Closer

Advertencia: Historia con alto contenido sexual, lenguaje soez, una temática BDSM... si te molestan las malas palabras no leas y quienes leen lo hacen bajo su propia responsabilidad, no hay queja bajo advertencia, si quieres romance no leas, si quieres un drama elaborado no leas, ahora si quieres la historia entre un Dom y una Sumisa lee :)

"¿Qué es el amor? No se puede considerar, me parece, que sea algo distinto del efecto resultante de las cualidades de un objeto hermoso sobre nosotros; esos efectos nos transportan, nos inflaman; si poseemos esos objetos, estamos contentos; si nos es imposible obtenerlos, nos desesperamos. ¿Pero cuál es la base de ese sentimiento? El deseo. ¿Cuáles son las consecuencias de ese sentimiento? La locura. (…)"


Closer 26: Volver a Empezar

Probablemente nunca sabrás lo que necesites para "estar bien" en tu vida.

Probablemente debas aprender que "estar bien" es un lujo, si somos sinceros, pues no siempre podremos estarlo. La vida es un constante subir y bajar, algunas veces estas en la cima y otras en el punto más bajo del valle ¿puede controlarse? lo dudo, que se me acerque la primera persona que ha logrado vivir en la cima por siempre.

Mi ánimo subía y bajaba con el paso de las horas, a pesar del cansancio del cual era preso mi cuerpo, me era imposible cerrar los ojos para dormir y perderme un segundo de cualquier cosa. Podía decir con precisión que el reto no era aguantar el sueño, el reto era intentar tomarlo. Por eso me había resignado. Atada en medio de nudos de cuerda y arnés, desde la distancia que él había establecido para nosotros, me hallaba solo mirándole. Su respiración tranquila, la inmaculada paz que emanaba su cuerpo en su estado de relajación. Una vez más me hallaba cincelando su figura en mí; nada parecía ser suficiente.

Cerré mis ojos y dejé caer mi cabeza. Quería borrar el turbulento nudo de emociones que se estaba anclando en mi pecho y hacia incomodo algo tan simple como respirar. Probé mis ataduras queriendo soltarme pero sería inevitable caer sobre él. Tendría que esperar aunque una necesidad creciente de ir al baño atenazo mi cuerpo. Probé inhalando y exhalando para ver si aquella sensación molesta desaparecía, pero cada vez que respiraba se hacía peor. Pronto me encontré sudando frio, necesitaba moverme de allí.

Frunciendo completamente mi ceño, insultándome internamente por llamarlo, lo hice.

- Señor - dije tan suave que resultaba estúpido pensar que me iba a oír. - ¡Señor! - en lugar de sonar firme pareció un chillido. Pero fue suficiente para que él se removiera en su posición y sus ojos cansados y angustiados me atraparan en una mirada, ni preguntó ni dijo, algo en mi rostro lo hizo moverse de prisa para soltarme. Una vez pude colocar mis pies en una superficie firme, corrí hacia la puerta plegable que llevaba al baño.

.

...

.

- ¿Has enfermado? - preguntó cuándo me vio aparecer de nuevo a través de la puerta, levanté mi vista con vergüenza en su dirección y negué.

Solo sé que necesito alejarme un instante, unos minutos. Un tiempo solo para mí.

- No, Señor - respondo en apenas un murmullo. - Señor... - le miré - ¿Puedo bajar? o tal vez ¿dar un paseo? - preguntó esperando.

- Es tarde - dice volviendo a la cama y mirando hacia afuera. Espero con mi rostro contraído. Pasan los segundos y él no responde.

- Esta bien, solo no te alejes demasiado - tragué y asentí. - Una hora Isabella y cúbrete, afuera hace frio - volví a asentir y caminé hacia donde se encontraba mi maleta para buscar algo con lo que cubrirme. Por supuesto que no traje nada para paseos a mitad de la madrugada, por lo que, esperando que él no notara, tomo un short blanco, una camiseta de tiras y una sudadera con capucha que había usado durante el vuelo. Un juego de ropa interior cualquiera y me muevo hacia un rincón que, creo, no está en su campo de visión.

- Eso no combina precisamente con abrigo - dice sin mirarme, me sonrojo por creer de verdad que estaba fuera de su vista.

- No traje algo para paseos nocturnos - le dije reconociendo lo que hace minutos pensé.

- No deberías salir entonces - declara tajante. Mi corazón se detiene por un segundo y le miro con el miedo bailando en mis facciones, necesito ese paseo.

- Por favor - le suplico.

- Acércate - ordena. Recelo en mi movimiento pero ¿tengo opción? por supuesto que no, camino hacia él, hacia la cama y me quedo solo de pie a un lado.

El sale de entre las sabanas y se sienta en el borde de la cama, duerme solo con el chándal. Hace un gesto con su mano y pronto me encuentro arrodillada entre sus piernas con la cabeza gacha. Escucho una exhalación profunda de sus labios y siento sus manos en mi cabello, acariciándolo y echándolo hacia atrás. Tira levemente de él poniendo mis ojos en los suyos.

- ¿Estas bien? - pregunta, intenso y penetrante. Un atronador sonido se instala en mis oídos, es incesante y no me deja pensar con claridad, tardo más de unos segundos en darme cuenta que es el sonido de los latidos de mi corazón. Agacho la cabeza.

- Lo estoy - es mi respuesta, vaga y petulante, no le muestro mis ojos para que no descubra lo turbada que estoy. Su mano que está acariciando mi cabello va hacia mi rostro, el impulso puede conmigo y tomo su mano entre las mías, tersa piel limpia y la llevo a mis labios, acariciando con ellos la extensión de sus dedos. Se siente bien, su olor y su suavidad, beso sus dedos y me deleito con aquella parte de su cuerpo, mostrándole mi adoración de esa manera. - Por favor Señor, déjeme salir - le digo una vez más sin soltar su mano.

- Esta bien, salte ahora - dice y de inmediato retira su mano de entre las mías. Mis labios hormiguean por la ausencia de su piel pero me apresuro ante su aprobación. Sin darle un vistazo más me retiro.

Corro escaleras abajo, ansiando ese primer contacto con la corriente de aire natural de la noche fresca.

Mis cabellos inmediatamente van hacia atrás, arremolinándose algunos contra mi rostro. Lejos de molestarme, cierro mis ojos ante la sensación fresca que a su vez es cálida. Marcho a través de la noche cerrada, la luz de la luna llena es suficiente para iluminar el camino. Me acerco a la roca desde la cual nos hemos lanzado hace un par de días, mis pies se han llenado ya de arena y algunas pequeñas piedrecillas, por lo que al sentarme en la punta firme del pequeño acantilado sacudo y limpio mis pies, para finalmente contemplar el esplendor de la bruma oscura y pacifica que es el agua.

La fresca brisa del mar me golpea, aliviando mis pensamientos y la sensación febril en mi pecho. Respiro, inhalando bocanadas grandes de aire puro, purificando mi interior, llenando de oxigeno la sangre que recorre mi cuerpo. Pensando en cosas triviales como las olas suaves que rompen contra las rocas, el cielo despejado que permite ver estrellas y luceros que brillan con intensidad perpetua, algunas en solitario, otras en grupo. Todas hermosas.

