Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.
Safe Haven
Por: Hoshi no Negai
28. Última Jugada
El técnico de confianza del jefe Minamoto pudo conectar su teléfono inalámbricamente al sistema en tiempo récord, y por medio de un programa podían escuchar y grabar las llamadas desde una computadora. Había recibido el mensaje de Naraku apenas tres minutos antes, y temía que si demoraba demasiado en darle una respuesta positiva, sospechara que no cumpliría la promesa de mantener la conversación en privado.
Debía ser muy estúpido como para creer que se dejaría controlar a su voluntad, especialmente cuando contaba con profesionales que podían y tenían que asistirla, pero al menos debía darle esa impresión para mantenerlo apacible.
―Todo preparado, Noto. No pierdas tiempo. Y nada de hacer ofrecimientos arriesgados, lo sabes ―advirtió el jefe haciéndole una seña sin quitar la vista de su pantalla.
El plan era que se mantuvieran comunicados el tiempo suficiente para rastrearlo, o al menos para llegar a alguna clase de acuerdo en el que ni ella ni Sesshomaru salieran perdiendo. Rin resopló ante aquella idea: era Naraku de quien hablaban, no veía siquiera remotamente posible que salieran bien parados de eso.
Por más que quisiera obedecerlo, simplemente no podía ir tanteando el terreno. Con Naraku era cuestión de tomar decisiones rápidas y seguir su juego para no despertar su ira. Se disculpó mentalmente con el jefe, Sango y el señor Miroku, pero especialmente con Sesshomaru por lo que estaba por hacer. A nadie le gustaría... pero no tenía más alternativas.
Rin asintió oprimiendo los labios.
La oficina había sido trancada con seguro y sólo se encontraban el técnico y Minamoto con ella. Sango aún estaba afuera tras su reunión con Aikawa y Miroku acababa de salir para recibir a los Taisho y darles un resumen de la situación. No podía darse el lujo de esperar más tiempo, por lo que inició la llamada.
El despacho se sumió en un silencio sepulcral mientras que el tono comenzaba a marcar en su oído. Ambos hombres estaban frente al escritorio, con un audífono en un oído y la vista variando entre ella, la máquina y la puerta. Habían avisado justo un minuto antes que pasara lo que pasara, no hicieran ningún ruido ni intentaran entrar, con la única excepción de Sango, por lo que había un oficial más apostado afuera para advertir a los que no se habían enterado.
El corazón de Rin se aceleró cuando finalizó el tono, y la fría voz de Naraku la saludó. Cerró los ojos después de buscar seguridad en los ojos del jefe, quien asintió despacio, animándola:
―Te esperaba, bailarina. ¿Qué te ha demorado tanto?
―Tuve que dar una excusa para quedarme sola, estoy en el baño ―le contestó mecánicamente, tratando de ignorar el frío que subía por su columna.
―¿En serio? No sé por qué, pero tengo la impresión de que me estás mintiendo.
―No me importa lo que creas, Naraku. Estás hablando conmigo ahora, así que dime lo que quieres para liberar a Sesshomaru.
―Vaya, suenas algo nerviosa. ¿Por qué el miedo, bailarina? Taisho no irá a ninguna parte.
La chica respiró hondamente para infundirse paciencia. No podía caer en su juego.
―Por favor... dime qué quieres por él. No alarguemos esto más de lo necesario.
―¿Tan desesperada estás por verlo? Eres adorable, ¿lo sabías? Me conmueves ―se burló con falsa ternura, siempre arrastrando las palabras. Minamoto le hizo un gesto para que se controlara, a lo que ella no tuvo más opción que asentir.
―Hagamos un intercambio, Naraku. No me resistiré ni intentaré escapar, sólo déjalo marchar. Sesshomaru no tiene nada que ver en esto ―el jefe se levantó súbitamente de la silla, mirándola furibundo. Rin retrocedió y negó con la cabeza, retrayéndose para que no le quitara el teléfono.
―¿Qué rayos estás haciendo? ―murmuró lo bastante bajo como para que no fuera audible para su interlocutor.
―¿Crees que sería un intercambio justo? ¿Tú por él? ―espetó entones Naraku, ligeramente más serio, pero igual de divertido que hacía un momento. El corazón de Rin se encogió: aquello era precisamente lo que más temía.
―Me has estado buscando desde hace años, claro que lo es ―no hubo respuesta del otro lado, como si en su silencio se estuviera burlando cruelmente, incrédulo―. Trabajaré duro para pagar mi deuda ―dijo entonces con dolor, como si estuviera firmando su propia sentencia de muerte―. No descansaré, ni siquiera tendrás que drogarme para que haga lo que quieras. Tienes mi palabra, Naraku. Lo que sea que quieras que haga, no me resistiré. Sólo déjalo ir.
―Tan entregada como siempre ―se rió él―. Está bien, me has convencido. Puedes venir por él. Necesitas estar en Odaiba lo más pronto posible. Sola ―enfatizó―, como debes imaginarte. Te estaré vigilando en cuanto llegues a la isla, y si veo que alguien te está siguiendo, aunque sea de casualidad, el trato se anula y Taisho se quedará conmigo.
―¡No! Estaré sola, no dejaré que nadie me siga ―dijo rápidamente, conteniendo el aliento.
―Sé que así será. Te daré más instrucciones cuando llegues a Odaiba.
―¡Espera! ¿Cómo sé que Sesshomaru está bien? Necesito una prueba más allá de una foto.
―¿Desconfías de mi palabra, bailarina? Me haces sentir muy mal ―exclamó con un asombro demasiado falso. En el vistazo que Rin le echó al jefe, lo encontró con los furibundos ojos aún posados sobre ella. Vio al técnico tecleando silenciosamente en la laptop que había traído, por lo que dedujo que debía estar buscando la manera de rastrear la señal pese al bloqueo. Ante el aprehensivo silencio de Rin, Naraku continuó―. De acuerdo, tú ganas. Estás a punto de recibir un mensaje con un código. Si le encuentras el significado oculto, verás que soy un hombre de palabra. Tu querido Taisho está sano y salvo, esperándote. Pero... no cuentas con mucho tiempo. No demores, bailarina.
―¿Qué clase de código? ¿No tienes otra forma de corroborar lo que dices?
―Sí la tengo, pero me gusta que se esfuercen por las recompensas que ofrezco. Además... Es divertido darles algo de esperanza. Después de todo, no conseguirán nada rastreando esta llamada.
Rin se puso aún más lívida echarle una anonadada mirada al jefe y al técnico, quienes a su vez intercambiaron un vistazo entre ambos. Sí, no podía haber sido tan estúpido como para tragarse la mentira de que hablaría con él a solas.
―¿Con cuánto tiempo cuento? ―cambió el tema, haciéndose la desentendida. Naraku soltó una breve y baja risa.
―No con mucho. Te recomiendo que te apresures.
Rin permaneció en blanco unos segundos, sin saber qué responderle o si había algo más que pudiera decirle. No importaba cuánto intentara razonar con él, sabía que no existía manera de hacer las cosas de otro modo. O era como él decía, o Sesshomaru afrontaría las consecuencias.
La llamada se cortó entonces y fue como si regresara de golpe a la realidad; a aquella oficina frente a esos dos hombres que trabajaban frenéticamente sobre sus computadoras.
―Noto, ¿qué demonios acabas de hacer? ¡Te dije que no ofrecieras nada, necesitábamos llegar a un trato! ―espetó el Minamoto dando largos pasos para tenerla frente a frente―. ¡Has echado a perder toda la operación! ¿Tienes un mínimo de idea de lo que acabas de hacer, siquiera? ¿Acaso quieres que te maten?
―Jefe, si no le decía a Naraku lo que quería escuchar, no habríamos encontrado otra forma de negociar con él ―le dijo ella con toda la calma que fue capaz de reunir.
―¿Y piensas que te dejaremos ir así, como si nada? No te podemos entregar a él, no hay garantía siquiera de que te mantenga viva más de diez minutos o que vaya a hacer el intercambio.
―No me matará. Créame, no me la pondría tan fácil como para matarme apenas me capture. Señor... no dejará vivir a Sesshomaru si no me tiene a mí. Es lo que quiere. No hay forma de ayudarlo si no lo hago.
―¿Y qué te hace pensar que lo dejará ir tan fácilmente cuando vayas a Odaiba? Sabes muy bien que no es así como opera Naraku, lo usará en tu contra para someterte, tal y como hizo Onigumo con tu madre hace años ―apuntó con frialdad, comprimiéndole el corazón.
Minamoto tenía toda la razón del mundo; ésa era una conclusión a la que ella misma había llegado en escasos minutos, pero...
―Prefiero que siga con vida y en una sola pieza antes que esperar a que le haga algo peor.
―Jamás me había tocado un caso de alguien que regresa con los brazos abiertos y por propia voluntad a su secuestrador ―bufó el hombre, llevándose una mano al puente de la nariz―. ¿Tienes la seguridad de que verás a Naraku cara a cara, Noto?
―No se perdería por nada del mundo de mi rendición ―espetó, girando la cabeza con desagrado. Sentía la bilis subirse por su garganta, pero la mantuvo a raya tragando con dificultad, desechando a su vez las imágenes del reencuentro que se formaban en su mente.
―¿Y crees que Taisho esté ahí con él?
―Eso no podría decírselo con seguridad... conociéndolo... no es tan probable. Puede que lo tenga en otro lugar y no me deje verlo, pero Naraku estará presente cuando me capturen de nuevo.
―Y si lo tenemos a él, ¿dices que puede tener un plan de contingencia para asesinar a Taisho como venganza?
