso!- gritó mientras intentaba avanzar.

Aquella mole de dudosa composición, que fácilmente ocupaba el tamaño de un oso, fue embestida por una fuerza invisible despedida de su varita y fue a volar contra unos troncos de árboles, descomponiéndose en masillas más pequeñas, quedando laxo.

Otras tres se echaron por el frente.

Aquella horrible entidad la sujetó tratando de impedirle moverse. Sintió como su ropa se humedecía con una extraña sustancia que era supurada por la espantosa criatura. Se estremeció ante la sensación de viscosidad pero decidió que no podía hacer caso a ello. No sabía en qué momento, pero otar de esas cosas asquerosas había aparecido y la había atacado por la espalda.

Demonios, ni siquiera hacían ruido.

Se agitó y como pudo, a través de movimientos bruscos, liberó su muñeca de la mezcla de miasma que parecía cada vez más estársela tragando. Apuntó al cielo al ver a los otros tres especímenes dar algo parecido a un salto, despegándose de la tierra y arremetiendo en su dirección.

– ¡Ascendio!- gritó apresuradamente.

Su cuerpo se elevó tan violentamente como ella conjuró el encantamiento. La gran extensión en torno a ella hizo fuerzas para mantenerla en el suelo, como si fuera un chicle al que se le intenta despegar del zapato, pero la brusquedad con que el hechizo actuaba la separó de aquella criatura y la hizo saltar por el aire.

Con esfuerzo se apuntó a sí misma y evocó un 'aresto momentum' para que su caída no fuera tan aparatosa, mientras descendía, apuntaba al gran amasijo que ahora tomaba el lugar de las cuatro criaturas que la habían intentado atacar al mismo tiempo.

– ¡Bombarda máxima!- exclamó con frustración, al ver de reojo, aun relativamente arriba en los aires, cómo aquella mujer, fuera lo que fuere, parecía tomar algo de un colgante e introducirlo en la boca de Draco sin que él se resistiera.

Las llamaradas que salieron de su varita junto con la gran explosión que volvió pedazos a las masas, causó un ruido tal que Hagrid notó, incluso estando dentro de su cabaña, que algo iba mal.

No tardó en ver con sus binoculares, heredados del viejo y querido Dumbledore, los potentes estragos de una explosión, por lo que salió disparado de su cabaña en dirección al castillo.

Él no podría hacer nada contra lo que fuera que estuviera sucediendo, más que investigar, y realmente haber visto aquello le había producido una sensación de desasosiego que le decía que era mejor no perder tiempo y llamara a McGonagal y Snape.

El air se tornó extraño y pútrido. Tal parecía que respirar sólo los intoxicaría, pero Theodore y Luna se negaban a marcharse del lugar. El ambient se tornó espeso y brumoso al rededor del Bosqu prohibido y gruñidos y sonidos extraños manaron del lugar con especiales matices mortuorios y escalofriantes.

Hermione aterrizó en una posición que a ella misma por un momento le hizo recordar a una heroína de historieta, en cuclillas, con una mano en el suelo y la otra aferrada a su varita y bien colocada sobre la rodilla.

Se puso de pie tan rápidamente como le fue humanamente posible al tiempo que deshacía el hechizo sobr ella y comenzó a caminar, decidida hasta donde aquella mujer estaba mientras apuntaba fieramente.

–Expelliarmus- musitó con gesto grave mientras daba un paso.

La criatura recibió de lleno el impacto, pero apenas se movió unos centímetros. Ello impresionó a la leona, pero no la detuvo.


Luna miraba atenta y nerviosa, cosa nada común en alguien tan tranquila como ella lo había sido toda su vida.

Theodore hacía cada tanto sus intentos por ir en ayuda de su amigo y oh, cómo deseaba ella poder acudir también, pero Skuld había prohibido aquello y tenía el presentimiento de que si desobedecían, tendrían que enfrentarla.

Eso no era buena idea considerando que si las cosas se ponían peores, entonces la Norna estaría demasiado entretenida en ellos, en caso de que duraran en un combate contra ella, y no podría ayudar a la Gryffindor. Aunque temía por la pelirroja, sabía que la dama de ojos amatistas no los dejaría solos.

Quizá, solo quizá, esto fuera una prueba y si así era, justo era que ellos se quedaran al margen, pero aun así… Continuaba preocupada…

–Esto es estúpido- espetó con dureza, llamando la atención de su prometida y haciendo que la Norna le mirara de reojo por unos instantes antes de volver a concentrarse en la batalla a unos metros de ellos.

