Capítulo 26


La peste de la sangre estaba en todas partes. Derek no pudo oler otra cosa desde que la batalla comenzó. Todo parecía bien al principio, pero en el momento en que fueron detectados, todo se fue al demonio. Los sobrepasaban en número, casi dos a uno, y, mientras lo Hale y la manada de Deucalion atacaban para herir, Ennis y sus lobos lo hacían para matar. Derek no tenía idea de cuánto tiempo llevaban peleando y había perdido la cuenta de contra cuántas personas había luchado. Hasta el momento, sólo se las había arreglado para incapacitarlos, pero comenzaba a darse cuenta de que eso no sería suficiente, porque los lobos sanaban rápido. Ahora sabía, sin duda alguna, que saldría de esto con los ojos de un frío color azul.


Los ojos comenzaron a dolerle, pero Stiles no podía obligarse a dejar de leer. Se estaba volviendo más y más difícil concentrarse. Lo bueno era que estaba obteniendo un montón de información sobre los hombres lobo, pero no se sentía emocionado al respecto. Durante un momento, pensó en desobedecer a Talia Hale y llamar a su papá para decirle la verdad sobre la batalla, pero era demasiado riesgoso. La lucha probablemente sería lo suficientemente sangrienta sin añadir humanos a la mezcla; además, ya era muy difícil preocuparse por Derek y no podría tolerar el pensamiento de perderlos a ambos.

Era raro, tener tantos sentimientos por Derek. No se conocían tan bien y aún así, Stiles se sentía como el esposo de un soldado, esperando a que su hombre volviera sano y salvo. Por supuesto, recordaba los pocos encuentros que tuvo con Derek cuando eran más jóvenes, pero sabía que, en aquel entonces, sólo se había tratado de una atracción estúpida; pero ya no más. No se atrevió a ponerle nombre a sus sentimientos, aún cuando estuvo pensando en ellos los últimos quince minutos, mirando nada en particular.

Justo así lo encontró Cora cuando entró. Stiles la conocía de vista: ella era un año mayor que él, después de todo, pero en aquel entonces no tenía idea de que era una Hale. Ahora todo tenía sentido, pensando en ello: ella y Derek eran muy parecidos.

Ella entró sin decir palabra y se sentó en el suelo frente a él.

—Odio esto —dijo sencillamente.

—Yo también, pero todo lo que podemos hacer es esperar.

—Es fácil para ti decirlo: no es tu familia la que está allá afuera —escupió. Stiles se negó a responder. Ella tenía razón, no era su familia, pero también sabía que sólo se estaba desquitando con él; si sólo necesitaba alguien a quien gritarle, bien, pero no iba a contestarle.

— ¿Por qué te secuestraron? —preguntó Cora al calmarse—. Digo, sin ofender, pero no entiendo qué vieron en ti.

— ¿Te refieres a aparte de mi encantadora personalidad y mis sorprendentes contestaciones agudas? —Bromeó de vuelta, ganándose una cabeza ladeada y una ceja alzada de parte de la chica adolescente—. No lo sé: el tipo Alfa creyó que yo era importante para Derek de alguna manera —Stiles se perdió en sus pensamientos, recordando lo que el lobo grandote le había dicho a la mujer que estaba con ellos… lo que le recordó algo que había estado preguntándose—: ¿todos los lobos tienen garras en los pies?

— ¿Qué?

—Aquella mujer, una de los lobos con Ennis, estaba descalza y tenía pequeñas garras en los dedos de los pies. Era muy extraño; vi lo mucho que a ustedes les gusta ponerse todos «grr», pero ¿significa eso que destruyen sus zapatos todo el tiempo?

Cora permaneció en silencio, tras un momento, Stiles pensó que su interpretación del «grr», completa con gestos de las manos y los dientes expuestos, fue demasiado para ella.

— ¿Cuál era su nombre?

— ¿Uhm? —preguntó Stiles, confundido.

—La mujer: ¿escuchaste su nombre?

—No lo sé: la llamaron Katy o algo. También era una Alfa —antes de que Stiles pudiera preguntar porque era importante, Cora estaba de pie nuevamente y abandonando la habitación—. ¡Hey! ¿A dónde vas? —preguntó, persiguiéndola.

—Kali. Si la viste, significa que su manada está aquí —dijo, prácticamente corriendo.

— ¿Y qué? —preguntó Stiles, confundido, haciendo que Cora se detuviera y lo empujara contra un muro, dejando la mano sobre su pecho.

