Capitulo 16
Cuarta parte
Se encontraba estacionado de nuevo frente al edificio donde vivía su asistente, estaba a punto de encender el motor, cuando se armo de valor y bajo de este, entro con paso seguro al lugar, subió las escaleras tratando de no analizar mucho la situación, cuando se encontró frente a la puerta de la morena, sus manos comenzaron a sudar, la verdad no tenía ni idea de lo que le diría, su mente se había quedado en blanco. Se dio media vuelta para marcharse y al segundo siguiente se arrepintió, había llegado muy lejos y no se acobardaría ahora. Girando sobre sus talones se disponía a llamar cuando la puerta se abrió sorprendiéndolo.
- Sr. Leagan – Menciono la mujer sorprendida, mirándolo a los ojos.
- Srta. Scott… vine… para saber cómo se encontraba – Dijo el joven tratando de controlar el nerviosismo que empezaba adueñarse de él.
- ¿Eh? … Bien, ya mucho mejor Sr. Leagan… solo fue un resfriado – Respondió ella sin salir aun de su asombro.
- Me alegra mucho… bueno yo solo pase… solo vine para saber de usted – Expreso mirándola a los ojos.
- No se hubiese molestado… disculpe, no lo he invitado a pasar… a veces no sé donde tengo la cabeza… pase adelante por favor – Menciono ella que no estaba menos nerviosa que él haciendo un ademán.
- No es necesario, usted iba de salida por lo que veo, no quisiera retrasarla – Hablo observando a la chica.
- No era nada importante, solo iba a comprar algunas cosas que faltan en la despensa – Ella se notaba aparentemente calmada, así que el chico se aventuro a entrar. – Tome asiento por favor ¿Desea un café, un jugo, algo de tomar? – Pregunto mientras se encaminaba a la cocina, cerró los ojos y expreso en tono inaudible ¿Qué demonios hace él aquí? – Luego se volvió con una sonrisa.
- No, no se preocupe, estoy perfectamente bien – Contesto mirando a todos lados para evitar ver los ojos de la chica.
- ¿Ya ceno? – Pregunto la mujer para parecer casual. El joven se sorprendió un poco por la pregunta, era evidente que ella trataba de hacer como que no recordaba lo sucedido entre ambos.
- No, aun no he llegado a casa, acabo de salir de la oficina – Respondió intentando seguir el mismo hilo.
- En ese caso, permítame ofrecerle algo de comer, prepare una receta tradicional de mi país, hacia mucho que no la hacía – Dijo dándole la espalda de nuevo al chico y caminando hasta la cocina. Él se levanto y la siguió.
- Srta. Scott, de verdad no es necesario… me apena mucho que usted se tome estas molestias, esta de reposo aun – Menciono quedándose a una distancia prudente de la chica.
- No es ninguna molestia, hice suficiente para diez personas y estoy segura que no lo conoce, necesito la opinión de alguien… no estoy segura del punto… - Ella se detuvo intentando alcanzar un bol que se encontraba en lo alto de los gabinetes.
- En ese caso, permítame al menos ayudarla – Menciono caminando para tomar el utensilio, ella al notar que él se aproximaba, se alejo con rapidez, pero intentando parecer casual.
- Eso siempre lo hacía Christian, me cuesta mucho alcanzarlo, tengo que utilizar una silla, siempre digo que lo voy a colocar mas a mi alcance, pero término olvidándolo – Menciono mientras se acomodaba un mechón de cabello que había escapado de su cola de caballo. Neil se lo extendió con una sonrisa. Ella lo tomo y se dispuso a continuar con lo que la ocupaba, después de unos minutos ambos se encontraban sentados en la mesa.
La joven le coloco un plato lleno de una especie de guiso, con carne y frijoles, tenía un aroma realmente delicioso, el joven no había almorzado, solo un aperitivo, por lo cual su boca se hizo agua con solo observar el platillo, junto a este una porción de pan y otra de una masa con aspecto suave y unas tostadas, hecha aparentemente de maíz, también había colocado un vaso de cerveza bastante fría.
- Debe tomar una pequeña cantidad y colocarla en la tortilla de esta manera – Menciono enseñándole cómo hacerlo – La cantidad debe ser pequeña Sr. Leagan, es un poco picante y no está acostumbrado, es mejor ir de a poco – Agrego con una sonrisa.
Él hizo tal cual ella le explico, se llevo una pequeña porción a la boca y aunque tomo las precauciones, el picante le gano la partida, trago con algo de dificultad, luego busco el vaso con cerveza y casi de un trago ingirió todo el contenido del mismo. Ella lo miro divertida.
- Es fuerte, pero solo lo siente la primera vez, el próximo le resultara más fácil – Dijo mirándolo a los ojos, el joven le dedico una sonrisa pensando – ¿El próximo? Si apenas pude con este, aun así se armo de valor y tomó otro trozo, esta vez más pequeño, tal como ella menciono, este fue más llevable, ella camino a la cocina y trajo dos cervezas más, llenando el vaso del joven de nuevo, regreso a su asiento y continuaron con la cena.
