¿Jugamos? (parte XXVI)
Noto la espina dorsal golpeándose repetidamente contra una superficie dura y metálica; mi cuerpo dando ligeros botes que en ocasiones lo elevan, la cabeza recostada sobre algo más blando que posee un olor característico y cercano. Abro los ojos con extrema dificultad, y los giro a la izquierda, observando como unas piernas cruzadas reposan sobre la misma superficie metálica que yo.
"Gale", le llamo. "¿Qué me ha pasado?".
Mi voz hace que sus ojos desciendan hacia mí. Me aparta unos cuantos mechones de pelo de la cara antes de contestar.
"Después de escucharte en las ondas, has empezado a respirar por la boca muy rápido, y a tener una especie de espasmos. Nos has asustado mucho. No vuelvas a hacer eso, Katniss".
"Sí. Parecía que tuvieras un maldito ataque de epilepsia, preciosa. Te has caído al suelo cuando el oxígeno no era suficiente en tu cerebro, con los ojos completamente en blanco, sin parar de sacudirte. Creíamos que te estabas ahogando".
Giro la cabeza para ver al dueño de la voz que me habla, e inmediatamente siento el dolor en el lado derecho de la frente. Acerco una mano a esa zona y noto el bulto, palpo la humedad de la sangre; miro a Haymitch buscando respuestas un segundo después.
"Te has golpeado la cabeza contra el suelo al caer", me explica. "Tal vez haya que darte algún punto. Tienes un buen corte".
Muevo la cabeza al frente, mientras comienzo a ser consciente de que el traqueteo es debido a que volvemos a estar en el interior del furgón que nos llevó a la reliquia rebelde que era la emisora desde la que hablé. En un intento de incorporarme, sujeto el peso del tronco sobre los codos, pero el mundo empieza rápidamente a girar en espiral, y tengo que recostar de nuevo la cabeza sobre lo que sea que hay en el suelo. Cierro los ojos e inhalo profundamente, tratando de controlar tanto el mareo como mi estómago, cada vez más revuelto.
"Estate quieta", me pide Gale. "Si te sigues moviendo vas a acabar de arreglarte".
Cuando levanto los ojos para mirarle advierto que lo que hay debajo de mi cabeza es su cazadora militar, dado que mi amigo sólo lleva una camiseta blanca de manga corta encima. La piel de sus brazos se ha erizado por el frío del ambiente. Me observa con ojos de preocupación y el ceño fruncido. Tentativamente, extiende su mano buscando la mía. Yo la alcanzo, y enredo los dedos con fuerza a los suyos, en un intento desesperado de tener algo a lo que agarrarme. Él responde al apretón con otro que me deja saber que Gale aún está conmigo. Recorro con los ojos el resto del vehículo. Beetee y Plutarch se sientan en el mismo lado que Haymitch. Mi mentor eleva la voz para decir:
"¿Podrías ir con un poco más de calma, Norman? Tenemos un Sinsajo herido aquí atrás y está empezando a ponerse verde con todo este movimiento".
La palabra Sinsajo envía una intensa nausea ascendente, desde la boca de mi estómago a mi laringe. Esta vez me incorporo rápidamente y sin preámbulos, porque es imposible frenar el vómito. Lo suelto sobre los pies de Haymitch, que hace una mueca de asco, pero no me recrimina nada. Mi estado debe ser patético para que se quede callado ante algo así.
Gale se coloca de rodillas y me sujeta los costados por la espalda, para evitar que caiga hacia atrás. Me limpio la boca con la manga y saboreo un segundo la acidez repugnante que la arcada me ha dejado en la lengua. Después me giro y envuelvo los brazos alrededor del cuerpo de Gale. No tardo en comenzar a emitir ruidos desde la parte posterior de la garganta; es hipo o es llanto, no sé lo que es, pero no puedo controlarlo. Recuesto la cabeza contra el pecho de mi amigo, escondiendo el espectáculo a la curiosidad del resto.
Gale pasa una mano ligera como una pluma a lo largo de mi trenza hasta que llega a mi nuca; la deja posada allí.
"Si sigues así vas a volver a desmayarte, Catnip", susurra en mi oído. "Tienes que parar. Intenta respirar tranquila".
Comienza a trazar suaves círculos sobre mi espalda con la otra mano y la sensación me relaja; se acompasa con el latido de su corazón, que retumba contra mi piel, y al poco también con mi respiración hasta que se vuelve más pausada y me permite hablar.
