Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, créditos respectivamente a sus creadores.


XXVI. Some things never change even when they hurt.

Cuando vuelve a posar el teléfono en su sitio, no puede evitar dejar escapar un sonoro suspiro y cubrirse el rostro con una de sus manos.

Mientras, el reloj que se posiciona encima del escritorio, justo al lado de una pequeña pila de papeles que tiene que revisar, apunta a que son apenas y las 14:00 pm. Aún faltan cuarenta y cinco minutos para que la jornada escolar de la tarde comience y él ni siquiera ha ido a almorzar. Fury suelta un nuevo suspiro, cansado de no recibir alguna respuesta que necesita pese a sus intentos. Ha tratado de contactarlo desde la semana pasada, pero ha sido más difícil de lo que pudo haberse imaginado. Howard recibe sus llamadas, pero no las contesta, ni tampoco los mensajes que ha dejado a las secretarias y el resto de empleados. Lo más exasperante es que Howard nunca le ha negado una sola llamada por la estrecha relación que ambos tienen. O tenían, dada la situación.

Lo peor de todo, piensa Fury mientras acaricia su frente, es que Tony tiene razón.

"No me amenaces con que llamarás a Howard, pirata" le dijo la última vez el chiquillo después de que Rogers abandonara la oficina y ambos se quedaran solos; cruzado de brazos y sonriendo. "Él no vendrá, ni tampoco María. Ninguno de ellos" mientras se apoyaba en el respaldo de la silla. "Desperdiciarás tu tiempo, créeme" murmuró, guardando un poco de silencio. Fury en ese momento, no pudo verlo de otra forma que no fuera cuando tenía cerca de diez años y él estaba de visita en la mansión de los Stark por asuntos ajenos al pequeño. "No se lo digas a papá, por favor" le decía cuando Anthony pasaba a su lado corriendo, con un objeto en sus manos, asustado. "No lo llames" insistió Tony en su oficina luego de un lapso, proyectando a aquel niño temeroso.

Pero Fury no pudo ceder. No esta vez, cuando le había dado una nueva oportunidad, aplazando lo inevitable. Ha estado aguantando sus problemas de comportamiento desde hace dos años y ya no puede seguir haciéndose el desentendido cuando el resto de profesores ya ha opinado al respecto. Acerca de su poco criterio con el alumno, y por el privilegio que le está dando al menor de los Stark que los demás estudiantes podrían tomar a mal. Que no está pensando lógicamente y se está dejando llevar por la relación que tiene con esa familia. Incluso, en más de una ocasión, algunos lo han acusado de nepotismo y otras tantas mierdas a las que tuvo que ponerle alto, encontrando una solución. El plan era perfecto, una sanción simple y piadosa que podría ayudar en otras áreas a Stark: una tutoría.

Sin embargo, aun cuando no volvió a tener esa costumbre de aparecerse todos los días por su oficina porque algún profesor no aguantó sus insolencias, no fue suficiente.

"Llamaré a Howard. Puedes retirarte" fue tajante, y casi pudo ver el pavor que se reflejó en sus ojos y la angustia que recorrió el cuerpo del adolescente, incluso después de que se quedó solo en esa habitación y ya no quedaban ninguno de los dos estudiantes ahí. Tuvo que hacerlo y tiene qué. Es el protocolo que debe seguir por más que no le guste y no esté de acuerdo, y son las normas del establecimiento. No puede pasar sobre ellas cuando su único propósito es que se cumplan. No cuando, después de todo, es un adulto y el director del lugar. No cuando a sus espaldas, sabe que cuestionan sus juicios y decisiones de una mala manera y que, cualquier paso en falso, podría llevarlo al despido.

El hombre carraspea un par de veces y lleva nuevamente su mano hacia el teléfono negro que había dejado segundos, minutos atrás en su posición. Presiona un par de botones, marcando el número personal de Howard una vez más, y espera a que esta sea la última vez que repita esta acción luego de incontables fracasos. Al otro lado de la línea solo se escucha el conocido pitido de que está disponible y que en cualquier minuto podría contestar, pero aquello no ocurre por mucho que Nick lo deseara. Luego de unos segundos, tiene que cortar la llamada porque se rehúsa a dejar un nuevo mensaje de voz. Va a intentarlo una vez más, con la cabeza hecha un caos, pero tres toques a su puerta hacen que desista.

—Adelante. — dice él, lo suficientemente alto para que se logre escuchar hacia el otro lado. Nick ve el reloj que apunta que son las 14:15 pm, porque es raro que alguien venga a esta hora del día a su oficina. No manifiesta su confusión y no pasa mucho tiempo para que la puerta se abra suavemente y se asome una cabeza castaña seguida de otra de un color mandarina. Pepper y María Hill ingresan a su oficina lentamente, en silencio.

—Nos mandó a llamar, señor. — habla María Hill, cerrando la puerta tras de ella. Nick parpadea varias veces, porque la verdad es que lo ha olvidado. —¿Necesita algo? — lo más probable es que sí, pero no lo recuerda. Traga saliva, haciendo memoria y buscando entre su mente algún indicio sobre lo que había pasado por alto, pero no encuentra nada.

—Cierto. — contesta convencido, haciendo tiempo mientras se acomoda mejor en su asiento, y revisa su escritorio. —Denme un segundo. — murmura, y cuando cree que va a quedar en ridículo justo frente al consejo estudiantil, logra encontrar unos papeles en una carpeta que están desperdigados en una esquina del amplio escritorio. El recuerdo le viene de golpe y asiente varias veces, satisfecho. —Necesito que se ocupen de colocar estos afiches por el instituto — Nick señala la gran pila de papeles a los que se refiere y regresa su vista a ellas.

—¿Por todo el instituto? — pregunta Virginia Potts.

—Sí, en cuanto puedan. Necesitarán ayuda del resto del consejo. Es una gran montaña de afiches, pero es primordial que lo hagan. Las envió la alcaldía de Hollow Town y lo más probable es que lo vean por el resto del pueblo. Es nuestro deber, como la High School Levram, hacerles llegar esta información.

