CAPITULO 24

¿He cometido una locura? ¿Es una muestra de mi egoísmo el reclamarla una vez más para mí después de haberle dado la libertad?

Pero si una vez le juré amor eterno, ¿no estoy en el derecho de cumplir mi palabra?

Egoísmo o derecho… ¿Cuál es el camino de la rectitud?

Quizá de saberlo no me importaría.

Todo cuanto puedo saber en este momento es que no me echaré atrás.

Fragmento del diario de Albert Andrew.

Candy observaba fijamente el sol alzándose por el horizonte desde el alféizar de su ventana. Apenas podía creer lo sucedido la noche anterior. ¿Albert realmente le había pedido matrimonio o tan sólo había sido un sueño? No, no podía ser un sueño, se recordó, palpando las marcas rosadas en su cuello, la huella que los besos de Albert habían dejado sobre su cuerpo. Una sonrisa enmarcó sus labios al recordar la noche anterior.

Albert había sido tan tierno con ella, cariñoso de un modo que jamás creyó podría llegar a ser un hombre. Todavía se estremecía al recordar el momento en el que le dio el sí; él la había abrazado con fuerza y la había besado hasta que sus labios se hincharon. La había tomado en sus brazos y llevado a la cama, donde le hizo el amor lentamente una y otra vez, hasta que el sueño los venció.

Ya anochecía cuando Albert la llevó de regreso a su propia habitación y se había quedado a su lado hasta la madrugada, como siempre, antes de regresar a sus aposentos, librándola de ese modo del escrutinio de los miembros de la familia y el servicio de la casa.

Aún era muy temprano y apenas había pegado ojo, pero Candy no había podido volver a dormirse. Su mente y su corazón yacían allí donde Albert estuviera.

Él había prometido volver a primera hora de la mañana y prácticamente había tenido que encerrarse en su propia habitación para contenerse de las ansias de salir en su busca, impaciente por verlo otra vez.

Le amaba. Lo había hecho desde el primer momento, al sentir sus fuertes manos tomando la suya, sus intensos ojos fijos en su mirada. Albert Andrew, le había robado el corazón sin que ella se diera cuenta y ahora era demasiado tarde para echarse atrás… Si es que todo resultaba ser verdad, y no una mera jugarreta de su mente enferma…

—Deberías estar durmiendo en tu cama —escuchó una profunda y suave voz a su espalda.

Con un sobresalto se dio la vuelta, sorprendida de encontrar a Albert de pie en el umbral. Una vez más no lo había escuchado llegar. Ese hombre tenía el paso sigiloso de una pantera.

—Buenos días —lo saludó con una sonrisa tonta en los labios. Y no le importó. Lucía como una mujer enamorada, es lo que era. Y con el corazón rebosante de alegría, se sentía feliz de serlo. Enamorada como en tantas ocasiones soñó llegar a estarlo. Y no iba a dejar pasar la menor oportunidad para sonreír.

Albert se quedó boquiabierto al verla. Bien podría morir y llegar al cielo y no habría puesto la menor réplica. Delante de él se encontraba Candy vestida únicamente con un ligero camisón blanco de dormir. El brillo de la aurora la iluminaba igual que un ángel, resaltando la belleza natural de la mujer que siempre había amado.

Su cabello dorado y alborotado caía en cascada sobre sus hombros, enmarcando sus mejillas sonrosadas y esa sonrisa capaz de robarle el aliento de por vida.

Pero sin duda lo que más amó de ella en ese momento fue notar el brillo de sus ojos al mirarlo a él.

Ese brillo que él mucho tiempo atrás había despertado, y ahora, tantos años después, volvía a aparecer para él.

Sólo para él. Sin dudarlo, atravesó la distancia que los separaba y la tomó entre sus brazos, devolviéndole el saludo con un beso apasionado.

—¿Has dormido bien, mi dulce esposa? —le preguntó, dejando un reguero de besos por la línea de su mandíbula, bajando por su cuello hasta sus hombros.

