Hola a todos ¿Cómo están? Estoy de viaje y no tengo mucho tiempo x.x Paramos en un pequeño hotel en medio de la nada, donde milagrosamente hay internet. Así que lo haré rápido para que puedan tener la actualización del fic lo antes posible.
Ruego porque se actualice.
Quería agradecerle los comentarios a Mara1451, a edpol, a Annimo y a Solitario196
La batalla era inminente. No había elección, en el momento que los tanques tocaron suelo firme, Nami supo que no había marcha atrás. Los cientos de zombis se apilaban contra la pared, esperando por su festín: Algún joven humano descuidado que no notara que las bestias aguardaban en la sombra. La mujer alzó sus ojos y notó como los soldados se posicionaban cerca de las rejas. El plan era uno, una estrategia única. Lo habían hablado con Sengoku una y otra vez, la idea era poder salir a la calle. ¿Cómo? Primero los francotiradores cubrirían el área matando a la mayor cantidad posible, necesitaban despejar la salida principal para que las camionetas y los tanques pudieran salir. Tomar la ciudad tomaría su tiempo, y lo único que rogaba la pelinaranja era poder hacerlo lo más eficiente posible.
En el momento que que todo estuvo listo, tomó el arma que le habían asignado y contempló el cielo. Si creía en los augurios, el cielo despejado significaba que todo saldría en su favor. Rogaba porque fuera así.
- ¿Todo en orden? - Zoro apareció a su lado y la contempló fijamente.
- Si... - No sonaba muy convincente.
Desde que había despertado esa mañana, tenía un ligero cosquilleo en el estómago.
- Tranquila, todo irá bien - Murmuró y apoyó su mano en el hombro de la mujer - ¿Sabes algo de Fukouka? -
Robin, pensó Nami, esta preocupado por Robin. Pero no tenía la suficiente energía como para sonreír. Estaban a momento de enfrentar sus peores pesadillas... De nuevo...
- Esta mañana todos reportaron cero anomalías - Comentó haciendo memoria a lo que había escuchado en el comunicador - El plan va acorde a lo esperado -
El hombre asintió y se alejó rápidamente. Nami giró hacia el conjunto de hombres y mujeres que se preparaba para el ataque. Entre ellos, Luffy estaba de pie. Sostenía una arma con firmeza y parecía hacer chistes sobre el asunto. Los soldados a su alrededor reían e intentaban reprimir sus carcajadas. Reír en una situación como esa, era admirable. Al menos, alguien intentaba relajar la tensión del aire. Ojala pudiera tener esa sonrisa para ella sola. Ojala el morocho corriera hacia ella, la abrazara y le dijera que estaba todo bien. Que todo iba a salir perfectamente. Pero no... Al notar que el hombre establecía contacto visual con ella, desvió la mirada. Después de la desagradable conversación de la noche anterior, no quería tener nada que ver con él. No quería que la protegiera, quería demostrarle que podía hacerse valer por ella misma.
- ¡Todo listo! - Oyó la voz del peliverde.
Todo el perímetro quedó en silencio, los hombres y mujeres que estaban a punto de arriesgas sus vidas por el futuro de la raza humana, dejaron de hablar. El tan poco esperado momento había llegado. Nami contempló su arma en silencio. Sus puestos ya habían sido asignados. Ella viajaría en una de las camionetas, allí donde se trasladaban soldados y provisiones. Al menos no tendría que caminar por las peligrosas calles. Luffy estaría sobre uno de los tanques que viajaría adelante. Él también estaba resguardado. Suspiró aliviada. El morocho no podía permitirse morir, todavía había miles de millones de personas que salvar. Y todos necesitaban de su sangre. Eso le garantizaba que todos los soldados mantendrían al morocho a salvo.
Solo esperaba que eso no se volviera una carga para el grupo. Aunque... ¿Cuándo Luffy había sido una carga? Nunca. Ella había sido mucho más carga. Recordaba cuando tuvieron que separarse, justo después de la muerte de Ace. En la entrada de Maizuru, ella había estado a punto de ser mordida... Y gracias a eso, se había descubierto que la sangre del morocho tenía la cura. Eso la convertía en una heroína ¿Verdad?