—¿Es algo grave? — inquiere María, y él enseguida vuelca toda su atención en ella. La expresión de la adolescente no refleja nada más que curiosidad y eso es un gran alivio. Él relame sus labios, olvidándose por unos instantes de Howard y levantándose de su lugar. Rodea el escritorio para levantar la pesada carpeta y entregárselas equitativamente.

—No se preocupen. — dice Fury, extendiendo sus manos a ellas. —Sólo es un aviso.


Ya está en el salón cuando todavía faltan quince minutos para que termine el almuerzo y empiecen las clases.

Son las 14:30 de la tarde, y la sala está algo desierta. Dentro solo hay algunos compañeros esperando a que inicie Biología, mientras afuera está el resto, dispersos por el instituto. Janet aclara su garganta ligeramente, mientras avanza unos cuántos pasos hacia su pupitre y deposita su bolso. Sin pensarlo mucho se gira sobre sus talones y camina a la mesa del profesor, silente y tranquila, mientras observa fijamente la puerta al salón de clases. Es la primera vez que está así de serena y no va a desperdiciar esta oportunidad. Natasha se lo dijo, -o más bien la amenazó-, de que esperara y no cediera a los impulsos de estupidez que tiene por apresurarse a los hechos si no quería salir malherida por lo efusiva que ella es. Romanoff tiene razón, después de todo. Pero el tiempo avanza y nadie puede recuperar los segundos que transcurren por más que quiera, porque la vida y el espacio son así de egoísta. Es por eso que, luego de veinticuatro horas resistiéndose a no mover sus manos en el asunto, tiene que hacerlo ahora.

Ha entrado en un estado de quietud y tranquilidad, así que Natasha no tendría algún motivo por el cual enojarse y atacarla, ¿no?

Ella apoya sus manos sobre la mesa, mientras se inclina hacia atrás y da un saltito para terminar sentándose en la orilla de la mesa del profesor. Empieza a mover sus piernas cual niña pequeña, que quedan colgando debido a corta estatura, expectante a quién ingresa por la puerta, y a todos sus sentidos, -especialmente el olfato-, atentos a su alrededor. Inhala profundamente el aire de la sala, mientras intenta pensar en otra cosa que no sea en su objetivo caminando lentamente hacia acá. Jesús, ¿Cómo es que puede tomar tanto tiempo llegar a la sala de clases? Janet exhala el aire contenido, tratando de conservar la calma y no impacientarse como siempre suele hacer. Si tiene un ataque de histeria ahora y en público, sabe que sería peor.

No sería algo prudente a juzgar de cómo está la situación en Hollow Town.

Mordisquea sus labios, impacientándose, sin poder evitarlo. No puede estar un segundo quieta, porque ella es así. Janet traga saliva, sabiendo que está a punto de hacer, pero importándole poco. Los demás pueden hablar de lo que quieran, pero ella necesita enfrentarle una vez más, aunque lo más probable es que vaya a perder, lo necesita. De un solo saltito se baja de la mesa en la que estaba sentada, y viendo como el resto de sus compañeros de curso están metidos en sus propios problemas, no se detiene cuando se dirige a la puerta por dónde está entrando James Barnes. El mayor logra ingresar sólo tres pasos al salón, cuando la castaña ha parado su caminata con su presencia y figura impidiéndole el paso.

Y los irises azules de ella refulgen intrépidos.

—James… — dice ella, la voz sonándole determinada y segura: —Tú y yo tenemos que hablar.

Él se mantiene impasible, observándola en silencio. La esencia de Van Dyne sigue pareciéndole asquerosa.

—No hay ningún tema pendiente entre nosotros. — responde James con acritud, mientras intenta controlar a su otra mitad que lo único que desea es atacarla. Todavía no puede olvidar aquella escena de Janet restregándose contra el mocoso de Stark, entremezclando ambos aromas. Se le revuelven las entrañas de tan sólo recordarlo y eso debe parar.

—Huiste. Llegaste a nuestra propiedad el Domingo, pero escapaste como un cobarde. —murmura Janet, acortando la distancia tentativamente entre ambos. Su corazón bombea por dentro, a punto de estallar. Sabe reconocer la adrenalina y el miedo que se juntan y crean un torbellino de emoción en su interior. Está provocándolo a propósito desconociendo el rumbo que pueden tomar las cosas, pero ella no va a retroceder pese a las alertas que puede percibir a través de ese aroma del Alfa y su estoico rostro. No tiene otra opción, y sinceramente, no quiere otra. —Pensé que tenías las pelotas que tienen todos los Alfas innatos, pero me equivoqué. — ella tensa sus músculos y comprime sus manos en puños, conteniendo el coraje y el rencor en su cuerpo, pero no en su voz: —Tienes que responder frente a todos nosotros. Nos lo debes.

Está a punto de agarrarlo de la camiseta, pero él se adelanta tomando una de sus manos, imposibilitándole la acción. El agarre en su antebrazo no es fuerte y fácilmente podría deshacerse de este, pero arde. Y Janet desconoce la razón del porqué no puede mover ninguna de sus extremidades y desencajarle la mandíbula con uno de sus puños. Traga saliva, y por unos breves instantes retiene la respiración, observando aquellos dos ojos que la están acribillando cruelmente.

—Te lo dije una vez. — resopla él, con la amenaza fría tintando sus palabras: —No tengo que darle explicaciones a ninguno de ustedes.

—Si realmente pensaras de ese modo, no te habrías acercado el Domingo. — rebate, dejándose llevar por el inexplicable dolor en su carne. ¿Por qué siente que le quema, si él ni siquiera está ejerciendo algún tipo de fuerza? Janet sabe que, desgraciadamente, ha comenzado a respirar audiblemente. El aroma de madera de cedro y bergamota opacando el propio y sentenciándola a una orden que ella no está dispuesta a cumplir. —¿Qué pudo haber hecho que flaquearas en tu decisión?

—No es de tu jodido asunto.

—Empezó a serlo desde que pusiste un ojo en el humano equivocado, Barnes. — sisea. —En uno de mis humanos.

