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Unan los espacios en ambas direcciones.



Los Sueños que Hacen Daño

Se paseaba de un lado a otro, nervioso. Sus ojos de vez en cuando se alzaban para observar la ventana iluminada en la torre intermedia. La risotada de su padre se extendía rimbombante, mientras las copas sonaban cristalinas al golpear entre ellas.

Suspiró. Sacudió si pie en el suelo, como lanzando una patada a alguien invisible, y levantó una nube de polvo que le dañó los ojos.

Lanzó una palabrota, maldiciendo mientras se sacaba la tierra de ellos. Ese día no podía terminar peor.

Cuando los logró abrir, después de una larga perorata de palabras irrepetibles, lo primero que vislumbro ante las lágrimas fue un ágil caballo blanco.

-Buenas noches, Yerko.- Saludó una melodiosa voz. El aludido levantó la cabeza con los ojos achicados sin mucho ánimo. No podía ser esa chica de nuevo, ¿cómo diablos se la podía sacar de encima?- ¿Estás bien?

El chico notó como la joven doncella se bajaba del caballo. La observó de pies a cabeza y rió descortés. Era la única mujer del pueblo a la que le gustaba vestir mallas de hombre con blusones anchos. Además, su cabello rizado estaba repleto de heno y ramitas de trigo. A su parecer, una mujer cabalgante no era sensual si no llevaba un vestido puesto.

-¿Cómo te va, Hazel?- Respondió lacónico. La chica rió agudo ante su respuesta.

-Muy bien, gracias por preguntar.- Contestó cortés intentando disminuir la agudeza de su voz.- Pero tú no, por lo que veo.

-Eso no te importa.- Le contestó con desdén girándose a ver la ventana ante una nueva risotada de su padre.

-¿Aún estás mal por lo de la sacerdotisa? – Preguntó a la defensiva, Yerko se impresionó ante sus palabras y se volteó con fuerza.

-¿Qué? ¿Cómo lo…?

-¿Cómo lo sé? – Siguió hablando ofendida.- Es la comidilla del pueblo. Trístan fue a buscar un sanador la noche pasada, le suplicó que era algo que debía mantener en secreto, pero Rudy, ya sabes, el borracho ese, oyó todo. Ahora es lo que se está comentando, es la novedad del momento.

Yerko abrió la boca, intentando procesar las palabras de la chica, "Trístan, sanador, borracho, comidilla". Sólo una cosa podía concluir de todo eso: Nacet se había puesto peor.

Trató de parecer casual, ya que tampoco quería darle a la chica razones para demostrarle que estaba en lo cierto.

-¿Le crees a Rudy? – Dijo con una risita mordaz, Hazel de inmediato se coloreó de rojo y bajó la mirada.- Lo sospechaba. – Rió divertido.- Le crees a un borracho. ¡Todo el pueblo se ha fiado de las palabras del borracho! Que gran fuente tienes, Hazel. ¡Bravo!

-¡No te burles! – Gritó ofendida.- Y para que te vayas enterando, ¡sí, le creo!

Yerko levantó una ceja. Una nueva risotada escapó de la torre. Pero esta vez, no miró hacia arriba.

-¿Disculpa?

-Le… creo.- Repitió nerviosa.- Le creo. ¿Sabes por qué? – Le espetó furibunda, quería verlo sufrir, por idiota.- Para nadie es novedad Trístan esté enamorado de esa mujer, todos lo sabemos y lo sospechamos. Y lo peor, es que parece que ella le corresponde. Basta con que simplemente se vean los ojos, ¡todos se dan cuenta! Es obvio que él la esté cuidando, la última vez que mamá fue a verla para solicitarle unas hierbas la vio tan delgada que parecía un esqueleto.

-¡Ya basta, Hazel! – Le gritó bajando su tono de voz. Sonó tan imponente que la chica retrocedió un paso chocando con su caballo.- ¡Deja hablar así de Nacet!

-¿Qué tienes con ella, Yerko? ¿Por qué esa obsesión? Ella es una Sacerdotisa, S-A-C-E-R-D-O-T-I-S-A.

-¡YA SÉ LO QUÉ ES! – Le gritó colérico.- ¡Y no me interesa! A diferencia de ti, ella es una mujer de verdad. ¡Y haré lo imposible para que ese desgraciado de Trístan no me la quite de nuevo!

-¿Qué te la quite? – Susurró la chica con los ojos llorosos.- ¿Cómo te la va a quitar si ni siquiera te nota?

-¡Trístan no fue el que la salvo! ¡Fui yo! ¡Yo la salvé! ¡Yo debería estar cuidando de ella! ¡Yo debería haber ido a buscar al sanador, no él!

-¿De qué estás hablando? – Preguntó la chica con los ojos abiertos- ¿Qué, la salvaste? ¿De qué?... ¿Tú tienes algo que ver con que ella esté mal?

Yerko no contestó. Se giró, observó una vez más la torre y se acomodó su capa.

-Eres una entrometida Hazel. ¿Qué viniste a hacer acá? ¿A burlarte de mí desgracia?

La chica se demoró un poco en contestar. Se giró para ver a su caballo y le quitó una canasta de la montura.

-Sólo vine a traerte un pastel. Te vi tan mal está tarde que pensé que te animaría. ¿Pero sabes? Creo que ya no vale la pena.

La chica volteó la canasta, produciendo que el pastel que estaba en su interior cayera al suelo. El caballo relinchó, y Yerko pasó de observar el pastel en el suelo a la chica, que lloraba.

-No sé por qué pierdo mi tiempo contigo. –Sollozó.- Todo lo hago por ti, y aunque me humilles sigo persiguiéndote como una tonta. ¿Cuándo vas a entender Yerko, que entre Nacet y tu no puede haber nada? Ella no puede enamorarse, y de ser así… ya eligió. Y no fuiste tú.

La chica se montó en el caballo, que volvió a relinchar cuando ella izó las riendas, y se giró con fuerza, alejándose del lugar.

Yerko no quitó los ojos del pastel en el suelo, y por primera vez, en mucho tiempo, sintió que sí tenía razón. ¿Cómo podía humillarse tanto por alguien que jamás le correspondería?

Sólo había una solución para ello. Si no podía tenerla, Trístan tampoco. Ella era una sacerdotisa, así que haría lo posible para que la ley se cumpliera. O Nacet, cumplía con su celibato, o él mismo haría justicia.

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Morgan se despertó con un terrible dolor de cabeza y el pecho apretado. A su alrededor todo era silencio. Hasta ese momento nadie le había explicado por qué lo habían encerrado en aquella habitación, sólo sabía que tenía que ver con el anillo que Tiare le había entregado.

Observó a su alrededor. Sólo lo acompañaban una cama, un sofá y la luna que se filtraba tras una nube.

Durante las pocas horas que llevaba con el anillo puesto en su dedo, sentía que algo era diferente.

Bajó los ojos para observarlo, y poco a poco elevó la mano junto con sus ojos para dejarlo frente a su cara. Era un hermoso anillo de oro con la incrustación de una esmeralda tallada finamente.

La contempló por largo rato, maravillado por el reflejo de la luz de la luna reflejada en la piedra. Sus pupilas se achicaron y sus ojos se cerraron lentamente hasta dejarlos con forma de rendija. Por su cabeza, la aterradora silueta de su padre elevando a una chica del suelo y amarrándola contra un árbol le hizo estremecer. Pero algo curioso sucedió. Recordar aquel suceso le provocó una extraña incertidumbre. Su corazón se aceleró, y curvó sus labios en una mueca sin emoción al recordar la sangre de la muchacha resbalar por el tronco del árbol hacia el suelo.

Abrió un poco más los ojos, sin quitarlos del anillo. Y la mueca se hizo más pronunciada. Pero está vez, era similar a una sonrisa.

Dos golpes en la puerta lo distrajeron. Parpadeó un par de veces, atontado. Observó el anillo con espanto e intentó quitárselo, pero no salía. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué ver a aquella chiquilla muerta le dio placer?

-No…-Murmuró espantado.- Yo no soy así…

-¿Morgan Candeviere?

La voz de Calfulaf llegó suave a sus oídos. Su corazón se aceleró mucho más, intentó tranquilizarlo, pero le fue imposible ante el pánico de haber sentido aquella sed de sangre.

-¿Morgan estás ahí?

El chico se levantó de la cama temblando. Se acercó a la puerta extrañado y se apoyó en ella.

-Es gracioso que me lo pregunte.- Reparó sarcástico.- Ustedes me encerraron en este lugar.

-Me alegro que estés despierto.- Se escuchó la voz de Calfulaf desentendida y el sonido de la cerradura al abrirse. - ¿Cómo te sientes?

-Bien.- mintió. La verdad, era que estaba tan aterrado por lo que acababa de ocurrirle que no se le ocurría qué podía decir.

Calfulaf sonrió seriamente, asintiendo con la cabeza. Nuevamente, pasó por alto la actitud sarcástica del chico.

-Necesito tu ayuda, hijo.

Morgan frunció el ceño. Calfulaf entró a la habitación rengueando de espaldas a él, y luego se giró para contemplar al chico que aún sostenía la mirada de extrañeza.

-¿Qué ocurrió?

-Tiare.

Escuchar aquel nombre le impulsó a abrir la boca y a tensar cada músculo de su cuerpo. Por la expresión del anciano, era lógico que algo no andaba bien con la chica.

-¿Le pasó algo? ¿Está bien?

Calfulaf tomó su tiempo ante de contestar, pasando sus ojos de los de Morgan al anillo en su dedo.

-No.- Contestó con delicadeza pensando en las palabras correctas para no herir a Morgan.- Tiare está delicada de salud. ¡Pero no puedes verla!

El chico ya había puesto un pie fuera de aquella habitación cuando el anciano le gritó. Se giró sobresaltado y con la mirada llena de terror.