Hermione definitivamente tenía que estarse sintiendo muy frustrada, los hechizos no surtían casi ningún efecto sobre la mujer que había aparecido de la miasma.

–Theo, no podemos- repitió como antes también lo había hecho ya más veces de las que había contado, tratando de convencerlo de estarse lo más sereno que pudiera.

Él le devolvió una mirada llena de impotencia. Estaba perturbado, confundido y no era para menos, era la primera vez que veía a Skuld.

–No sé para qué le estamos obedeciendo a una desconocida Luna, esto es absurdo, deberíamos estarla ayudando a acabar con esa mujer ¡Los hechizos no le afectan y no puede acercarse a Draco, cómo pretendes que me quede tranquilo!- inquirió desesperado, preocupado.

Su habitual semblante pacífico estaba hecho ahora una contorsión extraña de angustia que nunca le había visto. A ella también le dolía no poder hacer nada y más aún, le afectaba verlo así de descontrolado, porque ello no la hacía sentir segura.

–Lo sé, lo siento…- dijo, agachando el rostro, volvió a alzarlo mirándole con tristeza y preocupación.

–Pero ella sabe mucho más que nosotros, y Skuld… Ella protegerá a Hermione y Draco si las cosas se salen de control, ella es…- frunció un poco el ceño y miró a la castaña de reojo, encontrándose con sus orbes amatistas.

Esta le asintió cortamente antes de ver de nuevo en dirección a la leona que lanzaba una rápida y certera bombarda a la criatura que se encendía en llamas sin moverse de su lugar.

–Ella es una Norna, Theo…- aseveró, mirándolo con determinación. Él le devolvió la mirada con estupefacción.

–Puedes preguntarle a Astoria si quieres, la conocimos hace poco, ha estado aquí ayudándonos con Hermione, tratando de hacer que ella pueda mantenerse al lado de Draco para asegurar que ambos sobrevivan- explicó rápidamente, pero el Slytherin parecía no poder procesar.

–Ella hizo un trato conmigo, yo le di algo que en su momento deseó con desesperación- dijo, refiriéndose a Hermione –A cambio, debe hacer algo que le he pedido, debe conquistar al joven Malfoy y hacer que este le declare sus sentimientos frente a sus padres, por lo que comprenderás, ha de ser en el mundo muggle- dijo.

Se interrumpió al escuchar un nuevo estruendo y pasos que se acercaban a sus espaldas, se tensó y apartó su túnica, sacó de una alforja en su cintura que ninguno había visto, una especie de daga y con ella hizo un corte en su mano.

No hubo sangre, solo una abertura profunda y definida. Sin soltar el objeto punzo-cortante hurgó en su mano, dentro de las carnes abiertas. Sin emoción en su rostro comenzó a extraer un hilo dorado de su interior y lo enrolló rápidamente en la empuñadura del arma corta.

Cortó el hilo con los dientes, con movimientos enérgicos y bruscos. Su ceño fue frunciéndose y convirtiendo su delicado rostro en la muestra fehaciente de una guerrera de fatales y calamitosas habilidades. Se acomodó bien la túnica y la herida desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

–Si ella no puede lograrlo, será literalmente arrastrada al infierno y devorada en un Sabat- aseguró con voz de ultratumba sin mirarlo.

E cuanto dijo aquello, se avocó a deslizar la mano que antes había estado cortada sobre la moldura afilada de la daga sin tocarla, murmurar unas palabras ininteligibles y hacer que esta se convirtiera en una guadaña de mástil de oro y hoja de un increíble metal que parecía haber sido aliado con diamante y sólo sabría Morgana qué otros materiales más de alta resistencia.

Para cuando Minerva y Severus llegaron al sitio, seguidos por un agitado Hagrid, ya Skuld se dirigía a paso lento a donde la batalla se estaba dando. Los rostros de los nuevos espectadores perdieron color rápidamente. Los magos sacaron sus varitas dispuestos a ir en defensa de sus alumnos, pero Luna se interpuso, con sus brazos alzados a ambos lados.

– ¿Qué está haciendo Lovegood, no ve que es una situación crítica? Deje de estorbar- musitó en un tono bajo con un gesto grave en su habitualmente inexpresivo y tenso rostro.

Luna le devolvió la mirada con decisión.

–No puedo permitirles ir allí profesor Snape, Skuld dijo que había que quedarnos y ahora está yendo a ayudar a Hermione... Si van, es probable que sólo compliquen las cosas- dijo.

Su seriedad dejó helada a McGonagal por unos segundos, pero luego se recompuso.

Hagrid le miraba consternado ¿Cómo iban a dejar a su pequeña allí, a merced de lo que fuera que estuviere pasando? Snape solo asintió en su dirección sin mencionar palabra.