Entonces, cuando puede apostar que él se le va a abalanzar encima para destrozarle el rostro y el cuerpo cegado por la furia, una sola voz frena toda intención del mayor, mientras una mano externa se posa justo donde los dedos de Barnes se están hundiendo impetuosamente. Natasha interviene en el momento preciso, anticipándose a una catástrofe.

—Aquí no. — escucha susurrar a Romanoff, y eso es suficiente para que Barnes la libere de su agarre. Janet tarde se da cuenta de que lo que oprimía su antebrazo no era una mano, sino que una garra. Y eso es imposible. A no ser que James posea aquella facultad de conseguir una forma intermedia entre… no. No, no es posible. —Janet.

Ella alza su mirada hacia Natasha, sobresaltándose de pronto y alternando sus ojos entre ella y Barnes. Su pecho sube y baja repetidas veces, sin poder detenerlo. Es como si no quisiera. Repentinamente, hace frío en el salón. Y eso solo puede ser producto del miedo que está sintiendo ahora mismo, mientras los ojos verdes de Natasha perforan sus defensas y los de James se entierran en ella cual filosas navajas.

—Te dije que no hicieras nada. — dice Natasha, interponiéndose entre ellos dos y apuntándola con un dedo acusador. —Pero, como era de esperarse, no pudiste simplemente quedarte quieta.

—Y-yo no… yo no puedo, sabes lo que está pasando. No puedo permitir que é-

—Sé exactamente lo que está sucediendo y es por eso que necesitaba que te quedaras sin hacer nada, pero no se puede confiar en ti. — susurra Natasha, y Janet siente como se le oprime el pecho sin razón alguna, porque ellas no son siquiera amigas. —Esto lo vamos a resolver James y yo. Tú no entras en esa ecuación, Van Dyne. Esto no le concierne ni a ti ni a tu familia. — la pelirroja retrocede un par de pasos, volteando ligeramente para observar a James. No puede creer que esté nuevamente salvándole el pellejo, pero no puede resistirse a no hacerlo. Él le regresa la mirada y es la única prueba que necesita para seguir porque él ha aceptado su juego de palabras. Natasha relame sus labios, sonando más peligrosa y agria de lo que habría deseado: —No te acerques a los míos.

—Entonces ustedes con nosotros tampoco. — contesta la castaña, entrecerrando sus ojos. No hace falta que diga algo más para que él se de cuenta de quiénes está hablando y reaccione de inmediato.

—Stark es mío. —irrumpe sorpresivamente James, intentando imponerse a través de sus feromonas y el susurro de su furiosa y áspera voz. —Stark es mío. — repite, mientras su lobo interno aúlla dentro marcando territorio. Natasha lo ha detenido de golpe, porque ha avanzado sin darse cuenta. —Es mío.

—James. — trata de tranquilizarlo Natasha, pero él no la escucha. James no está dispuesto a ceder a esa petición. No. No. No. No. —James, mírame. — pero él no la mira, y todo lo que acapara su campo de visión es Janet Van Dyne temblando imperceptiblemente y tratando de no verse intimidada, pero fallando en el intento. Lo puede oler en su nauseabundo aroma, lo puede percibir a través de sus ojos, incluso lo puede oír. James inhala profundamente, y es todo lo que necesita hacer para que Janet se atreva a observarlo a los ojos y se de cuenta que ha sido descubierta.

La vergüenza se refleja en su semblante, tan clara y transparente como el agua. Es ese sentimiento de sentirse expuesta lo que la obliga a retroceder, alejarse, apartarse de ese descubrimiento, de esa verdad. Es una ínfima, diminuta humillación que Janet no necesita en estos instantes. Se obliga a guardar silencio, mientras aprieta sus manos en puños y vuelve su mirada a Natasha que también no emite alguna palabra. No sabe cuánto tiempo pasan los tres así, pero parece una eternidad cuando probablemente sean segundos o algunos minutos.

—Deberíamos estar en el mismo equipo. — murmura Janet, desconociendo como proseguir. Boquea varias veces antes de continuar: —Somos de la misma raza.

—Eso debiste haberlo pensado antes de irte en contra de nosotros. — responde Natasha, tajante, cruda y sincera. No hay un ápice de remordimiento en su voz cuando dice: —Deberíamos, pero no podemos. No después de lo que acabas de hacer.

—Estás exagerando. — inquiere. —Y sabes que no nos conviene tener esta disputa ahora.

—Eso debiste haberlo pensado antes. — y eso es todo. El timbre anunciando el inicio de clases resuena por todo el instituto y Natasha no dice nada más, mientras se da media vuelta junto al mayor y ambos se dirigen a sus respectivos asientos. Janet cierra sus ojos y restriega su rostro con sus manos, de repente más cansada de lo que habría estado nunca en su vida. No tiene idea de lo que acabar de pasar, pero no puede ni quiere hacer algo para borrarlo. Sí, actuó sin pensarlo y sin hacer caso a las advertencias, pero sigue siendo igual de injusto. James tiene que responder por lo que ha hecho, alejarse de Tony y hacerse responsable de las decisiones que ha tomado hasta llegar a este punto. ¿Cómo creen que puede quedarse sin hacer algo cuando el mundo se mueve y ella es parte de este mismo? Pero, lo más importante ¿cómo es que, luego de tanto, esta situación sea tan irónica? Ella traga saliva, girándose para ver discretamente sobre su hombro a Natasha, luego de un rato sin moverse.

Y Janet no puede evitar pensar la facilidad con la que Natasha se aleja de los demás, sin importarle nada. Porque la pelirroja no dudó ni un segundo en dejar de hablarles a cada uno de ellos cuando el Capitán también lo hizo. Ella baja su mirada al suelo, pensando lo triste que es eso, sacudiendo su cabeza para quitarse el mal rato de su mente y ser normal antes de que comiencen a sospechar. Pepper ingresa a la sala y Janet corre a encontrarse con la pecosa, colgándose de su cuello y revolviendo su cuidada y ordenada coleta. Las protestas no se hacen esperar, y por supuesto tampoco los reclamos de los que van ingresando a la sala porque están obstaculizando la entrada.

No les hace caso, obviamente. Ni a ellos, ni tampoco a la amarga sensación que la inunda por dentro, y que está a punto de ahogarla.