-Hay algo que debes saber, Morgan.

-¿Qué puede ser más importante que el estado de salud de Tiare? ¡Quiero verla!

-¡No, Morgan! – Exclamó Calfulaf, y luego suspiró- Debes escucharme antes, hay algo que debes saber.

El chico lo vio de soslayo, debatiéndose entre salir arrancando u oír al anciano. Finalmente, cerró la puerta y caminó con rapidez hacia la cama. Calfulaf sonrió triunfante, pero preocupado.

-Morgan, hay algo que debes saber de ese anillo que Tiare te ha entregado. Luego de que me escuches, podrás ir a verla.

Al escuchar la apalabra "anillo", de inmediato su corazón se aceleró, y una presión extraña ejerció en su dedo, aunque no le prestó atención a ninguno de los dos. Seguro era por el cansancio.

-¿Qué ocurre con el anillo, señor? Sé que debo devolverlo, pero…

-Morgan, - interrumpió Calfulaf.- ¿sabías que ese anillo tiene vida propia?

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-¿Cómo harás para que ella venga con nosotros? – Preguntó la niña con temor en su voz.- No quiero que le pase nada.

-Tengo que dormirlo...- Contestó Omanshai con voz trémula, la niña se estremeció. Ambos estaban escondido tras los setos, justo a pocos pasos de la entrada a La Madriguera.

-¿Cómo planeas dormirlo si están todos dentro de la casa y cerca de él?

-Ellos no viven aquí.- Susurró cerrando los ojos.- Van a salir luego, hay que seguirlos. Necesito que tú hagas el primer contacto.

-¿Cómo lo hago? – Musitó Sio infantilizando aún más su voz. El japonés irguió su postura mirando al horizonte nevado.

-Eres una portadora. –Explicó como si fuera obvio, ella parpadeó confundida.- En tu ser se aloja un poder universal, celestial… los niños se sienten atraídos por él.

-Yo soy una niña y no me siento especial.

-Pero él está saliendo de la fase bebé. Aún no cierra el tercer ojo, está a poco de hacerlo*, y si me acerco sabrá lo que quiero hacer.

-Oh…

Ambos se quedaron en silencio, oyendo el gélido sonido del viento entre los pinos de la frontera. Sio se estremeció, Omanshai la vio de reojo y dudando, le colocó un brazo alrededor de los hombros. De inmediato, una luz roja se extendió por el cuerpo de la niña, y ella sonrió.

-Gracias. – Murmuró con dulzura. El chico a penas le pudo devolver la sonrisa. En aquellos momentos, por su mente cruzaba la silueta de Keitaro quebrando una urna de cristal. Su corazón se apretó, y se estremeció con fuerza al ver como una estela de humo plateada escapaba por entre los pedazos de vidrio.

-¿Estás bien? – Sio le tomó la mano con dulzura. Omanshai no contestó. - ¿Koe?

Pero él no contestaba.

El transe lo había llevado a situarse en el mismo lugar de los hechos. Estaba en la misma bóveda dorada, y contemplaba con dolor aquella delicada urna quebrada.

Se agachó con los labios temblorosos y tocó con sus largos dedos el poco líquido plateado que quedaba esparcido en el suelo. Se lo acercó a los ojos, e intentó compenetrarse con el líquido, pero no sucedió nada.

Los recuerdos de su padre habían sido mancillados, y ahora, además de no poder cobrar su libertad, jamás podría enterarse de su pasado.

Se levantó del suelo temblando de pies a cabeza y con los puños apretados. Lanzó un grito al aire.

Sio cayó al suelo y le soltó la mano cuando el chico lanzó semejante aullido de dolor. No entendía que sucedía.

-¿Koe? – Repitió angustiada. El chico abrió sus desiguales ojos y contempló a la niña con dolor.

-Hay que acabar con Candeviere… con Keitaro, y con todos los desgraciados que nos han usurpado la vida. – Amenazó con ira.

La niña asintió lentamente, sin comprender aún. Omanshai se giró al oír la puerta de La Madriguera abrirse, y achicó a los ojos cuando notó al pequeño niño en brazos de su hermano mayor.

-Vámonos.- Le ordenó a Sio, quien se levantó del suelo con rapidez. Omanshai le tomó la mano, y ambos en medio de la nada, se esfumaron en el aire.

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Harry se despidió cortésmente de los primos de Oswald, intentando dar el menor énfasis posible en el niño, el cual le recordaba terriblemente a él mismo.
Cuando Molly los fue a dejar a la puerta, el chico suspiró cansado. Oswald seguía llenando de elogios a Ginny la que se veía terriblemente incomoda en sus brazos.

-¿No crees que serías una bella madre? ¡Te veías preciosa con Danny en tus brazos!

-Oswald… por favor. – Se quejó intentando zafarse del abrazo.- No sigas con eso, ¡que vergüenza!

-¿Te imaginas que lindo sería?

Harry sintió que sus músculos se tensaban, ¿cómo se atrevía ese imbécil a decir semejante barbaridad?

Ginny se giró curiosa al oír un crujido. Se sonrojó de inmediato al encontrarse con los ojos de Harry que la veían furibundo. Sin embargo, a penas estos hicieron contacto con los de ella, se cerraron.

Harry sintió como el calor comenzaba a subir por su cuerpo hasta su cuello. No podía contenerse al recordar lo poco y nada que había sucedido la noche anterior.

Ginny se quitó a Oswald de encima dándole excusas vagas sobre que no pensara idioteces, mientras Harry salía de la cocina con rapidez hacia su habitación.

A penas se encerró en el cuarto, lanzó una patada al escritorio delante de la ventana, y se sentó con rabia en la silla tras éste.

Se agarró la cabeza con ambas manos y comenzó a tranquilizar su respiración. No sabía cómo seguir aguantando aquella situación, ya le estaba sacando la cuenta.

-¿Cómo? ¿Cómo rayos lo hago? – Se quejó.- Aguanté seis años, unos cuantos meses no me harán daño… pero este idiota… mal nacido…. ¿Quién se cree que es este…?

Con ambas manos cerradas en un puño golpeó la mesa y así se quedó. Una ráfaga de aire calido se filtró a través de alguna abertura, y el perfume de madera mojada invadió sus pulmones. Para cuando abrió los ojos se encontró nuevamente con aquel chico que había visto otras tantas veces en sus sueños.

Trístan contemplaba preocupado, y con el semblante sombrío frente a la luz de una artesanal chimenea, a la escuálida sacerdotisa que reposaba en la camilla.

La herida en la cabeza había comenzado a sanar, pero el maldito ayuno al que estaba sometida no dejaba que pudiese cuidar de ella. Se negaba rotundamente a comer algo.

Unos golpes en la puerta lo hicieron girarse con fuerza y levantarse de su butaca. Estaba agotado. No había dormido a causa de los cuidados que debía brindarle a la muchacha, y por ello, tampoco tenía la cara ni los ánimos de recibir a alguien en su humilde morada.

Abrió la puerta y se asomó con cuidado. Una chica de cabello rizado y claro lo observaba con ojos tristes.

-¿Trístan?

-¿Hazel? ¿Qué haces a estas horas por acá?

-Vine a advertirte, Trístan.- Susurró la muchacha, cuyos ojos estaban enrojecidos. Probablemente había estado llorando.

-¿Advertirme?, ¿Hazel, estás bien?

La chica agachó la cabeza y negó rotundamente.

-Cuídate de Yerko, creo que planea algo para acercarse a la sacerdotisa.

-¿Qué? ¿El hijo del guardia real? ¿Y por qué querría acercársele? ¿Qué le hizo ella?

-Nada…- Suspiró Hazel quitándose un rizo de la cara. Una lágrima rebelde se escurrió por su mejilla, y la obligó a desviar la mirada- Está enamorado de ella.

Le costó un poco poder comprender lo que la chiquilla le había dicho. Pero entonces, comenzó a tomar sentido. Espiarla en el río, vigilarla, seguirla… ¡Era cierto!

-Pero… ella, ¡Ella es una sacerdotisa!

-Y él hará lo posible para que deje de serlo…- Murmuró la chica con una leve nota de rabia en la voz.- Por favor, Trístan, evita que se le acerque. Podría incluso hacerte daño.

-¿A mí? ¿Por qué? – Se sobresaltó.

-Vamos Trístan, no te hagas el que no sabes… Si tú también la amas.

Trístan frunció el ceño extrañado, ¿Enamorado, él? ¿De Nacet? ¿Cómo podía ser? ¡Era su amiga! Pero entonces, ¡por qué no podía dejar de mirarla?

Se rascó los ojos en señal de cansancio, y mantuvo la mirada ceñuda.

-Escucha, Hazel. Creo que estás algo alterada y dices cosas que no deberías…

-Pero…

-…Será mejor que vayas a descansar, parece que no has pasado un buen día.

-¡Trístan, no!

-Buenas noches, Hazel.

Trístan cerró la puerta sin hacer caso a los reclamos de la muchacha. Ahora, además del cansancio, y la enfermedad de la sacerdotisa, tenía un nuevo dilema: ¿Estaba enamorado de ella?

La observó durante largo rato. Su cabello negro ondulado, desparramado sobre la camilla, la boca entreabierta, las mejillas rojas a causa de la fiebre, las piel blanca y las pestañas negras… ¿Cómo podía no fijarse en ello?

La muchacha era preciosa, y además, era su mejor amiga… Un amiga inalcanzable y en secreto, porque la chica tampoco podía tener amigos.

La contempló durante largo rato, y caminó lentamente hacia la butaca de donde se había levantado. Se sentó suavemente. El crujir del mimbre bajo su cuerpo hizo que ella se quejara levemente y se moviera un poco.

Preocupado se acercó, y le cambió el paño húmedo que tenía sobre la frente. Se lo humedeció en un cuenco de madera y se lo enfrío, volviéndoselo a colocar.
Ella suspiró, y volvió a dormirse. Trístan la observó. Estaba muy cerca de ella, pero aún así, se contuvo de robarle un beso.