Toda la sangre del cuerpo prácticamente se congeló en sus venas. Hasta ese entonces no había llegado tan lejos como para pensar en esa opción. Se mantuvo callada por unos segundos, analizándolo a fondo.
No tuvo que responder para que Minamoto supiera lo que pensaba.
―¿Ahora entiendes en lo que acabas de meterte? ―espetó él severamente. Rin volvió a tragar con dificultad, sentía la garganta tan seca que le dolía.
―Lo sé. Sé que los riesgos son muy altos, pero... ¿qué pasará si no cumplo sus demandas? Nada de lo que le diga la policía lo doblegará, no se puede razonar con él. Naraku siempre tiene lo que quiere... y esta vez no será la excepción. No le puedo dejar creer lo contrario ―ahora alzó el rostro para encarar al jefe Minamoto. Se veía tan asustada como lo estaba decidida―. Es por eso que necesito que me ayude con esto. No puedo hacerlo sola.
―Eso es evidente, Noto. Además, no me dejas otra alternativa ―resopló él―. Fumita, dile a Kubota que me prepare el prototipo en el que estaba trabajando. Lo necesito ahora mismo.
―Por supuesto, jefe ―el técnico se apresuró a marcar la llamada y conversar con su colega del departamento de tecnología. Antes de que Rin pudiera preguntar a qué se refería con prototipo o siquiera agradecerle, Minamoto se volvió hacia ella. Se veía resignado y seguía muy furioso, pero aun así llevaba puesta su máscara de profesionalismo que no le dejaba demostrar sus emociones más de lo necesario.
―Noto, tu teléfono ―el jefe extendió la mano y ella no vaciló en entregárselo. Si iba a recibir el código era mejor que él lo viera primero, así que se quedó de pie al lado del escritorio, tratando de entender qué rayos eran todos esos números y ventanas que veía en las pantallas, atenta también a su celular para cuando llegara el siguiente mensaje de Naraku.
―Rin, Kagome está aquí.
La intromisión de Sango la tomó desprevenida. El ambiente en la oficina permanecía tan tenso que el ruido de la puerta la sacó de una especie de trance. La chica le dio una mirada nerviosa a Minamoto, quien le dedicó un leve gesto con la cabeza.
―Nos encargaremos de esto.
Ella asintió aún dubitativa y siguió a Sango sin dejar de ver hacia atrás. Ni siquiera tuvo tiempo de espabilarse cuando un cálido cuerpo se estrelló de repente contra el suyo:
―¡Rin! Gracias al cielo que estás bien. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está Sesshomaru? ―Kagome le echó los brazos al cuello en cuanto la vio. Detrás de ella iba Inuyasha, más pálido de lo que lo recordaba. No podía ver a los señores Taisho, por lo que supuso que tal vez no habían llegado todavía, o que alguien más debería estar hablando con ellos en otro lugar.
Rin hizo su mayor esfuerzo por contener las lágrimas que se agolparon en sus ojos cuando cruzó su mirada con la de Inuyasha, sintiéndose estrangulada por la culpa. Le devolvió el demoledor abrazo a su doctora y amiga, respirando profundamente para darse fuerzas.
―Naraku lo tiene... pero no sabemos dónde está.
―Sin embargo encontramos su vehículo, ya tengo a unos agentes de confianza en camino para investigar ―secundó Sango.
―¿Naraku te ha contactado, verdad? ―Kagome se separó de Rin y la tomó de los hombros. Ella asintió lentamente.
―Sí... dos veces ―por un segundo apretó los labios. Qué difícil le era siquiera algo tan simple como tomar una bocanada de aire, no tenía idea de cómo su mente todavía seguía trabajando para hacerla hablar coherentemente―. Vamos a hacer un intercambio en Odaiba.
―¿Cómo que un intercambio? ―preguntó Sango cautelosamente. Rin la miró de frente y no titubeó al responderle:
―Naraku me quiere a mí, así que tomaré el lugar de Sesshomaru.
―No puedes estar diciéndolo en serio ―Kagome la soltó para llevarse ambas manos a la boca por la inaudita tranquilidad en sus palabras. Vio asustada sus ojos, y sólo en un segundo pudo distinguirlo perfectamente: Rin había tomado una decisión y estaba dispuesta a cumplirla―. No puedes hacer esto...
―Es lo único que puede ayudarlo.
―¡Eso no lo sabes! ¡Puede ser una trampa!
―Debe haber otra solución, niña ―intervino Inuyasha desde las espaldas de su esposa. El tirón de culpa que había halado el estómago de la más joven se intensificó cuando lo miró a la cara, pero se forzó a mantenerse lo más serena posible.
―Con Naraku no hay más opciones, señor Inuyasha. Si puedo sacar a Sesshomaru de ahí, lo haré con gusto.
―¿Qué te hace pensar que te lo permitiremos? ―espetó Sango, incrédula. Rin apenas resopló con resignación.
―El jefe dio su consentimiento. Es lo que debe hacerse.
Nada de lo que hubiera imaginado Rin pudo haberla preparado para la reacción de la detective. La tomó fuertemente de la muñeca y abrió la puerta del despacho de su superior de un portazo, haciéndola entrar con la pareja pisándole los talones. Fue hasta el escritorio de su jefe con una mirada acusadora, y estampó ambas manos en la superficie para encarar al hombre de severa mirada sentado en la alta silla, mientras Ben ladraba por toda la exaltación.
―¡Señor! ¡No puede permitir que Rin vaya a Odaiba, es una locura! ―casi le gritó furiosa. El técnico compuso una mueca de susto por el repentino arrebato de Sango, pero intentó simular que no había escuchado nada y continuó con lo suyo―. El solo hecho de considerar dejarla sola está fuera de discusión, ¡sabe que Naraku nunca cumpliría su parte en ningún trato! No los dejará ir a ninguno, y si no podemos...
―Kuwashima, controla tu tono ―la calló abruptamente Minamoto―. ¿Crees que no soy consciente del peligro que esto significa? Lamentablemente, la señorita Noto se tomó la libertad de hacer promesas sin mi previo consentimiento, por lo que nos ha comprometido a todos a una situación sumamente apretada ―dijo mirándola acusadoramente. Rin le mantuvo la vista fija, sin titubear ni arrepentirse por lo que había hecho.
Sango la encaró exaltada:
―¿Fue idea tuya? ¿Estás demente, Rin? ¿Cómo diablos se te ocurre ofrecerte así? ¡Vas a hacer que te maten!
―El tono, Kuwashima.
―Pero, señor... No puede dejar que vaya ―la señaló agitando la mano sin salir de su alteración―. Los riesgos son demasiado altos.
―Créeme que lo sé. Pero situaciones desesperadas requieren de medidas desesperadas, y ya no hay vuelta atrás en esto. Sospecho que si no se siguen las órdenes de Naraku, el señor Taisho no saldrá bien parado.
―¿Rin, por qué hiciste eso? ―musitó Kagome en un susurro asustado.
―Porque es lo único que Naraku aceptará a cambio.
―Pero, ¿qué pasa si no deja ir a Sesshomaru? ¿Qué pasa si es un truco para secuestrarte de nuevo, niña? ―esta vez fue Inuyasha quien lanzó esas fuertes preguntas, las mismas que la carcomían a ella desde que vio aquella maldita fotografía en su teléfono.
―¡No tenemos tiempo para pensar esto a fondo y sacar mil conclusiones! ―saltó ella, mirándolos como si no se dieran cuenta de ese crucial detalle―. ¡Naraku me puso un límite para cumplir con nuestro trato, no puedo esperar a que se les ocurra algo mejor mientras Sesshomaru está en peligro! ¡No es tan difícil de comprender!
―Pero, Rin...
―Llegó el código ―notificó el técnico que hasta entonces se había mantenido al margen, alzando el móvil de Rin en el aire. Minamoto y Sango parecieron poner en pausa su disputa y se acercaron para verlo.
―¿Qué es esto? ¿Coordenadas? ―preguntó Sango sin comprender.
―Parece un tipo de lenguaje informático.
―Déjenme ver ―dijo Inuyasha, rodeando el escritorio. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocerlo―. Es una dirección codificada para entrar en la Deep Web.
―¿Cómo lo sabes?
―¿Tienes conocimientos de la Deep Web, Taisho? ―inquirió el jefe alzando una ceja, mientras su subordinado se apresuraba en correr los programas correspondientes para iniciar el explorador.
―Claro que los tengo.
―¿Entonces no te molestará asistir a mi compañero? Estamos cortos de personal de confianza ―soltó Minamoto. Aún era demasiado pronto para asumir que Byakuya era el único infiltrado de Naraku en la estación, nunca se podía ser demasiado cuidadoso y lamentablemente, del equipo informático sólo podía confiar plenamente en el hombre que estaba sentado a su lado. No podía comprometer los hallazgos o siguientes acciones poniéndolos en manos de terceros que no estaban en su reducido círculo.
―Es mi hermano, haré lo que sea para encontrarlo ―espetó fríamente Inuyasha, mirándolo como si aquella pregunta hubiera estado demás.
―Kuwashima, tu laptop. Dos máquinas trabajando serán más rápidas que una.
Sango no tardó en obedecer y salió disparada hacia su cubículo. Justo en ese entonces, Miroku apareció por la puerta, apenas esquivando a su mujer al salir. Con él iban los señores Taisho, nerviosos e impresionados, como era de esperarse.