Esta transcurrió en un clima de aparente calma, enfocándose en asuntos relacionados con el trabajo, a momentos se quedaban en silencio, pero la chica se apresuraba a mencionar cualquier asunto sin mucha relevancia, con tal de no darle oportunidad al joven de mencionar lo ocurrido.
- Srta. Scott le agradezco mucho la cena, estuvo deliciosa – Dijo mientras le ayudaba llevando los platos a la cocina, ella caminaba delante de él, ambos evitaban a toda costa estar cerca.
- Me alegra que le haya gustado, es una receta de mi abuela… es una tradición que ha pasado a todas las mujeres de la casa – Menciono en tono casual recibiendo de manos del joven los platos. Neil le dedico una sonrisa y luego camino a una distancia prudente, se sentía un poco mareado por la cerveza, tanto tiempo sin consumir licor, de seguro era eso.
- Srta. Scott, yo… yo quisiera – Se armo de valor para hablar sobre lo sucedió. Ella de seguro lo presintió y cambio de tema rápidamente.
- Ya mañana estaré de regreso en la oficina – Se volvió para mirarlo a los ojos y después camino hasta un gabinete para colocar los platos.
- Me alegra mucho, en verdad… pero yo he venido hasta aquí… para saber cómo seguía y también… quería pedirle disculpas por… - Ella lo interrumpió.
- Sr. Leagan… yo… todo está bien, no tiene que preocuparse por nada – Menciono mirando al piso. Él negaba con la cabeza. – Voy a preparar un poco de café… o gusta algo más, tal vez más ligero. – Agrego caminado de un lugar a otro de la cocina.
- Srta. Scott… por favor – Dijo el muchacho tomándola por el brazo para detenerla – Puede dejar de evadirme – Él la miraba a los ojos – Necesito que escuche lo que tengo que decirle – Ella levanto los ojos y estos se encontraban húmedos, Neil se sintió culpable por la situación, la soltó muy despacio y camino para alejarse un poco.
- Sr. Leagan de verdad, no tiene nada que decir… no debe preocuparse por nada, yo… yo entiendo perfectamente su punto… de verdad – Menciono esquivando la mirada del moreno, este dejo libre un suspiro y comenzó a hablar de nuevo.
- No creo que entienda, las cosas no son… esto no es fácil, creo que para ninguno de los dos, lo único que deseo es que usted sepa, que estoy sinceramente arrepentido, mi actitud no fue la mejor, lo admito… y le prometo que lo sucedido no volverá a pasar… yo la respeto mucho y he llegado a tomarle aprecio, no quisiera que por mi culpa… usted se vea obligada a estar en un ambiente tenso… Srta. Scott… - Menciono caminado de nuevo hacia ella – Siento mucho si la ofendí, no fue mi intensión… se lo aseguro – Agrego obligándola a mirarlo a los ojos.
Ella asintió en silencio, sus ojos estaban a punto de desbordarse, pero reunió fuerzas para no llorar. Él le dedico una sonrisa llena de ternura, ella intento hacer lo mismo pero sin mucho éxito. Neil le extendió la mano y ella la recibió.
- La espero mañana en la oficina, descanse – Dijo mientras caminaba para tomar su abrigo del perchero.
- Allí estaré, usted también descanse, se ve agotado – Menciono ella, dando gracias a su voz por sonar tranquila. Él asintió en silencio y sonriéndole de nuevo, abrió la puerta y salió del lugar.
Vanessa lo vio salir desde el sitio donde se encontraba, camino hasta la puerta, se coloco de espaldas a ella y se dejo rodar hasta el piso, al mismo tiempo que dejaba libre las lágrimas que le inundaban la garganta.
La rubia caminaba observando todo a su alrededor, llego hasta el ala del hospital donde atendían a los niños, con ellos se encontraba una enfermera de unos cincuenta años aproximadamente, a la chica le pareció extraño, pues generalmente son enfermeras jóvenes las encargadas de cuidar a los pequeños, la mujer les leía un cuento y había captado su atención por completo. En ese momento llegaron a ella recuerdos de la Srta. Pony, entendió de inmediato el motivo por el cual ella estaba allí – Una sonrisa se dibujo en el rostro de la rubia, quedándose a una distancia prudente para no distraer a los chicos se dejo atrapar por el cuento que la mujer relataba, aunque era en italiano ella pudo entender algunas de las palabras, en realidad lo que realmente la cautivo fue el tono de voz de la mujer, la dulzura y sentimiento que imprima, era tan hermoso. Deseo tanto tener a sus madres a su lado ¿Cuántas cosas habían cambiado en estos últimos años? ¿Cómo deseaba volver a ser una chiquilla y olvidar todas las penas? Cuando la mujer termino, la joven se acerco hasta ella dedicándole una sonrisa, se presento manejando el poco italiano que hasta ahora había aprendido gracias a Albert y Fransheska, quien gentilmente se había ofrecido a enseñarle.