¿De verdad estaba enamorado de ella?, ¿Por qué Hazel le había dicho aquello? ¿Es que acaso nunca lo quiso ver aunque siempre lo sintió?

La muchacha volvió a agitarse, tosió en seco y giró la cabeza hacia el lado contrario, provocando que el paño se resbalase hacia la almohada improvisada de paja y heno.

Trístan se lo reacomodó, y ella gimió con suavidad haciendo una mueca de dolor. Cuando intentó averiguar que era lo que le causaba tanta incomodidad, notó que por su mejilla se deslizaba una débil gota de sangre. La herida de la cabeza se había abierto. Desesperado por curarla, tomó el ungüento que el curandero del pueblo le había entregado, y le agregó la cataplasma encima de la sien, dónde una horrible herida sobresalía por entre el cuero cabelludo.

Nacet se volvió a quejar, siempre sin abrir los ojos. Cuando el ungüento se hubo secado, Trístan le aplicó el paño húmedo y se lo afirmó a la frente. De inmediato se levantó de la butaca para agregarle más leña al fuego de la chimenea, y de inmediato el calor invadió la estancia.

Agotado, se desplomó sobre la butaca y se rascó los ojos. Hasta que la sueva voz de la chica llegó a sus oídos.

-¿Trístan…?

Rápidamente se incorporó y se inclinó hacia delante. La chica a penas podía abrir los ojos.

-No hables. Duerme.- Le ordenó en un susurro. Ella volvió a cerrar los ojos, se acurrucó entre las mantas, y sonrió débilmente.

-Quédate… conmigo…-Fue lo último que dijo antes de caer en un profundo sueño.

Sueño del que Harry se despertó de improviso. La entrada de Ron a la oficina lo había sorprendido.

-¿Qué te sucede? – Le dijo con una sonrisa divertida, Harry parpadeó antes de darse cuenta de que estaba en el mundo real. -¿Resaca?

-Sí…- Mintió.-… ¿Y tú?

Mientras se rascaba los ojos y fingía leer unos informes, Ron se sentó frente a él a jugar con una pluma.

-Mejor. Esa cosa para levantar muertos que hace mamá es genial, deberías probarla.

-¿No me estarás tomando el pelo, verdad? – Inquirió recordando el dudoso color y aroma que tenía el menjunje levanta muertos de la señora Weasley. Ron simplemente sonrió, aunque Harry, después de un leve silencio, reaccionó:- ¿Qué rayos haces aquí? – Le espetó.

-Vine a hablar contigo, estoy aburrido, no hay nadie en la casa.-Contestó haciéndose cosquillas en el cuello con la pluma.

-¿Qué estás loco? – Le chistó cerrando las cortinas de la oficina.- ¡No nos pueden ver hablando amistosamente, Ron! Un momento… ¿Dijiste que no había nadie?

-Ginny salió con mamá a Hogsmade, Oswald con Vincent están en Diagon, y Fred con George… Bueno, andarán por ahí.

-¿Seguro que tu hermana no anda por aquí? – Fisgoneó mirando a través de las cortinas.

-Tranquilo. – Le insistió Ron.- Salieron. No me atrevería a conversar tan libremente contigo si ella estuviera por aquí.

Harry se desplomó sobre la silla, totalmente fatigado. Entre la resaca de la noche anterior, los recuerdos intermitentes sobre lo que había sucedido o no con Ginny, y esos extraños sueños que aparecían cuando menos lo esperaba, sentía que la cabeza le iba a explotar.

Ron frente a él no ayudaba mucho.

-¿Seguro que estás bien? – Le preguntó insistente. Harry negó con la cabeza.

-Me duele la cabeza.-Admitió, ya que sí era cierto, aunque no podía decirle lo que le estaba sucediendo, salvo, lo que Ron ya sospechaba.

-No me engañas, llevo bastante conociéndote como para saber que antes de entrar aquí te descubrí con la mirada perdida-dejó la pluma en el tintero y se inclinó hacia delante.- La última vez que te vi con esa mirada, fue en Hogwarts cuando soñabas con el innombrable. Así que algo no muy normal está sucediendo si te sorprendí del mismo modo.

A Harry se le abrió la boca. Normalmente era Hermione la que notaba aquellos detalles, y le sorprendía que Ron se hubiese fijado en eso.

No supo que contestar.

-¿Qué es lo que te ocurre, Harry? – Le preguntó. Harry se echó hacia atrás y se pasó la mano por la cabeza.

-Es algo que me está sucediendo desde que me reencontré con Ginny…

-¿No te estarás imaginando cosas con ella?, ¿O recordando tal vez? –Lo amenazó Ron sobresaltándose. De inmediato a Harry le fue el color del rostro, ¿qué acaso Ron sabía algo?

-¿Re… Recordar?... ¿De qué hablas?

-Ya sabes, de cuando estaban juntos-Le explicó con una expresión seria.-¿No estabas imaginándote nada con mi hermanita, verdad?

-¡No! ¡Por supuesto que no!-Exclamó azorado.

-¿Entonces? ¿Por qué estabas con la mirada perdida? ¿No volvió el innombrable, verdad? – Agregó atemorizado. Harry negó con la cabeza.

-No, no Ron, Voldemort no ha vuelto.- Suspiró.- Lo que sucede es que… humm… ¿Recuerdas cuando Ginny dijo que había soñado con esa mujer?

-¿Qué mujer?

-Ya sabes, Nacet Vangord…

-Oh, sí…-Dijo mirando al techo, dudando.- ¿Qué tiene?

-Que yo también he soñado con ella…

-¿Cómo dices?

-Por eso quería acompañar a Ginny a donde el coleccionista. Ella quiere investigar la pintura que le regalé a tu madre. ¡Y con razón! Es idéntica a la chica de mis sueños.

-¿Por qué estás soñando con otra mujer? –Le espetó ofendido, Harry resopló.

-¡No, Ron! No es otra mujer, ¡es la misma mujer con la que Ginny sueña! Y Antoremus Kribash no se quedará por mucho más tiempo en Londres. Debo ir a investigar.

-¿An… qué?

-No importa.- Dijo levantándose de la silla y enrollando unos pergaminos.

-¿A dónde vas?

-Iré al ministerio, quiero investigar si existen registros de esta leyenda, ya no tolero que este sujeto se me aparezca, es incomodo.

-¿Qué sujeto?

Harry rodó los ojos, Ron se levantó y caminó junto a él.

-Nacet tenía un amor imposible, es con él con quien más sueño.

-¿Sueñas con un muchacho? – Se burló Ron alejándose unos pasos.- Harry…

-¡No pienses imbecilidades, Ron! Te puedo apostar a que Ginny también sueña con él.

-¿Por qué Ginny soñaría con un muchacho? – Dijo colocándose a la defensiva al imaginar a su hermana ensoñando con un desconocido.

-¡Ron, concéntrate!

-Es que aún no lo comprendo. ¿Por qué tanto énfasis en averiguar un sueño que no tiene sentido para tu vida diaria?

-¿Cómo lo sabes?

-¿Te afecta en algo soñar con Secet, o cómo sea?

-Es Nacet… y no sé si me afecta. Me interesa porque no soy el único que sueña con ellos, digo, Nacet y... Trístan, el sujeto del que te hablo. De no ser porque tu hermana también sueña lo mismo, no estaría tan interesado en saber qué es.

Descolgó su chaqueta de la percha y comenzó a colocársela ante la mirada de incertidumbre de Ron.

-¿Hablarás con ella al respecto?

-¿Qué? No, claro que no. No puedo acercarme demasiado.

Aunque era cierto, ya que debía mantener el plan en pie, tampoco podía acercarse a ella por medio a delatarse ante su pequeño secreto.

-Pero la quieres acompañar a ver ese An… coleccionista.

-Sí…-vaciló.- Es la opción que tengo para sacarme esta duda de encima.

-Podrías ir solo…

Dio en el clavo. Harry se tropezó con la percha.

-Podría ir… sí.-Dudó.

-¿Entonces? ¿Por qué insistes en ir con Ginny?

Harry no contestó, ciertamente sabía la respuesta, pero era tan obvia como quedarse callado.

-¿Por qué tantas preguntas, Ron? ¡Estoy retrasado!

-¡Alto ahí!

Ron lo afirmó por el brazo y con una mirada de preocupación lo vio directo a los ojos.

-¿Qué te sucede?

-No, ¿qué te sucede a ti? –Le espetó con calma.- Desde que nos reunimos no has hecho más que hacer lo posible para acercarte a Ginny, y eso que la idea de protegerla fue tuya.

-Ron, baja la voz…

-Ginny no está aquí, Harry.- Bajó la voz y suspiró. Luego, continuó con calma.- Viejo, eres mi mejor amigo, mi hermano del alma… pero no voy a permitir que desperdicies seis años de sufrimiento, tanto para mi hermana como para ti, a causa de un sueño.

Finalmente, Harry resopló frustrado. ¿Desde cuando Ron había dejado de ser un cabeza dura para convertirse en su conciencia?

-Yo dejé claro en esa reunión que el pacto había terminado…

-Tu pacto con Oswald, no conmigo… Y yo soy casi tu cuñado, así que te pido por favor, que no cometas una locura. Si quieres investigar de ese sueño hazlo, pero no te involucres con Ginny para averiguarlo juntos.

Nuevamente, Harry se quedó callado.

-Debo ir al ministerio…

Avanzó hacia la puerta mientras Ron le liberaba el brazo. Se detuvo cuando la voz de su mejor amigo llegó a sus oídos.

-Piensa en Ginny, Harry… haz valer estos seis años de tortura para que le salvemos la vida.