Jamás me hubiese imaginado estar en ese lugar, nunca me había planteado por pensamientos propios el querer andar por este lado del país, en medio de todo ello, significaba un agradecimiento más para mi Señor, por haberme hecho participe de esto.

En medio de todo ello, me volví a poner de pie e hice mi camino de vuelta para retomar otro... uno directo a la pequeña playa privada. Allí donde mi Señor, creyéndome inconsciente, había dicho tantas cosas refiriéndose a mi persona. Era evidente que él debía sentir atracción por algo en mí, por lo que podía ofrecerle, pero más allá de eso... su forma de expresarse, era como si él en ese momento sintiese un tumulto de emociones, emociones sobre las cuales yo quería ahondar pero que generaban un constante flujo de ideas y sensaciones que siempre podían no ser agradables. Porque dolía el hecho de que, a pesar de ello, en unas horas el contrato acabaría.

Porque tenía que acabar y sabía que era lo correcto, que era como debía ser, el curso correcto de las cosas. Sabía que probablemente todo era cuestión de desadaprtarme de mi vida a su lado, de estar a su servicio y disposición y volver a retomar las riendas de la normal y canónica vida que había estado llevando. De esa manera tendría que funcionar, y sabía que aunque sería difícil, yo podría hacerlo... porque era un ser humano y como tal, todos nosotros nos adaptamos a cada situación que nos va tocando.

Llegué hasta situarme donde el agua alcanzaba a mojar mis pies en cada acercamiento de la marea, allí donde la arena mojada iba cediendo y mis pies se iban hundiendo en esa mullida y áspera superficie. Esos pequeños detalles me sacaban de la diatriba de pensamientos que me galopaban.

Solo una noche más... no, ya ni siquiera era una noche, era solo unas horas más ¿cómo sería? ¿Cómo tan solo me sentiría al segundo siguiente en que él me dejara?

No quería pensar más, ¡Dios! realmente no quiero hacerlo y solo esta naturaleza frente a mi sabe de los deseos arraigados en mi alma. El martilleo constante en mi cerebro, la vocecita en mi interior que me dice que todo está bien, que es lo correcto, pero ¿es correcto sentirme así? tal vez la afectada soy yo, yo no debería sentirme así. He tomado de él tanto como él ha querido darme, es mi deber ser agradecida con su persona, levantar la cabeza y sonreírle al mundo al que vuelvo a soltarme el día de mañana, con la diferencia de que ahora atesoraba mis vivencias junto a él.

Me alce en mis piernas, en algún punto de mis pensamientos me había agachado y puesto mis manos sobre la arena para sentir el cálido efluvio del agua, me sacudí y volví mi vista. Necesitaba volver, estar a su lado y en su presencia. Necesitaba tantas cosas justo ahora... pero todo se reducía a volver a su lado, estar a su lado... aunque fuese una última vez.

.

...

.

Cuando miras atrás... me refiero atrás ¡no mi espalda! sino atrás en el pasado. Bueno, lo tienes todo. Lo que has hecho, si has crecido o caído, los momentos que has vivido y el aprendizaje que has obtenido de cada uno de ellos. Ahora, recostada en la puerta de entrada de la cabaña, con mi cuerpo dentro por supuesto, estaba reteniendo mi cabeza para no girarme y vislumbrar todo aquello. Este no era el momento, aún en este viaje de dolor, placer y disciplina, quedaban algunos momentos más para guardar y atesorar. Algo más que, en los próximos días, cuando estuviese probablemente extrañándolo, podría apreciar.

Me despojé de mi ropa y la doble con suma consciencia para luego acomodarla en una pila sobre un mueble. En algún vidrio de la casa vi reflejada mi figura, él exterior que era la misma representación de mi interior, el único pensamiento real que importaba ahora.

Mi reflejo solo indicaba una cosa... nada me pertenecía. Yo era en pensamiento, en cuerpo y alma, completamente suya. Mi desnudez, despojada de todo escatime material, solo cubierta por el collar que era su marca; era la representación de aquello que gritaba mi interior.

Subí las escaleras acelerando el paso y a su vez teniendo cuidado que mis pasos no hicieran gran ruido. ¿Estaría él durmiendo? Si lo estaba, solo me sentaría sobre mis talones a velar su sueño, como lo haría cualquiera que Adore por completo a su Amo.

Pero lo primero que vi al poner un sigiloso pasó en el interior de la habitación, fueron las sabanas removidas de una cama vacía. Respiré profundo, un lado de mi mente quería realmente encontrarlo dormido, giré mi cabeza para buscarlo, en la dirección que sabía que lo encontraría. Había sido una constante despertarme de madrugada o en cualquier momento y verlo allí, de pie, recostado a aquellas barandas mirando el paisaje, perdiéndose en sus pensamientos.

La desnudez, es actualmente considerada como algo poco moralista, retorcido y mal visto. Solo en la intimidad de las habitaciones y los pensamientos la desnudez resulta atrayente y, aun así, para muchos no parece una buena manera. ¡Como si fuese algo que no vieses o deseas! ¡Hipócritas! Eso somos todos.

Su desnudez era algo distinto... era verlo a él en su esencia poderosa y sublime, era saber su cuerpo, un arma poderosa con la capacidad de dejarte reducida a nada. Ese punto culmen de adoración absoluta que deseas venerar en todo momento. Cuando mis ojos apreciaban la piel ininterrumpida de su espalda, glúteos y piernas, sentía el ardor creciente del deseo por aquel físico, y la calida sensación de adoración.

Yo estaba procurando no hacer ningún ruido, no por no querer llamar su atención, solo estaba contemplando su belleza deslumbrante. Esa que sobrepasa el físico y que solo se la atribuía a saber que era mi Amo. Tú podrías andar por la calle y verlo, le seguirías con la mirada por ser un hombre físicamente atrayente; pero hay mucho más de eso cuando conoces un poco de la profundidad de su mente, mucho más cuando en sus ojos y su postura reconoces la actitud dominante y posesiva.

Muchas cosas pasaban por mi mente ahora, demasiados pensamientos turbulentos que tenía que dejar de lado por una necesidad que se iba haciendo más y más grande. Impulsando el sonido en mi garganta como palabras que tenían que ser dichas.

- ¡Señor! - llamé con impulso, con la voz más clara que alguna vez me habría podido salir. Él se giró cuan suave movimiento, permitiéndome ver ahora su frente y su cabello retorcido por sus manos, su rostro cincelado y pacífico, su pecho moviéndose al ritmo cadencioso de su respiración, su abdomen esculpido, su pene flácido entre sus piernas pero no por eso menos atrayente, sus largas y fuertes piernas y finalmente sus pies; grandes que hablaban de hombre fuerte y decidido. ¿Podía algo no gustarme? Miguel Ángel había retratado a David, un hombre que a todas sus anchas para entonces representaba la atracción masculina, con el tiempo los prototipos habían cambiado pero... Miguel Ángel querría ahora poder existir, o yo querría tener su capacidad. Sonreí.

