Hola hello ke tal stan? espero ke todo biien jeje

Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 28

—Ayer nos despedimos de la cordura. No tiene sentido intentar encontrar esa vía muerta. Dime solamente por dónde quieres ir. Por qué lado te parece mejor.

Ella siguió agarrando con fuerza el diamante y guió a Jasper por las carreteras sinuosas flanqueadas de árboles y afloraciones rocosas, a lo largo de un arroyo que la falta de lluvia había dejado casi seco, y más allá de una casita marrón tan cercana que su puerta se abría al camino.

—A la derecha —dijo con la garganta rasposa y tensa como un tambor—. Ten cuidado. Nosotras nos pasamos el desvío. Tuvimos que dar la vuelta. El camino es muy estrecho, sólo una senda entre los árboles. Apenas se ve. Rosalie no tiene ni siquiera buzón. Cuando está aquí, baja al pueblo a recoger el correo. Ahí —su mano tembló al señalar—. Es ahí. Llegamos Jasper, ¡Llegamos!

Jasper tomó el desvío. El camino era, en efecto, muy estrecho. Las ramas rozaban y arañaban los flancos del coche mientras avanzaban despacio sobre la grava y doblaban una curva sombreada por los árboles. Y allí, en el centro del camino, quieto como una estatua de piedra, había un ciervo cuyo pelaje relucía, dorado, al sol.

Debía ser una cierva blanca, pensó Jasper tontamente. Una cierva blanca era símbolo de búsqueda.

El ciervo miró acercarse al coche con la cabeza erguida y los ojos muy abiertos y fijos. Luego, agitando la cola, con una rápida sacudida de su hermoso cuerpo, saltó entre los árboles sobre sus finas y elegantes patas. Y desapareció con apenas un rumor de hojas.

La casa era exactamente como Alice la recordaba. Recostada en la colina, sobre un pequeño y fragoroso arroyo, era un pulcro edificio de dos plantas que se fundía con el telón de los árboles. Era de madera y cristal, de líneas sencillas, con un largo porche delantero pintado de azul vivo. En él había dos mecedoras y unos cuantos cacharros de cobre que rebosaban flores colgantes.

—Le ha cundido —murmuró Alice, observando el jardín. Las flores se abrían por todas partes, asilvestradas, como al desgaire. Aquella oleada de colores y formas descendía por la colina como un río. Grandes escalones de madera atravesaban aquel estallido de color, giraban hacia la izquierda y luego bajaban hasta el camino.

—Para la casa de Potomac contrató a un paisajista profesional. Sabía lo que quería, pero hizo que otro se encargara de ello. Aquí, quería hacerlo todo ella misma.

—Parece un cuento de hadas —Jasper se removió, molesto por sus propias sensaciones. No estaba para cuentos de hadas—.Ya sabes lo que quiero decir.

—Sí.

Al final del camino había aparcada una reluciente camioneta azul. Pero no había ni rastro del coche con el que Rosalie tendría que haber llegado a su casita de campo. Ni del polvoriento coche de alquiler que habría anunciado la presencia de Bella. Se habrían ido a la tienda, se dijo Alice Volverían enseguida.

No podía creer que hubieran llegado hasta allí y que Rosalie y Bella no estuvieran. En cuanto Jasper paró junto a la camioneta, ella salió del coche y corrió hacia la casa.

—Espera —Jasper la agarró del brazo y la hizo pararse—. Vamos a echar un vistazo primero —le abrió suavemente los dedos y agarró el diamante. Cuando lo hubo guardado en su bolsillo, la tomó de la mano—. ¿Dices que la camioneta la deja aquí?

—Sí. Ella conduce un Mercedes descapotable, o un Beerme pequeño.

—¿Tu amiga tiene tres coches?

—Rosalie casi siempre tiene una cosa de cada. Dice que nunca sabe qué le va a apetecer.

—¿Hay puerta trasera?

—Sí, la de la cocina. Y otra en un lateral —señaló a la derecha y procuró ignorar la presión que sentía en el pecho—. Da a un pequeño patio y al bosque.

—Vamos a dar la vuelta primero.

Había un cobertizo para las cosas del jardín, ordenado y lleno de herramientas, palas y azadas, además de una segadora. Allí donde acababa el césped, se habían colocado piedras para pisar, entre las cuales crecía el musgo. Junto a la pared en sombras crecía un lecho de flores y de hierba, y, más allá, el terraplén estaba cubierto de hiedra. Un picaflor cuyas alas iridiscentes emborronaba la velocidad, revoloteaba sobre un depósito de pienso pintado de rojo brillante. Al acercarse ellos salió despedido como una bala. Su revoloteo era lo único que se oía.

Jasper no vio ninguna ventana rota, ni signo alguno de que hubieran forzado la entrada, mientras rodeaban la parte de atrás de la casa y pasaban junto a un jardincillo de hierbas aromáticas que olía deliciosamente a romero y hierbabuena. Junto a la puerta trasera colgaban en silencio móviles de viento. No se movía ni una hoja.