No era necesario decir que se quedarían, ya que la antigua jefa de la casa de Gryffindor había señalado con un ademán que seguirían los lineamientos de la Norna entonces, y él entendía bien qué estaba pasando, a pesar de que sólo pudiera intuirlo.

El guardabosques quiso reusarse, pero una mirada severa y represora de McGonagall le dejó bien en claro que no había punto de discusión.

A Hagrid el rostro de la castaña que ahora llegaba al lado de Hermione con gesto agresivo en su mirada se le hacía conocido. Casi se golpeó la frente al recordarla ¡Pero claro! ¡Cuando Malfoy había tenido aquella crisis, estaba seguro de haber visto a alguien, era ella, no estaba tan mal después de todo!

¿Pero qué hacía ella ahí, y por qué debían obedecerle? ¿Qué no veían la chiquilla Lovegood y la profesora Minerva que ella necesitaba ayuda? Como siempre Snape estaba bastante a gusto con ello. Estaba seguro de que por él, bien su linda Hermione podía morirse allí mismo y ni se inmutaría.

El semi-gigante se estremeció ante la idea de que aquello sucediera e hizo gesto de preocupación, dando inconscientemente un paso al frente, siendo retenido por la manga de su gran saco de piel de jabalí.

–No irás a ningún lado Hagrid, ahora todo estará bien- aseguró con entereza una seria Minerva.


Aún no podía dañarla de gravedad, arrancarle alguna palabra. Nada. Era como luchar contra una pared, solo que esta no explotaba con una bombarda. Lo único que podía alejar a esa mujer de Draco era usar una serie de 'deprimos' que al crear hoyos en el suelo bajo sus pies, la obligaban a saltar para esquivar las caídas, sin embargo, luego hacía algo con sus manos que restituía las zonas agujereadas por magia y volvía a su lugar.

Esa cosa era demasiado rapida en regresar y sus ataques basados en ondas de choque le imped´ian acercarse ¿Que se suponia que debia hacer?

Su instinto más básico le ordenaba mantener distancias, ya que parecía que esa cosa no podía atacar a menos que fuera cuerpo a cuerpo. Lanzó un 'fianto duri' a Draco para mantenerlo alejado de esa cosa. En vista de que él no se movía, iba a conjurar en contra de la sinuosa figura un 'glacius'.

En un movimiento que no vio venir, algo pareció atravesar el cuerpo de la desconocida desde la espalda, cortando desde el hombro hasta el final de costillar del lado contrario.

La expresión de indiferencia en la azabache se volvió de total sorpresa y dolor. Jadeó fuertemente y luego un atronador grito se escuchó llenando todo el bosque. Cayó al suelo y progresivamente su cuerpo se envolvió en miasma.

Hermione se sintió alivdada de ver a Skuld allí, ahora podería ir por el rubio sin tner que pensar en cómo vencer a esa mujer.

–Ve por Draco, volverá a restituirse en unos segundos- ordenó rápidamente mientras apuntaba con su guadaña bañada en una mezcla viscosa y de un naranja apagado, a la criatura temporalmente herida.

–Hazle escupir lo que le metió a la boca y tráemelo- encargó mientras la leona corría en dirección al rubio.

–Draco- le llamó mientras le sacudía levemente,.

Él no se inmutó. Trató de abrir la mandíbula de la serpiente, pero estaba firmemente cerrada, chasqueó la lengua y le apuntó con la varita. Tenía que hacerlo rápido.

–'Desmaius'- susurró.

El Slytherin se fue de espaldas al suelo, su cuerpo laxo, sin embargo, sus ojos no se cerraron. Esta vez al tratar de nuevo, a pesar de que le costó un poco, logró extraer de su boca una pequeña rama de flor de celosía.

Tomó aire y levantándose urgida corrió hasta Skuld, que arremetía de nuevo contra la criatura, que parecía ahora responder con fuerza a los ataques directos de la mujer que armada con su guadaña, iba cortándola a trozos.

–Aquí está- exclamó con la respiración agitada.

Justo en el momento en que ella le escuchó, los ojos de la criatura se fijaron en HErmione con alerta y odio.

Skuld aprovechó la distracción para cortar su cabeza de tajo, liberando un torrente de miasma y sangre violeta que salía disparado por los aires, bañándola como si se tratase de lluvia.

La Norna volteó a verla, su expresión era tensa y neutra. Le recordó a cuando Draco se enojaba o veía algo que no le gustaba. En algún otro momento habría relacionado eso con alguna herencia Malfoy que había trascendido.