—Aún no estamos casados —Candy se sintió derretir entre sus brazos cuando él ahuecó una palma en su pecho por encima de la tela de su camisón, prometiendo un deleite que no tardaría en llegar.

Candy suspiró, dejándose hacer por los hábiles dedos de Albert, llevándola a las nubes con su solo roce. Habían pasado todo el día anterior y buena parte de la noche haciendo el amor y no conseguía saciarse de él. Lo deseaba nada más verlo; su sola mirada encendía en ella un fuego tan intenso que le era imposible de controlar, y que sólo Albert era capaz de avivar y llevar hasta la combustión más extensa y exquisita, haciéndola arder de pasión hasta convertirse en cenizas y luego renacer una vez más, más fuerte y llena de vida, igual que un fénix.

—Hay un sitio al que me gustaría llevarte hoy —le dijo Albert al oído, sin dejar de besarle el sitio oculto tras la oreja, que bien sabía, provocaba que Candy se encendiera en sus brazos.

—¿Es un sitio especial…? —preguntó ella con un hilo de voz, incapaz de articular palabra o pensar con cordura cuando él la trataba con tal devoción.

—Un sitio donde podremos estar a solas, sin que nadie nos moleste…

—Eso suena muy tentador —Candy se sentía desbordar de felicidad, envuelta en el poderoso y cálido abrazo de Albert. Habría jurado que estaba soñando de no ser porque de pronto escuchó una risa infantil que le puso los pelos de punta.

Con los ojos desmesuradamente abiertos, se giró en busca del sonido, esperando encontrar al pequeño Anthony. Sin embargo, no fue al fantasma travieso al que vio correr directamente hacia ellos, sino a una preciosa niñita de grandes ojos azul claro y cabello rubio muy rizado.

—¡Hola Daisy! —la saludó Albert, quien parecía tan sorprendido como ella al ver a la pequeña, pero al contrario que Candy, su sorpresa mudó al instante siendo reemplazada por la alegría.

Sin duda esa niña era capaz de sacar luz del rostro de Albert, con sólo verla él irradiaba alegría, igual que un sol.

Un día sería un padre excelente…

—Candy, te presento a mi pequeña sobrina, Daisy. Mailen en realidad. Aunque nunca la llamamos así, para nosotros es nuestra pequeña Daisy —le dijo Albert, forzándola a prestarle atención y dejar de lado los pensamientos dolorosos—. Daisy, ella es Candy, tu tía, ¿no te parece preciosa? —le preguntó, inclinándose hacia la pequeña con los brazos abiertos. La niña rio, lanzándose a los brazos de su tío a la carrera, sin aminorar la velocidad en ningún momento, provocando que, a pesar de su pequeño tamaño, Albert se tambaleara hacia atrás cuando sus cuerpos colisionaron.

La niña, lejos de preocuparse, rio a carcajadas, envolviendo con sus risas a Candy y a Albert, quienes no dudaron en reír también a sus anchas.

—Es divina —convino Candy, arrodillándose ante ella, sonriéndole encantada con su presencia. Siempre había adorado a los niños, y esta pequeña tenía algo especial, algo inexplicable, que le resultaba encantador—. Yo soy Candice

—Tía Candice —corrigió Albert—. O sólo tía Candy.

Candy sonrió, encantada con ese detalle de su parte.

Albert besó a la pequeña en la sonrosada mejilla, provocando que la pequeña riera de nuevo.

—¡Ahí estás, pequeña traviesa! —Se volvieron al escuchar el grito de Stear desde la puerta—. ¡Daisy, si sigues desapareciendo de ese modo, vas a provocarme un infarto! Oh, lo siento… —los ojos de Stear se abrieron como platos al percatarse de la presencia de Candy en la habitación, vestida únicamente con un camisón de dormir—. No quería importunar, buscaba a Daisy… —se dio la vuelta tan rápido como si pisara brasas ardientes, cubriéndose los ojos con un brazo—. ¡Vamos, Daisy, vayamos al jardín!