Ben soltó un quejido que asustó a la señora Taisho, pero Rin mantuvo la correa tensa y le hizo una señal para que se quedara quieto a su lado. El animal olfateó el aire y siguió a los nuevos personajes con ojos calculadores.
Rin se sintió especialmente pequeña cuando la dorada mirada del padre de Sesshomaru se posó en ella. Su falta de sorpresa o extrañeza ―al menos a gran escala― le hizo saber que Miroku les había contado las razones por las que habían secuestrado a su hijo y cómo era que ella era la responsable de esto. Desvió los ojos al no poder soportar la presión, y su impulso de ir en ese mismo instante a manos de Naraku se multiplicó.
Tenía que solucionar las cosas... no le importaba el precio a pagar si con ello Sesshomaru podría recuperar su libertad.
Ella no valía más que él, eso era lo que debían estar pensando los señores Taisho, y no podía estar más de acuerdo con ello. Después de tantos problemas que había causado, desaparecer para que todos retomaran la normalidad de sus vidas era lo mínimo que podía hacer.
―¿Qué está sucediendo por aquí? ―se sorprendió Miroku cuando Sango regresó a la habitación con su computadora, mouse y cargador, y lo colocaba todo en el amplio escritorio de su jefe, dejando que Inuyasha tomara el control del aparato.
―Los de tecnología me entregaron esto, señor ―Sango le dio un diminuto aparato en cuanto dejó todo sobre la mesa, un artefacto que Rin no alcanzó a ver con claridad.
―¿Inuyasha, qué estás haciendo? ―preguntó su madre en mientras el joven se sentaba en la silla al lado del técnico.
―Buscando a Sesshomaru.
―Nos han enviado una pista que puede determinar el paradero del joven Taisho ―explicó entonces el jefe, poniéndose de pie para recibir a los recién llegados y dejando el objeto sobre el escritorio. Hizo una corta reverencia y los invitó a sentarse en las sillas que se encontraban frente a la mesa. El despacho estaba quedando pequeño con tantas personas adentro―. Taki Minamoto, jefe del departamento. Lamento que nos tengamos que conocer en circunstancias como estas.
Minamoto procedió a darles una resumida explicación de las novedades con respecto al caso, y mientras Rin se mantenía retraída en un rincón al lado de Kagome, intentó ignorar los eventuales vistazos que el señor Toga le lanzaba de vez en cuando sobre el hombro. La psicóloga se dio cuenta de lo nerviosa que esto la ponía, pero todo lo que podía hacer era frotarle el brazo y susurrarle que todo estaría bien para calmarla un poco. Por supuesto que estaba de manos atadas en esa situación, pero hacerla ver que contaba con su apoyo era todo en cuanto podía ayudar por el momento.
―¡Lo tenemos! ―bramó Inuyasha mientras el jefe seguía hablando, pocos minutos después de que sus padres entraran. Los policías se apresuraron a asomarse al computador, donde vieron el fruto de su esfuerzo. Sango se tapó la boca con la mano para cubrir su respingo, y Rin ni siquiera titubeó en ir con ellos.
Profirió un suspiro igual que el de su amiga mientras su vista se nublaba por el fuerte golpe.
Era una especie de filmación de cámara de seguridad. Aparentemente el aparato grababa en tiempo real, en vista aérea de una habitación oscura y casi totalmente vacía. Vio a Sesshomaru tal cual como lo había apreciado en la foto de su teléfono: encadenado con las manos en la espalda, sentado en el suelo, pero no tan encorvado como antes. La imagen era en blanco y negro y de baja resolución, pero aun así se distinguía la mancha de sangre en su pierna izquierda.
―¡Santo cielo! ¡Sesshomaru! ―exclamó la señora Taisho en cuanto se asomó. Su esposo la apartó para que no tuviera que verlo de nuevo, abrazándola mientras ella intentaba contener el llanto provocado por la impresión. La expresión del hombre era compungida, pero apretaba los dientes para no dejar salir ninguna muestra de sorpresa.
―¿Qué es eso? ―Sango señaló un punto al lado de Sesshomaru. Inuyasha tecleó unos comandos que acercaron la imagen.
―Un reloj ―dijo el técnico― en cuenta regresiva, parece. Marca tres horas.
Rin casi dio un salto.
―¡Es el tiempo que tengo! ―profirió horrorizada―. ¡Tengo que irme ya!
―¿Irte? ¿De qué hablas, Noto? ―se extrañó el señor Taisho sin soltar a su esposa.
―Rin se ofreció para intercambiarse con Sesshomaru ―resumió Kagome a sus suegros. Izayoi se separó del pecho de su marido y la vio escandalizada.
―¡No! ¿Por qué harías eso? ¿Qué te harán una vez que vayas con ellos? ―dio un paso hacia ella, pillándola desprevenida.
―No lo hagas, Noto ―continuó Toga. En ese momento no se percató de que usaba su verdadero apellido en lugar de Takahashi―, Sesshomaru no querría que te expongas así. Estoy seguro de que debe haber otra forma. ¿Podemos contactarnos de nuevo con él? Puede querer alguna clase de recompensa por mi hijo, le daré lo que quiera, no me importa.
―Él no quiere dinero ―contestó Rin―, me quiere a mí. Quiere vengarse de mí, no aceptará otra cosa.
―¿Vengarse? ¿Y aun así quieres ir después de todo lo que te han hecho? ―habló duramente Toga, a lo que ella le devolvió una mirada llena de incomprensión:
―¡Eso no importa ahora! ¡Lo que importa es sacar a Sesshomaru de ahí!
―¿Tampoco importa lo que te pase a ti? ―Rin respingó y dio un paso atrás. La oficina estaba en silencio excepto por los constantes tecleos del técnico y de Inuyasha, quienes se mantenían ajenos a la discusión y algunos sonidos de inconformidad del perro, que vigilaba con precaución a los presentes y se mantenía pegado a su dueña―. Tu vida es valiosa para él, no lo desprecies de esa manera.
Rin no sabía cómo había aguantado hasta entonces el llanto y no quería siquiera pensar en ello. Le devolvió conmovida la mirada al señor Taisho y negó con la cabeza.
―Lo lamento mucho más de lo que puedan imaginar. Pero no tengo tiempo para esto, necesito ir con él. Debo irme ahora ―remarcó la última palabra cuando se dirigió apremiante primero al jefe y después a Sango.
―¿Cómo van a permitirle ir? ¡Es una locura! ―se exaltó Izayoi preocupada, mirándolos a todos sin entender por qué nadie hacía nada para detenerla.
―Noto, ven aquí.
Minamoto le mostró entonces la pequeña tarjeta casi igual a un chip de teléfono que Sango había dejado antes en su mesa, aunque apenas un poco más gruesa y del tamaño de la uña de su dedo meñique. El jefe hundió un palillo que sacó de su bolsillo en uno de los puntos de cobre y una minúscula luz, apenas perceptible, se encendió.
―¿Qué es esto?
―Un rastreador de muy largo alcance y durabilidad. Nos guiará hasta Naraku, y con suerte, hasta el joven Taisho ―le dijo. Rin examinó el aparato, pensando en dónde podría ocultarlo sin que fuera detectado. Sabía que era poco probable que lo hicieran por su tamaño, pero no subestimaría las retorcidas intenciones de Naraku.
―¿Y si lo descubren? ―preguntó asustada la señora Izayoi, incrédula por la naturalidad con la que veía que todos se desenvolvían, como si enviar a esa chica a la yakuza fuera cosa de todos los días.
―No dejaré que lo encuentren ―les prometió ella con toda la seguridad que era capaz de proyectar, tomando con cuidado la tarjeta.
―Rin... ―Kagome la tomó de la otra mano, también llorando. La abrazó con temblorosos brazos―. ¿Puedes reconsiderarlo?
―Me encantaría hacerlo, pero sabes que no puedo ―le dijo, apoyando la mejilla en su hombro.
―Necesitarás esto también ―interrumpió Minamoto, extendiéndole su celular―. Supongo que Naraku querrá comunicarse contigo, y en la medida de lo que sea posible, nosotros lo haremos también. Te estaremos vigilando.
―No pueden seguirme. Si él se entera...
―No lo haremos nosotros. Pero pasaré el mensaje a mis contactos en Odaiba. Párate aquí un momento ―le indicó, señalándole la pared al lado de la puerta. Seguidamente sacó su propio celular y le tomó algunas fotografías a su rostro, ropa, zapatos y una de cuerpo completo tanto como el espacio se lo permitía―. Una imagen es mejor que cualquier descripción.
―Señor, si me dejara al menos ir a Odaiba a una distancia prudente... ―Minamoto alzó la mano para detener las palabras de Sango, a lo que ella tuvo que morderse la lengua con resignación.
―No podemos arriesgarnos a que te descubran, ya te han visto con ella y conocen tu cara. Puede que la lleven al lugar donde está Taisho, pero de todas formas ―se giró para ver al técnico y a Inuyasha. Este último observaba la escena con una mezcla indefinida de emociones. No quería que la chiquilla fuera en una misión suicida, pero tampoco podía negar que admiraba su valentía... por más estúpida que esta fuera―, ¿pueden encontrar el lugar donde se emite el video? Si está en línea debe tener una dirección IP por lo menos.
―Eso intentamos, jefe. Tiene muchos bloqueos y redireccionamientos ―contestó el técnico mientras tecleaba.
―Hagan todo lo que sea posible, y rápido. Es posible que haya anticipado nuestras intenciones y corte la señal.
―Lo haremos ―aseguró muy seriamente Inuyasha―. Niña... Rin. Ten mucho cuidado. Sesshomaru se enojará contigo si llega a pasarte algo, y lo que es peor, nos matará a todos por haberlo permitido.