-Es lo que deseo.- Gruñó con frustración girando el pomo.- Pero no se cuanto más pueda aguantar sin tenerla de nuevo a mi lado. El tiempo me está tomando la cuenta.

-Sólo un mes más, Harry… un mes…

Pero Harry ya había salido de la oficina. Ron curvó la boca como símbolo de preocupación y no quitó los ojos de la puerta abierta, hasta que oyó el "crack" de Harry al desaparecer.

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La tormenta que había caído en Londres inundó las principales calles de la ciudad. Sin embargo, Candeviere se regocijaba ante la calidez de su morada.

Como siempre, estaba sentado en la butaca frente al gran ventanal, aquel que le regalaba una vista impresionante del centro de la ciudad. La copa de siempre, llena hasta la mitad de un fino licor de almendras, jugueteaba haciendo remolinos en el interior. En ningún momento quitó la vista de la ciudad, hasta que un nuevo relámpago iluminó el cielo.

Se tomó de un trago el licor, y apoyó la copa en la mesita redonda al lado de la butaca. Se levantó con lentitud, acomodando las mangas de su camisa que estaban arremangadas producto del calor que irradiaba la chimenea. Se detuvo un instante frente a una gran montón de fotografías que reposaban sobre el estante que adornaba la chimenea, y comenzó a observarlas. Algunas estaban en marcos que se inclinaban con cuidado sobre una pata, mientras que otras, estaban en grandes cuadros colgados en la pared.

Sus ojos se detuvieron especialmente en una. En ella, aparecía una menuda mujer de mirada amable, cabello negro y sonrisa maternal. Estaba sentada en un sillón rojizo, la misma butaca que él había utilizado segundos antes, mientras sostenía a un pequeño bebé en sus brazos. Se reconoció a sí mismo cuando se miró a sus propios ojos. Aquel Marcel joven que estaba tras la mujer sentada en la butaca. Le impresionó lo feliz que se veía. Era irreconocible. Cabello corto, barba rala, ojos brillantes y sonrisa apacible. Digna de un padre orgulloso de su retoño y su familia.

Nada, nada de aquello quedaba del hombre que ahora se observaba en el reflejo de la fotografía. Un ser maligno, de melena oscura y ojos negros cargados de odio.

Apretó los puños con tal fuerza que se hizo daño. Con ira contenida lanzó un grito atemorizador y golpeó la fotografía arrojándola al suelo, haciéndose añicos.

Arrepentido, se arrodilló a recoger la fotografía por entre los escombros de vidrios llenos de sangre. Temblaba. Hizo al lado los restos y recogió la fotografía que había sido sacada en sepia.

Se sentó el suelo, con los ojos llenos de lágrimas, y abrazó a la fotografía contra su pecho.

A su memoria acudió la terrible imagen que jamás podría sacarse de su alma ni de su corazón. Dieciséis años atrás, el día en que eligió el poder por sobre su familia.

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer? – Le preguntó estudiándolo con cuidado. Él asintió.

-Absolutamente.

-¿Has medido las consecuencias? Después, no volverás a ser el mismo.

-Si aquello me ayuda a llegar al sillón ministerial, ¿a quién le importa?

-¿Y tu mujer?, ¿Tu hijo?

-Ellos no van a saberlo.

-Cuando leas este libro, lo dudo. Cambiarás demasiado.- El sujeto dejó un viejo libro con la cubierta ajada sobre el escritorio. Marcel casi se recuesta sobre la mesa al tenerlo tan cerca de su nariz.-No tan rápido. Primero, debes hacer el pacto.

-¿Es el real?

-Sí.

-¿Puedo… mirarlo? – Sentía como sus manos sudaban nerviosas. Aquel libro tenía las respuestas del universo. Aquel libro era todo lo que necesitaba para ser el líder del mundo mágico.

-No.

-Por favor…- Rogó con la boca hecha agua. Sus pupilas se habían dilatado.

-Mírate, Marcel, a penas si lo has visto y ya te has transformado en un animal. – Se burló su visitante. Candeviere se relajó intentando mantener la compostura.

-Es… hermoso.

-Sí que lo es. Y poderoso…

-Deja echarle una ojeada…

-Aún no… ¿Lo has pensado bien?

-Me diste un año, por supuesto que sí lo he pensado.

-¿Seguro que piensas cambiar a tu mujer y a tu hijo por… esto? – Balanceó el libro con intención, para enloquecerlo más. Candeviere se echó hacia delante para arrebatárselo, pero su visitante fue más listo, y lo escondió antes que el futuro ministro lo agarrara.- Ya veo que sí…

-Dámelo.- Le ordenó.

-Te estoy dando la oportunidad de redimirte, Marcel. Una vez que este libro esté en tus manos, nunca más serás el mismo. Y tu familia ya no valdrá nada para tu contaminado corazón.

Por un momento pareció dudarlo. Sus ojos miraron de costado la fotografía que reposaba a un lado del escritorio, donde su esposa e hijo estaban sentados en una butaca, y él, aparecía de pie, atrás de ella.

-Es tu familia, Marcel… ¿Hermosa, no? – Volvió a burlarse, Candeviere desvió la mirada de golpe y volteó la fotografía hacia abajo.

-Entrégame el libro…

-Vaya, ¿entonces si dejarás a tu familia? Veo que tienes agallas...

-Esto lo hago por mi familia, imbécil.- Gruñó.- Si llego a ser ministro podré darles una mejor vida, a diferencia de la miseria que gano por ser el jefe de aurores.

El visitante largo una risa seca y se inclinó hacia delante.

-Cuando tengas esto en tu poder, y tengas el pacto realizado, no pensarás en ellos como tu familia. ¿A qué no sabes quien sale en este libro?

-Me imagino que las mujeres mencionadas en las profecías de Merlín.

-Veo que te has informado…

-Por supuesto…

-Pero no es sólo eso.- Candeviere frunció el ceño, interesado.- Aún hay más. Es como la biblia del universo. Del pasado mágico más importante de la época de Rhun.

-¿Rhun? Eso es antes de Merlín.

El visitante asintió.

-Así es. La historia mágica comienza mucho antes de Merlín. Aquí sale todo sobre él, y sobre nuestra descendencia. Es curioso como funciona la magia-Continuó mientras jugaba con el libro, ojeándolo, regodeándose ante la mirada hambrienta de Marcel.-Pero si este libro cayó en mis manos, es porque debía leerlo. Si por alguna razón no caen las tuyas, es porque no debes siquiera mirarlo.

-¡Pero lo veré! Me está llamando, ¡sé que me pertenece!

-No tienes idea…- Masculló el sujeto con una sonrisa burlona, Candeviere frunció los labios.

-¡Dámelo!

-Una última advertencia. Este libro contiene información que podría cambiar tu vida más allá del pacto.

-No me importa.

-¿De verdad?

-Entrégamelo…Koji.

-Sí así lo deseas… pero conste, te lo advertí.

Cuando las manos del hombre tocaron la tapa del libro, un calor eléctrico recorrió sus dedos. La comisura de los labios de Koji se alargó en una sonrisa cómplice, que el líder de los aurores no notó.

Para cuando Candeviere tuvo el libro en sus manos, sus pupilas se agrandaron, y sin aguantarse las ganas, abrió el libro de golpe.

-Presúmete advertido…

Koji desapareció en medio de una nube de humo, y Candeviere se quedó sólo con su nuevo tesoro.

Desesperado, comenzó a leer con interés las ciento de profecías que hablaban de aquellas poderosas mujeres. No tardó mucho en encontrar lo que llamó sutilmente su atención. Entonces, comprendió a lo que Koji se refería.

El libro elige a su portador, el libro sabe a quien le corresponden las profecías. En el párrafo seis, versículo veinticinco, de la esquina superior izquierda, la rusticas letras antiguas relataban el siguiente verso:

"Quien en sus manos recibe este libro, desdichas llenarán su corazón. La muerte acompañará su vida desde ahora, y quien fue el último portador de estas palabras morirá por salvar un secreto. El pasado será desde ahora su guía, pues, quien lee estos versos no es si no, que el más antiguo enemigo del universo."

Con la boca seca, el corazón latiendo y el cuerpo temblando, siguió leyendo más abajo donde unas palabras comenzaban a narrar una leyenda. Sus ojos se llenaron de lágrimas de terror cuando las imágenes de una mujer desconocida cruzaron por su cabeza. Sin embargo, una dicha maldita comenzaba a apoderarse de su cuerpo.

Siguió leyendo, su boca se fue transformando poco a poco en una sonrisa macabra. Todo lo que debía hacer para volver a apoderarse de lo que le perteneció estaba ahí. Pero por sobretodo, necesitaba además, las armas. Porque, quienes podían acabar con el conjuro que el libro narraba, eran justamente las mujeres que llevaban al universo en su interior.

Buscó la lista, y, aunque los nombres no los conocía, ya que además estaban descritos bajo los versos proféticos, su corazón se detuvo al reconocer uno de ellos.

Dobló la foto con las manos temblorosas y guardó la fotografía en el bolsillo de su camisa.
No se levantó del suelo, sin embargo, apretó los puños junto a su boca y comenzó a balancearse con nerviosismo y rabia, dejando que gruesas lágrimas desbordaran por su rostro.

Nadie podía verlo, nadie podía oírlo. Sin embargo, sabía lo que había perdido a causa de su avaricia.

Recordó el último nombre que señalaba la lista, y no evitó gritar con dolor antes de llorar amargamente y morderse los puños.

La hoja doblada, las letras amarillentas, y un único nombre que no sólo vaticinaba lo que Koji había dicho, si no, que además, destruía su vida por completo.

Ahí, escrito con letras burdas y manchadas, el nombre de Ángela Romai resaltaba por entre las nueve portadoras.

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Cuando Ginny llegó a La Madriguera, lo primero que hizo fue esperar a que su madre apareciera por la chimenea, para usar un hechizo de bloqueo y poder encenderla. El frío era insoportable.