Daisy corrió a estrechar la mano que su padre le tendía a ciegas, y juntos abandonaron la habitación tan rápido como las piernas de Stear le permitieron, quien, tomando a su hija en brazos, salió prácticamente a la carrera, murmurando disculpas al aire.

Candy contuvo una risita, observando la sonrisa en el rostro de Albert, a pesar de que él intentaba mantenerse sereno.

—Será mejor que te vistas y bajemos a acompañarlos antes de que a mi hermano le dé realmente un infarto —dijo él, besándola fugazmente en los labios.

—Está bien, estaré lista en un par de minutos.

—Tómate tu tiempo. De cualquier manera, Stear lo necesitará para calmarse y a mí para explicarles a todos nuestra nueva situación.

—¿Te refieres a lo que hablamos anoche? —una chispa de ilusión apareció en sus ojos.

Albert sonrió, besándola una vez más, en esta ocasión de forma prolongada y apasionada. Y Candy no necesitó más respuesta. Unos minutos más tarde, ataviada con un hermoso vestido color granate, préstamo de Rosmary. Candy caminaba del brazo de Albert rumbo a la terraza, donde los demás miembros de la familia los esperaban tomando el té.

—¡Candy, Albert, al fin llegáis! —los recibió Rosmary—. Me alegra que estéis aquí. Strar se muere de ganas por decir algo.

—Sí, yo, ehm… —Stear carraspeó, poniéndose torpemente de pie— Mis disculpas, Candice, por el encuentro anterior. No pretendía ser indiscreto.

—Ya está olvidado, Stear. Por favor, no te disculpes más. Y llámame Candy —ella sonrió, conmovida al verlo tan nervioso.

Él la miró por primera vez a los ojos, haciendo un leve asentimiento de cabeza como respuesta.

—Bien, todo arreglado —intervino Rosmary—. Pobre Stear, no te había visto ponerte tan rojo desde que descubriste que a Pauna le habían crecido los pechos y necesitaba usar un corsé.

—¡Rosmary! —gritaron al unísono Pauna y Stear, ambos tan rojos que hacían una pareja perfecta con el vestido que Candy llevaba puesto.

—Lo siento, a veces se me va la lengua —Rosmary hizo una mueca, apenada—. Daisy, cariño, vamos a jugar al jardín. Hagamos pompas de jabón, ¿quieres? —Le tendió una mano que la pequeña aceptó, y juntas se alejaron rumbo a los jardines.

—Me disculpo por eso —Albert le susurró al oído a Candy, retirando una silla para permitirle tomar asiento—. A veces temo que mis hermanas carecen de filtro al hablar.

—¡Oye, estoy aquí mismo! —replicó Pauna, indignada, sirviendo el té en las finas tazas de porcelana china— Candy, no creas una sola de sus palabras. Mi hermana y yo somos el vivo ejemplo de la decencia y el buen comportamiento —aseguró la joven, tendiéndole una de las tazas.

A Candy se le hizo la boca agua al percibir el aroma delicado del té humeando en su taza y el de los delicados pastelillos en la mesa. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta ese momento.

—Te faltó mencionar la discreción, que es el punto que tratamos—contradijo Albert.

—¡Albert, ya basta! Candy, sabes a lo que me refiero —Pauna le sonrió, alargando la bandeja con bocaditos para que ella cogiera uno.

—Por supuesto —contestó Candy, eligiendo un delicado pastelito de fresas con crema.

—Creo que Candy ya se ha dado cuenta de la realidad —replicó Albert—. Por cierto, no te he presentado a mi hermano debidamente—añadió antes de que Pauna tuviera oportunidad de replicar—. Él es Alistear mi hermano quien me sigue en edad. Stear ya conoces a Candy, nuestra estimada huésped, a quien esperamos tener mucho tiempo más en nuestra casa —le dedicó una sonrisa cómplice que Candy contestó con otra idéntica.

