Estúpida Gorra Roja

- ¿Y esa tela de ahí? – dijo apuntando hacia abajo.

Rápidamente me saqué las bragas por las piernas y volví a acomodarme. Podía sentir lo duro que estaba bajo la sábana. Él se irguió para quedar sentado a mi altura y me besó lentamente, jugando con mis labios hasta que me saboreó con su lengua. Después bajó su boca por mi cuello, mi hombro, hasta llegar a mis pechos, tomó uno entre sus dientes y lo tiró haciéndome soltar un gemido. Pasé mis manos por sus hombros y sus brazos, dejando un par de besos en su cabello desordenado. Siguió lamiéndome mientras que una mano me acariciaba los muslos en círculos hasta que buscó mi clítoris. Me hizo dar un respingo, con una de mis manos lo acercaba más a mi pecho y con la otra le acaricié sus abdominales, bajando por la V que se le formaba, hasta toparme con la sabana que aún lo cubría. Eso era imperdonable. La aparté de un tirón encontrándome con su polla grande y dura. La tomé entre mis manos y lo acaricié. Peeta soltaba quejidos sobre mis pezones lo que mandaba una descarga eléctrica justo en el lugar donde sus dedos jugueteaban conmigo. Ya no podía aguantar mucho más y por lo hinchado que estaba Peeta, sabía que él tampoco.

Puse una mano en su pecho y lo empujé para que quedara acostado. Lo besé por el cuello, bajando por su pecho y su abdomen hasta llegar a su lugar feliz. Lo miré sonriendo antes de meter su polla en mi boca y comenzar a lamerla. Peeta gemía fuerte y me sostenía el cabello para tener una mejor vista de mí. Aguantó como un campeón, le di un último besito en la punta y lo tomé para alinearlo con mi entrada, me senté sobre él lentamente para maximizar el placer, y luego empecé a moverme en círculos, sintiendo a Peeta perder el control debajo de mí.

Apoyé mis manos en su pecho y lo monté rápidamente, una y otra vez sin parar, sentía mis pechos moverse conmigo hasta que Peeta las tomó y me masajeó. Casi al final, Peeta agarró mis caderas dejándome arriba y envistió contra mí a una velocidad vertiginosa. No mucho después sentí mi orgasmo explotar llevándose a Peeta conmigo. Me dejé caer sobre él para recuperar el aliento unos minutos.

Él me susurró al oído – Mi amor, tráeme de ese pastel que hablaste – junto con una nalgada.

- Oye, cálmate un poco.

De todos modos me paré y fui a buscar el pastel entero y lo llevé a la cama con dos tenedores. Estaba deliciosa, era chocolate por todos lados.

- No me importaría hacer un trío con este pastel – dije sin pensar. Peeta se rió a mi lado y se acomodó más cerca de mí, de pura casualidad pasó a llevar un poco de crema de chocolate de su tenedor sobre mi pezón izquierdo.

- Oh – exclamó – Soy tan torpe.

Me reí de él. Bajó su boca y lamió el chocolate que quedó.

- Eres un idiota.

- Te amo – me guiñó un ojo -¿Cuánto rato crees que tenemos?

- Como una hora, más o menos – expliqué – nos desperté más temprano para que tuviéramos tiempo de sobra – le guiñé un ojo sonriendo. No era tonta, sabía que terminaríamos haciendo el amor.

- Me gusta como piensas, mi amor – se abalanzó para besarme pero lo detuve a tiempo.

- Espera, déjame darte tu regalo.

- Creí que este era mi regalo – sonrió.

Fruncí el ceño- Claro que no.

Fui a buscar la caja rectangular y la puse sobre la cama

- Todo tuyo – dije tirándome a la cama otra vez.

Él rompió el papel como un niño en navidad mientras yo me reía. Oh demonios ¿Qué le regalaría para navidad?

- ¿Qué? – dijo impresionado -¿Cómo…? ¡Es una Gibson!- La sacó de la caja con cuidado y la miró como si fuera hecha de oro. No me aguanté y saqué mi teléfono para sacarle fotos. Se veía tan gracioso – No puede ser – seguía diciendo. Me ignoró un buen rato y hasta que se le prendió la ampolleta y me miró – Gracias, amor.

