N.A.: ¡Por fin! Como algunas ya sabéis, el motivo del (agónico) retraso fue que el USB donde guardo todos los trabajos relacionados con FF se estropeó. Frito. Y me lo borró todo. He tenido que reescribir el capi entero cuando estaba a punto de colgarlo el viernes pasado *suspiro* Supongo que ahora nadie se creerá que algunas cosas ya estaban incluidas antes de que saliera el capi 52 del manga (invitaciones, papel de Ruka, lista de invitados, concilio…). Lo único que he cambiado –además de frases que no recordaba, claro- respecto a la versión que se me borró es la parte inicial, dándole más papel a Yagari, y algún que otro detalle poco importante.

Iniciamos el largo capítulo del Baile de Invierno –antes, durante y después- con un zoom hacia qué estaban haciendo las otras facciones mientras la Academia Cross tenía exámenes y durante el fin de semana de Kaname y Yuuki en la cabaña. He incluido esas referencias temporales para intentar que nadie se despiste a la hora de ubicar cada escena. La carta escrita en sangre que se menciona apareció en el capítulo 8, parte 2. El solsticio de invierno está calculado para el hemisferio norte (21-22 de diciembre).

Ya me callo, sólo un apunte más. Estoy de vacaciones -¡yupi!- lo cual significa alterar mis planes de escritura por pura necesidad. Encontraréis información actualizada en mi profile, por si os interesa. ¡Decidme qué pensáis del capi, por favor!

Capítulo 11. Camina conmigo. Parte 1

Miércoles por la noche, durante la semana de exámenes en la Academia Cross.

Olía a huevos fritos y a algo suculento, sabroso… beicon. Aquel aroma entró por su nariz hasta el cerebro, apelando a sus necesidades más primarias para arrastrarlo a la vigilia desde aquel interminable sueño comatoso.

-Mmmm…

Dio vueltas en el estrecho camastro, sin saber todavía si estaba soñando o había despertado, pero sus tripas le dieron la pista definitiva que necesitaba al rugir como un oso al final de la hibernación. Oyó una risa grave masculina.

-Diría que ya estás despierto, hijo. Al menos, tu estómago lo está.

Otros olores se filtraron por su nariz: cerveza y tabaco. Sólo conocía un sitio que oliera así.

-Bnsdías, sensei… -murmuró Zero ininteligiblemente, levantando un brazo que parecía pesar toneladas y frotándose los ojos.

-Noches, en realidad. Son las nueve. Has dormido como un leño más de 13 horas, chico.- la voz de Touga Yagari sonaba entre preocupada y divertida-. ¿Cómo te sientes?

Buena pregunta. Zero parpadeó y abrió los ojos, autoexaminándose. El espantoso dolor de cabeza había desaparecido, igual que aquella agitación interna que parecía tenerlo siempre rabioso. De hecho, de no ser porque se notaba el cuerpo baldado, muerto de hambre y la sed convirtiéndole las venas en pergamino reseco, habría dicho que se encontraba increíblemente lúcido. Así es como se siente un heroinómano después de superar su primer "mono", supongo. Se sentó en el sofá-cama del apartamento de Yagari pasándose una mano por el pelo y mirando a su alrededor. En la mesita de centro se amontonaban las clásicas latas de cerveza vacías y el cenicero lleno de colillas al lado del mando de la tele. Del respaldo de una silla colgaban un par de camisetas y un tejano. El moreno cazador trasteaba con un par de platos humeantes de donde salía aquel olor delicioso hacia la mesa del comedor, dispuesta con vasos de plástico de colores diferentes y cubiertos baratos. Al lado del viejo sofá orejero en el que solía sentarse Yagari se apilaban los libros: filosofía, ética, tratados de moral, historia…

¿Cómo puede el mundo seguir su curso como siempre cuando yo me siento tan distinto? Por primera vez en meses, Zero se sentía libre. Al menos, mentalmente, porque de cuerpo parecía que un grupo de psicópatas le hubieran dado una paliza. Pero podía pensar, razonar sin notar aquella pesada sombra hablándole con voz sibilina, tentándolo con poder a cambio de lanzarse a una caza continua, de alimentarse constantemente de su sangre.

Deshacerse de la Bloody Rose, desenfundarla, luchar contra aquella voluntad extraña y atávica, había sido una de las peleas más duras que Zero recordaba. Al final, sudando, temblando y con los dientes castañeteando del esfuerzo, había conseguido encerrarla en la caja de acero que la Asociación custodiaría hasta que alguien con más voluntad que él –o más loco- quisiera esgrimir un arma antivampírica despertada, o bien hasta que Kuran en persona decidiera destruirla o absorberla. Aquello había sido ayer por la noche. Ni siquiera recordaba haber llegado a casa de Yagari o haberse desplomado completamente vestido en su sofá. De hecho, suponía que su sensei tenía que haberle quitado los zapatos, porque estaba descalzo. Su cuerpo había dicho "basta" a tantos meses de pérdida de sangre, de rabia, de estrés y había apagado el interruptor. Clic. Frito.

-¿Estás sordo? ¿Qué cómo te sientes?- repitió Yagari, mirándolo con los brazos cruzados sobre el pecho.

-Sediento.- murmuró mientras se ponía en pie y el mundo le daba vueltas alrededor-. Y algo… mareado.

Su sensei gesticuló hacia la mesa mientras hacía ademán de dirigirse a la cocina.

-Siéntate y empieza a comer, ahora te traigo las tabletas.

Zero lo contempló de reojo un momento, agradecido de que Yagari, cuyo odio por los vampiros era de sobras conocido, le hiciera tan fácil aquellos aspectos más escabrosos de su inesperada convivencia. El pecho parecía retorcérsele de sed pero, al ver el plato que tenía en la mesa, la boca se le hizo agua y decidió empezar por contentar su estómago. Sin demasiada ceremonia, se lanzó a engullir los huevos, el beicon y las salchichas acompañándolo de pan. Yagari también había preparado sopa instantánea. La pesadilla de cualquier dietista anti colesterol, pensó Zero. Cómo demonios se lo haría para tener aquel cuerpo con tanta comida basura. Cuando había devorado medio plato, su sensei apareció con una jarra de agua y la cajita de tabletas de sangre que guardaban en la alacena. Se la tiró encima de la mesa con un encogimiento de hombros.

-No sé cuántas te pones.

Zero engulló la comida que tenía en la boca y se apresuró a disolver dos tabletas en un vaso de agua intentando disimular el temblor de sus manos. Su cuerpo estaba empezando a pasarle una detallada factura de los meses en los que la Bloody Rose había chupado su sangre. Probablemente estaba anémico, lo cual, en un vampiro, era como para partirse de risa. Se bebió el vaso a grandes sorbos sin esperar a que las dos tabletas estuvieran disueltas del todo y se preparó un segundo con otras dos píldoras. Cuando lo dejó en la mesa y se secó la boca con una servilleta de papel, se encontró con la severa mirada de Yagari, sentado a la mesa dándole vueltas al tenedor entre los dedos.

-¿No te sienta mal tanta porquería química?- preguntó alzando una ceja morena.

Zero se encogió de hombros, sintiendo que su garganta volvía a la normalidad y la encías dejaban de picarle. No se sentía saciado, nunca lo conseguía por muchas tabletas que tragara, pero, al menos, estaba bajo control.

-Mejor eso que dejar seco a alguien, ¿no?- comentó mientras volvía a fijar su atención en la comida. Yagari no respondió y, al cabo, Zero levantó la cabeza para encontrar a su maestro con una peculiar expresión en su único ojo y los labios apretados.- Lo siento. Debería haberme ido a la cocina a beberlo. Estaba tan sediento que no pensé que es desagradable.

-No lo es. He visto cosas peores. Eso parece zumo de frambuesas, acabarás amariconado.- respondió el otro, engullendo un bocado de huevo con tostadas.

Zero torció el gesto, apreciando el humor seco de su sensei tanto como el ambiente de calma y normalidad que hacía tanto tiempo que no podía disfrutar. Al final resultará que Kuran tenía razón, tampoco te ha ido tan mal siguiendo sus consejos, apuntó la fastidiosa voz de su conciencia. No he seguido sus consejos, sólo los he… eh, sopesado y adaptado a mi filosofía, quiso rebatir. De una forma u otra, las cosas habían mejorado sustancialmente en los últimos días, por mucho que hubiera tenido que tragarse el orgullo más de una vez.

Se había desplomado en el apartamento de Yagari tan pronto como había regresado del cementerio tras su conversación con Kuran, el pasado domingo, dándole un susto de muerte y a punto de recibir un escopetazo a bocajarro por colarse por el balcón. Después de unas cuantas horas de sueño agotado pero intranquilo, lo primero que había hecho al despertarse había sido poner a prueba la teoría del purasangre de que los zarcillos eran su propio poder, ajeno a la Bloody Rose.

