Notas de la autora:
Agosto es como un amor de verano, te llevas la eternidad esperándolo y se va sin despedirse y dejándote un montón de recuerdos inolvidables que te dejan deprimida (¬¬). En fin, lo superaré.
Recuerditos a juliana-ch, Suiseki, Antotis, Fluoradolescent, MarianUchiha y a Yuukimaru-chan ^^
Gracias a todos siempre por la atención y por leer. ¡Un abrazo!
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Kishimoto Masashi.
El valor del silencio
por Shizenai
Capítulo XXVI – Érase una vez
Los destellos de luz alumbraban los oscuros pasillos desde los ventanales de cristales rotos que esporádicamente se hundían en las plantas de sus zapatos. Otro nuevo trueno volvía a ensordecerle los oídos mientras corría sin descanso, pero sabía que no era el responsable de que el enorme edificio de piedra temblase a su alrededor como si fuese capaz de derrumbarse en cuestión de segundos.
El aire se atestaba conforme se acercaba al lugar donde cada vez podía oír más nítidamente todos esos ruidos desbastadores y la cortina de humo gris se pegaba a sus córneas haciendo que sus ojos lagrimasen por el escozor. Pese a todo, Sakura observó los desmedidos tentáculos de humo intoxicando el lugar, saliendo por las paredes derruidas y ascendiendo hacia el cielo tormentoso y ya de por sí ennegrecido.
Era tan difícil respirar...
La joven oyó los gritos al otro lado de la puerta de las cocinas. Se apartó la manga con la que se había cubierto la nariz y la boca para no ingerir tanto humo y forcejeó con el picaporte dándose cuenta de que los continuos temblores habían conseguido dejarla atascada. Sakura solía ser discreta ante situaciones delicadas, pero atinó una patada a la puerta que se partió en pedazos con el impacto.
El calor era insoportable y la bruma oscura hizo difícil distinguir el lugar, aunque sabía que la sangre la rodeaba. Se fijó en el fuego negro ardiendo en torno a ella como si no fuese a detenerse nunca. Sakura ya lo había visto una vez en antaño, en Konoha, cuando el desastre de la visita de la pareja de Akatsuki mantuvo ocupados a los ninjas de la Villa durante casi una semana en la que no fueron capaces de extinguir aquellas diabólicas llamaradas negras. Ella, por ende, sabía que había sido obra de Itachi.
Las voces le llegaron desde un punto no muy lejano y tras bordear un par de escombros, encontró al montón de ninjas sujetando a la pareja de hermanos entre la humareda asfixiante.
—¡Todos vamos a arrepentirnos de no haber muerto aquí! —gritó Goro, que sujetaba con esfuerzo los hombros del hermano mayor mientras se atragantaba con el humo—. Él ya lo sabe... —indicó, señalando al cielo a través del enorme hueco en la pared desmoronada. La lluvia comenzó a descender igual que si estuviese manipulada a placer para apagar las llamas que se extendían por el edificio, o lo que quedaba de éste.
Sakura miró a Itachi. El alto joven observaba a su vez a su hermano con expresión airada. La sangre le caía a borbotones por los orificios de la nariz y, movía lo labios con molestia al verse incapaz de limpiarse aquel rastro carmesí, teniendo en cuenta que un puñado de shinobis le inmovilizaban los brazos. La ropa se le desgarraba a tiras por los costados y la joven prefería no pensar qué habría sido aquello que le había dejado una profunda herida bajo las costillas.
—¡Menudo par de idiotas! —profirió Goro. Sakura no recordó haberlo visto así de enfadado nunca—. Es lo primero de lo que os advierten, ¡y es lo primero que hacéis! ¡Deberían clavar vuestras cabezas huecas en un par de picotas!
Para Goro el desastre había comenzado de la forma más absurda. Nadie supo nunca si Sasuke había abordado la habitación donde permanecía su hermano a solas con el peor de los propósitos, pero, el mayor no puso demasiado de su parte cuando curvó sus labios en una sonrisa débil y llena de mofa, deteniendo el tiempo en mitad de la tormenta de truenos cuando le susurró: «¿Asustado? Justo como en los viejos tiempos...», o al menos, eso creyó entender Goro antes de ver cómo el aludido se le abalanzaba hasta encarrilar la situación al punto actual en el que estaban todos.