- Te amo – le dije, se subió a la cama conmigo y me mordió el lóbulo de la oreja.

-¿Cuánto tiempo dijiste que teníamos?

- Ahora como cuarenta minutos.

- Puedo trabajar con eso – murmuró con voz ronca.

Peeta recibía un saludo de cumpleaños cada pocos minutos. Toda su familia llamó y Gale también. Su padre dijo que iba a estar esperándonos en el aeropuerto cuando llegáramos, y aunque le dijimos que llegaríamos de madrugada, él insistió.

Habíamos ido a un aburrido evento de la Asociación de Críticos de Cine, y después habíamos estado dando entrevistas todo el día. Paramos en el hotel para llevar nuestras cosas y a la 1 de la madrugada tomamos el avión hacia Londres. Apenas toqué el asiento me dormí.

Me sobresalté despertándome rápidamente por el sonido de una cámara que estaba frente a mí. Tenía mi cabeza apoyada en el hombro de Peeta.

- Déjame – lo regañé por despertarme y sobre todo por sacarme fotos.

- Te veías linda, aunque estabas baboseándome todo.

- Yo no baboseo – le contesté, aunque eché de todas formas una mirada a su hombro para asegurarme de que no había nada mojado por ahí.

- Mira, sé que soy irresistible pero, contrólate, mujer- me miró con reproche - Estamos en público.

Me mantuve sería lo más posible hasta que ambos soltamos una carcajada. Nos hicieron callar desde atrás lo que nos dio más risa. Después de aterrizar nos despedimos de todo el mundo para salir a buscar al papá de Peeta. Habían un par de fotógrafos pero los ignoramos olímpicamente.

Peeta me guió hasta donde estaba el señor Mellark, y él me dio un fuerte abrazo al verme, después de saludar a Peeta por supuesto.

-¿Cómo has estado, Katniss? – me preguntó una vez dentro del auto.

- Todo va bastante bien, señor Mellark.

- Me alegro ¿les darán un día libre o algo así?

- Creo que parte del sábado y el domingo, papá – respondió Peeta – Pero aún no se bien.

- Bueno. Ya veremos.

Nos demoramos un poco más por la carretera hasta que logramos estacionarnos en el garaje de la casa. Glim estaba esperándonos ahí, con su pequeña pancita hinchada. Corrió a abrazarnos y se le aguaron los ojos cuando Peeta le acarició e hizo como si hablara con el bebé.

- Oye amigo – le dijo – el tío mas genial del mundo ya llegó.

Él era el único tío. Negué con la cabeza y me giré para sacar mis maletas, pero el señor Mellark ya se había encargado de eso, tan caballero como siempre. Lo seguí al interior de la casa, hasta el comedor donde la señora Mellark tenía puestas unas tasas.

- Hola, cariño – me saludó, abrazándome. Todo el mundo era tan cariñoso aquí, que me sofocaba un poco. Pero no me quejaría.

- Buenas noches, señora Mellark.

- Mamá – dijo Peeta entrando - te dije que no nos esperaras despierta. Váyanse todos a dormir.

- Oh, ven aquí – se abrazaron y su mamá le susurró algunas cosas al oído y Peeta asintió sonriendo. Nos tomamos un té rápido y subimos nuestras cosas a la habitación. Todos gritamos un buenas noches. Con la poca energía que tenía, me saqué la ropa y me metí a la cama. Ya eran las 4 de la mañana y debíamos levantarnos a las 8.

Peeta quedó en bóxer y se subió arriba mío. Si esperaba algo de acción ahora, que siguiera soñando. Me miró fijamente un rato y perfiló mis labio con su dedo.

- ¿Qué pasa? – le susurré.

Él negó con la cabeza – Soy muy afortunado.

A media tarde, llegó el equipo para prepararnos para el estreno. Había logrado convencer a Glimmer para que viniera y, aunque se pasó la mitad del ida buscando una gordura inexistente en el espejo, finalmente se rindió.

