Sé lo que todos ustedes piensan: uno nunca debe acercarse a un lugar tentador en medio de un callejón cuando más de una decena de monstruos deben de estar persiguiéndote para matarte lenta y dolorosamente, sobretodo cuando has abandonado al fin una zona segura.

Esta siempre es la típica parte de película de miedo donde todos de acuerdan en los muertos del protagonista estúpido que decide aventurarse sólo en el sótano o desván de la casa siniestra. Y ese mismo estúpido suele ser el primero en morir.

¿Que se cree que va a pasar cuando se asoma a la puerta y pregunta si hay alguien allí? ¿Que va a salir el asesino y le va a invitar a unas galletitas y se pondrán a hablar sobre arcoiris? ¿O que vivirán un tórrido romance y acabarán con una decena de hermosos niños rubios de bote con graves problemas de psicopatía?

Por el amor de los dioses.

Siguiendo este razonable argumento vuestro, puedo exponer mis muy pensados motivos para hacer algo tan increíblemente insensato:

1. Esa señora rara que parecía querer emparejarme con su atractivo ahijado había dicho que cerca de donde paramos había alguien dispuesto a ayudarme. Esto estaba cerca de donde bajamos el coche.

2. No había comido desde el desayuno y apenas se podía considerar desayuno a eso, y sólo por el olor que salía de ese lugar, se me hacía la boca agua.

Y, la más importante:

3. Porque me da la real gana. Los únicos que tienen derecho a cuestionar una de mis decisiones, son mis hermanos, y yo no pienso llamarles para que me puedan discutir esto.

Y con esto y un bizcocho, me encaminé con esos dos quejicas hacia el lugar del que salía ese aroma que ya nos hacía salivar como si no hubiésemos comido en cientos de años.

Era un local que en el pasado debía de ser un sótano, pues su entrada bajaba hasta que estábamos bajo tierra. Eso me hizo que me sintiese cómoda, no por nada tenía algo de sangre Sidhe corriendo por mis venas.

Pero su entrada era color rojo sangre; mal augurio. Esto me hizo poner la mano en el puñal de mi cintura. Podríamos encaminarnos perfectamente hacia una trampa, pero iríamos prevenidos.

En cuanto uno entraba en el desierto local, se veían un montón de mesas de madera redondas, con sus adorables centros de mesa con flores y detrás de ellas una barra muy limpia, con vasos de cristal limpios y ordenados, muy bonitos. El suelo era demareda negra, lacada y elegante, como el resto de la decoración.

Me encaminé la primera hacia la barra, inspeccionando el local vacío por si salía algo para atacarnos. Nada pasó mientras atravesé el sitio.

Al lado de la barra había una puerta que debía de dar a la cocina, de donde venía el sonido del trajín de la vajilla y...¿era eso una pequeña sierra de metal? Había oído alguna, cuando me ponía en la herrería de Sieteaguas y Michael tenía que cortar un trozo de metal por cualquier cosa.

Una vez Michael tuvo que utilizar una mini sierra parecida porque Lorcan le había pegado un espadazos en el casco a Conan y a este se le había pegado en la cabeza y no se lo podía quitar. Lorcan aún se reía de él por eso.

Quité estos pensamientos de mi cabeza con un gesto. No podía distraerme ahora.

Me paré enfrente de la barra y toqué la campanita que había encima, esperando que salieran a atendernos. Conté doce segundos antes de que alguien saliera por la puerta de esa supuesto taller-cocina.

Era un joven atractivo, de unos veintipocos años con barba de tres días y rasgos estilizados. Tenía los rizos negros del pelo recogidos en una coleta alta y llevaba un mono con una camisa ajustada blanca, remarcando sus músculos. Tenía los ojos de un envolvente gris metálico.

Me sonrió de oreja a oreja en cuanto me vio y entreabrio la puerta de la cocina, metiendo la cabeza por la rendija.

-¡Creidné! ¡Ven, ya han llegado!- la voz de dentro intentó protestar-. ¡Luego tendrás tiempo de sobra para terminarlo, sólo ven! No querrás hacer un feo a nuestros invitados.

Se volvió hacia nosotros, apoyando los brazos en la mesa a ambos lados de mi, haciéndome notar cuanto en altura me sacaba. Si había pelea, lo tendría difícil, pero dudaba de que llegáramos a eso. Me sentía segura al mirarlo, igual que en las ruinas fomoré de ayer.

-Lo siento mucho- le dije con suavidad y una sonrisa educada-, pero al contrario que usted, yo no sé quiénes sois. Mis compañeros y yo paramos aquí con la esperanza de tomar algo antes de coger un barco, si no es mucha molestia para ustedes.