Soltó un gran suspiro.
- Nami, debes subir ahora - La voz de un hombre la hizo voltear.
La camioneta que abordaría la esperaba a ella. Le regaló una tranquilizante sonrisa y corrió a la parte de carga. Los rostros aterrados de sus compañeros no la animaron. Se sentó cerca de la cabina y contempló por el vidrio delantero, el tanque donde viajaría Luffy. El hombre seguía riendo y contagiando a todos a su alrededor. Estaba a punto de bajar e ir con él, al menos de esa manera no pensaría tanto en la situación que estaban por vivir.
Los tiros comenzaron a sonar, Nami cerró los ojos. Los ensordecedores disparos retumbaron en sus tímpanos durante quince minutos. Quince eternos minutos.
Y allí comenzó el contraataque.
La camioneta comenzó a avanzar. Primero lento, luego rápido. El chófer grito a todos que se sostuvieran de los primero que encontraran. En el caso de Nami fue una pequeña perilla. Las ruedas pasaron sobre cadáveres de muertos y pedazos de roca que había utilizado para cerrar los agujeros. El sacudón casi voltea el vehículo, pero al ser militares, todo estaba preparado para ese tipo de terreno.
Las balas y los aullidos de los monstruos no se hicieron esperar. La guerra había comenzado.
El pánico comenzó a invadir a la pelinaranja. El miedo se apoderó de sus brazos en el momento que escuchó a una de sus compañeras gritar. Se hizo una pequeña bola en su asiento y escondió la cabeza entre sus piernas. Tenía miedo, mucho miedo. En su mente apareció la imagen de Ace siendo mordido por aquel cadáver que tanto los había acosado en vida. Luego apareció la imagen de Luffy cuando, al salvarla, había sido mordido. Los padres de aquellos niños que había salvado en Maizuru siendo ejecutados a sangre fría. Las manos comenzaron a temblarle. ¿Cómo demonios iba a disparar de esa manera?
- Nami... - Oyó a lo lejos - Nami, reacciona - La voz cada vez se escuchaba más cerca - ¡Nami! -
Sus ojos se abrieron como platos y divisó a un joven de cabellos rubios que le tendía la mano. En el momento que la mujer se puso de pie para caminar hacia él, notó que seguía aturdida.
- Tenemos que dirigirnos a los edificios, órdenes de Zoro -
Ella asintió, nerviosa. Comenzó a caminar hacia él. Al menos tendría a alguien en quien apoyarse mientras corrían. Estando sola, era muy vulnerable.
Estiró su mano, con la intención de aceptar su ayuda. Pero cuando estuvo a punto de rozar su piel, un zombi salió de la nada y mordió el cuello del hombre. Sus ojos se abrieron como platos mientras el alma escapaba de su cuerpo. Tenía la vacuna, si. Pero una mordida como esa en la vena más importante de su cuerpo era una muerte asegurada. Nunca podrían detener el sangrado a tiempo.
Al notar que los bichos se abalanzaban sobre el pobre joven, el estómago de Nami se cerró. Se tiró hacía atrás esperando que esas cosas no notaran su presencia. Dos pasos y el tercero, chocó contra una de las cajas que habían caído del avión. Cayó de espaldas, golpeando su columna contra la chapa del coche. El chillido no pudo evitar escapar. Pero había algo más importante que preocuparse por su dolor. Sus pupilas comenzaron a temblar en el momento que vio que esas cosas intentaban subir a la caja de la camioneta. Fue cuestión de segundos, pero una de las cosas logró trepar por los cuerpo de sus colegas y logró llegar. Nami soltó un grito y tomó el arma con ambas manos. Estaba actuando sin pensar, segada por los nervios. Comenzó a disparar, sin apuntar, sin siquiera racionar la cantidad de balas que tenía. Los oídos se entumecieron mientras que sus manos intentaban abarcar todo el espacio posible. Sin embargo, el hecho de no apuntar logró que al único zombi que había logrado subir, no le diera en la cabeza. Sino en su pecho. El muerto siguió avanzando, sin piedad. Pero el verdadero terror afloró en su piel cuando gatilló y ninguna munición salió. ¡Se había quedado sin balas!