"No quiero ser el Sinsajo nunca más", farfullo entre hipidos intentando elevar la voz, todavía con la cara pegada contra la camiseta de Gale.
"No te preocupes. Tampoco tendrás que hacerlo nunca más. Se acabó el Sinsajo", exclama Plutarch.
Sin abrir los ojos, repito las palabras en mi cabeza. Se acabó el Sinsajo. El primer suspiro de alivio me sale solo. El resto también, a medida que voy soltando todo el lastre de ese símbolo. El significado, las alas, la esperanza de la gente puesta en mí… la fuerza amenazadora que ya no me queda y junto a ella, todo lo demás. Me siento pequeña y quiero seguir siendo pequeña, insignificante, alguien que carezca de importancia para la rebelión o la guerra o los habitantes de los distritos. No quiero ser nadie.
Como había pronosticado Haymitch, mi madre tiene que coserme cinco puntos de sutura en la sien en cuanto regresamos al almacén. Por suerte, ella es precavida, y sacó del país del frío el material necesario para atender una emergencia menor de este tipo.
"¿Qué has hecho, cariño?", me pregunta. "Tienes que dejar de hacerte daño a ti misma, así no solucionas nada".
Como no soy capaz de hablar para decirle algo tranquilizador, me centro en la forma en que la aguja atraviesa la carne. El pinchazo apenas duele porque previamente mi madre me ha aplicado un líquido para adormecer la zona. Huele tan fuerte que empiezo a marearme; pero sensación es bienvenida esta vez, el mareo impide que piense en nada aparte de en la precisión de los movimientos de mi madre. Sus suaves manos me tocan con delicadeza y me hacen saber que para ella no soy un paciente más, eso me ayuda a elevar las comisuras de la boca en una breve sonrisa de agradecimiento, para compensárselo.
Cuando llega el mediodía sigo con un molesto nudo en la garganta que me impide tragar saliva con normalidad, pero la crisis nerviosa —como distintas personas se han referido a lo que me sucedió en la vieja emisora— ha ido diluyéndose según pasaban las horas. El tiempo y los brebajes de mi madre lo curan casi todo. Todavía me encuentro dolorida por el golpe de la cabeza, pero algo mejor anímicamente. Decidir que nunca volveré a interpretar al Sinsajo ha ayudado bastante con eso. No me sentía capaz de seguir soportando por mucho más tiempo la carga de representar el papel.
A la hora del almuerzo en el almacén-comedor, estoy removiendo el espeso puré de mi plato (que no creo que coma) con una mano mientras sujeto con fuerza el cristal que me regaló Peeta en la otra, cuando sucede algo extraño. El hombre que tengo al lado llama mi atención dándome un ligero codazo en el costado y me pasa una bolsita de tela que tiene el extremo superior atado con un hilo de cobre trenzado, dejándola sobre mis rodillas. Tengo que soltar la cuchara para agarrarla después de que el tipo haga un gesto indicándome que quiere que la abra.
Suelto de mala gana el cristal de Peeta sobre la mesa para hacer lo que el tipo me pide, preguntándome si me habrá reconocido; si sabrá que yo era el Sinsajo y que estoy sentada a su mesa cual fugitiva que intenta ocultarse, o si creerá que soy una trabajadora explotada más de su distrito. Cuando miro el interior del paquete veo unas pequeñas galletitas circulares poco más grandes que una moneda. Extraigo una, dudosa de si se trata de un obsequio que pretende que coma, pero antes de llevarla a mi boca la observo detenidamente.
Es de harina de avena, lo cual es raro, porque en el 8 no hay campos de cultivo de cereales y los suministros que llegan aquí son bastante escasos como para andarse haciendo galletas. Dudosa, la pego un mordisquito minúsculo y sabe tan rancia que tengo que escupirlo de la boca. El hombre que me ha dado el paquete me lanza una mirada disuasoria que me indica que no coma más, pero no habla, solo clava los ojos en la pequeña galleta que he tirado sobre la mesa.
Trato de adivinar qué es lo que el tipo pretende, haciéndole un gesto inquisitivo con los hombros, pero él sigue sin hablar. Recojo la galleta de la mesa y vuelvo a observarla, ahora más detenidamente. Es redonda, marrón clarito… tiene unas motitas más oscuras y dispersas… y hay un pajarillo grabado en una de las caras. La acerco mucho a mis ojos y compruebo que no es un pajarillo propiamente dicho, sino un búho o una lechuza de ojos inmensos y muy saltones.
