Nota de autor: Para ti, Mine. Porque eres lo mejor que existe, tú le das alegría a mi vida solo con tus locuras y tus palabras de apoyo. Sabes que eres especial para mí, cuando escribo esta historia, no puedo evitar pensar en mis "doritas". Vosotras sois dos partes de un todo, eso me alegra, porque es difícil querer a una más que a la otra, así que en cierto modo, me lo hacéis más fácil. Esto va para ti, hacia mucho que no salías, sé que tu aparición no es merecedora de tu cariño, pero prometo, PROMETO, que aparecerás, lo prometo. Mientras tanto, aquella a la que tú adoras, se ha ganado un huequito en este fic, era necesaria. Supongo que cuando lo leas, entenderás porque te lo dedico, y espero que te guste aunque sea un poquillo. A veces siento, que cuando escribo, vosotras dos estáis ahí conmigo, dándome apoyo y haciéndome seguir, confiando en mí. No sabéis lo que me alegra teneros a vosotras en mi vida. Sois mis AMIGAS, y no me arrepiento, ni me arrepentiré jamás de haber encontrado personas en el mundo tan increíbles como vosotras. Francamente, no sé que haría sin vosotras... mejor ni lo pienso. Dejo ya la nota porque siempre me acaban saliendo más grandes que el propio fic. Lo siento. Gracias por estar ahí.


Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario hubiese habido beso bajo el muérdago en el 3x09.


Capítulo 26: Everything I do (I do it for you)

La chica lo miraba triste, intentando no echarse a llorar de nuevo. A pesar de todo, a pesar de haberse entregado a él por completo, Sam no estaba seguro aún de haberla recuperado. Ahora era él quien dudaba.

¡Habían hecho el amor! ¿Acaso eso no le dejaba completamente claro que quería estar con él?

Su desconfianza le hizo daño, pero en cierto modo lo entendía. Ella lo había lastimado y solo quería no sufrir más por su culpa.

¡Pero ella tampoco quería! Lo único que quería era estar bien con él, tenerlo cerca, sentirlo, pasar sus días con él.

- Mercy...- Él le insistió.

- Sam... Lo siento tanto – Su voz se rompió, revelando las lágrimas que trataba de detener – Entiendo que no estés seguro pero me duele oírtelo decir.

El chico la levantó ligeramente, hasta quedar frente a frente, recostando sus cabezas sobre la almohada. Su mano derecha secó sus lágrimas, acercándose a ella para besarla en la mejilla.

- No, yo lo siento. Soy un idiota. Después de esto no debería haber dudado.

Ella cerró sus ojos, sintiendo como sus manos recorrían su rostro.

¡No debía dudar! ¡No debía! Mercedes lo amaba, ¿acaso no podía verlo? ¡Se había entregado a él!

- "Oel Ngati Kameie" – le susurró al oído, sin fijarse en la sonrisa que la chica mostraba como respuesta. Se separó de ella, viendo como lo miraba sin dejar de llorar.

- Hacía mucho que no me lo decías – le susurró, mientras trataba de secar sus lágrimas.

Sam la ayudó a borrarlas de su rostro para luego, agarrar su mano entre la suya y besarla suavemente.

- Creí que no te gustaba – admitió.

Ella cerró los ojos, recordando sus palabras recientes, mientras acariciaba con sus dedos su mano derecha.

- Si me gusta, es solo que cuando me lo dices, me pongo a llorar como una tonta – La chica exhaló un suspiro. Sí, como una tonta enamorada.

- Me duele verte llorar – le dijo él, entrelazando sus dedos con los de ella.

- No, Sam. Lloro de felicidad, lloro porque te tengo, porque Dios nos ha regalado esto.

- Mercy, prométeme que cuando algo vaya mal, cuando algo te disguste, te duela, me lo dirás. No quiero volver a pelearme contigo. No quiero volver a sentir que te pierdo.

Ella asintió con la cabeza. Si hubiese hecho eso desde el principio, nada hubiese pasado.

- Prométemelo, Mercy.

- Te lo prometo, Sam – le dijo, viendo como él la movía de nuevo, devolviéndola a la posición inicial.

Acurrucada en su pecho, mientras él comenzaba a cantarle la canción de Bryan Adams, Everything I do, y Mercedes volvía a llorar de nuevo.

En esa misma posición se quedaron dormidos y lo que ellos creyeron minutos, se convirtieron en horas.


