¡Hola!

Gracias a Wissh y Nochedeinvierno13 por los reviews del capítulo anterior.


XXVII

Pronto

o—o

Esa misma tarde trasladan a James a San Mungo. No es que Harry dude de las habilidades de la señora Pomfrey, pero no puede ignorar la realidad: si algo no sale según lo previsto, en el hospital tienen más medios que en Hogwarts para minimizar la extensión de los daños en la medida de lo posible.

Sobre Ginny recae la tarea de explicar la situación a Albus y Lily, por lo que la mujer se queda un poco más en Hogwarts, mientras Harry no se separa de James. Su hijo va y viene de la inconsciencia, pero se ha aislado del mundo de nuevo.

O quizá sea Tom; en cuatro ocasiones ya, los sanadores han advertido pequeñas hemorragias internas que no han tardado en controlar. Una parte de Harry desea que Voldemort tuviese éxito en su plan, que recuperase su cuerpo, únicamente para matarlo con sus propias manos. Si bien lo odia desde que descubrió su existencia, saber todo el daño que le está haciendo a James, ser consciente de que lleva atormentando a su hijo desde que nació, hace que sienta unas ganas de despedazarlo que sólo pueden compararse al remolino de odio en que se convirtió su interior el día que murió Sirius.

o—o

Pronto terminará todo.

Aunque James se niegue a participar en lo que ocurre en el exterior, sigue siendo capaz de ver y oír lo que ocurre más allá de su cuerpo. Y lo que va a pasar es bien sencillo: van a intentar matar a la parte de Tom que vive en él. Según ha dicho su padre, es peligroso y existe el riesgo de que sea él quien muera, pero no es que a James le importe mucho.

Lo único que importa es que se va a librar de Tom. De una forma o de otra, va a dejar de oírlo. James recuerda el apacible silencio en que se ha sumergido hace unas horas, en el bosque, y desea volver a él con tanta ansia que le duele.

Sabe que Tom lo está atacando; el dolor agónico que ha empezado a sentir tras tomarse la poción se ha hecho constante. No obstante, la certeza de que Tom pronto abandonará el mundo –ya sea solo o acompañado– ayuda a James a protegerse de ese sufrimiento.

Presta algo de atención a lo que ocurre a su alrededor cuando su padre se acerca a él; parpadea, porque después de todo tiene que prestarle atención:

—James, tengo que salir—le informa en una voz suave. James mira más allá de su padre y cuenta a cuatro sanadores—. Estarás bien—le revuelve el pelo—. Y pronto terminará, ya verás.

Una lenta sonrisa se extiende por el rostro de James cuando su padre se da la vuelta y sale de la habitación. Tiene razón. Se va a acabar. Da igual cómo.

No hace caso a lo que dicen los sanadores; de vez en cuando escucha alguna orden, que sigue automáticamente. Son mandatos sencillos, en los que apenas tiene que pensar.

—Dame un brazo. El que prefieras.

A James le cuesta encontrar la forma de alzar un brazo. Se siente extrañamente desconectado de la realidad.

—Esto puede dolerte, pero no te muevas.

¿Duele? Sí. Pero comparado con lo que está haciendo Tom en su interior, a James casi le dan ganas de reír.

—Bébete esto.

La poción no tiene sabor. O quizá sí, y el problema sea que James no puede percibirlo.

—Mejor que cierres los ojos.

Le cuesta obedecer esa orden. Pega los párpados, pero la furia de Tom hace que su mente, siempre abierta a ideas y nuevas formas de molestar a sus primos con Louis, parezca insoportablemente pequeña. Es agobiante. James abre los ojos, pero cuatro sanadores rodeándolo y ese montón de tubos que han ido apareciendo poco a poco no son mucho mejor.

—Tengo calor—musita. Generalmente, no suele quejarse con los sanadores. Le gustan muy poco y considera, que cuanto más los entorpezca, menos rápido terminarán. Pero es como si lo hubieran metido en una sauna. Tiene los labios resecos y el pelo castaño pegado a la frente y las sienes por el sudor.

Un sanador joven lo observa. Pese a su cabello teñido de un intenso color morado y sus llamativos ojos amarillos, como los de un ave rapaz, James sólo se fija en que su túnica, arremangada hasta el codo, es de manga larga, y constatar el hecho le da más calor.

—¿Quieres que abramos la ventana?

Quiero que todo esto pare, piensa James. Pero no logra decirlo.

Nota una punzada de dolor en el brazo y siente el líquido frío entrar en su torrente sanguíneo. Intenta agradecer el repentino frescor a quienquiera que le haya pinchado, pero antes de que el inesperado bienestar haya llegado siquiera a extenderse por todo su cuerpo, Tom grita.

No es como antes. Antes, James estaba protegido de la furia de la Voz en esa burbuja que ha construido. Le dolía, pero se había acostumbrado y casi podía ignorarlo. Ahora, en cambio, el grito no es de ira. Y James no necesita esforzarse para comprender el motivo. Están echando a Tom. Lo están matando. Y los dos lo saben con la misma abrumadora certeza.

Pero la Voz no va a irse sin luchar. Ni sin compañía.

James también grita. No es consciente de ello, pero sus alaridos rompen los hechizos de insonorización de la sala y sacuden todo el edificio. Se remueve en la cama, intentando huir de algo que vive dentro de él, golpeando sin querer a los atónitos sanadores, que están tan estupefactos que apenas atinan a intentar inmovilizarlo. Lo único que escucha es un pitido agudo e interminable.

Vete, suplica, mientras Tom continúa arañando su interior, no sólo con saña, sino en un intento de aferrarse a la vida. Déjame ya. Vete.

Y, por una vez, la Voz le obedece. Se va.

El pitido se detiene, y sólo entonces James se percata de que era su grito. Nota un extraño balanceo, como si estuviese en una barca, y coge aire bruscamente. Pese a que algo le dice que es mejor no hacerlo, James abre los ojos todo lo que puede.

Al principio, lo ve todo negro. Parpadea y trata de establecer un ritmo constante en su respiración, y tras unos segundos descubre que la habitación se ha quedado a oscuras. La única fuente de luz es la ventana entreabierta que hay a su derecha, por la que se ve un pedacito de noche sin estrellas.

Luego escucha una suave risa a la izquierda. Pese a que sólo ha oído ese timbre una vez, James lo reconoce como el joven de las mangas arremangadas. El que le ha ofrecido abrir la ventana.

Sin embargo, cuando gira la cabeza, no reconoce al sanador. Físicamente es idéntico, pero sus ojos… sus ojos ya no son amarillos. Son de un intenso rojo y brillan como James supone que debe de brillar el fuego en el infierno.


Notas de la autora: No sabéis lo bien que me lo estoy pasando escribiendo esto. Aunque al mismo tiempo sufro... bah, soy feliz. Más o menos.

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