"¿Qué significa esto?", le pregunto al hombre intrigada, extendiendo mi mano con la galleta en la palma en su dirección.
El tipo se aparta como si le estuviera amenazando con un objeto punzante o radioactivo; niega con la cabeza, se encoge de hombros y me quita de las manos la galleta. Después recoge la bolsa y el hatillo de mi regazo, y esconde todo en un bolsillo de su mono de trabajo. Decido no hacer más preguntas, porque él ha vuelto la cabeza hacia el lado contrario, y se comporta como si yo ya no estuviera sentada junto a él.
Después del almuerzo Gale me devuelve al almacén que hace las veces de cuarto. Prim, tras ver mi penoso estado de por la mañana, estaba tan consternada que junto con Rory, me ha buscado algo parecido a un bastón que podría usar como punto de apoyo para caminar por mí misma. Pero entre que mi madre ha dicho que cuanto menos lo haga mejor (ya que es posible que tenga una conmoción cerebral debido al golpe), y que hoy prefería que Gale me llevase a todas partes y que se quedase conmigo en lugar de desaparecer, pues he hecho como si no me hubiera dado cuenta de que el bastón estaba ahí.
Me acuesta con suavidad en la cama (Gale es muy suave cuando él quiere), y me comunica que tiene que largarse a no sé qué historia sobre estrategia conjunta con los rebeldes del 7.
La resistencia en el 7, medito, e intento recordar lo que he captado en conversaciones ajenas acerca de ésta últimamente. Fue Johanna quien logró contactar con los rebeldes del 7 hace un par de días, otra vez ayudada por Beetee; al fin y al cabo esa es su casa y conoce a algunos de sus integrantes desde antes de la guerra. Después Plutarch confirmó que allí estaba pasando algo. Johanna parecía muy emocionada durante el almuerzo del día en que se hizo efectiva la comunicación. Hablaba de cómo sus colegas de distrito se las habían apañado para poner en jaque a los patrones que les dirigían en la tala de árboles; nos contó cómo habían formado Juntas Independientes de Gobierno, y prácticamente habían expulsado a cualquiera relacionado con Coin o el Distrito 13 de su hogar.
"El Siete es casi libre. Ahora sólo faltan todos los demás", nos dijo.
"Gale", grito a mi amigo, justo antes de que él atraviese la puerta. "Espera, necesito hablar contigo".
A pesar del final anticlimático de nuestros últimos encuentros a solas; de las discusiones, los reproches, las cosas que me ha contado que yo no quería saber… y de que aún sigo muy angustiada por Peeta; prefiero su compañía a quedarme sola. Pero sobre todo lo llamo porque quiero asegurarme de que se está recuperando en condiciones de su trasplante de órgano y no está haciendo muchas tonterías durante el proceso.
Él vuelve a la cama en la que estoy tumbada y se sienta a los pies del colchón. Me incorporo para no tener que verlo desde abajo.
"¿Cómo está tu cicatriz? ¿Todo va bien? ¿Notas algo raro?", le pregunto mirando la franja superior izquierda de su camisa.
Gale baja los ojos al punto en el que están los míos. Desabrocha algunos de los botones superiores de la prenda y se mira el lugar por el que hicieron el intercambio de órganos frunciendo el ceño.
"Todo normal, no tienes que preocuparte. Ocúpate de ti misma y de que no vuelva a sucederte lo de esta mañana".
Cómo no sé qué entiende él por normal, ni tampoco me ha dejado ver si la zona afectada tiene mala pinta, me preocupo un poco, aunque lo dejo estar.
Para que no se marche, decido comentarle la forma en que las galletitas que me pasaron en el almuerzo me recuerdan a aquellas que me mostraron Bonnie y Twill en el bosque del 12. Cómo ellas precisamente habían escapado del Distrito 8 y trataban de llegar a lo que todavía era una quimera que la televisión oficial mostraba humeante y destrozado: el Distrito 13.
"¿Crees que podrían tener un significado parecido? ¿Qué los rebeldes, por alguna razón, han comenzado a usar ese otro símbolo?", me pregunta Gale, intrigado por lo que le he dicho.
Yo me encojo de hombros. "Bueno, eran galletas y era un pájaro… y estamos en el 8. Ahí se acaban las similitudes ¿no?".
