NARUTO NO ME PERTENECE ES DE MASASHI KISHIMOTO
Y EL LIBRO TAMPOCO ES DE JOHN AJVIDE
DEJAME ENTRAR
Abandonar. Madre, padre, la escuela... Gaara, Shikamaru... Estar con Hinata. Siempre. Oyó cómo se encendía la tele en el cuarto de estar, se bajaba enseguida el volumen. El ruido suave de la tetera en la cocina. El fuego de la cocina que se
enciende, el tintineo de copas y tazas. Armarios que se abren. Los sonidos habituales. Los había oído cientos de veces. Y se puso triste.
Media hora hasta la salida del sol.
Hinata está sentado en el sofá del cuarto de estar. Ha permanecido en casa toda la noche, la madrugada. Ha empaquetado lo que se puede empaquetar.
Mañana por la tarde, tan pronto como oscurezca, irá a una cabina, pedirá un taxi. Desconoce a qué número tiene que llamar, pero probablemente eso es algo que todo el mundo sabe. No tiene más que preguntar. Cuando llegue el taxi cargará sus tres cajas en el maletero y le pedirá al taxista que le lleve...
¿Adónde?
Hinata cierra los ojos, intenta imaginarse un lugar en el que le gustaría estar.
Como siempre, lo primero que aparece es la imagen de la casita en donde vivía
con sus padres, sus hermanos. Pero ha desaparecido. En las afueras de Norrköping, en el lugar donde estaba, hay ahora una rotonda. El arroyo en el que su madre aclaraba la ropa se ha secado, se ha convertido en una hondonada al lado del arcén. Hinata tiene mucho dinero. Podría pedirle al taxista que condujera a cualquier sitio, tan lejos como la oscuridad se lo permitiera. Hacia el norte. Hacia el sur. Sentarse en
el asiento de atrás y decirle que condujera hacia el norte por dos mil coronas. Luego bajarse del taxi. Empezar de nuevo. Encontrar a alguien que...
Eli echa la cabeza para atrás, gritando hacia el techo:
—¡No quiero!
Las polvorientas telarañas se balancean un poco con el aire que expulsa al gritar. El sonido se ahoga en la habitación cerrada. se lleva las manos a la cara,
apretando las yemas de los dedos contra los párpados. Siente en el cuerpo la
proximidad del amanecer como un desasosiego. Susurra:
—Dios. ¿Dios? ¿Por qué no puedo yo tener nada? ¿Por qué no puedo...?
Lleva años repitiendo la misma pregunta.
¿Por qué no puedo vivir? Porque deberías estar muerto.
Solamente una vez desde que se contagió había encontrado a otra persona
portadora. Una mujer mayor. Igual de cínica y de estropeada que el hombre de la peluca. Pero Hinata tuvo entonces respuesta a una pregunta que le había tenido preocupado.
—¿Somos muchos?
La mujer, meneando la cabeza, dijo con fingida tristeza:
—No. Somos muy pocos, muy pocos.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Pues porque la mayoría se suicida, claro. Eso te lo puedes imaginar. Tan duuuro de sobrellevar, huy, huy, huy —agitó las manos y añadió con voz chillona—: Ooooh, yo no puedo tener muertos sobre mi conciencia.
—¿Podemos morir?
—Pues claro. Basta con prendernos fuego nosotros mismos. O dejar que la gente lo haga; lo hacen encantados, siempre lo han hecho. O... —la mujer alargó su dedo índice, lo presionó con fuerza en el pecho de Hinata, por encima del corazón—: Ahí. Es ahí donde está, ¿no es cierto? Pero ahora, querido, se me ha ocurrido una buena idea...
Y Hinata había podido huir de aquella buena idea. Como antes. Como después.
Se puso la mano sobre el corazón, sintió sus lentos latidos. Quizá fuera porque era una niña. Quizá por eso no había acabado con todo. Los remordimientos de
conciencia, menores que las ganas de vivir.
Hinata se levantó del sofá. Ibiki no vendría aquella noche. Pero antes de acostarse tenía que ir a ver a Suiguetsu. Ver que se había recuperado. Que no se había contagiado. Por Sasuke, quería ir a comprobar si Suiguetsu se encontraba bien.