Los primeros intentos de conjurarlos habían acabado en fracaso, avivando su frustración. Hasta que Yagari, con un cigarro colgando de la boca y la cadera apoyada en pose indolente contra la puerta de la terraza, le había espetado que el problema era que ni él mismo creía en sus posibilidades. Lo cual lo convertía en un cazador pésimo. De poco fiar. Touché. Aquello había prendido la chispa de la ira en Zero y lo siguiente que recordaba era a Yagari saltando detrás del sofá para ponerse a salvo de la lluvia de cristales provocada por unos furiosos zarcillos siseantes fuera de control destrozando lámparas y vitrinas. Puede que las espinas no hirieran a personas, pero eso no quería decir que no pudieran destrozar cosas.

Guau… Aún recordaba la sensación de poder, de satisfacción personal al sentir que podía modelar su sangre para proyectarla hacia fuera en forma de aquellos largos tallos, que podían ser lisos y suaves o parecidos a alambres de espinas según sus emociones. Extrañamente, tenía un cierto sentido del "tacto" a través de ellos, como comprobó cuando Yagari los tocó. Lo cual probaba que formaban parte de él, pero también era embarazoso del demonio. Casi parecía una caricia.

Zero frunció el ceño mientras apuraba un trago de agua –Yagari le tenía prohibida la cerveza-. Aún recordaba la cara de pasmo de su maestro cuando le había dicho que acudiría a la llamada de la Asociación para probar que sus zarcillos sólo eran antivampíricos, incapaces de dañar a un humano como el cazador asesinado. El hombre moreno lo había contemplado en silencio un instante para luego desmontarle la columna vertebral de una palmada y exclamar un "ya era hora de que entraras en razón, maldito cabezota". Y, si Yagari había estado satisfecho con su cambio de actitud, Cross se había echado a llorar directamente. El hombre realmente los quería, a él, a Yuuki y, si se dejara, seguro que también metería a Kuran bajo su ala protectora de mamá gallina.

Enfrentarse al consejo de la Asociación había sido lo más parecido a experimentar en carne propia cómo habría sido un juicio de la Inquisición. De no ser porque las pruebas contra él eran débiles, habrían estado apilando leños para la hoguera sólo con verle entrar en la sala. Reprimió un temblor al recordar cómo los cazadores habían tocado sus zarcillos, uno por uno, intentando en vano cortarse con ellos –mientras Cross se mantenía cuidadosamente al margen- hasta convencerse de que eran inocuos para los humanos. Había sido, a su manera, una prueba casi tan dura como desprenderse de su pistola. Primero todos aquellos rostros mirándole envuelto en espinas como si fuese un bicho de circo y luego, conforme le tocaban, las miradas se transformaban de unas de desprecio a otras de interés. Zero había pasado de ser considerado un posible homicida a alguien quien podían exprimir a su favor, convertirlo en un arma.

Había estado a punto de enviarlos a la mierda y espetarles que dejaran de tocarle, pero había visto las caras de Cross y de Yagari. Conocía demasiado a su padre adoptivo como para pasar por alto aquella mirada dolida y seria al mismo tiempo. Aquella no era la Asociación que quería Cross; el hombre apostaba por unos cazadores regidos por firmes principios éticos, cuya labor tenía que ser preventiva en la mayoría de ocasiones y dejar la violencia para casos extremos. Kaien confiaba en que él, Zero, encarnara aquella visión. Su sensei, por otra parte, se había mantenido con los pies algo separados y los brazos cruzados, fulminando a los otros cazadores con la mirada a medida que pasaban a comprobar las espinas de Zero. Pasaros un pelo y os degüello aquí mismo, parecía querer decir. Y, lo peor de todo, es que Zero sabía que no era una pose. Ser el segundo en la Asociación de Cazadores –y, a veces, el presidente de facto- quería decir tener los huevos suficientes como para meter a los demás en cintura aunque fuera derramando sangre. Yagari protegería a su alumno aunque tuviera que empaparse de ella hasta los codos… porque confiaba en que llegaría un día en que Zero podría defenderse y sostener su posición dentro de la Asociación por sí mismo.

Los dos adultos más importantes en su vida, y lo más parecido a dos padres que tenía, confiaban en él, más que él mismo. Así que se tragó el orgullo, dejó que los demás cazadores tocaran lo que quisieran y salió de aquella sala a punto de vomitar pero con el veredicto de "exculpado". Yupi. Zero no había perdido el tiempo y, en el mismo momento en que la palabra "readmitido" había sido escrita en su expediente, había reclamado a Cross que le entregara la carta escrita en sangre que alguien había enviado a la Asociación y que había servido para que no le culparan directamente de asesinato.

Los cazadores habían montado una escena con aquello de sacar pruebas del edificio, pero Zero sabía que tenía aquella discusión ganada de antemano. ¿Alguien había averiguado quién se había entrometido enviando aquella carta con métodos y sentidos normales? No, ¿verdad? Muy bien, pues era hora de probar con unos sentidos más aguzados y otro tipo de… investigación. ¿O es que no querían aclarar el asesinato de su compañero? ¡Claro que sí, por supuesto! Perfecto, tema zanjado. Así que ahora llevaba un sobre en su abrigo con aquella carta escrita en sangre y tenía toda la intención de averiguar a quién pertenecía aquella misma noche.

El siguiente paso hacia un futuro en el que pudiera tomar decisiones por él mismo había sido desprenderse de la Bloody Rose, justo después de hablar con el consejo de cazadores. Aquello había sido un acto privado en el despacho de Cross, asistido por su maestro. No sabía cuánto rato le había llevado el combate de voluntades, sólo que le había dejado exhausto y al borde de perder la cordura. El hecho de que llevara media noche percibiendo los sutiles ecos de fuertes emociones en Kuran y en Yuuki tampoco había ayudado demasiado a su voluntad. Cada vez sentía sus emociones más distanciadas, más difíciles de distinguir entre sí. Ya no podía decir con exactitud si a uno u otro le embargaba la rabia, el miedo, el dolor o la pasión, pero parecía seguir conectado a los purasangres por algún tipo de cordón umbilical invisible que no acababa de desaparecer. Quizás, a aquellas alturas, tenía más que ver con los sentimientos que les unían a los tres que con la sangre que había bebido de ellos. Simplemetente, sus vidas estaban demasiado interrelacionadas como para ignorarse.

Sí, la noche anterior había sido dura, pero ahora recogía los frutos. Una vez comido y bebido, se sentía extrañamente lúcido. Cuerdo. El hecho de haberse desprendido de aquella voz de poder venenoso, junto con su propia condición de vampiro estabilizado, le hacía sentirse despejado como no lo había estado en años.

-Tienes una invitación para ti, chico.

Zero levantó la vista, tan sumido en sus pensamientos que casi había olvidado dónde se encontraba. Al otro lado de la mesa, Yagari había acabado de cenar y sacaba dos elegantes sobres del bolsillo trasero de sus tejanos. Dejó uno de ellos en la mesa a su lado y le tendió el otro a Zero. Papel caro, color beige, cintas rojas y un lacre con un símbolo familiar que conocía muy bien. Frunció el ceño al punto.

-¿De qué va esto?

-Puedes abrirlo, no muerde.- replicó Yagari con una sonrisa torva-. Es la invitación al Baile de Invierno de los chupasangres firmado por Kaname Kuran en persona. Para ti.

Zero le dedicó una mirada malhumorada antes de romper el lacre y desenrollar la misiva. Las letras, delicadas y simulando caligrafía antigua, eran de imprenta:

"Los Kuran se complacerían en disfrutar de su compañía en el Baile que tendrá lugar la noche del solsticio de invierno. La velada se celebrará en la mansión de verano de la familia Aido. Si decide honrarnos con su asistencia, ruego se ponga en contacto con ellos para que puedan preparar el alojamiento que se merece con la antelación necesaria".

Le seguían la dirección de la casa, un teléfono de contacto, la especificación de "se requiere indumentaria de etiqueta" y la firma del puño y letra de Kuran, con la leyenda, escrita a mano en letra elegante: "te esperamos". Alzó las cejas plateadas, pensando que, o todo era una trampa de proporciones épicas, o Kuran se tomaba las cosas puntillosamente en serio. Intercambió una mirada con su sensei, que apuraba la lata de cerveza.

-¿Quién más ha recibido esta invitación en la Asociación?

-Cross y yo.

Uh…

-Veo que tu conversación con Kuran el pasado fin de semana fue realmente provechosa.- comentó Yagari, con sorna-. Los otros cazadores están divididos entre creer que te has vendido al hermano mayor de tu querida Yuuki o que Kuran te respeta por tu poder.- tiró la servilleta a la mesa-. ¿Cuál es la verdad, Zero?

El ex humano sonrió de medio lado.

-Sigo mi propio camino.- murmuró-. Pero no me parece prudente que sólo tres cazadores nos metamos en una mansión llena de vampiros. Aún aceptando que Kuran vaya en serio con sus ansias de paz, las cosas se le pueden ir de las manos. Entonces, estaríamos en problemas.

Yagari sonrió.

-Cierto, no es prudente. Por eso se van a venir dos unidades completas que se mantendrán vigilando la mansión en todo momento por si las cosas se ponen putas.- sacó un cigarrillo de la caja y se lo encendió con un zippo plateado, echando el humo con un suspiro-. Si nos tocan un pelo, será guerra abierta. Puede que esa Sara vaya a por los Kuran. O por ti. O por ambos. Cross y yo te cubriremos en todo momento.