"Eso no me lo habías contado", dice con tono de reproche Gale. "Lo de esas chicas en la cabaña del lago".
"Temía que hicieras algo drástico", replico con frialdad. Es un tema espinoso ese de las cosas que nos contamos y las que no, sobre todo teniendo en cuenta que antes de los Juegos nos decíamos absolutamente todo.
"Sí. Seguramente hubiese hecho algo drástico. Antes y durante tus segundos Juegos… estuve a punto de hacerlo. Después cayeron las bombas".
Me quedo pensándolo un momento. Su reacción, cuando le conté mis planes de huida; mi respuesta a sus palabras en la cabaña del lago… luego sus latigazos, el anuncio del Vasallaje, y la repentina forma en que yo cambié mi determinación de quedarme en el 12 para luchar junto a él, por la de salvar a Peeta en la arena.
"Fueron momentos difíciles para todos", decido decir.
Gale permanece en silencio un buen rato. Su mente está en otra parte, o tal vez no lo este, tal vez la de ambos se encuentra en el mismo sitio.
"¿Sabes lo que me descomponía absolutamente en aquellos momentos, Katniss?", me pregunta, como si hubiera leído mis pensamientos, mirándome a los ojos. Gale casi siempre mira a los ojos cuando habla. "No era que no me correspondieses, o no poder estar contigo de más formas". Se detiene, creo que para comprobar que entiendo lo que significa de más formas.
"Eso me corroía por dentro, tampoco te voy a mentir". Sonríe con esto último. Es una de sus sonrisas de ironía extrema, no una cómplice o cordial. "Porque no era justo. Y él es un buen tipo, ya lo sabes: simpático, sabe hacer cosas… yo no entiendo de hombres, pero él te seguía, te sigue, no sé bien como lo hace, pero siempre está presente; sabe cómo decirte lo que de verdad importa y que las palabras te lleguen".
Parpadeo un segundo, porque no quiero volver a pensar en aquellos momentos o a replantearme cuestiones como la de tener que decidir entre Gale y la Rebelión o Peeta. Me resulta doloroso, y en aquellos momentos nada estaba claro, ni en mi cabeza ni en mi vida. No quiero que la conversación continúe por la dirección que está tomando.
Cuando abro los ojos, él ya no me está mirando. Los suyos están perdidos en algún otro lugar que no encuentro.
"Yo no sé. En realidad nunca he sabido", continúa hablando sin darme tiempo a que le detenga. "En el distrito 12, o en el bosque, era distinto, porque nos necesitábamos para salir adelante, y estar para el otro… ayudarnos mutuamente, era mecánico, salía sólo; pero fuera de allí… nunca se me ha dado bien".
Vuelve a callarse, no sé si a la espera de alguna reacción por mi parte, pero por desgracia, ahora no soy capaz de articular palabra, así que él prolonga un discurso que no sé hasta dónde quiere llevar.
"Hasta los Juegos… tu y yo lo habíamos conseguido todo juntos Katniss… No había límite o frontera que se nos pusiera por delante. El Capitolio terminó también con eso, y les odiaba por ello. También por otro millón de cosas más, pero esa era una parte importante".
"¿Qué intentas decirme, Gale?", le pido, porque sé que está dándole vueltas a algo para lo que no le sirven las palabras. Aunque supongo que puedo adivinar cuál es esa frontera de la que habla y considero que sí que la atravesamos: él dio el primer paso.
"Da igual", me contesta sacudiendo la cabeza de un modo que parece que quisiera despertar de una extraña ensoñación, o evitar seguir hablando. "¿Cómo está tu pie?".
Dejo pasar su incapacidad y la mía para decir las cosas que de verdad importan, y aliviada, me centro en mi tobillo, un tema seguro e intrascendente.
"Está mejorando", respondo moviendo los dedos del pie lesionado que deja libre el vendaje.
"Pues espero que lo haga rápido. Es un incordio tener que llevarte a todas partes", dice mientras se tumba a mi lado en la litera.
"Peso menos que una pluma, Gale". Le doy un codazo en el costado en un intento de aligerar el ambiente.
"No te creas. Si piensas seguir así, tendrás que empezar a comer un poco menos", contesta riendo. El Gale oscuro, confuso y distante ya se ha ido. Menos mal. Estaba empezando a asustarme.