Intentó ponerse de pie. Pero era complicado. En una mano tenía el arma, entre sus piernas estaba la caja. Y la presión de la situación no cooperaba. Volvió a soltar un grito. No quería morir, no todavía. Tenía muchas cosas que hacer. Cerró sus ojos con fuerza. Al menos, pensó, moriré como una heroína. No como una carga.
Un disparo resonó en sus oídos y oyó el pesado cuerpo del zombi cayendo inerte sobre la camioneta.
Abrió los ojos de golpe. Las cabezas que habían aparecido de golpe, habían desaparecido. Notó que Luffy pegaba un salto y corría hacia ella. Estiró su brazo y la tomó de la mano, ayudándola a ponerse de pie.
- Lu... Luffy... - Murmuró intentando mantener el pulso firme.
- Tenemos que irnos, ahora - Soltó sin siquiera mirarla a los ojos.
El hombre jaló de ella. Necesitaban irse a un lugar seguro. La horda que había aparecido era demasiado grande para un grupo tan reducido de personas. Antes de saltar, el morocho verificó que no hubiera muertos a los alrededores. Todos parecían haberse dispersado siguiendo al resto de los soldados. Luffy pegó un salto y la tomó de la cadera, la bajó con cuidado y desvió la mirada hacía el joven soldado que acaba de ser mordido. Sus ojos estaban pálidos y su cuerpo se movía espasmódicamente. No había duda, lo habían perdido. Sacó su arma y le pegó un tiro en la cabeza. Había sido un gran hombre, había sacrificado su vida para salvar a un camarada. Era muy simple dejar a una persona con un ataque de pánico y escapar. Y él estaba eternamente agradecido por eso. Pero no volvería a alejarse de Nami. La única razón por la que había decidido esconderse en aquella caja era para verificar que estuviera sana y salvo. Confiaba en Zoro sí, pero sabía que el peliverde tenía la carga de liderar aquel grupo. No quería agregar algo más a la lista. La tomó de la mano y comenzó a correr. Necesitaban subir a algún otro lado, algún lugar seguro. Escuchó varios gritos, disparos y aullidos. No podía detenerse ni un segundo. Cuando cruzaron una esquina, notó que un muerto se acerca a gran velocidad. Volteó con agilidad y le disparó en la frente. Bingo. El cuerpo cayó petrificado y ellos continuaron.
Dada a la tensión en la mano de la pelinaranja, notó que todavía seguía en shock. Tenía que ser sus ojos, era la única manera de que sobreviviera.
Llegaron a un edificio que parecía ser un hotel de cerca de veinte pisos. Debido al sonido, Luffy supo que una gran horda los perseguía. Afortunadamente esas cosas habían perdido la capacidad de correr como seres humanos vivos... Sino posiblemente estuvieran todos muertos. Ingresaron los la puerta de vidrio y soltó a la mujer para cerrar la puerta. Tomó ambas perillas y las sostuvo con fuerza mientras las bestias se pegaban al vidrio. Los tendones de sus brazos comenzaron a sobresalir de su músculo. No aguantaría esa presión mucho tiempo. Alzó la cabeza por su hombro y contempló a la mujer.
- ¡Nami! -
Los ojos de la joven se movieron desorbitados hacía él.
- Nami, necesito que traigas algo para trabar esto - Soltó un quejido cuando sintió su cuerpo chillar bajo su piel - ¡Rápido! - Al notar que la mujer no reaccionaba, tomó todo el aire que pudo - ¡NAMI! -
La mirada volvió a sus ojos. Su consciencia retomó el poder de su cuerpo. Asintió con velocidad y comenzó a correr. Necesitaba algo, algo que sirviera para trabar una puerta... Se acercó a la recepción del hotel y dio vuelta el escritorio. Tenía que encontrar algo útil. Al no encontrar nada, se giró y corrió al gran comedor. Allí tendría que haber algo.
- Maldición... Maldición... - Murmuró al no poder encontrar algo.