Artie observaba, fijamente, a la chica que permanecía sentada encima de su cama, Su "Reina de Hielo", tal y como se había nombrado ella misma, se divertía intentando pronunciar las palabras en español que él trataba de enseñarle.

- Bien. ¡Otra más! ¿Cómo se pronuncia esta? – le preguntó, fijando de nuevo su vista en él.

El chico la miraba tan embobado que ni cuenta se dio cuenta de que ella le había hablado de nuevo.

Quinn se había vuelto a cambiar de ropa para asistir a las clases y ahora, llevaba una falda marrón y una camiseta beige con una chaqueta a juego con la falda. Él no podía creerlo, pusiera lo que se pusiese, siempre estaba preciosa.

¡Le gustaba Quinn! Le gustaba, ya no podía negarlo. Era obvio lo que sentía por ella. Seguía queriendo a Brittany pero la "Reina de Hielo" estaba comenzando a ganarse su corazón. Y él, estaba totalmente muerto de miedo.

- Artie... ¿estás bien? – le dijo, tocándole el brazo arrancándolo de sus pensamientos.

- Perfectamente – le respondió con su característico tono agudo.

Quinn se rió al oírlo, arrancando unas sonrisas del chico.

- ¿Te estoy aburriendo, verdad? ¿Estás cansado? Quizás. Podríamos... No sé... salir a dar un paseo. ¿Qué te parece? – le propuso mostrándole una sonrisa de oreja a oreja.

Su mano todavía seguía en contacto con su brazo. Ella no se había dado cuenta de que no lo había soltado. O quizás si, y no quisiese hacerlo.

- ¿Un paseo? – preguntó él, fijando sus ojos en su brazo.

La chica se dio cuenta al momento que aún seguía sosteniéndolo, y lo soltó sin perder tiempo.

- Si, un paseo.

- ¿Nosotros? – preguntó, señalándolos a ambos con el dedo. ¿Ellos dos solos? Las clases estaban bien, pero... dar un paseo... ¿De que podrían hablar? ¡No tenían temas de conversación!

- Nosotros... y... y Lucy, si quiere venir.

Artie respiró aliviado. Con Lucy todo sería diferente, ella sacaría los temas de conversación.

- ¡Lucy! Es cierto, le encantará salir a pasear – le sonrió el chico dejando los libros que llevaba en su regazo, sobre la cama.

- Voy a buscarla – Y tal como lo había dicho, Quinn se levantó de la cama directa hacia la puerta.

No llegó a salir, pues un angelito entró en la habitación tomándola por sorpresa.

- ¿He oído paseo? – le preguntó a Quinn, parándose enfrente de ella.

- Si, ¿quieres venir? – le dijo la chica, agachándose a su altura.

- ¡Si! – le respondió la niña, gritando a pleno pulmón.

Artie las miraba totalmente hipnotizado. Hacia mucho tiempo que Lucy no sonreía de esa manera, tanto como hacía que no veía a Brittany. Al parecer, la pequeña había encontrado al fin sustituta y sus risas se volvían a oír en toda la casa.

¿Su corazón también había encontrado substituta a Britt?

No. No lo había hecho. Brittany seguía ocupándolo y lo seguiría haciendo a pesar del tiempo, a pesar de no poder estar con ella. Solo que cuando veía a Quinn y Lucy, él no podía evitar emocionarse pensando que por fin, su hermanita volvía a tener a alguien a su lado. Si, solo era eso.

- ¡Artie! Te estoy hablando – gritó la pequeña-

- ¿Qué pasa Luce?

- Necesito ir al baño y mamá está ocupada.

Su hermano no le respondió, comenzando a mover su silla hacia donde ellos estaban.

- Vamos – dijo él.

- Yo la acompaño, Artie. Ya voy yo con ella – Quinn agarró a la niña de la mano, saliendo por la puerta después de guiñarle un ojo al chico.

¡Le había guiñado un ojo! ¡Quinn le había guiñado un ojo!

Por Dios, Artie. Solo te ha guiñado un ojo, no es como si te pidiese que te casases con ella.

Mientras ellas no volvían, recordó como lo había defendido esa mañana frente a Azimio y como le había hecho cambiar de opinión para que acudiese al entrenamiento. Recordó como había subido con él en la "noria", tal y como ella había llamado al elevador del auditorio. Recordó su cuerpo pegado al suyo y sus respiraciones acompasadas mientras esperaban que el elevador se detuviese. Y la recordó en las gradas aplaudiendo mientras él entraba en el campo con su uniforme.