Ayudo a la mujer a dormir a los pequeños, se quedo comentando algunos de los casos con la anciana, ella había atendido a uno de los grupos que llego de América por lo tanto manejaba un poco el inglés, la rubia lo agradeció sinceramente. Así pasaron varias horas, hasta que Albert pasó a buscarla. Ella prometió regresar al día siguiente y ayudarla con los pequeños, la mujer se despidió con una sonrisa.
De esta manera fueron pasando los días en el Piamonte, los dos jóvenes se dedicaron de lleno a sus actividades dejando a un lado todo lo demás, trabajaban tanto durante el día que cuando llegaban al hotel estaban exhaustos, caían rendidos sin tiempo para pensar. Lamentablemente no todo podía ser color de rosa, se encontraron con algunas personas que de un modo u otro intentaron entorpecer la situación, solicitando parte del dinero destinado al hospital para cubrir campañas políticas, los hermanos se opusieron radicalmente, pero después de una semana y al ver que la presión cada vez era más marcada, no les quedo más que realizar una pequeña "Donación Voluntaria" a los representantes políticos de la localidad. Después de esto, Luciano y otros representantes de las organizaciones que los estaban apoyando, se reunieron con dichos señores, para declarar que los fondos, eran única y exclusivamente para el hospital y la escuela, sin ánimos de ofender a nadie, la política no era una prioridad para las víctimas de la guerra.
Luciano tuvo que regresar a Florencia, no quería dejar a los Andley solos, pero Albert le recordó el acuerdo al cual habían llegado, ellos aceptarían su ayuda, siempre y cuando esto no interfiriese con sus actividades. Así el italiano partió, no sin antes encomendar a los chicos a hombres de su entera confianza.
Elisa miraba el reloj constantemente, a pesar de que no sentía nada por Frank no podía evitar preocuparse ya tenía más de una hora de retraso, llamo varias veces a la oficina y nadie atendió por lo que supuso que ya no estaba ahí, sentía miedo que algo pudiera pasarle no estaba preparada para quedarse sola y más que por ella era por Frederick, la angustia la embargaba, pensaba que podría haberle pasado, no era normal, era primera vez, además más de una vez su esposo le dejaba ver su temor ya que dentro de tan grandes negocios siempre hay enemigos aunque él fuera una persona pacifica, se los ganaba sin saber, la envidia y la competencia mandaban dentro del mercado, por su cabeza paso hasta el secuestro, a pesar de que tenia los guardaespaldas, estas personas sin escrúpulos se las ingeniaban para lograr su cometido, sin importar matar a quien se interponga, para ella sería un alivio poder deshacerse de una buena vez del viejo, pero como le explicaría a su hijo si algo llegara a pasarle.
Ella caminaba de un lado a otro abrazándose, le pidió a Dennis que se hiciera cargo de Frederick cuando ya tenía media hora de retraso, por lo que la joven se lo llevo al cuarto de juegos, mientras ella trataba por todos los medios no decirle a Paul para ir en busca de Frank pues después de todo tenía que mantener la calma.
Jules decidió salir de su habitación pues se le hacía raro que Frank no lo hubiera mandando a llamar para la cena, bajando las escaleras vio a Elisa parada observando a través de uno de los ventanales, esta actitud en la joven le dijo que algo no estaba bien.
- Buenas noches. – Saludo acercándose un poco.
- Buenas noches señor Leblanc.- Respondió sin desviar la mirada del ventanal.
- Le sucede algo señora, le noto nerviosa.
- Si…señor es que Frank aun no ha llegado y es muy raro él nunca se ha retrasado más de quince minutos, y ya tiene una hora diez minutos. - Viendo el reloj de nuevo para constatar el tiempo. – Y estoy sumamente preocupada, temo que le pueda haber pasado algo.
- ¿Por qué no me aviso antes? – Pregunto el joven contagiándose con el estado de ánimo de Elisa.
- No quería preocuparle señor. – Respondió bajando la mirada.
- Bueno no se preocupe. – Al tiempo que subía las escaleras para dirigirse a su habitación, bajando a los dos minutos, con una chaqueta y colocándose unos guantes negros de cuero, se encamino hasta el despacho tomo las llave de uno de los vehículos y paso al lado de Elisa.
- ¿A dónde va? – Pregunto algo aturdida.
- A buscarlo señora. – Contesto con la mano en la cerradura de la puerta principal.
- Pero no sabemos donde pueda estar, ya he llamado a la oficina y nadie contesta, ¿Dónde piensa buscarlo?
- Iré hasta la compañía preguntare al personal de seguridad, ellos me dirán si ya salió y a qué hora, si salió solo o estará en una cena de negocios.
- No…no en una cena de negocios no está, él me hubiese avisado, seguro llamaría antes si tiene algún compromiso.
