Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.

Nota: Episodio editado.


Hablando de amor

Esta vez recorrieron un camino diferente al principal, éste los dirigía hacía la cochera de los Takashima. A pesar de que ya había estado en esa casa anteriormente, no podía dejar de sorprenderse por cada nueva cosa que descubría. Se sentía cómo la pequeña niña, que con cada paso que daba era algo nuevo para su existencia.

Entraron a una enorme cochera, la cual contenía un par de modelos de autos. Sólo reconoció el Cadillac de Inuyasha, el Mazda de Kōga y el Mercedes Benz de Inutaishō. Los demás eran nuevos para Rin.

El auto se detuvo por completo y giró hacia su derecha para ver a Sesshōmaru, pero éste ya había bajado del vehículo y estaba a su costado, abriéndole la puerta. La cogió de la mano para ayudarla a salir del auto.

—¿Todos son de su padre? —Preguntó curiosa.

—No —respondió, mientras abría la cajuela del coche, sacando las cosas que llevaron consigo—. El Mustang y el Jaguar son míos.

Rin miró entre los autos que estaban estacionados, queriendo encontrar las marcas que el albino le mencionó, pudo reconocer el único Jaguar que había, era blanco. Pero el Mustang, había dos; uno negro con dos franjas grises y el otro era rojo.

—El Mustang del 67 —le dijo muy cerca de su oído—. Para que me entiendas, el negro.

—¡Oh! —Abrió la boca sorprendida—. ¿Y el otro?

—El otro es un Mustang del 64, y ese es de mi padre —le hizo saber.

—Vaya, son muy lindos los dos —viró hacia Sesshōmaru, que le dedicó toda su atención—. ¿Por qué ya no lo usa?

—Lo usé suficiente cuando fui joven —comentó, ahora mirando el vehículo.

—¿A caso se está diciendo viejo? —Rió divertida.

—Lo obtuve a mis diecisiete años —le aclaró—. Así que ha pasado mucho tiempo desde entonces.

—¿Y el Jaguar? —Indagó, mientras se aferraba al abrigo negro del albino.

—Tengo el Audi.

—¿Y eso qué? —Le miró inquisidora.

—¿Importa?

—No sé, no se debería desaprovechar un auto, sólo porque ya pasó su año o no está de moda.

—No lo voy a usar.

—Es muy lindo, no veo que tiene de malo —hizo un puchero.

—No voy a montarte en un auto en donde otras mujeres ya se subieron —fue directo—. ¿Eso es suficiente para ti?

Sesshōmaru se alejó con un dejo de molestia, pero ella se quedó inmóvil en aquel sitió. Estaba procesando aquella información que su novio le soltó bruscamente. Si fuera otra mujer, le hubiera sacado un interrogatorio del infierno, para saber a qué «otras mujeres» se refería. Pero en vez de molestarle, le hizo sentir un cosquilleo agradable, que le hizo sonreír como una tonta enamorada. El que Sesshōmaru le hiciera saber que no la subiría a un auto en donde otras ya pasaron, es porque ella era diferente a esas mujeres, o al menos así lo sentía.

—Rin.

—¿Eh? —Salió de su ensoñación.

—Vamos.

—Ah, sí…

Caminó hasta él, que ya tenía una pequeña maleta y la bosa que traía un par de regalos. Le tomó de la mano y se adentraron hacia la mansión, en donde se encontraron con mayordomo de la casa.

—Buenas noches —le saludó el hombre con una reverencia—. ¿Requiere mi ayuda, joven Sesshōmaru?

—Lleva la maleta a mi recamara y los regalos acomódalos en el árbol.

—Así será —asintió, mientras recogía sus abrigos.

—Gracias —dijo Rin.

—Es un placer, señorita Rin.

Rin ya no pudo decir nada más, al sentir la mano de Sesshōmaru cogiendo la suya, así dando camino hacia el dónde las voces provenían. Pero antes de llegar, Yako apareció ante ellos, pasando entre sus piernas entusiasmado.

Sesshōmaru había dejado al perro en la casa de su padre unos días antes. Ella desconocía el motivo, pero realmente le alegraba verlo de nuevo.

—¡Hola, Yako! —acarició la pequeña cabeza blanca—. ¿Te has estado portando bien?

—Vamos —la soltó de la mano para cogerla por la cintura y hacerle andar—. Yako.

El can hizo caso ante la voz de su dueño y caminó a su par, así dirigiéndose hacia la sala, en donde las voces de los presentes se hicieron más nítidas. Al entrar, se encontraron con todos.

Inutaishō estaba junto a Izayoi y Elrike; Inuyasha y Kagome estaban enfrente de ellos, y, para terminar, ahí estaban Kōga y Ayame, que fueron invitados por el mayor de los Takashima.

—¡Buenas Noches! —Los saludó a todos.

Ellos voltearon y los vieron, como si fueran la novedad del momento, algo que le incómodo y parecía que a Sesshōmaru poco le importaba. Ella se zafó de aquel posesivo agarre y fue a saludar a todos. Mientras él fue a tomó dirección hacia donde se encontraba el licor, quizás para imitar a los otros tres hombres presentes.

—Pero que lindo vestido, Rin —le halagó Elrike.

—¿Verdad que sí? —Sonrió contenta—. Me lo regaló, Sesshōmaru.