—Odio cuando los novatos no son capaces de estar en su sitio —reprochó Goro con desprecio, y, Sasuke escupió una entremezcla de saliva y sangre que fue a darle de pleno en sus narices—. ¡A éste lo mataré yo! —gritó encolerizado, y por si fuera poco, un par de shinobis tuvieron que hacer un esfuerzo extra para refrenarlo a él.
Sakura, un tramo más apartada y tan petrificada que no sabía qué decir o hacer, notó rápidamente una presencia a su lado. Suigetsu miró con cara de pocos amigos a Sasuke y analizó desanimado el deplorable estado que lucía su compañero. La sangre se le había pegado también en la piel que había sido desgarrada, pero Sakura no creyó que fuese eso lo que le disgustaba realmente.
—Joder, Sasuke, serás cabrón... —farfulló con los labios torcidos—. De todos los lugares del refugio, ¿tenías que destrozar la cocina? ¿Quién rayos me hará el desayuno a partir de ahora?
El muchacho reparó en la chica que tenía a unos centímetros. Sus labios dibujaron una expresión traviesa al intercambiar una mirada con ella, pero viendo la mueca de indignación que le devolvió, se limitó a saldarla tímidamente mientras le guiñaba un ojo con diversión.
Sakura no podía con su impotencia. Estaba enfadada con el mundo, la situación en sí la desilusionaba y sólo tenía ganas de darse media vuelta y abandonarlos a su suerte para que se marchasen en fila de a uno al infierno donde tan prontamente querían llegar.
—¿Estás herido? —le preguntó a Goro cuando hubo llegado a su lado. El ninja pareció calmarse al reparar en su presencia.
—Tienes un talento maravilloso para aparecerte donde no deberías —le contestó con suavidad.
—Ven conmigo. Vamos a echarle un vistazo a ese rasguño en el centro.
La joven cargaba sin inconvenientes el robusto brazo del ninja mientras lo acompañaba a saltear con cuidado las ruinas esparcidas por el polvoriento suelo. Detestaba que cualquier encontronazo entre los Uchiha acabara afectando a quienes no tenían nada que ver con ellos como si de una onda expansiva se tratase.
La mirada enviada de soslayo a ambos hermanos antes de desaparecer, fue el más hiriente mandoble lanzado en aquel improvisado campo de batalla.
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Sasuke estuvo atento a sus movimientos, sólo por si acaso. El desastre de la mañana se había desatado de forma totalmente inesperada, y aunque habían conseguido salir prácticamente ilesos, estaba seguro de que de no haber tenido público alrededor que se interpusiese en su camino, el resultado de la riña habría sido muy diferente.
A pesar de ello, se sentía con todas sus energías recargadas, y si al líder de Akatsuki se le pasaba por la cabeza la absurda idea de que le debía obediencia, y como tal, podía obligarlo a hincar la rodilla y exigirle excusas como probablemente hacía con el necio de su hermano, él estaría encantado de demostrarle lo equivocado que estaba.
—Supongo que no puedo hacer nada por remediarlo... —aceptó finalmente Pain encogiéndose de hombros con pesar—. No hay nada en el mundo que pueda apartar a un hombre de su destino, aunque posiblemente no exista tal cosa para un Uchiha incluso si tiene la evidencia delante de las narices.
El aludido apretó todavía más las manos sobre sus antebrazos. Vio a Pain girándose ligeramente para verlo apuntillado en medio de la recámara repleta de figuras sin formas humanas, y, entrecerró los ojos con un gruñido inapreciable de molestia.
—Soy incapaz de proteger a mis subordinados si ellos mismos quieren destruirse. Lamentablemente, sé cómo acabará todo esto... —Ante la mirada indiferente que le dirigía el chico, se dio la vuelta y rozó una de las estatuas de piedra con las yemas de sus dedos. La escultura escupía tentáculos por doquier y embestía al cielo con orgullo mientras Pain delineaba las formas de sus cornamentas—. Es la última pieza que falta en nuestra colección...
Sasuke la estudió con recelo y se hizo a la idea de que el líder había comenzado a relatarle acerca de sus inminente misión. Había un total de nueve figuras de piedra con la apariencia que atribuyó a la de los míticos y poderosos Bijū.
—No es el mayor enemigo al que nos hayamos enfrentado antes, pero dicen que derrotar al demonio de ocho colas es tan imposible como pretender atrapar el mar con las manos. —Recorrió cada representación con la mirada, antes de detenerla sobre él—. No te preocupes. No te enviaría si no confiara en que podéis hacerlo. Juntos.