Apagó todas las luces y salió de casa. Abajo, en el portal de Suiguetsu, no tuvo más que empujar la puerta del sótano; hacía tiempo, cuando estuvo allí abajo con Sasuke, había metido una pelotilla de papel
en la cerradura para que el pestillo no se bloqueara al cerrar la puerta. Entró en el pasillo del sótano y la puerta se abatió tras él con un golpe sordo.
Se paró, escuchó. Nada. No se oía la respiración de alguien dormido; sólo ese persistente olor a disolvente, pegamento. Recorrió el pasillo con paso rápido hasta llegar al trastero, abrió la puerta. Vacío. Veinte minutos hasta el amanecer.
La cuchilla relucía en el suelo. En una de las esquinas tenía una mancha de color marrón, como de óxido. Hinata cortó un trozo de la portada de un periódico, envolvió la cuchilla en el papel y se la guardó en el bolsillo.
Suiguetsu había desaparecido, lo cual significaba que estaba vivo. Había salido de allí por su propio pie, se habría ido a casa a dormir y, aunque pudiera relacionar los hechos, no sabía dónde vivía Hinata, así que...
Todo está como debe estar. Todo está... estupendamente. El cepillo de madera estaba
apoyado contra la pared, con su palo largo.
Hinata lo cogió, partió el palo contra la rodilla, por abajo, casi a la altura del cepillo. Quedó una superficie irregular, en punta. Una estaca delgada del largo de un brazo. Se puso la punta contra el pecho, entre dos costillas. Exactamente en el punto donde la mujer había clavado su dedo índice.
Respiró profundamente, agarró el palo y trató de pensar.
¡Dentro! ¡Dentro!
Expulsó el aire, aflojó la presión. Lo volvió a apretar. Con fuerza.
Llevaba dos minutos con la punta a un centímetro del corazón, apretando
fuertemente el palo con la mano, cuando se oyó el cerrojo de la puerta del sótano y ésta deslizándose.
Hinata se quitó la estaca de madera del pecho, escuchó. Pasos lentos, inseguros, en el pasillo, como de un niño que acabara de aprender a andar. De un niño grande que acabara de aprender a andar.
A través de las rendijas de la puerta se dibujaba el cuerpo de Ibiki con líneas
entrecortadas. Hinata alargó el palo todo lo que pudo, empujó la puerta con él. Se abrió un decímetro, luego se interpuso el cuerpo que había fuera.
Una mano agarró el borde de la puerta, tirando de ella hacia arriba con tanta
fuerza que ésta chocó contra la pared, se salió de un gozne. La puerta se descolgó y rebotó colgando torcida, golpeando el hombro al cuerpo que ahora llenaba el hueco de la puerta.
Todavía se podían distinguir manchas de color azul claro en la bata que le cubría el cuerpo hasta las rodillas. El resto era un mapa sucio de tierra, barro y manchas que la nariz de Hinata pudo identificar como sangre de animales, sangre humana. La bata estaba rota por varios sitios; en las aberturas se vislumbraba una piel blanca, marcada con rasguños que no curarían nunca.
La cara no había cambiado. Una masa mal trabajada de carne desnuda con un
único ojo rojo estampado allí como de broma, una guinda pasada para coronar un pastel podrido. Pero ahora tenía la boca abierta.
Un agujero negro en la mitad inferior de la cara. No había labios que pudieran
ocultar los dientes, que estaban al descubierto; una irregular corona blanca que hacía la oscuridad aún más oscura. El agujero se ensanchó, se redujo como si masticara algo y de él salió:
—Hinaaaja.
No se podía distinguir si el sonido quería decir «hinajaa» o «Hinata», puesto que pronunciaba la jota o la ele sin ayuda de los labios o de la lengua. Hinata dirigió el palo hacia el corazón de Ibiki, diciendo:
—Hola.
¿Qué quieres?
La no-muerte. Hinata no sabía nada de ella. No sabía si el ser que tenía delante estaba dominado por las mismas limitaciones que él mismo. Si sería suficiente con destrozarle el corazón. Sin embargo, el hecho de que Ibiki estuviera parado ante el hueco de la puerta parecía indicar una cosa: que necesitaba una invitación. La pupila de Ibiki se movía de arriba abajo, sobre el cuerpo de Hinata que se sentía desprotegido con el ligero vestido amarillo. Habría deseado que tuviera más tela, que hubiera más obstáculos entre su propio cuerpo y el de Ibiki. Tanteando, acercó el palo al pecho de éste.