La celosía fue tomada de su mano e introducida a la boca de la decapitada. Los ojos azulinos se abrieron de golpe.

Hermione dio un respingo. Carajo, la había asustado.

La castaña introdujo sus dedos junto con la flor, profundamente, y arrojó el pedazo de cuerpo sobre los restos, que volvieron rápidamente a componerse.

– ¿Qué…?- inquirió con asombro ¿Cuándo se terminaba aquello?

Skuld la miró momentáneamente y luego llevó toda su atención a la mujer que comenzaba a surgir de los montículos de miasma.

–No te preocupes, Lady, ahora solo queda partirla en dos- dijo con una voz que no parecía suya por lo fría e indolente.

La leona prácticamente se obligó a ver lo que sucedería, sólo para ser capaz de creer que esa cosa sería eliminada.

De un salto se elevó más de lo humanamente posible y aterrizó cortando verticalmente toda la extensión de cuerpo que apenas comenzaba a erguirse. Este cayó de nuevo y ya no volvió a moverse.

Skuld volteó para encarar a Hemione.

–Niña Hermione, ya es momento de despertarlo- dijo, mientras comenzaba sin fijarse demasiado, a desenredar el hilo dorado del mango de la guadaña.

El extremo del hilo penetraba en su piel a través de su cuello mientras lo hacía.

a leona le miró consternada por ello, pero recordando al Slytherin la duda surgió ¿Cómo rayos iba a hacer eso? La Norna le miró adivinando su pregunta, sonrió de lado volviendo a ser la misma de siempre.

–Ve a por lo que es tuyo- dijo.

A Hermione aquello la confundió, pero aun así, caminó hasta donde Draco estaba, rezongando mentalmente contra sí por no comprender de inmediato. A pesar de ello se sentía agradecida de que su estógago pudiese soportar todo lo que acababa de suceder.

–Ve por lo que es tuyo ¿Qué quiere decir con eso? Esa no es una respuesta- musitó con los labios apretados.

En ese momento notó que había más personas aguardando que inicialmente. Luna y todos los demás se acercaron con premura.

– ¡Hermione!- el llamado preocupado de su amiga la hizo sentir aliviada, estaban bien, o bueno, estarían bien.

–Todos estamos preocupados ¿Qué es lo que está sucediendo?- inquirió.

Parecía que la rubia soñadora había sido temporalmente sustituida por su lado más serio, que rara vez se veía y que últimamente se veía obligada a mostrar a menudo.

La leona negó en respuesta, los otros le miraron expectantes también, menos Theo que le miró y luego pasó de largo, en pos de su amigo.

– ¡Granger!- pudo escuchar cómo el Slytherin castaño la llamaba, volteó inmediatamente y corrió hacia él al ver que el cuerpo de Draco comenzaba a convulsionar.

– ¡Draco!- gritó, alarmada, vio como Skuld se acercaba – ¿Qué hago para despertarlo?- inquirió nerviosa. Por más que trataba de hallar algo en su mente, no encontraba una solución.

¿De qué le servía leer tanto si no podía emplearlo en momentos como ese?

La inquietante mirada vacía de Draco daba una imagen horrible mientras su cuerpo se sacudía con violencia como si fuera a romperse.

–Te dije que vinieras por lo que era tuyo, Lady- dijo –He sido muy clara- agregó con solemnidad.

A Hermione se le subieron los colores al rostro al recrear algo en su mente ¿Pero qué coño tenía que ver una cosa con la otra? ¿Es que ahora iba a jugar a ser el príncipe de La Bella Durmiente?

–Eso es estúpido- musitó mientras con ayuda de Theodore atajaba el cuerpo de Draco.

Bufó al ver la sardónica sonrisa de la de ojos amatista, que alzó sus manos y rápidamente dejó a todos inconscientes allí, menos a ella y a Theodore.

En ese momento cayó en cuenta de que faltaba alguien ¿Dónde estaba Kenina? Una nueva sacudida le hizo concentrarse en su problema más inmediato, despertar al hurón durmiente.

–Estúpida serpiente- gruñó por lo bajo.

Lo que parecía el espíritu de la criatura que Skuld acababa de destrozar se apareció frente a ella.

–No lo toques, inmunda humana- advirtió, mientras se arrodillaba, la Norna no hizo nada por impedirlo.

Theo se quedó petrificado sin aparente razón a pesar de que trataba frenéticamente de moverse. Hermione la miró primero sorprendida, luego inflamada por una nueva sensación de real, brutal y lacerante enojo.