Por un ínfimo instante, Rin sintió que sus agrietados labios se curvaban levemente en una sonrisa. Sus facciones, arrugadas por la angustia, se ablandaron un poco y asintió con la cabeza.
―Gracias ―esta vez se dirigió a los señores Taisho para dedicarles una breve inclinación―. Lo traeré de vuelta.
―Noto, tienes que guardar muy bien el rastreador. ¿Tienes pensado un lugar? ―cuestionó Minamoto antes de que se fuera.
―Tengo una idea. Kagome, necesito tu banda del cabello ―dijo trémulamente la señora Taisho mientras caminaba hacia Rin. Kagome deshizo su cola de caballo y le pasó la gruesa moñera negra―. La tarjeta, por favor.
La chica no tuvo tiempo de preguntarle qué se proponía, pues ya con ambas cosas en las manos, desenrolló los extremos de la cola hasta formar un cilindro.
―¿De casualidad tienen pegamento? ―preguntó a los presentes. El técnico revisó sus bolsillos tras pedir un segundo, y extrajo un pequeño tubo de pegamento extrafuerte, musitando que era una suerte que siempre lo llevara encima en caso de que necesitara reparar algo.
La mujer colocó una gota en la parte trasera de la tarjeta y la unió al interior de la moñera, presionándola con cuidado para que se mantuviera pegada. Seguidamente, volvió a enrollar los extremos y le indicó a Rin que se diera la vuelta. Le hizo una cola de caballo baja, asegurándose de que la parte donde se encontraba el rastreador estuviera debajo.
―Toga me ha hablado mucho de ti ―comentó con suavidad cuando terminaba de atar su cabello―, estaba ansiosa por conocerte, pero no de esta manera.
Rin se dio la vuelta y le dedicó una triste mirada llena de circunstancias. El rostro de la mujer, que pese a su miedo mostraba una sonrisa de ánimo, casi le arrancó algunas lágrimas.
―Cuando estés de vuelta debes aceptar nuestra invitación a cenar, ¿está bien? Sesshomaru y tú tienen que estar ahí ―completó viéndola a los ojos. Rin se sintió tan conmovida que tuvo que morderse los labios para no llorar. Asintió, agradecida por toda la fe que le demostraban.
―Eso haremos. Lo prometo.
Y sin más que añadir, sin dejar de pensar en el reloj en cuenta regresiva al lado de la pierna herida de Sesshomaru, dio una cabezada general y salió del despacho en dirección a los ascensores. Todos los sonidos habían enmudecido para ella, y sólo la seguían el rasguño de las uñas de Ben a su lado.
Llegó a la planta baja y entonces notó la presencia de Kagome, Sango y Miroku, quienes la habían acompañado en silencio durante todo el trayecto. Sólo cuando se disponía a salir se dio cuenta de que aún apretaba la correa de Ben en la mano derecha.
El animal le dio una mirada de incomprensión cuando Rin se arrodilló frente a él y lo estrechó fuertemente, hundiendo el rostro en su denso pelaje. Le susurró que lo quería mientras besaba varias veces su hocico, pero no se permitió perder más tiempo del necesario. Entregó la correa a Sango y le dijo:
―Por favor, si algo llega a pasar prométeme que él estará bien.
La mujer aceptó la correa, pero negó con la cabeza. Sus expresivos ojos marrones estaban brillantes por las lágrimas que no quería dejar caer.
―No. No va a pasarte nada. Lo cuidaré hasta que regreses.
Rin no tuvo fuerzas para refutarle, por lo que sólo dio una cabezada y se enjugó los ojos con la manga de su suéter verde.
―Gracias. Pórtate bien, Ben.
―Nos veremos pronto, Rin. Tenlo por seguro ―repitió Sango con convicción. Rin volvió a asentir.
―Te estaremos cuidando desde aquí ―le dijo Miroku al apretarle cariñosamente el hombro. Sus ojos azules transmitían tanta paz y serenidad que le ayudó a creerle―. Te recomiendo que no pierdas ni un minuto buscando transporte público. Toma un taxi ―y le extendió varios billetes de alta denominación que ni siquiera le había visto sacar. La primera reacción de Rin fue la de reprochárselo, pero lo pensó de nuevo y aceptó el dinero agradeciéndole por lo bajo.
―No olvides que no estás sola en esto. Nunca estarás sola ―aseguró Kagome al darle un fuerte abrazo.
―Lo sé.
Se separó de ella y cerrando fuertemente los ojos, se dio la vuelta y salió de la estación sin mirar atrás, e ignorando los quejidos y ladridos de Ben caminó tan rápido como pudo por la acera. Hizo una seña al primer auto con identificación de taxi que encontró, y no le importó en absoluto que el conductor fuera un hombre de mediana edad, uno al que en condiciones normales jamás se atrevería a dirigirle la palabra por propia voluntad. Le indicó la dirección y se pegó al asiento trasero, respirando profundamente sin dejar de pensar en ese reloj.
...
Se llevó el teléfono al oído en cuanto el taxista la dejó al final del Rainbow Brige, la entrada oficial a la isla de Odaiba. Escuchó el desesperante tono de llamada mientras caminaba por la acera mirando hacia todos lados, esperando ver alguna clase de señal que le indicara hacia dónde ir o qué hacer.
Se quedó parada al lado de una máquina expendedora de bebidas, impaciente.
¿Algún oficial la habría seguido? ¿Naraku pensaría que había roto su parte del trato? No podía ser, estaba totalmente sola, jamás se había aventurado tan lejos de su apartamento por su cuenta y por más que buscara no daba con nadie que la estuviera mirando.
Comenzaba a desesperarse cuando al fin la tan conocida y detestable voz de Naraku respondió la llamada.
―No tardaste mucho, bailarina. ¿Ya estás en Odaiba?
―Acabo de llegar, estoy cerca del puente. ¿Qué hago ahora?
―Ve a los estudios de Fuji TV, alguien te está esperando ahí.
―¿Fuji TV? ¿Ahí está Sesshomaru?
―Todo a su tiempo, bailarina. Quedan exactamente una hora y treinta y tres minutos. Si no estás frente a mí para cuando se acabe el límite... bueno, podrás imaginártelo ―completó tranquilamente con un deje de diversión en la voz.
―Voy hacia allá. Llegaré a tiempo.
―Cuento con eso.
La llamada se cortó y Rin se dirigió entonces a la primera persona que pudo encontrar, una madre que iba de paseo con sus pequeños hijos, quien le indicó el camino para llegar al emblemático edificio. La señora no tuvo tiempo de preocuparse por su exasperado rostro, pues Rin le dio las gracias y echó a correr tan rápido como pudo hasta la parada de autobús en la siguiente cuadra. Un vehículo estaba deteniéndose y no podía darse el lujo de perder valiosos minutos corriendo por la isla. De haber sabido exactamente adónde tenía que ir desde el principio no habría despachado al taxista, pero ya era demasiado tarde como para reprocharse por eso.
Se situó al lado de la puerta una vez hubo abordado, aferrándose al pasamanos superior como si su vida dependiera de ello, mientras su otra mano estrujaba el celular. No había llevado consigo nada más que la ropa que tenía puesta, el teléfono y el dinero que le había dado el señor Miroku, pues estaba segura de que Naraku sospecharía de ella si la viera aparecer con su bolso.
Respiró profundamente intentando en vano no pensar en el condenado reloj, convenciéndose de que el autobús era muchísimo más rápido de lo que ella podría correr jamás, pese a las paradas que hacía a cada rato. De todas formas no podía arriesgarse a llamar la atención más de lo necesario, además de que sabía que necesitaría todas sus energías para encarar a su peor pesadilla.
Sólo espera, Sesshomaru. Te sacaremos de ahí.
Sus dedos se cerraron más fuertemente en torno al celular. En la estación ya debían estar al tanto de las instrucciones de Naraku, pues una computadora seguía entrelazada a su teléfono y recibía la misma información. No se atrevía a enviar ningún mensaje, ni a emitir ninguna llamada a cualquier otro lugar que no fuera el teléfono de Sesshomaru. No podía tentar a la suerte de que la persona equivocada se diera cuenta de sus intenciones, en ese momento cualquiera podía ser un potencial enemigo y debía andarse con el mayor cuidado posible.
La señal digital sobre la cabina del conductor indicó que la próxima parada era precisamente la de Fuji TV, y antes de que el autobús se detuviera por completo Rin ya estaba posicionada frente a las compuertas, lista para saltar.
Sus músculos se tensaron al hallarse frente al tan característico edificio. No había persona en Tokio que no conociera aunque fuera un poco de su historia o destacable arquitectura, aunque ella particularmente nunca había puesto un pie en su interior.
Subió las amplias escaleras, bordeando un grupo de chicas uniformadas que debían estar de excursión, y se dirigió a las impresionantes puertas que daban la bienvenida al público. Había mucha gente ahí adentro: era un sitio muy popular en determinados días para hacer tours en los estudios, y un puñado de turistas se acoplaban frente a un guía que les indicaba que el paseo estaba por iniciar.
Rin se plantó cerca de la entrada, examinando a cuanta persona pudiera encontrar. Naraku le había dicho que alguien la estaría esperando, y se maldijo por no haberle preguntado al menos algunos datos más para reconocer a esa persona. ¿Y si ese encargado no la reconocía y la estaba buscando? ¿Cómo sabría quién era si nunca lo había visto?
Se dedicó a ubicar a cualquier hombre con características de matón, el arquetipo estándar que Naraku enviaría para intimidarla o quizás torturarla un poco antes de reunirse con ella.
