XXVI
Para cuando terminó la entrevista con Edward Elric, Roy Mustang se había dadocuenta que frente a él había tenido a un joven completamente especial; sus hazañas, aunque completamente ilegales, eran sorprendentes. A ese chico y a su amigo, Alfons Heiderich, no les esperaba un futuro prometedor.
Era extraño, Roy llevaba años en el servicio militar, jamás había cuestionado las decisiones de sus superiores, nunca había tenido problemas en liquidar a quien fuera; sin embargo, Edward Elric tenía algo único que le hizo dudar, en él encontraba una especie de familiaridad imposible de creer.
Eso le preocupó. Siempre había sido un hombre frío, para él, los sentimentalismos en su trabajo estaban fuera de lugar.
Guiado por esos extraños sentimientos, entró a la celda de Alfons Heiderich, quien, muy al contrario de su visceral "amigo", supo responder a cada pregunta con serenidad; Roy ni siquiera se molestó en provocarle, sabía que no funcionaría, al mismo tiempo estuvo seguro que el Heiderich sería capaz de echarse la culpa si con ello mantenía libre a Elric, tal vez hasta sería capaz de morir por él.
Roy ya no sólo sintió familiaridad, estuvo conmovido por ese par y sus acciones; definitivamente eso no le estaba gustando, sabía que eran hombres condenados, aquellas entrevistas no eran más que simples formalismos, incluso las promesas hechas a Edward Elric eran falsas, hechas sólo con él fin de hundirles más en el pozo en el que se encontraban.
-Fue lo correcto -le soltó de repente Heiderich antes de que abandonara la celda- usted nunca ha preguntado porque lo hicimos. Lo hicimos porque es lo correcto, ambos lo creemos así, sin embargo...
Roy no quiso escuchar más y salió, si esa iba a ser el acto de amor de Heiderich para salvar a Elric no quería escucharla.
Y mucho menos cuando ese par de extraños comenzaba a agradarle, aun sin razón aparente.
