Capítulo 28: Rodolphus Lestrange

POV Autora

Draco maldijo su suerte una vez más mientras entraba por segunda vez a las Empresas Granger.

«Te daré lo que quieras». Esa oración aún se repetía una y otra vez en su cabeza. Debía reconocer que ese ofrecimiento lo sorprendió. ¿En verdad ella le daría lo que él quería? Lo dudaba.

La imagen de ella desnuda bajo la ducha volvió a aparecer en su mente. Y lo primero que pensó después de escuchar ese ofrecimiento fue tenerla a ella desnuda, bajo su cuerpo, gimiendo de placer por cada una de sus embestidas. Y esa imagen lo conmocionó; negó con la cabeza sacándose esos pensamientos. Ella era una muggle por Merlín. Y él no debería tener esos pensamientos con ella. Era indebido.

Así que lo único que hizo para calmar sus deseos fue besarla. Ella no le respondió, pero no se alejó de él, incluso cuando ella abrió su boca, él aprovecho para introducir su lengua; y probo su sabor. ¡Y demonios! Ella sabía a chocolate. A él nunca le había gustado mucho el chocolate, pero saborearlo de su boca le hizo desear más.

Cuando se separó de ella, ninguno de los dijo nada. Pero unos segundos después ella abandono la sala de lectura. Y él le ordeno a uno de los elfos domésticos que le llevaran un whisky de fuego, y después del primero llego el segundo y tercero. Y para cuando entró a su habitación, todo estaba a oscuras y su esposa dormía plácidamente en el lado de la cama.

Y por supuesto esa noche tampoco pudo dormir, el perfume de su esposa no se lo permitía. Gruñó, y dio vueltas toda la noche.

—Buenos días, señor Malfoy —lo saludó Jessica, la recepcionista.

Draco la miró y puso una fingida sonrisa en sus labios.

Jessica le devolvió la sonrisa, deslumbrada por el porte tan varonil del rubio.

—Buenos días —respondió Draco.

Luego la recepcionista se quedó mirando al hombre que estaba a su costado.

—Joss Foster, soy el guardaespaldas del señor Malfoy —le informó a la recepcionista, ya que él también se había dado cuento de su mirada insistente. Y eso que no usaban sus ropas de mago.

Jessica asintió, aunque le pareció extraño.

—El señor Anderson lo espera en su despacho —le informó Jessica a Draco sin apartar sus ojos del rubio.

Draco apretó sus puños y volvió a maldecir internamente.

—¿Y dónde está su despacho? —preguntó.

Jessica volvió a sonreír, y Draco odio esa tonta sonrisa, casi le hacía recordar sus tiempos en Hogwarts, cuando las chicas de su casa, de la casa de Hufflepuff, Ravenclaw e incluso algunas de la casa de Gryffindor le sonreían de esa manera.

Respiró profundo para no soltar uno de sus clásicos insultos.

—Noveno piso, la última puerta del pasillo.

Draco asintió aliviado de alejarse de Jessica. Caminó hacia el ascensor, seguido de su guardaespaldas, entró y cuando las puertas se cerraron, presionó el número 9. Suerte de que no hubieran subido otros muggles junto con él, apenas y podía soportar a Foster.

Minutos después las puertas del ascensor se abrieron y Draco hizo un gesto de molestia, tener una reunión —aunque sea muy corta— con el viejo Anderson no le gustaba nada, y mucho menos estaba de humor para soportar sus reclamos y sus consejos. Consejos que él nunca pidió.

Caminó hacía un pequeño escritorio, donde se encontraba una joven —quien lo miró de la misma manera que Jessica. Rodó los ojos fastidiado—. No quería hablar con ella, pero lamentablemente se le había olvidado donde estaba el despacho del odioso muggle.

—Buenos días —dijo Draco, con voz aristocrática.

La chica levantó la cabeza y al observarlo hiperventilo.

—Buenos días, señor. Perdón. Buenos días, señores —contestó la secretaria varios minutos después.