Su "Reina de Hielo" era todo corazón. ¿Por qué nadie lo veía? ¿Acaso solo él se daba cuenta de cuánto había cambiado? ¿Acaso solo él veía la sonrisa que cubría el rostro de la chica en la última semana? Y la razón de todo ello, era Mercedes. Quinn la había recuperado por fin, había retomado su amistad con Mercy y eso la hacía inmensamente feliz.

Recogió sus libros y los de ella, guardándolos en su mochila para el día siguiente. Ya habían estudiado bastante por ese día y la cabeza le acabaría por explotar con tanta palabra rara.

Quinn tenía razón, un paseo les iría bien para despejarse.

Alguien tocó la puerta, despertándolo de sus pensamientos.

Brittany se encontraba delante de él, esperando que la dejase pasar.

- Hola Artie, tu mami me ha dejado pasar – le dijo.

- Hola Brittany – la saludó, rodando la silla hacia donde ella estaba – Pasa, no te quedes ahí.

- Quiero que volvamos a ser amigos, Artie, quiero poder ver a Lucy sin que te sientas dolido. Es mi mejor amiga y Lord Tubbington la echa de menos – le soltó de sopetón la animadora.

- ¿Trajiste a Lord contigo? – le preguntó el chico con una sonrisa en su rostro.

Brittany lo miró sin entender.

- No... Mine se ha quedado con él, los lunes tienen partida de parchís. ¿No te acuerdas? – Artie asintió con la cabeza - ¿Por qué lo preguntas?

- Tráetelo para la próxima vez. Lucy también lo echa de menos.

- ¿Lo dices en serio? – preguntó una alegre Brittany.

- Si, Britt.

- ¿De verdad de la buena?

- De verdad de la buena.

- ¡Oh, Artie! ¡Gracias! – chilló la chica, corriendo a abrazarlo.

Ella se arrodilló delante de la silla y él buscó su cuerpo inclinándose hacia delante. Hacía tanto tiempo que no se abrazaban, hacía tanto tiempo que no la sentía a su lado. Artie cerró los ojos durante un segundo, deseando que ese abrazo no fuese de ella. Que no fuese Brittany la que estuviese acariciándole su nuca, deseando que otra persona estuviese allí con él, para sentir su piel y sus manos abrazándolo y acariciando su pelo.

- ¡Brittany! – gritó su hermanita, despertándolos del trance y haciendo que la animadora se levantase rápidamente del suelo y la cogiese en brazos, haciéndola saltar en su regazo.

- ¡Hola Luce! – la saludó Brittany, mientras veía como Quinn permanecía todavía en la puerta del dormitorio - ¡Quinn! ¡Ey, Quinn! ¿Qué haces aquí? – pregunto la Cheerio dejando a la niña encima de la cama.

- Hola Brittany, yo... nada. Nada... Ya me iba – le respondió, entrando en la habitación y agarrando los libros que Artie ya le había colocado, encima de la cama – Nos vemos, Artie – le dijo, casi sin mirarlo, apresurándose a salir por la puerta.

- Quinn... pero, ¿y el paseo? – le preguntó, rodando la silla detrás de ella.

- Otro día, Artie. Tengo... tengo prisa – lo miró, intentando dedicarle una sonrisa que se quedó en una incómoda mueca, y salió por la puerta dejándolos solos.

¡Brittany y Artie abrazados! ¡Estaban abrazándose! Se habían reconciliado. ¿Cómo podía ser tan estúpida? ¿Cómo podía haber creído que ella no volvería a su lado? Él era mejor que Santana. ¡Mil veces mejor! Y Brittany se había dado cuenta de ello. Lo pero, es que ella también se había dado cuenta. Y demasiado tarde.

¡Estaba celosa! ¡Tenía celos de Brittany!

Se había dado cuenta en el mismo momento en el que había entrado en la habitación y los había visto abrazados, con sus ojos cerrados, sintiéndose, acariciándose. ¡Le gustaba Artie Abrams! Y ahora no había lugar a dudas, quizás antes si pudiese achacarlo a que eran amigos que se divertían juntos pero después de ver como Brittany se abrazaba a él, Quinn estaba más que segura de lo que estaba empezando a sentir. Y le daba miedo. La atemorizaba volver a sentir algo por otro chico, la asustaba de verdad.