Di un paso más dentro, quedándome de pie sobre la alfombra con mis brazos caídos a cada lado de mi cuerpo.

- ¿Qué tal tu paseo? - dijo con voz ronca, todo indicativo que había estado durmiendo.

- Bien - dije - estuvo bien Señor - complementé.

- ¿Qué hiciste? - dijo a un paso de distancia de mi persona, sus dedos subieron, curvados en sus nudillos y acariciaron mi mejilla.

- Solo... caminé un poco hasta un acantilado y luego baje a la playa - describí un poco vago.

- ¿Por qué? - esa era la pregunta que no quería responder. Lo miré y me miro, y era más que obvio para mi saber que él lo sabía.

- Necesitaba pensar - aclaré. Y de esa misma manera él me brindo un asentimiento.

Podría en este momento hablar de muchas cosas, pero... por inverosímil que parezca, sus ojos me atraparon, tan claros... verdes y transparentes que podía ahogarme justo allí. Un imán no era tan potente para compararlo, tal vez la gravedad... si, la gravedad se podría asemejar un poco, como una caída libre que lleva a un destino crucial y placido.

Sus labios fueron quienes recibieron mi caída, tan suaves, carnosos, húmedos... un deleite. Lo estaba besando yo, con la proeza de alguien que a duras penas ha iniciado alguna vez uno. Alguien que ha preferido ser besada y dejarse hacer, pero que ahora esta dándolo todo para demostrarle de ese modo a su Señor cuanto lo adora, porque yo lo hago y estoy poniendo mi mayor empeño en demostrárselo.

Sin ser un beso agresivo se iba volviendo delirante, siendo solo una caricia de labios, resultaba consumidor y avasallante. Quería… quería colocar mis manos tras su cuello y pegarlo a mí, dejar de sentir que se me iba y tenía que dar un paso para volverlo alcanzar, tal vez eso fuese solo invención de mi mente porque algo me decía que no nos habíamos movido del lugar. Pero antes de que pudiera tomar acción, él si puso sus grandes manos sobre mis hombros, estaba helado, me alejo unos centímetros apenas para que el contacto se alejara y me miro con el brillo lustroso de su ser bailando en sus ojos.

- Ven, acompáñame – dijo apremiante, parpadee para salir del aturdimiento de las acciones planeadas por mi cerebro, él se movió de inmediato para dar marcha a través de la puerta.

Lo seguí sin protestas, como era evidente que haría.

No confíes en los hombres cariño.

La voz de mi madre resonó en mi cabeza.

¿A qué había venido precisamente ese recuerdo ahora que caminaba desnuda detrás de mi Señor? ¿Por qué recordarlo cuando mi confianza hace rato era suya?

Sacudí mi cabeza y aleje la voz de mi madre que empezaba a recriminarme aquellas cosas que me llevarían a un fin lastimero. ¡No! Eso no iba a ocurrir, yo lo tomaría de la mejor forma. Justo como debía ser.

Alejando eso, me concentre en su espalda, deliciosa espalda que resecaba mi boca, ¡todo él lo hacía!, a todo él quería saborear ¿podría? ¿tendría alguna oportunidad en el último segundo de este recorrido?

Tal vez me atreviera a pedirlo.

Tenía que evitar la agonía de la necesidad.

Se detuvo y me detuve.

- Quiero que escojas alguno de ellos – señalo sobre una chimenea que se incendiaba con llama viva. Arriba de esta, se encontraban distintos tipos de instrumentos de flagelación. Me contraje ante la idea. – El que quieras – dijo dando un paso para ubicarse a mi espalda, el tacto de su piel ya no era frio. Quemaba, vivo y ardiente.

Fui caminando hacia allí, como un alumno en medio de una prueba… miré y miré.

Varas.

Fustas.

Floggers.

Todos usados, todos sentidos.

Látigos.

Cintos.

¿Cuál era el mejor?

Hasta que me fije en un látigo. Enrollado debido a su longitud… de brazo grueso, color negro. Con solo verle podía oler el cuero que le revestía, tres hebras simples colgaban de la punta. Le desee, mi piel se erizo al punto de la incomodidad, hormigueo queriendo sentir el fino impacto. Fue instinto y deseo por una situación peculiar. Dolor… eso. Lo necesario para olvidar, lo requerido para desear. ¡Oh yo lo deseaba! Lo deseaba como a él, lo deseaba a él porque podía dármelo.

- Ve por ello – susurró su voz a mi espalda, como si supiera que lo he encontrado. Me muevo hacia la chimenea, donde el calor de las llamas se combina con el mío, reconozco que mi cuerpo ha cambiado a causa de mi deseo, mis pechos se sienten pesados y mis pezones endurecidos, no es el frio… es el calor de saber que lo que yo elija nos llevara por una nueva jornada de sensaciones. Lo tomo entre mis manos como un objeto que no debe ser tocado. Me giro entonces con aquel látigo en mis manos, queriendo acariciar todo el largor pero con un respeto infinito que me impide hacerlo, dispuesta a dárselo a mi Señor, acariciando tiernamente con mis dedos el mango.

- Señor – dije extendiendo en mis manos el látigo en su dirección. Vi un atisbo de sonrisa aparecer en sus labios pero se recompuso.

- Es tuyo – dice devolviendo mis manos hacia mi cuerpo junto al látigo. Fruncí el ceño sin entender a que se refería. – Sígueme – indicó poniéndose en marcha de nuevo. Esta vez no pude fijarme en su andar cautivante. Mis pensamientos iban distraídos y divididos entre tener el látigo en mis manos y ¿mío? Era demasiado impersonal para asimilarlo.

Llegar a la habitación fue empezar a ver un poco del desenfreno que se acrecentaba en sus acciones, tal vez él no lo notase, tal vez solo era algo parte de sí que yo apenas empezaba a notar. Pero era algo en sus pasos presurosos, sus movimientos perfectos pero llenos de ansiedad, el constante repaso de sus manos por su cabello, su movimiento de un lado a otro acomodando cosas tal y como él deseaba que estuviesen. ¿O yo lo veía todo rápido? Tal vez mi propia ansiedad me hacía verlo así, como un fragmento de realidad transformado en vigor fantasioso.

Cuando, supongo yo, estuvo todo en su lugar; se volvió en mi dirección, brindándome una sonrisa ladina que podía hacerte temblar de pies a cabeza solo por todo el significado de ello y lo que transmitía sus ojos. Yo me encontraba inmóvil, con mi pecho subiendo y bajando en cada respiración profunda, mis vellos erizados por su sola mirada, si no es porque era bastante consciente de mi estado estático, diría que estaba temblando; pero parecía solo algo en mi interior.

Camino dos tres pasos y me rodeo hasta situarse tras de mí. Una mano suave y delicada ascendió por mi espalda, con la devoción que le caracterizaba cada vez que podía tener contacto con esa parte de mi piel. Suavidad que desapareció una vez llego a mi cabello y lo sujeto en su mano rudamente haciéndome remover en mi lugar y tensar los músculos de mi cuello.

