Capítulo 27
Ruego a Dios que algún día encuentres en tu corazón la piedad para perdonarme.
Cuando Terry abrió la puerta del estudio, vio a Candy de pie detrás del escritorio, apretando contra su pecho un puñado de papeles.
Alarmado por las lágrimas que le corrían por las mejillas, echó a andar hacia ella.
—¿Qué te pasa, Candy? ¿Alguien te dijo algo cruel esta noche? Porque si alguien lo hizo te juro que...
Antes que él llegara a su lado, ella se golpeó el pecho con los papeles.
—Nunca las abriste — dijo, con voz ronca y enérgica—Jamás leíste ni una sola palabra.
Terry miró sus ojos angustiados y sintió entrar en su corazón una niebla mortal. No le hacía falta mirar de cerca los papeles para saber qué eran. Los olía.
Con manos suaves pero firmes, le quitó las cartas, las dejó caer en el cajón, y lo cerró con el pie.
—No tenía nada que decir que me importara oír.
—¿Cómo puedes saber eso cuando te negaste a escuchar?
Antes que Terry pudiera impedírselo, Candy abrió el cajón nuevamente y empezó a sacar a puñados las cartas de su madre. Las fue poniendo en el escritorio hasta que el montón era tan alto que las cartas empezaron a caer al suelo.
—Todas las semanas durante los seis últimos años de su vida, esta mujer vaciaba su corazón escribiéndote. Lo mínimo que podías hacer era escucharla.
Terry notó cómo le iba surgiendo la rabia.
—No quiero hablar de esto contigo, Candy. Ni ahora ni nunca.
—Bueno, eso es lo malo, ¿verdad? Como no soy una carta indeseada no puedes meterme en un cajón. No puedes hacerme desaparecer simplemente no haciendo caso de mí. Si hubieras podido, yo habría desaparecido en el instante en que pusimos los pies en esta maldita casa. — Abrió una de las cartas, sus manos temblando violentamente—. Mi amadísimo hijo — leyó.
—Basta, Candy. No te conviene hacer esto.
Ella lo miró desafiante, y continuó leyendo:
—Se aproxima el invierno y los días se están acortando, pero empiezo y termino cada uno de ellos pensando en ti. Pienso en cómo estarás pasando este frío otoño y en si serás feliz.
Terry apoyó la cadera en el borde del escritorio y se cruzó de brazos.
—Si mi felicidad hubiera sido tan importante para ella, creo que no habría estado tan ansiosa por venderme al mejor postor. Candy rompió el sello de otra carta.
—Mi amadísimo Terry, anoche volví a soñar contigo, no como el niño que recuerdo sino como un hombre cuyo hermoso rostro y excelente carácter me hinchó el corazón de orgullo.
—Caramba, todo un sueño ése, ¿no? — se burló él—. Si hubiera visto la realidad se habría llevado una buena decepción. Sin hacerle caso, ella desplegó otra carta.
—Mi queridísimo hijo — leyó—. Perdona mi horrible letra, por favor. Parece que el láudano que tomo para aliviar el dolor me atonta la mano y la mente también.
Terry se enderezó.
—No, Candy— dijo suavemente—. Te advierto que...
—No desperdicies tu compasión en mí — continuó leyendo ella con voz firme, a pesar de las lágrimas que empezaron a correrle nuevamente por las mejillas—. Morir no será algo tan terrible, sólo sería terrible si muriera sin ver tu preciosa cara una última vez.
—¡Maldita sea, mujer, no tienes ningún derecho! — Le arrancó la carta de las manos, la arrugó hasta convertirla en una bolita y la arrojó al hogar—. No era tu madre. ¡Era la mía!
Candy apuntó hacia el hogar con un dedo tembloroso.
—Y esas fueron las últimas palabras que te escribió. ¿Estás seguro que deseas arrojarlas como si no fueran otra cosa que basura?
—¿Y por qué no? Eso fue lo que ella hizo conmigo, ¿no?
—¿Y tu padre? Nunca he logrado comprender por qué la culpas a ella y no a él.
—¡Porque era ella la que tenía que amarme! — rugió Terry.
Se miraron fijamente un largo rato, los dos temblando y resollantes. Después Terry fue hasta la ventana y se quedó allí contemplando la noche, consternado por su fallo en autodominarse. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz enérgica y tranquila.
—Mi padre escasamente toleraba mi compañía. Me habría vendido por treinta monedas de plata a cualquier grupo de gitanos que pasara por ahí, si con eso tenía para comprar una botella de oporto o para pasar otra hora en las mesas de juego. — Se volvió lentamente a mirarla—. Puede que haya sido él el que me vendió, pero fue ella la que se lo permitió. No logro entenderlo. Y no puedo perdonarle algo que no logro entender.