Pero él no era como los demás chicos, Artie era muy dulce, puede que un poco arisco a veces, y demasiado sincero, pero solo hacía falta ver como se llevaba con su hermanita para saber lo que había dentro de su corazón.

Amor.

Amor para regalarle a la persona que él quisiese.

Y él quería a Brittany.

- ¡No te enamores, Quinn! ¡No lo hagas! No de él. Vuelve a tus chicos malos – se dijo a sí misma, mientras encendía el coche y regresaba a su coche.


Artie seguía todavía con su vista fija en la puerta por la que acababa de salir Quinn Fabray. Si hasta hacía dos minutos era el hombre más feliz del mundo, ahora solo quería echarse a dormir y no despertarse hasta el día siguiente.

¿En que momento se habían quedado sin paseo? ¡Ella estaba feliz! Y él también lo estaba, pero... ¿Qué había cambiado? ¡¿Qué?

- ¡A Artie le gusta Quinn! ¡A Artie le gusta Quinn! ¡A Artie le gusta Quinn! – empezaron Lucy y Brittany a cantar, mientras se agarraban de las manos y saltaban en círculos.

- ¡No es cierto! – chilló, haciéndolas callar. Por supuesto que no le gustaba, solo le parecía extraña su forma de actuar.

- ¿A que si, Lucy? – le preguntó Brittany, cogiéndola de nuevo en sus brazos.

- ¡Si! – la pequeñas chocó su mano con la de la Cheerio, sonriente.

- No me gusta – dijo él molesto, rodando la silla directa a su mesa.

- Pues a ella si le gustas – dijo Brittany convencida, haciendo que él girase la silla rápidamente para buscar su mirada.

- ¿Tú crees? – se oyó decir esperanzado.

- ¿Lo ves? Si no te gustase, te daría igual saberlo – se rió su ex novia.

- Que no me gusta, Britt. Quinn no me gusta.

Mientras lo siguiese negando todo iría bien. Todo iría bien. Él no saldría lastimado y ella tampoco.

- ¿Tú que opinas, Luce? – preguntó la chica.

La pequeña la miró antes de responder.

- Si que le gusta... – se rió y luego puso sus manos sobre la oreja izquierda de la chica, cuchicheándole algo al oído.

Brittany le sonrió antes de volver a dejarla en la cama.

- Es bueno saberlo... – le dijo.

- ¿Qué te ha dicho? – quiso saber Artie.

- No te lo puedo decir. Es un secreto de mejores amigas – le respondió subiéndose ella también a su cama y descalzándose para empezar a saltar sobre ella.

- ¡Echaba de menos esto! – Gritó, mientras cogía impulso.

- ¡Yupiiiiii! – Chilló la niña, haciendo que su hermano mayor se tapase los ojos, alucinado. Brittany y Lucy eran tal para cuál. Dos diablillas.


- ¡Mercedes, cariño, ya llegué! ¡Mercedes!

La chica se levantó sobresaltada, despertando a Sam a su vez.

¡Que hora era? ¡¿Qué hora? ¡El despertador! ¡Se había olvidado de poner el despertador! Siempre se quedaban dormidos por lo que tenían que acabar poniéndolo para que su madre no los pillase en casa.

¡Las nueve! ¡Oh Dios mío! ¡Las nueve de la noche!

- Sam... Sam... Por Dios, ¡muévete! Son las nueve – le dijo, empujándolo con sus manos.

- Demasiado temprano para levantarme, Mercy. Déjame dormir un poco más – dijo, medio dormido.

- ¡Por Dios! ¡Levántate! ¡Levántate! – le gritó al oído, a punto de dejarlo sordo.

El chico la miró asombrado. ¿Qué le había dado?

- ¡Son las nueve de la noche, Sam! ¡Mi madre está abajo! ¡Vístete! – le dijo, levantándose rápidamente y agarrando toda su ropa del suelo, tirándosela hacia la cama.

- ¡Corre, por el amor de Dios!

- ¡Joder! ¡Mierda! – Sam se levantó, agarrando su ropa interior de debajo de la manta y se la puso, tratando de no caerse a la vez que buscaba sus pantalones y sus calcetines.

- ¡Me falta uno! ¡Joder! ¿Dónde está?