Draco resopló fastidiado. Pero en el fondo se sentía orgulloso de las reacciones que podía causar en las mujeres, sin siquiera proponérselo. Y su alto ego creció aún más.

—¿El despacho de Anderson? —preguntó, sin mirarla.

Cinco minutos después la secretaria respondió.

—Al final del pasillo.

Draco asintió con la cabeza. Y caminó hacía donde le habían indicado. Pensó en entrar sin llamar a la puerta, pero se retractó, él era un Malfoy, y los Malfoy tenían más educación que esos muggles.

—Espérame aquí —le dijo al auror. El cual asintió con la cabeza.

Así que tocó dos veces a la negra puerta de madera.

—Adelante —él escuchó la voz de Anderson, y volvió a hacer un gesto de molestia. Detestaba al hombre de barriga prominente, pero más detestaba su voz.

Tomó la manija y abrió la puerta.

—Ah, Malfoy —dijo Anderson con seriedad cuando fijo su vista hacia la puerta, se quitó las gafas y lo observó de frente.

Draco respiró profundo para evitar lanzarle un hechizo a aquel muggle insolente.

¿Cómo se atrevía a tratarlo de esa manera tan petulante?, se preguntó el rubio.

—Anderson —siseó Draco entrando al despacho del hombre mayor y cerrando la puerta de una manera no muy amable—. Que disgusto verte de nuevo.

El aludido se paró de su reconfortante silla y apoyó sus manos en su escritorio.

—Escucha, muchacho —dijo señalándolo con el dedo—; para mí tampoco es un placer verte de nuevo, pero dadas las circunstancias, no me queda de otra. Necesito tu firma en unos documentos muy importantes.

Draco sonrió con arrogancia.

—Bien, terminemos con esto de una vez —dijo Draco.

Anderson rodeó su escritorio, y caminó hacia la puerta.

—Vamos —dijo Anderson con una voz suave e impaciente que Draco se quedó parado mirándolo unos segundos, ya que ese tono de voz le recordó tanto al que Snape usaba para dirigirse a Potter—. Malfoy, ¿me escuchaste?

—No estoy sordo —siseó Draco y salió por la puerta que ya había abierto Anderson—. ¿Adónde vamos? —preguntó cuándo el hombre mayor se colocó a su costado.

—A la oficina principal que perteneció a Héctor Granger, después a Ferdinand Granger… —suspiró—, y ahora te pertenece a ti.

Draco frunció el ceño. Entendía que ese tal Héctor había sido el abuelo de las Granger, y ese Ferdinand había sido el padre de las mimas —su suegro—, pero ¿cómo que ahora esa oficina era su oficina?

—¿Qué dijiste? —preguntó.

Anderson se dirigió al ascensor, pero se detuvo cuando vio a Foster colocarse al costado de Draco.

Draco frunció el ceño, ¿cómo era posible que ese muggle lo ignorara? En un par de zancadas estuvo a su lado seguido del auror.

—¿Qué sucede? —preguntó Anderson.

—Es mi guardaespaldas —dijo Draco con cierta burla.

—¿Guardaespaldas? ¿Por qué necesitas un guardaespaldas? ¿En qué estas metido? —lo interrogó.

—El señor Malfoy no está metido en nada —respondió el auror—. Si me tiene a sus servicios es solo por seguridad. Uno nunca sabe cuándo puede ser víctima de un secuestro.

Anderson detallo al auror. No parecía ser una mala persona, y su respuesta tenía mucha lógica. Así que termino asintiendo.

Anderson presiono un botón para que las puertas se abrieran.

Las puertas del ascensor se abrieron y Anderson entró seguido un Draco muy enfadado, y el auror también entro al ascensor con ellos. Nadie habló hasta que nuevamente las puertas del ascensor se abrieron en el décimo piso. Salieron del ascensor y caminaron un par de pasos.

Pero Foster se detuvo, sabiendo que no era necesario entrar con Malfoy, ya que ese era el mundo muggle podía dejar de ser su sombra permanente.