Entonces, mientras Janet termina siendo arrastrada por Pepper hacia los asientos de cada una, James es incapaz de ver hacia otro lado cuando Steve junto a un tipo del que no recuerda el nombre, llega al salón calmadamente, compartiendo un par de palabras con el otro que le sigue atrás. Ambos se detienen en sus respectivos lugares, antes de dirigirse hacia el lugar en el que está él con Natasha. Las palabras de Barton y Janet hacen eco en su consciencia, tan frescas como si estuvieran siendo musitadas en estos instantes en su oído y borraran sin dificultad el momento que había compartido con Stark hasta hace unos minutos atrás.

Y ver a Steve, además, no ayuda para nada a quitarse este remordimiento.

"¿Crees que debería volver a hablar con él, Buck?"

"… No sé. No, creo que no deberías"

¡Demonios! Es duro saber, recordar, reconocer que él mismo boicoteó la felicidad de Stark sin quererlo realmente. Y mucho más duro es saber que, haga lo que haga, jamás podrá perdonarse por eso. La culpa se combina con la furia, y los celos inexplicables que intenta retener y que se le hace casi imposible. Stark no es un objeto para sentirlo de su propiedad, se repite, solo es un capricho de su naturaleza animal. Y es territorio de Steve. Pero, ¿Por qué se está haciendo cada vez más difícil pensar de esa manera? ¿por qué es tan complicado encontrar el error en eso? ¿por qué necesita clavar sus garras en el cuello de su mejor amigo para hacerle ver que…?

—Hey Sam. — saluda Natasha, despertándolo del trance en el que había entrado con su suave voz. James levanta su mirada, -pues la había bajado-, y ve al que está acompañando a Steve. Oh, así que su nombre es Sam.

—Hola Natasha… — corresponde el tal Sam cordialmente, desviando su atención a él. —Y hola James.

—Hey. — carraspea, cruzando sus brazos por sobre su pecho, sin añadir nada más y negándose a ver directamente al rubio. Todo sería más fácil si es que no hubiera vuelto a esta vida, si tan solo Natasha y Steve no lo habrían encontrado en el bosque y él no los hubiese reconocido luego de un tiempo. Si tan solo algunas memorias no hubieran regresado a su cabeza. Porque algunas veces, cree él, es mejor desconocer una verdad que hiere a quien la escuche. Y él ya no soporta esta espina en su corazón que se encaja cada vez más, transformándolo en una bomba que pronto va a explotar.

Es solo cuestión de tiempo para que todo salga a flote.

—Hoy no te vimos durante el almuerzo, Buck. — comenta Steve, percatándose de inmediato en lo tenso que está Bucky. Sus cejas se contraen en confusión, buscando alguna respuesta en los ojos de Nat, sin recibir más que un encogimiento de hombros. —¿Está todo bien?

—Sí. No tenía mucha hambre. — responde James. Una incontenible ráfaga de celos recorre sus entrañas al escuchar los pasos que vienen corriendo a través del pasillo sin razón alguna, oscureciendo su mirada involuntariamente. —Quería tocar un poco a solas. Eso es todo, ya me conoces.

Y sin sorprenderse realmente, sabe que cuando Stark atraviesa corriendo la entrada al salón de clases, él no es el único que ha notado su presencia casi de inmediato. Steve se voltea levemente en su dirección, y es tan evidente. Incluso el castaño se ha dado cuenta de eso, porque cuando Tony percibe un par de ojos sobre él y los encuentra, no son los de Barnes. La verdad está ahí, en ese ínfimo segundo, en ese lapso en que Tony despega su mirada de él y logra llegar hasta su asiento. Todo parece ir en cámara lenta, y James podría fácilmente extender su mano, agarrar del brazo a Steve y evitar que se le acerque. Podría, pero no lo hace. Se queda inmóvil en su posición escuchando cada paso que da su mejor amigo hacia ese lugar y sintiéndolo demasiado lento, demasiado irritante. El tiempo va raudo, pero parece todo lo contrario.

Porque cuando logra oír el cambio que se produce en el ritmo cardíaco de Stark, sabe que eso no lo ha provocado él.

Tony mueve sus manos sobre los papeles desordenados de su mesa, buscando alguna excusa, algo con lo que distraerse. Demonios, reza en que la profesora de Biología se digne a llegar rápido porque no necesita iniciar una conversación ahora mismo, gracias. Sería tedioso y no, no ahora. Quizás nunca. Relame sus labios, inspira sutilmente y entonces, cuando cree que Rogers es el menor de sus problemas, alza su vista hacia la entrada y la escena que se produce ahí lo trae de nuevo a la cruda realidad, a lo único que debería importarle. El aire de sus pulmones se le escapa en una exhalación, mientras ve como Rhodey es empujado por Barton sin ninguna delicadeza, y nadie parece darse cuenta salvo él.

Y no es hasta que Rhodey conecta sus ojos con los de él, que la mirada que le dedica, le roba el aliento.


La clase termina más rápido de lo que habría pensado.

En cuanto la profesora dice que se ha acabado la jornada de hoy y el timbre resuena en todo el instituto anunciando que ya son las 16:45 pm, la mayoría sale disparado fuera del salón como si su vida dependiera de ello, incluyendo a Stark. Steve se toma su tiempo, sin embargo. Aún faltan quince minutos para que comience el entrenamiento como para que tenga que apresurarse. Afuera, la tarde va cayendo poco a poco tiñendo al pueblo de tonalidades naranjas y lilas, mientras él ve como el castaño desaparece entre la muchedumbre y se pierde tras la puerta. Steve mueve sus profundos ojos azules en dirección hacia Bucky, pero él también abandona la sala con prisa, sin darle tiempo de reaccionar.

El salón queda sumido en un palpable silencio, mientras su mirada queda estancada en ese lugar.

Recuerda la noche de la semana pasada, y es incapaz de contener la sensación de molestia que le embarga y que tensa sus músculos. No puede eludir ese sentimiento asfixiante que lo lleva a fruncir el ceño y a exigir que le aclaren todo lo que ha ocurrido y que los cuatro han estado evitando desde aquel entonces. Le están ocultando algo, y, además, parece ser que no tienen la confianza para contárselo. Es un pensamiento tonto e incluso infantil, pero la idea está ahí, implantada en su cabeza cual parásito que no puede erradicar por más que quiera.