Se giró con brusquedad y divisó la única silla de madera. Estaba en la cocina, posiblemente lo usaran los chefs para tomar un merecido descanso de cinco minutos antes de que el siguiente pedido ingresara. Atravesó el mostrador y empujó la puerta con ambas manos. Apoyó el arma en la mesada y tomó la silla. Respiró dos veces y la arrojó con todas sus fuerzas hacia el suelo. La madera cedió y se partió en varias partes. Tomó un palo y agarró el arma desde el cañón. Tenía que llegar antes de que Luffy cediera ante la presión.
Estaba donde lo había dejado. Nami se acercó a gran velocidad y colocó la madera de tal manera que actuara como traba en las perillas.
Ambos se alejaron varios pasos hacia atrás. El morocho estaba agotado, engulló aire con desesperación y apoyó sus manos en las rodillas.
- ¿Crees que aguantará? - Preguntó la mujer sin quitar la mirada del vidrio.
- No... - Luffy alzó sus ojos y notó que el vidrio comenzaba a agrietarse. La tomó de la mano - ¡Vamos! -
Hacía meses que no andaba la electricidad, por ende, tomar el ascensor era inútil. Comenzaron a subir por las escaleras de caracol. Primer piso, segundo piso. Fue en el tercero cuando un zombi apareció caminando por los pasillos. Al divisaros, comenzó a avanzar. El morocho apuntó y lo mató a sangre fría. Si es que se podía decir matar a un zombi. Continuaron escaleras arriba. Ya encontrarían la manera de bloquearles el paso. Por el momento lo único que podían hacer era seguir escalando. Pero subir veinte pisos por escalera, y con la agitación que ellos poseían, no era nada fácil. Llegaron al sexto piso agotados. Al percatarse que la pelinaranja se desplomaba en el suelo, el morocho frunció el ceño. Ya no podía seguir el ritmo. La ayudó a ponerse de pie y la guió hasta una de las habitaciones. Intentó abrir la primera puerta, estaba cerrada. La segunda también. Igual la tercera. Pero finalmente, la puerta de la habitación 608 cedió. Ingresaron dando fuertes bocanadas de aire y Luffy se encargó de cerrar la puerta a sus espaldas. El pecho de Nami se hundía e hinchaba con violencia. Impulsivamente, la abrazó. Ella apoyó su cabeza en el hombro del morocho.
- Lo siento - Susurró - Al final... Siempre termino siendo una carga... -
- ¿Carga? - La tomó por los hombros y la separó de su cuerpo para poder mirarla a los ojos - Tu no eres una carga -
- El chico que murió... - Juraba haber visto el alma abandonar su cuerpo.
- Zoro y tu son los encargados de que esto funcione - Frunció el ceño y posó sus oscuros ojos en ella de manera fija - No eres una carga, es tu responsabilidad vivir -
- Pero... - Eso no le quitaba la inutilidad.
Antes de que pudiera seguir hablando, cerró sus labios con un beso. Los ojos de la pelinaranja se abrieron como platos. Anhelaba eso desde hacía tiempo, pero se había negado a aceptarlo.
- Tenemos que seguir con el plan - Su tono se había vuelto serio - Osaka tiene que caer -
Ella asintió. Su determinación la había vuelto en sí. Luffy tenía razón, Osaka tenía que ser recuperado. Lo antes posible. Un vez que la segunda ciudad más poblada de Japón estuviera en manos humanas, tendrían que tomar Kioto. Allí esperarían que los grupos de Fukouka e Hiroshima avanzaran hasta encontrarse con ellos. Y una vez que los grupos de Sapporo Y Sendai se agruparan al norte, avanzarían al sudeste. Todos juntos. Y tomarían la capital. A como dé lugar.
Luffy se giró sobre su propio eje y contempló la pequeña nevera del hotel. Se apresuró y tomó las botellas de agua que todavía estaban allí, estaban calientes pero al menos servirían para calmar la irritación de sus gargantas.