Candy cogió un puñado de cartas y se las tendió, con expresión suplicante.
—Pero ¿es que no lo ves? Estas cartas podrían servirte para entender. Si las leyeras, tal vez lograrías comprender lo impotente que la hacía sentirse tu padre, cómo la convenció de que tu tío podía darte un futuro que ella no podría darte jamás. Y cuando ya estuvo hecho todo y comprendió que había sido un terrible error, tu padre no le permitió que se comunicara contigo de ninguna manera. Rompía las cartas antes que ella pudiera enviarlas. La convenció de que tú estabas mejor sin ella, que ella ya no tenía ningún lugar en tu vida. Le llevó años encontrar el valor para volver a escribirte.
—Mi padre murió hace ya más de diez años. Y en todo ese tiempo ella no intentó verme ni una sola vez.
—¿La habrías recibido? — le preguntó ella, alzando el mentón.
—No lo sé — reconoció él.
—Ella tampoco lo sabía. Y creo que no hubiera podido soportarlo si la rechazabas. — Se le acercó un poco—. Y aunque ella hubiera intentado impedir que tu padre te entregara en adopción a Robert Graham, ¿qué poder tenía? No tenía ningún poder legal. Era sólo una mujer atrapada en un mundo de hombres, un mundo creado por hombres iguales que tú y tu padre.
—No soy como mi padre — replicó él. Candy hizo una inspiración profunda.
—Tal vez tengas razón. Según Karen, cada día que pasa te pareces más a tu tío.
Terry se sentó en el alféizar de la ventana, soltando un bufido de risa amarga.
—¿Tú también, Bruto? — musitó en voz baja.
—Tu madre cometió un error terrible, Terry. Y se pasó el resto de su vida pagándolo.
—¿Pagándolo ella? ¿O yo? — Se pasó la mano por el pelo—Nunca le he dicho esto a ningún alma viviente, pero ¿sabes lo que hizo, que es lo único que no perdonaré jamás?
Candy negó con la cabeza.
—Ese día, cuando comprendí lo que habían hecho ella y mi padre y me estaba preparando para salir por la puerta con mi tío, ella se arrodilló y me abrió los brazos. Era la última vez que la vería, y sin embargo pasé junto a ella sin decir ni una sola palabra. — Aunque ella estaba a sólo la distancia de una mano, él tenía clavada la vista en la alfombra, evitando mirarla—. He revivido ese momento en mil sueños, pero siempre acaba igual. Paso junto a sus brazos abiertos, y entonces despierto con el sonido de su llanto. — Levantó la cabeza y la miró a los ojos—. Eso es lo único que no perdonaré jamás. ¡Jamás!
—Pero ¿a quién no puedes perdonar, Terry? ¿A ella? — Levantó la mano y le acarició la mejilla—. ¿O a ti?
Él le cogió la muñeca y le apartó suavemente la mano de su cara.
—La verdad es que no veo que eso importe.
Dejándola ahí, volvió al escritorio y empezó a meter las cartas en el cajón.
Candy lo observó, con la cara pálida y tensa.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué guardabas las cartas de tu madre si no tenías ninguna intención de leerlas?
Terry no contestó. Se limitó a recoger las cartas que habían caído al suelo y a tirarlas dentro del cajón encima de las otras.
—Puede que el Diablo de Grandchester no sea capaz de perdonarla — dijo ella—, pero apuesto a que Nicholas Radcliffe sí.
—No existe ningún Nicholas Radcliffe. Ése sólo fue un producto de tu imaginación.
—¿Estás seguro? Tal vez era el hombre que habrías sido tú si te hubieras criado en Graham Manor, seguro del amor de tu madre. Tal vez era el hombre que todavía podrías ser si lograras encontrar una migaja de piedad en tu corazón, para ella, para ti. — Candy tragó saliva, con nuevas lágrimas brotando de sus ojos—. ¿Para mí?
Aunque Terry comprendió instintivamente que esa sería la última vez que ella se tragaría el orgullo para suplicar su perdón, la última vez que lloraría por él, dejó caer la última carta en el montón y lo cerró firmemente.
Candy cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, los tenía secos.
—Le destrozaste el corazón a tu madre: — dijo dulcemente—. No permitiré que me destroces el mío.
Después que ella salió, Terry giró su sillón, sintiéndose incapaz de soportar seguir mirando la puerta por la que ella acababa de salir. Su mirada cayó en la única carta que no había metido en el cajón, la carta que estaba arrugada y sola en la rejilla del hogar.