Anderson abrió una nueva puerta de madera.

—Tu oficina —dijo Anderson, dejándolo pasar primero.

—¿Cómo que mi oficina? —cuestionó Draco de mal talante.

—Pues precisamente eso, muchacho. Esta es tu oficina —señaló toda la amplia oficina. Draco se sorprendió, pero no lo demostró, ya que esa oficina, parecía más amplia que la oficina que tenía en las empresas Malfoy—. Puedes decorarla a tu gusto.

—¿Y Granger? —preguntó Draco mirando cada detalle de su nueva oficina.

—¿Perdón? —dijo Anderson.

Draco rodó los ojos.

—Mi cuñada sabe de esto.

—Sí, porque no lo sabría —respondió Anderson con fastidio, él no estaba de acuerdo con eso—, ella misma te asignó esta oficina.

—¿Por qué? —preguntó Draco mirando al hombre con sospecha.

—Si hubieras respondido a mis llamadas de hace unos días lo sabrías —gruñó Anderson.

Draco le dirigió una de sus peores miradas, pero como la primera vez que se vieron, Anderson no se inmuto, y le sostuvo la mirada.

—Yo tengo mis propios negocios.

Anderson suspiró.

—Hermione le cedió un veinte por ciento de su herencia a su hermana. Ahora la pequeña Alex es dueña del setenta por ciento mientras que Hermione del treinta por ciento restante. Lo que la hace a Alex la socia mayoritaria. Lo que te hace a ti, el socio mayoritario —la voz de Anderson era inconforme.

Draco se sorprendió por la información, y se preguntó porque la ex Gryffindor le cedería parte de su herencia a su hermana. ¿Acaso seria porque su hermana era muggle? ¿Por qué la quería demasiado? ¿Por qué era muy desinteresada? ¿O por qué…?

—Malfoy —lo llamó Anderson, sacándolo de sus pensamientos.

El aludido se volvió para mirarlo.

—¿Qué? —murmuró de mal humor.

—Tienes que firmar los documentos que Hermione redacto sobre el traspaso de acciones, ya que al ser la albacea legítima de Alexandra, pues entonces…

—Comprendo —dijo Draco interrumpiendo la diatriba.

—Bien —gruñó Anderson—, los documentos están sobre tu escritorio.

Draco se acercó a su nuevo escritorio y se sentó en su reconfortante silla giratoria, y sobre el escritorio encontró una carpeta de cuero negro. Lo abrió y allí estaba el documento que había redactado Hermione.

Empezó a leer el documento, ignorando cuando Anderson se sentó frente a su escritorio.

—¿Todo en orden? —cuestionó Anderson varios minutos después.

—Sí, la sabelotodo siempre será una sabelotodo —respondió Draco sin mirar a su acompañante.

—¿Sabelotodo? —repitió Anderson.

—Mi adorable cuñada —dijo con sarcasmo.

Anderson frunció el ceño.

—Deberías tenerle más respeto a Hermione, es la hermana de tu esposa —lo regañó.

—Ella y yo nunca nos hemos llevado bien, desde la escuela hemos sido rivales.

Por no decir enemigos, pensó Draco.

—¿Se conocen desde la escuela? —preguntó un sorprendido Anderson.

—¿Acaso no me escuchaste? —replicó Malfoy.

—Tu actitud engreída está sobrepasando mis limites, Malfoy —dijo seriamente Anderson a la vez que colocaba con fuerza su mano regordeta sobre el escritorio. Draco levantó la mirada y sonrió arrogantemente, sin importarle lo que decía el muggle—. No sé cómo una niña tan buena, dulce y sensible como Alex se pudo casar contigo. ¿Acaso la embrujase?

Draco le dedicó una mirada escéptica a Anderson. E internamente se preguntó, que tanto conocía ese muggle a las Granger.

—Es solo un decir —explicó Anderson al notar la mirada dudosa de Draco.

Draco resopló. Buscó una pluma y el tintero para firmar el documento, pero no encontró ninguna sobre el escritorio. Estuvo a punto de sacar su varita y convocar su pluma y tintero, pero desistió porque Anderson estaba allí.