- Bebe - Le tendió la botella - Vamos a tener que buscar la manera de salir -
Nami dio un largo sorbo. Al menos, ahora podía hablar sin que le raspara la garganta. El morocho terminó el agua de un solo trago, aun le dolían los brazos de toda la fuerza que había hecho momentos antes. Acto seguido, caminó hasta la ventana más cercana y la abrió para poder asomarse. Como lo pensaba, la calle principal estaba completamente atestada de zombis, sin embargo... Hacía el otro lado, parecía estar vacío, analizó el pequeño callejón que separaba el hotel del otro edificio, las posibilidades de correr eran muchas. Cuanto menos espacio hubiera, menos cosas los correrían. Un grito desgarró el aire, helando la sangre de ambos. La mujer corrió hacia él y se asomó en busca del sonido. Pasearon con la mirada desesperados, hasta que por fin notaron que el descontrol venía del edificio que estaba fente a ellos. Nami se percató de que apenas estaban un piso más abajo. A través de la cortina, divisaron una joven que intentaba luchar contra una bestia. La muchacha no debía tener más de catorce años. Al afilar la vista, divisaron que también había dos menores más. Oyeron el llanto de un bebé e intercambiaron una mirada.
- Tenemos que hacer algo - Comentó la pelinaranja seria.
Luffy sonrió. Al fin había recuperado su color.
- Bien, quédate aquí -
El hombre contempló por la ventanilla que el departamento donde se encontraban las personas, tenía un balcón. Trepó por la ventana y contempló hacía la derecha. Afortunadamente, el edificio era viejo por lo que tenía un pequeño camino de cemento que decoraba todo el piso. Eso le ayudaría para llegar a la otra punta. Se agarró de la ventanilla y comenzó a caminar por el borde de la edificación.
- ¿Qué haces? - Los ojos de la pelinaranja se abrieron como platos.
- Confía en mi - Murmuró intentando retener el aire lo mejor posible.
Si caía de ahí, moriría al instante. Y si tenía menos suerte, viviría para sentir como era desgarrado por los dientes de esas cosas. Tragó saliva y aceleró el paso. En una situación como esa tenía que tomarlo con calma, pero... Oyó otro grito. Aquellos niños podían morir en cualquier momento. Llegó a la ventana de la habitación siguiente. Intentó abrirla, pero al estar trabada, la pateó con tanta fuerza que rompió el cristal luego de pocos intentos. Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero se agarró con fuerza e ingresó en la habitación de al lado. Desde allí podría... O al menos eso esperaba. Una vez dentro, destrabó la ventana y la abrió. varios vidrios cayeron al suelo cual dientes de niños pequeños y contempló el edificio de en frente. Tenía que dar el salto perfecto, ni más ni menos. Volteó a pararse en el borde de la ventanilla, tan cerca que sintió como sus dedos del pie quedaban completamente suspendidos en el aire. Si una ventisca sacudía su cuerpo en ese momento, caería al vacío. Cerró los ojos, tenía que concentrarse. No perder la calma. Otro grito le heló la sangre. Fue en ese momento cuando su cuerpo reaccionó solo. Pegó el salto. Su cuerpo sintió el vértigo de la incertidumbre por varios segundos, hasta que sus manos se agarraron de la baranda del balcón. Sintió el jalón de sus cuerpo y se mordió el labio inferior para no gritar de dolor. Había estado a punto de romperse ambos brazos, otra vez. Sus bíceps se expandieron de manera dolorosa. Aun tenía que bajar un piso. Con ayuda de sus piernas, tambaleó su cuerpo hacía delante y hacía atrás. Calculó el exacto momento que estaba sobre el balcón del piso cinco y se soltó. Cayó mejor de lo que esperaba y enderezó con velocidad. Se arrimó a la gran puerta de crital que lo sepraba de aquellas personas, pero estaba completamente cerrada. Hizo fuerza, esperando poder destrabar la perilla. No hubo caso. Dos zombis tenían acorraladas a tres niñas. La mayor, quien sacudía un palo de escoba con la esperanza de aullentar a la bestias, la mediana que ocultaba su rostro con ambas manos y una pequeña beba de pocos años de vida, quien lloraba acostada en el suelo. Al percatarse que las tres eran menores de edad, la desesperación aumentó. Comenzó a patear la puerta con el fin de romper el cristal, pero el vidrio era de mejor calidad. Apenas se agrietó.
- ¡Maldición! - Exclamó.