Debería encender el fuego, pensó, furioso. Debería arrojar todas las cartas en las llamas y verlas arder. Reprimiendo una maldición, fue a recoger la carta de las frías cenizas.
Abrió el cajón, decidido a ponerla con las otras. Pero algo le detuvo la mano. Podría haber sido una suave bocanada de aroma a azahar o la impresión de ver el deterioro de la letra suavemente redondeada de su madre los últimos días de su vida.
Le tembló la mano al desarrugar la carta, alisándola sobre el secante de su escritorio. Estaba fechada el 28 de enero de 1815, sólo cinco días antes de que muriera.
Mi queridísimo hijo:
Perdona mi horrible letra, por favor. Parece que el láudano que tomo para aliviar el dolor me atonta la mano y la mente también. No desperdicies tu compasión en mí. Morir no será algo tan terrible, sólo sería terrible si muriera sin ver tu preciosa cara una última vez.
Hice las paces con mi Hacedor hace mucho tiempo, así que no tengo ningún miedo de mi futuro. Me considero bendecida entre las mujeres porque tuve el privilegio de ser tu madre, aunque sólo fuera por unos pocos y cortos años.
La voz de su madre era tan clara que igual podría estar de pie detrás de su hombro. Se pellizcó el puente de la nariz, agradeciendo que su tío le hubiera quitado las lágrimas a varillazos.
Nunca nos despedimos como era debido, y no tengo ninguna intención de despedirme ahora. Aunque he estado privada de tu dulce compañía la mayor parte de esta vida, tengo la esperanza de poder cuidar de ti desde el cielo; de poder enviarte sol para abrigarte un frío día de invierno y pasar mi mano invisible por tu frente cuando estés cansado y el día sea largo. Dondequiera te lleve esta vida, sabe que yo iré detrás. Y si no puedo, entonces enviaré a uno de los ángeles de Dios en mi lugar.
Terry se echó a reír a su pesar.
—Y sí que me enviaste un ángel, mamá. Uno vengador.
En todo lo que esté en mi poder, me encargaré de que nunca camines solo. Ni en esta vida, ni en la próxima. Mis manos pueden estar temblorosas, pero mi corazón está firme, y es con este corazón que te hago esta última promesa, promesa que trataré de cumplir durante toda la eternidad.
Tu madre siempre amante, Eleanor Graham.
Terry pasó la yema del dedo por la firma desfigurada por el temblor de la mano. Estaba ligeramente manchada, como si hubiera caído una lágrima que ella se apresuró a secar.
—Trataste de cumplir tu promesa, ¿verdad? — susurró.
Candy estaba equivocada. Él no le destrozó el corazón a su madre, después de todo. Al final, su corazón estaba lo bastante fuerte y fiel para sobrevivir a todas las desilusiones de su vida, incluso a su indiferencia.
Dobló suavemente la carta y la dejó a un lado. Haciendo una temblorosa inspiración, bajó la mano y abrió lentamente el cajón. Pasado un momento de vacilación, eligió una de las cartas de encima del montón, rompió el sello, se acomodó en su sillón y empezó a leer.
Cuando el duque de Grandchester salió disparado del estudio a la mañana siguiente, chocó con una joven criada pecosa, que cayó al suelo de espaldas lanzando un asustado chillido y soltando el fregasuelos que llevaba en la mano.
—Ay, excelencia, perdone, lo siento tanto. No sabía que estaba ahí.
Estaba tratando de levantarse cuando él le cogió el brazo y la puso de pie.
—No hay por qué disculparse, querida. Fui yo el torpe, no tú.
Le puso el fregasuelos en la mano y continuó su camino. Al cabo de un instante miró atrás por encima del hombro y la vio mirándolo fijamente con los ojos redondos como platos.
Era comprensible, supuso. Aunque todavía vestía el atuendo formal que se puso para la fiesta, éste dejaba mucho que desear. La corbata le colgaba suelta del cuello, y se había quitado el frac. Se había pasado los dedos por los cabellos, pero en lugar de peinarlos los había dejado más revueltos que nunca. Pero estaba seguro que lo más desconcertante de él era su sonrisa; una sonrisa que no lograba reprimir por mucho que lo intentara. Después de verlo abatido durante semanas, con un ceño fruncido por toda expresión, ¿era de extrañar que la pobre muchacha pensara que se había vuelto loco?
Aunque ya era casi media mañana, no había nadie en el vestíbulo y la casa estaba extrañamente silenciosa, más o menos como cuando vivía su tío. En ese momento se dio cuenta de lo mucho que se había acostumbrado al alegre caos formado por las peleas entre Carolyn y Jimmy, las palabrotas de Dower y los cantos de Anna ajetreada en la cocina. Todos debían estar metidos en sus camas, durmiendo los efectos del baile.
