Colorín colorado

A la semana de regresar a Boston tomé la decisión de mudarme a casa de mi abuela.

Lo cual, no hace falta que diga que a ella le encantó.

A pesar de mis peticiones de espacio y tiempo para pensar, Murphy continuó llamando a mi casa, pidiéndome hablar, suplicándome perdón y que me decidiera a irme de vuelta con él. Era halagador, era romántico, pero también terriblemente agobiante. Yo necesitaba espacio. Pese a tener muchas cosas claras, como mis sentimientos. Necesitaba tomar distancias. Y ése era otro de los motivos de que debía dejar mi apartamento. Todo en él me recordaba a Murphy, cada habitación me traía a la cabeza momentos pasados con él. Hasta el sofá se me antojaba que olía a él.

Era doloroso sentir su ausencia tan presente.

Tenía claro que pese a nuestra última noche y lo ocurrido en ella, yo le amaba y era plenamente feliz a su lado. Pero no sabía si podía compaginar mi vida a su lado con mi abuela.

Pese a que ella se viniera conmigo a cualquier lugar, eso no solucionaba nada. Mi abuela era una mujer con imaginación, pero no era estúpida. Si conocía a Connor acabaría por deducir quiénes eran.

Pero, pese a ese temor, y confiando en la suerte de los Santos para que sus planes salieran bien, decidí confirmar a Eunice que nuestro destino era Italia.

Nos marcharíamos en menos de un mes si Kunstler se mantenía inconsciente.
Dolly y Duffy también dejarían la ciudad y su vida en las siguientes semanas.

Todo el rastro de Los Santos iba a desaparecer. Empezando por Doc que ya disfrutaba de su jubilación en Belice.

Para desaparecer debíamos cambiar de identidad. Y lo más complicado era hacer aquello con mi abuela sin que ella fuera consciente.
O eso pensaba.

Pero Eunice, como buena alumna de Smecker usó la solución más simple.

—Hija, estos papeles están mal —yo no me llamo así —dijo mi abuela al comprobar su nuevo pasaporte —. Mi primer nombre es María, como católica bautizada que soy. Y ¿Por qué tengo mi apellido de soltera con el de tu abuelo?

—Nona, el María es nombre de pila, no se pone en los documentos oficiales si falta espacio. Y en todos los pasaporte aparecen ambos apellidos para mejor identificación —Mentí.

—Es la primera vez que oigo tal cosa... —aseguró hablando para sí misma —. Saca a este bicho de aquí. Me va a tirar al suelo.

Lo peor de mudarme, eran las continuas peleas entre mi abuela y Piaget.
Al menos no reparó en que yo ahora no contaba como su nieta, sino como su hija y mi nombre también había cambiado levemente. Ahora era oficialmente: Katherine Tathia, y Caterina Tazia ya no existía. Sonaba casi igual, pero era completamente diferente.

Y al ver mi nueva identidad sentí más ganas que nunca de escuchar a Murphy llamarme Cat. Era una sensación extraña, como la que sentí al comprobar que no estaba embarazada.

En esos momentos me tranquilicé, pero también sentí una especie de vacío, comprobando que una parte de mí sí deseaba aquello. Aquella vida con Murphy, con hijos, con jardín e incluso un perro. Aunque tal vez nunca lo podría tener.
Durante los siguientes días inconscientemente mi cabeza trazó un plan, una opción para poder tener a Murphy en mi vida sin exponer a mi abuela a la verdad. No era un cuento de hadas, y contaba con que él no se conformase con aquello, pero era la única opción que veía posible.

Las tres semanas, con todos sus días, pasaron.

Yo iba cada varios días al hospital a comprobar el estado de Kunstler que mejoraba pero sin despertar. Hasta el día antes de mi partida hasta Italia.

Dolly había abandonado el país. No sabíamos hacia donde por seguridad. Y unos días después de irme lo haría Duffy.