Golpeó el vidrio con energía. Necesitaba abrirlo a toda costa. De tanto golpear, notó que la mediana, una niña que por la estatura debía tener siete años, alzó la mirada. El morocho se agachó y comenzó a hacerle señas para que se acercara. Ella negó con la cabeza.
- Vamos, tienes que venir - Dijo con la mandíbula tensa - Vamos, niña -
Siguió insistiendo. Si la pequeña no abría la puerta, las tres morirían. Notó que el palo de la mayor se partió al medio. ¡Maldición! Rápidamente metió la mano en su bolsillo, sacó un caramelo. Recordaba que Kaya se lo había dado para recuperar el azúcar luego de tanta sangre extraída. Se lo enseñó a la niña y le hizo señas. Si se acercaba, le daría el dulce. Los ojos de la pequeña se iluminaron enigmáticamente. Había funcionado. Estiró sus delgadas piernas y se acercó dando ligeros pasos.
- Destraba la puerta - Gesticuló para que le entendiera.
- Caramelo - Leyó sus labios.
- La puerta -
El morocho señaló la trabaja, y le hizo señas para que la girara. La niña estiró sus manos y tomó la perilla. En el momento que escuchó el click de la traba, abrió la puerta e ingresó. Sacó su cuchillo y lo clavó en el primer zombi. El hombre que parecía haber sido mordido en el hombro cayó, luego giró y mató a la mujer antes de que pudiera tocar a la joven. Los dos cuerpo se desplomaron en el suelo y escuchó el suspiro de la mayor de las niñas. Contempló los cadáveres fijamente y volteó hacía ellas. La adolescente había apoyado la espalda contra la pared y había dejado su cuerpo caer al suelo. Luffy soltó un suspiro, si algo como eso había sido traumático a su edad, no podía imaginarse como debían sentirse esas niñas. Sintió que le jalaban del pantalón y al girar, notó la mirada penetrante de la mediana. En silencio, estiró su mano y pidió que se le entregara lo suyo: El caramelo. Él sonrió y lo apoyó con cuidado. Volteó hacia la mayor.
- Gracias... - Murmuró ésta.
El hombre la contempló fijamente. Tenía los cabellos negros, despeinados del forcejeó.
- No es nada - Sonrió y posó sus ojos en la más pequeña del grupo, seguía llorando - ¿Es tu hermana? -
- Desafortunadamente - Puso los ojos en blanco.
Se mordió la lengua para no decir nada más. Él había perdido un hermano, y hubiese dado todo en la vida para poder recuperarlo. No podía creer que hablara así de una bebé. Caminó y la tomó en brazos. No tenía idea de como cuidar un niño de esa edad, pero el instinto le hizo comenzar a hamacarla. A los pocos segundos la niña dormía profundamente.
- ¿Han estado aquí mucho tiempo? - Preguntó al notar que la casa parecía estar impoluta.
- Siete meses - Comentó mientras se ponía de pie - Esos eran nuestros padres -
Sus ojos se ensombrecieron. ¿En verdad había matado a los padres de esas niñas? Tragó saliva y desvió la mirada hacía la niña quien no paraba de masticar su dulce. Ni siquiera se había inmutado ante la muerte de sus padres... ¿Cuanta muerte había tenido que ver en sus ojos para no sentir el más mínimo dolor?
- ¿Y tu? - La mayor alzó una ceja - Nunca te he visto por aquí -
- Venimos de Maizuru - Comentó echando un vistazo a la cocina - Del refugio -
- ¿Refugio? - Sonó irónico - ¿Los malditos del gobierno que protegen su trasero mientras el resto muere en esta apocalipsis? -
- Algo así, aunque no somos del gobierno - Dejó escapar una mueca para caerle bien - Ellos siguen resguardando su trasero -
- Tienes un punto a favor - La joven tomó una lata de gaseosa que había encontrado en su última expedición y lo señaló - Y dormiste a Connie, otro punto a favor -
Luffy contempló al bebé quien emitía pequeños ronquidos. Ellos eran el futuro de todo esto.
- Estamos intentando recuperar Japón - Ni él esperó que eso escapara de sus labios.
- ¿Con esas cosas sueltas? No tendrán mucho éxito - El rostro inexpresivo daba indicios de que había optado por dejar la sensibilidad de lado.