Zero jugueteó con la cera roja del lacre. Las dos veces que había estado en un baile de vampiros había sido doloroso. La primera, en la Academia, porque había visto a Yuuki bailando con Kuran y el modo en que se miraban. La segunda, en aquel subterráneo, porque había tenido que tragar ver cómo el mundo vampírico se postraba a los pies de Kuran y de aquella mujer que ahora sabía que era Sara Shirabuki, como si fueran dioses. Ahora iba a tener a los tres purasangres juntos en la misma sala. Auténticos fuegos artificiales, ya verás. Tenía la irracional sensación de que los Kuran iban a estar más en peligro que él, aunque no pudo pasar por alto la declaración de protección de su sensei. Levantó la vista, contemplando el duro perfil de su maestro exhalando volutas de humo. Yagari siempre ofrecía a su contertulio el lado en el que conservaba el ojo, nunca el ciego.

-¿Por qué me proteges tanto, sensei?-preguntó a bocajarro pero con voz suave-. Desapareciste de mi vida en cuanto te enteraste que me habían mordido, cuando supiste que me convertiría en una bestia.- no había autodesprecio en su voz, sólo hechos fríos-. Luego apareciste en la Academia para asegurarte de que seguía luchando y, ahora que sabes lo que soy, me acoges en tu casa. ¿Por qué?- meneó la cabeza, moviendo los mechones claros-. Entiendo a Cross, es un sentimental. Pero no te entiendo a ti.

Porque crees que yo no tengo corazón. Y así debería ser, por mi bien. Pero soy un completo gilipollas. Yagari lo miró de reojo en silencio, meditando cuánto había madurado Zero en aquellos meses. Tomó una larga calada y respondió sin mirarle.

-Nunca me has echado en cara que no estuviera aquella noche en vuestra casa para ayudaros contra Shizuka.

Zero frunció el ceño, pillado a contrapié.

-Nunca pensé que tuvieras que estar. Creí que te habrían encargado una misión.- respondió, algo vacilante.

-Y así fue. Una misión estúpida y falsa para mantenerme alejado.- al ver la cara de pasmo de Zero, Yagari soltó una risa seca que pareció un ladrido-. Tus padres eran los mejores cazadores en activo, chico. Los principales rivales para quien, por aquel entonces, acababa de hacerse con la presidencia de la Asociación. Cross había abandonado la caza y yo estaba, digamos, de retiro dedicado a la enseñanza. Los únicos que podrían haber sido rivales para el nuevo y flamante presidente eran los Kiryu. Ya sabes que el presidente de la Asociación se escoge por puro nivel de poder.

-¿Estás... diciendo que el antiguo presidente hizo que Shizuka matara a mis padres para... para quitárselos de en medio?- Zero casi se ahogó en su propia bilis.

Yagari le dedicó una mirada dura.

-No tengo pruebas, así que esto no salga de aquí. Pero juraría que el antiguo presidente puso al amante ex humano de Shizuka en la lista de caza, aunque no hubiera caído al Nivel E, y se lo asignó a tus padres porque sabía que esa lunática se vengaría con ellos. Y así el tipejo no tendría competencia.- guardó silencio unos segundos mientras fumaba-. Sí, eso es lo que creo. A mí esa noche me mandaron de urgencias a dirigir una patrulla por enfermedad de su líder habitual.- meneó la cabeza-. Me enteré al día siguiente del ataque a tu casa.

Zero apretó los puños sobre la mesa.

-¿Y Cross quiere que yo forme parte de esta... de esta maldita Asociación corrupta?- el aura de Zero pulsó y algo pareció reptar justo por debajo de su piel, en la parte de los antebrazos que dejaban al descubierto las mangas remangadas del jersey.

Yagari alzó una mano en señal de paz.

-Intenta calmarte, hijo, yo sólo soy el mensajero. Y esto no son más que conjeturas, de todas formas.- esperó unos instantes hasta que dejó de notar la sombra alabeante alrededor de su alumno. El rostro de Zero seguía siendo de indignación, pero mostraba algo más, un sentimiento que Yagari conocía muy bien y que no quería ver en su joven alumno: el de estar solo en el mundo. Se sintió obligado a continuar-. Creo que a lo que aspira Cross, y yo también, es a que tú continúes un día con nuestra labor de cambiar la Asociación, de hacer que deje de ser una casa de putas y recupere su honor. Tienes lo necesario, tanto el poder como la rectitud de espíritu.

El muchacho guardó silencio unos instantes para luego ponerse en pie con brusquedad y rebuscar una muda limpia en su macuto, a los pies del sofá cama.

-Me voy a dar una ducha.- masculló antes de encerrarse en el baño.

Yagari apuró el cigarro a solas, sentado en la silla con una pierna cruzada sobre la rodilla y la mirada ausente. ¿Hacía bien en contarle todo aquello a Zero? ¿En desnudar a la Asociación de aquella aura de mito, de concepto puro y sagrado que aún tenía para el chico para que la viera como lo que era, la creación imperfecta de unos hombres imperfectos? A pesar de todo lo ocurrido, Zero seguía idealizando la organización como la encarnación de la Luz y el Bien en la Tierra, y a los cazadores como los Paladines que luchaban contra la Oscuridad y la Maldad encarnadas que eran los vampiros. Hubo un tiempo en que Touga también pensaba así, cuando se esforzaba por seguir los pasos de su maestro, el legendario Kaien Cross. Pero el tiempo pasado peregrinando por el mundo sin atreverse a volver para ver qué había sido de su querido alumno, y los meses en los que había vivido en aquel sueño que era la Academia Cross habían cambiado su opinión. El mundo no se dividía entre Buenos y Malos, blanco y negro. Ni siquiera la mejor persona que conocía en el mundo, el mismo Kaien, había sido siempre pura luz.

No, el mundo era una amalgama de grises, de personas -o de criaturas- que tenían diferente cantidad de blanco y negro en su alma. Tanto humanos como vampiros. Y Yagari creía que Zero necesitaba darse cuenta de eso para saber exactamente cuán pantanosas eran las aguas de la Asociación. Por mucho que significara derribar el mito de la organización... y el suyo propio.

Cuando Zero salió de la ducha, cambiado y con el cabello húmedo, encontró a su sensei en la misma posición, sentado en la silla y con un aire extrañamente meditabundo. El joven cogió su abrigo y pasó a su lado a zancadas. Sopesó dedicarle un educado "gracias por la cena", pero lo que salió de sus labios fue justo lo que tenía en la mente, sin filtros.

-¿Por qué no viniste a verme? Cuando supiste lo que había pasado.- murmuró, parándose justo al lado de su sensei de camino a la puerta-. Esperaba que vinieras a matarme, pero no apareciste nunca. La Asociación me confió a Cross, que se dedicó a cuidarme. Cuando viniste a la Academia, de hecho tampoco intentaste matarme. Nunca lo he entendido.

Yagari esbozó una sonrisa amarga y lo contempló un momento, dejando que el orgullo que sentía por el muchacho y el desprecio que reservaba para sí asomara a su único ojo azul.

-Yo le pedí a Cross que te acogiera. Porque no tuve el valor ni de matarte en aquel momento ni de cuidarte durante Dios sabía cuánto tiempo hasta que tuviera que meterte una bala en el corazón.- siguió contemplándolo sin pestañear-. Pero aguantaste y peleaste duro. Tú tuviste más agallas que yo, hijo. ¿Ves como ninguno somos héroes perfectos? Ni la Asociación, ni yo, ni Cross. Tampoco tienes por qué serlo tú, sólo somos personas que hacemos lo que podemos y, a veces, nos equivocamos. Yo me equivoqué creyendo que podría borrarte de mi vida, seguir manteniendo mi distancia y no implicarme contigo.- subió levemente una de las comisuras de sus labios-. También me equivoqué creyendo que todos los vampiros estarían mejor muertos. mereces vivir, eres una buena persona. Y muchos de esos chicos de la Clase Nocturna de Cross, también. Por eso estoy en esto, en esta maldita chifladura de intentar coexistir en vez de sacarnos las tripas unos a otros, porque quiero saber en qué más me he equivocado.

Zero lo contempló con los ojos muy abiertos, pensando que era la primera vez que oía a su sensei articular tantas frases seguidas, y tan sentidas. Por un momento pensó que estaba borracho, pero lo descartó. Yagari tenía demasiadas agallas como para tener que recurrir al alcohol para confesar sus fallos, era demasiado hombre. Lo hacía con frases como pedradas y la cabeza alta, admitiendo que incluso él podía equivocarse. El joven tragó saliva, pensando no por primera vez que, si algo bueno tenía toda aquella crisis, era que le estaba permitiendo conocer a las personas como realmente eran y saber con quién podía contar realmente en la vida. Y menudas sorpresas te llevas a veces...