Me duermo pensado en fronteras que deben o no deben de ser traspasadas, y con el cristal de Peeta todavía bien sujeto en mi puño. Cuando despierto, sé que es por la noche. El sonido de fondo de la nave son ligeros cuchicheos en voz baja que se mezclan con ronquidos y respiraciones profundas. A mí lado ya no está el cálido cuerpo de Gale, sino el liviano cuerpecito de mi hermana, quién me ha agarrado la mano por encima del puño cerrado que esconde el vidrio de Peeta.
La observo mientras duerme. Está tranquila, con el pecho subiendo y bajando de forma acompasada, y las facciones de la cara serenas. Le acaricio suavemente la mejilla, y en ese momento ella abre los ojos.
"Katniss", me dice.
"Prim… Lo siento", susurro dándole un suave beso en la frente. "No quería despertarte".
"No importa. Me he venido aquí por si lo hacías tu… por si tenías algún tipo de pesadilla, para estar a tu lado".
Vuelvo a besar su frente. "Muchas gracias, patito, pero no tienes que preocuparte. Estoy bien".
"Te creería si no hubieras estado parloteando en sueños", responde ella. Me sonríe brevemente y luego arruga un poco las cejas. "Y deja de llamarme patito. Es un apodo horrible".
"¿Ya no te gusta?".
"No. Más bien me avergüenza, Katniss. No lo hagas por favor, me haces sentir como una cría y hace tiempo que dejé de serlo".
"Pero Prim", replico. "Sólo tienes catorce años".
"Casi quince", me corrige.
"Vale, casi quince", acepto, pasando los dedos por su larga cabellera dorada y sin trenzas. A Prim le gusta soltar su pelo para dormir.
Mi hermana acaricia mi puño cerrado por debajo de la sábana hasta que consigue que abra la mano. Cuando lo he hecho, agarra el cristalito que yo protegía allí dentro, como si haciéndolo pudiera mantener a Peeta a salvo.
"¿Qué es esto?", cuestiona. Lo coloca entre sus dedos e intenta ver si tiene algo de especial. La oscuridad le impide leer las palabras grabadas en el objeto.
"Me lo dio Peeta antes de salir del país del frío", le explico. No quiero tener secretos con Prim.
Ella me mira a los ojos y guarda la piedra en un bolsillo superior de la camisa del uniforme que todavía llevo puesto. "No va a romperse si lo metes aquí. No hace falta que lo sostengas todo el tiempo", me asegura.
Asiento con la cabeza, con la intención de recuperar el regalo para guardarlo de nuevo en mi puño en cuanto ella se duerma. Prim vuelve a acariciarme la palma de la mano, ahora vacía, sin dejar de enseñarme su preciosa sonrisa. Ver sonreír a mi hermana es tranquilizador.
"Vamos a hablar de otra cosa, Katniss", propone. "De algo que nos de sueño".
"¿Dé que quieres hablar?", le pregunto.
Ella tuerce la boca y vuelve los ojos hacia arriba, haciendo como que piensa un poco.
"¿Si tuvieras un hijo, qué nombre le pondrías?", susurra muy cerca de mi oído.
La pregunta me pilla desprevenida, a la vez que enciende varias de las alarmas protectoras de mi hermana pequeña que había desconectado por la urgencia de otras preocupaciones más inmediatas. Necesito un segundo de recuperación antes de poder contestar.
"No entra en mis planes tener niños Prim… Y tú no deberías de pensar en eso tampoco. El mundo… todo es muy difícil en estos momentos, el mundo está hecho un desastre… y yo… y tú… eres demasiado joven para pensar en esas cosas".
Prim se ríe muy bajito.
"Tranquila, Katniss. Hablaba del futuro, cuando todo ya esté bien. Yo creo que si tuviera un niño le pondría el nombre de papá y si tuviera una niña...", se queda pensativa un par de segundos. "Rory dice que podríamos llamarla igual que su madre, pero yo opino que –".
"¿Rory?", corto a mi hermana. "¿Hablas con Rory de este tipo de cosas? ¿Por qué hablas con Rory de estos temas?... me parece que mamá debería de tener una pequeña charla contigo sobre… sobre los niños y las niñas y…".
Empiezo a notar mi sonrojo. Doy gracias a que la falta de luz no permita a mi hermana darse cuenta. Prim me da un empujón suave en el hombro y vuelve a reírse bajito.
"Mamá y yo ya hemos hablado de todo lo que teníamos que hablar, no tienes de qué preocuparte, porque Rory y yo no pensamos hacer nada hasta –".