Un bufido se escapó de sus labios: como si él necesitara de alguien más para simplemente llevar a cabo una captura. Sasuke se giró sobre sus talones y emprendió la retirada con pasos fuertes. Dirigió una mirada de reojo al Akatsuki cuando dejó el picaporte a medio abrir y tragó grueso sintiendo un súbito escalofrío.
—Has dicho que es el último... —repitió en tono neutro.
—Así es. Me sorprende que haya algún lugar en este refugio en el que aún no hayas metido las narices... —Pain le otorgó una mueca apremiante—. Aunque te recomiendo no bajar a visitarlo. El zorro no es precisamente muy amigable cuando no está, digamos, bajo control. Estás ocupando el lugar de quien perdió la vida tratando de traerlo hasta aquí de una pieza. Por suerte, no eres supersticioso...
Sasuke apretó los dientes inconscientemente. Volvió a reanudar sus pasos, dispuesto a marcharse de allí, pero se detuvo como si algún pensamiento le estuviese incomodando todavía.
—Siempre puedes decidir —afirmó el pelinegro. Pain lo miró con un ademán de sorpresa como si no hubiese esperado realmente que le hubiese prestado atención antes—. El destino sólo existe para el cobarde, para el que no encuentra motivación para enfrentarse a sus miedos o para quien no acepta que ha cometido errores. Para ellos, es fácil culpar al destino.
—Hm... —replicó el Akatsuki pensativo.
—Yo también tengo un preludio para ti —abordó con arrogancia mientras erguía la barbilla—. No vas a cumplir ninguno de tus planes. —El muchacho se ladeó ligeramente y Pain se preparó sin darse cuenta cuando le vio rozando la empuñadura de su katana—. ¿Crees que no sé que te encantaría librarte de mí en cuanto ayude a finalizar esta estúpida misión? Pero, el Uchiha al que esperas no será el que regrese, y eso no es destino, es mi voluntad.
Hubo un silencio mientras el menor le daba nuevamente la espalda. Pain descendió lentamente un par de escalones y apreció que el chico no viera el esbozo de la conmoción cuando no pudo ocultarla.
—Qué curioso... —suspiró—. Es exactamente lo mismo que ha dicho él antes de salir de aquí hace unos instantes.
Sasuke se tensó. ¿Cómo se atrevía, ni por asomo, a compararlo con su hermano? Fuertes punzadas le acuchillaron el estómago, pero hizo lo imposible por no mover ni un músculo. No iba a darle ese gusto a ese bastardo...
Cerró la puerta de un portazo, y se esfumó.
Caminó a toda velocidad por los desolados pasillos mientras apretaba el ceño igual que si no fuese capaz de creer que el portador del Kyūbi, quien despertaba fuertes recuerdos como su ex-compañero de equipo, hubiese sido finalmente doblegado: ¿cómo... era posible tal cosa?
Oyó esa voz a su espalda y miró lentamente por encima de su hombro para encontrarlo sentado despreocupadamente sobre el alfeizar de una de las ventanas. El muchacho miraba distraído el paisaje taciturno y apoyaba el mentón sobre una de las manos que a su vez descansaba en su rodilla flexionada. Sasuke no se decidía entre si era más estúpido o arrogante por permanecer con la guardia tan baja cuando le tenía tan peligrosamente cerca.
—¿Te duele...? —le repitió con una frialdad que le erizó la piel.
Sasuke encajó las mandíbulas con recelo e Itachi apartó la vista del panorama para rebuscar el menor atisbo de duda en sus ojos ónices.
—Has sido... tú. —Su voz sonó como si confirmara algo para sí mismo. ¿Quién si no habría podido hacerlo? Sasuke había probado innumerables veces lo poderoso que era Naruto, él no se habría dado por vencido sin una buena razón y ya sabía desde su reencuentro hace años, que a su hermano le habían encomendado atrapar al Jinchūriki de Konoha.
Un ligero dolor le palpitó en la sien ante aquel recuerdo.
—No hay gran mérito en ello. Fue sencillamente cuestión de suerte.
—¿Suerte se apellida Haruno? —expuso Sasuke secamente.
Una imperceptible sonrisa maliciosa vistió los labios de su hermano.
En ese punto, Sasuke podía entender el porqué de muchas cosas: Sakura no habría acudido a la organización por su propio pie, ni desde luego, seguiría allí tan dócilmente si fuese consciente de que Naruto dormía en una celda apenas a un par de kilómetros. El impactante descubrimiento le flanqueó la concentración por unos instantes y el mayor resopló como si hubiese escarbado en su mente.