Estaba a punto de llamar de nuevo para preguntar por más instrucciones, cuando una voz femenina la sacó rudamente de su desesperado trance.
―¿Rin Noto? ―volteó y se encontró con una chica que parecía ser un poco menor que ella, de cabello corto y lustroso, y una mirada alerta demasiado inteligente como para pasar desapercibida. Iba con un uniforme de preparatoria tal y como las otras chicas que había visto en las escaleras al momento de llegar.
Rin no pudo responder más allá que con un sorprendido asentimiento.
―Por aquí ―la tomó de la muñeca y la guió hábilmente por la muchedumbre hasta unas escaleras laterales. Abrió la pesada puerta metálica para dejar ver el área cubierta de concreto gris, con señalizaciones y luces de emergencia. La muchacha no le dijo absolutamente nada mientras la llevaba hacia abajo, y lo prefería así. No tenía la cabeza como para hacer preguntas o pedir explicaciones.
Tras unos cinco o seis minutos completos en total silencio, llegaron hasta lo que consideró el subsuelo, un tipo de sótano amplio y bien iluminado que daba a varias habitaciones. El área de los empleados, supuso, o tal vez una especie de almacén de utilería.
Vio pasar viejos carteles luminosos, estructuras de madera que asemejaban el escenario de una obra de teatro, disfraces colgados en percheros, cientos de extensiones eléctricas, focos, paneles de iluminación y muchas cosas más que no llegó a distinguir en su totalidad. Casi al final del pasillo, la chica se detuvo ante otra puerta metálica y tiró de ella. Parecía una sala de descanso en desuso, a juzgar por el estado de abandono de los modestos muebles y la considerable capa de polvo que cubría cada superficie.
Recién entonces su muñeca fue soltada y la silenciosa guía sacó una pequeña llave oxidada de su bolsillo, la cual utilizó para destrancar una estrecha puerta al otro extremo de la sala. El corazón de Rin ya llevaba un buen tiempo latiendo desbocado, pero cuando descubrió lo que estaba oculto bajo llave, todo su cuerpo se paralizó de golpe.
Había una chica tirada en ese abandonado y oscuro baño, amordazada, en ropa interior y aparentemente inconsciente a juzgar por su nula movilidad. Era tal su impresión que ni siquiera tuvo el valor de comprobar con mayor detalle que su pecho subiera y bajara marcando su respiración.
―Tienes tres minutos ―expresó su guía, arrojándole algo que acababa de sacar del suelo del baño. Rin atinó a atajar la ropa al vuelo por mero reflejo. Era un uniforme escolar justo como el que ella llevaba puesto―. ¿Qué esperas? El reloj avanza, Noto. La ropa interior también.
―No llevo nada encima ―espetó ella cuando se bajaba los pantalones para dejar al descubierto sus bragas de rayas azules.
―Seré yo quien juzgue eso.
Rin se mordió la lengua y dejó las bragas a su alcance sobre la mesa para después deslizarse rápidamente en la falda a cuadros azul marina. La chica tomó la prenda y la examinó con ojo crítico, buscando posiblemente algún aparato de rastreo o micrófono. La banda de cabello que llevaba puesta se le hizo mucho más pesada, e intentó mantener un rostro neutro para no levantar sospechas.
Viendo que ahí no había nada, las volvió a dejar sobre la mesa y Rin aprovechó para colocárselas de nuevo.
Lo mismo sucedió con su modesto sostén a juego en cuanto se deshizo de la blusa y suéter, y mientras su fría acompañante iniciaba su minuciosa búsqueda, se colocó los calcetines y los zapatos. Tardó menos de un minuto en cubrir la parte superior de su cuerpo en cuanto la prenda le fue devuelta, todo bajo la atenta mirada de la chica, que apenas tardó un segundo en enviar un mensaje de texto. Seguramente le decía a Naraku que estaba limpia y lista para partir.
―Ven aquí ―le indicó, sacando de su bolso escolar una masa de pelo marrón―. Hazte un moño, no creo que a Naraku le haga gracia que te corte el cabello para ponerte esto.
Acató su orden escondiendo el inmenso alivio que sentía al poder conservar la liga donde se encontraba oculto el rastreador, agradeciéndole mil veces en su cabeza a la señora Taisho por tan excelente idea. La chica le aplastó el pelo sin consideración para colocarle la redecilla, y sobre ésta ajustó la peluca castaña de descuidados rizos hasta los hombros y espeso flequillo que casi le cubría los ojos.
Por último, su guía le sacó las gafas de moldura cuadrada y negra a la amordazada muchacha y se las plantó rudamente en la cara. Tenían tal nivel de graduación que no consiguió distinguir casi nada más allá de un metro de distancia.
―Y ahora sólo queda esto ―dijo al tomar su celular de la pequeña mesa. Lo dejó caer al suelo y le dio un fuerte pisotón. El crujido de la pantalla resonó escalofriante contra las frías paredes marcadas por el abandono. Rin sintió un golpe en el pecho al perder su manera de comunicarse con el mundo exterior, pero agradeció llevar encima lo único que realmente podía ayudarla a ser encontrada sin importar dónde estuviera.
Los restos del destrozado celular y la ropa con la que había llegado fueron arrojados al baño junto a sus zapatos, y la puerta se cerró de nuevo con las llaves que la chica guardó en su bolsillo.
―¿Cuántos años tienes? ―le preguntó al dar unos pasos atrás para evaluar su trabajo.
―Veintitrés.
―Vaya, te ves de mi edad ―se sorprendió la otra alzando las cejas sin que pudiera verlo. Y menos mal que así era, de aparentar la edad que tenía no estaba segura de que su plan diera resultado. Rin ignoró la burla disfrazada de cumplido sin siquiera hacer una mueca.
―¿Ella estará bien? ¿Está...? ¿Está muerta? ―se preocupó al ver que dejaban a la adolescente atrás como si nada. De nuevo se dirigieron al amplio pasillo subterráneo en dirección a las escaleras de emergencia. Esperaba salir pronto de aquel infierno para avisarle a la gente de la comisaría el paradero de esa desafortunada muchacha, y cruzaba los dedos para que no fuera demasiado tarde para cuando la ayuda llegara.
―No, sigue con vida ―contestó desinteresadamente la otra, afianzándola de la muñeca.
―¿Qué pasará con ella?
―Eso es algo que no te incumbe. Escucha ―la detuvo al colocar un pie en el primer escalón, mirándola con autoridad y advertencia, o al menos eso le pareció ver a través de los cristales―. Cuando salgamos ahí afuera responderás al nombre de Naoko Tasaki. Te sentías mal y te acompañé a que te vieran los paramédicos del segundo piso. Estás mareada y te duele mucho la cabeza, por lo que no hablarás con nadie más que conmigo, a no ser que te dé mi permiso. Si haces un movimiento en falso, dices una palabra fuera de lugar o me das un motivo para sospechar que planeas algo, Naraku se enterará al instante. ¿Te quedó claro?
―Sí ―asintió rápidamente Rin. Se acomodó el bolso de la muchacha abandonada sobre el hombro, colocándose una máscara de seriedad―. ¿Algo más que deba saber?
―Por ahora no ―y la haló de nuevo escaleras arriba. Los zapatos de Tasaki le bailaban un poco al ser una talla más grande, y por un segundo pensó en el inconveniente que resultaría echar a correr con ellos. Apretó los dientes y se dejó guiar con la mejor disposición en su haber, tratando de nuevo de no pensar en la cuenta regresiva ni en la pobre chica. Tenía un papel que seguir y mientras más rápido lo hiciera, mejor para todos, incluyéndola a ella.
Salieron de nuevo al rellano de Fuji TV, y a través de los anteojos, Rin vio a la muchedumbre que caminaba en todas direcciones y hablaba en murmullos que no podía descifrar. El cabello falso se le metía constantemente en los ojos, ocasionando que le picaran más de lo normal, pero no hacía nada para apartarlo para no alertar a su guía.
Al fin salieron del recinto y bajó torpemente los escalones, temiendo dar un paso en falso y caer de boca. Distinguió al grupo de chicas de instituto por los colores del uniforme poco antes de que su compañera dijera con voz empalagosa y aguda:
―¡Chicas, ya estamos listas! Perdón por la demora.
―Ya era hora, Sakasagami, ¿tienes idea de lo mucho que las hemos esperado? ¡El ferri que íbamos a tomar ya se fue! ―reclamó una de ellas con fastidio. No podía ni siquiera saber cuál de todas era la que había hablado, sus rostros tenían una forma indefinida.
―Uy, lo siento mucho. Tasaki se encontraba peor de lo que creía y tuvo que guardar reposo mientras el calmante le hacía efecto.
―¿Qué te pasó, Tasaki?
―Su dolor de cabeza era muy serio, estaba mareada y muy pálida, ¡la hubieras visto! Era como si un fantasma se le hubiera aparecido.
―Si te sentías mal no tendrías que haber venido ―dijo con autoridad la primera muchacha que había hablado. Rin apretó los dientes sin saber qué hacer, ¿se suponía que respondiera por su cuenta? Dio una rápida mirada a la otra, buscando su aprobación. Bajó la cabeza, forzando una voz más infantil y baja, rogando que no notaran ninguna diferencia con la verdadera Tasaki:
―Perdón.
―Bueno, ya qué más da. Es nuestro primer viaje sin el tutor, así que no nos retrasemos más. ¿Al menos tienen los folletos que les pedimos?