Dejó las bolsas con mercadería en el mesón de la cocina, y se cubrió la cabeza con un grueso gorro de lana, y las manos con guantes.

Molly apareció a los pocos minutos. Ginny le lanzó un reclamo debido a la demora y de inmediato bloqueó la chimenea con un rápido hechizo de la varita.
A los pocos segundos, la chica yacía recostada en el viejo sillón de su padre disfrutando de la calidez del fuego.

Su mente divagó en el esplendoroso sol del verano, algo que extrañaba de sobremanera. El invierno había sido cruel y duro. Lo único que ansiaba ahora, era calor, comodidad, y un lecho donde descansar…

Nacet abrió los ojos con dolor. La cabeza le bombeaba y le ardía en un costado. Todo su cuerpo le dolía y le costaba moverse. A penas podía contemplar lo que había a su alrededor, ya que sólo notaba una luz calida y anaranjada que bañaba un abovedado techo de madera.

Tenía frío, e intento acomodarse bajo las mantas que la cobijaban. Cerró nuevamente los ojos, y desvió la cabeza. Algo húmedo le resbaló por la cara. Ni siquiera tenía fuerzas para saber lo que era.

Sólo notaba movimientos y susurros. Dos voces lejanas que hablaban a la distancia. ¿Una discusión, tal vez?

No le importaba, estaba demasiado débil para poner atención. Pero el ruido, similar a un insecto que bate las alas muy rápido, le molestaba. Le impedía conciliar el sueño, y la cabeza le dolía más y más.

Al cabo de un instante, sintió que algo se movía a su alrededor. Se movió un poco sin abrir los ojos, ya que necesitaba reacomodar la cabeza para menguar el dolor. Lo que sentía húmedo en su cabeza se retiró, y al cabo de un rato el calor volvió a bombardearla, azotándole la cabeza con fuerza. Se quejó levemente, y como si aquello hubiese servido de alarma, de inmediato aquel frescor invadió su cabeza, humedeciéndola y diminuyendo el dolor.

Cuando por fin su cerebro se hubo calmado, y el calor se fue, logró abrir los ojos con lentitud. Esta vez, el bombardeó volvió, lo sintió aumentar al doble en todo su cuerpo. Su corazón estaba acelerado, ¿era posible, o estaba soñando?

-¿Trístan?....- masculló.

-No hables. Duerme.- Le ordenó él, susurrante.

No. No era un sueño, era real, y estaba ahí. Sonrió con tranquilidad. Si él estaba cuidando de ella, podía estar tranquila, nada más importaba en esos momentos. Ni siquiera su juramente ante los sacerdotes.

-Quédate… conmigo…-Le suplicó antes de volver a sentir que sus fuerzas flaqueaban. Si estar enferma implicaba tenerlo cerca, entonces, no quería sanar nunca.

Sintió que algo cálido apresaba su mano con cariño, y su corazón volvió a acelerarse. Aunque su cabeza bombeó como tambor, no le importó. Él estaba velando por ella.

Dioses, estoy desvariando… él es un hombre, yo una sacerdotisa…

Ginny abrió los ojos sintiendo la adrenalina fluir por su cuerpo. Se sentó de golpe en el sillón donde estaba recostada y se agarró la cabeza con ambas manos.

-¿Ginny?

La voz de Ron llegó a sus oídos con un sonido descuidado. La chica le hizo un gesto con la mano para que esperara unos segundos, y luego se soltó la cabeza.

-¿Qué fue eso?

-Una punzada en el cerebro.- Intentó bromear, Ron frunció el ceño.

-¿Estás bien?

-Sí, creo que los sueños me están afectando.

-¿De qué hablas? – Rió divertido. Daba la sensación de que Ginny desvariaba.

-No importa…-Intentó levantarse, pero volvió a afirmarse la cabeza cayendo de bruces sobre el sillón.

-¡Ginny!

-Necesito un analgésico.- Fue lo primero que dijo, sin pensar. Ron frunció el labio superior extrañado.

-¿Un ana qué?

-Oh… no, quiero decir, una poción revitalizadora. La cabeza me va a explotar.

-Oh, sí, claro, claro. Ahora te lo traigo. – Ron se levantó del sillón hacia la cocina algo alterado, sin embargo antes de entrar por la puerta se giró con una mueca divertida.- Seis años viviendo como muggle te atrofió el cerebro.

Pero la chica sólo le sacó la lengua.

Cuando Ron llegó con la poción para su cabeza, Ginny ya se había repuesto medianamente. Se la bebió con rapidez colocando una mueca de asco, mientras su hermano la estudiaba curioso.

-Mencionaste algo de un sueño…

-Ah…sí.- Contestó sin darle importancia. Ron le lanzó una mirada impaciente, y la chica se incomodó.

-¿Sabes? – Murmuró, pensando con mucho cuidado sus palabras.- Harry también me comentó algo de un sueño que lo estaba atormentando.

A penas escuchó el nombre de Harry, a Ginny se le incendiaron las mejillas. Las imágenes de la noche anterior volvieron con fuerza a su cabeza provocándole otra fuerte punzada.

-¿Segura que estás bien?

-Sí…- Mintió.- ¿Qué… me decías de un sueño?

-Eso,-Contestó Ron dubitativo.- que Harry me contó sobre un sueño que le molestaba.

-¿Sueño sobre qué?

Ron disimuló una sonrisa, pero prefirió no decir nada.

-No lo sé realmente. No me contó. –Dijo levantando los hombros. Ginny lo quedó viendo por un segundo con los ojos entre cerrados y luego se desplomó frustrada sobre el respaldo del sillón.

-Seguro que le afectó la fiesta.- Murmuró más para ella misma que para su hermano. Sin embargo, luego de haber pronunciado dichas palabras, se dio cuenta de su error.

-¿Te encontraste con Harry? – Disparó Ron sin pensar, Ginny giró la cabeza con lentitud, pensando en la respuesta y en la reacción de su hermano. Ambos habían cometido un error. Pero ella podía aprovecharse de eso.

-¿Cómo sabías qué…? – Se sentó de golpe, y Ron se puso pálido.- Me refería a la fiesta a la que fueron ustedes… ¡Ah! ¡¿Estabas ahí también?!

-¿Entonces sí te encontraste con Harry? – Exclamó alarmado. Aquello, su amigo no se lo había contado. Si fue capaz de cometer una locura, él…

-¿Entonces no fueron nada a un club de bailarinas?, ¿Qué acaso fueron todos a la posada?

Ginny se puso de pie, olvidándose del dolor de cabeza y fulminó a su hermano con los ojos… y con su varita.

Ron balbuceó palabras incomprensibles mientras intentaba encontrar en su bolsillo la varita que había dejado en su habitación.

-Yo… no, yo… ¡Hey! ¿Estuviste con Harry? – Se defendió a sí mismo intentando unir las ideas. Ambos estaban a la defensiva.

Ella no podía delatar su encuentro con Harry, así como Ron, su aparición furtiva en la despedida de soltera.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto grito? – Se oyó Molly gritar desde la cocina. Ginny contestó.

-¡No es nada mamá!

-Bajen la voz, entonces.

Ron achicó los ojos y Ginny frunció los labios. Se acercó lentamente a su hermano, poniéndose de puntillas para verlo a los ojos.

-¿Nos fueron a espiar? – Dijo apuntándolo con el dedo.

Ron gruñó.

-¿Estuviste con Harry? – Preguntó por enésima vez. Ginny lanzó un grito de frustración.

-¡No sigas con eso! –Estalló pensando rápido. Esa pregunta era mucho más obvia que las anteriores, pero no podía delatarse.- ¡Jamás estaría con Harry! ¿Me oyes? ¡Nunca!

La conversación había tomado un curso peligroso, así que intentó alejarse de Ron, pero cuando quiso hacer una salida dramática, Harry apareció justo frente a ella.

La chica tropezó, e hizo todo lo posible para no caer sobre el chico. Se balanceó hacia atrás y cayó sobre la mesita de centro.

-¿Estás bien? – Le preguntó Ron preocupado.

-¡No me toques! – Chilló.

Estaba tan nerviosa que ni siquiera tenía muy claro lo que había sucedido. Harry sostenía en sus manos unos rollos de pergamino que tanto ella como su hermano notaron muy bien.

En ese preciso segundo fue cuando ambos cruzaron sus miradas. Harry sintió que la sangre comenzaba a bombear con fuerza en su cabeza, estaba seguro que ya se le habían coloreado las mejillas de manera notoria.

Ginny se quedó con la boca a medio abrir al sentir el olor de la chaqueta del chico, y el recuerdo de especias y cacao le invadieron la boca con un sabor picante.

Harry por su lado, no evitó inhalar el tenue aroma del perfume que llevaba la chica, que si bien, podría haber sido el propio de su piel, le causo las mismas sensaciones que la noche anterior. Se le hizo agua la boca, y el recuerdo de un beso repentino inundó su memoria.

-Esto… Ron, ¿tu madre? – preguntó sin quitar los ojos de los de Ginny.

-En la cocina.- Contestó viéndolos con extrañeza, llevando sus ojos de uno al otro.

Harry se giró mecánicamente, sin cambiar sus ojos de posición, como si aún siguiera viéndola. Ron le hizo un gesto a Ginny, pero la única respuesta que dio la chica fue un parpadeo de ojos. Se levantó atontada de la mesita y caminó con rapidez hacia el segundo piso.

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Morgan entró a una habitación muy iluminada seguido de Calfulaf. El pobre anciano con suerte se podía mantener en pie debido a la preocupación.

Al chico le costó acostumbrar los ojos a la luz, sobretodo, después de haber estado tanto rato encerrado en aquella habitación. No obstante, a penas pudo vislumbrar la situación, de inmediato corrió hacia la camilla situada a un costado.