Todos la miraron para después mirar a Sesshōmaru, que ya estaba sentado al costado de Kōga. Éste gruñó por debajo al ser el centro de atención de los presentes y más por una tontería como un regalo.

—Ni que fuera el primero —intervino Inuyasha, que fue el único que no se sorprendió.

—Así es —rió apenada.

Rin trotó hacia donde estaba su novio, cogiendo asiento a su lado. Esperaba que estar al lado de él, le ayudara a no sentirse avergonzada cada cinco minutos, por los comentarios que cualquiera fuera a sacar respecto a ellos dos.

—Me alegra que todos hayan venido —habló Inutaishō—. Y espero sea una noche agradable para todos.

—Mientras más años pasan, más cursi te vuelves, viejo —masculló Inuyasha.

—¡Inuyasha! —Le regañaron Izayoi y Kagome en conjunto.

—A veces me pregunto, ¿cómo pueden ser padres de semejante bestia? —Intervino Kōga, con toda la intención de molestar.

—Pues verás… —Quiso responder Inutaishō, pero fue interrumpido por Inuyasha.

—¡Tú cállate, lobo sarnoso! —Lo encaró Inuyasha.

—¿Cuál es tu ardor, bestia? —La sonrisa lobuna se dibujó en el rostro de Kōga.

—Aquí vamos de nuevo… —Suspiró Ayame.

—Inuyasha, deja de comportarte como un crío —dijo una fastidiada Kagome.

Rin observó la escena para después ver a los demás. Inutaishō estaba divertido por la discusión de esos dos, mientras las chicas se quejaban por lo bajo, Izayoi y Elrike poca importancia le daba al asunto y Sesshōmaru, bueno, él estaba centrado en su bebida.

La pelinegra se pegó más al albino, queriendo llamar su atención, algo que funcionó. Sesshōmaru ya la miraba, esperando a que dijera cualquier cosa, cómo ya era costumbre.

—¿Me regala un trago? —Le pidió con voz modula, para no llamar la atención.

Sesshōmaru le dio su vaso con whiskey y ella lo cogió contenta. Le causaba gracia, cómo su jefe ya sabía a lo que ella se refiera con regalarle un trago, ya que pedía específicamente el beber del mismo vaso, y no que le sirviera un trago aparte.

Dio un trago al licor, sintiendo como éste le llegó a quemar un poco la garganta. Realmente tenía un tiempo sin beber algo tan fuerte como el whiskey, sin duda había salido muy poco con sus amigos o se había acostumbrado demasiado a la cerveza.

—Desconocía que te gustara el whiskey, Rin.

Todos guardaron silenció al escuchar aquellas palabras de Inutaishō, que la miraba ahora a ella, con aquel rostro apacible y una leve sonrisa en sus labios.

—Ah…bueno…verá… —Se puso tan roja, que pensaba que en cualquier momento iba a explotar.

Bien se lo decía Ayame, que el whiskey no era una bebida apropiada para una mujer, o al menos, no era común ver a una japonesa bebiendo algo como eso.

—Tranquila, no es que me desagrade —rió el hombre mayor—, sólo me sorprendió.

—¿Por qué? —Intervino Izayoi—. Tengo entendido que Irasue y Elrike lo beben, ¿no es así?

—Bueno, más mi hermana que yo —sonrió—. Yo prefiero el vodka.

—¿Eso no es muy fuerte? —Cuestionó Ayame.

—No mucho, si sabes beber cómo se debe… —Le sonrió Elrike—. Aunque debo admitir que si me dan escoger, me decanto por la cerveza.

—¡Oh! —Kagome entró a la conversación—. Tengo entendido que en Alemania su bebida predilecta es la cerveza.

—Sí, generalmente es más bebida que el mismo vino —sonrió alegre—. Es prácticamente cómo agua para nosotros, ¿no es así, Sesshōmaru?

Sesshōmaru no contestó la cuestión, cómo era de esperarse.

Rin lo miró tratando de así conseguir una respuesta. Ella sabía que el albino bebía cerveza, generalmente cuando iban a comer comida chatarra —cuando ella escogía el lugar para cenar—, pero, Sesshōmaru era un hombre que prefería el café, antes de cualquier bebida alcohólica. Aunque si se trataba de ésta última, el whiskey era su predilecta.

—¿Puedo saber porque hablamos del alcohol? —Inuyasha cuestionó aburrido.

—Es interesante —comentó Kagome—. Al menos, que tengas una mejor charla que ésta.

—¡Keh! —Volteó hacia otro lado y bebió un trago de whiskey.

—Cambiando de tema —habló Ayame—. ¿Cómo van los preparativos de la boda?

—Muy bien, pero siento que está empezando a consumirme, y eso que tengo la ayuda de Izayoi, de mi mamá y de Sango —suspiró—. Si al menos mi prometido no fuera tan idiota…

—¡Oye! —Se quejó.

—No tienes derecho a enojarte, eres muy idiota para estas cosas —le recriminó.

—Supongo que fue de su idiotez de lo que te enamoraste —se burló Kōga.

—¡Tú cállate, que vas para las mismas! —La pelirroja le hizo saber con el ceño fruncido.

—Así son todos los hombres —suspiró Izayoi.