Ella se lo lanzó, ya vestida y se apresuró a ponerse los zapatos.

- ¿Mercedes, estás aquí? – dijo la señora Jones abriendo la puerta de improviso, encontrando a su hija acompañada de un chico a medio vestir.

- ¡Mamá! – Mercedes y Sam se miraron asustados, mientras éste terminaba de abrocharse los vaqueros y se ponía la camiseta.

- ¡Mercedes Jones! ¡¿Qué está pasando aquí? – Chilló su madre haciendo que Sam pegase un respingo.

La chica no le respondió. Bajó la cabeza avergonzada y esperó la regañina.

- ¡Tú! – Señaló a Sam – Espera abajo. Hablaré contigo ahora. Ni se te ocurra irte.

Él miró a Mercedes antes de hacer lo que la señora Jones le había mandado. La diva lo miró triste y avergonzada tal y como él se sentía en ese mismo momento.

- Mamá, puedo explicártelo. De verdad.

- ¿Qué me vas a explicar? ¿Qué cuando tus padres no están en casa, subes a chicos a tu habitación para acostarte con ellos?

- ¡No! No subo a chicos a mi habitación, mamá. ¡Sam es mi novio!

- ¿Sam? - ¿Sam Evans? ¿El dueño de la camiseta del equipo que, supuestamente, le habían prestado a su hija? El mismo del que no había hablado desde los Nacionales. ¿Él era su novio?

Mercedes asintió con la cabeza.

- Cariño, ¿Cuándo pensabas decirme que tenías novio?

Aunque algo sospechaba, la señora Jones no lo sabía a ciencia cierta. Es más, la noche anterior la había oído llorar nuevamente, creyendo que su niña estaba enamorada de nuevo y una vez más, su amor no era correspondido.

Mercedes se encogió de hombros. No podía decirle la verdad, no podía decirle que no quería que ellos lo supiesen, porque en el fondo, temía que al saberlo quisiesen separarlos como todos se empeñaba en hacerlo.

- ¿Cuánto lleváis juntos? – Su madre se sentó en la cama, instándola a que se sentase a su lado.

- Desde antes de los Nacionales, mamá.

- Entiendo – dijo la señora Jones, dándose cuenta de porque su hija había dejado de nombrárselo – Cariño, tenías que habérmelo dicho antes. Esto es algo muy serio, ni siquiera hemos tenido la charla...

- Mamá... – protestó la chica.

- Vale, no diré nada. Solo, dime algo. ¿Te hace feliz? – preguntó, posando una de sus manos sobre la de su hija.

- Soy muy feliz, mamá... Le quiero – le confesó – A veces tengo miedo. Miedo de que nos separen, miedo de esto que siento. Pero cuando estoy con él me olvido de todo. Cuando estoy con él soy feliz.

- Oh, cariño – Se lamentó su madre – Mi niña se ha convertido en toda una mujer.

Una lágrima resbaló por su mejilla, al tiempo que su hija se la secaba.

- No llores mamá, me vas a hacer llorar a mi también.

Su madre la abrazó con todo su corazón.

- Ya era hora de que mi niña conociese el amor. Ya era hora de que alguien se fijase en ti, cariño. Eres especial. ¿Sabes? Y no lo digo porque sea tu madre. Tienes un corazón de oro, Mercy, eres todo amor. Y él es un afortunado por tenerte. Lo que me hace recordar que le he mandado abajo. ¡Que se prepare!

- ¡Mamá! Él no tuvo la culpa, mami – Mercedes rompió el abrazo, fijándose en sus ojos.

- Tienes razón, cariño. Él no tiene la culpa de estar enamorado de ti – se rió la señora, haciéndola reír también a ella.

- No me avergüences delante de él, mamá – le rogó.

La señora se levantó rápidamente.

- ¡Ey! Ni se me ocurriría – dijo ella, dirigiéndose hacia la puerta – Tú te quedas aquí.

- ¿No me vas a dejar despedirme de él? – le preguntó, triste.

- En cuanto hayamos terminado de hablar.

Abrió la puerta, sosteniendo el pomo con su mano.

- Mamá... – Mercedes la llamó por última vez.

- ¿Si?

- Te quiero – le dijo con una sonrisa.

- Si pretendes que con eso me olvide de que lo has subido a tu habitación, Mercedes Jones, estás muy equivocada – Se rió su madre, cerrando la puerta tras de sí.