¿Podrá sentir algo? ¿Podrá ya siquiera... sentir miedo? revivió una sensación casi
olvidada: el miedo al dolor. Todo se curaba, pero de Ibiki emanaba una amenaza de tal magnitud que... —¿Qué quieres?
Se oyó un sonido gutural hueco cuando aquel ser expulsó aire y una gota de
líquido viscoso de color amarillento salió del doble orificio donde había estado la nariz. ¿Un suspiro? Luego un susurro roto: «Aaaajjj»... y uno de los brazos dio una sacudida rápida, espasmódica,
movimientos de bebé.
—Aaaajjj...
Sacudidas violentas de la mano de Ibiki cuando se movía el prepucio arriba y
—Aaaaeee...
La cabeza era un contenedor de dolor vivo cuando su cuerpo fue doblado en dos violentamente, empaquetado como un fardo de tela, y Hinata creyó que aún se hallaba en una alucinación de dolor porque, cuando sus ojos empezaron a ver, sólo vieron amarillo. Y detrás del amarillo, una gran sombra agitada.
Después llegó el frío.
—¡Nooo!
Hinata aulló en la cara deforme de Ibiki, en la que no se podía percibir ningún sentimiento. Un reguero de baba viscosa que salía de su boca se alargó y cayó en los labios de Hinata, y el sabor a cadáver le llenó la boca. A Hinata se le despegaron los brazos del cuerpo, sin vida como los de una muñeca de trapo.
Intentó pensar, se esforzó para crear una campana neumática de luz dentro de la negra, absorbente locura. Y se vio dentro de la campana. Con una estaca en la mano.
Sí.
Hinata agarró el palo del cepillo y cerró los dedos alrededor de la pobre tabla de salvación La punta. La punta tiene que estar del lado correcto.
Giró la cabeza hacia el palo y vio que la punta estaba en la dirección del golpe.
Una posibilidad.
La cabeza de Hinata se quedó en silencio cuando visualizó lo que tenía que hacer.
Después lo hizo. En un movimiento levantó el palo del suelo y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia arriba, hacia la cara de Ibiki.
El antebrazo rozó su muslo y el palo dibujó una línea recta que... se detuvo a unos centímetros de la cara de Ibiki cuando Hinata, a causa de la postura de su cuerpo, no pudo llevar su brazo más lejos.
Había fallado. Durante un segundo, Hinata alcanzó a contemplar la idea de que quizá tuviera la capacidad de ordenar a su propio cuerpo morir. Si cerraba todas las... Con un sonido suave como el de una cuchara de madera entrando en la papilla, la punta de la estaca se le clavó en el ojo.
Ibiki no gritó. Quizá ni siquiera lo notó. Quizá fue sólo el desconcierto de que ya no podía ver lo que le hizo aflojar las manos alrededor de los tobillos de Hinata. Sin notar el dolor de sus piernas destrozadas por dentro, se soltó los pies y dio una patada con ellos hacia delante, contra el pecho de Ibiki.
Un sonido de golpe húmedo cuando la planta del pie dio contra la piel e Ibiki
cayó hacia atrás. Hinata bajó las piernas y con una ola de dolor frío en la espalda se puso de rodillas: Ibiki no había caído, sólo se había doblado hacia atrás, y, como una muñeca electrónica de la casa de los fantasmas, se enderezaba de nuevo. Estaban de rodillas el uno frente al otro.
El palo que Ibiki tenía en el ojo se movía con pequeñas sacudidas hacia abajo,
hacia abajo, con la precisión de un segundero, y luego cayó, tamborileó un poco en el suelo y se paró. Un líquido transparente empezó a manar del orificio en el que había estado, un mar de lágrimas.
Ninguno de los dos se movió.
El líquido del ojo de Ibiki goteaba en sus piernas desnudas.
Hinata concentró en su brazo derecho toda la fuerza que le quedaba. Cerró el puño. Cuando el hombro de Ibiki se movió y el cuerpo hizo un intento de echarse sobre Hinata otra vez, seguir donde lo había dejado, Hinata golpeó con su mano derecha la parte izquierda del pecho de Ibiki.