—¿Qué quieres decir con eso, amor? —Preguntó Inutaishō con mucha seriedad.

—Amor, tú no me ayudaste en nada para nuestra boda —le recordó—. Cuando lo intentaste, te corrí a los cinco minutos por ser tan torpe.

—¡Vaya, esto es interesante! —Elrike se rió de Inutaishō, que tenía el entrecejo fruncido al verse descubierto—. Más vale que tomes nota de esto, Rin. Parece ser que los hombres de esta familia son torpes por naturaleza —miró divertida a su sobrino.

—Lo tendré presente —no pudo evitar el reír.

Miró a Sesshōmaru, que había chasqueado la lengua por las palabras de Elrike. Para volver a perder su mirada en cualquier lugar y seguir bebiendo. Ya veía porque a su jefe no le gustaban le reuniones familiares, todo se volvía un escándalo cuando agarraban el ritmo. Pero a ella no le molestaba, al contrario, le alegraba de sobremanera. Jamás había pasado una navidad con una familia, desde el deceso de la suya; así que aprovecharía esta segunda oportunidad que le regalaban los parientes de su novio.

La charla y las «discusiones» continuaron, incluso su compañera había tomado confianza y empezó la plática entre risas.

Sesshōmaru nunca fue partidario de este tipo de cosas, el escuchar a su familia hablar de tonterías o el oír los berridos de Inuyasha, siempre le fastidiaron. Al contrario de lo que llegó a vivir con su madre, que siempre era una cena tranquila, con la sutil platica entre su madre y su tía. Pero sabía que a partir de ahora, las cosas serían totalmente diferentes. Cada año sería así y más por la pequeña mujer que estaba a su costado, que se convertiría en su esposa.

Observó detalladamente a la secretaria que reía con tanta soltura y platicaba cómo si fuera cotidiano para ella. Se le veía feliz, y de alguna manera eso lo tranquilizaba. Rin había sido privada de tantas cosas desde muy pequeña, y el que lo viviera ahora parecía ser una gratificación ante todo lo que tuvo que superar.

A pesar de todo eso, aún tenía muchas dudas que circulaban por su cabeza, de las cuales no les encontraba una explicación lógica, por mucho que trataba. Su razón comenzaba a flaquear y divagar en un cumulo de sensaciones extrañas, que le hacían sentir fuera de lugar, pero a la vez les tomaba gusto a todas esas «cosas», ya que no había otra manera para describir lo que estaba viviendo en esos momentos.

Se levantó de su asiento con toda la intención de alejarse de todo ese ajetreo, que empezaba a pasarle factura, y eso que aún faltaba la maldita cena. Bajó la mirada al sentir la mano de la secretaria coger la suya, una manera de llamar su atención.

—¿A dónde va? —Le preguntó con voz baja, pero lo suficientemente claro para él.

—Estaré afuera fumando.

Se soltó del agarre de la mujer y se retiró de la sala siendo seguido por Yako. Necesita un poco de paz y no la encontraría entre las estúpidas discusiones del idiota de Kōga y el imbécil de su hermano.

Caminó hasta la entrada principal y abrió la puerta, sintiendo el sutil golpe de la fría brisa nocturna, la cual se sentía con mucho más ímpetu, al estar rodeados de tanta vegetación.

Sacó la cajetilla de cigarros y el encendedor de la chaqueta, cogió uno y rápidamente lo llevó a su boca para prenderlo. Con la primera bocanada de humo, se sintió un poco más relajado, aunque sus constantes batallas internas seguían presentes.

Observó a Yako, que había tomado asiento a su costado derecho, tenía que serse sincero, había extrañado al perro durante ese tiempo que lo dejó con su padre, pero era lo mejor por el momento. Al menos, hasta que pudiera dedicarle el tiempo que se merecía. Ya que con la cabeza que traía, con la próxima junta que se avecinaba, que pelearía el puesto de la presidencia —la cual ya tenía ganada— y el problema con Magatsuhi, comenzaban a ser una carga demasiado pesada, sobre todo al tratar de tener a Rin alejada de todos esos problemas. No quería volver a verla cómo aquella vez que entró en trance, simplemente no se permitiría tal cosa.

—Pensar demasiado no es bueno para la salud.

Sesshōmaru miró de soslayo a su padre, que se detuvo a su costado izquierdo, centró toda su atención en el obscuro firmamento, con tenues estrellas esparcidas sin orden alguno.

—Recurrir a mí para que cubra su vicio, tampoco es una buena idea.

Su padre soltó una ronca carcajada por sus acertadas palabras, sobre todo, al momento en que el hombre cogió al instante el cigarrillo que le ofreció. Él sabía muy bien que eso lo tenía prohibido, pero tampoco iba impedirle hacer tal cosa. Al final de cuentas, su padre ya no era un niño y sabía lo que hacía.

—Al menos no eres un chismoso como Inuyasha —dio una calada al cigarro—. Es algo que me gusta de ti.

—Hmm…

Se formó un silencio entre los dos, uno bastante agradable para al primogénito de los Takashima. Generalmente esa fue la manera en que ellos convivieron, en constantes silencios en compañía.