―Aquí están, sanos y salvos ―Sakasagami palmeó el bolso que llevaba Rin, con un ánimo que se le hizo tan falso que se cuestionó si alguna de las compañeras sospechaba algo.
―Bueno. Vamos al puerto, el próximo ferri saldrá dentro de poco. Con suerte llegaremos al instituto antes de que anochezca.
―Claro. Vamos, Tasaki. Creo que aún está algo mareada ―explicó con fingida preocupación mientras la tomaba con cuidado del brazo para ayudarla a bajar las escaleras, casi como si realmente fueran muy buenas amigas.
―Entonces acompáñala a casa mientras nosotras vamos a terminar el informe. Pero necesitaremos sus partes para mañana ―espetó rudamente la misma chica con hastío. No parecía tenerle mucho aprecio a Tasaki, y eso la hizo sentirse realmente mal. ¿No podían siquiera notar una diferencia? ¿Acaso eran tan parecidas físicamente o era que nadie se molestaba en prestarle gran atención a una chica supuestamente enferma?
Espero que Tasaki consiga mejores amigas, éstas son un asco.
Las demás chicas se adelantaron un poco con la excusa de hacer la fila para abordar el ferri mientras Rin y Sakasagami iban a un paso algo más lento para mantener el teatro. No tenía idea de cuánto tiempo habían gastado en recorrer la calle hasta el punto de salida (que tampoco estaba tan lejos), pero a su medición desesperada le parecía toda una eternidad.
―¿No podemos ir más deprisa? ―musitó Rin en voz baja.
―Se supone que estás enferma, actúa como tal ―respondió brevemente la otra.
―Pero el tiempo...
―Preocúpate por mantener tu actuación y después hablaremos del tiempo.
Apretó los dientes reprimiendo sus ganas de darle un golpe en la cara y salir corriendo, y continuó caminando con cierta pausa, agachando la cabeza y llevando casualmente una mano a su frente como si tuviera algo ahí que le causara mucha presión. Cosa que no necesitaba fingir porque era totalmente cierta.
Ya en la fila de abordaje, se reunieron con las otras ―un grupo de apenas cinco chicas más, siete si las contaban a ellas―, quienes no reparaban demasiado en ninguna de las dos más allá que para soltar algunos comentarios ocasionales referentes al retraso.
Ocuparon unos puestos en el área interior, y Sakasagami la hizo sentarse entre la ventana y ella para mantenerla lo más oculta posible, todo muy bien disfrazado bajo la falsa imagen de una amiga preocupada. Una de las muchachas que se sentó en el puesto delantero al suyo se quedó viendo a Rin en lo que ella supuso que era una extrañada mueca. Preocupada de ser descubierta, bajó un poco la cara para que el flequillo la cubriera un poco más. Sólo bastaba que una sola persona se percatara del cambio y todo estaría arruinado.
―¿Te pasó algo para que te doliera tanto la cabeza, Tasaki?
Rin apretó los labios, nerviosa. ¿Y si diferenciaba su tono de voz, y si decía algo que la verdadera Tasaki no pronunciaría?
Sakasagami le frotó dulcemente el brazo y se encargó ella misma del problema.
―Me parece que anoche se cayó después de la ducha y se hizo daño en la cabeza. ¿No es así, Naoko?
―Ah... sí, me resbalé ―dijo por lo bajo con un leve asentimiento. La chica torció la cabeza, tal vez preocupada.
―Eso es muy peligroso. ¿Por qué no fuiste al médico antes? ―quiso saber. Al menos ella no sonaba tan desagradable como las otras, lo que le hizo sentir un poco de esperanza por la pobre Tasaki. A juzgar por el silencio de la chica que iba a su lado, asumió que esta vez debía responder por su cuenta. ¿La estaba poniendo a prueba, tal vez? ¿O le divertía torturarla de esa manera, esperando que cometiera algún error?
―No me dolía mucho ayer ―respondió suavemente―, pensé que se me pasaría.
―Puedes tener algún daño interno. Tal vez deberían ir al hospital ―recomendó la muchacha.
―Sí, estaba pensando justo en eso ―asintió Sakasagami, afianzándose a su ridícula actuación―, no deberíamos correr riesgos. Le avisaré a mi tío que nos recoja del puerto, vive cerca y debe estar en casa ahora. Él nos puede llevar a que la revisen.
―Mejor así. Tienes mucha suerte de que Yura esté contigo, Tasaki. Ser la chica nueva nunca es fácil, pero te conseguiste a una buena amiga ―le dijo antes de voltearse para regresar a sus cosas. Rin evitó a toda costa hacer una mueca ante esos comentarios. ¿Buena amiga? Seguro que sí.
El tortuoso viaje en ferri fue demasiado largo para su gusto, pero se forzó a mantener su papel lo mejor que pudo. Intentó preguntarle a su compañera qué hora era, pero todo lo que consiguió fue un meloso "falta poco, Naoko, ya vamos a llegar", acompañado con el garabato de una falsa sonrisa bastante borrosa. Cerró los ojos en un intento de relajarse, y al cabo de unos minutos más, los parlantes anunciaron su llegada al muelle Hinode y la nave fue aminorando la velocidad hasta detenerse por completo. Lo único que quería Rin era salir corriendo, pero de nuevo tuvo que pretender ser la chica enferma que se aferraba a la mano de su caritativa amiga.
Para cuando salieron, el sol le dio de lleno en la cara al momento de hacer la fila para subir las escaleras hacia la parte alta del muelle, donde había reunida gran cantidad de gente. Aquel era un sitio turístico por excelencia al tener una buena vista del Rainbow Bridge y la silueta de Odaiba, una que en ese momento no podía importarle menos. Apretó inconscientemente la mano de Sakasagami para apresurarla, haciendo que ésta rolara los ojos.
Comenzaron a caminar detrás de las demás chicas hasta la parada de autobús, quejándose por el mantenimiento de las vías del monorriel que las había retrasado considerablemente tanto en ida como en regreso, además de la cantidad de tiempo que tuvieron que esperar a que Tasaki y Sakasagami regresaran de la enfermería de Fuji TV.
―Odio subir en el ferri, es demasiado lento. ¿Por qué tenían que hacerle mantenimiento justamente hoy? ―se quejó la chica que las había recibido antes, siendo secundada por las otras, más interesadas en sus celulares que en el camino.
―Era eso o esperar veinte minutos a que pasara otro autobús ―secundó otra―, al menos ya llegamos.
―Oh, ahí viene mi tío ―avisó Sakasagami al divisar un auto verde que daba la vuelta en la rotonda para quedar de su lado de la calle―. Nos vemos mañana, chicas, perdonen el retraso.
―No se olviden de llevar sus partes del trabajo terminadas ―demandó la primera jovencita, a lo que Rin asintió tímidamente.
―Que te mejores, Tasaki ―se despidió la chica que había hablado con ellas en el ferri, la única que se veía al menos levemente interesada en su salud mientras Sakasagami la guiaba hasta el auto que se había detenido en la cuadra anterior para no ocupar el lugar del paradero. Rin tuvo que respirar hondamente para poder abordar el automóvil sin que le diera un ataque de pánico. Le recordaba a aquella vez que intentaron secuestrarla de nuevo y Ben lo impidió; por lo poco que podía distinguir con las gafas, aquel era un auto bastante parecido al de esa ocasión.
No quiso ni mirar al conductor, y cuando intentaba evaluar con poco éxito el estado del seguro de la puerta, Sakasagami se ubicó a su lado, cerrando de un portazo y abriendo la ventana conforme el vehículo avanzaba para despedirse con gesto risueño de las otras chicas.
En cuanto dejaron atrás aquella calle y la ventana estuvo de nuevo cerrada, la falsa felicidad en aquel blanquecino rostro se deshizo con un suspiro de hastío.
―Fue más fácil de lo que pensé ―comentó ella mientras manipulaba el celular.
―¿Puedo quitarme los lentes y la peluca? ―preguntó Rin, sofocada por el calor del cabello sintético y mareada por las gafas graduadas.
―Haz lo que quieras, igual los vidrios están polarizados ―le dijo sin ningún interés. Al fin pudo deshacerse de los anteojos y echar una buena mirada a su alrededor, aunque no encontró nada demasiado llamativo como para preocuparse más de lo que ya estaba. Se fijó con cautela en el conductor en el asiento delantero, un sujeto que se mantenía estático, sin apenas moverse mientras conducía y que le hizo pensar que se trataba más de un maniquí que de un ser humano.
Era un tipo corpulento a juzgar por sus anchos hombros, tenía el pelo grueso y negro cortado al ras en un estilo militar y vestía una camiseta de algodón oscuro bastante corriente.
―Sí, señor, ya vamos en camino ―la distrajo la voz de la adolescente, quien hablaba por teléfono―. Me sorprendió que se portara tan bien, no causó ningún problema. Oh, ¿en serio? ―giró los ojos para verla, alzando una ceja con burla―. No se preocupe, no demoraremos en llegar. Gracias, señor, lo recordaré.
―¿Iremos donde está Naraku ahora? ―preguntó tras unos segundos. Ya se había quitado la redecilla y atado el cabello en la misma cola baja que la señora Taisho le había colocado al salir de la estación. Su único consuelo ante la perspectiva de estar metida hasta el fondo en eso era que la moñera seguía intacta en su cabeza y que el Jefe Minamoto, Sango y los demás debían estar registrado sus movimientos en ese mismo momento. Lo que le intrigaba era el hecho de cómo sabrían exactamente cuándo se encontraría con Naraku, pues éste bien podría recibirla y desaparecer en el acto, enviándola a otro lado.
