XV. Interrogación

.

De un momento a otro, el goteo contra la losa me dio náuseas. Rectifico: más bien, la imagen de mí besando a Lockwood. No podía vomitar porque no tenía nada en el estómago, pero preferí no comer cuando bajé a cenar. Y nunca una cena había resultado tan penosa: Margaret, Kingsley y yo estábamos repartidos por la mesa de Hufflepuff. Ni siquiera me detuve a pensar la razón de aquél inusual suceso, pero estaba consciente que yo no estaba enojado con ninguno de los dos, y ellos no debían estarlo conmigo tampoco.

Nuevamente me senté de espaldas a la mesa de profesores, pero no soporté demasiado rato. Si ninguno de mis amigos estaba para darme alguna palabra de ánimo, y no lograba tragar más que unos mililitros de jugo de calabaza, entonces no tenía nada más que hacer allí, aparte de gastar oxígeno y esparcir malas vibras.

Esa noche me dormí pensando en los consejos de mi madre, inútiles para mí, dando buenos resultados en la mayoría de las personas. ¿Snape se había puesto celoso, o no? ¿O los gritos que nos había dado a mí y a Lockwood no eran más que parte del reglamento del docente?

"Esto es un colegio, no un burdel".

Demonios, cómo me había dolido eso. Y si no significaban celos, entonces renunciaría por siempre a mi poder de metamorfomaga, y me limitaría a beber poción Multijugos cada vez que quisiera cambiar, arriesgándome a caer envenenada por fabricarla mal.

¿Por qué todo se me tenía que hacer tan complicado? En el Corazón de Bruja siempre relataban los problemas amorosos con finales felices y poco arduos. Eran peores que los cuentos de hadas, y hacían quedar a las brujas como fáciles y vanas.

"Queridos editores del Corazón de Bruja, les soy sincera al contarles que tuve un espantoso problema con mi mejor amigo, pero gracias a ustedes y a sus consejos, lo hemos superado aceptando nuestro amor mutuo, y ahora me ha pedido matrimonio"

Si yo pedía un consejo, ¿podría escribir algo de ese estilo? Podría ser de la siguiente manera:

"Queridos idiotas del Corazón de Bruja, les soy sincera al revelarles que tuve un espantoso problema con mi profesor de Pociones, trece años mayor que yo, pero gracias a ustedes y a sus consejos, lo hemos superado y ahora me ha vuelto a castigar en secreto; me sigue tratando como chicle en pegado en la suela zapato, pero somos muy felices".

—Oh… esto jamás va a funcionar — susurré, confiando en que era la única despierta a la una de la madrugada.

—¿Qué has dicho?

—¿Margaret?

—Sí. No puedo dormir.

—Yo tampoco.

Silencio. Yo volví a mi tortura mental, y ella debió haber regresado a la suya.

¿Tendría que buscar otro hombre para los celos? No llevaba ni dos candidatos y ya me estaba resultando el más grande de los fastidios. No tenía ese toque femenino especial que seducía a los hombres, o mi torpeza lo… entorpecía, valga la redundancia. El único camino que me quedaba era el de convertirme en babosa otra vez, y eso me causaba un tremendo dolor en lo poco y nada que me quedaba de orgullo.

Había otro camino, más simple, pero que causaría también dolor, en la esperanza: la espera. La espera de una respuesta, que tal vez jamás llegaría. ¿Por qué no podía atinar a pensar, sin más miramientos, que yo le daba exactamente igual a Snape? Sería la mejor solución a todo: me decepcionaría, lloraría, sufriría pero de una vez, y luego renacería, como los fénix; me buscaría a otro, u otro me encontraría, y seríamos felices para siempre. Fin de la historia, aplausos.

Había otro tipo de preguntas que podía hacerme para canalizar mi desdicha: ¿Dios, por qué me haces esto? Era más que fácil culpar a Dios, pero tampoco me hacía abandonar el tema.

¿Tendría que esperar eternamente a una reacción de Severus? ¿Cuántos días, semanas, meses o años?

La respuesta, sin embargo, la tendría al cabo de unas horas, aunque no sería exactamente lo que esperaba. Me refiero… a que era mejor, mucho mejor. No era que me burlara de la desgracia ajena, pero…

.

Esa mañana, Margaret y yo combinábamos a la perfección con nuestras ojeras. Por un momento ella creyó que me estaba burlando de su cara con mi poder. Pero mis marcas moradas alrededor de mis ojos oscuros eran naturales, y en conjunto con mi cara en forma de corazón, tenía el aspecto de mapache.

—Recuerda que yo también estaba despierta anoche… —le dije mientras subíamos las escaleras para llegar a la primera planta.

—Ah, cierto, se…

No supe qué venía después, porque cuando íbamos casi saliendo al vestíbulo para cruzar al Gran Comedor, un bullicio enorme nos interrumpió. Nos miramos mutuamente con las cejas arqueadas, y seguimos al ruido para descubrir qué estaba ocurriendo.

Doblamos una esquina, escogiendo otro camino, y divisamos a un grupo de estudiantes, Slytherin en su mayoría, rodeando a algo… o a alguien.