Sonrió con afecto, una de aquellas raras sonrisas de Zero Kiryu, y apretó el hombro de su sensei un instante para seguir hacia la puerta, abotonándose el abrigo.

-¿A dónde vas esta noche?- la pregunta de Yagari parecía más bien la de un padre preocupado por su hijo que la de un superior temiendo que su subordinado hiciera una tontería.

Aquello volvió a hacer sonreír a Zero.

-A asumir que me había equivocado y a echar una mano a unas sanguijuelas que no son del todo malas personas.- contestó antes de salir por la puerta y cerrarla con suavidad a su espalda.

Suerte con tu camino en la vida, hijo. Me siento afortunado de que podamos recorrerlo juntos, pensó Yagari mientras contemplaba la puerta cerrada.

OOO

Jueves por la noche, durante la semana de exámenes en la Academia Cross…

Una señora de avanzada edad paseando un caniche en zapatillas de estar por casa dobló la esquina de la calle para darse un susto de muerte, a punto de chocar contra un alto joven de extraños cabellos plateados que se mantenía prácticamente inmóvil, arrebujado en su abrigo. El animal, con un ridículo abrigo fucsia para perros, ladró airado a quien se había atrevido a asustarle y el joven levantó las manos en señal de paz. La mujer apretó los labios arrugados, mascullando algo sobre los extraños hábitos de la juventud de hoy en día, dio un tirón a la cadena del escuálido animal y se alejó renqueante sobre las piernas torcidas.

Te estás convirtiendo en un asiduo de los callejones, Kiryu…

Zero contempló cómo se alejaba la mujer y se apartó el cabello del rostro. La noche anterior no había tenido suerte y no había encontrado a quien buscaba. Claro que, el hecho de que, si quería, su presa no desprendiera presencia alguna lo hacía extremadamente difícil de localizar. Y aquella guardia en una de las calles que desembocaban en las avenidas principales de la ciudad junto a la Academia tampoco parecía un buen puesto.

Frunció el ceño y se obligó a pensar. ¿Qué haría Sara Shirabuki? Si le habían llegado noticias de que su estrategia para acabar con Zero había fallado, quizás enviaría a su títere a hacer la faena. Pero Zero acababa de ser exculpado hacía sólo un par de días. ¿Y si su contacto en la Asociación aún no había podido informar a la purasangre del fracaso de su táctica? Sara debía estar vigilante, y sólo había un lugar donde, según parecía, no tenía ojos: la Academia Cross. No podía enviar a su esclavo de vuelta a la Academia en el estado de dominación mental en el que se encontraba –nadie lo admitiría- pero sí podía ordenarle que vigilara los movimientos de los alumnos de la Clase Nocturna que salieran de la escuela, especialmente Kaname o Yuuki. Y había un lugar ideal para tener buenas vistas del camino que salía del campus sin ser descubierto.

Zero se giró subiéndose el cuello del abrigo y apretando el paso por las calles heladas, con los sentidos al tanto por si podía detectar la presencia de algún otro vampiro, aunque no fuera el que buscaba. Salir de caza –aunque fuera con fines pacíficos- sin la Bloody Rose le seguía produciendo una extraña sensación de indefensión, sobre todo porque sabía que aún no controlaba sus zarcillos al milímetro. Una pelea con un vampiro, especialmente con uno de Nivel B como el que buscaba, en aquellas condiciones podía ser fatal para él. Pero no se podía permitir pedirle a Yagari que le acompañaba. Si quería tener la más mínima posibilidad de éxito, tenía que ir solo. Por extraño que resultara, el esclavo de Sara siempre parecía haberlo respetado y eso bastaba para que volviera en sí al menos durante unos segundos. No estaba seguro de que sintiera lo mismo por su sensei.

No tardó más de diez minutos en llegar a las ornamentadas verjas que delimitaban el parquecillo romántico a los pies de la colina donde se erguía la Academia. Estaban cerradas, pero las parejas solían apañárselas para encontrar resquicios donde faltaba alguna barra para poder entrar y disfrutar de la intimidad de la noche. Zero se limitó a coger impulso, flexionar los músculos de las piernas y saltar, aterrizando en la gravilla al otro lado con la gracia de una gacela.

Sus sentidos aguzados separaron con precisión los rumores lejanos de conversación y risas apagadas de los sonidos de la noche: algún pájaro revoloteando, el sonido del viento entre las ramas desnudas, el rumor de una fuente. Caminó sin hacer ruido por las piedras de los senderos que se internaban en el bosquecillo, alejándose cada vez más del camino alumbrado principal, hasta que se detuvo en un pequeño claro entre varios castaños. Desde allí se podía ver la mole oscura de la Academia y la alta verja de entrada. Si alguien salía por la puerta principal, unos ojos lo suficientemente agudos, como los de un vampiro, podrían distinguir las siluetas.

Apoyó la espalda contra un tronco, resguardándose de un posible ataque, y esperó, rogando por que su teoría fuese correcta y el noble saliera de su escondite al percibirle.

Al rato, sin que ninguna presencia alertara sus sentidos, distinguió un brillo dorado en la densa oscuridad de los árboles al otro lado del claro. La elegante silueta de Takuma Ichijo pareció desprenderse de las sombras y avanzó hacia él envuelto en silencio. Bingo.

El vello de la nuca de Zero se erizó al verlo. Yagari le había explicado lo que los cazadores sabían acerca de aquel ancestral ritual del sello de sangre. En realidad, no era más que un puente, un canal abierto entre un purasangre y alguien de nivel inferior. Mediante aquel canal, el Nivel A podía imponer su voluntad de forma más o menos constante sobre la víctima sin tener que concentrarse todo el tiempo, encargándole tareas mundanas. Y también le permitía canalizar más poder de dominación en el caso de que quisiera obligar al receptor a ejecutar tareas que iban en contra de sus principios. El resultado era que la personalidad de la víctima iba siendo lentamente aplastada, sofocada, ahogada, hasta que, al cabo del tiempo, sólo quedaba un títere sin cerebro que, incluso en el caso de que se desactivara el sello, quedaría convertido en un muerto en vida. Incapaz de razonar, de hablar o de vivir por su cuenta.

El ex humano apretó los puños con fuerza cuando la escasa luz de la luna iluminó las facciones antaño hermosas de Takuma. Parecía que el sello también consumía el cuerpo del receptor, al menos en este caso. La piel dorada del vampiro tenía un matiz cerúleo, enfermizo, y una cicatriz recorría el lado izquierdo de su cuello. Había unas ojeras negras debajo de unos ojos de un verde mortecino y la perenne sonrisa brillante había sido sustituida por una mueca indefinida, como si el noble no pudiera decidir siquiera qué expresión lucir en el rostro. Maldita Sara, pensó Zero, sorprendido él mismo al darse cuenta que no había pensado un "malditos purasangres" en general. Porque, en el fondo de su corazón, sabía que ni Kuran ni, desde luego, Yuuki le harían algo así a otra persona. Había que ser mucho más hijo de puta de lo que era Kaname para hacer algo así.

Y el hecho de que la víctima fuera Takuma Ichijo dolía especialmente. En el improbable caso de que Zero decidiera alguna vez escoger a un vampiro como su amigo, Takuma habría sido su primer candidato. El viceencargado siempre le había tratado con respeto, tranquilizando los ánimos cuando algunos de los demás alumnos se calentaban demasiado. Siempre se había asegurado de que se sintiera lo más a gusto posible al visitar la Residencia Luna y nunca, jamás, le había echado en cara su condición. Takuma parecía ser alguien que valoraba a las personas por cómo eran, no por qué eran. Bien, no podía plantarse en casa de esa Sara y arrancarle la garganta, pero sí podía intentar sacar de en medio a su abuelo, Asato Ichijo. Y un hijo de puta menos sobre el mundo. Y, si eso ayudaba a los Kuran, bienvenido fuera. Acababa de darse cuenta de que NO quería a Sara como reina de los vampiros.

¡¡¡¡Yyyyyyyy…. Acabas de entrar en el Club de Kaname Kuran Rey!!!!! Al menos, como el menor de dos males.

Dio dos pasos al frente con cuidado de no hacer movimientos bruscos, como si se estuviera acercando a una fiera rabiosa, forzándose a mirar aquellos ojos vacíos.

-¿Sara te ha ordenado que me mates?- preguntó en tono cauteloso.

-No.

-¿Puede escuchar lo que hablamos?

-No.

-¿Te puede obligar a revelar lo que hablemos?

-No.

El mismo monosílabo átono y carente de expresión. Zero chirrió los dientes, pensando que si su ama aparecía por allí iba a enviar al demonio la máxima de que los purasangres eran intocables. Se obligó a emplear los mismos movimientos cautelosos y lentos para extraer el sobre del bolsillo de su abrigo, sin desviar la mirada de aquellos ojos fijos, de insecto. Sacó la carta del sobre y el olor a sangre, incluso seca, llegó hasta sus fosas nasales y a las de Takuma. Extendió el brazo, sin acercarse más.

-Huele esto y dime de quién es la sangre, si lo sabes.