- Muévete – demandó sin ser burdo. Me empujo por la habitación, cerca de la puerta doble cerrada que llevaba al balcón, allí donde un espejo alto que conectaba con los del techo, se erguía mostrando mi figura dominada y desnuda en contraste con la suya, dominante y descarada.

- Es como una exhibición… excitante. ¿Lo ves? – dijo, habiendo soltado una vez mi cabello. Su referencia de excitación me hizo ver el cambio que se había dando en su cuerpo, dándole realidad literal a esas palabras. Mi reflejo decía muchas cosas, mis ojos hablaban de deseo, de satisfacción por lo que hacía, de complacencia por sentirme dominada y anhelo por hacer lo que él pidiese. – Te exhibirás para mi… pero también para ti. – Declara y dejo de vagar mis ojos por mi cuerpo para mirar hacia su reflejo, sus ojos, sus labios. Teniendo un desliz para que pensamientos indeseables con la palabra fin, aparezcan en mi mente. Sacudo mi cabeza - ¿Qué deseas? – su voz suena ronca y ¿Por qué no? Ansiosa.

- No quiero pensar, Señor – digo con tormento en mi voz, el primer deseo que cruza mi mente. Sus manos acarician mi cabello, reconfortando mi alma pero no aliviando mis pensamientos.

- Tú puedes hacer esto – dice con total intimidad. Volví a mirarle, con el miedo de quien se sabe quedara solo. Con mi miedo a flor de piel, no sé en qué momento se ha movido pero ahora sostiene el látigo entre sus manos, me lo ofrece. – Púrgate a ti misma, suave… como lo haría yo. Pero lo harás tú. Toma el látigo – ordena con tono aterciopelado. Hipnotizada por sus palabras muevo mi mano para tomar lo que me ofrece, mi pulso tiembla, todo mi cuerpo lo hace. Pero el brillo particular que veo en sus ojos me impide recular.

- ¡Azótate! – demanda, abro mis ojos con impacto, comprendiendo sus palabras.

Púrgate a ti misma

¡Flagelarse!

¡Azótate!

Sentí una lagrima descender por mi rostro, era tarde para retroceder en pensamientos, pero no tarde para obedecerle. Alce mi mano, recordando escenas de películas de autoflagelación, recordando su postura y rigidez al azotarme, cerré mis ojos y envié una plegaria a la nada, para luego tirar del látigo contra mi espalda, mis piernas formando un triángulo me sostuvieron, el impacto fue sonoro pero débil, carente de sensaciones. El sonido de un gruñido llego a mis oídos, pero sin titubear alcé una vez más mi mano, con la fuerza que me daba lo que estaba sintiendo, e impacte de nuevo contra mi esta vez sintiéndolo un poco más fuerte, pero nunca tan fuerte.

Repetí el proceso un par de veces más, sin buscarlo a él, intentando lograrlo por mí misma, pero estaba mortificada y me resultaba imposible conseguir el alivio que necesitaba. Mi reflejo daba respingos con cada envite del látigo pero los ojos de la mujer gritaban frustración por no sentir lo necesario para aliviarse.

Frustración e insatisfacción.

Alcé mi rostro, lo busqué a él.

- Amo – le llamé viendo a su rostro que permanecía como una estatua contraída, rígida, facciones duras y apretadas, mirada impenetrable en la distancia.

Mi cuerpo se desplomo de necesidad, caí de rodillas al suelo, frente al espejo con el látigo en mis manos. Débil y a su merced. Mis ojos lo buscaron en el reflejo, buscando su caída y acercamiento ¡por favor! Supliqué con mi mirada. ¡Por favor!

Su andar lo llevo hacia mí, permanecí de rodillas viéndolo a él de pie a mi espalda, la figura del dominante y la sumisa en esencia casta y pura. Él no decía nada y sentía que él tiempo se me agotaba, giré en mis pies hacia él.

Solté el látigo junto a sus pies y agache mi cabeza entre mis manos, sus pies estaban a un lado de mi rostro. Pálidos y de piel aparentemente suave. Para mí una de las partes menos atractivas de la persona, es esta, sus pies. Porque en realidad no tienen ningún atractivo físico y en los hombres solo demuestran fuerza y trabajo. Pero a pesar de que poco me llamaba la atención, estos eran los pies de mi Señor, y removiendo mi interior acerque mi rostro hacia allí, juntando mis manos sobre estos, sintiendo así la tensión que embargaba su cuerpo.

Mis lágrimas silenciosas mojaron su piel, así como mis labios que besaban con adoración, empape mi rostro restregando mi mejilla contra ellos. Pero adore cada segundo que me permitió hacerlo.

- Amo… Señor, por favor, hágalo usted – pedí con voz quebrada, se alejó un paso hacia atrás, sacando sus pies de entre mis manos. Provocando un sentimiento de pérdida y rechazo en mi interior.

- ¿Yo? – pregunta como si su mente estuviese en alguna especie de trance, le miré una vez más.

- Por favor – suplico desde mi posición vulnerable y sumisa.

Se agacha hasta recoger el látigo y la esperanza crece en mí, una esperanza malsana y masoquista.

- Mete tu cabeza entre mis piernas y empina tu cuerpo. Quiero que exhibas la piel de tu culo – su voz suena oscura. Me arrastro hasta recortar el paso que él había dado distanciándose y situó mi cabeza entre sus piernas – Sujétate de mis tobillos pequeña – algo en su voz no me supo bien, desconocido y oscuro, peligroso y sádico.

Me agarro de sus tobillos haciendo presas con mis manos.

- Lo siento pequeña, pero esto lo necesito tanto yo, como lo necesitas tú – su voz se quebró en un punto de su frase, punto en que el viento fue cortado y en una milésima de segundo luego, las hebras del látigo impactaron contra la piel de mis nalgas.

Exclamé un grito ahogado de dolor.

- Tenia mis propias razones egoístas para que lo hicieras tu – apreté mis manos entorno a sus tobillos cuando el látigo volvió a impactar contra mí. Duro, potente y rasgador.

- Quería creer que no lo necesitabas – grité de dolor cuando volvió a golpearme, eran mordidas que parecían estar arrancándome la piel. Nada de placer, solo dolor… todo dolor.

- Que tu podías purgar y llenar tu alma por vez propia y no necesitar de quien lo llene por ti – Removí mi cuerpo y el apreso con sus piernas mi cabeza, estaba atrapada y aullando de dolor. Pero si lo pensaba más dolor me causaban sus palabras y lo que podía identificar tras ellas.

- Pero todo es un bien necesario porque el camino esta elegido – uno más, uno que hizo empapar mi rostro de lágrimas, borbotones de quejidos salieron de mis labios, suplicas para que se detuviera. Y lo hizo, no hubo un latigazo más. Cuando la presión de sus piernas desapareció, sentí mis brazos débiles para sostenerme, la alfombra mullida iba a abrazarme, estaba segura de ello, pero sus brazos fueron más rápidos, alzándome y cobijándome en él. Llenándome con más de lo que podía pedir en este momento.

Me llevo hacia la cama, mis parpados pesaban a causa de la furia de lágrimas que había soltado hace unos instantes. Una cosa era segura, había olvidado por completo mis aversiones mentales, ahora todo en lo que podía pensar era la suavidad de la cama, que por muy suave, sentí lastimar la piel de mis nalgas ante el contacto.