Ella era totalmente hermosa. Hay personas que nunca podrían verse feas, ella es una de esas.

La mamá de Peeta parecía avergonzada de estar tan linda y el señor Mellark, estaba en traje mirando la canaleta que debía reparar cuando vuelva a casa.

Nos tardamos como una hora en llegar, porque estábamos algo apartados de la ciudad. Un señor abrió la puerta y me ayudó a bajar, Madge llegó para acomodarme el vestido e, inmediatamente me tironeo para todos lados. No vi más a la familia de Peeta por todo el recorrido en la alfombra. Recité las respuestas que me tenía aprendida de memoria, sonreí para las fotos y luego pude entrar a la sala de proyección. No hable mucho como siempre y fuimos a sentarnos. Quedamos del lado de la familia y ahí me di cuenta lo incomodo que sería en las escenas de seco. Cuadro aparecieron, Peeta y yo nos miramos , pero no nos atrevimos a echarles un vistazo a su familia. Para el final, la señora Mellark y Glim lloraban como magdalenas, el padre de Peeta aguantó como un macho rudo.

Estuvimos alrededor de dos horas más ahí, de reojo podía ver a la familia de Peeta hablando con Plutarch, todos estaban muy avergonzados por algo y Glim está roja como un tomate, le combinaba con el vestido. Alguien me tocó el trasero. Era Peeta, por supuesto, lo vi pasar por atrás mío rápidamente siguiendo a Brutus que lo llevaba a alguna parte. Me lo pagaría.

La mujer delante de mi seguía hablándome sobre algún proyecto, cuando ya no aguanté ,as de fingir estar interesada. Le dije que se comunicara con Madge y la dejé ahí. Posiblemente iba a recibir un buen regaño más tarde.

Hacía mucho frio, estaba a punto de ponerse a llover, sabía que me habían dado una chaqueta para ponérmela más tarde pero no tenía ni idea de donde estaba. Lo malo que me pasaba cuando hacia frio, es que me daban ganas de ir al baño muy seguido. Y eso no era nada bueno cuando estaba con un enorme vestido, con una falda larga. Miré alrededor; Madge había desaparecido por alguna parte, Peeta estaba hablando con una mujer que llevaba una grabadora así que no lo podía interrumpir. ¿Dónde estás cuando te necesito Annie? Bien, Glimmer tenía que ayudarme. Bienvenida a la familia. Me acerqué disimuladamente a ellos.

- Hola – Todos me voltearon a ver, y Plutarch intentó decirme algo, pero ya estaba que me hacía. – Necesito a Glimmer un momento, permiso.

La agarré de un brazo y la llevé conmigo en busca de un baño ¿Por qué no había letreritos?

- ¿Dónde vamos? – me preguntó.

- Al baño. Necesito que me ayudes con algo – vi una puerta que estaba sospechosamente medio escondida con plantas y cascadas así que ese debería ser el baño. Lo era. Gracias a dios. Empujé a Glimmer a uno de los baños y cerré la puerta, haciendo todo el esfuerzo posible por no mearme ahí mismo.

- ¿Con que te ayudo? - ¿aún no lo captaba? Lo miré como diciendo que es bastante obvio. – Oh bien… eh…

- Creo que deberíamos subir la falda primero – murmuré. Tenía un poco de vergüenza.

- Si… – entre las dos subimos mi vestido hasta la cintura. Como pude me puse más o menos donde yo creía que estaba el inodoro, palpé mis bragas hasta que las baje por mis rodillas, Glimmer miraba hacia cualquier otro lado, espero.

- Lo siento mucho- me disculpé – creo que deberíamos cantar, no quiero que escuches como cae mi pipí – eso sí sería humillante.

Ella se rió – Bien.