Takuma, o el muñeco que era Takuma, extendió un brazo como si fuera el apéndice de un robot, rígido. Cogió la carta y se la acercó a la nariz sin apartar la vista de Zero. Luego, rozó la caligrafía sangrienta con la punta de la lengua.

-Es de Asato Ichijo.- afirmó con la misma voz átona, dejando caer el brazo con la carta aferrada.

Lo sabía. El hecho de que alguien hubiera enviado a la Asociación una carta escrita en sangre, la antigua fórmula para hacer llegar un mensaje que se considerara serio por parte de un vampiro, hacía pensar en alguien aferrado al antiguo protocolo. El olor de la sangre hablaba a las claras de un Nivel B y, con aquel perfil, Asato Ichijo era quien más tenía que perder si Sara se imponía. Para Zero, estaba claro que la muy zorra lo estaba usando para atraer a su lado a las familias que habían sido más pro Consejo y, una vez que dispusiera de su apoyo, Asato pasaría a estarmejor muerto. El viejo era demasiado poderoso y odiaba demasiado a los purasangres como para que Sara se fiara de tenerlo siempre a su espalda una vez que ya no lo necesitara. Estaba claro que el viejo había querido mantener a Zero con vida como as en la manga, como alguien con suficiente poder como para matar a un Nivel A si llegaba el caso.

Estoy bastante harto de que me metáis en vuestros juegos de poder, vampiros. Te va a salir el tiro por la culata, Ichijo.

-Lleva esa carta a tu ama.- ordenó a Takuma, frunciendo el ceño para evitar pensar en lo raro que se sentía dándole órdenes al encantador noble-. Dile que te la ha entregado uno de los cazadores que trabajaban para los vampiros con el anterior presidente. No le viste la cara y no te dijo el nombre. Explícale a Sara que esta carta sirvió para exculpar a Zero Kiryu del asesinato del jefe de patrullas.- y veremos cómo lidia Asato con una purasangre muy cabreada.-¿Lo has... entendido? -preguntó, vacilante, al no apreciar ningún cambio de expresión en Takuma.

-Sí.- el noble se guardó la carta en el bolsillo, manteniendo la misma mirada mortecina fija en el prefecto.

Zero volvió a apretar los puños. Maldita sea. Avanzó un par de pasos hacia Takuma, hasta estar al alcance del brazo. El noble siguió sin moverse un ápice.

-Oye, Takuma, yo... -¿qué podía decirle que llegara a lo que quedara de su mente?- Le di tu mensaje a Kaname. Le dije que lo sentías.

Crac. Algo pareció romperse en aquellos ojos ausentes. Las cejas doradas se estremecieron un instante y se juntaron en ademán de dolorida concentración.

-¿Ka... name?- los labios pálidos temblaron.

-Sí.- Zero alargó una mano, dudando en si tocarlo o no-. Takuma, no sé si yo puedo... hacer algo por ti. Pero, si hay algo que esté en mi mano, yo... sólo dímelo.- porque eres la persona que menos se merece acabar así.

Las mandíbulas del joven se apretaron con fuerza y Takuma dejó ir un gemido ahogado, abrazándose el estómago. El delicado olor de su sangre flotó en el aire y Zero siguió con la vista el recorrido de un fino hilillo de sangre que empezó a resbalar desde detrás de su oreja derecha. Acercó la mano que tenía suspendida en el aire al brazo de Takuma, intentando instintivamente ayudarle, rozándole sólo un instante.

-¡ATRÁS!

El rugido de Takuma dejó sus largos colmillos al descubierto y los ojos verdes se tiñeron de rojo sangre. Zero bajó el brazo y dio un paso atrás, comprendiendo al punto que el noble estaba intentando protegerle de él mismo. La injusticia de la situación le golpeó, haciéndole pronunciar palabras que no habría dicho en una situación normal.

-¡Lucha, Takuma! ¡Yo lo hice, hasta que pude! ¡Tú eres un noble, puedes hacerlo mejor! No te mereces esto ¡LUCHA, MALDITA SEA!

El otro levantó la cabeza con esfuerzo y el fino hilillo sanguinolento se volvió un reguero más grueso.

-Kan-Kaname... di-dile... c-cuidado... b-baile.- los dientes de Takuma castañetearon sin control, haciendo que se mordiera la lengua y la sangre empezara a resbalar por su labio inferior-. S-sara... traerá s-sus fam-familias... v-votar re-reclusión...- cerró los ojos con fuerza, llevándose las manos a la cabeza como si notara el cerebro partiéndose en dos, y retrocedió un paso, jadeando.

-Lo he entendido, Takuma. Se lo diré, puedes estar seguro.- Zero se mantuvo quieto, sin querer presionar más a aquella figura que se debatía patéticamente por hablar, sintiendo los zarcillos crepitar a milímetros de su piel de pura frustración. Entonces recordó algo. Parecía que el nombre de Kaname hacía reaccionar al noble. Takuma había estado muy unido también a otro alumno de la Clase Nocturna, recordaba haberlos visto juntos a menudo.- ¿Qué le digo a Senri Shiki?

Takuma dio dos pasos atrás y gimoteó al oír aquel nombre, pero sus últimas palabras lúcidas llegaron a los oídos del ex humano.

-S-Senri... di... perdona... n-no p-puedo cui-cuidar....n-no p-puedo... nnnno...

Las palabras se volvieron ininteligibles en un murmullo dolorido. Zero oyó a Takuma jadeando en busca de aire y, al cabo de un instante, el silencio más absoluto.

Contempló un segundo la oscuridad por donde había desaparecido el antaño risueño Takuma Ichijo, sintiendo los músculos tensos como alambres. Al cabo se giró como una mancha emborronada y estrelló el puño con todas sus fuerzas en el tronco del castaño, haciendo saltar astillas de corteza y abriendo un profundo agujero con las marcas de sus nudillos.

Yagari tenía razón. No todos los vampiros merecían la muerte, algunos de la Clase Nocturna eran buenas personas, sólo que él había estado demasiado ciego como para verlo. Y también supo que, si existía una posibilidad entre un millón de que él pudiera humildemente ayudar a que cosas así no se volvieran a producir, lo haría. Con todas sus fuerzas.

OOO

Atardecer del sábado tras la semana de exámenes en la Academia, durante la primera noche en la cabaña...

La luz blanquecina del atardecer durante la tormenta de nieve iluminaba el convulsionado amasijo sanguinolento en la gran cama. Sangre seca manchaba también las sábanas bordadas. Sara Shirabuki se acercó a la cortina de terciopelo negro cuidando de esquivar la tenue luz y corrió la gruesa tela. Un gemido dolorido brotó de los labios cuarteados del joven desplomado en la cama. Las sacudidas se calmaron hasta convertirse en continuos temblores que recorrían el cuerpo delgado.

La purasangre se acercó a la mesita de noche con pasos de bailarina, abriendo la luz artificial para contemplar su obra. Alargó unos pálidos dedos elegantes para separar aún más la camisa del joven. Ya no se veía la carne roja y palpitante allá donde sus garras habían desgarrado piel y músculo aquella misma mañana, casi exponiendo el corazón que Takuma ya había estado a punto de perder en el combate contra su abuelo. Toda la zona aparecía cauterizada, como si le hubieran aplicado un hierro al rojo vivo para cicatrizar el desgarramiento. Exactamente, durante 10 horas. Todo el día. Aquel era el efecto que causaba la luz del sol, aunque fuera la débil y tamizada de un día de invierno, en las heridas de un vampiro.

Eso, y la más brutal agonía.

Sara sonrió, complacida, y se sentó al borde de la cama, retirando un poco las sábanas para no mancharse la túnica de seda. Pasó la mano por los cabellos empapados de sudor y sangre de su mascota, apartándolos del rostro encogido de dolor. Era el segundo día que Takuma sufría la misma tortura: desgarramiento y cicatrización al sol, en la cama al pie del ventanal, incapaz de moverse, retenido por su poder. Era una lástima tener que emplear métodos tan burdos, ciertamente, pero necesario. Por mucho que Takuma hubiera demostrado su utilidad entregándole aquella carta del traidor de Asato, el chico no se había mostrado colaborador.

Ella había percibido que había intentado desafiar su sello. Una vez más. ¿Con qué fin? No lo sabía y el sello no podía obligar a su víctima a decírselo. Hacía tiempo que había aprendido que la tortura tampoco conseguía que Takuma hablara, así que aquel no había sido el propósito de aquellos dos últimos días. No, su intención –además de desfogar su rabia por la traición de Asato- había sido destrozar el cuerpo de Takuma para anular su mente por completo. De una vez por todas. Apagar para siempre el más mínimo rescoldo de rebeldía de su mascota. Y, mientras le acariciaba el pelo, creía que lo había conseguido.

Se inclinó sobre él y pasó la lengua por los labios manchados de sangre seca allá donde se los había cortado con los colmillos en su agonía. Takuma no rebulló, como solía hacer cuando lo tocaba. Trazó una línea con su lengua por el cuello, justo encima de la vena. El joven siguió sin moverse. Sara esbozó una leve sonrisa y le cogió el rostro con las manos, besándolo con profundidad y clavando suavemente los colmillos en su labio inferior, como una gatita. Una sola gota de sangre fresca brotó de la herida sin que Takuma protestara y Sara la lamió con deleite.