―Ajá. Lo que me recuerda... ―Sakasagami se movió demasiado rápido como para siquiera darse cuenta de lo que hacía hasta que ya fue demasiado tarde. Con un certero golpe del filo de su mano, presionó un punto en su cuello con bastante fuerza haciendo que perdiera instantáneamente el conocimiento.
Yura la empujó para que se derrumbara sobre el otro lado del asiento y soltó un resoplido. Adoraba desmayar a la gente con sus conocimientos en artes marciales, aunque a Naraku no le hiciera mucha gracia que lo practicara con los clientes más insoportables.
Bueno, al menos no era tan malo. Podría estar en los zapatos de esa tonta de Noto, quien se había buscado demasiados problemas con el hombre equivocado y estaba a punto de saldar todas sus deudas por rebelársele. ¿Por qué nadie entendía que lo mejor era simplemente trabajar con él de buena gana y aceptar cualquier cosa que dijera? Había jugosos beneficios de por medio si lograbas ganarte su favor.
Incluso ella, a quien había tomado de las calles a los catorce, podía contar con una vida bastante decente sólo por obedecer. Podía asistir al colegio y más adelante a la universidad, siendo todo pagado por su generoso benefactor quien había descubierto su potencial y necesitaba sacarle provecho por medio de una buena educación. Tenía planes para ella y se aseguraba de instruirla correctamente desde temprano.
Yura no podía quejarse, le gustaba su vida ahora, era divertida. Todo lo que quedaba por hacer era recoger a Tasaki y dejarla en una clínica privada ―manejada por Naraku, por supuesto― hasta que la droga que le había suministrado pasara por su sistema. No recordaría nada de lo que había sucedido y era tan tonta y tímida que se creería cualquier cosa que le contara. Debía pensar en una excusa para esconder la desaparición de sus ropas, zapatos y anteojos en caso de que Naraku no se los regresara, pero eso era lo de menos. Ya a partir de ahí podría manejarse perfectamente y el incidente no pasaría a mayores.
Le lanzó una mirada de soslayo a Rin y torció la boca con decepción. Había escuchado muchas cosas de la famosa bailarina fugitiva, pero por tanto alarde creyó que se encontraría con alguien más interesante. Yura se consideraba a sí misma mucho más atractiva que ella, pero tampoco le importaba lo que fuera que vieran los demás, especialmente Naraku, en esa mujer.
Igual no era su problema lo que sería de ella. Oh, no. Ahora eran otros quienes manejarían sus hilos y pondrían a prueba su valor.
...
Quedaban sólo diez minutos en el reloj y ya a esas alturas había un pánico generalizado en el despacho. Su padre pedía ser informado de cada paso que los agentes daban para mantenerse actualizado, preguntando en qué podía ser de ayuda, mientras Kagome intentaba tranquilizar a su madre, asegurándole que todo estaría bien.
Cómo le gustaría a él mismo creer en las palabras de su mujer. Alzó la vista por un segundo para observarlas a ambas, apretando las mandíbulas. No podía decepcionar a sus padres, por eso se concentraba lo mejor que le era posible con todos los murmullos que intercambiaban constantemente a su alrededor. Trataba de no mirar demasiado la ventana lateral que mostraba la imagen de la cámara, con Sesshomaru esposado y sentado en el suelo de piernas cruzadas al lado del maldito reloj. Apenas se había movido, y en algunas ocasiones lo había visto forcejear discretamente con las ataduras de sus muñecas, como si intentara quitárselas sin hacer ruido.
Ante todas las personas que contaban con él, Sesshomaru era el único al que realmente le importaba no decepcionar.
―Parece que Noto se está deteniendo. La señal lleva más de un minuto estática ―dijo Fumita a su lado, señalando la trayectoria del rastreador.
―Ha estado en Fuji TV, después en el puerto Hinode, y ahora están en Koto ―enumeró Sango, quien estaba detrás de él viendo todo lo que hacía. Habían desplegado un mapa de la ciudad y sus distritos detrás del escritorio, sobre la pizarra blanca, y Miroku marcaba la trayectoria del rastreador con un marcador rojo―. ¿Naraku tendrá ahí una base?
―Quizás tengan asociados que puedan esconderlos ―razonó Miroku―. Si mal no recuerdo, Kanto Imperial Trading tiene acciones en las compañías para las que importa mercancía, tendremos que sentarnos a ver la lista y buscar si tienen sedes en la zona.
―Kanto Imperial Trading tiene negocios con las tiendas departamentales Daimaru, con Fujikura, Telecom... incluso me parece que también tienen relación con las aerolíneas Ibex cuando transportan materia en menor cantidad ―intercedió el señor Taisho con rapidez―. Todas han estado involucradas en el escándalo de los sitios ilícitos de pornografía y narcotráfico, ¿no es así?
―De una forma u otra. En algunos casos sólo una pequeña porción de sus empleados, tal cual como sucedió con Kyouko No Nishi ―asintió el jefe, pensativo―. Busquen las coordenadas de Ibex y compárenlas con las del rastreador de Noto, es posible que intente sacarla de la ciudad lo más pronto posible. Ibex a veces hace vuelos a otras prefecturas, o incluso a alguna de las islas menos habitadas, puede ser una opción de escape.
―Enseguida, señor ―afirmó Fumita tecleando con rapidez. Pero al cabo de unos segundos se detuvo y anunció―. Están en movimiento otra vez. Están entrando en Aomi.
―En Aomi está el Terminal de Contenedores donde llegan barcos de viajes internacionales ―apuntó rápidamente el señor Taisho.
―¿Los sacarán por barco? ―cuestionó Kagome.
―Kanto Imperial Trading tiene muchos cargueros a su disposición, podría ser posible.
―¿Entonces Sesshomaru podría estar ahí?
―Aún estoy luchando con esta cosa para decodificar la señal. Este bastardo sabe cómo esconderse... ―se quejó Inuyasha con el corazón latiéndole con fuerza. El reloj marcaba seis minutos. Apretó los dientes mientras los demás continuaban la conversación sobre el posible plan de Naraku, y justo cuando la cuenta regresiva llegó a los cuatro minutos con veinte segundos, se levantó de golpe de la silla―. ¡Lo tengo!
Sacó una captura de pantalla en caso de que la señal se cortara, y se la mostró a Fumita, quien se apresuró a ingresar los datos en el sistema para conseguir la ubicación física. La habitación entera se había sumido en el más profundo silencio mientras el hombre tecleaba a toda velocidad.
―Aquí está. Lo logramos ―musitó aliviado, enseñando el mapa virtual.
―Gracias al cielo... ―la señora Izayoi casi se desmoronó sobre su hijo. Se había levantado de su asiento para ver el fruto de su esfuerzo, y le había apretado los hombros con ambas manos mientras Fumita buscaba la dirección―. Inuyasha, eres un genio.
―¿Dónde es eso? ―quiso saber Kagome.
―Justo en las afueras de Aomi, en uno de sus muelles de carga ―respondió el jefe al echarle un rápido vistazo a la pantalla―. La señal de Noto está muy cerca de ahí, es posible que planeen sacarlos a ambos de la ciudad.
―Voy en camino, señor ―Sango sacó una fotografía del mapa y las coordenadas de la pantalla con su celular y tomó la chaqueta que había dejado en el perchero, cubriendo el arma reglamentaria encajada en su cintura.
―No puedes ir sola. Dile a Aikawa y a su equipo que te acompañen; están en Edogawa investigando lo del vehículo de Taisho, así que no tardarán mucho. Cubran los posibles puntos de escape. Que todos usen el chaleco antibalas ―indicó el jefe. Seguidamente se fijó en Ben, quien miraba atentamente a Sango con las orejas erguidas―. Y llévate al perro. Si alguien puede encontrar a Noto antes que nadie, es él.
―¿Señor, está seguro? Rin me matará si le pasa algo.
―Entonces asegúrate de que no le suceda nada ―espetó en respuesta―. Si localiza su rastro no tendrán problemas en dar con ella rápidamente.
―Sí, señor ―seguidamente, la detective tomó la correa de las manos de Kagome y le dio una rápida palmada entre las orejas. El animal comenzó a sacudir la cola con fuerza y dio un potente ladrido―. Vamos a buscar a Rin.
―Ten mucho cuidado, Sango ―pidió Kagome.
―Yo también iré ―anunció Miroku, trotando hasta la salida.
―¡Pero Miroku...!
―No irás por tu cuenta, Sango. No esta vez.
―No tienes el consentimiento de tu jefe para ir a esta misión, Tsujitani ―intervino el jefe Minamoto―. Éste no es tu departamento.
―Con todo respeto, señor, no necesito el permiso de nadie para ayudar y proteger a mi esposa ―le dijo severamente. Sin importar lo que dijeran sus superiores, él sabía muy bien cuál era su lugar. Minamoto se quedó callado―. Inuyasha, no te despegues de esa máquina ―indicó Miroku al señalarlo con el dedo―. Mantengan activa la frecuencia en el comunicador y avísennos ante cualquier cambio.
Como toda respuesta, el jefe sacó un walkie-talkie del cajón de su escritorio y lo activó.
―Mi frecuencia es la F-15, estaremos en contacto.
―¿No sería mejor que fuera un grupo más grande? ―preguntó la señora Taisho, angustiada al ver a la pareja partir con el can marcando el paso por delante―. Es una situación muy peligrosa para ser cubierta por tan pocas personas; podría haber muchos guardias armados, y cuando los vean llegar...
―Por eso irán pocos, mamá, para que sea menos fácil detectarlos.