Cantamos Hakuna Matata, mientras hice pipi lo más silenciosa posible, pero parecía que el ruido que hacia al chocar con el agua del inodoro era una bomba atómica. Ya que estábamos ahí, ella también aprovechó de hacer y, lo juro, hizo pipi por más de cinco minutos sin parar. Estaba bastante impresionada, cantamos Bajo del Mar, Yo soy tu Amigo Fiel y Busca lo más vital, la del Libro de la Selva. Sin parar, una tras otras, completas, hasta que ella paró de hacer. Tenía más pipí que bebé ahí adentro.

Salimos de ahí lo más dignas posibles y todos se estaban yendo. Madge vino y nos guió hasta afuera para que nos subamos al auto. El auto estaba calientito, pero cuando tuve que salir para entrar a la casa, casi me da hipotermia, Peeta me dio su chaqueta y solo gracias a eso sobreviví. Nos despedimos de todos y fuimos a la habitación. Me saqué los zapatos y me dejé caer en la cama, estaba cansada, había pasado demasiadas horas de pie.

-¿Quieres tomar una ducha?- me preguntó Peeta mientras se desvestía.

Asentí. Me ayudó a quitarme el vestido y me tomó de la mano para llevarme hasta la ducha, reguló la temperatura y me metí bajo el agua. Era el paraíso. Peeta se metió atrás mío y me abrazó por la cintura. Nos quedamos ahí un buen rato, hasta que me empecé a quedar dormida parada, nos enjabonamos rápidamente y tras la última enjuagada, salimos.

Me sequé el cuerpo con la toalla y me metí a la cama.

- Debes secarte el pelo – dijo Peeta poniéndose bóxer ¿Por qué hacía eso? Negué con la cabeza. No sobreviraría a eso. Rebuscó en los cajones hasta que encontró el secador y se instaló atrás mío para hacerlo. Lo quería tanto. Creo que me quedé dormida así porque ya no recuerdo más.

Una cosquilla en mi cuello me despertó. Quise mover mi mano para sacar lo que me molestaba, pero no podía. Abrí los ojos y vi el cabello de Peeta en mi cuello mientras él iba bajando con sus besos. Tenía mis manos entrelazadas con las suyas a cada lado de mi cabeza. Iba a preguntarle a este hombre qué demonio creía que estaba haciendo, pero antes un gemido escapó de mis labios cuando me mordió un pezón él levantó la vista y me sonrió desde su posición.

- Buenos días, amor.

Bajó de nuevo y siguió con lo suyo. En lo mío. Dejó besos por el valle entre mis pechos, mi estómago, se entretuvo un rato en mi ombligo y luego llegó a la parte buena. Se quedó ahí mirándome, con su aliento sobre mi humedad.

- Peeta…

- Shh… Silencio – Susurró.

Por fin unió sus labios con mi clítoris dándole un pequeño besito. Cerré los ojos y me mordí el labio intentando que no se me escapara un gemido. Lo tomó entre sus labios y lo succionó, pasó su lengua por toda mi abertura recogiendo todo lo que había ahí. Me acarició con su lengua arriba y abajo lentamente y metió de golpe uno de sus dedos en mi vagina, no me aguanté y solté un gran gemido. Él se detuvo y me miró con reproche.

-¿Qué quieres que haga? – le dije. No podía hacerme eso e intentar callarme porque su familia estaba a unos metros. Dormida, espero. De preferencia inconsciente y sorda.

Peeta se reubicó entre mis piernas y comenzó a besarme la parte inferior del muslo izquierdo mientras que con sus manos me levantaba de las caderas para acariciarme el trasero.

-¡Niños levántense! – gritó la señora Mellark. Y todo se fue a la mierda.

Golpeó la puerta con fuerza. Que no la abra, por favor.

- Ya vamos, mujer – gritó Peeta sobre mi vagina.

Me tapé la cara con las manos.

- Apúrense – volvió a gritar su mamá.

- Lo siento, mi amor – dijo Peeta dejando un besito en mi ombligo.

- No, Peeta, espera.

Si me dejaba a medias nunca lo perdonaría.

- Hay que levantarse – dijo sentándose en la cama. Aún estaba acariciándome las piernas y eso no ayudaba en nada.

- Te odio – dije. Él sonrió rápidamente y se bajó de la cama.