- ¿Está todo bien? – su voz doblegada me hizo luchar contra mis parpados pesados, me veía desde una posición lejana, aunque su voz sonaba suave, sus facciones eran duras, tan frio como solo él podía serlo.

- Estoy bien – dije, realmente lo estaba, un poco de dolor físico no era nada. Él se levantó y busco algo que ignore, me dedique a cerrar mis ojos y tararear entre brumas espesas de cansancio.

- Date la vuelta – bramó, lo hice de inmediato, no quería dar paso a volver a escuchar por cualquier cuestión el sonido de su voz octavas bajas, débil, cansada o apesadumbrada. Él, mi Señor, debía ser firme y fuerte, de lo contrario no podría estar bien conmigo. Sentí sus dedos fríos y pegajosos por alguna sustancia recorrer mis nalgas, sisee de dolor, eso no estaba bien.

- De espalda siempre luces mejor, pequeña puta. Pero tus marcas, tu piel marcada a causa de mi látigo, a pesar de todo, es un retrato que no voy a olvidar. Es alevosía no hacerlo. Has elegido un látigo exclusivo para causar dolor y marcas. ¡Me he negado a hacerlo! Pero tú me das todo lo que quiero, causarte dolor y marcar tu piel – Sus palabras enloquecen mi cerebro. Repasa con ternura mis nalgas, llenando mis dispersas pero contundentes heridas con aquel ungüento. Logrando erizar mi piel y que mi cuerpo optara por el deseo nuevamente, dejando el cansancio que me produjeron los azotes, completamente de lado.

- De espaldas no veo tus ojos, tu mirada vulnerable pero fuerte. Sin embargo de espaldas admiro tu cuerpo y me siento dueño y poseedor de él – Lo sentí ubicarse entre mis piernas – Es más carnal, es más fuera de si – sentenció antes de apoderarse de su cuerpo.

Ferocidad. Sí.

Deseo. Sí.

Delicadeza. Sí.

¿Cómo podía ser fiero y delicado a la vez?

Solo… era todo. Él y la misma posesión y locura con la que se había apoderado de su cuerpo las últimas noches.

- La locura es una fracción más de la mente. Y la locura es la que guía las acciones más perdidas. La locura perversa de querer conservar una porción de la piel de mi mejor mascota, atesorarla en una colección intocable. De tener un poco de esa sangre tan sumisa y dócil que recorre tus venas. Locura de marcarte y herirte – delira, él delira entre envistes, sus manos amasan y sopesan mi cuerpo, queriendo realmente llevar a cabo las acciones que sus palabras han mencionado. ¿Y yo? No me asusto, no me espanto… yo quiero dárselo, arrancar mi piel y dársela, sacar mi sangre y dársela ¿Qué no le daría?

¡Desenfreno!

Penetrándola fuerte pero acariciando su cabello.

Aprisionando sus pechos pero deleitando suavemente sus pezones.

Tratándola con locura, pero curando sus heridas con besos tiernos, que hablaban de despedida, que querían curar su alma, que querían sellar su cuerpo.

Una y otra vez, con mi cuerpo magullado, enrojecido y marcado, seguía entregándome a mi Señor con deseo, aprisionándolo y apretándolo. Aplacando el éxtasis para que fuese más fuerte. Tomándolo todo de él, sus labios, sus manos fuertes, sus dedos hábiles, sus dientes punzantes. Todo.

Siempre hay un poco de placer en el dolor.

Y hay mucho de dolor en el placer.

Lo sabía, y lo sentí. Me deje hacer tanto como él se dejó, sostuve sus brazos, toque sus músculos.

Respete su cuerpo.

Honré su presencia.

Fui honrada con él.

Mis besos agradecieron los meses de enseñanza. Mis manos le demostraron el respeto, la confianza y lo marcada que estaba por su persona. Grabado en mi alma, en mi cuerpo y… en mi corazón.

Lo había aprendido, mirando sus ojos y agachando la cabeza, mientras me sonrojaba por sus miradas pero gemía por sus acciones. Finalmente había entendido que amaba a mi Señor. Que mis miedos por aceptar amarle eran absurdos, que siempre lo había hecho aunque no lo aceptara.

Amor mío, amor por él. Único y perfectamente unilateral. No dolía porque podía dárselo y demostrárselo. Que no era lo común, lo burdo y escueto. Que era el amor de una sumisa por su dominante, de alguien que sirve a su Amo y este ofrece atenciones a cambio.

Yo Amaba a mi Señor cuando era su mesa para cenar.

Yo Amaba a mi Señor cuando era su deshago en el placer.

Yo Amaba a mi Señor cuando solo era una mascota a su lado.

Yo Amaba a mi Señor cuando me disciplinaba con su látigo o me apremiaba con sus caricias.

Siempre, fuerte, implacable. Y ahora lo confirmaba y me permitía estos últimos minutos de entrega a consciencia de ello.

.

.

En algún punto de la madrugada, viendo el amanecer aparecer entre el horizonte, con sus dedos dibujando figuras abstractas sobre mi abdomen y mi cuerpo enrollado en el suyo, deje que la inconsciencia ganara por fin, una lucha ardua, pero placida.

El calor que exuda mi Señor hace que mi sueño sea pacífico y tranquilo, no me he preguntado en que momento todo acabara, porque sé que es algo que no me va a responder. Lo he visto en sus ojos, lo he sentido en sus acciones. Sus manos reconfortan mi cuerpo maltrecho. Aunque muchas veces la fuerza reflejaba su deseo carnal por arrancarme en pedazos.

Mis sueños se vuelven turbulentos, una sensación de desasosiego se instala en mi pecho y sé que mi mente quiere despertar. Lo estoy perdiendo, me estoy perdiendo. Me llaman pero no respondo, no quiero.

En sueños, le doy lo último que me queda, me despido en silencio... su voz no dice adiós, pero si su calor. Sé que se ha ido, y solo por eso, ya no quiero despertar.

.

.

Todo es nuevo, o al menos eso me lo parece. Aun no me atrevo a abrir los ojos. No deseo hacerlo y todo lo que compone mi ser esta de acuerdo en que no lo haga, no aun. No estoy preparada para el impacto de ver el mundo desde un punto donde no siento ninguna de sus cadenas atadas a mí. En la bruma de mis recuerdos, recuerdo su voz llamándome, ¿sería un sueño? ¿Serian mis ansias? ¿O realmente él estuvo llamándome? Si lo hizo, no me obligó a abrir los ojos.

El vacío que siento en mi pecho, no se puede comparar a lo que he sentido nunca antes, no como aquellas tardes de adolescencia, en las que las cuatro paredes de mi habitación representaban lo único con comprensión, ni cuando había salido del cobijo de mis padres para buscar un nuevo rumbo en otra ciudad, o aquel día en que tuve que volver a mi apartamento. Nada llegaba a igualársele. Y dolía… dolía como no lo hacía nada, no podía permanecer un segundo más en la cama, sentía la incomodidad crecer en mi estómago.