Mmm...

Aún más deliciosa porque llevaba el sabor del triunfo, el conocimiento de que su rebelde mascota por fin era totalmente suya. Takuma Ichijo tenía muchas cualidades. Sus poderes y su habilidad con la katana eran algunas; su bello rostro y su cuerpo eran otras. Sara se acomodó con el codo encima de la almohada y resiguió el perfil del joven con un dedo.

-Podrías haberte ahorrado esto, mi niño.- susurró con triste voz sedosa-. Sólo busco compañía para sobrellevar la gris eternidad. ¿Es un deseo tan incomprensible?- su mano resbaló por el pecho ensangrentado-. Descubrirás que puedo ser delicada y gentil, querido. Tendrás todo lo que necesites, no te faltará de nada. Tu único precio para estar a mi lado será tu identidad. No es demasiado elevado, ¿verdad?- depositó la mano sobre su cadera-. Ahora bebe y recupérate, mi amor. Aséate para mí y descubrirás los placeres de ser la mascota de una purasangre.

Depositó un beso en su frente, satisfecha al ver que las pestañas doradas aleteaban, aunque el joven no consiguió abrir los ojos. Sara cogió el vaso de agua que había dejado justo fuera del alcance del muchacho aquellos días y la cajita con las tabletas de sangre que solía consumir. Muy útiles. Ni siquiera tenía que preocuparse de suministrarle sangre fresca. Dejó caer dos en el vaso y, cuando estuvieron disueltas, retiró el hechizo que mantenía retenido al joven. El cuerpo de Takuma se aflojó sobre el colchón y la almohada, como si hubiera exhalado el último suspiro. Sara le cogió la nuca y lo levantó con delicadeza, llevándole el vaso a los labios y sosteniéndolo hasta que lo apuró todo.

Cuando Takuma dejó caer de nuevo la cabeza sobre la almohada, ella cubrió su pecho ensangrentado con la sábana, arropándolo dulcemente. Con una media sonrisa flotando en los labios de coral, sacó un elaborado sobre adornado con tiras rojas y un lacre de cera de un bolsillo, depositándolo encima de la mesita.

-Descansa, mi amor. Cuando te hayas recuperado, celebraremos nuestra nueva vida juntos. Pronto, ni siquiera el torpe de tu abuelo podrá entrometerse.- sonrió con dulzura a la figura semi inconsciente-. Ah, te dejo tu invitación al Baile de Invierno. Tu querido Kaname la ha enviado formalmente a mi casa. Es bueno saber que ya te ha dado por perdido. Presiento que va a ser una ocasión... memorable para todos.

Los largos cabellos y la túnica de la purasangre susurraron al girarse y abandonar la habitación. No se molestó en renovar el sello que mantenía la puerta cerrada, sabiendo que podía dar a Takuma libertad para deambular por la mansión porque no le quedaba ya voluntad para oponerse a ella.

OOO

Kaname...

El nombre reptó por los fragmentos de lo que había sido la conciencia de Takuma, muy hacia dentro, reflejándose en una miríada de recuerdos rotos hasta alcanzar un punto oculto, escondido. Lo que quedaba de su cordura.

Hay un límite en el dolor que puede soportar una persona, humano o vampiro, como cualquier torturador sabe. Si se traspasa ese límite, pueden pasar dos cosas: o bien el sistema nervioso de aquella persona se rompe y la víctima muere, o bien se bloquea, dejándola suspendida en un limbo amorfo sin percepción física alguna, justo un peldaño más abajo de la muerte. Takuma no había muerto y no percibía dolor. No sentía su cuerpo, ni tan sólo la sed. Era como si su envoltura física hubiera desaparecido. Y, en aquella tierra de nadie entre la muerte y la vida, su mente, o un fragmento de ella, era libre.

Libre para recordar algunos nombres y algunas sensaciones. Recordaba un contacto físico breve, alguien apretándole el brazo. Unos ojos lilas furiosos, no contra él, sino por él. Alguien se preocupaba por su existencia, alguien -creía haber sentido respeto por aquella persona alguna vez- quería ayudarle. No estaba solo en su pesadilla.

Aquella persona de ojos violetas había pronunciado un nombre, el mismo que había dicho su ama. Un nombre que traía aparejadas fuertes emociones, conceptos.

Kaname... hermano, fuerte pero vulnerable, triste, solo. No, no estás solo. Juré protegerte, apoyarte, no traicionarte. No voy a dejarte solo...

Y aquel extraño de ojos peculiares había pronunciado también otro nombre, asociado a otros sentimientos muy distintos pero igualmente poderosos.

Senri... amigo, pobre alma rota, usado, arrinconado, perdido. No estás solo, te cuidaré, te escucharé, te querré. No estás solo, no estás solo...

... noestássolonoestássolonoestássolo...

Aquella mínima parte cuerda de la mente de Takuma aprovechó que no sentía nada para aferrarse como a un clavo ardiendo a las emociones que le despertaban aquellos nombres. Repitió la misma letanía una y otra vez, sin saber si iba dirigida a aquellas personas importantes en su anterior vida o a él mismo.

Cuando finalmente consiguió abrir los ojos, su mirada estaba desenfocada y vidriosa, pero una tenue llamita ardía en el fondo esmeralda. No importaba lo que le hicieran a su cuerpo, no importaba lo que Sara le obligara a hacer o a fingir.

Takuma borró todas las enseñanzas de años según las cuales el cuerpo, la mente y el corazón debían existir al unísono y decidió que Sara podía usarle cuanto quisiera. Él sólo tendría que preocuparse de aferrarse a aquellos dos nombres, a aquellas poderosas emociones que alguien había resucitado, como dos estrellas guía, para recordar quién había sido y quién quería volver a ser.

Sólo por aquello, musitó un sentido agradecimiento al extraño de ojos lilas que había traído aquellos nombres de nuevo a su mente.

OOO

Martes por la noche, después del fin de semana en la cabaña.

-Veamos, Yuuki, ¿quién fue entonces el antepasado común de los Aido, los Kain y los Souen?

-Mmyquéséyo… -Yuuki apoyó la cabeza sobre los brazos doblados encima de la mesa, rodando la frente sobre ellos como si estuviera en trance.

-Te he oído.- la voz de Ruka adquirió un tinte severo de institutriz privada y levantó la nariz-. A penas llevamos dos horas, Yuuki, así que sólo te he podido explicar el árbol genealógico de nuestros tres clanes. ¡Seguro que puedes recordar el origen!- la aristócrata parpadeó, contemplando la coronilla de la muchacha-. Si consigues tener claras las ramificaciones de estas familias y del clan Ichijo, podrás ubicar bastante fácilmente a la mayoría de los invitados al Baile.

Yuuki levantó un poco la cabeza de encima de los brazos, mirándola mareada.

-¡Pero es que es muy complicado! ¿Por qué los vampiros tienen la costumbre de casarse con otros miembros de sus familias?- gimoteó.

Ruka alzó las cejas, tamborileando con los dedos de largas uñas sobre el papel con el esquema que había estado explicando las últimas dos horas. ¡Como si los Kuran no fueran endogámicos!

Yuuki estiró melodramáticamente los brazos en la mesa y se dejó caer encima de ellos, resoplando. Eran las siete de la tarde del martes y sólo llevaban dos horas estudiando los complicados árboles genealógicos de las familias de la nobleza. En realidad, tenía que agradecerle a Ruka que hubiera accedido a su ruego de darle unas lecciones de etiqueta y protocolo para no meter la pata de forma escandalosa en el Baile. ¡Sólo que no creía que todo fuera tan enrevesado! Pensaba que con ponerse zapatos de tacón y ensayar cómo bajar por una escalera sin matarse ya tenía bastante. Pero no. Tenía que aprenderse de memoria cómo estaban relacionadas las diferentes familias si es que quería entender de verdad las tramas de intereses. Ella misma reconocía aquella necesidad pero, teniendo en cuenta la longevidad vampírica, aquello era peor que memorizar las interminables listas de batallas y reyes de Historia Antigua.

Al menos, podían saltarse la parte de buenas maneras en la mesa o cómo distinguir un tenedor de carne de uno de pescado. Su padre adoptivo se había encargado de enseñarle unos modales impecables –aunque nunca le había exigido que los pusiera en práctica cuando comían en la intimidad de casa-. De hecho, Cross había alimentado la pequeña tradición de llevar a su hijita a comer a restaurantes de lujo al menos tres veces al año para practicar modales y vestirse "como una damisela". Ambos lo llamaban la Noche de las Princesas y, aunque para Yuuki había sido siempre un juego, ahora entendía para qué estaba intentando prepararla su padre. Cross había hecho lo posible por que viviera como una humana, feliz y despreocupada, y, a la vez, porque tuviera los rudimentos básicos por si tenía que acabar tratando con la élite del mundo de la noche. Bendito seas, papá.