"¿Cuánto tiempo pasáis el hermano de Gale y tú a solas?", vuelvo a interrumpirla, alarmada. "Necesito hablar con Rory, y con Gale, y con Hazelle, y no pienso volver a permitir que vosotros dos os quedéis a…". Hago un ademán de levantarme de la litera, pero Prim me sujeta con fuerza de la muñeca, impidiéndolo.
"¡NO!", casi chilla.
Siento algunos cuerpos incorporarse de sus camas para ver qué es lo que sucede, por el alboroto que estamos montando.
Mi hermana me obliga a recostarme de nuevo contra la almohada, con otra sonrisa en los labios.
"Sabes", me dice. "Hubo algunos momentos en los que pensé que ibas a hacerme tía".
El nudo de la garganta que llevo soportando todo el santo día aumenta unos milímetros, y me cuesta horrores soltar un:
"¿Qué?", y un "¿Cuándo?".
"Bueno", explica mi hermana pequeña, hablando una octava por debajo de un susurro. "En el 12, antes de que me eligieran para la cosecha. Todo el mundo en la escuela hablaba de vosotros, de Gale y de ti. Y también en el Quemador había rumores".
"¿Qué tipo de rumores?", pregunto, intentando sonar perpleja, aunque sé bien al tipo de rumores que se refiere.
"Todos los niños de nuestra clase, la de Rory y mía, querían ser como vosotros dos. Las niñas como tú y los chicos como Gale. Tan valientes como para cruzar la alambrada saltándose las normas, e igual de buenos amigos". Prim se calla para dejar que yo diga algo y sonríe otra vez. "El distrito al completo pensaba que terminarías juntos… hacíais tan buena pareja. Incluso Rory y yo hablábamos de lo guapos que serían nuestros sobrinos".
"Prim, nosotros éramos… somos muy jóvenes para eso, y además… además… ". Empiezan a confundírseme las palabras. Yo sabía que la gente hablaba, que opinaba sobre nosotros, aunque entonces me daba igual. Gale y yo formábamos un gran equipo, nos entendíamos perfectamente cuando estábamos en el bosque. Los rumores daban lo mismo, ya que él y yo solamente éramos amigos y compañeros de caza. Sólo pensábamos en tener alimentadas a nuestras familias, el resto no tenía importancia.
"Además, nosotros sólo éramos buenos amigos", consigo argumentar.
"Ya", contesta mi hermana. "Me di cuenta de eso cuando entraste a la arena y empezaste a comportarte de forma extraña con… con…".
"Con Peeta", termino por ella. Parece que le diese miedo pronunciar su nombre, por si me conduce a otro ataque de enajenación mental. "Todo eso no era más que teatro", digo recordando los primeros Juegos. "Lo hice para poder volver contigo, como te prometí".
Prim me sonríe y aprieta mi mano.
"Cuando el presidente Snow iba a obligarte a casarte con él, volví a pensar que pronto sería tía", comenta, y se ríe un poquito. No sé cuál es la razón para que el tema de los críos le haga tanta gracia, cuando a mi me atormenta. A veces me pregunto si de verdad somos hermanas.
Suspiro profundamente. "Supongo que ese habría sido el siguiente paso tras la boda. La idea era bastante tormentosa", confieso a mi hermana.
"Pero habría sido mejor que haceros participar en el Vasallaje", opina ella. No sé si estoy de acuerdo. Cierro los ojos y niego repetidamente con la cabeza.
"No lo sé Prim, de verdad que no lo sé. Probablemente hubiera sido igual de horrible. Lo hice todo mal amenazando con comerme aquellas bayas y todavía no he podido arreglarlo. Matamos a Snow y no ha servido de nada; Peeta sigue en peligro y esta vez no encuentro la manera de – ".
"Shhh", Prim me calla poniendo un dedo sobre mis labios. "No hables de eso. Todo va a salir bien. Te lo prometo, Katniss. Siento haberte hecho recordar esas cosas. Sólo quería distraerte. Vamos a intentar dormir un rato".
Paso un brazo por encima de su cintura y ella apoya la cabeza contra mi pecho, igual que hacía cuando era muy pequeña y se despertaba por culpa de una pesadilla, y mi madre no podía consolarla porque estaba sumergida en su mundo del dolor. Me duermo sintiendo su respiración sobre la piel y pensando que Prim está creciendo muy rápido, pero sigue sana y podría decirse que a salvo. Algún mérito tendré que tener yo en eso.