Sesshōmaru no tenía nada que reprocharle a Inutaishō, siempre tuvo presente el tipo de vida que le tocaba a un niño, que prácticamente nació dentro de un proceso de divorcio. Él jamás cuestionó a su madre sobre los motivos por lo cual su padre vivía tan lejos de él, y cuál había sido la razón por el cual ellos terminaron separándose.

Sesshōmaru llevó una vida tranquila al lado de Irasue y Elrike, ambas habían cubierto sus necesidades cuando fue pequeño, jamás necesitó de una imagen paterna para poder desarrollarse como un hombre. Con su madre, tuvo suficiente para saber que el sexo no definía la fortaleza.

Cuando supo cuál era el destino que debía cumplir —más por gusto que por obligación—, decidió tomar las enseñanzas de aquel hombre, que su madre le dijo que era su padre. Fue así cómo terminó viajando hacia Japón, para convivir con Inutaishō Takashima y su nueva familia. Jamás fue con la intención de formar parte de ese núcleo, siempre tuvo presente que la única familia que tenía era su madre y su tía. Por eso mismo, puso una gran muralla con aquella mujer y su hijo, no tenía ningún interés de tener un hermano y mucho menos de tratar a la esposa de su padre. Su objetivo era otro, así que simplemente paso de ellos, sólo centrándose a aprender todo lo que Inutaishō le ofrecía, y, así, con inteligencia y desempeño, superar aquel hombre que se ganó su respeto de manera sincera.

Él siempre admiraría al hombre que estaba a su costado, fumando con aquella apacibilidad que a ambos los caracterizaba. No sólo cómo empresario y el hombre poderoso que era para esa sociedad, sino como un padre. Después de todo, eso era en su realidad.

—Rin siempre ha sido una chica muy feliz —habló el mayor de los hombres—, pero esta vez, puedo ver que su felicidad es plena. Has cambiado su mundo, hijo.

Sesshōmaru siguió con la mirada al frente, con la última calda del cigarro entre sus dedos. Quedó pensativo ante las palabras de su padre. Por lo que intuía, todo el mundo podía interpretar a Rin, menos él.

Rin era el ser más complejo y difícil con el cual había tratado durante toda su vida. Ya ni siquiera su madre le daba tantas dificultades como su futura esposa.

—Y no hay duda de que ella cambio el tuyo —sonrió—. Supongo que ese es un trato justo, ¿no lo crees así?

Viró su atención hacía su padre, que expulsaba de su boca el humo del cigarro, con su vista aun perdida en el ancho cielo que se plantaba ante ellos. Aquel hombre que le dio un buen consejo hace seis años, en donde le hizo ver el error que estaba cometiendo, el mismo que Inutaishō e Irasue realizaron hace muchos años. Si no hubiera hecho caso de esas palabras, tal vez estaría viviendo un divorcio con Kagura. Y fue ahí, cuando se dio cuenta, que, quizás, él podría resolver las dudas que lo carcomían lentamente.

—¿Cómo se dio cuenta de que estaba enamorado de Izayoi?

Su padre volteó a verlo al instante que escuchó aquella pregunta, la cual seguro no se esperaba. Ni siquiera el menor de los dos albinos, podía creerse que hubiera preguntado tal cosa.

—Hmm… —Suspiró—. Cuando me di cuenta del error que estaba cometiendo. Había tomado a Izayoi como un reto, cuando era más que eso —sonrió—. Ella provocaba sensaciones desconocidas, la cuales no sabía interpretar de ninguna manera. Mi lógica me fallaba cuando veía su sonrisa y su mirada, o cuando escucha su voz e incluso cuando respiraba su refrescante aroma. Haciendo que todo lo que yo alguna vez creí, me reventara en la cara una tras otra, cómo si se burlan de mí.

»La necesidad de saber que estaba bien y que nada le faltara se volvieron mi prioridad. Cuando la veía triste o peor, cuando la veía llorando, me entraba una incomodidad increíble. Pensaba en las maneras para poder calmar aquello que la aquejaba, buscar la solución más factible para volver a verla sonreír cómo siempre —volteó a verlo y le sonrió—. Me di cuenta de que la amaba, cuando mi mundo giraba en torno a Izayoi. Y hasta la fecha, no me arrepiento de haber abierto mis sentimientos hacia esa hermosa mujer, que me ha regalado los momentos más felices de mi vida.

»Ella es la única que me conoce mejor que nadie, incluso más de lo que yo puedo conocerme a mí mismo. Y, aun así, sabiendo que tenía más defectos que virtudes, ella siempre me eligió a mí, ante todo lo demás —una sonrisa de satisfacción se dibujó en su padre—. Estamos a nada de cumplir treinta años de casados y aun así, la sigo amando con la misma intensidad que cuando lo descubrí.

Sesshōmaru apartó sus ojos de su padre y se perdió en un punto incierto del manto oscuro. Cada cosa que le dijo le hizo sentirse incomodo, no porque le desagradara escuchar que su padre había terminado dominado por el sentimiento del amor, sino porque describía exactamente lo que él sentía por Rin. Porque terminaba cediendo ante aquellos brillantes ojos marrones, protegía instintivamente aquella sonrisa sincera, anhelaba escuchar esa infantil voz y embriagarse con ese aroma dulce que sólo había podido encontrar en ella, en esa simplona y torpe secretaria.