—El bolígrafo está en el porta bolígrafos —le indicó hacia su lado derecho.

Draco no le contestó, simplemente frunció el ceño y tomó un bolígrafo dorado. Bufó. Había visto un par de veces como lo usaba su esposa, así que le dio media vuelta al bolígrafo y una punta fina salió de ella.

Tomo el documento y estampó su firma en todas las hojas necesarias.

—¿Eso es todo? —preguntó Draco dejando el bolígrafo sobre el escritorio, ya queriendo salir del edificio.

—No —respondió Anderson—. Aún falta que revises otros documentos y me des tu punto de vista. ¿Qué? —preguntó el hombre mayor al ver la desconformidad del rubio.

—Alexandra me dijo que solo tenía que firmar unos estúpidos documentos —gruñó.

—Y así era, pero también tienes que hacerte cargo de otras cosas. Recuerdas que eres el socio mayoritario, ¿verdad?

—Anderson, no me provoques —siseó—. No sabes con quien te metes.

—Con un muchacho con el ego muy grande. No es la primera vez que conozco a alguien como tú.

—Me largo —dijo Draco poniéndose de pie.

—Pero no puedes —replicó Anderson—. Tienes que velar por los intereses de tu esposa. ¡Es tu deber!

Draco apretó los puños con fuerza, pero volvió a sentarse.

—Tienes que venir dos o tres veces por semana para hacerte cargo de la empresa —le informó Anderson.

Draco maldijo internamente. No sabía que era peor, estar casado con una muggle y ver por su empresa o las amenazas de los mortífagos y un posible ataque.

—Una cosa más, Malfoy —dijo Anderson, pero el rubio no le dirigió ni una mirada—. Estuve buscando en internet sobre ti o sobre alguno de tus negocios, pero no encontré nada. Ni siquiera algo sobre tu permiso de conducir.

Draco frunció el ceño, al escuchar que lo había estado investigando por «internet», él sabía algo de eso, aun recordaba esa única clase con su esposa sobre ese tema, y eso fue antes de la primera junta de socios.

Sonrió.

—Ni lo encontrarás.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Anderson con suspicacia—. No estarás metido en nada chueco, ¿verdad?

Draco volvió a sonreír.

—¿Nada chueco? —repitió. Si supieras, muggle, pensó—. Antes sí, pero ahora… digamos que me estoy redimiendo.

—¡¿Qué?! —chilló Anderson—. ¿Acaso estabas metido en el contrabando? ¿Algún fraude? O al mucho peor, como… ¿Drogas? ¿Eres narcotraficante? ¿Es por eso que tienes un guardaespaldas?

Anderson observó fijamente al rubio. No le parecía un delincuente, y mucho menos un narcotraficante; aparte de su actitud arrogante, narcisista y déspota, no veía más que aun chico de buena cuna… pero las apariencias engañan.

—Explícame lo que has dicho —le exigió con cautela.

—Pues averígualo —dijo Draco con una sonrisa burlona—. Si eres capaz.

Anderson entrecerró los ojos. No, no se dejaría intimidar por Draco Malfoy.

—Te lo advierto, Malfoy; por tu bien espero que de verdad te estés redimiendo y que eso que ocultas no afecte a Alex.

Draco se sorprendió, el muggle sí que tenía agallas.

—Ya te dije, que Alexandra es tratada como se merece.

—Eso espero —le advirtió Anderson, luego presiono un botón del intercomunicador—: Claudia, ¿puedes venir, por favor?

—Enseguida, señor Anderson —respondió una voz femenina.

Draco se quedó mirando el peculiar aparato.

Minutos después una mujer como de unos veintidós años, pelinegra y de mediana estatura entró a la oficina.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor Anderson? —preguntó

—Él es Draco Malfoy, tu nuevo jefe —contestó Anderson.

La pelinegra centró su mirada verdosa en Draco y una tímida sonrisa se formó en sus labios. Se acercó a los hombres.