Nos asomamos, yo tratando de sobrepasar algunas cabezas para ver lo que estaba sucediendo. No tuve mucho éxito.

—Eh, ¿qué es lo que pasa? —pregunté a toda boca, pero sólo me hice oír en la parte de atrás.

Un gigantón de mi propia casa pero de sexto año —quien me tapaba casi toda la visibilidad — se giró hacia mí y contestó con una expresión alegre:

—Ese Lockwood está allí, balbuceando.

Otra vez con Margaret nos miramos, desconcertadas.

—¿Balbuceando? ¿Cómo es eso? —inquirió mi amiga, poniéndose de puntillas otra vez.

No necesitamos respuesta: Lockwood en persona se había abierto paso a través de los múltiples pares de piernas, pero no caminando… sino que gateando. Y balbuceando, claro, como un bebé cualquiera.

—¿Qué demonios le sucedió a éste? —inquirí, pero nadie me contestó. Y es que nadie lo sabía.

—Hay que llevarlo a la enfermería —sugirieron los de Slytherin, tras reírse un poco de él.

Apresándolo de los brazos, y obligándolo a dar débiles pasos, se lo llevaron. Lockwood opuso resistencia con sus llantos adolescentes, tratando de imitar a los de un infante.

—¿Qué crees que le hicieron? ¿Un encantamiento Confundus?

—No sé —contesté a Margaret —, o tal vez estaba fingiendo para que le prestaran un poco de atención —pensé sin darle muchas vueltas al asunto.

—Imposible, él no haría jamás el ridículo de esa manera. Es como si se atreviera a besar a un impuro.

Di un respingo al oír esa frase. Miré a mi amiga con los ojos como plato, creyendo que lo decía por alguna razón en especial… Pero había sido sólo una frase al azar.

Y, entonces, recordé el beso del día anterior….

—¿Quién crees que le haya hecho algo así? ¿Un Gryffindor?

Me encogí de hombros.

Oh, sí. Sí que lo sabía. ¿Quién podría haberle hecho algo así, justo al día siguiente del incidente?

Deseé buscar respuestas de inmediato, pero tendría que ser paciente y buscar el momento apropiado.

—Bien, ¿qué estamos esperando? Me muero de hambre.

—Sí, yo igual —mi estómago, rugiendo, rectificó mi respuesta. No podía esperar menos, si había cenado tan poco la noche anterior.

El cielo estaba gris y opaco, no obstante, a mí me pareció hermoso, más bello que todos los días soleados del verano. ¿Mis oídos escuchaban ruiseñores en vez de cantos de pájaros ordinarios?

¿Podía estar adelantándome a los hechos? Algo en mi instinto femenino me indicaba que no.

La noticia del problema de Lockwood se extendió rápidamente durante el desayuno por todo el colegio, y tuvo gracia que Snape fuera el cabecilla de la investigación sobre el posible atacante y qué le habían hecho al pobre muchacho. Los Slytherin, luego de burlarse un poco de la escena que había montado cerca de las bodegas, decidieron tomarse el asunto como algo grave y a pecho, comenzando a atacar a los leones, que no se negaban en absoluto a defenderse con violencia. En el fondo, daba igual si su compañero había hecho el ridículo, la cosa era pelearse por algo, vapulear al enemigo y liberar tensiones.

Los profesores jefes de las otras casas, por su parte, se pusieron a investigar. ¿Y a que a nadie se le ocurre a quién eligió Sprout para interrogar primero? Redoble de tambores… ¡Sí! ¡Tonks se ha ganado el pasaje ganador al despacho de su profesora jefe!

—Tonks —por fin alguien que dice mi apellido y no mi horrible nombre —, no que quieras que sientas que te estoy culpando —comenzó con voz amable, pero había algo que indicaba todo lo contrario —, pero tú eres la única que tenía, o tiene, una rivalidad marcada con el señor Alfred Lockwood, así que deseo que seas sincera conmigo —asentí —. Bien. ¿Lo atacaste tú? Y dime la verdad, no te voy a castigar.

—No profesora, yo no lo ataqué.

Me dirigió una mirada maternal y… severa.

—Sé sincera conmigo.

Sí, "sé sincera conmigo y dime que tú fuiste".

—Profesora —insistí apretando los dientes —. Yo no lo hice. Se lo juro, si quiere llame a mi madre y se lo juraré ante ella.

Suspiró cansinamente.

—Está bien, te creeré. Pero si encuentro algún indicio de que fuiste tú… vas a lamentarlo.

¿Qué demonios? ¿Por qué me culpaba por algo que yo no había hecho? ¿Por qué yo tenía que ser la única rival de ese estúpido? ¡Podría haberme librado con algo mucho más simple! Diciéndole que con él teníamos un romance secreto. Habría sido una excelente historia, pero Lockwood me habría torturado sin remordimientos por eso cuando se recuperara.

A ver, ¿y de quién era la culpa de todo esto? De Snape, por supuesto.

—Puedes marcharte, Tonks.

—Gracias, profesora —gruñí molesta.

Tenía que ir a ver a Snape luego, y lo más luego sería en la noche, cuando todos estuvieran durmiendo… ¡Ojalá que Margaret conciliara el sueño temprano!