Rin Honjō se había convertido en la mujer que más había deseado, de tal manera, que, no importaba lo que tuviera que hacer, con tal de que jamás se apartara de su lado. Un sentimiento egoísta y machista, pero no quería compartirla con nadie, la quería sólo para él. Quería perderse entre aquellos frágiles y cálidos brazos.

Él… Sesshōmaru… Estaba…

—Disculpen el interrumpirlos, pero la cena ya está lista.

—Muchas gracias, Hijikata.

El mayordomo sólo asintió y partió dejándolos nuevamente solos.

—¿Tienes dudas?

—¿A qué se refiere? —Miró fijamente a su padre.

—¿Rin te tiene confundido? —Fue más directo.

—Sandeces…

Ignoró la espontanea risa de su padre, ante su negación a contestar aquella pregunta. Sesshōmaru no tenía por qué decir nada al respecto, al final de cuentas, ya había obtenido lo que quería saber.

~O~

La cena había pasado entre pláticas, risas y «discusiones», estas última siendo protagonizadas por Kōga e Inuyasha, que no pararon de insultarse cada vez que tuvieron la oportunidad.

Kōga y Ayame al igual que ella, ellos tampoco tenían familia. Kōga perdió a su único familiar —su padre—, mucho antes de que ella y Ayame lo conocieran. Y Ayame perdió a sus abuelos hace dos años. Tal vez ese fue el motivo por el cual Inutaishō los invitó a pasar la noche buena y la navidad con ellos. Un gesto que le pareció de lo más lindo.

Al terminar la cena, todos volvieron a la sala, en donde la charla continuó. Pero ella no podía apartar la mirada de Sesshōmaru, que estaba más serio que nunca. Deseaba saber lo que le ocurría, pero no sabía cómo cuestionarlo sin provocar que éste se molestara por su intromisión. Aun le era muy difícil poder hablar abiertamente con el albino, quien parecía empeñado de continuar con aquella actitud soberbia e individualista.

Así que optó por seguir la charla que había sólo entre las mujeres, que estaban muy entusiasmadas sobre el tema de la boda de Kagome e Inuyasha, la cual se llevaría acabó a finales de enero.

Sin duda el tiempo se iba volando, ya que aún recordaba claramente cuando le dio un par de coscorrones a Inuyasha, para que dejara de pensar en Kikyo y le diera una oportunidad a Kagome, que siempre mostró lo mucho que lo amaba. Y ahora esos dos estaban a un mes de unirse en matrimonio.

Suspiró profundamente de sólo imaginarse tal evento, su piel se le erizaba y sentía una alegría tremenda por su mejor amigo. Sólo faltaba que le dijeran que muy pronto habría pequeños Inuyasha corriendo por todas partes. De sólo imaginárselo, le entraron unas tremendas ganas de abrazar algo pequeño y esponjoso. Aparte de que si eso pasaba, ella se convertiría en la tía política de los hijos de Inuyasha.

—Honjō.

Salió de sus ensoñaciones por la voz de Sesshōmaru, que la miraba de una manera poco usual. Esos ojos dorados se mostraban cálidos.

¿De qué que se había perdido para que algo así ocurriera?

Sus pensamientos se quebraron al sentir como el albino la sujetó de la cintura, pegándola más a él y cómo aquel fresco aliento bañado en whiskey chocó sobre oreja. Su cuerpo se tambaleó, cómo una hoja presa de la ventisca por tal acción. El hombre lo había hecho anteriormente, pero no frente a las demás personas. Ni siquiera era capaz de averiguar tal cosa, de sólo imaginarse ser el punto de mira de los presentes, hacía que su rostro ardiera de la vergüenza.

—¿Sí? —Tartamudeó.

—Ya es momento de que cambiemos tu apellido —le musitó con parsimonia—. Llamarte Honjō, ya no me apetece más.

Su mano izquierda fue atrapada por la cálida mano de él, que empezó acariciar sus dedos uno por uno, cómo si eso fuera lo más interesante que podía hacer.

Rin buscó la mirada de Sesshōmaru, tratando de entender a lo que se refería y no prestarle atención a las caricias que aquellos largos dedos le reglaban a los suyos.

—¿Cambiar mi apellido? —Cuestionó en susurro, que incluso muy apenas fue audible para ella.

Su corazón se detuvo abruptamente, al sentir que Sesshōmaru colocaba algo en su dedo anular. Los ojos marrones buscaron velozmente a los dorados, los cuales se mostraban tan sosegados como siempre, pero ahí estaba esa calidez que había contemplado hacía unos segundos.

—Me gusta Takashima…si no es ese, no aceptare nada —habló con fluidez, a pesar de los nervios y la emoción que le recorría por todo el cuerpo.

Sólo recibió cómo respuesta esa sonrisa tan típica de Sesshōmaru, llena de superioridad y sensualidad, que le incitaba en borrarla a besos. Pero aquella idea se disipó en el momento en que el anillo entró por completo en su dedo.

Rin se olvidó de todo, de donde estaban y quienes les estaban acompañando, para ella sólo estaban ellos dos y aquellas infinitas ganas de gritar, de llorar y abrazarlo cómo jamás lo había hecho. Quería cerciorarse si de lo que estaba viviendo era real, de que no fuera un hermoso y cruel sueño, uno donde el manipulador de esa escena fuera el hombre que la miraba fijamente.