—Soy Claudia Jackson, señor Malfoy —se presentó—, y estoy para servirlo.

Draco asintió con la cabeza, apenas mirándola.

—Bien, señorita Jackson —dijo Draco, y Claudia se sonrojó al escucharlo—, ya que hoy día me veré obligado a quedarme; requiero todos los documentos de contabilidad del año pasado y de este año. No, y también de los de hace cinco años, lo más seguro es que tenga que poner en orden muchas cosas.

—En seguida, señor —dijo Claudia, y rápidamente salió de la oficina.

Anderson le dirigió una mirada de advertencia.

—Te estaré vigilando —le dijo antes de salir de la oficina él también.

—Si puedes —se burló Draco.

•••

Mientras en una vieja y descuidada mansión, una refinada y joven mujer caminaba por los pasillos que antaño habían sido de lo más elegantes y sofisticados.

No se tomó la molestia de tocar, simplemente tomo el pomo y abrió la puerta.

—¡Vaya! —dijo una voz siseante al verla—. Pero si es la menor de las chicas Greengrass. ¿A que debo tu agradable visita?

Astoria no tenía ni un gesto en su muy bien maquillado rostro.

—Termina de pasar, querida —dijo el hombre de aspecto descuidado—. ¿Cuál es el motivo de tu visita? —preguntó cuándo la mujer tomó asiento frente al escritorio.

—Ya me decidí —fue la simple respuesta de Astoria.

El mago sonrió de lado.

—¿Te decidiste? ¿A qué te decidiste?

—No juegues conmigo. Sabes perfectamente a que me decidí, Rodolphus.

Rodolphus Lestrange, uno de los mortífagos más leales a Voldemort, y también el más frío y letal —después de su esposa—, era uno de los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mágica, pero todos creían que él había muerto en una explosión, cosa que él aprovechaba para poder contactar con los mortífagos que habían podido escapar —y ya se le habían unido muchos mortífagos de bajo rango, incluido entre ellos a Gregory Goyle—, y los cuales querían lo mismo que él: venganza contra los traidores.

—Nunca creí que aceptarías lo que te propuse. Con eso de que amas a mi querido sobrino —se burló Rodolphus.

Astoria frunció el ceño.

—¡Draco es un imbécil! —chilló con ira—. Le di la oportunidad de estar conmigo y me…

—Te despreció —continuó el mortífago y Astoria apretó los puños con enojo—. Te dejo por casarse con esa asquerosa muggle.

—Tú, ¿cómo…?

—¿Cómo lo sé? Por favor, mi querida Astoria, hablaron de la boda de Draco y esa muggle en todos los diarios, ¿creías que nunca me enteraría?

—Quiero vengarme de él. Quiero que sufra, quiero que suplique perdón por cómo me trato y quiero que tenerlo en mis manos, que dependa de mí para todo —sentenció Astoria.

Rodolphus le dedicó una mirada insondable.

—Entonces has venido con el hombre equivocado —dijo él. Astoria levantó la cabeza y lo observó con interrogación—. Yo no solo quiero vengarme de los Malfoy, yo los quiero desaparecer.

—Pero ¿por qué…?

—¿Por qué? —siseó Rodolphus—. Porque desertaron y traicionaron al Lord, poniéndose de parte de Potter y su estúpida Orden, porque Bellatrix está muerta y porque por su culpa yo me tengo que esconder, vivir en esta vieja mansión mientras que ellos están libres disfrutando de sus riquezas.

Astoria tembló ligeramente al escuchar la voz ronca de Rodolphus, había tanto odio en esa voz, tanto odio que ella empezó a arrepentirse de su decisión.

—¡Voy a acabar con los Malfoy! —gruñó—. Y voy a hacerlo con mis propias manos… muy lentamente.

—Entonces si quieres acabar con ellos… ¿Por qué atacaste a la familia de Pansy? Por qué fuiste tú, ¿verdad?

Rodolphus soltó una risa fría.