Mercedes se dejó caer hacia atrás en la cama, ésta todavía tenía el olor de Sam. Agarró su cadenita y rezó para que su madre no se enfadase mucho con él.

Sam esperaba a la señora Jones en el salón. Después de diez minutos esperando, podría decirse que ya tenía un camino hecho desde el sofá hasta las escaleras.

Quería subir para estar con Mercedes en ese momento y a la vez no quería contrariar a su madre. Era una decisión difícil. Finalmente, no tuvo que decidir, pues la señora Jones bajó las escaleras, directa hacia él.

- Siéntate – le dijo ella, seria.

Él hizo lo que le mandó, sentándose en uno de los sillones. Se dio cuenta de que todavía tenía la zapatilla desatada, pero no le prestó atención esperando que la señora Jones tampoco lo hiciese.

Lo miró largo rato sin decir nada, hasta que finalmente abrió la boca.

- Sam... ¿Verdad?

Él asintió con la cabeza, medio cortado.

- Te voy a hacer un par de preguntas, chico y quiero respuestas sinceras. Nada de mentiras.

Él tragó saliva, volviendo a asentir con la cabeza.

- ¿La quieres?

¿Qué si la quería? ¿Qué clase de pregunta era esa? Por supuesto que la quería. ¡La amaba! Casi había estado a punto de perderla de nuevo y finalmente no había sido así. Finalmente habían vuelto. Habían vuelto a sentirse y acariciarse, habían vuelto a hacer el amor. Era un sueño hecho realidad.

- Estoy enamorado de ella – le respondió por fin, al ver como la señora lo miraba expectante – Quiero a su hija, la quiero de verdad. Es lo mejor que tengo, lo mejor que jamás he tenido. Yo nunca he sido muy bueno expresando mis sentimientos. Soy disléxico, ¿sabe? Mis notas son pésimas y lo único a lo que aspiro en la vida es a poder conseguir una beca de fútbol para la universidad, porque sé que por mis notas nunca llegaré a nada.

Sam tomó aire antes de seguir.

- Soy un friki, adoro Avatar, la habré visto cien veces, y la Guerra de las Galaxias, Indiana Jones o incluso Harry Potter. Vivo en una habitación de motel con toda mi familia. Soy un sin techo, señora Jones. Mis padres se quedaron sin trabajo y el banco nos quitó la casa. Yo tengo que trabajar para ayudarlos y cuidar de mis hermanos.

Mi vida es una basura y lo único que me hace feliz es su hija. Tenerla a mi lado me ayuda a olvidarme de los problemas que nos rodean. La veo a ella y me olvido de todo, ¿Sabe? A veces, siento que soy un egoísta, a veces siento que debería renunciar a ella. No es justo que pase por todo esto conmigo, pero luego... me doy cuenta de que no puedo alejarla de mí. Me duele no poder ofrecerle nada. Me gustaría poder hacerle regalos como hacen los demás chicos con sus novias, pero no puedo.

La señora Jones había escuchado todas y cada una de las palabras que el chico había dicho. Y no solo ella, Mercedes permanecía escondida en lo alto de las escaleras escuchando también toda la conversación.

- Chico... Estoy de acuerdo en todo lo que has dicho menos en lo de que no eres bueno expresando lo que sientes. ¿Quieres hacerme llorar, verdad?

Sam la miró confundido. ¿Dónde estaba la regañina? Vendría ahora claro.

- Escúchame bien, Sam. Conozco a mi hija y sé, que los regalos no son necesarios. Lo único que necesita es esto – dijo, poniendo una mano sobre su corazón – Se lo robaste, le robaste el corazón. Solo te pido que no se lo rompas – le dijo ella, a punto de echarse a llorar.

- No. No podría, señora Jones. De verdad – El chico se acercó hacia delante en el sofá.

- Ayer la oí llorar durante toda la noche. Gracias a Dios, solo yo la oí, ya que su padre dormía como un tronco. Me dolió verla así, no quiero que le hagan daño – dijo seria, mientras trataba de secarse una de sus lágrimas – Mercedes es especial, una entre un millón y no lo digo por ser su madre. Lo digo de verdad, no le hagas daño.

Él bajó la cabeza, avergonzado.

- Sam... – ella lo llamó, haciendo que él la mirase de nuevo.