- De todas maneras no pierdo nada con intentarlo, usted quédese y trate de calmarse.
Él salió y Elisa detrás de él, entro al automóvil y lo encendió, ella se acerco hasta él y le tendió la mano por la ventana, este la recibió.
- Por favor señor tenga cuidado. – Le suplico la joven depositándole un beso en la mano cubierta por el guante.
- Seguro señora, ahora entre hace frio y se puede refriar.
Arranco saliendo a toda prisa por el camino de piedra, el recorrido de cuarenta minutos, Jules lo hizo en veinticinco, llego a la compañía y efectivamente el señor había salido a su hora de siempre, no iba nadie más con él que no fuera su chofer y sus cuatros guardaespaldas, el jefe de seguridad le ofreció su ayuda para dar noticia a la policía, pero Jules alego que no era necesario, tal vez estaría por ahí, solo llevaba dos horas desaparecido y de seguro no tomarían en cuenta si no después de veinticuatro.
Decidió recorrer el centro de Chicago lo que más le preocupaba es que eran casi las nueve de la noche necesitaba agotar todos los recursos a ver si estaba por ahí o por lo menos veía gente sospechosa, llevaba más de veinte minutos, paso lentamente frente a una joyería cuando vio el automóvil, y fuera de esta los guardaespaldas del señor, detuvo el auto y se bajo rápidamente iba a entrar cuando los guardaespaldas no se lo permitieron, pero al reconocerlo lo dejaron pasar.
- Señor… señor, Gracias a Dios se encuentra bien. – Dijo Jules acercándose hasta él.
- ¿Jules que haces acá muchacho? – Pregunto Wells asombrado.
- Señor es que en la casa están muy preocupados por usted, como no dijo nada. - respondía dirigiendo la vista hacia la vitrina.
- Siento tener que causar estas molestias pero es que quería darle la sorpresa a mi esposa. – En ese instante llego una mujer con una caja de terciopelo negro con una sonrisa le dijo.
- Aquí tiene señor…disculpe la demora, sabe como son estos trámites. – Frank la tomo con una sonrisa y se dirigió a Jules abriendo la caja.
Lo que Jules vio lo dejo sin aliento y trago en seco era el par de pendientes de diamantes más grandes y hermosos que había visto.
- ¿Qué te parecen Jules? Son traídos directamente de África y he pedido que este corte quede registrado como "Elisa imperio" eso si alguien desea llevar el mismo corte, el tamaño es único nadie podrá tener uno de tamaño igual o más grande, solo podrán ser más pequeños…ya ves lo que paso, es que el tramite es un poco engorroso por eso demore más de la cuenta.
- Son realmente hermosos, la señora quedara encantada.- Dijo el joven admirando los diamantes. - Nunca podre regalar algo así. - Pensaba el joven.
- Isabella muchas gracias por todo. – Dijo Frank para despedirse.
- De nada señor es un placer poder servirle. – Respondió la joven con una sonrisa.
Frank y Jules se encaminaron a la salida, claro que es un placer, con una venta millonaria, tiene que ser un placer, si es por ellos ya tienen un mes de venta. – Pensaba Jules ya en la puerta miro de nuevo a la joven, que para su sorpresa esta lo estaba observando y sin ningún recato le guiño un ojo. El solo le dedico media sonrisa.
- ¿Que será este bombón de Wells? tiene que ser algún familiar, ese acento francés tan sexy…todo él es sumamente…provocativo. - La joven no le quito la vista de encima hasta que se subieron a los automóviles y partieron.
Al escuchar el sonido de los automóviles, Elisa se acerco corriendo a la puerta, gracias al cielo eran ellos, Jules lo había encontrado.
- Buenas noches amor. – Dijo Frank con una sonrisa y acercándose hasta ella para darle un beso, el cual esquivo. – Mi vida se que tienes que estar molesta.
- Si Frank estoy molesta ¿Tienes idea de lo preocupada que estaba? ¿Sabes cómo me sentía sin saber de ti? – En ese momento Jules pasó al lado de ambos.
- ¿Jules a dónde vas? – Pregunto Frank-
- Voy a cambiarme, además creo que necesitan un poco de privacidad. – Respondió el joven dejándole una mirada cómplice a Frank y subió las escaleras.
- Eres un inconsciente Frank, no pudiste llamar y decirme que tardarías un poco, al menos.
- Sé amor…sé que tienes razón pero no esperaba tardar tanto. – Frank hablaba tratando de solventar un poco.
- ¿Tardar tanto en qué? – Pregunto aun molesta. Frank saco el certificado y se lo extendió, ella lo tomo desdoblándolo para leer. – Veo, hay un diamante con mi nombre ¿Qué hay con eso? no creo que sea la única Elisa, no es algo nuevo Frank. – Él saco la caja de terciopelo y la abrió.