—Ennis solo tiene más hombres que nosotros y Deucalion juntos, ¡con la manada de Kali podrían ser cientos!


Derek no podía creerlo. No podía creer lo lejos que las cosas llegaron. Estaba cubierto de sangre, con los músculos doliendo pero sin poder detenerse. No podía parar o acabaría muerto.

Sus ojos eran azules ahora. Los ojos de todos eran azules ahora, exceptuando a los Alfas… y a los muertos.

Perdió de vista a Laura y Peter. Su tía Mallory y su hijo Tom estaban peleando espalda contra espalda. Su padre no estaba lejos de él, peleando con dos de los Betas de Ennis. Su madre estaba en su forma de lobo, desgarrando y mordiendo a una velocidad asombrosa, y Jared… Jared estaba en el suelo, rodeado por un charco de su propia sangre, con los ojos muy abiertos. Ennis lo mató.


Los guardias no les permitieron irse. Cora gritó, rogó y trató de pasarlos a la fuerza, pero, sin importar cuántas veces ella y Stiles explicaran la situación, no se hicieron a un lado. Estaban de vuelta en la pequeña oficina, sentados en el suelo. Stiles estaba dibujando en su libreta mientras Cora hervía de furia.

—Tienen razón, de todas formas: la batalla ya comenzó. No hay nada que podamos hacer —dijo Stiles. Cora lo miró, dejando de torturarse una uña entre los dientes, lista para gritarle con ira cuando vio la libreta que sostenía.

"Pueden estar escuchando. ¿Hay alguna manera de salir sin ser vistos?" estaba escrito en ella.

Ella se detuvo a pensar un momento y entonces asintió.

Esperaron un rato, para que los guardias se olvidaran de ellos, y Cora lo guió al sótano. Los prisioneros estaban ahí, sentados en el suelo, con los brazos encadenados a postes de metal detrás de ellos. Los dos hombres lobo parecían agitados, pero tenían profundas heridas que los habían debilitado. La mujer, por otro lado, estaba muy callada y tranquila. Siguió a Stiles y Cora con la mirada mientras cruzaban la habitación hasta llegar a una puerta de acero, sonriendo a través de la pieza de tela que la silenciaba.

—Espera —dijo Stiles cuando Cora comenzó a caminar para atravesar la puerta. Caminó hacia la rara mujer y la miró. Entonces, tomó el bate de béisbol que vio antes en un aparador.

Tras la puerta, había un túnel que, según Cora dijo, llevaba a la Reserva, tan lejos de la casa que los guardias no los oirían ni olerían. Era una entrada secreta de la que nadie fuera de la familia sabía. Caminaron por unos minutos, hablando con libertad sobre su plan ahora que no podían ser escuchados.

— ¿Estás seguro de que sabes dónde están? —Cora le preguntó por lo que se sintió como la décima vez.

—Sí, ya te dije. El mapa estaba justo frente a mí y el lugar estaba marcado con rojo. Probablemente tomará media hora caminar hasta ahí.

—Stiles…

—Lo juro, Cora, sé dónde está.

— ¡Stiles! —insistió Cora, que había dejado de caminar sin que Stiles lo notara, por lo que él siguió avanzando.

— ¿Por qué paraste? —preguntó, dando media vuelta.

—Es serbal del cazador —Cora señaló una marca de cenizas oscuras que parecían desaparecer en huecos diminutos en cada extremo del túnel—. Es un sistema de seguridad. Sólo lo usamos como última opción. No pensé que fuera a estar aquí.

— ¿Pero es bueno, cierto? Mantiene a los chicos malos fuera.

—Sí, ¡pero también me mantiene dentro, Stiles! Y a menos que tengas serbal fresco, no podremos cerrarlo de nuevo si lo rompemos.


Todo estaba borroso. Seguía peleando, pero se sentía como si estuviera en piloto automático. Derek tenía más heridas de las que recordaba haber tenido jamás, su camisa estaba rota y sangre cubría cada centímetro de su piel. Estaban perdiendo.

Cuando el hombre lobo con el que había peleado los últimos diez minutos por fin cayó, miró a su alrededor buscando a su familia. No pudo encontrar a nadie. Intentó encontrar un aroma, pero no sirvió: el olor de la sangre era peor que nunca. Súbitamente, escuchó un gruñido familiar y giró justo a tiempo para ver a su padre arremeter contra Ennis. Chocaron uno contra otro y, por una fracción de segundo, Derek pensó que su papá lo había logrado… pero entonces el Alfa gigante arrojó a Damien muy lejos de él y el Beta permaneció en el suelo.