—Es un placer, Candy —Stear hizo una leve inclinación de cabeza, dedicándole una sonrisa—. Probablemente no me recuerdes. Nos conocimos días atrás, cuando tú estabas a punto de darte un baño de agua fría…

—¿Qué cosa? —Candy abrió mucho los ojos.

—Oh, disculpa por eso. Estaba de visita el día que caíste enferma y tuvieron que darte un baño con agua fría… ¡No es que haya visto nada!

—¡Stear…! —gruñó Albert.

Las mejillas de Candy se encendieron tanto como las de Stear.

—Creo que las mujeres de esta familia no somos las únicas sin un filtro —musitó Pauna tras su taza de té.

—Yo lo siento, juro que no vi nada —Stear se puso todavía más rojo.

—Stear, creo que tu té se está enfriando —masculló Albert, interrumpiéndolo.

—Mis disculpas —añadió él, cubriéndose los labios con la tacita de té.

—No tiene importancia —Candy sonrió, bebiendo su propio té, aguantando la risa que luchaba por emerger a borbotones desde lo más profundo de su interior. Un sitio que ni siquiera recordaba que existiera hasta ahora.

Desde que conoció a Albert, su vida había cambiado tanto que no podría terminar una lista detallada ni aunque acabara con el papel de todo el mundo, pero quizá, lo que más destacaba en ese momento para ella era el sentirse feliz. La prueba de ello era la sensación de la risa que había vuelto a su vida. Una sensación que la llenaba de plenitud, y que hacía tanto, tanto tiempo que no sentía, que había olvidado que existía.

Stear retomó la palabra al poco tiempo, y Candy aprovechó la oportunidad para observarlo detenidamente por primera vez. Era bastante parecido físicamente a Albert, aunque con el cabello negro, su estatura era más baja y sus ojos tenían un color azul brillante, como el mar profundo, usaba anteojos redondos se veia muy intelectual. Y a diferencia de Albert, no parecía existir ninguna máscara que ocultara los sentimientos de ese hombre, quien sonreía de oreja a oreja mientras veía a su hija correteando tras las pompas de jabón que su tía Rosmary hacía para ella.

—Es encantadora —comentó tCandy—. Tu esposa y tú sois muy afortunados.

—Sí, eh…. Gracias —una sonrisa triste apareció en sus labios—. En realidad, mi esposa falleció. Pero estoy seguro de que te agradecería el cumplido, Candy. Eres muy amable.

—Oh, Dios, lo siento tanto —Candy se llevó una mano a los labios.

—Tranquila, no pasa nada —Stear sonrió—. No es que esperara que lo supieras ni nada. Es decir, ¿por qué habrías de saberlo? No nos conocemos de nada… ¿o sí?

Albert carraspeó, interrumpiendo su conversación.

—Lo siento. Mejor cierro la boca. Sencillamente no controlo lo que digo cuando estoy cerca de ti, Candy… Es decir —carraspeó—. Oh, creo escuchar a Daisy, ¡ya voy, mi amor! —Se puso de pie con una sonrisa forzada—. Si me disculpan, mi hija me necesita.

Candy observó a Stear alejarse por los jardines con una pequeña sonrisa en los labios. No comprendía el motivo de su nerviosismo, pero algo le decía que él era una persona agradable y con el tiempo podrían llegar a conocerse mejor.

Daisy llegó en ese momento, corriendo como un torbellino y se ocultó bajo la falda de Candy.

Albert se puso nervioso, pero Candy le hizo una señal para que se quedara quieto, y riendo hizo salir a la niña con cosquillas y palabras dulces. La pequeña niña, una vez libre del enredo de enaguas en el que se había metido, se sentó en su regazo y se comió el resto del bocadillo de Candy.

Albert observó con singular cariño cómo ella cuidaba de la pequeña, mimándola al extremo, ofreciéndole otro pastelito a su elección y ayudándola a beber un poco de té sin quemarse los labios.

—Creo que le gustas —Pauna sonrió, poniéndose de pie—. Stear se pondrá muy contento.