Tiare yacía desmayada, con la boca entre abierta y los ojos a medio abrir. Meng no estaba presente, sin embargo, había otro anciano cuidando de ella.

-¿Qué le pasa?, ¿Qué ocurrió?

Calfulaf se demoró un poco en contestar, intercambió una mirada elocuente con el otro anciano y luego suspiró.

-Recibió un castigo.- Las palabras salieron de su boca como si fuese él el responsable del estado de la muchacha. Sin embargo, su mirada decía totalmente lo contrario.

-¿Quién…, Por qué? – Susurró con voz cansada.

-Por el anillo.- Señaló el anciano con su bastón a la joya que el chico llevaba en el dedo.

-¿Por esto? ¿Le hicieron daño a Tiare, por esto? – Exclamó colérico y levantando la voz. El anciano desconocido a su lado le ordenó callarse con un gesto feroz.-¿Y usted quien es? ¡Quiero saber que le ocurrió a Tiare!

-Soy el sanador Krustab Mentis, pertenezco al concilio oriental. – Se presentó el anciano, cuyos ojos eran negros y pequeños. Morgan se fijo en su brillante calva y en el grueso bigote que le daba el aspecto de una morsa feroz.

-¿Qué le hicieron? – Preguntó intentando calmarse.

Calfulaf volvió a suspirar.

-Meng, Uzume… y yo, por supuesto…

-¿Qué le hicieron? – Masculló con los dientes apretados tomándole las manos inertes a la pobre muchacha.

-La encerra…mos, en el cuarto del silencio. Gritó hasta quedar exhausta.

-¿Cómo…? ¿Cómo pudieron? Creí que Tiare era como una hija para usted, Calfulaf. – Morgan endureció la mirada a tal punto que pudo sentir como el anillo en su dedo palpitaba. El viejo mago no podía sostenérsela.

-Y lo es… - Contestó con dolor.

-¿Qué? – jadeó Morgan sintiendo un odio repentino.

-Tiare era hija de mi hermana. Cuando Pétara falleció, era muy joven. No pudo soportar el parto, así que me quedé con la niña.

-¿Y su padre?

-Pétara quedó embarazada de un Dios, Morgan. Del espíritu del viento. Él le envió a Iriki, su caballo.

Morgan se quedó con la boca abierta un instante, procesando la información. Con la rabia aflorando con toda la energía posible, estalló en un grito colérico.

-¡¿Acaso piensa que voy a creerme esa patraña viejo embustero?! ¿Cree que me tragaré el cuento de que el padre de Tiare es un Dios? ¡No nací ayer, ¿sabes?! ¡No soy ningún imbécil!

-¡Silencio, muchacho! ¡Más respeto con tus mayores! – Le recriminó con ira Krustab, Tiare se había movido levemente.- La muchacha necesita reposo. ¡Salga de aquí de inmediato!

Morgan levantó un poco la comisura del labio superior, y salió con rapidez del lugar dando un portazo. Calfulaf en ningún momento perdió su mirada apacible ni la tranquilidad, aunque la culpa y la vergüenza de lo que estaba sucediendo lo carcomían por dentro.

-No deberías dejarlo entrar aquí, Calfulaf.- Le aconsejó Krustab. Pero Calfulaf negó con la cabeza.

-Lo estaba probando, Krustab.

-¿Probando?

-Y acabo de confirmar mis sospechas.

-¿Qué sospechas?

-Que cuando Morgan está vulnerable, el anillo se apodera de él.

-¿Y qué planeas hacer?

-Mantenerlo lo más ocupado posible.

Tiare se quejó sobre la camilla. Krustab se acercó a ella con cuidado. Ambos ancianos pusieron toda su atención en la joven, mientras ella murmuraba angustiada el nombre de Morgan.

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Ginny se encerró en su cuarto intentando borrarse de la mente y de su nariz el olor impregnante de Harry.

Su cuerpo tembló al recordar el delicioso aroma que emanaba la noche pasada. Se lanzó sobre su cama, cayendo de espaldas y cerró los ojos. No quería olvidarse de ese aroma, era el más delicioso que jamás había sentido en su vida.

-Te amo…

Ella jadeó, dejando que sus labios recorrieran su cuello con desesperación.

-Perdóname, perdóname…

-Yo…

Él gimió al encontrarse con sus labios, ella lo abrazó con fuerza por el cuello, apresándolo.

-No quiero seguir con esto…

Ella no contestaba, estaba disfrutando de todas esas sensaciones maravillosas que jamás había sentido. No entendía porqué le decía todas esas cosas, además, tampoco le importaba, sólo le interesaban sus besos y las manos que recorrían sus piernas.

-Ginny, perdóname… Ginny…

-¿Ginny?

Ginny abrió los ojos jadeando. Su corazón latía con una fuerza brutal y sudaba por todos lados. Se sentó en la cama aturdida. Todo había sido tan… real.

Su aroma le estaba causando daño y terribles alucinaciones. Ya estaba escuchando a Harry.

-¿Ginny, estás ahí?

-Harry…-Masculló. No, no estaba soñando. Se acercó a la puerta tropezando con algunos objetos esparcidos por el suelo.- ¿Qué quieres? – Preguntó con voz aguda.

-Yo… este… necesito hablar contigo sobre algo importante.

Ginny cerró los ojos asustada. Se mordió el labio nerviosa, ¿qué acaso estaba tan desquiciado que quería revivir lo de la noche anterior? ¡No! No podía.

-¿Qué… cosa? – Preguntó desde el otro lado. Harry comenzó a mirar hacia todos lados con temor a que lo encontraran.

-¿Me puedes abrir la puerta? – Gruñó con los dientes apretados.

Ginny resopló y abrió la puerta dejando un pequeño espacio. Asomó su ojo y lo observó por ahí. Harry empujó para entrar, pero se encontró con el pie de la chica entre el marco y la puerta.

-Dímelo desde aquí. – Le sugirió intentando no verlo a los ojos. Ya que aún sentía el olor de la chaqueta de Harry. Temía delatarse.

Harry rodó los ojos y se acercó un poco más a la abertura, Ginny se alejó sorprendida.

-¿Qué haces?

-Tengo que contarte algo.

-¡Dímelo, entonces! – Le exigió jadeando. Harry suspiró, y sin querer inhaló un poco del aroma que había sentido cuando llegó a La Madriguera. Su corazón se aceleró, impulsando la adrenalina a diferentes zonas de su cuerpo, haciéndolo temblar.

-¿Cuándo…? – Tragó saliva y tomó aire.- ¿Cuándo vamos a ir a ver al coleccionista?

Ginny parpadeó, ¡lo había olvidado!... Un momento…

-¿Vamos? – Sacudió la cabeza aturdida y abrió la puerta para verlo mejor.- ¿Vamos a ir… juntos?

Harry se enderezó y la miró de soslayo. Las imágenes de la noche anterior azotaron su cabeza: Ella cubierta con un manojo de mantas, y él con los cojines.

-Es… por una cosa de… trabajo.- Le explicó nervioso mostrándole uno de los pergaminos.

-Oh…

-Te lo cuento para que aproveches el viaje. Se quedará sólo unas semanas más.

-Oh… gracias. – Contestó intentando mantener la calma. Retrocedió para entrar nuevamente a la habitación, pero una atracción increíble se lo impedía.-Yo… debo…

-Sí… yo también…

Harry intentó girarse, pero tal y como Ginny, sus pies no se movían.

Ambos, con la adrenalina al máximo, estaban recordando lo mismo. Se miraron a los ojos como si un hechizo los hubiese obligado, y por ambas cabeza se dibujó la imagen de él tomándola por el brazo y besándola con fuerza.

Ginny jadeó y logró retroceder, mientras que a Harry se le desencajaba la mandíbula.

El no tener explicaciones sobre lo sucedido, provocó en Ginny una ira súbita, ¿y si todo había sido una broma de mal gusto?

-Lárgate.- Le ordenó. Harry parpadeó confundido maldiciendo el que lo despertara de aquel dulce sueño.

-¿Qué? – preguntó sorprendido.

-No quiero verte, lárgate. ¡Sal de mi habitación!

-¡Ni siquiera estoy dentro!

-¡Lárgate!

Harry frunció el ceño enfadado. La chica tenía el peor genio que hubiese visto en una persona. Era tan cambiante, que jamás se sabía como amanecería ese día.

-¡Bien! Venía a solicitarte ayuda, pero ya veo que no te interesa.

Ella iba a contestar, pero era todo tan extraño e insólito, que, aún con la idea de la broma en la cabeza prefirió no hacerlo.

Fue entonces cuando una pequeña estrella rojiza cruzó entre ambos volando con rapidez, desvaneciéndose lentamente a los pies de la chica.

Curiosa, recogió el pergamino a medio quemar.

-¿Qué?

Harry la observó de reojo mientras se alejaba en dirección a las escaleras.

Como si buscara la opinión de alguien, de manera inconciente lo miró. Sin embargo él se volteó y siguió bajando las escaleras.

-¡Mamá!

Rebasando a Harry, Ginny bajó con rapidez las escaleras. El chico pudo oír desde la cocina como la pequeña Weasley le solicitaba a su madre permiso para salir.

Poniendo oído en la conversación, su corazón se agitó con furia al oír el nombre de Oswald.

-¿Debes ir?

-Me lo están suplicando. No conocen a otra chica.

-Le podrías pedir a Hermione que te acompañe.

-¡Buena idea!

Harry siguió a Ginny con los ojos. Parado en el primer escalón de la escalera y aún con los pergaminos en las manos, pudo ver curioso como Ginny recogía una vieja pluma de un estante y escribía en una servilleta un rápido mensaje.

Con la varita, la chica hizo flotar el pedazo de servilleta en una pequeña bola de fuego que desapareció en medio de la sala con un fugaz destello.

Incluso él mismo se sintió alterado ante el nerviosismo de la pelirroja. Tanto, que se aventuró a preguntar.