- Para mi si eres la única, eres mi Elisa…y este diamante es tuyo, lo mande a certificar con tu nombre es traído directamente de África, para ti mi vida, habrán otros pero ninguno del mismo tamaño, además todos lo que tengan este corte llevaran un Elisa imperio. – Los ojos de Frank brillaban ante cada palabra.
Elisa no coordinaba ante semejante belleza y sorpresa, era magnifico por lo que se acerco a su esposo pasando su brazos por el cuello y él le cerró la cintura con sus brazos. Ella lo miro a los ojos y solo pudo decir. -"Gracias" – Para luego darle un beso en los labios a su esposo, uno tierno, apenas roces como ella estaba acostumbrada, pero él esta vez reclamaba un poco más, acariciando con su lengua los labios de la joven para que esta le permitiera entrar. Ella con los ojos cerrados, no esperaba esto, pero le tocaba hacerlo, por lo que le permitió la entrada a un beso más profundo, su estomago no le admitía permanecer mucho tiempo, por más que intentara pensar en otra cosa, no podía, se alejo un poco haciendo de cuenta que necesitaba un poco de aire, él se lo permitió por medio minuto mientras la miraba a los ojos y volvió a apoderarse de la boca de la joven, esta vez duro un poco más, luego ella se alejo nuevamente dejándolo aun con los ojos cerrados.
- No tienes hambre, aunque ya la cena debe estar fría. – Tratando de salir de esa situación embarazosa, con una media sonrisa.
- En realidad amor, apetito no tengo, prefiero que subamos a nuestra habitación.- Le susurro al oído mientras la abrazaba nuevamente.
- Uhm… pero yo si tengo un apetito voraz, si quieres te adelantas mientras yo pruebo bocado. – Le dijo la joven soltándose del abrazo y dándole un palmada en el hombro para encaminarse a la cocina, cuando llevaba un par de paso la halo por el brazo atrayéndola de nuevo dándole otro beso en los labios le dijo.
- No tardes. – Ella solo asintió en silencio. Él subió a la habitación y ella se dirigió a la cocina estando ahí mando a preparar una ensalada de fruta y pidió que se la llevaran a la terraza.
Ya en la terraza con la ensalada de fruta probando frutas que masticaba lentamente y por más tiempo del normal, admiraba la caja la cual se encontraba abierta, para poder apreciar los pendientes, realmente eran hermosos, pero para ella no valían el esfuerzo que tenía que hacer, por más que pusiera todo su empeño en no sentirse de esa manera no podía, sencillamente no podía acostumbrarse a entregarse a Frank, él sabía perfectamente que ella posponía lo mas que podía la intimidad, por eso aparecía con estos obsequios, sabía que así no tenia excusas para cumplir con su papel de mujer, estaba ahí llenándose de valor, practicando en su mente, los besos, las palabras, las sonrisas, las caricias, hasta los gemidos.
- Son una verdadera obra de arte. – Hablo Jules sacándola de sus pensamientos desde el umbral.
- Si son preciosos. – Respondió distraídamente. –Gracias señor.
- De nada. – Respondió llevándose las manos a los bolsillos del pantalón, dedicándole una sonrisa y encaminándose al comedor.
Ella se puso de pie tomo el estuche y con el peso que tenía que llevar a cuesta en cuerpo y alma, subió a su habitación.
"No puedo más Frank no puedo con esto, no te soporto, me das asco, tus besos, tus caricias, eres un viejo, ¿Qué no te das cuenta? lo mejor que puedes hacer es morirte, solo me ves como una prostituta cara a la que le exiges sexo por joyas, sabes bien que me obligaron a casarme, y tú lo único que sabes es hacerte el estúpido, no sabes cómo te odio…te odio maldito viejo, infeliz, si llora…llora pero no creas que todo esto que te digo se compara al infierno que ha sido mi vida estos dos años. – Elisa se levanto sobresaltada. – Era una pesadilla, sí que lo era.
Respiro profundamente se llevo las manos a la cara, deslizándola por su cabellos dirigió la mirada al reloj de la mesa de noche, eran las ocho y quince de la mañana, salió de la cama aun desnuda, se encamino hasta tomar la bata rosa pastel en satén que hacia juego con su dormilona se la ato a la cintura mirándose en el espejo tomo una coleta y se recogió el cabello haciéndose un moño de tomate, Estudio su rostro largamente en el espejo, perdiéndose en la imagen, dejando su mente en blanco, al salir del estado en el que estaba, se puso de pie, se encamino hasta los inmensos ventanales y corrió las cortinas, abriendo las puertas que daban salida al balcón, salió y la sensación del frio en la planta de sus pies era sumamente agradable, se acerco hasta el balaustre apoyando sus ante brazos y cruzando sus manos, aspirando el aire fresco de la mañana, para después dejarlo salir con un suspiro, su mirada se perdía en el horizonte, dirigió la vista a un lado captando al huésped que venía de algún lugar del jardín, ella lo saludo con una sonrisa y alzando la mano a modo de saludo.