—Es una preciosa niña —sonrió Candy, abrazándola con cariño— Un angelito…

—A ella no le gusta mucho que la abracen —le explicó Pauna cuando Daisy comenzó a revolverse en sus brazos hasta conseguir escapar de su regazo. Salió disparada a los jardines, riendo sin parar.

—Lo siento tanto, iré a por ella…

—No te preocupes, Candy, ella siempre hace eso —Pauna la tranquilizó—. Voy con ella. Disculpadme, por favor —Pauna salió corriendo tras la niña, llamándola por su nombre en vano, porque la pequeña no contestó y siguió corriendo a toda prisa.

—Albert, lo siento tanto.

—No te preocupes, Candy. Como te explicó Pauna, eso es normal en Daisy. No hiciste nada malo, al contrario, te has portado excelente con ella. Estoy seguro de que Stear estará encantado contigo.

Candy suspiró, negando con la cabeza.

—No estoy segura de que le agrade. No debí mencionar a la esposa de Strar de haber sabido… —Candy lo miró, preocupada—, no pretendía ser descortés.

—No lo has sido. No podías saberlo y, de todas formas, no has dicho nada malo. Stear lo sabe y, al contrario, estoy seguro de que está encantado contigo. Has sido muy amable con Daisy y eso es lo único que cuenta para él.

—¿Y por qué no iba a serlo? Esa pequeña es un ángel.

—Lo sé —Albert sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos—Desgraciadamente, no hay muchas personas que piensen como tú. Especialmente dentro de la alta sociedad…

—¿A qué te refieres?

—Daisy no habla, y tiene un comportamiento… peculiar.

—¿Está enferma?

—No… No lo sé, en realidad —se encogió de hombros—. No puedo decir con certeza qué tiene, he visto las mismas características en algunos pocos casos antes, pero es realmente extraño y ningún paciente es igual… Como sea, no es algo grave. Daisy es una niña muy dulce, inteligente a su manera, noble como ninguna otra persona. Sin embargo, es poca la gente capaz de percibir esa nobleza que posee.

—No puedo creerlo. Si esa niña es todo corazón —Candy frunció el ceño—. ¿Quién podría pensar algo distinto de ese dulce angelito?

—Muchas personas. Por desgracia —Albert tomó su mano—. Me alegra que tú no seas una de ellas.

—¡Por supuesto que no! Antes muerta que ser tan… estúpida —bufó, encontrando la palabra adecuada, una que no sacara colores al rostro de Albert. A veces podía ser capaz de hablar con el peor vocabulario de una taberna. Lo sabía bien: el dueño de la taberna más grande de la localidad era el cliente más fiel de su padre, y en su juventud ella había sido la principal ayudante de su padre. Escuchó muchas cosas que el delicado oído de una dama decente no debería haber oído nunca en su vida. Y quizá ella no era muy decente, porque le encantaba repetir esas palabrotas cuando tenía ocasión—. Porque no existe otra palabra para definir al que ose tratar a una pequeña tan encantadora de otra manera que no sea como a un dulce ángel.

Albert rio ligeramente.

—Tienes toda la razón —la besó en los labios—. Pero no te enfurezcas o terminarás echando humo por las orejas. Vamos, deja ese tema ya y toma tu té antes de que termines despotricando contra todos los malos corazones de la tierra. Aunque pensándolo bien, no sé si será adecuado tenerte cerca de los cuchillos de mantequilla… Te ves tan enojada que podrías usarlos como arma y salir a luchar contra el mundo entero.

—Muy gracioso —bufó ella—. Y lo haría gustosa si me topara de frente con cualquier individuo con tan poco corazón como para atreverse a decir o hacer cualquier cosa contra esa pequeña.

—Y con ello, te has ganado mi eterno respeto, querida mía —él tomó su mano y la besó en los nudillos—. Cuenta conmigo para secundar cualquier acto que desees emprender, mi valerosa guerrera.

Candy soltó una carcajada, llamando la atención de los demás que ya regresaban a tomar asiento en la mesa.