Sesshōmaru no esperaba que aquellas lágrimas se hicieran presentes y recorrieran las sonrojadas mejillas

¿Por qué lloraba?

Levantó su mano y limpió el agua salina, que parecía no dejaría de brotar de los ojos marrones. No sabía si tomarlo cómo algo bueno o malo; el verla llorar no era lo que quería provocar, pero también estaba aquella sonrisa que se había ampliado en cuestión de segundo.

La secretaria rompió por completo el poco espacio que los distanciaba, ella rodeó su cuello y se pegó a él con dulzura, mientras los pequeños sollozos se hicieron presentes. Los cuales no pasaron desapercibidos para los demás, ya que sintió inmediatamente las miradas de todos, sobre todo los de su padre y tía. Pero él no dijo nada, sólo colocó su mano sobre la espalda de Rin, dejando a que se desahogara.

—Lo quiero mucho —le dijo al oído, sólo para él.

El albino no sabía cómo responder a aquellas palabras sinceras. Si bien, no esperaba que le dijera que lo amaba, tampoco esperaba que le dijera que lo quería. No había duda alguna que ellos habían empezado de una manera extraña, y lo sentimientos estaban aflorando de una manera bastante peculiar.

—¿Mocosa, por qué lloras? —Inuyasha fue el primero en cuestionar.

Observó a su hermano, que tenía el ceño fruncido y las manos en forma de puños. Inuyasha tenía toda la pinta de hermano sobreprotector con Rin. Nadie podía decirle o hacerle nada a la pequeña mujer, porque éste rápidamente se iría a los golpes sin pensarlo.

—Nada —contestó ella al separarse del albino, mientras limpiaba aquellas lágrimas aun acumuladas en sus ojos—. Estoy bien, es sólo que…

—¡Oh Dios! —Exclamó Elrike—. Pero si yo conozco ese anillo.

Todos miraron rápidamente hacia las manos de Rin, incluso ella, que no había prestado atención al anillo que le habían colocado en el dedo anular. Y al ver la cara de asombro que presentó, era suficiente para saber que eso era más de lo que alguna vez pudo imaginarse.

¡¿Pero qué clase de anillo era ese?!

Estaba asombrada no sólo de la forma, sino de lo pesado que era. Apenas se había dado cuenta de que en cualquier momento podría perder su dedo por tal cosa.

El diseño podría decirse que era el famoso entrelazado, pero este tenía un enlace a lo grande, para terminar dando la forma de lo que parecía una gran lagrima o un enorme corazón —dependiendo la interpretación de cada uno—, en donde estaba incrustado un enorme diamante blanco, pero percibió algo en el interior de éste. Se trataba de un pequeño diamante rosa, que estaba incrustado en el interior del diamante blanco. Y si eso no era demasiado para ella, los enlaces estaban llenos de pequeños diamantes.

¿De dónde saco ese anillo?

¿Cuánto costaba?

¿Siempre tendría que llevar eso?

Viró de nueva cuenta a Sesshōmaru, quien no había apartado la mirada de ella. En eso se dio cuenta, lo poco que importaban sus preguntas. Si eso mantenía contento a su novio, lo llevaría consigo siempre.

—Gracias —le sonrió al albino, que no dijo nada sólo acarició una vez más su mejilla.

—¡Qué romántico! —Chillaron Kagome y Ayame en coro—. ¡Felicidades Rin!

La chica fue alejada rápidamente de su novio, para ser apabullada por las dos mujeres, las cuales la abrazaron y no paraban de hablar sobre el —ahora— oficial compromiso entre Sesshōmaru y Rin.

—Cómo sobajar a los demás hombres nivel Sesshōmaru —Kōga habló con tono burlón—. Ese sí que es un anillo.

—¡Keh, yo no le veo lo sorprendente! —comentó con los brazos cruzados.

Inutaishō vio la escena con curiosidad, desde aquella Rin que ya era cuestionada por sus dos amigas y la tía de su hijo, para después ver a sus dos hijos y Kōga, aunque Sesshōmaru no dijera nada al respecto.

—¿Ese es el anillo del cual me hablaste? —Le preguntó su mujer al oído.

—Sí.

—Vaya —sonrió, aunque la sorpresa también estaba dibujada en el rostro de su esposa—, esto en verdad que va en serio.

Inutaishō sólo asintió a las palabras de Izayoi, que se levantó para ir a felicitar a Rin. La cual se veía más perdida que un gato en una perrera. Se levantó de su asiento y se encaminó hacía su hijo, que a pesar de seguir mostrándose impertérrito ante tal conmoción, algo le decía que también estaba algo perdido, por la manera tan extraña en que pidió matrimonio. Algo que por lo visto, fue sólo entre ellos dos, antes de que Rin se soltara llorando por la emoción.

—A veces me da miedo tu madre —habló con tranquilidad, pero ganándose la mirada de los tres hombres—. Creo que acertó al entregártelo ahora y especialmente para ella.

Inuyasha y Kōga se le quedaron con la incógnita en su rostro menos Sesshōmaru, quien frunció el ceño ante su comentario. Su hijo sabía muy bien que se refería a sus sentimientos y lo que su madre es capaz de ver en él. Algo que para los demás era mucho más complicado que el crucigrama más complejo del mundo.