- Tenemos una vacuna - Agregó mientras estiraba su brazo para mostrarle la mordedura vendada - Me mordieron hace meses, sigo aquí -
Notó en su mirada, cierta curiosidad.
- Y supongo que esa vacuna esta reservada para los ricos -
- No, yo mismo me aseguré que esta vacuna se entregara a todos los sobrevivientes del mundo - Dijo con firmeza.
- ¿Y no vas a pedirme nada a cambio? - Alzó la ceja de nuevo. Aquella joven tenía futuro como actriz, sabía perfectamente como transmitir sus emociones - ¿Sexo? ¿Comida? ¿A las niñas? -
- Lo único que quiero es que vengan con nosotros - Su rostro se tornó serio - Tenemos comida, armas, transporte. Podemos ayudarlas -
- Eso es lo que dicen todos - En algún momento de su vida, la había herido.
- Te prometo que no somos así -
Sintió como jalaban su pantalón de nuevo. El hombre volteó y divisó la gran sonrisa de la niña.
- ¿Más? - Preguntó con su voz chillona.
- Sakura, deja de mendigar -
- Hay más de donde vengo - Se giró hacía la mayor - En verdad puedo ayudarlas. Mis compañeros y yo estamos intentando liberar Osaka -
Un gran silencio calmo el ambiente. Luffy recordó que Nami había quedado en el otro departamento. Se acercó a la ventanilla y la vio con la mirada posada en él. Alzó un dedo en señal de que todo estaba bien y le enseñó la niña. Ella asintió y el señaló la calle principal, los bichos comenzaban a dispersarse. El morocho contempló la situación por unos segundos, si querían salir, ese era el momento. Le hizo señas a la mujer para que bajara, pero con cuidado. Se encontrarían en la calle trasera. Allí donde el área estaba despejada.
- Tengo que irme - Dijo mientras le tendía la bebé a su hermana mayor.
La joven negó con la cabeza.
- Nos prometiste una cura ¿Verdad? -
Una gran sonrisa apareció en su rostro. Claro que lo había prometido, y cumpliría con lo dicho.
- Hermana - La pequeña que parecía llamarse Sakura, posó sus ojos en la mayor - ¿Vamos a ir con el señor de los caramelos? -
- ¿Qué otra cosa podemos hacer? -
Salieron por la puerta con sumo cuidado. La madre de la niña había enfermado días anteriores a su transformación a causa de una infección causada por un corte profundo, ésta se había transformado y luego, había mordido al padre. Ellas se habían salvado puesto que su padre la había detenido lo suficiente como para que Harano tomara la escoba. Si no, no hubiesen podido contar la historia. Eso significaba que no había zombis en el edificio, o al menos eso esperaban.
Luffy cargaba a la pequeña Connie mientras bajaba a toda velocidad. Sabía que Sakura daba pequeños pasos, sus piernas eran cortas y delgadas. Pero pese a que Harano parecía ser una hermana desagradable, tenía la suficiente paciencia como para ayudarla a ganar velocidad.
Llegaron a la planta baja. Todo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, pensó Luffy mientras examinaba el ambiente con el ceño fruncido. Salieron por la puerta trasera y al divisar a la pelinaranja, corrió hacía ella.
- Nami -
- Luffy - Sus ojos se posaron en la bebé - ¿Quienes son? -
- Son unas hermanas - Bajó la voz intentando que no escucharan - Acabo de matar a sus padres -
- Oh... - Apenada, estiró sus brazos y tomó a la bebé - Son muy lindas - Susurró - Me llamo Nami - Les regaló una sonrisa.
- Soy Hanaro - La mayor desvió la mirada.
- Yo Sakura - Sonrió la niña mientras alzaba su brazo de manera energética - ¿Tienes dulces? -
- ¿Dulces? - Preguntó Nami curiosa.
- Y ella es Connie - Agregó Luffy - Oi, no podía dejarlas ahí... -
- Lo sé - Sonrió, no había dudas. Era un gran hombre. Tenía un corazón completamente dorado y por eso, lo amaba - Tenemos que darles la vacuna -
- Si... - Asintió con el rostro.