—Perdóname, Sasuke... —El nombrado lo fulminó con una mirada cuando esas palabras le revolvieron sentimientos en su interior—. Si hubiese sabido desde el principio que eran importantes para ti, no habría sido tan recio humillando a tus amigos.
Sasuke se apartó apresuradamente. Le encolerizaba la intensa mirada del tipo sobre él como si por alguna estúpida y remota razón esperase encontrar algún vestigio de remordimiento en su alma. Pero, nada de eso tenía sentido. A él habían dejado de importarle los vínculos creados con sus amigos hacía mucho tiempo, y tras concluir sus propios planes, desaparecería igualmente sin importar lo qué sucediera con ellos.
—Fue sin querer... —y concretó con saña—: Esta vez.
Instantáneamente, la ira le centelleó en los ojos. No sabía cuánto tiempo tendría hasta que Pain volviera a darse cuenta, pero mataría a ese malnacido allí mismo con sus propias manos.
En un primer movimiento atrapó al Akatsuki por las solapas de su gabardina, pero hizo uso de todo su autocontrol para soltarlo rápidamente. Había leído en su rostro que estaba actuando exactamente como él quería, y no volvería a caer de nuevo en la misma trampa de esa mañana. Después de todo, él ya había elegido un desenlace perfecto para su hermano mayor y sólo necesitaba tener un poco más de paciencia.
Sasuke notó de inmediato la presencia de la muchacha. La chica del cabello rosado se detuvo en mitad del pasillo cuando reparó en la escena y se quedó inmóvil sosteniendo la pila de libros sobre sus manos, observando, aun si no lo hubiese querido. Por suerte para ella, nada pareció cumplir sus peores pronósticos, pues Itachi adelantó a su hermano —acabando así con cualquier interés por continuar una disputa—, rozándole suavemente el hombro y caminó hacia su dirección, aunque exactamente igual que si no la hubiera visto allí parada; igual que si no fuera lo bastante importante como para reparar en ella.
Itachi se aseguró mentalmente de que el chico no le revelaría el hallazgo a ella. «Ahora el orgullo no le deja...». Pero, la inseguridad se había desarmado con ese suave y fugaz llamado:
—Sakura... —había dicho Sasuke.
Fue inapreciable y casi insignificante; pero fue su fallo y, Sasuke se había dado cuenta. Casi por un reflejo de protección, y sin ser consciente todavía, el brazo se le había tensado casi cubriéndola como si aquello fuese suficiente para interponerse entre ella y esa verdad que Sasuke sabía.
Ella se aferró a sus libros, perdió uno que se estrelló contra el suelo, y elevó el rostro para mirarle a los ojos mientras pestañeaba sin entender nada.
—¿Pasa al-...?
—Muévete —la interrumpió Itachi con brusquedad.
Sakura frunció el ceño antes de hacerse a un lado y él le lanzó una rápida mirada a su hermano menor antes de esfumarse tras una de las esquinas del pasillo.
—Qué demonios... —gruñó ella con enojo.
Los ojos verdes rodaron para atisbar al menor de los hermanos en busca de alguna explicación, pero, allí ya no quedaba nadie aguardándola.
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—Dijiste que tendría a mi disposición cualquier cosa que quisiera.
—Que quisieras, no —corrigió Pain—. Que necesitaras. Y no es en absoluto necesario que abandones este sitio.
Entonces Pain se removió ligeramente sobre su silla sin despegar los ojos de la mirada rabiosa de la chica de pelo rosado. Un gruñido por su parte se expandió por la amplia recámara mientras trataba de rebuscar alguna otra alternativa que rebatiría de la misma manera.
—Las noticias vuelan en este lugar —masculló el hombre—. Debería perforarte los tímpanos para que dejes de oír más de lo que te conviene.
Sakura lanzó una breve mirada de reojo a Goro. A decir verdad, a ella también le había sorprendido que el ninja fuese a comunicarle tan detalladamente los planes de la organización para la misión de la pareja formada por los Uchiha. En cualquier otro caso, Goro habría hecho lo impensable por mantenerla alejada de esos asuntos, y más aún, cuando era tan evidente el desacuerdo que mostraba hacia su cercanía con los dos hermanos.