- Lo siento, fue mi culpa. Soy un idiota.

La señora Jones sintió como su pecho se le llenaba de aire. El chico quería a Mercedes, la quería de verdad. Y ella era feliz a su lado. Muy feliz.

- Pero le juro, le juro que no volveré a hacerle llorar, señora Jones. Se lo juro.

- Necesito saberlo... ¿Habéis tenido relaciones? ¿Os habéis acostado?

Mercedes mostró, en lo alto de las escaleras, la misma cara de pánico que la que veía en Sam en ese mismo momento.

Él asintió con la cabeza, incapaz de hablarle. La señora Jones tampoco dijo nada, se limitó a levantarse del sofá y subir de nuevo las escaleras.

- ¡Mercedes, baja! ¡Sam ya se va! – Gritó.

Ella hizo como que cerraba la puerta y bajó los escalones corriendo, viendo como su madre se metía en el baño. Sam la esperaba abajo, atando su zapatilla, en el final de las escaleras. Mercedes se detuvo dos escalones antes, quedando un poco por encima de él.

- ¿Te regañó? – le preguntó ella disimulando mientras acariciaba la mano que este le había tendido.

- No, ¿y a ti? – dijo, preocupado.

Ella negó con la cabeza al tiempo que él agarraba su rostro con sus dos manos y pegaba su frente contra la de él.

- Lo siento, Mercy. No debí dormirme. Lo hago todo mal, lo siento. Lo siento.

- ¡Ey! – Dijo, separándolo y buscando su mirada – La señorita "Lo Siento" soy yo, ¿recuerdas? Además, yo tenía que haber puesto el despertador y se me olvidó – Volvió a acariciar suavemente la mano de él, haciéndolo temblar de nuevo – Sam... ¿Es normal esto? ¿Quedarnos dormidos siempre después de hacer el amor? Con... Con Santana... ¿también...?

Él la calló con un beso. Un beso dulce y cálido que la hizo olvidar.

Ella intentó hablar de nuevo, pero él volvió a besarla, esta vez con más pasión.

- No te compares con ella, Mercy. No vale la pena.

- Pero...

- Soy feliz contigo, Mercedes. Estoy en paz cuando estoy contigo, por eso nos quedamos dormidos.

Ella asintió con la cabeza, avergonzada por no haberlo entendido antes.

- Ahora que mi madre lo sabe, deberíamos hacerlo bien, Sam. Deberíamos dejar de escondernos – dijo, señalando la casa.

- ¿Te refieres a no volver a hacer el amor en tu casa?

- Me refiero a buscar otro sitio donde podamos hacerlo – le susurró al oído, rozándole con sus labios su oreja derecha.

- Echaré de menos tu cama – Le contestó triste, mientras acariciaba su mejilla con su mano derecha.

- Y yo te echaré de menos a ti en ella – Buscó sus labios una última vez dándole un beso largo y profundo. Un beso que hiciese que no la olvidase – Tienes que irte, vamos – dijo, tratando de soltarle la mano.

- Te veo mañana – le contestó él, dándole otro beso en la mejilla.

- Si, vamos. Vete que es tarde – lo empujó ligeramente, andando ambos hacia la puerta.

La abrió y lo vio marcharse en el coche que había visto aparcado delante del motel esa misma tarde. Era el coche de Debbie. Ella se lo había dejado para que Sam viniese a buscarla.

Mercedes quiso abofetearse por haber pensado mal de ella en un primer momento, Debbie parecía buena persona. Solo alguien de buen corazón podría llevar once años enamorada del mismo chico.

Esa noche, cuando Mercedes le rezó a Dios, le pidió que Debbie consiguiese por fin, el amor de Andrew.


- ¡Llego tarde! ¡Llego tarde! Lo sé – Entró Sam gritando en la habitación del motel.

Los buscó en el salón, pero no estaban allí. Debbie salió corriendo de la habitación pidiéndole que guardase silencio. Y tiró de él hacia el sofá, sentándose los dos.

- ¿Esas son maneras de entrar, Sam? Acabo de acostar a tus hermanos.

- Lo siento, lo siento de verdad, Debbie. Me he pasado y lo siento- Sacó las llaves del bolsillo de su chaqueta del McKinley y se las tendió, disculpándose de nuevo.

- Ya es tarde, me tengo que ir. Mi padre debe estar preocupado por mí – dijo la chica, levantándose del sofá.