Estaba a medio camino por la escalera cuando sintió los rápidos pasos de Addison en el suelo de mármol abajo.
—¡Excelencia! — gritó el mayordomo, con un extraño dejo de urgencia en su sonora voz—. Tengo que hablar con usted, señor.
—Lo siento, Addison, no tengo ni un minuto. Ya he perdido bastante de mi precioso tiempo.
—Pero milord. Ocurre que...
—Después — canturreó Terry por encima del hombro y echó a andar por la galería en dirección al ala este.
En su mente resonaba un trocito de una de las cartas de su madre: «Mi pequeña Candy está cada día más hermosa, pero sigue inquietándome su futuro. Creo que no se contentará con un simple afecto mientras anhele esa pasión abrasadora con que todas las mujeres sueñan pero jamás encuentran».
Lo sorprendió encontrar a los perros moviéndose inquietos pegados a la puerta del dormitorio de Candy. Cuando estaba cerca, Calibán empezó a gimotear, mientras Cerbero levantaba su enorme pata para golpear la puerta.
—¿Qué pasa, muchachos? — les preguntó, desconcertado—Lo comprendería si me dejara fuera a mí, pero vosotros no os merecéis ese destino.
Movió el pomo y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave. Cuando la abrió, los perros pasaron como un rayo junto a él y empezaron a dar vueltas por la habitación, oliscándolo todo.
Cuando pasó la vista por la habitación desierta, mudo de incredulidad, sintió la tentación de hacer lo mismo; al parecer, lo único que quedaba de Candy era su olor. Habían despojado la habitación de todo lo demás que pertenecía a ella, dejándola sin ninguna señal de que hubiera sido ocupada.
A excepción del papel de cartas doblado que descansaba en medio de la colcha de satén.
Cuando lo desplegó, de mala gana, recordó la primera vez que viera la osada letra de su mujer, cuando le escribió para informarlo de la muerte de su madre. Aunque no quiso reconocerlo, ya entonces había encontrado su voz imposible de resistir.
Querido Terry:
No tengo manera de saber si leerás esto o simplemente lo encerrarás en el cajón del escritorio donde guardas tu corazón.
No se puede negar que me porté mal contigo. Aunque podría estar dispuesta a continuar pagando mis pecados el resto de mi vida, creo que no es justo pedirle a mi hijo no nacido que participe en esa penitencia.
La habitación comenzó a girar, de modo que comprendió que debía sentarse. Pero erró el cálculo y en lugar de sentarse en el borde de la cama cayó sentado violentamente en el suelo. Apoyó la cabeza en la cama, hizo una profunda inspiración y continuó leyendo:
Parece que los dos somos dignos de encomio por haber cumplido con nuestro deber. Puesto que tus atenciones ya no serán necesarias, he decidido retirarme a Graham Manor, para pasar allí mi embarazo. Dado que tu único motivo para casarte conmigo fue adquirir un heredero, supongo que una hija será de poco interés para ti.
Una hija, pensó, algo aturdido, pasándose la mano por la boca. Una niñita de pelo dorados crespo y carita pecosa que se arrojaría a sus brazos para colgarse de su cuello con los bracitos regordetes. Una soñadora de ojos alegres, tan inocente para creer que con sólo un beso podría despertar a un príncipe durmiente.
He de advertirte que en el caso de que nos nazca un varón, no permitiré que se críe en una casa mausoleo con un ogro frío e insensible por padre. Se criará aquí en Arden, rodeado de sol y gatitos. Tendrá a su irrefrenable tía Carolyn para adorarlo y a su devoto tío Jimmy para enseñarle a hacer trampas en el whist. Anna lo atiborrará de bollos calientes y cuando tenga edad, Dower le enseñará a maldecir como un hombre.
Le pondré Nicholas y lo criaré para que sea el hombre que podrías haber sido tú si el mundo y tu tío no te hubieran envenenado el alma.
Y nadie, ni siquiera tú, me lo arrebatará jamás.
—Así se habla, muchacha — musitó Terry, sorprendido al sentir mojadas las mejillas.
Te ruego que no te enfades con Karen ni con los criados por no haberte alertado de nuestra partida. Como ciertamente sabes, Dower es muy ocurrente e ingenioso cuando hace falta. A pesar de nuestras diferencias, continuaré siendo:
Tu amante esposa Candy
Terry besó la carta.
—Si yo tengo voz y voto en esto, ciertamente continuarás siéndolo.
Se levantó y salió corriendo de la habitación, llamando a voz en cuello a su prima.
Continuara...