—Felicidades, hijo.

Sin dar tiempo a que su hijo hiciera algo para evitar lo que planeaba hacer, se acercó a él, dándole un fuerte abrazo. Sesshōmaru se quedó petrificado, incluso pudo ver la cara de asombro de Inuyasha. No era para menos, esa era la primera vez que abrazaba a su hijo mayor.

—Estoy seguro de que serán muy felices juntos —le dijo sincero—. Y cuídala mucho, que no volverás a encontrar a otra mujer como Rin.

—Gracias —fue lo único que dijo su primogénito, al momento de aceptar el abrazo que le estaba dando muy a su manera.

~O~

Berlín, Alemania.

Miró la hora en su reloj, faltaba un par de horas para que la noche cayera sobre la ciudad y tuviera que ir a cambiarse para asistir a la dichosa fiesta de noche buena, a la cual fue invitada. Si su hermana estuviera con ella, sin duda hubiera rechazado la invitación cómo todos los años. Pero ahora que Elrike estaba cumpliendo con su misión, no tenía otra alternativa. A menos que se fuera a encerrar a su cuarto cómo cualquier tipa sin ilusiones y sin ganas de vivir.

¡Irasue Kaiser jamás se portaría de esa manera!

El celular empezó a sonar, pero poca importancia le doy. Detestaba que le hablaran en sus horas de trabajo y más por cosas que resultaban irrelevantes para la sofisticada mujer. Pero el bendito aparato parecía que no cedería hasta ser contestado o apagado.

Sonrió con la firme intención de apagarlo, pero al ver quien le llamaba, la dejó atónita por unos segundos. No podía negar una llamada cómo esa, ocurría cada que ese ingrato se acordaba que tenía madre.

—¿Puedo saber cuál es el milagro de tal llamada, Sesshōmaru? —Dramatizó, aunque ella permanecía tan inmutable cómo siempre.

Sabiendo su manera de proceder, estoy seguro de que mi tía fue enviada para presionarme —alzó la ceja ante la perspicacia de su hijo—. No era necesario.

—¿A no? —Musitó divertida—. Mi cachorro ya es capaz de abrirse camino en el mundo por sí mismo —su tono burlón se hizo presente—. Comprare una estrellita para ponértela en la frente.

¿No le molesta el que la vaya a emparentar con una simple secretaria? —Su hijo ignoró su comentario.

—¿Cariño, pero por quien me tomas? —Preguntó ofendida—. Por supuesto que yo jamás aceptaría a una secretaria como mi hija —sonrió—. Yo estoy aceptando a la heredera de los Hara. Después de todo, esa niña es la primogénita de Hitomiko Hara.

Hmm…

—Así que ya le disté el anillo —comentó sin interés—. Espero le haya gustado, porque si me resulta que no, juro que te dejo viudo antes de que te cases.

Madre.

—¿Qué pasa, Sesshōmaru?

Eso era bastante curioso para la mujer, sobre todo porque su hijo ya le hubiera cortado la llamada por sus satíricos comentarios. Pero éste sólo la llamó madre, con una calma meramente extraña para la Dama de Acero.

La ha hecho feliz —le hizo saber—. Pero siendo usted, poco le importa.

—Que acertado eres —se rió.

Sólo le aviso, para que no se queje de que todo lo sabe por Elrike —hizo una pausa—. Y no se preocupe, la invitación no se extraviará esta vez.

—Eso espero, Sesshōmaru.

Adiós —colgó la llamada.

—Adiós…hijo…

Dejó el celular sobre el escritorio y perdió su dorada mirada en aquel portarretratos. Lo cogió y vio la foto en donde se encontraba un pequeño niño de corta cabellera peli plateada, con unos ámbares cómo ojos y aquella sería actitud. Su hijo había crecido muy rápido y ya estaba por encima de sus padres.

—Lástima que padecieras el mismo mal —sonrió—. Qué manera tan extraña de convertirte en el idiota de tu padre —suspiró dramáticamente—. Yo hice lo que pude, Dios —alzó sus ojos hacia el techo—, por desgracia la idiotez se hereda.

~O~

Ya pasaban de las dos de la mañana y ellos habían decidido ir a dormir de una vez. Sesshōmaru había puesto la excusa, de que su mujer no aguantaba estar despierta tan tarde. A pesar de que eso era cierto, Rin parecía tener más pila de la usual esa noche, pero ella no se negó y ambos se fueron a descansar.

Al salir del baño se encontró con la imagen de la secretaria, que estaba sentada en la cama, vestida con aquel pijama morada de franela. Su mujer era todo, menos sexy a la hora de dormir. Pero que más daba, ya se había acostumbrado a ello.

—Así que esta era su habitación anteriormente —habló mientras miraba todo el lugar—. Es tan lúgubre cómo usted.

Sesshōmaru no le dijo nada al respecto, no es que le molestara que le dijera sobre su gusto por las cosas simples y nada llamativas, a excepción de los autos.

—Debo admitir que tenía esperanzas de encontrar algo diferente —lo abrazó por detrás, al momento en que él se sentó en la orilla de la cama—. Al menos encontrar algunos posters de Metallica o de Pantera, tal vez un cartel que dijera: «Todos deben morir» o una Death Note tirada en un rincón.