- Entonces si existe la vacuna - Hanaro posó sus grandes ojos en Nami.
- Claro que existe - Dijo casi ofendida - La cura estaba en su sangre - Señaló al morocho.
La muchacha desvió su mirada hacía Luffy, completamente pasmada. Lo analizó de pies a cabeza. ¿En verdad la vacuna había sido creada a partir de la sangre de ese hombre? Sus padres siempre le habían dicho que no confié en nadie, que hiciera lo que sea por mantener a ella y a sus hermanas a salvo, y siempre había desconfiado, siempre se había aprovechado de los extraños con el fin de sacar algo, algo bueno. Había entregado todo, comida, su cuerpo, armas, lo que sea. Todo con tal de darle un mejor futuro a sus dos pequeñas hermanas. Pero esta vez era diferente, esta vez sentía algo de confianza. El hombre había aparecido de la nada y las había ayudado, había calmado a Connie y había logrado que la niña duerma. Incluso sin conocerlo, se había ganado la confianza de su hermana.
- Bien, vamos - Dijo la pelinaranja mientras buscaba la calle donde habían dejado los tanques.
- ¡No, espera! - Exclamó Luffy.
Los ojos del hombre se posaron en los cielos.
- ¿Qué sucede? - Preguntó la pelinaranja con el ceño fruncido.
- Silencio -
Oyeron el potente sonido de una avioneta. Demasiado cerca del suelo como para tratarse de un simple vuelo. Al poco tiempo divisaron el vehículo aereo, los ojos de Luffy se dilataron. Volteó con brusquedad y tomó a Sakura en brazos.
- ¡Corran! -
El hombre salió disparado hacía el interior del edificio, y las mujeres lo siguieron sin terminar de entender que era lo que estaba pasando. Pero no se detuvieron a contemplar el paisaje. Ingresaron dentro de la estructura de concreto justo cuando la bala impactó a varios metros de donde estaban. La onda expansiva sacudió las paredes. Las tres mujeres soltaron un gran grito en el momento que cayeron al suelo, y Connie comenzó a llorar desconsoladamente.
- ¡Cuidado! - Exclamó el hombre al notar que los primeros cascotes comenzaban a caer.
Dejó a Sakura en el suelo y se colocó sobre ella, un pedazo de techo cayó en su espalda y retuvo las ganas de gritar. Cuando el temblor pasó, alzó su mirada. Nami sostenía a la pequeña con todas sus fuerzas, cubriendo el frágil cuerpo del bebé con sus brazos. Giró hacía la mayor de las hermanas, se había quedado boca abajo para evitar golpes en el rostro.
- ¿Están todas bien? - Preguntó mientras se ponía de pie.
- ¿Qué fue eso? - Hanaro se enderezó.
- Akainu... - Murmuró Nami mientras la ira trepaba por su espalda - Después de todo... Lo hiciste, maldito -
La mujer recordó el momento donde el almirante había propuesto bombardear las ciudades. Estaba furiosa, completamente furiosa. Tomó el comunicador portátil y apretó el botón.
- ¡Sengoku! - Exclamó al aparato.
- Nami ¿Está todo bien? - Oyó del otro lado.
- Están bombardeando Osaka - En la lejanía se podía escuchar más proyectiles.
- ¿Bombardeando? -
- Dile a Akainu que pare esta locura - Apretó el aparato con fuerza, tanto que estuvo a punto de romperlo - Casi nos mata, todavía hay gente aquí viva -
- No puede ser... - Susurró - Iré a hablar con él ahora mismo -
La comunicación se perdió. La mujer soltó un suspiro.
- Ese tipo es un idiota - Soltó el morocho.
- ¿Qué haremos ahora? - Hanaro se sentó a su lado.
- Tenemos que buscar la manera de volver con el resto, a toda costa - Luffy posó los ojos en Nami.
No había alternativa. Tenían que regresar. Si alguno de sus compañeros habían sobrevivido, todos se encontrarían del otro lado, junto a las camionetas. Junto a las vacunas.
Hasta aquí hemos llegado. Espero que les haya gustado, estaré ansiosa por leer los comentarios.
¡Nos leemos pronto!