Algunas veces la gente que quieres te oculta cosas, sin excepciones.

—Steve. — escucha y él desliza su vista hacia la persona que le está llamando. Es Natasha, cruzada de brazos y observándolo en silencio. Él no agrega mucho más, y termina por guardar su cuaderno en su mochila, puesto que había dejado de hacerlo. —¿No tienes entrenamiento? —inquiere ella, enarcando una de sus finas cejas. No necesita hacer mucho esfuerzo para darse cuenta del cambio en su estado de ánimo.

—Lo tengo. — contesta Steve, carraspeando y posando el mango de su mochila en uno de sus hombros. —Pero aún hay tiempo. — murmura, con una aspereza impropia inundando sus palabras, dejando un mensaje implícito entre ellas. Steve sabe que es fácil de leer, pero poco le importa cuando eso es lo que quiere. —¿Sucede algo, Nat?

—Sigues enojado.

Steve deja caer nuevamente la croquera en la mesa, ocasionando un gran estruendo que se propaga por el ambiente, interrumpiendo el silencio que se había instaurado ahí. Su mandíbula se tensa, porque por más que quiera actuar lo más correcto y pacífico posible, se le hace imposible.

—Más que enojado, estoy molesto. — dice. Natasha frunce sus labios, claramente inconforme con su escueta respuesta. Pero la verdad es que él no tiene otra. Acomoda una vez más su mochila, sin ceder ante esa severidad que transmiten los orbes verdosos de ella. —No entiendo que es lo que está pasando y pensé que me lo aclararías ese mismo día.

—¿De verdad no puedes comprender que esto no te compete? — rezonga ella, completamente fastidiada, harta de ser el blanco de acusaciones infundadas con la que la bombardean a cada minuto. Natasha avanza, acortando la distancia, preguntándose el porqué tiene que soportar todo esto cuando ella también tiene sus propios problemas y no puede tener todo bajo control. —¿Cuándo va a entrar por tu cabeza que no puedes meterte, Steve? ¿Cuándo?

—Ya hemos tenido esta conversación antes, y lo sabes. — responde con voz autoritaria. Ella entorna sus ojos, y Steve continúa: —Miles de veces te lo he dicho, y sabes las razones que tengo para estar al pendiente de esto. No es solo por Stark, ¿sabes? También es por Bucky y tú, la pregunta aquí es: ¿Por qué ustedes dos no pueden entender eso? Todo lo que he hecho hasta este momento es intentar comprender, pero no me lo permiten. Sé que debo respetar todo su mundo, siempre lo he sabido, pero ¿por qué debo aceptar que a veces mis amigos me oculten cosas y me mientan en la cara?

—Nadie te ha estado mintiendo. — interrumpe Natasha. Tiene un nudo en la garganta, pero decide ignorarlo. Steve sonríe mínimamente de medio lado, claramente escéptico a sus palabras. —Nadie te ha estado mintiendo, Steve. — reitera rudamente, pero con el rostro inexpresivo, mientras ve esa mueca en el rostro de su amigo ensancharse aún más. No se esperaba esa reacción, sinceramente. —Ste-

—Nat. — le corta Steve repentinamente. —Ambos sabemos que eso no es verdad. — la sonrisa en su rostro desaparece poco a poco. —Así que no nos vayamos por ese camino que no tiene retorno. — y a pesar de que la amabilidad adorne sus palabras, Natasha no puede eludir la sensación de ofensa y dolor que se propaga desde su estómago hasta sus labios. Steve no está sacando a relucir su pasado a propósito, se convence internamente, pero por otra parte no puede evitar sentirse adolorida con ese recuerdo tangible. Sí, ella nunca ha sido una buena persona y antes era mucho peor. Steve lo sabe. Y es cruel que pueda recordárselo con tanta facilidad. Natasha relame sus labios, parpadeando varias veces seguidas, intentando tomar la palabra para no verse afectada. Él es más rápido, sin embargo: —Lo siento, Nat. Yo no… yo no quise que-

—Si te dijera la verdad no lo soportarías, Steve. — murmura Natasha, neutralizando el balbuceo en su tono de voz, alejándose de la telaraña de lo que fue su niñez. Eso no la va a llevar a ninguna parte. Inhala profundamente, entrecerrando sus ojos y alzando levemente su mentón hacia arriba. —Pero si tanto lo quieres saber, está bien, te lo diré. Esto va más allá de ti, y deberías ser consciente de eso desde este momento. Sin importar lo que pase, yo he tomado la decisión de apoyar a James en lo que ha escogido involuntariamente.

—Y lo respeto.

—Ni siquiera debería decírtelo yo, pero James nunca lo hará porque ni él mismo lo acepta. — hace una breve pausa, tomando aire para lo que viene: —Tiene que ver con nuestra raza. Las cosas se están complicando un poco, ¿entiendes?

—¿Ustedes están bi-

—Déjame continuar. — irrumpe ella, posando un mechón de cabello rojizo que se ha escapado, detrás de su oreja. —Y no me vuelvas a interrumpir porque lo que estoy a punto de decirte es importante para ustedes tres, ¿entiendes? — Steve asiente, y ella carraspea un poco, sabiendo que ha estado retrasando lo inevitable, pero que no puede hacer más: —Como sabes, él ya ha escogido a Stark de pareja y que está confundido al respecto. — si es que lo pensara fríamente, todo este drama que se ha creado parece ser una niñería, pero acarrea más de lo que creería alguna vez: —Es muy difícil que escojamos a nuestras parejas por cuenta propia, ¿sabes? La mayoría de las veces ya está arreglado, o simplemente no es suficiente. El punto es que, cuando uno escoge una pareja, debe reclamarla y marcarla; y eso, en nuestra cultura, es lo más legítimo que puede ocurrir.

—¿A qué te refieres?