—¿De qué os reís tanto? Compartid con nosotros aquello que es motivo de tanta alegría y así podremos reírnos todos —dijo Stear muy animado, sentando a la pequeña Daisy en sus piernas.

Candy sonrió, contenta de verlo más relajado.

—Por cierto, Candy, te agradezco que trataras tan bien a mi hija. Es muy amable de tu parte.

—No hay nada que agradecer —ella no pudo evitar sentirse sorprendida, ¿cómo se había enterado?

Stear compartió una mirada con Pauna, y Candy tuvo la sospecha de que la hermana menor de la familia había tenido algo que ver en el cambio de su hermano.

—Antes de que cualquiera diga nada, Candy y yo tenemos algo muy importante que anunciar —dijo Albert, poniéndose de pie y tomando la mano de Candy con sumo afecto.

Pauna se quedó con una galleta a medio camino hacia la boca y Rosmary escupió el sorbo de té que acababa de beber.

—¡No puedo creerlo! —chilló Pauna, poniéndose de pie y corriendo a abrazarlos a ambos—. ¡Vais a casaros!

—¡Pero si todavía no lo he dicho! —gruñó Albert, fingiéndose molesto.

—¡No tienes que hacerlo, tonto! ¡Es obvio! —rio Rosmary, corriendo a abrazarlos también—. ¡Me alegro tanto por los dos!

—Pero si acabo de veros, ¿por qué no me dijisteis nada? —reclamó Stear, poniéndose de pie con Daisy en los brazos, dispuesto a unirse al momento familiar.

—Me alegro de que no lo hicieran —dijo Pauna—, no hubiera sido justo que te dijeran a ti primero que iban a casarse. La vez anterior fue a Rosmary… ¡auch!

—Oh, ¿te pisé querida? Lo siento tanto —Rosmary le dedicó una falsa sonrisa a su hermana.

—Si nos concedéis un minuto, por favor —Albert apartó a sus hermanos, de modo que quedaran ellos dos, frente a frente. Antes de que Candy pudiera comprender lo que sucedía, Albert estaba arrodillado ante ella, con un hermoso anillo de compromiso en la mano.

—Candy, amor mío, ¿te casarías conmigo? —le preguntó, mirándola con una devoción tal que le derritió el corazón.

—¡Por supuesto que sí! —Candy sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos cuando él colocó la sortija en su dedo—. Albert, no puedo creerlo… ¿cuándo has hecho esto?

—Es algo que tenía guardado —él se encogió de hombros—. Una reliquia familiar que supuse te gustaría.

Candy sonrió, volviéndose hacia los hermanos de Albert, que por algún motivo, lucían algo sorprendidos, incluso pálidos.

—¿No es la anterior sortija…?

—Pauna, es una sortija hermosa, es todo cuanto importa —Rosmary le dio un codazo en las costillas, haciéndola callar—. Vamos todos, tomemos asiento. Permitamos que los novios se relajen; en adelante tendremos mucho trabajo para planear la boda. Este puede ser su último momento de paz antes de la ceremonia.

—En ese caso, deberíamos celebrarlo — dijo Stear en tono de broma.

—Muy gracioso, Stear —bufó Rosmary.

—Sólo fue una broma inocente.

—Pues mejor no digas nada que no sea útil. Sabes que me tomo las bodas muy en serio.

—Las bodas y todo lo demás —Stear puso los ojos en blanco.

—Tengo una idea que encantará a todos —Pauna los interrumpió antes de que la discusión pasara a mayores—. Eso si es que Albert se decide a cooperar.

—No prometo nada —contestó Albert, sin perder de vista el rostro de Candy. Sencillamente le fascinaba verla sonreír. Y más le fascinaba que fuera él quien hubiera provocado esa sonrisa en su rostro.

—Oh, no puedes negarte. No a Cand, y ella me ha prometido que intercedería en mi favor.

Candy sonrió ligeramente, comprendiendo a qué se refería.

—Es cierto, Albert, lo siento. Deberé pedirte que hagas aquello que Pauna desea.

—Lo que tú desees dalo por hecho, amor mío.