―Enviaré refuerzos para que esperen a las afueras. También ordenaré a mis contactos de la guardia costera que detenga y revise cualquier carguero que salga de Aomi. No podrán llegar lejos, es imposible hacer que un barco pase desapercibido ―espetó el jefe, apresurándose a marcar números en su teléfono fijo e iniciar las llamadas pertinentes.
―¿Hay algo que podamos hacer? ―preguntó el señor Taisho, tenso. Se sentía un completo inútil por no poder ayudar a su hijo cuando más lo necesitaba, e incluso la sensación se expandía para cubrir a Noto. Casi no conocía a la muchacha, pero sabía la importancia que tenía para Sesshomaru y no deseaba que nada malo le sucediera.
―Creo que lo único que se puede hacer ahora es esperar. Esto ya no está en nuestras manos ―le respondió suavemente Kagome, extendiendo el brazo para que tomara asiento. Pero el hombre estaba tan alterado y nervioso que no podía quedarse quieto en un solo sitio.
―¡Maldición, el reloj! ―bramó Inuyasha de repente, fijándose en la ventana donde corría el video en tiempo real. Su victoria casi le había hecho olvidar la maldita cuenta regresiva. Todos se acercaron a la laptop, expectantes y con el pulso disparado. Pese a que el señor Toga intentó evitar que su esposa también lo viera, la mujer rechazó los brazos que la empujaban de vuelta al otro lado del escritorio y lo miró con ojos anegados en lágrimas:
―¡También es mi hijo! ¡No pretendas que me quede sin saber qué será de él!
Su marido iba a responderle que era preferible no saber antes de ver algo peor que cualquier incertidumbre, pero enmudeció de golpe al ver cómo la puerta de aquel oscuro cuartucho se abría, creando un rectángulo de luz en el suelo. Sesshomaru alzó la cabeza justo para ver cómo se acercaba una persona. Su sombra creció y finalmente desapareció en cuanto entró, dándole lugar a la figura de un hombre adulto y regordete.
Kagome y la señora Izayoi contuvieron sonoramente el aliento al verlo, contrayendo los músculos en anticipación a lo que pudiera hacerle al encadenado Sesshomaru. Pasaron unos segundos sin que el hombre se acercara más. Habían quedado frente a frente, y como el desconocido puso sus brazos en jarras de manera prepotente, imaginaron que se estaba burlando de él.
Las mandíbulas de Inuyasha y su padre se cerraron con fuerza e ira al saber que no podrían ayudarlo de ninguna manera. Todo lo que podían hacer era observar y esperar cruzando los dedos para que no sucediera nada grave.
¿Qué significaba eso? ¿Rin había llegado o iban a trasladar a Sesshomaru a otro sitio?
Afortunadamente, Fumita no estaba hipnotizado por el horror ni la rabia, por lo que hizo más pequeña la ventana y la colocó a un lado para poder trabajar sobre esos mismos interrogantes.
―Noto está cada vez más cerca. Parece que la llevan al mismo lugar ―avisó tras un rápido chequeo al rastreador de Rin.
―Kuwashima, Aikawa, ¿me copian? ―el jefe activó el walkie-talkie, y tras unos escasos segundos de interferencia, una voz muy conocida respondió tras el pitido de activación del aparato.
―Lo copio, señor ―dijo Sango―. ¿Sucedió algo?
―Estamos en el puente de Arakawa ―anunció un compañero de Aikawa. Estaban relativamente cerca, mucho más que Sango y Miroku, pensó Inuyasha ubicándose en el mapa interactivo de la computadora.
―Taisho y Noto están en el mismo muelle en la segunda subdivisión de Aomi, en un galpón de contenedores llamado Yayoi Exchange B-10. Me comunicaré con la guardia costera y la estación de Aomi para que envíen refuerzos. ¿Me copian? Repito: Almacén llamado Yayoi Exchange B-10. Les enviaremos las coordenadas exactas.
―Copiado, señor.
―Vamos en camino.
Y mientras Minamoto se encargaba de nuevo de hacer las correspondientes llamadas y dictar las instrucciones para el caso de urgencia, los espectadores no dejaron de contemplar estáticos la pantalla.
Aquel hombre corpulento se había agachado al lado de Sesshomaru, aparentemente deshaciendo las ataduras que lo mantenían unido al suelo. Seguidamente le tomó una muñeca para volver a esposarla con la otra a su espalda. Sesshomaru se puso de pie, cojeando levemente por la herida cuya sangre había oscurecido la pierna de su pantalón, y fue tomado rudamente de la camisa para apurarlo. Izayoi gemía, consternada al ver esto más el charco de sangre que había quedado en el suelo.
A pesar del tosco trato, el joven se mantuvo impasible según lo que se podía apreciar en el vídeo: su falta de reacción era evidente, se mantenía firme y resistía los empujones usando su propia fuerza para que no lo derribaran. El desconocido se colocó entonces detrás de él para empujarlo desde la espalda.
La habitación quedó vacía y el haz de luz que se colaba por la puerta desapareció junto a las dos figuras que salieron de escena. El video siguió corriendo unos segundos más hasta que la señal se cortó y la ventana se cerró sin que nadie hiciera el comando indicado.
Ya no había forma de saber qué sería de él.
La familia Taisho se hizo la silente pregunta que carcomía la cabeza de todos, y era tan evidente que los cuatro pensaban en lo mismo que ni siquiera tenían que decir una palabra, sus rostros hablaban por sí mismos.
¿Llegarían a tiempo? ¿O sería demasiado tarde para cuando Sango y los demás aparecieran?
Como bien había dicho Kagome minutos antes, en unas palabras que hasta a ella misma le parecieron crueles en ese momento de incertidumbre: lo único que quedaba por hacer era esperar y rezar por que la situación acabara bien.
Ahora todo quedaba en manos de Sango y su equipo.
Y por supuesto, en las manos de Sesshomaru y Rin, quienes debían resistir el mayor tiempo posible hasta que llegara la ayuda.
Pero... ¿Cuánto tendrían que soportar en las manos de Naraku hasta que esto pasara?
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Otro capítulo auspiciado por una infinidad de programas policiacos. Ahora cada vez que veo ID o La Ley y el Orden me acuerdo es de este fic y todo lo que me inspiraron para crearlo xD
Ahora queda resuelta la duda de que si Rin haría algo estúpido para rescatar a Sesshomaru, y la respuesta es sí. Por supuesto que sí. Pero, por lo menos, no se fue sola sin decirle a nadie y sin hacer un plan. Sabía que intercambiándose por Sesshomaru era la única manera de salvarlo, y como la policía jamás lo aceptaría, tuvo que torcer las cosas para hacerlos cooperar con su alocada idea. Nadie está contento con esto (excepto Naraku xD), pero era la mejor alternativa en la que pudo pensar en esos escasos minutos.
Por otro lado, fuera de lo estresante que es la situación, fue bastante entretenido armar la estrategia para llevar a Rin hasta Naraku. Estuve vaaarios días pensando, organizando, haciendo esquemas (en serio xD) y tachando varias ideas. En los reviews dijeron que especulaban que Naraku haría un ataque tipo comando a la compañía de Sessho, o podría hacer un ataque a la estación de policía sólo para matar a Rin, y justamente también estudié esas opciones junto alguna otra. Finalmente, pensé en muelles, contenedores, Odaiba, hacer pasar a Rin desapercibida con un disfraz para despistar a cualquier oficial que tuviera un ojo sobre ella... y resultó este capítulo. Con un par de horas invertidas en Google Maps también, por supuesto, estudiando las localizaciones y midiendo el tiempo. Hoshi hizo su tarea, como podrán ver, así que cruzo los dedos para sacar buena calificación.
¡Uff, los reviews! No voy a mentir: tenía un pequeño sentimiento de diversión más otro más grande de culpa al ver todo el estrés al que les sometí. Parece que a la mayoría los tomé desprevenidos con el secuestro de Sessh. Estuve intentando alejar la atención de él para hacerles creer que irían a por Kagome, qué bueno que funcionó xD Me disculpo por haber jugado con sus emociones, incluso con las de mi beta Ginny... que pegó un grito al cielo y casi me estrangula virtualmente para que le pasara el siguiente capítulo xD Muchas gracias por sus comentarios a Floresamaabc, Star fiire -Lupita Reyes, MinaaRose, Catcrime, Alambrita, Glenda (x2), Cath Meow, Carmenjp, Maiamax, BABY SONY, Roxana, Scarlet, Annprix1, Sakura521, GinaLiz, Maril Delgadillo, Graciela, Sessh93rin, Freakin'love-sesshourin, Gina101528 (x2), HanabiGuzmán, Yuli de Chiba, Maribel Goncalves, Rosedrama, Silvia, CARO, Aoi Moss, SeeDesire, Glenda, Bucitosentubebida, Ginny, Katy-Ber, Irivel y Kazamasousuke, espero que sepan perdonar el mal rato, y especialmente, por haber cortado el capítulo en ese punto en lugar de terminar con todo de una vez xD Queda poco, no me odien xD
Gracias a todos por leer, seguir, dar a favoritos y fangirlear en Elixir Plateado. Lo he dicho antes y lo repito de nuevo, ¡son los mejores lectores del mundo! Espero saber sus opiniones sobre la entrega de hoy. Nos veremos el sábado para el gran enfrentamiento. Naraku ya tiene todas las cartas echadas, Rin y Sesshomaru están en su poder, pero la policía está en camino para rescatarlos. Esperemos que lleguen a tiempo.
¡Hasta la próxima!