No tenía sentido que Goro pretendiera tan repentinamente unirse a sus deseos por protegerlos, ella sabía bien que para el shinobi los Uchiha no merecían ningún aprecio y eran únicamente dos nombres anotados en las primeras páginas de las listas enemigas de Konoha. La cuestión era: ¿por qué lo habría hecho entonces?
En cualquier caso, Sakura no podía dejar pasar la oportunidad. Después de la escena de la mañana y la que había acabado de presenciar hace excesos minutos, sabía que enviar a Itachi y Sasuke fuera del alcance de Akatsuki, donde ya no habría quien se interpusiera entre sus disputas, sería un parricidio con un cien por ciento de efectividad. No podía permitirlo...
—Haruno, no quiero que pienses que desconfío de ti de ninguna de las maneras —entonó con tanta indiferencia, que Sakura no entendía cómo demonios podía apreciar tanta burla—, pero no quisiera que nada malo te sucediese. Como sabes, eres un bien preciado.
—Por eso insisto en acoplarme a la misión. No correré peligro estando bajo la supervisión de quienes depositas tanta confianza —«... teniendo en cuenta la locura que quieres cometer enviándolos libremente al exterior», quiso añadir, pero se reservó su opinión en el último momento—. Sería como matar dos pájaros de un tiro. Además, ¿cómo diablos voy a enviar a alguien a por los materiales que necesito en mi lugar? Si fuera tan sencillo reconocer las diferentes especies de plantas, la técnica sería descubierta por cualquiera... No me estás dejando ser útil.
En ese aspecto, Sakura vio la duda pululando en el rostro inexpresivo del líder de Akatsuki. Tenía que insistir rápido o no daría definitivamente su brazo a torcer. Sus labios se separaron con determinación, pero una voz más ronca se adelantó a sus intenciones.
—Señor, yo puedo acompañarla —indicó Goro. Había hecho una leve reverencia por cortesía antes de adelantarse unos pasos. Pain reconoció al súbdito favorito de su pareja asesina—. Soy consciente del enorme interés que Konan ha consignado a los estudios de esta chica, no quisiera que se viese desilusionada solo por no tener de alguien que la escolte en todo momento. Si son sus deseos, puedo hacer este trabajo.
Sakura no salía de su sorpresa. Aquello era inadmisible. El hecho de que Goro insistiese tanto en apoyarla sólo hacía cada vez más y más sospechoso que tejía segundas y desconcertantes intenciones que le ocultaba.
Ya no sabía qué hacer...
—De acuerdo —sentenció el líder. El mero nombre de la asesina parecía haber tumbado todas sus oposiciones y adoptó una pose firme como negándose a aceptar que hubiesen conseguido hacerle cambiar de parecer—. Si vas a fracasar, estimada Haruno, que sea por tu propio peso. No quiero que utilices excusas baratas cuando definitivamente te des cuenta de que persigues algo imposible.
—Sólo será imposible cuando deje de intentarlo —gruñó con confianza—. Tiene suerte de que yo no piense como usted.
El Akatsuki entrecerró los ojos con cansancio. Apoyó de nuevo los codos sobre la silla y se cernió ligeramente hacia delante como si no tuviese la mínima intención de quedarse callado.
—No sé cuál de los dos tiene precisamente más que agradecer... —afirmó estrechando los ojos. Ella apartó la mirada con timidez y Pain volvió a centrarse en el shinobi—. Partiréis junto a los integrantes de la misión, pero sólo hasta haber atravesado el valle. Luego cada cuál seguirá hacia su objetivo. Es lo más seguro. Supongo que es una buena manera de despistar a cualquier metomentodo si por cualquiera absurda posibilidad llegasen a interceptar vuestra posición.
—¡Pero...!
—¿Has cambiado de opinión, Haruno? —indagó Pain.
Goro la taladró con los ojos y tragó grueso antes de resignarse. El hombre la atrapó el hombro y tiró de ella como si desconfiase de que fuese a insistirle al líder una vez más, sacándolo de sus casillas y echando a perder todo lo que habían ganado.
Pain la detuvo cuando ya estaba ensimismada en resolver el entuerto que le habían planteado. Después de todo, separarse de los hermanos no le serviría de nada...
—Buena suerte, Haruno —esbozó el muchacho de cabellos candentes—. La última vez que dejé partir a cuatro de mis shinobis hacia una misión, sólo regresó uno. —Por un fugaz segundo, la chica creyó que había un ademan de sonrisa diabólica en sus labios—. Rezaré porque seas la afortunada...