—Da escalofríos —ella se frotó los brazos—. Merodear por aquí así.

—Sólo es un momento.

Doblaron la esquina más alejada, que daba al pequeño patio, donde había una mesa de cristal, una silla con cojín y más flores en jardineras de cemento y tiestos de barro. Más allá había un pequeño estanque con hierba ornamental joven.

—Eso es nuevo —Alice se detuvo a observar el estanque—. No lo tenía antes. Pero habló de ello. Parece recién plantado.

—Yo diría que tu amiga ha estado sembrando esta semana. ¿Crees que habrá alguna planta o alguna flor que no haya plantado?

—Seguramente no —pero la sonrisa de Alice era débil cuando volvieron a la parte frontal de la casa—. Quiero entrar, Jasper. Tengo que entrar.

—Vamos a echar un vistazo —él subió los escalones del porche y comprobó que la puerta estaba cerrada—. ¿Esconde la llave en algún sitio?

—No —a pesar del bochorno que hacía, Alice se frotó los brazos helados—. Antes tenía una llave extra en la casa de Potomac, en un tiesto junto a la puerta. Pero su prima Irina lo descubrió y se instaló en la casa mientras Rosalie estaba en Milán. Rosalie se cabreó muchísimo de hecho, se puso como una fiera.

Jasper se agachó y examinó las cerraduras.

—Son buenas. Será más fácil romper una ventana.

—No vas a romperle ninguna ventana.

Él suspiró, levantándose.

—Temía que dijeras eso. Está bien, lo haremos de la manera más difícil.

Ella lo miró con el ceño fruncido mientras Jasper regresaba al coche y abría el maletero. Éste estaba lleno de herramientas, de ropa, de libros, botellas de agua y papeles. Jasper revolvió entre aquellas cosas y eligió lo que necesitaba.

—¿Tu amiga tiene alarma?

—No, que yo sepa —Alice observó el estuche de cuero de Jasper—. ¿Qué vas a hacer?

—Forzar las cerraduras. Puede que tarde un rato. Estoy desentrenado —pero se frotó las manos, anticipando aquel desafío—. Puedes darte una vuelta y comprobar las puertas y las ventanas, por si acaso se ha dejado alguna abierta.

—Si cerró una, las habrá cerrado todas. Pero está bien.

Alice rodeó de nuevo la casa, deteniéndose en cada ventana. Cuando al fin dio la vuelta completa, Jasper estaba intentando abrir la segunda cerradura. Intrigada, ella lo observó trabajar. Allí hacía más fresco que en la ciudad, pero el calor seguía siendo pegajoso. El sudor humedecía la camisa de Jasper y le brillaba en el cuello.

—¿Puedes enseñarme a hacer eso? —preguntó ella.

—Chist —Jasper se secó las manos en los pantalones y agarró con más fuerza la ganzúa—. Ya lo tengo —se levantó y se pasó un brazo por la frente—. Una ducha fría —murmuró—.Y una cerveza fría. Le besaré los pies a tu amiga si tiene ambas cosas.

—Rose no bebe cerveza —dijo Alice mientras empujaba la puerta delante de él. —Asi que te jodiste

El cuarto de estar era acogedor, muy ordenado pero hogareño, con su sofá de grandes rayas y sus mullidos butacones azules. En la chimenea de ladrillo, un exuberante helecho rebosaba de un caldero de bronce.

Alice inspeccionó rápidamente las habitaciones, pisando la tarima de anchas planchas de madera de nogal y las alfombras Berber; entró en la soleada cocina, con sus encimeras verde bosque y sus azulejos blancos, y cruzó el acogedor salón que Rosalie había convertido en biblioteca. La casa parecía resonar a su alrededor mientras subía las escaleras, miraba en las habitaciones y en los baños.

La cama de reluciente bronce de Rosalie, cuya colcha de encaje hecho a mano había comprado en Irlanda, estaba pulcramente hecha y cubierta de almohadones de alegres colores. Sobre la mesita de noche había un libro de jardinería. El cuarto de baño estaba vacío; el lavabo de marfil, restregado y limpio; y la encimera azul reluciente. Las toallas estaban meticulosamente dobladas sobre las repisas de una alta estantería de mimbre.

Aun sabiendo que era inútil, Alice miró en el armario del dormitorio. Estaba absurdamente lleno y toscamente organizado.

—No están aquí, Alice —Jasper le tocó el hombro, pero ella se apartó.

—Ya lo veo —replicó ella secamente, con voz crispada—. Pero Rose estuvo aquí. Hace poco. Todavía noto su olor —cerró los ojos y respiró hondo—. Su perfume. No se ha disipado aún. Ése es su olor. Un magnate de los perfumes que se enamoró de ella lo diseñó especialmente para Rosalie. Aquí huele a ella.