El capítulo de danza estaba más o menos cubierto, siempre que Yuuki fuera capaz de mirar a Kaname a la cara sin sonrojarse y perder el paso, como solía ocurrirle cuando había bailado con él en otras ocasiones. Claro que entonces había sido humana. Y no habían bebido el uno de la sangre del otro. Ni habían rodado desnudos sobre una alfombra frente al fuego. Ni había sentido su cuerpo cálido amoldándose al suyo. Ni…

-¿Has escuchado una sola palabra de lo que he dicho?

-¡¿Qué?! ¡Sí! ¡No! Yo… em, perdona.

Las mejillas de Yuuki adquirieron el tinte de una amapola y se sentó muy recta en la silla, intentando apartar de su mente todo lo que su hermano y ella habían estado haciendo aquellos dos maravillosos días en una cabaña. En la alfombra… y en la habitación… o en el jacuzzi… ¿lo del sofá contaba? Después de aquella primera vez cargada de sentimientos contradictorios, parecía que la botella se había vaciado de nostalgia o tristeza y sólo había quedado el amor y el deseo. Dos jóvenes que se amaban lejos del mundo. No sólo habían hecho el amor, también se habían acariciado, abrazado y se habían reído de las cosas más estúpidas.

-¿Yuuki?- la voz de Ruka que empezó a tener un deje irritado.

-¡Yo! ¡Sí! Ya… ya me centro…

Yuuki frunció el ceño, intentando concentrarse en el entramado de líneas y nombres pulcramente esbozado en un papel. Pero el esfuerzo titánico se esfumó al punto cuando sus sentidos captaron la presencia de Kaname al otro lado de la puerta del estudio antes de que picara delicadamente en la madera para anunciarse. Asomó la cabeza por la puerta.

-Siento interrumpir la lección, pero el director Cross viene hacia aquí con las notas. Va a entregarlas en mano y toda la Clase Nocturna está convocada en el salón principal.- sonrió levemente, asintiendo hacia Ruka como saludo y dejando que sus ojos se demoraran unos cuantos segundos en Yuuki.

La bella aristócrata se levantó al punto, sacudiéndose la melena, y volviendo a colocar la silla en su sitio.

-Nos vemos después de la entrega de notas, Yuuki. Sólo tenemos dos noches para explicártelo todo antes de que tengamos que viajar hacia la mansión Aido.

-Ya… ya lo sé, Ruka. Haré todo lo posible, de verdad.- la joven bajó la cabeza, avergonzada. Parecía que la noble se estaba esforzando más que ella, pero no podía evitarlo. Siempre había sido un desastre memorizando y con aquellas imágenes flotando en su cabeza…

Kaname entró en la salita y sostuvo cortésmente la puerta a Ruka, cerrándola con suavidad cuando hubo salido. Su sonrisa se hizo más luminosa en cuanto estuvieron a solas y caminó hasta pararse detrás de su hermana, agachándose un poco para abrazarla y depositar un beso en sus cabellos.

-¿Cansada ya?- murmuró con cariño.

Ella suspiró, cubriendo las manos de él con las suyas.

-Es más complicado de lo que creía. Las familias tienen la costumbre de casarse entre sí.- gruñó y notó la suave risa de él contra su pelo.

-Eso parece, sólo hay que mirar a los Kuran.- respondió de buen humor.

Yuuki se encogió de hombros y se giró en la silla para mirarlo con cara de señorita remilgada.

-Bueno, nosotros no estamos casados, así que aún no contamos.

Kaname se cruzó de brazos, conservando la sonrisa, aunque su mirada se había vuelto seria.

-Estamos prometidos, Yuuki. Algún día nos casaremos… es decir, si tú quieres.- su voz se suavizó aún más, transmitiendo una leve vacilación.

Ella parpadeó, insegura de si hablaba en serio o sólo le estaba tomando el pelo.

-¿Es una proposición formal?

Kaname inclinó la cabeza a un lado y la fundió con la mirada.

-No, somos demasiado jóvenes. El día que te proponga matrimonio lo haré con un anillo de compromiso y de rodillas.

La muchacha estalló en risitas al punto.

-¡Te encanta tomarme el pelo, Kaname!

El purasangre se inclinó sobre ella, apoyando los brazos en la mesa y atrapándola en medio. La besó con empeño, combinando ternura y deseo, hasta que tuvieron que separarse en busca de aire. Los ojos de él brillaban con aquella intensidad peculiar que a Yuuki le hacía pensar en rubíes de fuego.

-Hablaba en serio.- aclaró.

-Oh.- los colores volvieron a subir por las mejillas de ella, aferrada a la pechera de su camisa. Tendría que haber supuesto que el puntilloso Kaname haría las cosas a la vieja usanza cuando llegara el momento. Era la forma que tenía de estar tranquilo pensando que le daba a Yuuki lo que cualquier mujer normal querría. Sonrió.- Bueno, cuando llegue el momento intentaré no hacerte sufrir demasiado esperando mi respuesta de rodillas.- le dio un beso rápido-. Ya sabes que diré que sí ¡Pero aún tenemos muchas cosas que hacer antes de eso!- añadió enseguida, pensando que la vergüenza la iba a hacer entrar en estado líquido en cualquier momento.

Los ojos de él parecieron aclararse varios tonos, como si saliera el sol detrás de una nube, y una de aquellas raras sonrisas se dibujó lentamente en los labios hasta que asomó la punta de los diminutos colmillos. La contempló un momento en silencio, disfrutando del color rojo de las mejillas de la joven, hasta darle un beso en la nariz y enderezarse, tendiéndole una mano.

-Cierto, tenemos que recoger las notas. ¿Vienes?

Yuuki hizo una mueca.

-¿Es necesario? ¿No puedes, um, recogerlas tú en mi nombre y ya…eh, me las enseñarás en otro momento?

Kaname alzó una sola ceja, con la mano extendida.

-Cobarde.

Ella suspiró, aceptando su mano para levantarse mientras dejaba caer la cabeza y lo seguía como un cordero camino al matadero.

OOO

El gran salón de la reconstruida Residencia Luna era un hervidero de estudiantes nocturnos. En apariencia, perfectamente calmados y despreocupados. Aido, dándole vueltas a una canica verde con aire meditabundo; Shiki, engullendo palitos de chocolate con la vista fija en el suelo, ignorando a Rima, sentada en el brazo de un sofá a su lado y retorciéndose una coleta. Kain, jugueteando con la púa de su guitarra mientras Ruka era la viva imagen de la calma señorial a su lado. Seiren ni siquiera pestañeaba a dos pasos de los Kuran.

Pero ahora, Yuuki los conocía mejor.

Estaban nerviosos. ¡Ajá, lo estáis! ¡Yo lo sé! Los ecos de sus emociones llegaban hasta sus sentidos como trazas de diferentes perfumes. Y, aunque la mayoría desprendían nerviosismo, en algunos coexistían sentimientos distintos. La tristeza depresiva que rodeaba a Senri casi se podía tocar con la mano; había un aura de completa y total confusión alrededor de Aido y una muy leve tristeza emanando de Kaname mientras el director Cross los saludaba con emotivas exclamaciones, agradeciéndoles su duro trabajo aquel trimestre y poniéndose a su disposición para cualquier duda que pudieran tener antes de que todos partieran para disfrutar de las vacaciones de invierno. Yuuki miró a Kaname con curiosidad.

-¿Qué te ocurre?

Él levantó una de las comisuras de sus labios y enlazó disimuladamente los dedos con los de ella.

-Cross trae el correo. Estoy esperando la lista con los invitados confirmados al Baile. Se nos acaba el tiempo de ser sólo estudiantes en exámenes.

Es hora de que volvamos a asumir lo que somos. Y lo que el mundo espera de nosotros.

Yuuki lo contempló un instante, asombrada al poder percibir los cambios de ánimo de un hombre que, hasta no hacía muchos meses, le había parecido un muro impenetrable. Sí, era cierto que su tiempo de ratos inocentes tocaba a su fin, pero esta vez había una diferencia: estaban juntos. Le apretó la mano con fuerza, esforzándose por transmitirle amor a través de su vínculo. Debió conseguirlo, porque Kaname bajó el rostro para mirarla sorprendido y sonreírle, vacilante. Yuuki esbozó una sonrisa radiante y se desasió de su mano para trotar hasta su padre adoptivo, poniéndose de puntillas para darle un suave beso en la mejilla. Antes de que el hombre protagonizara alguna escena totalmente embarazosa delante de toda la Clase Nocturna, Yuuki extendió la mano.

-¡Venga, yo abro el turno! ¡Así todo el mundo se quedará tranquilo sabiendo que ha sacado mejores notas que yo!

Kaien rió entre dientes.

-En realidad, Yuuki, creo que te vas a llevar una sorpresa.- auguró mientras rebuscaba su sobre de entre la pila y se lo tendía.

-Uh… lo dudo.- rasgó el sobre con un dedo, sin demasiada ceremonia, y exhaló con decisión antes de mirar su boletín de notas de reojo.-Eh, papá, um, creo que alguien se ha confundido al meter estas notas en mi sobre.