Se le rompieron las costillas y la piel se estiró por un instante; cedió, después
reventó.
La cabeza de Ibiki se inclinó hacia abajo para ver lo que no podía ver mientras
Hinata buscaba a tientas dentro del pecho del hombre y encontró el corazón. Una masa fría, blanda. Inmóvil.
No tiene vida. Pero claro que tiene que...
Hinata apretó el corazón hasta destrozarlo. Éste cedió sin oponer resistencia,
dejándose aplastar como una medusa muerta.
La reacción de Ibiki no fue mayor que si una mosca pesada se le hubiera posado en la piel; se llevó la mano para apartar lo que le molestaba y, antes de que consiguiera coger la muñeca de Hinata, éste sacó la mano con jirones del corazón derramándosele del puño.
Tengo que largarme de aquí.
Hinata quería levantarse, pero las piernas no le obedecían.
Ibiki, ciego, buscaba a tientas con las manos, le buscaba a él. Hinata se tumbó boca abajo y empezó a salir reptando del cuarto, con las piernas rozando contra el cemento. Ibiki volvió la cabeza siguiendo el sonido, alargó los brazos y agarró el vestido, consiguió romper una de las mangas antes de que Hinata alcanzara el hueco de la puerta y se pusiera de nuevo de rodillas.
Ibiki se levantó.
Hinata dispuso de unos segundos de prórroga antes de que Ibiki encontrara el
hueco de la puerta. Intentó ordenar a sus tendones rotos que se curaran lo suficiente como para poder sostenerse en pie, pero cuando Ibiki alcanzó la salida los tendones no le permitieron más que levantarse apoyándose en la pared. Las astillas de las bastas maderas se le clavaban en las yemas de los dedos al apoyarse en ellas para no caer. Y ahora lo sabía. Que sin corazón, ciego, Ibiki lo perseguiría hasta... hasta...
Tengo que... destruirlo... tengo que... destruirlo.
Una línea negra.
Una línea vertical, negra, delante de los ojos. No había estado allí antes. Hinata sabía lo que tenía que hacer.
—¡Ahhh!...
La mano de Ibiki alrededor de uno de los marcos de la puerta y luego el cuerpo
que salía tambaleándose del local del sótano, tanteando con las manos por delante. Hinata apretó la espalda contra la pared, esperando el momento.
Ibiki salió, un par de pasos indecisos, se detuvo después justo enfrente de Hinata. Escuchando, olisqueando. Hinata se inclinó hasta que sus manos estuvieron a la misma altura que uno de los hombros de Ibiki. Luego tomó impulso apoyándose contra la pared y se arrojó hacia delante haciendo todo lo posible para que Ibiki perdiera el equilibrio.
Lo consiguió. Ibiki dio un pequeño paso hacia un lado y cayó contra la puerta del refugio. La rendija que Hinata había visto como una línea negra se ensanchó mientras la puerta se abría hacia dentro e Ibiki rodaba buscando apoyo con las manos dentro de aquella oscuridad. Al mismo tiempo, Hinata se cayó boca abajo en el pasillo, consiguiendo frenar antes de que su cara chocara contra el suelo; después se arrastró hacia la puerta y agarró el volante inferior del cierre. Ibiki estaba tendido en el suelo cuando Hinata empujó la puerta y giró los volantes, cerrando. Luego se arrastró hasta el local del sótano, buscó el palo y lo trabó entre las ruedas para que no se pudiera abrir desde dentro.
Hinata siguió concentrando todas sus energías en curarse y comenzó con bastante dificultad a tratar de salir del sótano. Un reguero de la sangre que salía de su oreja le seguía desde el refugio. Cuando alcanzó la puerta se encontraba ya tan restablecido que pudo levantarse. Enderezó el cuerpo y, con las piernas temblorosas, subió las escaleras.
Descansar, Descansar, Descansar.
Empujó la puerta y se encontró a la luz del farol del portal. Estaba destrozado,
humillado y la salida del sol amenazaba en el horizonte.
Descansar, Descansar, Descansar.
Pero tenía que... exterminarlo. Y había solamente una manera de que aquello
funcionara: Fuego. Tambaleándose, salió del patio hasta el único lugar donde sabía que él no podía encontrarle.