Derek corrió hacia él, arrodillándose a su lado, cubriendo automáticamente con las manos la herida en el pecho de su padre. La sangre fluía a través de sus dedos y supo, cuando miró los ojos de su padre, que estaba muriendo.

—Papá —sollozó Derek una y otra vez, con lágrimas resbalando por su cara—. Papá, por favor, no…

—No te preocupes, cachorro, te reunirás con él pronto —dijo Ennis a sus espaldas. Estaba parado a pocos pasos de él, con una sonrisa malvada en los labios.

— ¿Por qué haces esto? —Le gritó Derek—. ¿Qué es lo que quieres?

— ¿No es obvio? Quiero lo que tu familia ha monopolizado por años con esa ridícula manada de ustedes. ¿No crees que es un poco injusto que tengamos que hacer todo lo que la perra de tu madre dice sólo porque puede transformarse en lobo? Ni siquiera tienen la mitad de miembros en su manada que yo, pero aún así debo respetarla, ¿y por qué? ¿Por tener pelo?

— ¿Entonces qué? ¿Vas a matarnos por tener más honor que tú? —Derek sollozó y rió en dirección del Alfa.

—No, voy a matarte junto a toda tu manada para quitarles el territorio.

— ¿De qué mierda estás hablando? Ya no hay nada especial en Beacon Hills, ¡el Nemeton ha estado muerto por años!

La sonrisa de Ennis creció aún más ante la mención del Nemeton.

—Qué bueno que conozco a alguien que puede revivirlo.

Lo que Ennis sugirió era demente y, aún así, le trajo recuerdos al Beta. Recuerdos de la Paige de quince años muriendo en la bodega bajo las raíces y de Jennifer hablándole del poder del Nemeton… Jennifer, que alguna vez se llamó Julia Baccari.

No la había reconocido. ¿Cómo podría? Nunca antes vio su cara original. No hasta el secuestro de Stiles. No hasta que la tomaron prisionera. Van a atacar la casa… pero el pensamiento de Derek se detuvo al percatarse de que ya no podía sentir el pecho de su padre subiendo y bajando, no podía escuchar el ligero latido de su corazón o su laboriosa respiración: Damien Hale estaba muerto. Los brillantes ojos azules de Derek resplandecieron en la noche mientras alzó la cabeza al cielo para lanzar un poderoso aullido. Saltó para ponerse de pie y encarar al Alfa mientras éste le mostraba los dientes.


Winifred estaba intentando leer en la sala de estar de los Hale, aún cuando su mente no dejaba de divagar hacia su esposo y la batalla en la que estaba peleando, cuando escuchó el golpeteo de pies pequeños bajando la escalera. Nathan caminó directo hacia ella, como si todo el tiempo hubiera sabido dónde se encontraba. Probablemente percibió su aroma, pero ella no tenía idea de si ya era lo suficientemente grande para hacer eso.

—Tía Winy, tengo sed —dijo, con el pulgar derecho metido en la boca.

—Entonces vamos a conseguirte algo de agua —sujetó su mano libre y lo llevó a la cocina.

— ¿Dónde está Cora? —le preguntó Nate mientras ella servía algo de agua en una vieja taza entrenadora, la única que usaban cuando Nathan estaba muy cansado para ser cuidadoso.

—En su habitación: ya pasó su hora de dormir también.

—No, no está ahí, ya miré.

Fred hizo una pausa para pensar. No había estado prestándoles mucha atención a los adolescentes en la casa: había estado demasiado ocupada cuidando a Nathan y Nina y preocupándose por Peter.

—Estoy segura de que está por ahí. La buscaré —le dijo para reconfortarlo.

Una vez Nathan volvió a la cama, Fred revisó cada habitación que le vino a la mente, pero tanto Cora como Stiles parecían haberse desvanecido.


Derek iba a morir; todo había terminado. Apenas unos minutos luchando contra Ennis y ya estaba de espaldas en el suelo, con el costado sangrando profusamente. El gigante estaba a unos pasos frente a él, abriéndose paso para infligir el último golpe, cuando ambos escucharon ruido proveniente del bosque a sus espaldas y vieron a Stiles corriendo a través de este, con un bate de béisbol en la mano.

Los dos hombres lobo se congelaron, impresionados, cuando el adolescente humano se plantó entre Derek y el Alfa.

— ¡No te atrevas a tocarlo, tú…! De hecho, no se me ocurre ningún insulto ahora, pero si tuviera uno, sería muy grosero —balbuceó Stiles.

Ennis rió, pero no dijo nada.