Cross alargó el cuello para echar un vistazo mientras repartía sobres de notas a estudiantes que se acercaban arrastrando los pies.

-No, no lo creo. Mira, pone Yuuki Kuran. Justo aquí, arriba a la derecha.- señaló con la barbilla.

-¡Pero es que sólo he suspendido dos!- protestó, indignada por que su padre no la creyera. Señaló con el dedo el listado de calificaciones-. ¿Ves? Sólo he suspendido Historia y Lengua Extranjera ¡No puede ser! ¡Tendría que haberlas cateado todas!

Aido le dedicó una mirada dolida de reojo mientras se guardaba su propio sobre en los pantalones.

-¿Estás diciendo que no soy suficientemente buen profe como para conseguir que apruebes Mates y Física?

Yuuki movió las manos por delante, meneando el papel.

-¡No es eso, claro que no! ¡La verdad es que has tenido mucha paciencia conmigo! Pero es que, bueno… ¡es que no me lo puedo creer!- se rascó la nariz mientras escrutaba la lista, intentando encontrar algún fallo en aquella sorprendente lista de éxitos.

Kaname intercambió una mirada de reojo con el director Cross por encima de la cabeza inclinada de la joven, sonriendo débilmente. Cuando Yuuki se graduara, quizás le explicara que el nivel de exigencia en la Clase Nocturna, al ser un grupo de élite, se adaptaba a cada alumno. Los exámenes de Ciencias de Hanabusa Aido no tenían nada que ver con los de Ruka. Y los de Lenguas de Rima habrían resultado indescifrables para Akatsuki. Quizás algún día le aclarara a Yuuki que sus exámenes eran los mismos que los de la Clase Diurna… aunque las lecciones a las que había asistido tenían el nivel de la Clase Nocturna.

Los alumnos se desparramaron por la Residencia, algunos comparando notas en grupitos, otros gruñendo por lo bajo mientras iban a pedir un café a la cocina y algunos trotando escaleras arriba para llamar a sus familias y darles las buenas noticias. Cross gesticuló hacia Kaname, que había repasado su boletín asintiendo como si los resultados fueran correctos –sólo había bajado a Notable en el examen de Física-, pidiéndole un momento a solas.

Kaname invitó al director a una salita adyacente, indicando a Yuuki que los siguiera. Allí, Cross suspiró y hundió los hombros, borrando la brillante sonrisa del rostro. Una oleada de cansancio llegó hasta los sentidos empáticos de Yuuki.

-Ya estaba esperando el correo, director.- aclaró el purasangre-. No creo que vaya a darme ninguna sorpresa.

-No estés tan seguro.- le tendió cuatro sobres-. Creo que ha entrado en escena un, cómo lo diría, factor caos con el que no contabas.

Kaname hizo un pequeño sonido de incredulidad y rompió el lacre con el sello de los Aido. La lista de invitados confirmados… Bajó los brazos para que Yuuki pudiera leerla también. Sus ojos recorrieron la larga lista de honorables familias aristócratas que no querían perderse la ocasión de codearse con purasangres, incluida la nueva princesa. Allí estaban: Sara Shirabuki, Asato Ichijo, Takuma Ichijo, la familia Shiki y todos los parientes de quienes se habían sentado una vez en el Consejo de Ancianos. También los Aido, Kain, Souen, Toya, todas las familias pro monarquía y una amplia representación de las indecisas. Justamente las que más interesaban a ambos bandos. Hasta ahí, todo marchaba sobre lo previsto.

-La segunda carta es de… Zero.- aclaró el director.

-¿De Zero?- Yuuki alzó la cabeza al punto.

-Sí, me pidió que os la entregara en mano. Ha sido exculpado de asesinato y readmitido en la Asociación.- sonrió al oír el suspiro de su hija-. También ha renunciado a la Bloody Rose. Increíble, ¿no os parece?

-¿De… verdad?- los ojos de Yuuki parecían a punto de salirse de sus órbitas.

Cross asintió, aliviado, reparando en que Kaname se limitaba a esbozar aquella peculiar sonrisa enigmática tan suya. Lo que daría por saber de lo que hablasteis aquella noche los dos solos. El purasangre conservó el mismo gesto mientras leía la misiva escrita con la menuda y apretada letra de Zero –y con su habitual estilo seco:

"Kuran, entregué a Takuma la carta escrita en sangre que recibimos en la Asociación y que apuntaba a un Nivel B como asesino. Dijo que la sangre era de Asato Ichijo. Le pedí que se la entregara a Sara explicando sólo que la había recibido de un cazador vendido a los vampiros, sin identificar. Ahora ya sabe que el viejo la ha traicionado.

Takuma volvió en sí y me pidió que te advirtiera del Baile, diciendo que Sara traería a sus familias y que querían votar reclusión. Textual. También me pidió que le pidiera perdón a Senri Shiki por no poder cuidar de él.

Nos vemos en el baile."

Kaname y Yuuki intercambiaron miradas un segundo antes de que el purasangre tendiera la carta a Cross, que dio un respingo al leerla con rapidez.

-¡Kaname! ¡Sara pretenderá someter a votación tu… vuestra reclusión!- el rostro del director estaba empezando a palidecer por momentos, y el gesto imperturbable de su protegido no ayudaba demasiado a tranquilizarlo-. ¡Tenemos que hacer algo para impedirlo!

-No podemos impedirlo. En ausencia del Consejo de Ancianos, Sara, como purasangre, tiene todo el derecho a someter a consideración de las familias nobles una disposición de este tipo. Era de esperar.- recogió la carta de las temblorosas manos de Cross y se la tendió a Yuuki-. Confiemos en que las gestiones que hemos venido haciendo den sus frutos a ojos de las familias indecisas, debemos concentrar nuestros esfuerzos en ellas. Lo que me sorprende, y no se ofenda, es la maniobra de Zero. Acaba de poner a Asato Ichijo en un aprieto. Si Sara aún no le ha matado al conocer su traición, entonces es que planea utilizarlo de algún modo durante el Baile. Yuuki,- se giró hacia su hermana- ¿puedes transmitirle a Senri el mensaje de Takuma? Asegúrate de subrayar que Takuma aún es capaz de expresarse por sí solo; eso debería ayudarle a sentirse mejor.

-Voy ahora.- la joven asintió con el entrecejo fruncido, abandonando el pequeño cuarto.

-Bueno, en ese caso, quizás las otras dos cartas te aclaren algo.- añadió el director, cabeceando hacia los sobres-. El que está abierto lo he recibido hoy en mi despacho de la Asociación, puedes leerlo tranquilamente. También está escrito en sangre, es una petición formal.

-Gracias.- Kaname desdobló el claro papel sedoso y percibió el profundo aroma de la sangre pura emanando de la misiva. Frunció el ceño al repasar su contenido-. Sara ha pedido un Concilio de cazadores y nobles. A celebrar tras el Baile, aprovechando la presencia del presidente de la Asociación y de su segundo.

-Eso sólo puede significar dos cosas.- apuntó Cross, sacándose las gafas y pellizcándose la nariz con agotamiento-. O quiere comunicarnos algo, en virtud de su elevada posición en el mundo vampírico, o quiere encargarnos algún trabajo. Incluir a alguien en nuestra lista.

El moreno purasangre abrió el último sobre, llegado como correo privado a su nombre directamente desde la mansión Aido. En este caso, eran dos peticiones distintas que Lord Aido había tenido a bien hacerle llegar en la misma remesa, para su consideración: dos ruegos para la celebración de un cónclave tras la velada, con todas las familias asistentes con derecho a voto, firmados, respectivamente, por Asato Ichijo y el mismo Lord Aido. Parecía que las cartas se iban a poner sobre la mesa de manera formal. La aristocracia parecía haber decidido que el vacío de poder en el mundo de la noche debía tocar a su fin y las familias estaban dispuestas a escoger a su regente.

Mientras Kaname leía, Cross abrió la puerta de la salita, sorprendido al oír sollozos ahogados. Por el hueco entreabierto, pudo distinguir a Yuuki, con expresión angustiada, sentada en un sofá de la gran sala estrechando a Senri entre sus brazos, como si el delgado cuerpo del modelo pudiera partirse en mil pedazos con la mera fuerza de sus lágrimas.

El director hundió los hombros y meneó la cabeza, pasándose la mano por la cara. Estaba harto de lágrimas, de tragedias y de guerra.

-¿Sabe quién tiene la clave de todo lo que ocurra la noche del Baile, director?- murmuró Kaname, siguiendo la mirada de Cross.

-No, no lo sé.- contestó el hombre, suspirando mientras volvía a ajustarse las gafas.

La voz de Kaname tenía el peso de una sentencia mientras apretaba las puños a los costados.

-Takuma Ichijo.

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30 de julio: he añadido una mención a lo que Zero pudo percibir la noche del martes, cuando Kaname y Yuuki compartieron ciertas escenas en el baño de minusválidos XD Muchas gracias a Lapizlázuli Stern por hacerme ver que... ¡se me había olvidado! *corre a esconderse* ¡Gracias en general a todas por echarme una manita con vuestros comentarios, siempre hay cosas que mejorar!