—A lo que voy es que todo se va a ir a la mierda, porque James está enamorado de un humano que debía ser precisamente Tony Stark, para jodernos la existencia. — gruñe con un repentino e injustificado resentimiento que obliga a Steve a quedarse pétreo en su lugar, sin poder hablar por el tono de voz que ha utilizado Natasha: —Dice que no quiere estar de ese modo, pero lo que no sabe es que su otra mitad siempre lo guiará a Stark. Un humano. Sabes muy bien que eso no está permitido, que no está bien. ¿Y lo peor? Es que tú no entras en esa ecuación, Steve. — Natasha entierra sus dientes en su labio inferior, apresándolos con fuerza y desgarrándolos por la magnitud del mordisco que se produjo. El sabor metálico de su propia sangre es lo que logra aplacar la vehemencia de sus emociones que se han aglomerado en su garganta.

El lugar queda en un apremiante silencio nuevamente, escuchándose solo su agitada respiración. Natasha, que se ha cubierto el rostro con sus manos, libera sus ojos para ver a Steve. Él tiene la mirada perdida en algún punto del salón. Tiene, además, su diestra contra su boca, como si intentara retener el mar de sentimientos que están a punto de desbordarse. Lo ve y no puede concebir que le haya dolido tanto si es por más que obvia la situación. Lo escruta, y no quiere que Steve luzca de esa manera tan desolada. Quiere preguntarle porqué le afecta tanto, pero guarda silencio.

Los sentimientos humanos son tan abrumadores.

—¿Y se supone que lo tengo que aceptar? — la voz de Steve emerge de la nada, profunda y ronca: —Después de todo lo que le he dicho, de todo lo que ha pasado, yo… — musita Steve, consternado y agobiado por lo que se negaba a creer. No es una situación tan dramática, la verdad. Pero no se esperaba esto. No esperaba que le doliera tanto lo que venía sospechando desde que Bucky se apareció en la madrugada por su habitación y le pidió disculpas. —¿Por qué no me lo dijeron antes? — la pregunta suena suave, pero esconde una gran decepción. Ella contiene el aliento ligeramente, sin responder. Tiene miles de excusas, miles de argumentos para contestarle, pero sabe que él no les encontrará ningún sentido a lo que vaya a decirle. Es como aquella noche, cuando Steve susurró un peligroso "¿Qué hace aquí Stark?" escondiendo tras eso una diminuta traición. —No debieron habérmelo ocultado. — murmura el rubio, más resignado que furioso. Natasha tensa su mandíbula, acarreando toda la culpa, como es usual. —Por un breve momento pensé que tú serías la excepción, Nat. — y es lo último que escucha por parte de él. Steve toma la croquera de la mesa, y sin mirarle ni decirle nada más, abandona el salón.

Esas palabras las siente tan fuerte como si le hubieran golpeado el rostro, tan frías como gotas de agua. Sus ojos están perdidos en ningún lugar en específico y siente como la emoción la consume poco a poco. Escucha esas palabras y su padre es el que se le viene a la mente, escucha esas palabras y sabe que le hieren, aunque no quiera admitirlo. Esta vez no hay ningún pensamiento que la haya inducido a este estado. Solo le duele, le duele el pecho y ella no entiende la razón tras eso, pero no puede darle fin a esta sensación que la tiene de brazos cruzados y mirando a la nada, con la vista nublada por las lágrimas. No quiere pestañear, pues recorrerán sus mejillas y serán una prueba más que le demuestre a su padre lo débil que es su única hija.

Natasha intenta de regularizar su respiración, pero es inútil. Entonces, cuando inspira y reconoce el familiar aroma a limón de Clint, piensa que, como siempre él logra encontrarla, entrará al salón y no podrá evitar soltar uno de sus chistes que no tienen gracia. El pensamiento es estúpido, pues él pasa de largo, sin percatarse de su presencia. Natasha sabe que está bien, pero cuando ya no puede detectar más el aroma a limón de él, sus cejas se contraen y ella, después de tantos años, no puede evitar pestañear y hacer que las lágrimas caigan una a una.

Al final termina por limpiarse el agua de los ojos con el dorso de su mano, y largarse de ahí.


Ha pasado mucho tiempo desde que ha apreciado una tarde tan bonita en Hollow Town.

El sonido que produce el agua de la piscina se combina con la brisa, y él aspira el viento fresco que atraviesa su cuerpo, erizando su piel y llenando sus pulmones. Arriba, en el cielo, las nubes cubren gran parte del manto anaranjado, mientras el lila y otro tono más granate se unen para colorear la tarde del día de hoy. Él infla su pecho una vez más, cautivado por la serenidad de la mansión y la quietud de la flora. Jarvis sonríe ante el paisaje que vislumbra delante de él, tan hermoso y tan simple que le produce una grácil felicidad.

No cambiaría este momento por nada del mundo.

Hay pequeñas cosas que le hacen feliz, y esta es una de ellas. A sus cincuenta y tantos años, ha aprendido a apreciar los pequeños momentos de tranquilidad que otorga la vida, que es tan injusta y complicada, dejándose llevar por esa sensación en la que se permite descansar de verdad. Incluso si está de pie en el patio trasero de la mansión de los Stark, interrumpiendo los últimos deberes del día y sus quehaceres rutinarios. Incluso si es que no es el momento preciso para descansar, su mente se encuentra en paz. Y nadie podría arrebatarle este estado de templanza que ha conseguido.

Jarvis inhala una vez más. El aire es tan límpido y puro, que lo hace sentir un chiquillo inexperto nuevamente. Oh, cuánto habría deseado disfrutar esos días de juventud para dar un alto, sentarse en el asfalto húmedo y admirar el atardecer o el crepúsculo de Hollow Town. Darse un breve respiro a sí mismo, para luego continuar con su camino. Él aclara su garganta, embargado por la melancolía y el remordimiento de recordar las malas decisiones que tomó en el pasado, pero luego olvidándolas al saber que todos esos altos y bajos lo han conducido hasta este instante por una sola razón.

Y no se arrepiente de nada.

—Señor Jarvis. — escucha tras sus espaldas, reconociendo inmediatamente a Frank por su tono de voz. Él se gira con gracia y delicadeza, como todo buen mayordomo. Le da una señal con su cabeza para que prosiga y el joven retoma la palabra con prisa: —Hay unos visitantes que dicen ser cercanos a la familia. Los guardias los dejaron ingresar y están esperándolo en la sala principal.