-¿Qué ocurrió?

Ginny lo quedó viendo pasmada. ¿Desde cuando le ponía tanto interés en lo que hacía?
Nerviosa aún por lo sucedido, intentó evadirlo, pero le fue imposible.

-Oswald me pidió que cuidará a su sobrino. Van a salir con Philip a Las Tres Escobas y no pueden entrar niños.

-¿Y vas a ir?

Ginny lo fulminó con la mirada.

-¡Por supuesto! Ese pequeño era encantador. ¿Qué problemas podría dar?

-¡Nunca has cuidado niños!

Ginny frunció los labios, molesta.

-Tu qué sabes, nunca me has visto cuidar a uno.

-Por eso te lo digo. – Insistió. Ron, que había estado en la oficina esperando a Harry, asomó la cabeza.

-¿Qué ocurre?

-Ginny va a salir.-La acusó, Ginny oscureció su mirada frunciendo el ceño duramente.

-¿Dónde vas?

-¿Por qué todos quieren controlarme? – Gritó enojada. Por suerte, en ese momento apareció la misma bola de fuego volando hacia Ginny.

Con rapidez la chica leyó la nota, y acto seguido apagó la chimenea y quitó el hechizo que le había colocado. A los pocos segundos, Hermione apareció girando entre medio de fuego y humo verde.

-¿Vamos, ahora? – Le preguntó. Ginny observó a su mejor amiga con interés. La chica llevaba una mochila cuyos dibujos eran cientos de osos de peluche.

-Sí, claro.

Ginny sacudió nuevamente su varita, y de las escaleras bajó con rapidez otra mochila. Harry se hizo a un lado para esquivar la mochila que de seguro iba en dirección hacia su cabeza.

-Qué tal Hermione.- La saludó Ron, Harry hizo un gesto con la cabeza, aturdido.

-Hola…- Murmuró sonrojada. A diferencia d Ginny, Hermione sí recordaba lo que había sucedido con Ron y aquel beso robado en la fiesta.

-Estoy lista.

-¿Dónde se están alojando?

-En la taberna de Tom. Iban a alojarse aquí pero ya hay demasiada gente.

Hermione sonrió, y juntas se dirigieron a la chimenea. Molly ni siquiera alcanzó a entregarles indicaciones cuando ambas chicas desaparecieron entre las llamas esmeraldas.

-¿Pueden creerlo? – resopló Harry.

-¿Qué cosa?-Preguntó Ron.

-Le pedí que me acompañara a ver al coleccionista y me echó de su habitación.

-¿Qué hacías en la habitación de mi hija, Harry? – Lo inquirió Molly colocando los brazos en forma de jarra. El chico se sonrojó. Por suerte, la mujer sonrió divertida, aunque con el semblante preocupado.-Querido, tu sabes que yo jamás estuve de acuerdo con esto del plan, pero ya que mi hija sufrió tantos años en soledad, de verdad espero que no lo eches a perder ahora que estamos tan cerca.

-Descuida, Molly. –Le juró.- No soy tan idiota.

-¿Tan?…-Reparó Ron con una risita. Harry le lanzó una mirada de advertencia que Molly no notó, y se fue a reunir con su amigo a la oficina.

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-¿Sio?

-¿Sí?

-¿Estás lista?

-Eso creo…

-Todo saldrá bien…Confía en mí.

-No le hagas daño…

-No podría hacerle eso, todavía es un bebé… Además, te tengo a ti para protegerlo.

-Hazle ver cosas bonitas…

-No te preocupes…

-¿Qué cosas le gustan a los niños de esa edad?

-Había pensado en colores, nubes y arco iris.

-¿Qué tal, música? ¿Y Ángeles?

-No sé como son.

-Imagínate a un lindo ser con alas y muy luminoso.

-¿Podría ser un Pegaso?

-¿Esos los conoces?

-Keitaro tenía muchos retratos de ellos en la bóveda.

-Entonces, hazlo volar en uno.

-¿Te parece, Música de arpa, Nubes blancas, un pegazo luminoso y un arco iris de diez colores?

-Perfecto…

-¿Segura?

-Sí. ¿No necesitas ayuda?

-Creo que puedo hacerlo.

-Suerte entonces.

-Nos vemos en China.

-Duérmeme…

-Dulces sueños…

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Oswald dejó a Danny jugando entre varios libros de dibujos, justo cuando Ginny y Hermione aparecían por la chimenea.

-¡Al fin!

El chico corrió a saludarla. Impactada recibió un caluroso e impaciente beso en los labios que no pudo responder. Habían sucedido tantas cosas que había olvidado que tenía novio.

-¿Hermione? – preguntó Oswald, extrañado al ver a la amiga de Ginny. La chica simplemente saludó con la mano y con una sonrisa. – Creí que vendrías sola.- Le dijo a Ginny. La chica apretó los labios.

-No quería cuidar a un niño sola, ¡es demasiada responsabilidad! – Lo atajó sorprendida por aquella actitud. Hermione, por supuesto, se sintió ofendida.

-¿Tienes algún problema, Oswald?

-Oh, no, por supuesto que no. ¿Cómo estás Hermione? – La saludó cordialmente, aunque incómodo.

-Bien, gracias.- Contestó contemplando al chico tras él, el cual sostenía a un niño en sus brazos.

-Oh, él es Philip, y su hermanito Danny, son mis primos.-Les presentó.

-Un gusto.- Contestó Hermione, embelesada con la ternura del pequeño niño.- Oh… traje cuentos, y música, porque a los niños les tranquiliza. Y una que otra receta de mi madre para que pueda alimentarse sanamente.

-Muchas gracias.- Contestó Philp, cuya voz era más gruesa que la de Oswald.- Espero que no les cause ninguna molestia, cualquier problema nosotros…

-Salgan tranquilos, nosotras nos hacemos cargo de Danny.- Lo tranquilizó Ginny. La chica dejó su mochila sobre un sofá y se acercó al pequeño con los ojos brillantes.- ¡Hola!

El niño, como si hubiese sido hechizado, de inmediato alzó sus brazos hacia Ginny, quien, encantada, lo recibió en los suyos.

-¡Pero que lindo niño eres!

-Insisto en que serías una estupenda madre.- Oswald besó la mejilla de la chica con suavidad, pasando a rosar su cuello. Ginny se estremeció y le dibujó una mueca que intentaba parecer una sonrisa.

-Váyanse antes que las Tres Escobas se llene. A la hora de almuerzo siempre cuesta encontrar mesas.-Le sugirió con impaciencia. El niño pareció entender su intención, ya que comenzó a despedirse con ganas de Philip.

-Confío en que me lo cuidarás bien.- Le dijo, Ginny asintió con vehemencia.

-Estará sano a salvo. No te preocupes, vayan tranquilos.

-Muchas gracias Ginny.- Agradeció Philip.- Oswald sí que eligió bien. – Ginny apretó los labios, gesto que el chico no notó por girarse a ver a Hermione.- Hasta luego, señorita.

Hermione se despidió con un gesto de la cabeza y no dijo palabra.

-Hasta luego.- Se despidió Philip, mientras Oswald le lanzaba un beso a Ginny que ella recibió con la misma expresión.

-Hasta pronto.- Se despidió Hermione.

Los chicos se introdujeron en la chimenea y desaparecieron de inmediato. Ginny se dejó caer en el sofá donde había estado Philip, dejando a Danny en su regazo.

-Por fin…

-¿No deberías hablar con Oswald?

-¿En qué momento? ¿Vez como me trata?

-Sí. Te adora.

-¡Hermione!

-¿Qué? Estoy siendo sincera. –Reparó la chica sacando cientos de juegos y juguetes de su mochila.- El chico está loco por ti.

-¿Qué quieres que haga? No me sirve saber que cada día me quiere más mientras yo…

-¿Tu qué?

Ginny le cubrió las orejas al niño mientras mascullaba pronunciado y bajito:

-Sueño cosas muy sugerentes con Harry…

-¿Qué? – Rió la chica.- ¿No me digas qué…?

-¡No! No he recordado nada, sólo lo he soñado.

-¿Y qué tal si son reales? ¿Y si estás recordando?

Ginny balbuceó asustada.

-¿Tu crees?

-No lo sé. Yo no estuve ahí, tu sí.

Ginny resopló frustrada, y Hermione rió. Parecía una situación común de dos amigas haciendo de niñeras. Excepto, por la pequeña niña que había aparecido en la mitad de la habitación.

-¡Ah!

Hermione se giró asustada al ver a su amiga de pie en el otro rincón de la habitación, aun con el niño en brazos.

-Ginny, ¿qué rayos…? ¡Ah!

Hermione se colocó una mano en el corazón al encontrarse con aquella niña de mirada dulce en medio de la sala. Estaba a pocos pasos de ella, y lo único que hacía era observar a Ginny. Ninguna de las dos lo entendía bien, pero aquella chiquilla tenía una mirada dulce, gentil y llena de emoción.

-¿Quién…? –Masculló Ginny, más relajada.

-Necesito que venga conmigo…

-¿Ah?

Ginny sintió como Danny se aferraba con fuerza a su cuello y se hacía más pesado debido a la relajación de su cuerpo. Aquella pequeña la observaba con tristeza, y no le quitaba los ojos de encima.

-¿Gi…nny?

La voz de Hermione repentinamente se volvió un eco lejano, y Ginny vislumbro a penas, como su amiga se desplomaba en el suelo.

-¡Hermione!

-Ella está bien… duerme…

-¿Quién eres? ¿Qué quieres? – Exclamó asustada. Pero Sio, no dijo nada más. O bien, no lo recordó, porque súbitamente como había aparecido, Ginny se derrumbó como Hermione en un profundo sueño.

-Si quieres despertarlo debemos hablar… Ven a buscarme, es peligroso que nos veamos en Inglaterra.