El preludio engarzado en la voz del Dios humano no se desvaneció de su mente. A ella le había sonado igual que un maleficio.
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Suigetsu se resignó con pesar.
Después del incidente causado por los Uchiha en la mañana, se había pasado el día persiguiendo a la prisionera de Akatsuki con el único fin de que le prestara un poco de atención a sus heridas, obteniendo únicamente una negativa a sus reclamos. Con un humor de perros, la joven le había asegurado que no cargaría con las consecuencia de sus estúpidas trifulcas, y, la muy ingrata ni siquiera tenía idea de lo responsable que era de que sus manos estuviesen totalmente rotas.
Ante la insistencia, consiguió que al menos le regalara los despojos de lo que había sobrado para la sanación de Goro, el maldito gorila aguafiestas, y mirando el rollo de vendas con admiración, se sintió afligido mientras se debatía entre usarlo o conservarlo como un tesoro.
Un suspiro lánguido escapó de sus labios justo cuando un estruendo de cristales resonó desde la ventana de su nuevo alojamiento. Suigetsu comprobó que una mano trataba de subir el cerrojo de la dañada ventana, y acto seguido, observó a Sasuke abordando su habitación a través de ella.
—¡Maldito seas, tú, bastardo! ¿Es que no piensas respetar nada de lo que me interesa? —El aludido ni siquiera pareció haberlo escuchado. Se apartó las motas de polvo de sus hombros y se llevó una mano a los labios para lamer el pequeño rasguño ocasionado por el golpe contra el cristal—. La puerta estaba abierta...
—¿Qué estás haciendo? —prosiguió a su deseo de ignorarlo.
Suigetsu lo miró unos segundos en silencio antes de negar con la cabeza. A veces se le olvidaba por qué demonios había decidido seguir al caprichoso mocoso de los Uchiha...
—Estáis todos tarados... —susurró. Estiró el rollo de vendas y se ayudó con los puntiagudos dientes para tratar de envolverse una muñeca—. Ese cabrón me ha destrozado los huesos de la mano, ¿recuerdas? ¿Cómo piensas que voy a sujetar mi espada si no me cuido?
Sin ninguna delicadeza, Sasuke se acercó para sostenerla la mano arrancando un grito de protesta de los labios del albino. La miró de lado a lado, con detenimiento, y volvió a soltarla sin cuidado alguno.
—Deja de fingir. Eso no es nada, tus articulaciones son mucho más flexibles que las del resto. Algo así no puede hacerte daño. Eres prácticamente de goma —le aseguró.
—Supongo que sí. Gracias.
—No es un halago, idiota —bufó el moreno—. Es asqueroso. Pero útil.
Suigetsu estaba en un punto en el cual no sabía si sonreír complacido o seguir frunciendo el ceño inconforme. Seguidamente, vio al Uchiha desplomándose sobre su cama y mordisqueando una pieza de fruta que había alcanzado de la mesita de noche, que también resultaba ser de su propiedad. Algo como eso habría desatado una discusión en la que, como siempre, participaría absolutamente solo, pero advirtió la melena de la chica-cerezo desde los cristales rotos de su ventana y ni el gorila que la acompañaba ni el niño malcriado que tenía a su lado, podrían bajarlo de esa repentina nube de ensueño.
—Sasuke, creo que tu amiga me agrada...
—Como todas —farfulló el chico con aburrimiento. El concepto tan familiar le recordó el modo en que su hermano había tratado de hacerle daño con eso, y gruñó con molestia—. Y no es nada mío. —Tenía la mirada clavada en el techo, haciendo suponer al otro que no dejaba de darle vueltas a algo con insistencia.
—No, como ninguna, de hecho. Lamentablemente, creo que tu hermano se me ha adelantado...
El chico dejó a la mitad un mordisco sobre la piel aterciopelada de un melocotón. Había girado con incredibilidad la cabeza sobre la almohada, pero podía saber que la sonrisa maliciosa de su compañero no estaba esta vez ahí por casualidad.
—Qué estupidez... —masculló entre dientes. Durante las últimas horas se había permitido contemplar la descabellada posibilidad de que su hermano estuviese cediendo la mínima atención a alguien más que no fuese a sí mismo y, si al menos no conociera al dedillo a la otra parte implicada, su esbozo no se habría derrumbado tan aplastantemente—. Qué... absoluta y rotunda estupidez —se repitió.