Dio un manotazo a la mujer que tomaba un mechón de cabello platinado de Draco para acariciarlo.

–Tú no toques lo que es mío, asquerosa bazofia- devolvió mirándola retadoramente. Su voz no había sido la suya, ni tampoco su mirada en esos momentos.

Sus ojos resplandecieron por el peligro que auguraba, con un brillo dorado extraño, como si su magia bullera. Skuld sonrió.

El espectro de la criatura frunció el ceño con consternación y furia, resistiéndose a lo que le estaba sucediendo. A partir de donde Hermione la había tocado, estaba comenzando a desaparecer. Jadeó con lo que pareció dolor y lo que fuera que estuviera eliminándola, la absorbió por completo.

La leona miró al rubio, para darse cuenta de que sus ojos ahora estaban abiertos, pero de sorpresa ¡El muy idiota había vuelto en sí y la había escuchado decir aquello! Draco le miró con asombro y en sus mejillas una leve porción de rubor las cubría.

El rostro de Hermione se encendió por la vergüenza, pero se aclaró la garganta.

–Ya apártate, condenado hurón, eres demasiado pesado- espetó, tratando de apartarlo de su regaso, pero él la ignoró por completo y se aclaró la garganta que se sentía rasposa y seca.

– ¿Debo tomarte la palabra?- le inquirió.

Ella le miró con confusión. Theo pudo volver a moverse y de inmediato se apartó para ir a atender a Luna, ya que sentía que estaba de más en esos momenrtos. Eso y que Skuld se había encargado de fulminarlo con la mirada apenas pnsó en acercarse a su amigo.

– ¿De qué hablas?- musitó haciéndose la desentendida –Yo solo lo dije porque estaba molesta ¿Tienes idea de lo que esa estúpida criatura me hizo pasar?- inquirió con retintín.

Draco sonrió de lado, con cierto brillo de satisfacción que Hermione hasta ese momento no le había visto. Claramente no sabía de quién le hablaba, pero en esos momentos no podía pensar tampoco en qué criatura podría ser esa que mencionaba la bruja o porqué habría aparecido.

–Es un sí por lo que veo- dijo, respiró profundamente –Bien, me gusta- espetó antes de rápidamente halarla del cuello y besarla por sorpresa.

Hermione dejó salir un gritito por la forma en que lo había hecho y trató de separarse, pero el rubio no se lo permitió. Dos segundos después decidió que le gustaba lo que estaba sintiendo y simplemente le correspondió.


Aun no podía creer lo que había sucedido, quizá no podía moverse, ni hablar, ni sentir nada, pero eso no le había quitado la vista.

Había podido observar cada movimiento de Hermione. La había visto pelear duramente, por él, para sacarlo del lío en que estúpidamente se había metido. Lamentaba una cosa de todo ello más que cualquier otra, había perdido a Kenina, parecía haber desaparecido de la faz de la tierra y por más que la llamaba, no podía encontrarla.

Terminó de arreglar su traje, se vio al espejo. Aunque quisiera hacer algo para hallarla, en esos momentos debía concentrarse en lo que estaba por suceder. Estaba seguro de que su querida mascota estaría bien, ella era fuerte, poderosa, nadie podría lastimarla fácilmente. Sonrió un poco al recordar cómo habían terminado las cosas.

Esa bruja que había visto, los desapareció a todos mandándolos a diferentes lugares y aparentemente le había borrado la memoria a Hagrid ¡Joder que era muy poderosa si podía hacer eso! Bien sabía que no se podía aparecer y desaparecer en Hogwarts.

Estaba impresionado, pero no sabía su nombre y los demás se resistían a mencionarlo. Había tratado de hurgar en la mente de Hermione por una respuesta, pero parecía que no podía llegar a ese punto donde guardaba sus conocimientos sobre esa mujer y otras cosas más que lo intrigaban. Era como si todo fuera accesible menos eso, y era extraño considerando que la Gryffindor no sabía oclumancia.

Algo estaba sucediendo, era definitivo, ahora debía descubrir de alguna manera qué era.


Se vio al espejo realmente sorprendida. No es que fuera en extremo vanidosa, pero estaba increíble. Miraba los delicados detalles de su vestido. Era ostentoso. Precioso cuello de tortuga a la medida, mangas largas, parecía que un montón de rosas bañaban su cuerpo por la forma en que el patrón de la tela de tono miel se extendía cuidadosamente como una alfombra de pétalos.

En su pecho estas formaban un escote en forma de corazón y en su espalda estaban ausentes a excepción de un delicado detalle que nacía en su cuello y desaparecía al final de la línea en que acababan sus omóplatos, solo reapareciendo para cubrir allí en la parte baja de su espalda y hacia abajo dando paso a su trasero. Apartir de allí, la falda del vestido estaba bañada de pétalos miel.