-¿Quién es...?

-Sólo queremos salvar su vida… señora.

-Me temo que te has confundido…

-No. Ella la necesita… ellas la necesitan. La necesitan con vida. Venga por favor, venga con nosotros.

-¿A dónde? ¿Quién eres?

-A China.

-¿Qué? ¡Pero que locura!

-Allá encontrará las respuestas que aún batalla por descubrir…

-¿Cómo iré? No entiendo nada.

-Para viajar, debe tener una razón… y la razón, duerme en sus brazos.

-Danny… ¿Qué le has hecho? ¿Está bien? ¡Contéstame!

-Sólo podrá despertarlo si viene aquí, debemos hablar…

-¿Quién eres?

-La espero…

-¡Danny!

Ginny se despertó súbitamente. Se encontró desplomada en el rincón donde había visto a la niña, y con Danny durmiendo apaciblemente en sus brazos.

-Oh, gracias a Merlín. Fue sólo un sueño.

Ginny se levantó con mucho cuidado para no dejar hacer al niño, y entonces se encontró con Hermione durmiendo al otro lado.

-Hermione, ¡Hermione!

-Mmm... ¿Qué?

-¡Hermione! ¿Viste eso?

-¿Qué… qué?

-¡Hay, por todos los Dioses! ¡Hermione, despierta!

Ginny agitó a Hermione en el suelo tomándola por el brazo. Su amiga tenía toda la melena enmarañada y estaba aturdida.

-¿Qué ocurre? ¡Hay! Con cuidado.

-Lo siento.-Se disculpó alterada.- ¿Estás bien?

-Sí… eso creo. La cabeza me retumba.- A tientas, mientras se cubría la frente, intentó encontrar el sillón para poder sentarse en él- ¿Qué sucedió?

-Nos quedamos dormidas.

-¿Dormidas? ¿Aquí en el suelo?

-¿Qué no recuerdas nada?

-¿Qué?

-¿No soñaste nada?

-¡Hay, Ginny! Si me hablas en código por supuesto que no voy a entender. ¿De qué rayos me hablas?

-Danny…- Susurró de repente.

-¿Qué sucede con el niño?

-Danny... Danny despierta. –Comenzó a saltar con él y a moverlo de un lado a otro, pero el niño no despertaba.- ¡Hay por Merlín! ¡Danny, despierta!

-¡Ginny! ¿Qué haces? Déjalo dormir.

-¿Qué no lo ves? – Chilló con lágrimas en los ojos.- ¿Qué no soñaste con él?

-¿Soñar con quien? ¡Ginny, de rayos qué me hablas!

Súbitamente, Ginny se detuvo y se sentó a un lado de Hermione, llorando amargamente.

-Prometí que lo cuidaría, y ahora no despierta.

-¿Ginny…? ¿Qué demonios…?

-Prometí cuidarlo en tierra, pero no en sus sueños…

-¿Qué…? ¿Ginny…?

Hermione comenzó a contemplar la habitación, y luego se fijo en Ginny, balanceando al niño en sus brazos, llorando amargamente.

-Nos hechizaron, Hermione. Vino alguien, se metió en nuestras cabezas, y ahora Danny no despierta.

-Pero… Un momento… ¿Nos hechizaron?

Hermione no entendía nada, no recordaba nada. Le era imposible hacerse una idea de lo que había sucedido, puesto que para ella, sólo había sido una placentera hora de sueño.

-¿Qué no recuerdas nada?

-No… yo… yo sólo recuerdo que estabas ahí-señaló el sofá que estaba frente a ella- con Danny, y que repentinamente gritaste y apareciste en el rincón…

-¿No recuerdas a la niña?

-¿Qué niña?

Ginny apretó los ojos y comenzó a llorar con amargura, aferrando a Danny contra su cuerpo. El niño seguía tibio, lo que aclaraba que no estaba muerto, aunque parecía uno.

-Hermione, ¿qué voy hacer?

-No entiendo nada, ¿qué le ocurre a Danny? ¿Por qué no despierta?

-Ya te lo dije, ¡Nos hechizaron!

Entonces Hermione concentró su vista en un punto vacío. Algo en ella temblaba.

-¿Sabes…? Recuerdo haber soñado con una niña que me decía que tenía que dormir…

-¡Es que no fue un sueño! Esa niña estuvo aquí. ¡Y nos hizo esto!

-¿Esa niña? Pero era un sueño, Ginny.

-¡No Hermione! ¡Era real! Algo nos hizo, yo soñé…

-¿Con quién?

Hermione le quitó a Danny de los brazos a Ginny, e intentó despertarlo, pero al niño se le iba la cabeza hacia atrás y tenía la boca abierta.

-¡Philip va a matarme!

-¡No digas imbecilidades! ¡No fue nuestra culpa!

Ginny lanzó un gemido doloroso. El niño se balanceaba en los brazos de Hermione sin reaccionar. Fue ahí, cuando las últimas palabras del sueño resaltaron en su cabeza.

-Eso es…

-¿Qué cosa? –Le urgió Hermione, preocupada. No toleraba ser la genio y no saber qué ocurría.

-Debo ir a China.

-¿Qué, qué?-Chilló.- ¿A China? ¿A buscar a tu padre?

-No. Debo ir a encontrarme con alguien. Allá está la cura para despertar a Danny.

A Hermione se le abrió la boca de par en par, aquello era una cantidad de información que no venía de ningún lado. Rió nerviosa.

-Ginny, estás nerviosa, dices cosas sin pensar, tú…

-¡Yo voy a ir a China! No importa si me lo impidan. ¡Esto fue mi culpa! Era mi responsabilidad cuidar a Danny, y ahora el pequeño no despierta. ¡Tengo que ir!

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Lejos, muy lejos de ahí, lejos del mundo real, lejos de la mente humana, un pequeño niño de ojos verdes cabalgaba sobre un pegazo entre arco iris de diez colores. La música de un arpa encantada llenaba el vacío.

-¿Crees que vendrá?

-Eso espero.

-Gracias Koe.

-No hay porqué Sio.

Notas de Autora:

¡Finalmente, capítulo 26 en línea!

Muchas gracias a todos por sus favoritos y por sus reviews, de verdad se los agradezco.

Cada vez me gusta más escribir los capítulos, a pesar de los leves retrasos, de verdad discúlpenme, pero deben saber que no me paso todos los días escribiendo.

Como se dan cuenta, las cosas que van sucediendo cada vez van esclareciendo los secretos de los personajes. Ahora, Candeviere nos liberó un secreto suyo, que, si van hacia atrás, allá, por el capítulo 11, se darán cuenta qué tan grave es la situación. Y podrán entender muchas cosas.

También aparecieron nuevos sueños, y exceso de información. Así como poco a poco se van descubriendo los secretos del concilio. Tal como que Calfulaf es el tío de Tiare.

Como ven, Harry ya no tolera seguir a pie el plan. Aunque queda poco tiempo para que la profecía se cumpla, y por mucho que haya soportado seis años, casi siete, lejos de Ginny, el mes que le queda le ha sacado la cuenta. ¿Podrá soportar seguir con el plan y no acercarse a Ginny? ¿O el amor que siente por ella lo llevará a hacer locuras?

Espero que este capítulo dé para debates. Me ha encantado escribirlo, y bueno, el retraso de 4 días fue por el mero hecho de que lo comencé más tarde, y, como les dije, no vivo de escribir todos los días.

Les quiero dejar una pequeña aclaración: En esta frase, que Omanshai dice "Aún no cierra el tercer ojo, está a poco de hacerlo".

Con ello, me refiero al pensamiento hindú, sobre los shakras, el cual yo comparto, ya que lo encuentro muy lógico.

Los niños al nacer, nacen con el tercer ojo abierto, lo que les ayuda a diferenciar a las personas y al mundo tal cómo es. Eso causa que algunos bebés no toleren estar con ciertas personas y por eso lloran cuando las toman en brazos.
Normalmente, esa abertura no debería cerrarse, pero entrar al mundo real implica limitar nuestro poder espiritual, por lo que no podemos seguir viendo lo que ven ellos una vez pasados los tres o cuatro años.

Esa es la razón por la que Omanshai destaca que Danny aún tiene el tercer ojo abierto y se puede hacer algo con él, a diferencia de Sio, que ya con nueve años, no ve ni siente lo mismo que el niño.

Sobre las actualizaciones, les dejo como posibles fechas, los días: 24 y 25 de Mayo.

Si me retraso, saben que puede ser de no más dos o tres días.

Ahora les dejo un adelanto del próximo y ÚLTIMO capítulo de la segunda parte. Porque sí, por fin acabó El Plan, así que a partir de Junio veremos el nuevo mundo al que se verán enfrentados los personajes, junto con la batalla.

Capítulo 27:

A Buscar a Arthur:

Ginny, en su desesperación decide ir a China y seguir su sueño. Por supuesto, al principio ninguno la toma en cuenta, hasta que se escapa.
Al no quererla dejarla ir sola, finalmente todos la acompañan.

Morgan enfrenta a Uzume, y le exige llevarse a Tiare donde pueda sanarse. Sin embargo, Calfulaf tiene una mejor idea, y al no estar el líder del concilio presente, deciden ir a buscarlo a china.

Al no recibir información de Keitaro, Candeviere decide enfrentársele, y es probable que el hombre haga un rápido viaje a Japón para arreglar cuentas.

Por supuesto que Omanshai y Sio no se quedarán atrás en este viaje. Ellos son los principales causantes para que Ginny por fin, se entere de toda la verdad.
¿Significará el viaje a China el inicio de la batalla?

¡Gracias a todos por leer!

¡Guau! 36 páginas. Ja ja ja.

Cualquier duda, consulta o sugerencia ya saben donde enviarla. Estoy dispuesta a recibir mails, críticas constructivas y teorías.

Un abrazo a todos.

Anya.