- Espera, espera. Te dije que hablaríamos al volver – Sam la detuvo agarrándola de la mano.

- Pero no dijiste que volverías tan tarde – protestó ella, volviendo a sentarse.

- Lo siento, lo siento de verdad.

- ¿Ha valido la pena al menos?

Él le regaló una de sus sonrisas, asintiendo con la cabeza. Ese día había empezado fatal pero había terminado siendo uno de los mejores de su vida. Estaba enamorado y era correspondido. Lo único que podía pedir ahora era sacar a su familia de ese motel y que Debbie fuese tan feliz como él.

- Me alegro. Ahora tengo que irme, Sam – Ella volvió a levantarse, esta vez sin volver atrás – Necesito que mañana me ayudes con unas cosas. ¿Podrías estar en la casa del árbol a la salida del trabajo?

- ¿En la casa del árbol? ¿Me vas a dejar subir? – Le preguntó ilusionado - ¡Espera! Un momento. ¿No pensarás violarme, no?

La chica lo miró con ojos asesinos, haciendo que él se riese divertido.

- ¡Era broma! ¡Era broma! Estaré allí, Deb. Si me necesitas, estaré allí para ti – le dijo él, levantándose y acompañándola hacia la puerta – Ten cuidado, ¿vale?

Ella asintió, saliendo por la puerta directa hacia el coche. Sam no cerró la puerta hasta que el coche salió de su campo de visión.


Emma descansaba su cabeza sobre el pecho de Will, a punto de quedarse dormida. Todavía no podía creer como había perdido tanto tiempo sin saber lo que era amar y ser amada. La forma en la que él le hacía el amor cada noche y cada mañana, la hacía temblar y desear no separarse jamás de su lado.

Will era tierno y apasionado al mismo tiempo, y ella le estaría agradecida a Dios toda su vida por haberlo puesto en su camino. Les había costado tres años darse cuenta de lo que podían tener, y ahora no querían dejarlo escapar.

Había tenido un día muy duro, con todas esas charlas con los chicos del Club Glee, tratando de entender sus problemas. Todos le habían hablado de sus miedos acerca de lo que esperaban del futuro, excepto Brittany que se había pasado la media hora enseñándole fotos de su gato. Sam también la había visitado, confesándole que tenía problemas con Mercedes y ni siquiera sabía a que se debían. Ella no se había aparecido por el instituto. El chico estaba demasiado preocupado, se veía a leguas lo enamorado que estaba de ella, hasta el punto de pedirle ayuda para que convenciese a Will de que les dejase cantar la canción.

Emma se rió, recordando como Mercedes había creído que ella no conseguiría hacerlo cambiar de opinión.

- ¡Ey! ¿Qué es tan gracioso? – le preguntó él, acariciando su pelo rojo.

- Los chicos pensaban que no aceptarías que cantasen el dueto – le dijo ella sonriente.

- Eso es porque no saben de tu habilidad para convencerme – Ella se levantó, besándole los labios suavemente - ¿Te pareció mal que te enviase a los chicos para que hablases con ellos? – le preguntó preocupado.

- No, no, por supuesto que no. Hiciste bien – dijo, acariciando el vello rubio de su torso – Quizás no fue buena idea dejarlos rebelarse y tampoco fue buena idea convencerte para que los dejases cantar.

Él buscó su mirada, triste.

- ¿Lo dices por Jesse? – Ella asintió con la cabeza.

- Eso ya está arreglado. No fue culpa de los chicos ni de su dueto. Ellos lo hicieron perfecto.

- ¿Si? – preguntó ella, ilusionada.

- Sí, hacen muy buena pareja.

- Creo que se han peleado. Hoy Mercedes no vino al instituto.

- ¿Por qué? – Will no se había dado cuenta de que Mercedes no había asistido a clase. Los lunes no tenían Club Glee ni español.

- No lo sabía, a lo mejor se puso enferma.

- Estoy pensando en darle el solo de las Locales. Después de tres años, creo que se lo merece – le dijo su novio, acariciando su pelo.

- Will, deberías hacer que luchase por él. Si se lo das simplemente, creerá que es por lástima.

- Tienes razón – le sonrió, besándola de nuevo.

Ella soltó una risita nerviosa, al ver como sus manos volvían a acariciar su cintura y sus piernas, dispuesto a amarla de nuevo.


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