En nuestro trayecto al aeropuerto, sentada junto a mi abuela en el taxi, me di cuenta que todo parecía irreal.

Casi me parecía que nada había pasado, que no había formado parte de nada de aquello. Que todo lo sucedido era producto de mi imaginación o pertenecía a una dimensión diferente a la que me encontraba.

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Llegamos a Milán al anochecer. Solo Eunice estaba para recibirnos. Pues le dije que planificase mi llegada sin informar a Murphy. Necesitaba tiempo para adaptarme, al menos una noche. Y ella organizó todo mientras los Santos estaban en el sur del país, en un trabajo que les llevaría unos días. No se me dio más información del tema. No la necesitaba. Pero no podía evitar pensar que siempre la vida de Murphy estaba en peligro.

—Buenas noches, Doctora —saludó Eunice cuando cruzamos las puertas del Aeropuerto de Milán —. ¿Cómo ha ido el vuelo?

—Uy, hija... Que cansado es estar en esa lata —dijo mi abuela —. Yo no vuelvo a volar en mi vida. Es como estar en un ataúd.

—Lube, ella es mi abuela —la presenté con su nombre falso —. Nona, ella es la representante de la empresa que patrocina mi investigación.

—Encantada —sonrió Eunice —. Esta semana se hospedarán en un hotel, es tranquilo pero cómodamente céntrico —explicó mientras caminaba hasta el exterior, al vehículo

—. Después ya podrán instalarse en la casa que la empresa ha buscado para usted.

—Perfecto —dije. Realmente no quería hablar de aquello tras el vuelo porque estaba agotada.

—Hemos buscado casas en las localidades cercanas a Florencia, para su abuela. En ustedes está el aceptar o no.

—¿Una casa para mí? —dijo incrédula mi abuela.

—Ya hablaremos de eso... —dije, dejando claro que habría tiempo y ése no me parecía el momento.

Al llegar al hotel, mi abuela estaba más que sorprendida y entusiasmada. Podía ver como éramos atendidas con todo lujo de detalles y atención.

Yo estaba contenta de verla de tan buen humor y tranquila porque todas esas cosas la mantuvieran distraída. Temía que descubriera todo el engaño que era ahora nuestra vida en cualquier momento.

—Nona, no creo que vaya a cenar hoy. Estoy algo cansada —dije antes de dejar su habitación.

—Yo pediré algo al servicio de habitaciones, como hacen en las películas —me sonrió como si fuera una niña proponiendo una travesura —. Y si no te importa pediré cita para el Spa mañana.

—Claro que no me importa —sonreí contenta —coge el tratamiento que más te guste.

—Oh, ¿hay que coger sólo uno? —preguntó algo decepcionada.

—Uno al día —le guiñé el ojo y me acerqué a darle un beso —Buenas noches.

—Buenas noches, cariño.

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Me di un largo baño. Entre las comodidades de aquel hotel se encontraba un equipo de música en el aseo, que era una excentricidad, pero muy útil para relajarse escuchando música tranquila.

Casi estuve a punto de dormirme entre la espuma de la bañera, pero cuando mis ojos se entrecerraron por tercera vez oí unos golpes en la puerta principal.

—Voy... ¿Ehh? Sto arrivando—dije en italiano, pensando que sería el servicio de habitaciones.

Mientras giraba el manillar de la puerta recordé que yo no había pedido nada al servicio de habitaciones. Pero aun así no pude reaccionar.

Murphy se abalanzó sobre mí en cuanto la puerta quedó abierta. Rodeándome con sus brazos y empujándome hasta el interior de la habitación sin que pudiera impedírselo.

La puerta se cerró sola, y yo me aferré a su cuerpo para no caer de espaldas.

—Eres cruel... Cat, eres cruel —dijo apretando mi cuerpo contra el suyo —. Pero... Gracias por volver —me besó, una vez y con mucha fuerza —. Gracias por estar aquí.