—Claro que fui yo —confesó—. Quería que ese ataque llegara a los oídos de los Malfoy para que temieran y estaba haciendo un gran trabajo con las cartas que le enviaba —rió—. El estúpido de Lucius había ido corriendo a pedir protección al ministerio, se la negaron una y otra vez, no creyendo en su palabra; y eso me hizo sentirme más confiado. Ya tenía vigilada a mi querida y hermosa cuñada. Narcissa sería mi primera víctima.

—¿Y por qué desististe? —se atrevió preguntar Astoria.

Rodolphus puso una mirada tan demente como la de su esposa fallecida.

—Los Malfoy cayeron muy bajo al casar a su hijo con una muggle —escupió con asco—, y todo por protección…

—Esa muggle es…

—Lo sé, es la hermana de la sangre sucia amiga de Potter; "La heroína de guerra" —dijo con sorna.

Luego Rodolphus se quedó varios minutos en silencio, pensando. Astoria también guardo silencio, no queriendo interrumpir al violento mago.

—Sí, esa es una buena idea —dijo minutos después el mortífago—. Y tú me vas a ayudar, Astoria.

—¿A qué? —preguntó ella fingiendo no temerle.

—Primero tú serás la encargada de seguir enviando las mis cartas, que con tanto cariño…

—¿Estás loco? Me descubrirán —protestó la bruja—. No lo haré. Es más, ya cambié de parecer, no nec…

—Demasiado tarde, mi querida Astoria —siseó Rodolphus—. Yo nunca te busque, fuiste tú la que vino a mí, ¿ya no recuerdas?

Astoria apretó los dientes con frustración. Y maldecía eternamente su astucia. Una noche ella había descubierto a Goyle muy cerca de la mansión de los Malfoy y muy sigilosamente lo siguió, Goyle se percató de esto y la encaró apareciendo con ella en un callejón.

—Astoria Greengrass —dijo en voz baja Goyle cuando la vio bien.

—Goyle —susurró ella—. ¿Qué hacías en…?

—Sabes que puedo matarte ahora mismo —la amenazó desarmándola y apuntándola con su varita en el cuello de la bruja.

—Pero no lo harás, ¿verdad?

—Dime ¿por qué no debería hacerlo?

—Porque yo no soy tu enemiga —Goyle sonrió, pero de una manera distinta, ya no era el matón que siempre estaba detrás de Draco Malfoy, no, ahora era un hombre de una mirada oscura y facciones duras que podía intimidar a cualquiera. En el fondo ella lo comprendía, vivir escondido de los aurores no debía ser nada fácil—. Yo nunca he estado en contra tuya. Y nunca te delataría, te lo debo —le recordó—, nunca voy a olvidar que salvaste mi vida de esa horrible bestia de Greyback.

Goyle lentamente bajo su varita.

—¿Por qué me seguiste? —la encaró—. ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes?

—¿Qué pretendes tú? —rebatió Astoria.

—Esto no es de tu incumbencia, Greengrass —siseó—. Y si no quieres terminar mal, será mejor que te olvides de que me viste.

Astoria levantó la cabeza para poder mirarlo a los ojos, ya que él era varios palmos más alto que ella.

—¿Dónde has estado todo este tiempo, Goyle? —le preguntó.

—No es tú asunto —gruñó dedicándole una mirada enloquecida—. Tú y yo nunca nos vimos.

Y luego Goyle empezó a alejarse por el callejón.

—Si necesitas mi ayuda, no dudes en pedírmela —le dijo.

Goyle se sobre paró, pero no se volvió para mirarla, para finalmente desaparecer.

Y así había sido, Goyle la había buscado en dos oportunidades. La primera para escapar una vez que Lucius Malfoy casi lo descubre siguiéndolo. La segunda vez, ella le había proporcionado una gran cantidad de galeones.

Y la tercera vez que se habían encontrado había sido porque ella lo contacto a él, le pidió su ayuda, porque quería que Draco pagara su desplante. Goyle le contó a grandes rasgos sobre sus planes y de los demás mortífagos, Astoria no lo pensó más le dijo que la llevara con su jefe, el cual no era otro que Rodolphus Lestrange.