—¿No te lo dije yo? —Pauna aplaudió, llena de orgullo—. ¿Candy, podrías acompañarme dentro de casa un momento? —le pidió Pauna, guiñándole un ojo.

—Por supuesto —Candy sonrió de oreja a oreja, poniéndose de pie.

—No os vayáis a ningún lado —les dijo Pauna, llevándose a Candy del brazo con ella al interior de la casa—. Estaremos de vuelta en un segundo.

—Ya que nos hemos quedado a solas un momento —Stear se acercó a Albert—, ¿me puedes explicar cómo vas a desposar a tu esposa… otra vez?

Albert frunció el ceño.

—No es ninguna broma, te lo pregunto muy en serio. Podrías meterte en un buen lío…

—No lo haré —Albert lo interrumpió, vehemente—. Existen mil maneras de hacerlo; una boda falsa, renovación de votos, pagarle a quien sea… Haré lo que sea necesario para convertir a Candy en mi esposa.

—Otra vez…

—Sí, otra vez —masculló Albert, exhalando una bocanada de aire—Estoy decidido, Stear. Nada me detendrá para estar junto a la mujer que amo, ahora que la vida me ha dado una segunda oportunidad.

Strar bajó la vista, como si un pensamiento triste pasara por su cabeza.

—Te entiendo… —dijo tras unos minutos de silencio—. De estar en tu lugar, haría exactamente lo mismo —lo miró a los ojos, palmeando su hombro con afabilidad—. Te deseo toda la felicidad del mundo, hermano. Te la mereces.

Albert sonrió, estrechando a su vez el hombro de su hermano.

—Te lo agradezco, Stear. Y espero que algún día tú también la encuentres, una vez más.

Stear se encogió de hombros.

—El verdadero amor sólo llega una vez. Y dado que estoy seguro de que la mía realmente se ha ido y descansa en paz, me temo que esa oportunidad ha pasado completamente para mí —sonrió, esta vez de forma más profunda—. Sin embargo, eso no implica que no sea feliz. Tengo a mi pequeña Daisy, a mis hermanos y a una cuñada por partida doble —bromeó—. No podría pedirle más a la vida… Quizá un par de sobrinos en los próximos dos años, pero no hay presión.

Albert rio sonoramente, acompañado por Stear Por el rabillo del ojo, Albert notó que Candy salía una vez más de la casa, acompañada por Pauna. Ambas sonreían, mientras avanzaban hacia ellos.

—Me da gusto encontrarte tan alegre — le dijo Candy, manteniendo los brazos juntos a su espalda.

—¿Cómo no estarlo? Tengo a la mujer más hermosa del mundo a mi lado, y pronto se convertirá en mi esposa —intentó abrazarla, pero ella se apartó.

Albert arqueó una ceja, extrañado por su reacción.

—Me alegra que te sientas de ese modo, espero que ese sentimiento ayude a persuadirte a hacer algo especial por mí…

—¿A qué te refieres? —la ceja de Albert se levantó aún más. Candy lo miró, sonriéndole de la forma más inocente que consiguió.

—Por favor, Albert, ¿tocarías algo para mí?

—¿Tocar…?

—Sí, una pieza… —ella llevó los brazos hacia el frente, colocando el violín que había llevado oculto a su espalda ante ellos—, para mí.

Toda alegría se borró del rostro de Albert.

—¿De dónde ha salido esto?

Pauna y Candy compartieron una mirada de complicidad.

—Oh, vamos, Albert, no seas malo. Toca algo para nosotros… Por los viejos tiempos —le pidió Pauna, sin dejar de sonreír.

—Por favor —añadió Candy, alzando el violín hacia él.

Albert suspiró y tomó el violín. Se sentía extraño al tenerlo una vez más en sus manos. Sentir el peso frío de la madera, percibir la tensión de las cuerdas bajo las yemas de sus dedos. Lo colocó sobre su hombro y comenzó a raspar las cuerdas con el arco.

Y la música nació por sí misma…

Era una melodía triste, llena de emoción.