—Stiles, ¿qué demonios estás haciendo? ¡CORRE! —comenzó a gritar Derek, siguió vociferando, rogándole al adolescente que se pusiera a salvo, pero no sirvió: Stiles era demasiado testarudo para hacerse a un lado.

El joven movió el bate hacia el gigante que tenía enfrente, intentando darle en la cabeza, pero Ennis lo sujetó sin esfuerzo. El Alfa miró al humano con honesta confusión.

— ¿Qué crees que haces, hombrecito? —preguntó, sonriéndole.

Stiles lanzó una mirada rápida a las espaldas del enorme hombre lobo y entonces lo observó a él, sonriendo también.

—Distrayéndote —dijo, justo antes de que Talia, aún transformada en lobo, saltara a la espalda de Ennis, cerrando las fauces en su cuello con tanta fuerza que sus vértebras reflejaron la luz de la luna.

El cuerpo del Alfa aún no había tocado el suelo cuando Stiles echó a correr hacia Derek.

— ¿Estás bien? —le preguntó Stiles con preocupación, mirando la herida en el costado del Beta.

— ¿Qué carajo, Stiles? ¿Cómo llegaste aquí? —Gritó Derek, furioso, sin poder creer lo imprudente que el humano podía ser.

Antes de que Stiles pudiera justificarse, oyeron un profundo gruñido proveniente del sitio donde Ennis solía estar. Al principio, Derek creyó que había sido uno de los Betas de Ennis, deseando venganza, pero no era así. Era Talia, aún en forma de lobo, pero más salvaje de lo que nunca la había visto, gruñéndole peligrosamente a Stiles.

Derek reaccionó a toda velocidad cuando se dio cuenta de que ella iba a atacar al humano: se puso rápidamente de pie, empujó a Stiles a sus espaldas, se inclinó hacia el suelo, con una mano aferrándose al suelo del bosque bajo su cuerpo para estar al mismo nivel que los ojos de su Alfa, y rugió. La impresión de ser desafiada por su propio Beta sacó a Talia de su estado rabioso, lo suficiente para que pudiera recuperar el control. Permaneció en silencio un momento, observando los alrededores. La gente de Ennis había desaparecido, huyendo en el momento en que sintieron la muerte de su Alfa. La batalla había terminado: ahora podía llorar la muerte de su hermano y esposo.


En la casa, Nathan despertó con Cora a su lado, acariciándole el pelo.

—Creí que te habías ido —le dijo, adormilado.

—No podía dejarte, jovencito —le respondió con una sonrisa—. Le prometí a papá que te protegería.


En un viejo sótano, muy lejos de Beacon Hills, Gerard Argent estaba sentado frente a un escritorio, mirando mapas en el momento en que alguien entró.

—Señor, la batalla terminó. Ennis falló.

—Como predije. ¿Cuántos lobos murieron? —preguntó Gerard, encantado.

—Ennis y treinta y cinco de sus lobos murieron. Deucalion perdió casi la mitad de su manada.

— ¿Qué hay de los Hale?

—Dos de ellos murieron: el esposo y uno de los hermanos del Alfa.

— ¿Y los prisioneros?

—Nuestros hombres fueron asesinados por lobos resguardando la casa: no tuvieron tiempo de romper la barrera de serbal, así que Kali no pudo entrar. Cuando la perra oyó las noticias de la muerte de Ennis, huyó.

—Está bien: no la necesitamos ni a ella ni a su bruja —respondió el anciano, con la felicidad menos notoria ahora.

— ¿Cuál es el plan, señor?

—Esperaremos. Pronto los haremos pagar.

Gerard despidió al otro hombre y sonrió. Ennis fue tan fácil de manipular, tan necesitado de más poder que ni siquiera cuestionó las motivaciones de un Argent. Los Hale pusieron a su hija en la cárcel y convirtieron a su hijo en un desertor.

Chris no había estado de acuerdo con él en la elección de Kate de atacar a la manada Hale, ocultándose tras ese viejo código que le gustaba tanto y empacando sus maletas para mudarse a Beacon Hills y proteger a los «lobos inocentes de gente como Kate».

Los «lobos inocentes» no existían, pero a Gerard no podía importarle menos el súbito cambio de corazón de su hijo. Tenía cosas más importantes en qué pensar, como en cómo usar lo sobrenatural para detener la enfermedad creciendo en su interior y vengar a su hija al mismo tiempo.


Los Argent son la familia más castrante de los TV Show. Necesitan un encuentro con los Winchester para bajarse de su pedestal :p

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