El hombre misterioso rió. Parecía que solía hacerlo. Bien por él.

-Te han educado bien, Faicré. No esperaba menos de los O'Grady, después de todo, ellos son los que más comunicados están con seres mágicos. Por el bosque y todo eso- se sentó tras la barra, apoyando sus codos en la mesa y su cabeza en las manos-. Me parece que somos algo así como primos segundos,aunque esto es malditamente lioso. Soy Gobinu, dios de los herreros y la cocina, hijo de nuestra matriarca, Danna. Mi amigo es Creidné, dios de los remaches de las armas y esas cosas.

Parpadeé un par de veces y luego suspiré. Estaba empezando a dejar de sorprenderme por estas cosas; no sabía muy bien si alegrame o preocuparme por ello.

-Mo Tiarna, es un honor para nosotros conoceros- entone, arrodillándome ante él y él hombre que escuche salir de la cocina.

Oí cómo Saoirse me imitaba, llevando el hocico al suelo, e incluso Fiaccha se inclinó ante ellos.

Sentí una mano cogiendome por el brazo e incorporándome. Levanté la vista para ver cómo un bello pelirrojo de ojos acerados me sonreía.

-Amor, no hace falta que te ilclines ante nosotros; después de todo, somos parte de la misma familia. Venid a la mesa, tesoros, debéis de estar hambrientos después de tanto tiempo en los bosques- entonces se giró hacia su compañero, con el ceño fruncido-. Y más tarde me vas a explicar "dios de los remaches de las armas y esas cosas".

Creidné me llevó agarrada del brazo hasta una de las mesas de madera negra que había allí. Me sentó en una silla y se puso al lado. Me pusieron un enorme plato de comida encima, y juro que si no se me estaba cayendo la baba, era un auténtico milagro.

No por nada Gobinu era el dios de la cocina.

-Bien- dijo Gobinu, pasando un brazo por la cintura de Creidné-. Os quedaréis aquí hasta las cinco de la tarde, cuando partirá vuestro barco. Ya tenemos los billetes. No podríais salir ahora aunque quisierais- dijo parando mi queja-. Hay una gran cantidad de monstruos persiguiéndolos, pero aquí estáis a salvo. Lo juro por Danna.

Incliné la cabeza hacia ellos. Quería salir de inmediato y terminar con esto de una vez, pero no me gustaba esa idea de suicidarme.

-Muchas gracias, no tengo manera de agradecérselo lo suficiente.

Oí como reían suavemente.

-¿Sabes una manera?- negué con la cabeza, curiosa hacia Creidné-. Trátanos como tus primos, no como dioses.

-Pero es lo que sois- repliqué confusa. La comida estaba tan deliciosa que dejaba los platos de la Vieja Bree como restos rancios.

Si mis hermanos me oyeran decir esta herejía, estaría muerta. La Vieja Bree era la mejor cocinera que habíamos conocido nunca. Hasta que había llegado Gobinu y la había desbancado sobradamente.

-Sí- aceptó Gobinu-, pero antes de todo eso somos familia. Ya te exigirán los mayores que los trates así, en cambio, nosotros los jóvenes tenemos otras maneras. ¿No te parece?

Nos quedamos con ellos, hablando tranquilamente y riéndonos hasta que llegó la hora de irnos. Nos acompañaron hasta el puerto y le dieron nuestros billetes en persona al capitán.

Se quedaron en el puerto, abrazados mientras se despedían de nosotros agitando un brazo. Hacían una pareja verdaderamente adorable, ojalá pudiera visitarles en el futuro otra vez. Y vale, quizás fuera entre otras cosas para volver a probar la comida de Gobinu.

Algo raro le tenía que echar a esa comida para que estuviera tan malditamente rica.

Me senté al lado de uno de los ventanales que dejaban ver el mar. El sol empezaba a descender, y llegaríamos a nuestro destino, Clare Island, a las seis y media. Teníamos hasta el amanecer de mañana para lograr detener a esa bruja.

Decidí que debíamos echarnos una siesta. Si íbamos a quedarnos toda la noche en vela, teníamos que estar frescos para lo que nos esperaba.

A las siete menos cuarto, llegamos a Clare Island. Teníamos menos de doce horas para pararla y salvar a mis hermanos.

Me alegraba notar que Saoirse estaba tensa como un arco, al menos así sabía que no estoy tan loca como parece. Fiaccha clavó las garras en mi hombro.

Cada segundo contaba.

Prefiero estar con locos a con falsos.