Abrí mis ojos para ver una habitación iluminada y… vacía. Se había ido ese sentimiento que generaba su presencia, la intranquilidad y al tiempo satisfacción que producía su mirada sobre mi cuerpo.

Fui al baño, me duche y peine mi cabello como autómata, lave mi rostro que se veía perdido, mi mirada hacia que cada una de mis facciones se vieran distintas, distantes, perdidas. Volví y organicé la cama, di un vistazo a los arneses y luego me permití mirar hacia el balcón donde tantas veces le había encontrado mirando. La esquina donde reposaban sus maletas estaba vacía, como todo, como yo.

Busqué a tientas entre mi ropa para conseguir un jean y una camiseta, algo sencillo… nadie por quien estar presentable. Organicé mis cosas y tomé mi pequeña maleta para salir de allí sin permitirme mirar una vez más hacia atrás.

Caminé por el pasillo haciendo sonar mis pasos un poco estrepitosos contra la madera, bajé las escaleras y dirigí mi andar hacia la cocina. Necesitaba tomar café para estar preparada para este día, que solo era el primero de una nueva etapa de mi vida. Porque no era volver a como era antes, había cambiado, en muchos aspectos y muchos pensamientos. Nunca sería igual y eso estaba claro.

Me quede pasmada en la entrada de la cocina, se suponía que él ya no estaba. Se suponía que no tenía que verlo más, se suponía que yo estaba sola con mis pensamientos, me haría un café, meditaría sobre la vida y luego me iría. ¿A dónde? Ni siquiera tenía un maldito pasaje de avión. Él advirtió mi presencia, lo supe por su vuelta inmediata, tense mi cuerpo y erguí mi espalda. Sus ojos me escudriñaron con tal frialdad y arrogancia que por un breve lapsus le desconocí.

- Señor – dije. ¿Por qué? Porque era confirmar su presencia. Él bebió de su taza de café. No sabía que decir, hacer… nada ¿Cómo comportarme?

- No te quedes parada esperando que te de una orden que no va a llegar. Señor Cullen está bien, no me debes nada ahora Isabella. Sírvete café si lo deseas – dijo moviéndose a un lado, vi como tomaba su celular y empezaba a regístralo. Mi cuerpo estático cobro vida para ir por la taza de café.

- Lo siento – murmuré y me encogí en mi lugar tomando sorbos pequeños de café.

- No lo sientas, solo tu mente debe registrar que no hay contrato entre nosotros. Por mucho que la sumisión este implantada en tu alma, debes distinguir que ya no soy tu Amo y comportarte como lo harías habitualmente con cualquiera – parpadee en mi sitio, él no era cualquiera. – Aquí está tu billete de avión. – coloco sobre el mesón el billete y mis documentos de identificación que, hasta ahora me daba cuenta, él tenía.

Terminó de tomar su taza de café y se movió para dejarla limpia en su sitio. Para mi sorpresa luego de eso, se paró frente a mí, mi corazón atronando tras mis oídos, mi pulso desbocado, mi mente colapsando.

- Ha sido un placer Isabella. – Sus me miran y brillan, tras la arrogancia y frialdad inicial, esta mi Señor, ese que descubrí y conocí a lo largo de estos tres meses, miro sus labios y deseo besarlo, un segundo más, una última vez. Él sonríe conocedor de mis deseos – No, pequeña – niega burlándose de mí. Agacho mi cabeza apesadumbrada. No se actuar en este momento, desconozco todo. Se da la vuelta y camina hacia afuera, lo sigo con mis ojos pero me quedo en mi lugar, esperando, ¿Por qué va a volver cierto?

El miedo escudriña mi alma, pero me tranquilizo cuando escucho sus pasos acercarse nuevamente. Sus manos no vienen libres, lo veo sostener el collar que había sido mi collar, en sus manos.

- Esto es tuyo – dice y lo extiende hacia mí – lo aceptaste y no puedo quitártelo – no respondo, le sostengo la mirada por unos segundos y luego tomo el collar en mis manos, acaricio su textura. Mis pensamientos son irreales. - ¿Tienes todo listo? – Asiento – Salgamos.

Vuelvo a asentir y voy hacia mi pequeña maleta, guardo el collar y voy a ubicarme tras él. Antes de salir, mis labios susurran un efímero adiós a la casa testigo de mis últimos días como la perra de mi Amo y Señor.

.

.

Me he encargado de dejar en su equipaje el pergamino terminado, apenas y he alcanzado a explanar en él mis pensamientos, emociones y sentimientos en cuanto a su persona. Pero lo hice, y ahora que lo recuerdo y pienso en mis palabras descritas, nada de eso ha cambiado.

Una semana luego del regreso, de una despedida fría y formal. Estoy aquí sentada nuevamente tras el escritorio de mi consultorio. He buscado incorporarme a trabajar cuanto antes, el encierro de mi apartamento impersonal, me podría volver loca.

Me he instalado en una rutina cómoda, llego tan cansada del consultorio que la cama me recibe apenas salgo del baño, es tan temprano que al día siguiente abro mis ojos cuando aún el sol no aspira aparecer, entonces me levanto y me cambio para ir a trotar. Regreso a tiempo para ducharme y cambiarme nuevamente, y salir camino al consultorio, donde paro en la cafetería donde él paraba, compro un café y me lo llevo hacia mi sitio de trabajo.

Allí me pierdo, Ángela me ha recibido con acojo. Ella no hace preguntas sobre mi vida personal, eso está bien, no he hablado con nadie de nada.

No vuelvo a saber nada de Mi Señor. Debería dejar de llamarlo así en pensamientos, él ya no lo es. Pero me es imposible y es hasta involuntario. No he desempacado todo de las cajas que llegaron al apartamento, solo he ido sacando lo que voy necesitando. Mi estado anímico no es decaído, es solo lo suficientemente estable para fingir que todo está bien, que mi interior no se remueve cada día, extrañándolo y necesitándolo.

Los primeros tres días fueron terribles, conciliar el sueño era difícil, pero más difícil era despertar y sentirme en un sitio desconocido.

Entrar a la ducha y esperar que alguna nota melodiosa de un violín llegase a mis oídos. Nunca ocurrió, eso me llevo a escuchar música clásica durante mis baños. Me hacía sentir de nuevo en casa.

¿Cuántas veces golpeaba mis pensamientos? Demasiado. La costumbre a él estaba arraigada en mí ser, y tenía una lucha constante conmigo misma. ¡No es mi casa! ¡No es mi Señor! Pero era una lucha inacabable, tal vez en algún momento dejara de pensar de esa manera. Probablemente era así.

Las cirugías se volvían mi pasión nuevamente, sin distracciones. Solo mi mente perdida en notas de medicina, en textos de libros que hablaban de los procedimientos a seguir, llenarme de las sonrisas de pacientes que volvían a caminar, que trataban sus dolencias, que recomponían un hueso roto.

Cuando volví a conectarme con mi celular, tenía un sinfín de llamadas de mi madre, incluso de mi padre que tan poco usaba su celular. Algunas de Jacob, números desconocidos, Alice, Jasper… incluso Rosalie.