En las mangas se hallaban rosas perfectas y armoniosas en sus muñecas y en una línea irregular que nacía en sus hombros e iba a morir allí, de resto, ahí donde la tela más gruesa no cubría su cuerpo con flores, otra traslúcida y más fina de un bello color champagne que se mimetizaba con su piel la revestía casi sin ser vista.

Incluso en su pecho, por encima del escote, estaba sin parecer presente, protegiendo su piel con discreción. Su calzado no era precisamente algo tan ornamentado. El corte de sirena del vestido le permitía caminar con ellos cómodamente a pesar de ser de tacón alto, su color era del mismo que la tela más fina del vestido.

Un largo collar de oro pálido como un hilo colgaba de su cuello, cayendo hasta la boca de su estómago y como colgante, una solitaria rosa con pétalos de cristal. Sus zarcillos con el mismo colgante en una visión miniaturizada, en sus muñecas no había nada más que un par de brazaletes que como aros del mismo oro que el collar las rodeaban y en sus centros poseían una rosa y un capullo de la misma flor, respectivamente.

Y su cabello. Oh, bueno. Se había alargado bastante. La poción que Ginny y Luna le habían conseguido le había sentado muy bien, porque siendo más fuerte que la que usaba, Astoria la había sabido manipular a la perfección, con lo que había conseguido para ella un hermoso cabello borgoña liso y sedoso con puntas bellamente rizadas en bucles que sutilmente las decoraban.

No podía creer que su cabellera ahora se extendiera hasta más allá de la mitad de su espalda, jamás se había visto así de bien arreglada, ni siquiera en cuarto año, y ahora allí estaba, con sus amigas, aprovechando su nueva habitación para arreglarse como Merlín mandaba.

Se dio vuelta para salir del baño y dejarles mirarla. La menor de los Weasley exclamó por la sorpresa y le sonrió ampliamente. Luna le miró con brillo emocionado y una cándida sonrisa en su rostro, que iluminaba sus orbes soñadoras. Astoria sonrió con aprobación y brillo malicioso.

–Te ves bien…- aseguró y se acercó a Hermione mientras terminaba de colocarse un arete.

Su vestido de corte imperial hacía resaltar la palidez de su piel con aquel discreto color púrpura, con su cuello en V resaltando delicada y sensualmente sus atributos, mientras que sus hombros eran suavemente cubiertos y abrazados por la misma tela del vertido, pero sin consentir mangas. Sus zapatos altos no se veían por el largo del vestido, pero no le importaba mucho, porque eran plateados y no eran demasiado de su agrado, aunque fueran endemoniadamente cómodos. Su sonrisa se amplió.

–Parece que mi querido Drake tiene buen gusto- agregó con tono cantarín –Ya debe conocer bien tus medidas ¿No?- inquirió pícaramente.

El rostro de Hermione se tornó rojo mientras fruncía el ceño y recordaba, muy a su pesar, cierto incidente que quería dejar en el olvido, el cual involucraba quedarse dormida con Draco en la misma cama y amanecer al día siguiente con un horrible resfriado.

Para remordimiento suyo, la parte buena de ese recuerdo consistía en sacar a Parkinson a patadas de su nueva sala común.

–Claro que no, Astoria ¿Qué clase de comentario pervertido es ese?- reprendió con altivez y una elegancia que solo resaltaba más por la forma en cómo se veía, y en cómo los tacones altos le hacían inconscientemente mantenerse más erguida.

–Bueno, la verdad Hermione, es que eso parece, considerando que él mismo te lo regaló- dijo con descaro mientras movía sus cejas insinuadoramente. La leona le devolvió la mirada indignada.

–No tiene nadad de malo, Hermione, no deberías avergonzarte- dijo, su voz hizo que los ojos de Hermione pasaran de su compañera de casa a Luna.

–Creo que es un lindo detalle que te halla regalado algo así y que se halla tomado la molestia de pensar en cada pequeña cosa para ti, eso demuestra que es capaz de cuidarte bien- aseguró.

Ella prefirió no decir nada más al respecto. La verdad en ese aspecto no había nada que objetar, porque oh sí, el condenado vestido era precioso, suave, cómodo y le quedaba como un guante. Recordó rápidamente lo que la había llevado hasta ese punto.

Estaba leyendo, tratando de relajarse luego de haberse dado un largo baño que no le había servido de mucho para despejarse después del incidente ocurrido apenas hacía horas atrás.