Goyle accedió y la llevo a la antigua mansión de los Lestrange. No sin antes preguntarle más de cinco veces si esa era su decisión, y ella había dicho que sí, que quería encontrarse con Lestrange, incluso le dijo que, si él ponía tantas pegas para llevarla con el mayor de los hermanos Lestrange, ella vería la manera de encontrarlo.

Ahora se encontraba allí, en el viejo estudio de los Lestrange, sentada frente a Rodolphus y arrepintiéndose de sus acciones. Ella quería vengarse de Draco, pero no quería matarlo ni a él ni a sus padres. Eso era ir demasiado lejos.

—¿Qué tanto piensas? —siseó Rodolphus.

Astoria se sobre salto al escuchar su voz.

—¿En verdad quieres acabar con todos los Malfoy? —preguntó la bruja, sabiendo ya la respuesta.

—Sí. Con todos —respondió Rodolphus.

La bruja se pasó una mano por el rostro. ¿Cómo haría para hacerlo desistir?

—No te lo permitiré —dijo Astoria.

Rodolphus rió con ganas.

—¿Y tú me lo vas a impedir? —dijo y volvió a reír—. Por favor, Greengrass…

—Por lo menos no con Draco —dijo desesperadamente—. Has lo que quieras con Lucius y Narcissa. Pero deja vivir a Draco.

—No. El idiota de Draco tiene la culpa, él fue el primero en traicionarnos, es un cobarde, y sus padres lo siguieron en vez de obligar al muchacho a seguir adelante con los planes del Señor Oscuro.

—¿Qué quieres que dé para que dejes a Draco vivo? —preguntó Astoria.

Rodolphus se acomodó en el respaldar de su silla y la observó fijamente.

—¿Qué puedes darme a cambio por la vida de mi sobrinito? —retrucó.

Astoria guardo silencio, pensando que podría darle a cambio. Una sonrisa perversa se formó en sus rojos labios al ocurrírsele algo.

—La vida de la asquerosa esposa muggle de Draco.

—¿Una muggle? ¿Eso es todo lo que me darás a cambio? Puedo conseguir a una muggle y torturarla en un abrir y cerrar de ojos.

—Ella ahora es una Malfoy —dijo con asco—, y la adorada hermana de Granger. Te imaginas lo que esa sangre sucia podría hacer con tal de rescatarla. Incluso podría ofrecerse en tomar su lugar.

—Uhm… —murmuró Lestrange—. Quizás me convenga. ¿Qué más ofreces?

—Fingiendo estar muerto no puedes acceder a tu cámara en Gringotts. Yo te ofrezco una buena cantidad de galeones mensualmente. La cantidad que tu requieras.

—¿Qué más? —insistió Rodolphus.

Astoria se desesperó más.

—Te estoy diciendo que puedo poner en tus manos a la muggle de la hermana de Granger, también te estoy ofreciendo muchos galeones mensualmente. Y tú quieres más. ¡No sé qué más darte a cambio! ¿Qué es lo que quieres? —terminó gritando.

—A ti —dijo Rodolphus sin dejar de observarla—. Te quiero a ti. ¿Estás dispuesta a hacer mi mujer a cambio de la vida de Draco?

•••

Ya de era de noche, y en Malfoy Manor todos los integrantes de la aristocrática familia se encontraban en el comedor.

Alex se sentía incomoda ante la presencia de sus suegros.

—Niña —la llamó Narcissa.

Alex la observó, mientras que internamente quería gritarle a su suegra y decirle que ella tenía un nombre y que no era necesario que la llamara «niña» de una forma tan despectiva.

—¿Sí, señora? —dijo lo más educada posible.

—¿Sabes dónde está Draco? —le preguntó Narcissa mirándola de una manera molesta—. Ya es muy tarde y ni siquiera ha venido a almorzar.

Ella asintió con la cabeza.