—Está bien, Frank. Gracias por avisarme. — dice con amabilidad, pese a lo sorprendido que se encuentra al respecto. No es usual tener visitas de esa índole en la mansión Stark, pero no descarta nada por el momento. Frank espera pacientemente por una respuesta, y él se la da rápidamente: —Puedes retirarte.

El muchacho asiente con su cabeza, perdiéndose dentro de la mansión, y dejándolo solo ahí en el exterior. Jarvis se toma su tiempo, quitándose alguna que otra pelusita que ha encontrado en su elegante saco, y se adentra a la mansión. Tiene muchas ideas rondando por su cabeza mientras camina con solemnidad hacia la sala principal. Por un breve segundo piensa que se trata de la señorita Carter, pero borra aquella idea de inmediato porque es imposible que lo sea. Han pasado semanas sin saber sobre su paradero, y quizás su mente está dispuesta a crearle cualquier fantasiosa idea como consuelo. Aclara su garganta cuando ha llegado, y la sorpresa impregna su rostro cuando ve a dos hombres girándose hacia él.

—Buenas tardes, usted debe ser Edwin Jarvis, ¿no? — dice el hombre más alto, mientras da cuatro pasos en su dirección y extiende su mano a él. Jarvis contesta un inaudible "Sí" y corresponde el saludo como un acto de reflejo, porque él, desgraciadamente, conoce a este hombre. —Soy Jack Thompson, y mi acompañante es Daniel Sousa, un colega mío. Un gusto.

—El placer es mío, caballeros.

Afuera, el cielo igual de bello y calmo como lo estuvo Edwin segundos atrás.


Al principio no tuvo cabeza para no concentrarse en algo que no fuera Rhodey.

Esa mirada logró descolocarlo en un segundo, como si hubiera destruido todo rastro de fuerzas y optimismo que habría recuperado poco a poco. En ese instante, Tony se sintió cual montaña de naipes, desmoronándose en un soplido. Porque bastó una sola mirada de Rhodey, una sola, para atraerlo nuevamente a la tierra y recordarle que todo ha sido provocado por su bendita culpa y el descuido de Rhodes, maldita sea. Pero la verdad es que la responsabilidad solo es de él, y eso es todo. No hay más. Él desde un principio, en cuanto se enteró de la golpiza que se habían dado esos dos, debió haber reunido el coraje suficiente para ir tras Barton y escupirle en la cara.

Pero no pudo, y quizás tampoco pueda hacerlo ahora.

Tony mueve sus manos por sobre los libros que están en la biblioteca, ansioso. Sabe que está haciendo tiempo para no llegar a casa, pero no le importa. No puede salir de este lugar que se ha transformado en su guarida luego de huir del salón de clases justo cuando terminó Biología. Se ha refugiado entre los pasillos atestados de libros y en el rincón más apartado y difícil de encontrar; justo donde ocurren las tutorías. Tony relame sus labios, rodeando la mesa, en búsqueda de algo que logre aplacar el ruido en su cabeza. Lamentablemente, hoy olvidó traer su reproductor de música y sus audífonos en un descuido estúpido. Todo lo que necesita, y lo que nunca falla, es escuchar música. Inhala profundamente, reacio a escuchar los tormentosos pensamientos de su inquieta mente que no le dan un solo respiro.

—¿Por qué no hablas? — comienza Tony, rascándose el puente de su nariz y entrecerrando sus ojos. Su aburrimiento y ansiedad son mucho más grandes que la electrizante y extraña sensación que siente en su vientre al ver al delincuente del instituto. La canción de los Guns n' Roses con la voz del mayor siguen presentes en su cabeza. Tony relame sus labios, rehusándose a creer que su rostro está ardiendo, mientras Barnes ni siquiera se digna a devolverle la mirada, muy concentrado en leer "The Metamorphosis" de Kafka. Dios, hasta él es más interesante que ese libro, por un demonio. —Si no vas a comunicarte, mejor no te hubieras quedado.

—Tú eres el que no quiso que tuviéramos una tutoría el día de hoy. — responde escuetamente el mayor, cambiando de página con uno de sus dedos. James se niega a admitir que está divertido con la situación, porque a cada segundo los pensamientos y sentimientos negativos se cuelan por su mente, a punto de caer en palabras hirientes. Ninguno de los dos necesita de eso ahora, y él, en un deseo egoísta, quiere prolongar este momento ridículo y casi aburrido lo más que pueda. —Yo solo estoy acá por decisión propia.

—Hace mucho tiempo que no te escuchaba hablar tanto, Barnes. — dice, y su tono de voz, pese a lo prepotente y altivo que es, tiembla imperceptiblemente. James ni se inmuta ante su burla, como suele hacer frente a sus bromas petulantes y maliciosas. Pero hay algo distinto en él, piensa Tony mientras lo observa fijamente, inclinando su cabeza hacia un lado, y no sabe que es. Han estado en esta misma situación desde que comenzaron con las tutorías desde hace semanas, pero, aun así, se siente diferente. Su mente no se demora nada en encontrar una respuesta, pero él decide ignorarla. Termina por desplomarse en la silla frente al mayor, apoyando sus dos brazos sobre el mesón y ocultando su rostro entre ellos. No quiere pensar que, después de tantos insultos y disputas entre ambos, esto ha cambiado. ¿En qué minuto este silencio ha pasado de ser tenso y abrumador a uno más tranquilo e incluso, cómodo? Debe ser una tontería, parte del cansancio de los días y de las situaciones agobiantes que han compartido. Porque Barnes no lo soporta y él lo odia. Ya se lo han dicho varias veces, y eso no cambiará jamás.

Ellos dos solo son compañeros de curso, y eso está bien.