Él dudo por un segundo después con un una sonrisa e imitando el gesto, la saludo con un sonrojo en la cara, que ella de momento se lo adjudico a la caminata, bajo la cabeza y paso de largo, después de ser consciente de su facha abrió los ojos desmesuradamente y salió corriendo a su habitación, se paro frente al espejo y se dijo:
- ¡Oh por Dios qué vergüenza! – Llevándose una mano a la frente y dejando salir una sonrisa. – Que pensara el señor, no quiero imaginar lo que vio. – Cruzando los brazos sobre su pecho, se encamino al baño dejo caer la bata a sus pies y se introdujo en la tina.
Jules subió directamente a su habitación, lanzando sobre la cama el cuaderno de dibujo, pasando casi de largo al baño, desabotonando los primeros botones de su camisa, metió las manos debajo del chorro de agua del lavamanos se las llevo a la cara, por sus venas no corría sangre, eso era lava, sentía hervir su cuerpo y el color de sus ojos se había intensificado, al recordar a Elisa en esa facha.
Me voy a volver loco, Dios como la deseo, y lo peor es que no me ayuda en nada, esto es una tortura, es el infierno, pero me gusta…como me gusta. – El joven fue sacado de sus pensamientos por un toque a su puerta, que hizo que se le acelerara la respiración nuevamente, tomo una toalla y se seco la cara encaminándose a abrirla, con la toalla aun en mano.
- Buenos días señor Leblanc, vine a ver si se le ofrece algo. – Saludo Flavia llevando la vista al pecho del joven, dedicándole una mirada picara.
- Buenos días Flavia no…no se me ofrece nada de momento, gracias. – Respondió el joven abotonándose la camisa.
- Bueno entonces me retiro, pero recuerde que cualquier cosa que se le ofrezca estoy a su completa disposición. – Respondió acariciándose el cuello.
- Está bien Flavia de nuevo gracias. – Alzando la comisura derecha y dejando ver ese hoyuelo que se le marcaba perfectamente y que enloquecería a cualquier mujer.
Después de veinte días en el Piamonte, los Andley regresaban a Florencia, estaban satisfechos por los resultados obtenidos en este lugar, aunque quedaron muchas cosas pendientes, prefirieron esperar un poco para viajar hasta otras de las ciudades en frontera con Francia, también porque el joven rubio recibió un telegrama de George donde le informaba que Ángela estaba por llegar, el hombre no se equivoco, en cuanto los hermanos pusieron un pie en la Casa Renai la primera en recibirlos fue la morena.
- Bienvenidos – Menciono con una sonrisa que iluminaba su mirada.
Candy bajo del auto casi corriendo y se abrazo a la chica con gran emoción. Albert vio el cuadro y se sintió feliz de tener a alguien conocido cerca de ellos, sobre todo por la chica.
- ¡Ángela! Estoy tan feliz de que estés aquí, no te imaginas cuanto te extrañe – Dijo con una sonrisa sincera.
- Yo también la extrañe mucho, Srta. Candice – Respondió esta por encontrarse en presencia del Sr. William.
- Por favor, ninguna Srta. Andley, aquí no estamos en la casa – Contesto sin perder el buen humor. La morena miro de reojo al rubio dándole a entender a la chica que no podía, ella entendió de inmediato. – Si lo dices por Albert, pierde cuidado, sabe que no me gustan todas esas normas de protocolo y menos con una amiga – Agrego con una sonrisa que iluminaba su mirada.
- Candy tiene toda la razón Ángela, así que no mas señor, ni señorita, desde este momento solo seremos Candy y Albert – Menciono el rubio apoyando a la chica y dedicándole una sonrisa a la morena. Ella asintió en silencio y los tres caminaron al interior de la casa.
Las dos mujeres subieron a la habitación de la rubia, Albert también fue hasta la suya para descansar un poco, tenía pensado ir más tarde a saludar al Sr. Di Carlo y ponerlo al tanto de los avances de los últimos días. La morena ayudo a la chica a desempacar, no viajaba con mucho equipaje por lo cual terminaron pronto.
- ¿Candy como has estado? Se te ve alegre, llena de energía… llena de luz – Menciono observando el rostro de la chica.
- He estado muy bien Ángela, he visto tantos lugares, no te imaginas cuantos sitios hermosos hemos visitado, la gente es tan amable, deje mucho amigos en los hospitales y las escuelas que visitamos, hasta estoy aprendiendo italiano. – Menciono con una sonrisa que iluminaba su mirada.
- Me alegra muchísimo que este viaje te este haciendo tanto bien, te extrañaba tanto – Dijo dándole un abrazo – En realidad todos en la casa los extrañan las cosas no son iguales sin ti, por ejemplo la Sra. Annie pasa a visitarnos y siempre nos menciona las ganas que tiene de verte, también el Sr. Archie, deberías ver a la pequeña Keisy, esta hermosa y muy grande, ya camina y habla, solo algunas palabras, pero sus padres están muy felices – La mujer hablaba con evidente entusiasmo.