—Paul me llamo hace dos días y… —dejo de hablar cuando Lucius la observó con el ceño fruncido. Alex quería huir del comedor, quería huir de esa casa, cada vez soportaba menos vivir allí—, Paul es la mano derecha de mi abuelo y de mi padre —explicó—, y él me llamó porque requería de la firma de Malfoy en unos documentos.

Bajo la mirada, no queriendo hacer contacto visual con ninguno de los dos. Ahora no tenía el suficiente valor como para enfrentarlos.

—Firmar unos documentos no tarda mucho tiempo —comentó Lucius—. Y Draco lleva todo el día fuera.

—Yo no sabría que decirle, señor —dijo Alex sin mirarlo.

—Eso lo tengo muy claro —siseó el rubio.

Alex estaba a punto de levantarse de la mesa e irse a recluir en la habitación que compartía con su insufrible esposo. Pero antes de siquiera poder ponerse en pie, las puertas del comedor se abrieron y por ella entraba un Draco de muy mal humor.

—Buenas noches —saludó Draco.

Lucius asintió con la cabeza y Narcissa le sonrió a su hijo. Alex simplemente permaneció en silencio.

Draco caminó hacia su lugar habitual, y se sentó en el lado izquierdo de su padre, Alex estaba sentado a su costado, pero ni siquiera la miró, aun se sentía enojado con ella y con él mismo por no poder sacarla de su mente.

Un plato con el exquisito potaje apareció frente a él. Pero Draco no tuvo la intención de probar nada.

—Justo estábamos preguntando por ti, querido —dijo Narcissa.

—Estuve en el espantoso mundo muggle, y rodeado de muggles —escupió con asco.

Alex lo miró de reojo.

Estás casado conmigo, y yo soy una muggle, es lógico que tendrías que inmiscuirte en mi mundo, soberano idiota, pensaba Alex.

—Imagino lo tedioso que debió haber sido eso para ti, Draco —dijo Narcissa, brindándole su apoyo como si él en verdad haya estado en una situación incómoda.

—Ni te lo imaginas, madre —respondió Draco, luego centro su mirada en su padre—. Tendré que faltar dos o tres veces por semana a la empresa, padre —le comunicó.

—¿Por qué? —preguntó el rubio mayor.

—Porque es necesario que vele por los intereses de mi esposa —dijo con fastidio.

Alex evadió la respuesta de su suegro y empezó a repetir en su mente el prefacio del último libro que había leído: El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde.

El artista es creador de belleza.

Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.

El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza.

La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de autobiografía.

Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elega…

—Alexandra —dijo Draco con voz dura a la vez que colocaba su mano de largos dedos sobre la pequeña de su esposa.

La castaña salió de sus pensamientos al sentir el contacto de la piel de Draco sobre la suya.

—¿Qué? —murmuró.

—¿Siempre tienes la costumbre de salir del mundo? —le preguntó Lucius mirándola con una ceja alzada.

Alex reconoció ese gesto, claramente su hijo lo había heredado de él.

—No, solo me distraje un poco —respondió—. ¿Qué me decía, señor?

Lucius resopló.

—El próximo sábado habrá una recepción en las Empresas de nuestra familia, y asistirán magos extranjeros y magos del ministerio —hizo una pausa—, y tú primera presentación ante los magos de nuestro abolengo.

Alex evito poner un gesto de pesar.

—¿Y es necesario que yo asista a esa recepción? —preguntó.

Narcissa se llevó una mano a su sien, masajeándosela.

—Eres mi esposa, se suponer que debes acompañarme a todas las reuniones —manifestó Draco, con una voz no muy amable.

Alex suspiró. Centró su mirada en la elegante mesa y luego en sus manos, bueno, en su mano izquierda, la pálida mano de Draco aún estaba sobre la suya. Durante todos esos minutos en los que había hablado, él no había retirado su mano. Lo miró de reojo y luego volvió a observar su mano.

Al parecer Draco también se dio cuenta de su acción y rápidamente retiro su mano.