La familia de Peeta empezó a llegar mucho antes de lo que esperaba con la excusa de venir a preparar la comida, primero fueron unos tíos con sus primos mayores, todos eran muy amables. Cuando éramos veinticinco personas empecé a preocuparme. O me siento cómoda con las multitudes y esto se estaba saliendo de control. La señora Mellark me empujaba cada vez que quiera volver con ella hablar con alguien. La abuela May, la mujer más tierna que puede existir sobre la tierra, me dio un sermón de cuarenta minutos sobre cómo debía preparar un buen pescado frito. Terminó diciendo: Peeta va a querer casarse en cuanto lo pruebe. Casi me da un ataque. Escuché cuatro veces más la palabra matrimonio o algo sobre eso durante la tarde y mientras comíamos. Cada vez que miraba a Peeta para que dijera algo, se hacia el loco y le metía conversación a quien estuviese por ahí.

El almuerzo duró fácilmente unas tres horas, comí bastante. Demasiado a decir verdad. Probablemente subí un par de kilos solo con oler el aceite friendo las papas y el pescado.

A media tarde, Madge me envío algunos correos de trabajo, estaba a punto de revisarlos solo para que nadie me hablara por un par de segundos cuando Glim me tomó del brazo y me empujó hacia el frio patio.

- Sálvame – dijo cuando llegamos a sentarnos en unas hamacas – todos quieren tocarme el estómago.

Suspiré.

- Bien. Soy el juguete nuevo así que todos me hablan – Ella asintió.

- Ya sabes, Peeta ha estado presumiendo de ti por un largo tiempo.

Rodé los ojos, por supuesto que sí. Rasé la vista por todo el patio. La mayoría tenia in té en las manos y estaba bien abrigada pero no nadie se quejaba ni se le ocurría entrara la casa, pese al horrible frio que hacía. Los mayores estaban sentados conversando y riendo, los primos de Peeta estaban llenando un balde con agua en la esquina, mientras él, otra vez con la fea gorra roja, estaba con algunos otros intentando encender una especie de fogata construida con ladrillos.

- Nunca van a lograrlo – dijo Glim.

-¿Por qué no?

- Ha estado cayendo niebla húmeda todo el día, la madera está mojada.

Me reí, supongo que no pensaron en eso, aunque tenía una buena vista del trasero de Peeta, así que no me quejaría.

Glimmer se paró de mi lado y tomó mi celular de mi regazo avanzando rápidamente hacia la casa .

-¿Qué haces? – apenas pude terminar de hablar cuando un balde de agua cayó sobre mi desde atrás. Se me escapó un grito ahogado pues apenas podía respirar por el frio que hacía. En un momento de lucidez, me di la vuelta y vi a los primos de Peeta, que no podía recordar sus nombres, riéndose con el balde de plástico que los vi llenar recién.

-¿Qué les pasa?- logre articular. Juro que ahora entendía a Rose en el Titanic. Estaba congelándome. Todos se reían y los que no, me miraban divertido. Lo peor de todo: nadie se veía sorprendido.

-Le dije que no lo hicieran! – exclamó Peeta caminando hacia mí.

-¡Bienvenida a la familia!- exclamó uno.

- Así es la tradición- señaló el otro (creo que se llamaba Abraham) y salió corriendo a esconderse. Mal nacidos.

Apenas sentía mis piernas pero me las arreglé para levantarme e ir tras ellos.

-¡Vengan aquí, malditos! – El señor Mellark atrapo al alto cuando pasó a su lado y lo abrace apretado para que se mojara también.

- Suéltame, Katniss.

- Me vengaré, lo prometo.

Me separé de él y lo golpee con mi cabello cuando me di la vuelta. Fue como un látigo.

-¿Dónde está el otro?- La abuela May me apuntó donde estaba, escondiendo tras Peeta, el muy cobarde. Peeta trataba de zafarse pero con tanta risa no podía -¡Ven aquí!

De alguna manera pasó por entre todos y se fue dentro de la casa. No quería ensuciar el piso asique lo dejé escapar. Cuando me giré, todo el mundo estaba mirándome y algunos con sus celulares en alto. Ahí tuve tiempo de reírme. Porque igual era un poco gracioso.