—Si por una vez en tu vida dejarás de lado tus planes maquiavélicos y prestaras más atención a lo que tienes entre las piernas, sabrías de lo que te estoy hablando —aseguró, encogiendo sus hombros—. Sólo hay una debilidad común para cualquier hombre, sin importar qué tan despiadado, idiota, poderoso o insignificante sea. Incluso para ti —se burló con una risita—. Créeme, sé lo que estoy diciendo, y además, tengo pruebas.
Suigetsu levantó sus manos para zarandear suavemente las vendas que se deslizaron de sus muñecas destrozadas, dejando entrever los grotescos moratones que sin duda habían sido causados con saña. Sasuke resopló nuevamente ante la posibilidad...
Eso no. Era imposible...
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Sakura había estado muy sensible desde las últimas horas. Dudaba que en un estado como el suyo fuese a encontrar algo de paz en mitad de la noche, pero supo con garantía que se había quedado dormida en algún momento. La imagen de una vieja bruja sentada en un polvoriento cojín bajo una carpa roja y el brillo doloroso de una aguja empañada de sangre, le revolvieron las tripas y le arrebató el aliento. Sus labios temblaron con terror y se incorporó de la cama notando la humedad fría recorriéndole la frente.
La voz de la cordura la obligó a tranquilizarse. Se deslizó sobre los hombros un chal de lana gris con borlones despeluchados, y caminó por el edificio hasta detenerse ante una puerta en concreto. Sus ojos se posaron un minuto sobre el picaporte de la entrada, dubitativos, recelosos, y reanudó la caminata en cuanto se descubrió con el ceño fruncido. Algunas expresiones tales como "¡Era de esperarse!" o "Es totalmente incorregible" le abordaron el pensamiento mientras deambulaba tratando de cerciorarse de si quería realmente saber dónde y qué estaría haciendo Uchiha Itachi.
Luego de adelantarse lo suficiente, la luminosidad y el sonido armónico de una chimenea prendida la hipnotizó sin apenas darse cuenta. Cuando apoyó la mano sobre el umbral de la puerta, se percató del chico arrodillado en medio de la sala de estar, que se calentaba junto a las llamas dándole la espalda. El cabello negro y la ropa totalmente oscura había conseguido que el reflejo del fuego delineara débilmente las formas de su figura como una sombra y Sakura se preguntó si seguiría profundamente dormida en la cama de su habitación.
—Pasa —le oyó decir mientras ladeaba un poco el rostro.
Ella adelantó unos pasos aún con la expresión enojosa. Los pelillos de la alfombra le hicieron cosquillas en sus pies descalzos, y se cruzó de brazos, arropándose bien con el chal, mientras miraba hacia la nada con su mejor pose de resentida.
Ella no tenía muy claro qué pretendía acudiendo hacia allí. Para ser honestos, estaba especialmente afectada por la barrera de hielo que inesperadamente los había separado tanto: Itachi no cambiaría de opinión respecto a sus asuntos personales y ella jamás se rendiría para que lo hiciera.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó a regañadientes.
El pelinegro miró un momento a donde los ojos verdes le señalaban. El bulto bajo el estrecho jersey delataba algún tipo de vendaje y algunas motas oscuras de sangre parecían haber traspasado hasta la tela.
—Creí que ya no te importaban estas cosas... —Volvió a remover la leña con el punzón y un par de chispas saltaron de la chimenea hasta morir frente a sus pies.
—Idiota —dijo ella rápidamente, captando el resquemor—. Si no puedo dormir es por tu culpa. No puedo evitar estar preocupada ¿En quién crees que pienso todo el tiempo?
Itachi le lanzó una mirada con los ojos entrecerrados y le volvió el rostro cuando supo que ella le había entendido perfectamente.
—Ah —suspiró con indignación—. No me lo puedo creer. ¿Estás... celoso?
El Uchiha frunció el ceño al oír aquello. No estaba seguro de si el hecho era divertido para ella o había duplicado el enojo que ya de por sí había traído. En cualquier caso, tenía el suficiente orgullo como para no replicar nada.
—No ha cambiado nada. Yo realmente no quería que pensaras que, ash, ¡me da igual! De todas formas te importa un comino lo que yo piense... —Dio un salto sobre el sofá y se acurrucó en él dándole la espalda.
—Eso no es cierto...