Aunque las palabras eran devoradas por sus ojos, su cerebro no retenía nada. En su mesita de noche la formal carta de invitación del colegio hacia sus estudiantes le coqueteaba incitándola a preocuparse, pro se negaba.

Ya tenía decidido que el vestido de su cuarto año iba a sufrir unas cuantas modificaciones para que se viera adecuado y diferente. De hecho el libro en sus manos, por obra y gracia de Godric, era de costura mágica.

Se sintió frustrada, bufó por lo bajo. De haber comprado uno cuando fueron a Hongsmeade… Pero no, ese día no había hallado nada de su agrado y luego había estado bastante ocupada con su labor de evitar a Draco después de su discusión y los gritos.

Había pensado en ir ese mismo día aprovechando que les estaba permitido salir para atender cualquier eventualidad de último minuto, sin embargo, con lo sucedido McGonagall le había dejado bien en claro que los quería a ambos dentro del castillo, por lo que ahora estaba envuelta en su nueva labor de modista novata.

El golpe de unos nudillos contra su puerta la sacó de sus pensamientos.

Pasa…-autorizó con dejadez, mientras colocaba el libro a su lado.

Draco entró cargando un par de cajas con sus brazos y una bolsa pequeña en una mano. Hermione alzó una ceja en cuanto vio como el Slytherin dejaba todo a sus pies, sobre el colchón.

¿Qué es todo eso?- inquirió.

El Slytherin se irguió orgullosamente sonriendo con aquella expresión pretenciosa que a ella tanto sacaba de quicio.

No tienes nada que ponerte para hoy- dijo, se encogió de hombros –Y en vista de que definitivamente no voy a permitirte ir desnuda...-sonrió más ampliamente como si se la imaginara en ese preciso momento.

Hermione le miró con indignación y las mejillas levemente sonrojadas, pero se contuvo de atentar contra la vida del que en poco sería su marido, recordándose que no podía enviudar si quería tener una larga existencia. Draco rio de buen agrado.

Oh, es una lástima, yo quería exhibir más de mí para que todos me conocieran tal y como soy- dijo sarcásticamente, con pretención, pero con el ceño mdio fruncido, en medio de esa expresión suya de altivez que sabía que al rubio le molestaba.

No exageres- espetó con tono divertido y burlón. Hizo una corta pausa y se aclaró la garganta. Le miró con una repentina carga de seriedad en sus ojos y expresión tensa ¿Estaba sonrojado o eran solo ideas suyas?

Bueno, la cuestión es que esto es lo que usarás para el baile- espetó cruzándose de brazos y frunciendo el ceño. Hermione imitó la expresión en su rostro arrugando el entrecejo.

¿Disculpa?- dijo.

Draco pareció caer en cuenta de que había sido demasiado despótico, y aparentemente irreflexivo, aunque quizá solo fuera que quisiera pelear con ella lo menos posible por lo que había sucedido apenas un par de horas atrás. Exhaló con algo de fastidio.

Sólo úsalo si quieres ¿De acuerdo? Si no lo haces no importa, ya habrá oportunidad de que lo hagas, o qué se yo, podrías donarlo a la caridad o lo que te plazca, es tuyo así que ahora es tu problema lo que pase con él- musitó, con el rostro relajado.

Te veré luego, la rojita Weasley dijo que se arreglarían juntas aquí así que supongo que te veré en la entrada de la sala común de Gryffindor, yo iré a cambiarme a la de Slytherin- musitó indifernte.Se encogió de hombros, la miró una última vez, y salió de su habitación cerrando la puerta tras él.

En cuanto se halló sola, las cajas parecieron susurrar tentadoramente en sus oídos, pero se resistió volviendo a la lectura, sin embargo, ahora la curiosidad la mataba, por lo que se levantó he hizo lo que consideró más sensato:

Tomó esas cosas y se dispuso a meterlas en el baúl, pero mientras lo hacía, la tapa de la caja más grande resbaló, develando la preciosa y delicada prenda que casi cayó al suelo y que por reflejo atrapó en vilo, dejando caer la que contenía los zapatos.

Por suerte la bolsa con las joyas ya estaba a buen recaudo entre sus cosas. Tomó su varita del bolsillo de su jean y recogió el desastre devolviendo los tres paquetes a su cama, y resignada a ser vencida por su natural deseo de saber, se dispuso a explorar sus contenidos.

Lo que vio la dejó realmente impresionada, pero decidió que no podía usar nada de eso, era demasiado. A pesar d ello, cuando iba empaquetar todo otra vez la puerta se abrió y sus amigas entraron, viendo todo e impidiéndole lograr su cometido de mantener en secreto aquellos carísimos y extravagantes regalos.