Compartir un par de momentos no los hace cercanos. Está bien que después de que James pase el examen final de Química, todo esto termine y cada uno se vaya por el camino por el cual se vino. Quizás no vuelvan a hablar, y nada podría ser mejor que eso. Ya no tendría que sentirse paranoico cada vez que Barnes se le acerca, o cada vez que alguien más nota su presencia en la biblioteca. No tendría porqué importarle lo que sucediera con todo ese mundillo de Romanoff y Barnes, y mucho menos tendría que seguir aguantando la insistencia de Rogers con respecto a ese tema. Todo terminaría, y esto se quedaría en el recuerdo de que alguna vez un día Fury le asignó ser tutor de alguien.

Y la tarde que chocó por primera vez con Barnes, y su cuerpo fue suspendido en el aire por las manos agresivas de él, se evaporaría en las brumas del pasado.

Cerrando sus ojos, se da cuenta que esto solo ha sido una cuestión de tiempo. Si aquel día no habría discutido en clases con Rogers, no habría terminado en la oficina del calvo. Pero tal vez sí al día siguiente, o la próxima semana, o el próximo mes. El punto es que sucedería tarde o temprano, por más que deseara todo lo contrario. Lo peor de todo, es que Tony, mientras aspira su propio perfume dada la posición en la que está, no se lo puede imaginar de otra manera. Nunca ha sido creyente en la idea de que "las cosas pasan por alguna razón" como si el universo fuera tan perezoso para solo inventarte un destino y ya está. Las cosas ocurren porque son las consecuencias de actos anteriores. El mundo se mueve por lo que es la causa y efecto, y nada más. Pero pensar, por un breve lapso, que quedarse dormido hoy, a las 17:45 pm, el martes 28 de junio del 2005 debe significar algo, no suena tan mal después de todo.

Entonces, cuando la tenue respiración del castaño inunda sus oídos luego de un par de minutos, deja de leer. James alza su mirada por sobre el libro, intercambiando las letras por el rostro dormido de Stark. Sus largas y tupidas pestañas chocan contra sus mejillas que están tomando un color carmín, mientras el resto de su rostro está siendo protegido y cubierto por sus propios brazos. Irradia paz, calma, quietud. Es como si todo estuviera bien por el simple hecho de que está descansando. Se le hace incómodo incluso pensarlo, pero hace un tiempo que dejó de recriminarse por eso. Más tarde tendrá tiempo de hacerlo, pero ese momento no es ahora.

Porque si está mal que lo piense, la mueca de sonrisa que se quiere formar en su rostro está ahí, presente al verlo dormitar.


Cuando despierta, se da cuenta que está solo.

Abre sus ojos con pereza, y lo primero que se encuentra es el asiento de al frente totalmente vacío. Cree que han pasado horas desde que se quedó dormido, pero al ver el reloj se da cuenta de que apenas y son las 18:25 pm. Deja caer nuevamente su cabeza entre sus brazos, mirando el espacio que ocupaba Barnes hasta hace un rato. El maldito se ha ido sin despertarlo, y quien sabe que habría sido de él si no hubiera abierto los ojos ahora. Tony suelta un largo y prolongado bostezo, de pronto un poco más desanimado que antes. Era de esperarse que simplemente se marchara, así que no se sorprende realmente. No es como si esperara lo contrario, y no necesita hacerlo. Él se levanta de su lugar, toma sus pertenencias y comienza a caminar a paso lento a la salida de la biblioteca. Esta vez no se despide de Ronda, porque la señora no está.

Los pasillos lo reciben con una luz tenue, opacada por la oscuridad que está cayendo afuera en el pueblo.

El silencio que acompaña al instituto se hace presente justo cuando las puertas se cierran tras de él, y observa la dirección que debe recorrer. No quiere, pero debe hacerlo. El mañana es inevitable, y él no puede eludirlo como tanto desea. Aclara su garganta, y por fin empieza a caminar. El eco de sus pasos inunda los pasillos, mientras Tony se estira cual felino, arqueando su espalda y extendiendo sus brazos tan largos son. Dobla una esquina, y se detiene al ver algo que le llama la atención. Hay un tablero de anuncios justo en ese pasillo que da hacia la salida y que conecta con las escaleras y otro más. Su atención se desvía a los carteles que están colgados por todas partes, abarcando un gran espacio en el tablón.

"AVISO A LA COMUNIDAD: ESTÁ ESTRICTAMENTE PROHIBIDO INGRESAR AL BOSQUE DE HOLLOW TOWN DEBIDO A LOS ÚLTIMOS ACONTECIMIENTOS. LA ALCALDÍA JUNTO AL DEPARTAMENTO DE POLICÍA ESTÁN INVESTIGANDO LA CAUSA DE LA BAJA EN EL REBAÑO DE LOS VECINOS DE AQUELLAS ZONAS Y LA ACTIVIDAD DE LA FAUNA DE LOS ALREDEDORES, POR LO QUE SE RUEGA HACER CASO A ESTA ADVERTENCIA."

Luego de leer la información, él va a girarse y marcharse del lugar. Sin embargo, su cuerpo se detiene bruscamente cuando una conocida voz llega hasta sus oídos y le revuelve las entrañas.

—Es una mierda eso del aviso, ¿no? — dice Clint, apoyado en la pared junto al tablón, jugueteando con sus manos. Su presencia emerge de la nada, y Tony se siente estúpido al no haberse dado cuenta de él antes. —Que coincidencia encontrarte por acá a estas horas, Stark. — Al escucharlo, su pecho comienza a estrujarse con fuerza, y su cuerpo a temblar de la misma manera. Aun así, Tony logra girarse con lentitud, forzándose a hacer contacto visual.

Y cuando Clint le corresponde la mirada, sabe que lo que transmiten sus ojos no es nada más y nada menos que asco.


N/A: NO HAY TIEMPO. La universidad me absorbe, así que pido disculpas por la demora y esta cagada. Dios, desearía morir. Bueno, saludo, cariños y esas cosas. No se me da el romance, así que esto me va a costar más de lo que creí, iugh. Pido disculpas por las faltas ortográficas y el modo de escritura. Ya pronto volveré a escribir como antes.

¿Qué más? He entrado en crisis por lo de la RAE. Esto viene de hace tiempo, pero no puedo evitar tildar "sólo" cuando la palabra ya no debería tildarse. Mierda.

-Lyrock.