No podía contestar. Mi cuerpo y mi mente estaban asimilando su cercanía. Perdiéndome en esa agradable sensación de sentirle a mi lado.

Como le había añorado con todo mi ser.

—Lo siento... —dije al fin —. Necesitaba hacerlo por mí, sólo por mí. —Murphy me miró, callado y serio —. Debía volver contigo porque no pudiera vivir sin ti, no porque tú me lo pidieras.

—Pero podías haberme dicho tu decisión cuando la tomaste, Cat —dijo, aun rodando mi espalda con el brazo —. Cada segundo que pasaba sin saber si te iba a perder fueron un calvario. Yo no puedo vivir sin ti, ya no.

—Ni yo...

—Siento lo que hice, lo que pasó la última noche —se disculpó por millonésima vez.

—Lo sé... Ahora, sé que no fue para tanto. Pero contigo todo es intenso, y eso incluye lo malo.

—¿Te has hecho la prueba?

—¿Ehh? —dudé desconcertada —¡Oh! No, no hizo falta.

—Bien... —asintió, y vi un ápice de decepción en sus ojos.

—Me dio pena —confesé, pensando que eso le ayudaría —. Una parte de mí lo deseaba. En el fondo quiero todo contigo, todo lo que nunca he soñado con nadie lo quiero vivir a tu lado.

—Lo haremos —aseguró —. Estamos juntos. Contra todo pronóstico. Como hemos logrado esto, lograremos el resto.

—No es tan fácil... —Sonreí. Debía obligarme a no caer en su utopía. Debía ser sensata, realista y objetiva.

—Claro que sí —aseguró —. Vamos a empezar por hacer un bebé —soltó divertido y me cogió en brazos en un rápido movimiento.

—¡Murphy! —grité sorprendida —¡No, espera!

Desoyendo mi petición se encaminó a la cama decidido y yo, pese a que quería hablar con él seriamente, no pude evitar reírme.

—Si lo estás deseando —dijo besando mi cuello, mientras me dejaba sobre el colchón.

—Murphy tenemos que hablar antes —intenté resistirme, lo cual era difícil pues sólo llevaba un albornoz y él ya tenía sus manos sobre mi cuerpo, decidido a hacerme perder la cabeza.

—Después.

—Pero... —Me besó para callarme

—Después —repitió y se incorporó para quitarse la camiseta de un rápido movimiento.

Asentí.

No perdí la cabeza por completo. Al regresar a América y en perspectiva de volver con Murphy había comenzando a usar un anticonceptivo hormonal. Me quedan dos días para el descanso y aunque la efectividad del primer mes es menor las posibilidades de embarazo a esas alturas eran muy escasas.

Hice una apuesta al destino. Si contra todo pronóstico acababa quedándome embarazada sería por una causa mayor.

Me rendí a los deseos de Murphy, y me entregué a él por completo.
Disfrutando de cada beso y caricia, que tanto había añorado y recordado en las anteriores semanas.

La separación sólo nos hizo estar más desesperados y anhelantes por sentirnos. El placer de volver a sentir a Murphy casi me hace llorar. Era delicioso, intenso, salvaje... Era él en esencia.

—Te amo... Murphy, te amo —gemí, enredando mis manos en su pelo. Mientras me tomaba por entero.

Él no contestó con palabras, sino con hechos. Haciéndome el amor de la manera más intensa y entregada posible.

Terminé agotada bajo su cuerpo. Escuchando su profunda respiración.

Se apartó un poco, agarrándome por la cadera y manteniendo mi cuerpo junto él para no salir de mí.

—Creo que voy a votar no separarme de tu lado —dijo acariciando mi muslo que deseaba su cintura.

—Estas más que a mi lado —sonreí cansada, con los ojos cerrados —. En serio, tenemos que hablar mi amor.

—Lo haremos —aseguró, y me besó en la frente con cariño, acurrucándome bajo su barbilla.

No insistí, y me rendí al sueño.