—¡Es verdad! —insistió girándose un poco—. No importa como lo mires, nunca has dejado de verme como a una niña en la que no puedes confiar. Es tan... humillante. —Su cuerpo volvió a moverse para dejarlo de lado. Se tapó de nuevo con el chal que se había deslizado por su desquite y frunció el ceño mientras miraba insistentemente al mismo punto del respaldo estampado, acomodando bien su cabeza en el acolchado brazo del mueble.
Itachi se mantuvo en silencio repasando esas palabras. Un resoplido de cansancio se le derramó por la boca, pero compuso una expresión de lo más entusiasmada.
—Está bien, ¿quieres que te ayude a dormir con un cuento, niña? —Ella le miró con resentimiento y volvió a darle la espalda.
¿Qué demonios...? Estaba sinceramente intentando acercarse a él, ¿tenía que burlarse así de aquello que de verdad la hacía sentir herida?
No lo soportaba...
—De acuerdo, pues me iré entonces...
—Pues vete —le respondió ella.
Aunque no estaba mirando, oyó la fricción de la alfombra mientras se ponía en pie. «Al diablo, estoy harta», se dijo apretando los dientes.
—Que descanses...
—Hm...
Harta, verdaderamente harta...
—Adiós...
—¡No, no...!
«Maldición...»¿Por qué no podía ser un poco más fuerte?
Ella se volteó enseguida antes de que él pudiera irse. Esperaba poder atraparle el brazo en el último momento, pero tuvo que contener la respiración cuando vio su rostro prácticamente pegado al suyo. Itachi apoyó las manos a ambos lados de su cabeza y ella notó que su cuerpo se estremecía con el cálido roce de su respiración sobre sus labios temblorosos.
—El cuento... —balbuceó ella enrojeciéndose—. Quiero escucharlo...
—No te va a gustar —pronunció lentamente. Una sonrisa complaciente se extendió cuando comprobó lo sencillo que le resultaba ponerla tan nerviosa.
Bajó una mano para acariciarle uno de esos pómulos intensamente coloreados y ella tragó grueso mientras se aferraba con fuerza a su viejo chal de lana gris.
—No me importa. —Quería encontrar la salvación en ese tema, pero él continuó haciendo suaves jirones en sus cabellos. Parecía estar tan cautivado como si no hubiese palpado esa sedosidad nunca antes—. Hay... ¿Hay hadas o algo así?
—No...
Maldito fuera... Sakura intentó imaginar algo que fuese más encantador que aquella expresión hasta que el pensamiento le dio mareos. Volvió a reparar en la escasísima cercanía y trató de hundir su cabeza en la mullida piel del sofá sin ningún éxito.
—¿Unicornios?
—No.
—¿Ardillas que hablan? —Él negó con la cabeza y tuvo suspirar sin percatarse—. ¿Qué clase de cuento es ése? Quiero oírlo...
Antes de que Sakura pudiera decir algo más, él se apartó estallando en una carcajada, incapaz de torturarla por más tiempo. La chica torció los labios recelosa y él le pidió un espacio para sentarse en el borde del sofá mientras le acariciaba la cabeza con un poco de remordimiento.
—Deja de tomarme el pelo —farfulló frustrada.
—No estaba bromeando. —Su expresión se volvió drásticamente seria—. Hace tiempo que quería contarte alguna historia, pero, no estaba seguro de si te gustaría escucharla.
—No lo sé... —dijo fingiendo desinterés—. El protagonista, ¿serías tú?
Sakura lo miró fijamente a los ojos y vio que él levantaba las cejas. Una sonrisa le prendió de los labios, pero era una sonrisa amarga. Ella estiró un brazo para alcanzarle el rostro y supo que aquél jamás sería el cuento precioso que cualquier chica hubiese deseado oír, pero no le importó por entonces; no sería hermoso ni agradable, pero sería la verdad.
—¿Quieres escuchar mi historia?
Él le cubrió la mano con la suya, apretándola contra su rostro y Sakura supo que tiritaba.
—Sí —dijo convencida—. Pero por favor, no me la adornes...
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CONTINUARÁ...
Oh, bueno, lo dejé hasta aquí. Ustedes saben al detalle todo lo referente a la masacre del Clan Uchiha; cómo pasó, por qué y a causa de quiénes. Yo no modificaré nada y no tiene sentido que les cuente algo que ya conocen bien (?).
A todo esto, busquen una cantimplora que para el próximo chap nos vamos de excursión (?).
Gracias por leer, se cuidan~ Y hasta pronto =)
Shizenai