Todos guardaron silencio. Incluso Daisy parecía extasiada con la música, recostada sobre el pecho de su padre.

Candy observó con fascinación a Albert mientras tocaba. Él mantenía los ojos cerrados, su rostro lucía impasible, y a la vez, lleno de emoción… como si la música lo transportara a otra dimensión, muy lejos de ellos. A un sitio donde él era feliz, donde todo era perfecto, y gracias a esa melodía, ellos conseguían compartir ese mundo con él.

Candy cerró los ojos, embelesada con esa imagen, con esa melodía tan encantadora, que le llegaba al alma, transportándola a otro mundo, junto a Albert.

Y ya no se encontraba en ese jardín, se encontraba en otro sitio muy distinto. Era invierno, la nieve caía alrededor, pero la gente no lo notaba. Bailaban con alegría, protegidos con bufandas y chales tejidos, gorros y abrigos de lana muy usados, alrededor de un gran fuego en torno al que se servían bebidas y comida navideña. Albert, a un costado de la fogata, tocaba alegremente el violín, acompañado por sus hermanos y otros miembros del pueblo, dando vida a la fiesta navideña local.

Elizabeth se acercó a él y le dio una taza humeante de café. Albert dejó a un lado el violín y tomó el café, calentándose los dedos con el hierro del asa de la vieja taza.

—¿Te gustaría bailar conmigo? —le preguntó después de beber un sorbo.

—No sería correcto —contestó Candy, echando un vistazo en derredor—. Tú eres el único violinista.

—Podrán sobrevivir un rato sin el violín. Es lo bueno de que se trate de una orquesta informal —sonrió Albert, dejando la taza sobre uno de los troncos ubicados en torno a la fogata y tendiéndole una mano—. Vamos, Candy. Baila conmigo. Aunque sólo sea una pieza.

Candy suspiró y estiró la mano, entrelazando los dedos con los de él.

—Está bien, supongo… —se encogió de hombros—. No puedo decirle que no al conde de Lakewood.

—No. No puedes decirle que no a tu esposo —corrigió él, acercándola por la cintura y uniendo sus labios a los de ella en un apasionado beso.

Candy trastabilló, regresando a la realidad de golpe. Al abrir los ojos, encontró a su alrededor todo como lo había visto hacía un segundo antes, sólo que a la vez, nada era igual… Algo había sucedido en su interior. Fue como si una cortina se descorriera, despejando la bruma que cubría su mente… Y todo quedó claro ante ella.

—¿Candy? —Albert había dejado de tocar y ahora la miraba fijamente, preocupado—. ¿Te sucede algo? ¿Te has sentido mal una vez más?

Candy lo miró con los ojos abiertos como platos, tomando largas bocanadas de aire, boqueando igual que un pez fuera del agua. Y es que así se sentía, como si estuviera ahogándose…

—¡Albert…! —le dijo, sin dejar de mirarlo, como si lo estuviera viendo por primera vez—. ¡Tú eres mi Albert! ¡Tú eres mi marido!

Continuara...,? ゚ホᄏ?

En esta historia, Daisy sufre de autismo. Con esta pequeñita se difunde el tema del autismo.

El autismo es una condición de discapacidad que perdura a lo largo de la vida, presentándose en todas las razas y grupos sociales sin distinción alguna. Es muy probable que en esa época desconocieran completamente este mal. La palabra autismo fue utilizada por primera vez por el psiquiatra suizo Eugene Bleuler en 1912.

Sin embargo, la clasificación médica del autismo no ocurrió hasta 1943, con el doctor Leo Kanner, del Hospital John Hopkins. A pesar de esto, el autismo es un trastorno poco conocido, en especial en países del tercer mundo, y lo que se sabe de él aún es escaso. Hacen falta investigaciones, recursos y ayuda, mucha ayuda, para integrar a estos niños a la sociedad, así como para educar sobre el tema a la gente.

Es necesario que todos sepan que una persona diferente no es menos que ellos, merece respeto, aceptación y cariño.