Luego de eso, su recámara fue básicamente convertida en un amplio salón de belleza con bao privado.

– ¡Hermione!- escuchó como le chillaban cerca del oído.

Dio un respingo, sorprendida y aturdida, miró con enojo a Ginny que no se molestó en disculparse.

–Estás en la inopia- dijo, revoleó los ojos y la miró con una sonrisa maliciosa.

–Deja de pensar en huroncitos voladores un rato ¿Quieres?- espetó con diversión y toda la intención de hacerla rabiar, lo cual logró.

–Ya es hora de ir a nuestra torre- aseguró.

Las demás le miraban con sendas sonrisas en el rostro, entre divertidas y ansiosas. La leona bufó por lo bajo y luego asintió, con expresión más relajada, pero levemente pálida.***********

Las tres estaban en la habitación de la pequeña Weasley, debían salir y reunirse en un aula que había sido previamente seleccionada por McGonagall. Todas las chicas casaderas que ahora se comprometerían oficialmente frente al Ministro de Magia se hallaban allí, enfundadas en preciosos vestidos cubiertos por túnicas, para mantener el secretismo hasta el último segundo.

A Hermione aquello le había parecido estúpido, pero no pudo hacer mucho cuando las chicas comenzaron a reñirla, así que fastidiada, se dejó hacer y terminó utilizando una túnica del colegio como todas las demás.

La habitación en que estaban había sido mágicamente alterada, así que había al otro lado dos grandes puertas de caoba, cerradas e imponentes, que evidentemente habían estado siendo cubiertas por un ornamentado par de cortinas de terciopelo aceituna.

Al otro lado podían escucharse arreglos musicales, parecía que la orquesta ya estaba comenzando a afinar instrumentos, el bullicio de voces dando instrucciones, pasos apresurados, los invitados especiales, un grupo de personas que aparentemente había ido hasta allí y estaba formando alboroto.

Oh, claro, lo recordaba. Había habido huelgas de padres en contra de aquella ley que tantos problemas había acarreado, padres que por supuesto, estaban invitados a ver a sus hijos e hijas en su fiesta de compromiso y a celebrar la navidad con ellos, ya que la asistencia para los alumnos del Colegio era obligatoria, y sin dudas, esos revoltosos eran de los grupos que se habían formado en la lucha contra aquella injusta enmienda.

A esas alturas, aunque algo muy dentro suyo que estaba aterrado con la idea de contraer nupcias estaba brillando de esperanzas porque nada de eso pasara, su lado más racional y una parte muy abstracta suya que pertenecía al aspecto sentimental de sí misma consideraba esos fútiles intentos por demás ridículos.

Ya era demasiado tarde como para conseguir derogar una nueva ley que no habían logrado obligar a desechar antes, además, en su caso igual tendría que casarse, por lo que la suerte de no hacerlo le correspondería a sus amigas, que sí podrían tomarse más tiempo antes de hacerlo, lo cual le recordaba ¿Qué hacía Ginny con las demás chicas que ya se habían comprometido si aun no había firmado la Lista de Emparejamientos Oficiales del Ministerio? Iba a preguntarle cuando McGonagall habló.

–Jóvenes- dijo, llamándoles la atención a un par de muchachas, luego el silencio se hizo como muestra de obediencia a aquella penetrante mirada que demandaba absoluto respeto.

–Ya es hora, los invitados especiales están terminando de acomodarse en sus asientos, el Ministro ya está aquí- explicó. La música comenzaba a llenar el fondo, proveniente del exterior y matizando la habitación.

–Sus vidas cambiarán a partir de este baile, luego de esta noche no solo serán jovencitas a punto de terminar sus estudios, sino que estarán comprometidas, y para febrero, ya se habrán casado- aseveró.

Esas palabras pesaron sobre todas y el ambiente se enrareció.

–Quiero que sepan que estoy orgullosa de todas- informó con su voz trémula, pero recompuso su expresión y se envaró.

–Es mi deber introducir la apretura del evento de esta noche, una vez hecho, comenzarán a ser llamadas, una por una, bajarán las escaleras y sus futuros consortes les esperarán al pie de estas- orientó con severidad.

–Ahora saldré para hacerme cargo de los últimos detales necesarios para la apertura del baile, no quiero alborotos, espero de ustedes el comportamiento de lo que ahora son: brujas adultas- agregó, asintió y finalmente salió.

En breve, todo comenzaría.

El inicio del fin surgiría y no habría poder que les permitiera escapar.