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Desperté a la mañana siguiente sobresaltada por el sonido del teléfono que estaba a mi lado.

—¿Si? —pregunté adormilada.

—Hija, voy a bajar a desayunar, ¿te espero? —preguntó mi abuela.

—No... Me acabo de despertar... Quiero darme una ducha y... —Miré a Murphy que se desperezaba a mi lado —Pediré que me suban algo. Tú baja, ve al Spa, entretente. Hoy aceleraré las cosas con la empresa y estaré ocupada.

—Bien, bien hija... —dijo algo decepcionada.

—Cuanto antes cierre todo, antes podemos estar como de vacaciones las dos —expliqué, pero para sentirme mejor yo.

—Lo entiendo —aseguró.

Colgué el teléfono, comprobando la hora y viendo que era muy temprano. Mi abuela madrugaba hasta con JetLag.

Me volví a tumbar, siendo reclamada sin demora por Murphy.

—Quiero dormir un poco más —dije, acomodándome a su cuerpo.

—Y yo despertar así cada día —contestó él.

Ese comentario me hizo pensar en mi plan, y en que debía exponerlo cuanto antes, para discutirlo con tiempo. Pues tenía claro que íbamos a discutir.

—Los días que lo hagamos serán los que merezcan la pena —dije, para comenzar a mostrar lo que pensaba —. Pero vivir juntos, con lo que vais a viajar y con mi abuela a mi lado es demasiado arriesgado.

Entonces Murphy abrió los ojos, abandonando su actitud relajada.

—¿Qué? Cat, vamos a estar juntos, ésa es la idea.

—Deberíamos pensarlo con detenimiento —alegué, y me adelanté a explicarme antes de que comenzara a negarse con pasión —. No es viable tener una vida normal. ¿Pretendes que celebremos cenas los viernes en el jardín, con tu hermano y Romeo sin que mi abuela sume dos y dos? ¿Que ella no pregunte a qué te dedicas y por qué te vas con tus dos socios durante días? ¿Por qué tal vez vuelvas herido alguna vez? ¿Que no quiera saber por qué algún día, puede, que tú u otro no regreséis? ¿Eso te parece un buen plan? ¿Quieres que tengamos hijos con esa perspectiva? Murphy, eso no tiene sentido.

—Pero...

—No te estoy diciendo que no podamos estar juntos —aclaré, para que no se confundiera —. Sólo digo lo evidente, que no vamos a tener una relación normal. Tú eres un sicario de Dios, nada a tu alrededor será normal. Y lo acepto.

—Te quiero a mi lado.

—Y me tendrás —aseguré —. Estaré siempre para ti, seré toda tuya y sólo tuya. Pero no habrá niños, ni cenas en el jardín ni vacaciones familiares. Compartiremos nuestra vida, sin tener una vida juntos. Es la única forma que salga bien.

—Pero yo te quiero dar todo —aseguró algo frustrado, dándose cuenta que lo que decía era cierto y alegar otra cosa era algo iluso e irreal.

—Lo sé, y yo también desearía tener todo contigo —aseguré acariciando su mejilla —. Pero el precio por estar juntos es todo lo demás. Y yo, lo he pensado, y estoy dispuesta a pagar ese precio porque no salgas de mi vida.

—¿De verdad? —preguntó.

—Sí, lo que más me va a costar es dejarte ir cada vez que tengas que hacer justicia. Pero eso no se puede cambiar. Te amo, y contigo a mi lado soy capaz de todo, de superar todo.

—Temo no hacerte feliz así, no suena bien...

—Ya soy feliz así —le aseguré.

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.~Fin~.


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Pues ya se acabó la historia.

Estoy que no me lo creo.

Este ha sido el segundo relato que comencé a escribir. El que me hizo creer más en mi misma y darme cuenta que podía amar más de una historia, y desarrollar diferentes tramas.

Gracias a todos los que habéis formado parte de esta locura, muchísimas gracias!

No puedo decir mucho más... que me emociono.