El albino la miró de reojo, al escuchar toda esa sarta de tonterías. Si ella esperaba ver algo así, quizás debía entrar a la habitación de Inuyasha, en donde más de una vez llegó a ver ese tipo de contenido.

—Por cierto —su sonrisa se amplió—, su tía me dijo que este anillo es una reliquia de su familia, realmente estoy sorprendida —ocultó el rostro entre su cuello y cabellos—, y emocionada a la vez.

—¿Qué te emociona? —La cuestionó, mientras acariciaba el dorso de la mano de su mujer.

—El saber que me piense digna de portar algo tan valioso como esto —se aferró más a él—. Sobre todo al saber lo importante que es el anillo para la familia de su madre.

Sesshōmaru escuchó aquel gimoteo y pudo sentir unas pequeñas gotas caer sobre su hombro. Rin estaba llorando de nuevo y no sabía porque lo hacía. Se zafó del agarre de la secretaria y la tomó entre sus brazos para sentarla sobre su regazo, así teniendo acceso libre al rostro femenino. Le alzó de la barbilla para que lo mirara, mientras le limpiaba aquellos lagrimones que recorrían la tersa piel de la mujer.

—¿Por qué lloras?

—Yo…no sé —musitó—. Estoy feliz, créamelo.

La vio detalladamente, con aquel largo cabello y ese flequillo que le cubría la frente, los ojos llorosos, las mejillas ruborizadas y esos labios que lo invitaban a poseerlos. Esa era la mujer que tomaría cómo su compañera de vida, una que tenía una apariencia infantil, pero cuando se lo proponía era la mujer más aguerrida y valiente del mundo. Rin era tantas cosas, que aun creía imposible que pudiera caber ese ese menudo cuerpo.

Se acercó al rostro de la pelinegra y tomó aquellos labios, besándolos con calma, degustando aquel sabor a caramelo. No había duda, que si el comería algo dulce en esa vida, sería solamente a Rin.

Sujetó la estrecha cintura con ambas manos, juntándola mucho más a él. Quería aquel delgado cuerpo contra el suyo, simplemente para sentirla cerca y que eso no fuera un engaño de su mente. No quería verse atrapado en una ilusión, en la primera vez que se dejaba guiar por su instinto que por su razón. No quería que las palabras de su padre hubieran sido un maldito engaño.

—Amo…cuando me besa…así —dijo entre besos—. ¡Lo quiero tanto!

Detuvo los besos para encontrarse con aquellos ojos bañados en chocolate, buscando que aquellas palabras fueran ciertas. No, realmente buscaba algo más que un simple te quiero. Quería más, mucho más que eso, deseaba que ella lo amara.

Volvió a besar aquellos labios, las mejillas, la quijada para terminar en aquel frágil y suave cuello, en donde se hundió. Respiró aquel dulce aroma del cual era la dueña la mujer que tenía entre sus brazos.

Detestaba que su madre siempre tuviera razón, maldecía que al final de cuentas terminó convirtiéndose en una parodia de su padre. Y parecía ser que la vida estaba disfrutando de su caída a la perdición.

«Cuando se dio cuenta, ya estaba rendido ante los pies de la mujer más inesperada».


¡Hola a todos!

Les quiero pedir una disculpa por no haber subido nada durante toda esta semana pasada. Desde el inicio de semana me enferme por segunda vez de la gripe, y digamos que esta vez me dio algo fuerte, y cuando estoy enferma, mi mente sólo piensa en dolor y mocos, muchos mocos. Así que ese fue uno de los principales motivos por el cual no publique nada. Otra cosa, es que he estado un poco bloqueada, tengo otras dos ideas de escritos que no me dejan avanzar mucho. Así que digamos que tendré que empezar con ambos, aunque deteste trabajar bajo tanta presión, pero bueno.

Pero ya dejemos las cosas malas de un lado y espero que este nuevo capítulo sea de su agrado, como los anteriores que han leído. Aunque debo ser sincera, el romance parece ser que ya no es lo mío (antes era una pro, para escribir cosas cursis), pero no sólo eso, es muy difícil hablar de amor, cuando manejas un personaje como Sesshōmaru. Yo sé que muchas dirán que él si habla de amor (por el famoso CDrama Asatte), pero la verdad yo no me baso mucho en eso, sino en lo que yo conozco del manga/anime, así que ya verán... No me gusta que el personaje pierda su esencia para este termine derramando miel, cuando eso no va con él. No sé si me esté dando entender, pero la verdad espero no haber arruinado al personaje con el cual más trabajo...

Cómo siempre, les quiero dar las gracias a las nuevas personas que están siguiendo la historia y ya la tienen en favoritos, también a todos lectores silenciosos y sobre todo a las que dejan su review, ya sea antiguos o nuevos. Siempre se les agradece que se tomen un poco de su tiempo para dejar algo en la caja de comentarios. Créanme que leerlos es una delicia y un motivador increíble.

Pero bueno, será mejor que le corte aquí sino jamás termino.

Les deseo un buen inicio de semana, que...bueno hablaría de la navidad, pero vamos ya hice mucho con mencionarlo en el fic... así que hasta ahí queda. Los leo el miércoles (eso espero) y nos estamos leyendo.

¡Hasta la próxima!