Lo primero que hice fue llamar a casa, pero nadie respondio. Cada uno debía estar perdido en sus deberes, llamé al celular de mi madre pero luego de algunos tonos, el buzón y su voz me indicaron que dejara un mensaje.

Mami, hola… Siento haber estado perdida tanto tiempo, ¿te hablé del viaje con Edward, cierto? Bueno, cuando viajamos, ninguno de los dos atendió llamadas. Siento si les preocupe, de verdad lo siento. No volverá a ocurrir. Todo está bien. Estoy bien. Tenemos que hablar un poco más, tienes que saber que ya no hay Edward, te lo digo porque no quiero que me preguntes por él. Puedes pero no sabré responderte porque ya no sé si está bien o no lo está. No me siento mal tampoco, creo que estoy tratando de decírtelo todo para que no me devuelvas un mensaje con preguntas. Apenas escuches esto, avísale a papá y Jake, que no se preocupen por mí, que todo está perfecto. He vuelto a mi apartamento y al hospital. Los quiero, saludos.

Tuve intenciones repetidas de borrar aquel mensaje, pero a la final no lo hice y fue enviado. La siguiente fue Alice, pero tampoco respondio ¿tal vez estaba enojada? Puede que sí. Ben me había dicho que ella se había pasado por el apartamento. Debía estar más que enojada.

Alice… cariño, hola. Sé que probablemente no desees atender mis llamadas. He sido la peor de las amigas contigo y con Jasper, con personas que siempre han estado ahí para mí. Lo siento. No me justificare diciendo que estaba de vacaciones, pero a petición de él, no use el celular durante esos días. Lamento demasiado haberlos preocupado de esa manera. Para tu información y deleite, mi relación con Edward ha terminado. Y estoy bien, no te preocupes. Realmente lo estoy. Seguro querrás decirme algo luego de que escuches esto, puedo verlo en tus ojos. Lo sé, espero tu llamada, te quiero, saludos al rubio.

Paso al menos un día para recibir una respuesta de alguno, primero fue de cada, mi madre con paciencia y preguntas indagadoras, lo que más repetí en aquella conversación fue 'estoy bien mamá'. Jake era más… dilatado, jovial y olvidadizo, no hizo preguntas incomodas y se dedicó a bromear y a contar anécdotas y finalmente mi padre, omnipotente, regañándome de principio a fin. Acepte y me despedí.

Era sábado por la mañana, ya había trotado y ahora estaba libre a mis anchas, en un día normal, habría llamado a Jasper para ir a comer, o a Alice. Pero no había recibido comunicación por parte de ellos, no me sentía valiente para ir a tocar la puerta de su apartamento. Sin embargo, la puerta del mío si fue tocada. Fruncí el ceño. ¿Por qué Ben no había avisado?

Salí de mi cama, caminando lentamente hacia la puerta, sintiendo mi corazón latir más deprisa, pero era imposible lo que mis pensamientos querían traer a colación, ese pensamiento no me lo iba a permitir nunca.

Abrí la puerta con sigilo y un pequeño torbellino se abrió paso al interior del lugar.

- Buen día Isabella – disfrazada de falso orgullo, mi amiga me saludaba desde una posición alejada. Sus ojos bailaban heridos. Quise abrazarla, pero me contuve y cerré la puerta dándole tiempo para relajarse.

- Alice – saludé en concordancia - ¿Deseas jugo o café? – pregunté.

- Jugo está bien – dijo encaminándose a tomar asiento en el mueble.

Fui a la cocina a servirle un poco de jugo y sirviendo a la vez una taza de café para mí.

- Ten – extendí el vaso directamente a sus manos, sus ojos me miraron con recelo pero pude ver el punto de la curiosidad allí en sus ojos.

- Suéltalo – dije sorbiendo de mi café y preparándome. Su ceño se frunció y soltó el vaso en la pequeña mesa contigua.

- Eres la peor persona que he conocido en mi vida, Isabella Swan. ¿Cómo te desapareces de esa manera una semana? ¿Sabes las veces que tu mamá e inclusive tu papá se pusieron en contacto con nosotros? ¿Sabes las veces que fui a buscarte en casa de Edward e inclusive aquí? Eres una sin vergüenza y descarada por soltar ese mensaje de voz. Al menos deberías haber tenido la decencia de aparecerte en casa y explicar algo de frente, pero no. Tengo que venir yo hasta acá y buscarte, reclamarte. – su voz se quebró – Estábamos preocupados, tan preocupados. – dijo. Pensé.

- Te dije que iría de vacaciones – fruncí el ceño.

- Lo sabemos, lo sé, pero uno puede preocuparse – dice – te fuiste de vacaciones con alguien que apenas conocías, y… no contestabas llamadas – arrugue completamente mis facciones con comprensión.

- ¿Te estas escuchando? – mi voz sonó un par de octavas más altas. – Te acepto las recriminaciones que desees por no contestar llamadas, sabiendo que querían comunicarse conmigo por un acto normal y natural pero ¿Preocupados por estar con Edward? ¿Estas jodiendo? ¡Tres meses! ¡Tres meses de conocerlo! De vivir a su lado, se perfectamente quien es Edward, no me trates como una niña. ¡Esto es estúpido!

- ¿Por qué lo defiendes así? – cuestionó. Le mire mal.

- Porque no puedo creer que pensaran tan absurdo – dije.

- ¿Terminaron?

- Eso fue lo que dije en el mensaje.

- ¿Por qué?

- Porque si – desvié mi mirada.

- ¿Ocurrió algo? – indago.

- Nos dimos cuenta que las cosas no funcionaban, solo eso – explico.

- Lo defiendes con pasión, para ti las cosas sí que funcionaban – atacó.

- Tal vez para él no – clavo mi mirada en la suya – así está bien Alice, estoy bien. Pero no quiero escuchar más recriminaciones a su persona, ¿sí? Fui feliz, fueron tres meses felices para mí, experiencia que jamás voy a olvidar, pero ha acabado, lo he aceptado y ahora todo marcha como debe ser.

- No lo entiendo – frunce el ceño.

- ¿Qué?

- Es… tu… tu mirada, lo adoras, tus ojos brillan cuando hablas de él inclusive cuando dices que fuiste feliz. Hablando de pasado como si fuese solo cambiar de página y ya – dice – Yo estaría muriendo si acabaran las cosas con Jasper.

- No puedes comparar lo que tienes con Jasper con esto. No se parece en absoluto – digo.

- Pero tu estas enamorada de Edward, tanto o más como yo lo estoy de Jasper – dice. La miro.

- Enamorada es una palabra vaga y pobre Alice, no me malinterpretes –alzo mis manos en defensa al ver sus ojos recriminatorios – a tus ojos enamorarte debe ser hermoso y absoluto, una sensación que llena, o al menos así lo explican los libros – A mi modo es más que eso, enamorarse, es actuar en amor por algo. Para mí, mis emociones hacia él eran removidas por más cosas que algo tan banal – expliqué. Me miraba con perplejidad e incomodidad.

- ¿Crees que algún día voy a entenderte? – pregunta.