- Tienes que contarme todo Ángela, quiero saber cómo están las cosas en América, el tiempo aquí es una locura, a veces siento que vuela y otras que se estanca… debe ser… en fin después te cuento, ahora quiero saber más de mi gente.
De esta forma pasaron varias horas, la morena le conto casi con detalle todo lo sucedido desde que ellos dejaron América, la casa se sentía muy sola sin ellos, la Sra. Elroy aun seguía en Escocia, así que no habían muchas novedades. La rubia por su parte le conto su encuentro con la Tía Beatriz, una mujer encantadora, su visita a Londres, donde Albert la llevo a visitar lugares muy lindos, su visita a Francia. Este detalle le intereso mucho a la mujer, pero al escuchar que no lograron ver a Gerard, sus ilusiones se vinieron abajo. Lo que más llamo su atención fue la descripción de la chica de Venecia, los carnavales, los bailes. Candy se puso un poco tensa al mencionar esta ciudad, su semblante se hizo más serio, Ángela lo noto de inmediato, aunque ella trato de disimularlo.
Albert había llegado a eso de la cuatro de la tarde a la casa Di Carlo, fue recibido por el ama de llaves quien le informo que los señores no se encontraban en casa, solo estaba la Srta. Fransheska. Él dudo un poco quedarse, en eso vio a través de unos de los ventanales y pudo ver a la chica en medio de los rosales.
- Si desea puede pasar a la terraza y esperar a los señores, la Srta. Con gusto lo atenderá.
- Me parece perfecto, pero por favor no la moleste, yo me quedare aquí – Contesto el rubio enfocando su mirada de nuevo en la anciana.
- Como guste Sr. Andley ¿Desea algo de tomar? – Inquirió viendo como el hombre volvía su mirada de nuevo a la chica.
- No, no se preocupe estoy perfectamente, gracias – Contesto con una sonrisa. La mujer lo guio hasta la terraza y después se alejo.
Albert se quedo observando a la joven entre las rosas, ella caminaba observado cada una de estas, las toca y… ¿Les hablaba? – Una sonrisa se dibujo en su rostro. Ella se veía tan hermosa, sus cabellos castaños se mecían suavemente al compás de la brisa, los llevaba sueltos, el vestido blanco le daba un toque angelical, parecía flotar entre los rosales en lugar de caminar. Se levanto sin siquiera saber a ciencia cierta que haría y fue en su dirección.
La joven se encontraba tan absorta en sus pensamientos que no se percato de la presencia del rubio, camino hasta llegar a un claro en medio del jardín, junto a una hermosa fuente adornada con una réplica de la escultura de Antonio Canova "Amor y psique" entonaba una hermosa canción en italiano, su voz era tan hermosa como ella, las suaves melodías salían de su garganta sin el menor esfuerzo.
Él la observaba a través de los rosales, completamente embelesado, la voz de la chica lo tenía cautivado, la letra de la canción era hermosa, ella parecía una princesa en medio de aquel lugar, un hada, un ángel – Tomó con cuidado una bella rosa blanca, realmente bella, pero insulsa comparada con la joven frente a su ojos.
- Estas rosas deben morirse de envidia, cada vez que usted viene al jardín – Menciono el hombre con una sonrisa.
Ella se sorprendió, no se imagino que él estuviese en la casa, se quedo muda perdiéndose en los ojos azul cielo. Albert le extendió la rosa y su sonrisa ahora iluminaba su mirada. La chica seguía sin saber qué hacer, hasta que al fin reacciono, tomó la flor e intento colocarse de pie. Él noto su intención así que le ofreció la mano para ayudarla.
- Muchas gracias, creía que aun seguía en el Piamonte – Menciono con una sonrisa, luchando por controlar sus emociones.
- Llegamos esta mañana y vine a saludar a su padre, pero no ha llegado aun – Dijo mientras miraba de nuevo a la casa.
- No debe tardar… ¿Cómo les fue? – Pregunto intentando entablar una conversación casual.
- Muy bien, logramos muchos avances, regresamos a atender unos asuntos aquí, pensamos viajar en un par de días - Respondió mirando los ojos grises.
- ¿Tan pronto? – Menciono sin logra evitarlo, de inmediato agrego algo más – Lo digo porque el viaje desde el Piamonte es muy agotador, seguramente deben estar cansados – De nuevo los nerviosos se apoderaron de ella.
- Debemos viajar hasta Londres, Candy desea visitar al Duque Grandchester – Contesto con una sonrisa. Ella era tan adorable, sus ojos, su piel, sus labios, su cabello; todo en esta chica le gustaba… le gustaba mucho.
- Entiendo, sabe en una ocasión el Duque Grandchester visito la escuela donde estudie, al parecer se encontraba en compañía de su hijo… su hijo mayor, el amigo de Candice, el joven tomaría unos cursos de verano o algo así – Menciono ella en tono despreocupado.