—Está bien —él también notaba aquel olor sensual y elegante, con leves matices silvestres—. Puede que haya ido al pueblo a hacer la compra, o haya salido a dar un paseo en coche.

—No —Alice se apartó de él y se acercó a la ventana—. No habría cerrado la casa con llave. Siempre comenta lo maravilloso que es no tener que cerrarlo todo a cal y canto aquí. Sólo lo hace cuando cierra la casa y se va a alguna parte. Bella no está aquí. Ni Rose tampoco, y no piensa volver en algún tiempo. La hemos perdido.

—¿Crees que habrá vuelto a Potomac?

Ella movió la cabeza de un lado a otro. La opresión que sentía en el pecho era insoportable, como si unas manos ávidas le estrujaran el corazón y los pulmones.

—No es probable. Nunca se queda en la ciudad el Cuatro de Julio. Demasiado tráfico, demasiados turistas. Por eso yo creía que se quedaría aquí hasta mañana, al menos. Pero podría estar en cualquier parte.

—Lo cual significa que aparecerá en alguna parte —Jasper comenzó a acercarse a ella, pero al ver un brillo en sus mejillas, se detuvo en seco como si hubiera chocado contra una pared de cristal—. ¿Qué haces? ¿Estás llorando? —era una acusación, proferida con una voz ribeteada de abyecto terror.

Alice se limitó a cruzar los brazos sobre el pecho y se abrazó los codos. Toda la excitación, la tensión, la frustración de la búsqueda se había convertido en pura desesperación. La casa estaba vacía.

—Quiero que dejes de llorar. Ahora mismo. Lo digo en serio. Lloriquear no va a hacerte ningún bien —ni a él tampoco. Aquello lo aterrorizaba, le hacía sentirse estúpido, torpe y molesto.

—Déjame en paz —dijo ella, sofocando un sollozo—. Vete.

—Eso es justamente lo que voy a hacer. Si sigues así, me marcho. Hablo en serio. No voy a quedarme aquí, viéndote hacer pucheros. Domínate. ¿Es que no tienes orgullo?

En ese momento, a Alice le importaba bien poco el orgullo. Rindiéndose, apoyó la frente contra el cristal de la ventana y dejó que las lágrimas rodaran.

—Me voy, Alice —gruñó él, y se volvió hacia la puerta—. Voy a tomar una copa y a darme una ducha. Así que, cuando te hayas calmado, pensaremos qué hacer.

—Pues vete. Anda, piérdete.

Él llegó hasta el umbral y, luego, lanzando un juramento, dio media vuelta.

—Esto no me gusta —masculló.

No sabía cómo enfrentarse al llanto de una mujer, sobre todo tratándose de una mujer fuerte que, obviamente, había llegado al límite de sus fuerzas. Maldijo otra vez y la estrechó entre sus brazos. Siguió maldiciendo mientras la levantaba en brazos y se sentaba con ella en un sillón de respaldo ancho. La acunó y la acarició sin dejar de maldecir.

—Cálmate, por favor —le besó la frente—. Me estás matando.

—Tengo miedo —sollozó ella, escondiendo la cara en su hombro—. Estoy muy cansada y tengo miedo.

—Lo sé —él le besó el pelo y la estrechó con más fuerza—. Lo sé.

—No podría soportar que les pasara algo. No puedo soportarlo.

—No, por favor —Jasper la agarró con más fuerza, como si pudiera detener su llanto ardiente y aterrorizado. Pero su boca se deslizó por la mejilla de ella y buscó sus labios tiernamente—. Todo va a salir bien. Todo va a salir bien —le enjugó suavemente las lágrimas con los pulgares—. Te lo prometo.

Ella lo miró con ojos llorosos.

—Estaba segura de que estarían aquí.

—Lo sé —Jasper le apartó el pelo de la cara—. Es normal que estés hecha polvo. No conozco a nadie que hubiera llegado hasta aquí sin derrumbarse. Pero no llores más, Alice Me saca de quicio.

—Odio llorar —ella se sorbió los mocos y se enjugó las lágrimas con los nudillos.

—Celebro oírlo —Jasper la tomó de las manos y se las besó—. Piensa en eso. Rosalie ha estado aquí hoy, puede que hace sólo una hora. Ha recogido la casa y ha cerrado. Lo cual significa que estaba bien cuando se fue.

Ella dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Tienes razón. No pienso con claridad.

—Porque necesitas darte un respiro. Una comida decente, un poco de descanso.

—Sí —apoyó la cabeza de nuevo contra el hombro de Jasper—. ¿No podemos quedarnos aquí un rato? ¿Quedarnos así sentados, sin hacer nada?

—Claro —era fácil rodearla con los brazos, estrecharla contra sí.

Y quedarse allí sentados.


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