- Ven, cariño – me susurró la señora Mellark tomándome del brazo – Quítate las zapatillas.

Estaba tiritando, asique no podía desatarme los cordones. Peeta vino y se arrodillo frente a mí para quitarlos.

-¡Cásense! – gritó alguien. Peeta se rió. Yo ni siquiera levanté la cabeza. Evita el contacto visual, Katniss.

- Ya está – dijo Peeta.

Me tomó de la mano y me llevó hacia adentro. Sus primos se burlaron por su puesto.

-Muero de frio – medio tartamudee subiendo la escalera.

- Lo siento mucho, les dije que no lo hicieran

-¿Así que es la tradición? – entré a la habitación y me quité la ropa con dificultad. Peeta, servicialmente me ayudó, por supuesto. Es tan considerado.

- Bueno, solo lo hacemos con los hombres, pero supongo que se sintieron en confianza.

- Me alegro – dije sarcástica, fui al baño y me metí en la ducha prendiendo el agua en lo más caliente que se podía. Fue el paraíso. Deje caer un buen rato el chorro de agua en mi rostro cuando recordé que Peeta seguía aquí. Abrí los ojos para verlo y él estaba apoyado en el lavado mirándome el cuerpo.

-¿Qué haces, pervertido?

Se sobresaltó un poco y me miró con esa sonrisa pícara que tiene:- Solo aprecio la vista.

- Vete, tu familia va a pensar que estamos teniendo sexo o algo así.

Él se encogió de hombros.

- Van a molestar de todas maneras – Negué con la cabeza, esta familia estaba loca. Me quedé un rato más bajo la atenta mirada de Peeta hasta que recuperé el calor. Peeta tenía lista la toalla para mí, asique me sequé rápidamente.

-Dame ropa – le dije. Me senté en la cama secándome el pelo mientras él dejaba un suéter y unos pantalones junto a calcetines - ¿Y la ropa interior? - Se encogió de hombros, pero pude ver el brillo en sus ojos – Tráeme – le lancé un manotazo.

Él, obviamente trajo todo lo más pequeño que había, pero estaba empezando a congelarme de nuevo así que solo me puse la ropa que tenía.

Obligaron a Peeta a abrir los regalos que le habían traído delante de todos como si fuera un cumpleaños de niños. Recibió cosas sencillas; un libro, ropa, su padre le dio un reloj y así. Él parecía maravillado con cada cosa. Yo era la encargada de sacarle fotos. La abuela May vino a sentarse junto a mi hace un rato y sonreía a cada rato.

-¿Cómo es que aún tiene esa gorra? – comentó. La mira sorprendida y encantada al mismo tiempo ¡por fin alguien me apoyaba! Quizás iba a lograr que la bote a la basura de una vez por todas.

- Lo sé ¿hace cuánto que la tiene?

- ¿No te lo ha dicho?- me preguntó, negué con la cabeza, realmente nunca le he preguntado por la gorra, yo solo la odio en silencio en mi mente. Un profundo odio – Era de mi esposo, el abuelo de Peeta.

Ay, no.

- Él enfermó de alzhéimer – continuó – era muy joven. Peeta solo tenía 10 años cuando lo reconocía, duró un par de años más pero…- ella negó con la cabeza – la última vez, él le dio la gorra a Peeta para que dejara de llorar, lo llamó por su nombre y eso nos dio un poco de esperanza a todos. Pero nos dejó un par de días después.

Me miró como esperando que reaccionara, pero yo no sabía que decir y, honestamente estaba a punto de echarme a llorar. Sin mencionar el profundo sentimiento de culpa por todas las maldiciones que le tire a esa gorra. Iba a irme al infierno.

- Lo siento mucho - susurré.

La abuela May sonrió – Él está esperando por mí.

Una carcajada resonó por el lugar haciéndonos dirigir la vista a un muy sonriente Peeta que posaba con una camiseta que decía "Yo amo a Katniss Everdeen"


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