- ¿Usted conoció a Terruce? – Inquirió el rubio con marcado interés.
- No, no tuve la oportunidad… en cuanto llegaban las vacaciones mis padres enviaban por mí, los pasaba aquí en Florencia o en Venecia o en cualquier otro lugar, pero siempre junto a ellos y a Fabrizio, era la única ocasión que teníamos para estar juntos, mi padre pasaba mucho tiempo viajando. – Menciono ella con naturalidad.
El joven asintió en silencio, después de eso escucharon el motor de un auto y supieron de inmediato que el señor de la casa había llegado, emprendieron el camino de regreso a esta, pero ella se detuvo.
- He dejado algo en el jardín, por favor continué, de seguro ya le informaron a mi padre que usted lo espera. – Dijo con una sonrisa.
- Puedo esperarla, no tengo prisa – Respondió Albert observando en detalle el rostro de la joven.
- No es necesario, de seguro tiene muchas cosas que contarle a mi padre, nos vemos en un rato – Menciono dándose la vuelta.
- Nos vemos, hasta luego – Contesto el rubio sin apartar la vista de la joven. Ella se volvió para mirarlo.
- Muchas gracias por la rosa – Menciono dedicándose una sonrisa que hizo que el corazón del joven se disparara.
- No debe agradecer, es usted mucho más hermosa que todas las rosas de este lugar – Ella lo deslumbro de nuevo, su sonrisa ahora iluminaba los encantadores ojos grises. – Solo espero que su madre no note la falta – Dijo llevándose la mano a la nuca.
- No lo hará… yo… yo me encargare de ello – Menciono guiñándole un ojo, le dedico otra sonrisa de esas que lo desarmaban y se encamino de nuevo. Albert se quedo parado observándola hasta que cruzo en dirección a la fuente, no sin antes mirarlo otra vez.
- Sr. Andley – Escucho la voz de Luciano que lo llamaba desde la casa. Dejo salir un suspiro de su pecho, cerró los ojos y se encamino a la mansión. Junto al hombre se encontraba su hijo quien lo veía con cierto brillo en los ojos.
- Buenas tardes Sr. Andley - Lo saludo el joven, con una sonrisa muy parecida a las del rebelde del San Pablo.
- Buenas tardes – Respondió el rubio extendiéndole la mano, este la recibió con un fuerte apretón, sin apartar la mirada de sus ojos.
- Albert pasa por favor ¿Cuándo llegaron? – Menciono Luciano, al tiempo que palmeaba la espalda del americano y lo encaminaba al interior de la casa.
Fabrizio se quedo sentado con la vista en el rosal, sabía perfectamente que su hermana seguía allí, solo se ocultaba de él, de seguro lo descubrió cuando se encaminaba hacia la casa. – Fransheska… Fransheska, te veo muy entusiasmada con este hombre, bueno… la verdad no me molesta, existe algo en él que me inspira confianza, se ve sensato, honesto… solo espero que esto no te haga sufrir… ellos están de paso… tarde o temprano volverán a su país… sería muy triste que te hicieras ilusiones con él hermanita… podrías terminar lamentándolo. – Se decía el joven en pensamientos con la mirada perdida en el horizonte.
Yo quisiera salvar esa distancia
ese abismo fatal que nos divide,
y embriagarme de amor con la fragancia
mística y pura que tu ser despide.Yo quisiera ser uno de los lazos
con que decoras tus radiantes sienes;
yo quisiera en el cielo de tus brazos
beber la gloria que en los labios tienes.Yo quisiera ser agua y que en mis olas,
que en mis olas vinieras a bañarte,
para poder, como lo sueño a solas,
¡a un mismo tiempo por doquier besarte!Yo quisiera ser lino y en tu lecho,
allá en la sombra, con ardor cubrirte,
temblar con los temblores de tu pecho
¡y morir de placer al comprimirte!¡Oh, yo quisiera mucho más! ¡Quisiera
llevarte en mí como la nube al fuego,
mas no como la nube en su carrera
para estallar y separarse luego!Yo quisiera en mí mismo confundirte,
confundirte en mí mismo y entrañarte;
yo quisiera en perfume convertirte,
¡convertirte en perfume y aspirarte!¡Aspirarte en un soplo como esencia,
y unir a mis latidos tus latidos,
y unir a mi existencia tu existencia,
y unir a mis sentidos tus sentidos!¡Aspirarte en un soplo del ambiente,
y así verte sobre mi vida en calma,
toda la llama de tu pecho ardiente
y todo el éter del azul de tu alma!Aspirarte, mujer... De ti llamarme,
y en ciego, y sordo, y mudo constituirme,
y en ciego, y sordo, y mudo consagrarme
al deleite supremo de sentirte
¡y a la dicha suprema de adorarte!Deseo. Salvador Díaz Mirón
CONTINUARA...