- No lo sé. Tal vez algún día te expliqué con más claridad mis pensamientos. Pero no quiero hablar más de esto – digo. Todo está bien. Me repito esa frase una y otra vez en mi mente.

.

.

A pesar de aquel día con Alice, yo no estoy bien. Han pasado tres semanas y sigo igual, esperándolo, anhelándolo, necesitándolo. No parece que aquello fuese a acabarse o cambiar en cualquier momento, por el contrario cada día parece más intenso.

Salgo con Alice, con Jasper, hasta con Ángela y algunos colegas del hospital, reuniones formales, cosas banales, distracciones de la mente. Pero siempre estoy en guardia por él. ¿Por qué? ¿Por qué mi mente no puede asimilarlo cómo es?

A veces se siente vacío.

A veces solo parece que es un lapsus de tiempo sin él y que todo volverá.

Vuelvo a golpearme mentalmente cuando me doy cuenta que no es cierto, que no va a volver, que nada va a volver.

He tenido llamadas de Rosalie, muchas… ninguna he respondido. Inclusive del número de Esme, un número del que nunca había recibido llamada, pero su nombre estaba grabado. Dudé, pero no respondí.

Llevaba un cuaderno de notas, no un diario. Solo era un cuaderno con el que me expresaba abiertamente sobre como me sentia, como de verdad me sentia. Le habia puesto el nombre de Alice por ser ella la persona más cercana. Pero… solo era yo. A veces queria contestarle a Rosalie, pero de nuevo solo era yo. Y me sentia sola, vacia.

Alice… él ya no esta. Es algo consensuado que él ya no este. Pero lo extraño, no sabes cuanto. En las mañanas, escucho sus pasos pero es invención de mi mente, a veces veo las paredes de mi cuarto y creo que son rojas pero en realidad no lo son. ¿Sabes? A veces mi cama aun huele a él, recordar aquella sesión en mi cama… hace que me remueva y me inquiete, que desee su cuerpo y su posesión.

Extraño todo, sus miradas y sus palabras locuaces y delirantes. Sus azotes, sus castigos, la mazmorra, las cenas, las salidas, la biblioteca, su presencia, su pierna para restregar mi cabeza, su mano acariciando mi cabello. ¡Extraño a mi Señor! No se mirar ni caminar sin él. Y tengo miedo, me siento como un niño perdido en medio de un centro comercial. ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? Tengo miedo de no saber continuar, de no poder avanzar. Miedo… de no volverlo a ver, y es lo que ocurre. Que no lo vuelvo a ver y duele… ¿Qué estará haciendo? ¿se acordara él de mí?

No hice tantas cosas, quería tocarlo, acariciarlo y besar su piel, ¡Oh mi Señor! Cuanto anhelo hacerle saber por mi boca lo que expresé en palabras.

Duele como una herida sangrona en el pecho, como un hueso que se parte, esos que atiendo día a día, que reparo. Pero yo no tengo reparos, porque quien me alivia no está. Y no puedo buscar a alguien más, porque me repugna el pensamiento. Solo lo quiero a él.

A veces me deslizo en la locura, mis manos fingen ser las suyas, ¡oh sí! Esos momentos en los que mi mente loca trae a colación a su persona, parece que él esta allí, que él me ve y actuó, me toca, duele y se siente bien… sonrió. ¡Oh locura! ¡Dulce! Me mata… me aviva, lo toco. Pero al final, cuando todo ha acabado y abro mis ojos, él no está. Ha sido mi mente. Soy feliz en ese momento, cuando mi mente se desliza en la locura. La locura que él me ha enseñado.

Hoy es un día más. Hace un mes que todo ha acabado, y sigo pensándolo.

Conduzco al hospital dando sorbos de café esporádicos. Esta delicioso, el sol irradia. Me siento bien.

Estaciono y subo con mi bata y café en mano.

- Buenos días Ángela – saludo a la joven de cabello azabache que me sonríe desde su lugar.

- Buenos días Dra. Swan ¿Cómo se encuentra? – pregunta sonriendo, sin dobles intenciones, solo un como amaneces.

- Muy bien, ¿tu? – le devuelvo.

- Perfectamente, en un momento le paso la lista de hoy – asiento y me dirijo dentro.

Así inicia un día más, de labor, de distracción y pasión por el trabajo, me distraigo y me animo con cada sonrisa de pacientes satisfechos. Voy por la cafetería e intercambio saludos y comentarios. Esto es mi vida y poco a poco estoy aceptándola de nuevo. Con Benjamin almorzamos en la cafeteria, se ha comportado como un colega, hasta un buen conocido, no ha habido acercamientos atrevidos por su parte, nunca más.

- Hoy tenemos una visita – dice mientras almorzamos.

- ¿Quién? – digo tragando mi ensalada.

- ¿Te suena Marco? – abro mis ojos y sonrió girando mi cabeza en direcciones.

- ¿A qué hora viene? – mi voz es risueña.

- Lo hare ir a tu consultorio – dice – Probablemente él vaya allí antes de venir conmigo. Eres su alumna favorita desde siempre – le sonrió. Termino mi ensalada y vuelvo al trabajo.

La tarde pasa sin anécdotas importantes, solo un seguimiento común y rutinario, hasta que suena el teléfono y Ángela me indica una visita, hago pasar de inmediato sabiendo a quien me encontrare. Acomodo mis cosas y registro mi atuendo, la puerta se abre y giro mi cabeza con una sonrisa.

- Profesor Marco – dijo sonriendo ampliamente. El hombre canoso y de rostro envejecido me sonrió con amplitud.

- Isabella, que gusto verte – me acerco a él y lo abrazo con gusto.

- ¿A mí no me saludas Isabella? – me separo de mi antiguo profesor y miro a su lado, al joven de rostro limpio y aniñado, cabello solapado y negro, un bien presido joven.

- Alec – digo con una sonrisa y me acercó, él adelanta y me estrecha como si existiese demasiada confianza entre nosotros.

- Que gusto volver a verte Isabella – dice, le sonrió y me alejo volviendo a mi escritorio e indicándoles que sigan. Lo hacen.

- Que gusto tenerlos aquí – digo. Mi profesor sonrió.

- Se te ve muy bien Isabella, ¿Cómo has estado? – pregunta.

- Bien, trabajando – digo.

- Como siempre.

- Como siempre – concuerdo.

Lo que queda de tarde pasa demasiado rápido, una charla que se nos torna amena. Marco ha venido a conseguirle un lugar a Alec en el hospital. Eso está bien, el chico sabe lo que hace y se apasiona por ello, lo he descubierto mientras intercambiamos opiniones profesionales.

A Marco nadie le niega nada y consigue una vacante forzada para Alec quien se muestra feliz y positivo. Tal y como el chico de aquel congreso. Esa noche me voy con nuevos pensamientos y sonrientes a mi apartamento. Un mes luego, parece que vuelvo a rendir mi vida de forma mas tranquila.


¡Buen día!

Feliz inicio de Semana...

Lejos de lo de arriba... pues espero les agrade (? em... me demorare en actualizar, ya he empezado clases de nuevo y eso... es una gran cosa. Pero tratare de que no sea demasiado.

Gracias, nos leemos :*