Whitehill

Comienzos y finales

James la mecía entera, sentados en uno de los bancos del parque central de Whitehill. El juicio ya había terminado, con él el mes y medio de angustia, y ahora les esperaba un verano de alucine.

Cuando James le contó a la señora Evans qué había sucedido con el tal Schaller, ella no dudó ni un segundo en denunciarlo y, como buena abogada, encargarse de que pasara muchos años en la cárcel. Aunque, como descubrió al final James, a Lily apenas la tocó. Luego, había decidido que los hombres eran un asco, y que no pensaba buscarse ninguno más.

James y Lily habían retomado su relación, más o menos en el punto donde lo dejaron, pero con un punto nuevo: ella no hablaría más son Snape. Ni deseaba hacerlo, la verdad, pues tras tantos problemas ocasionados por culpa de su ex amigo, no tenía ganas de volver a hablarle.

Ella se hizo un ovillo en sus brazos mientras James se reía.

¿Podía haber algo más perfecto?

James volvió a besarla otra vez.

Adrianne bajó del coche llorando.

A medida que subía las escaleras hacia casa de Remus se las fue secando. Aunque el rimel corrido alrededor de sus ojos no hacía más que delatarla. Se paró delante de una pequeña ventanita que había en la escalera para mirar si su hermano seguía fuera con el coche.

Y ahí estaba, apoyado en el Mercedes nuevo que le habían regalado sus padres, fumando nerviosamente.

Gregory, siguiendo los consejos de su padre, había comprado distintas acciones de empresas del pueblo. El resultado fue que empezó a ganar dinero y a comprar más acciones, hasta que se hizo con una en concreto.

Adrianne nunca recordaba el nombre, puesto que era una empresa sueca que tenían en la zona, donde fabricaban muebles de lujo.

Tardó poco en descubrir que uno de los trabajadores era el señor Lupin.

'La gente debe pagar por sus acciones, Adrie. Es obvio que su hijo sólo está contigo por el dinero y para aprovecharse de que eres una chica inocente. Quizás, si el hijo no paga, pagará el padre. No sé si me entiendes.'

Gregory quería que cortara con Remus, con quien no había motivo alguno para cortar.

Bueno, ahora sí que había, puesto que su hermano querido se había encargado de pedir plaza para su hermana en un instituto privado de Francia. Y también un curso de verano allí para que aprendiera francés. A sus padres les pareció fantástico, y cuando Gregory les mintió diciéndoles que con su actual novio no iba nada bien, todavía les pareció mejor.

Pobre Remus, pensaba Adrianne, sintiéndose cada vez más culpable a medida que subía los peldaños de la escalera.

'Si le cuentas la verdad, haré que despidan a su padre de todos modos.'

Llegó al piso de su novio. Dejar a Remus la iba a matar. Lo iba a matar.

¿Por qué hacía eso Gregory? ¿Qué le había hecho Remus?

Llamó al timbre y Remus abrió en menos de diez segundos, con una amplia sonrisa que se borró al ver el rostro de la chica. Entendió de qué iba todo antes de que ella dijera nada.

A Adrianne se le paró el corazón.

Peter había empezado a tontear de nuevo con Carol Horowitz, quien, por su lado, se había olvidado completamente de sus dos antiguas amigas, Sasha Williams y Nikki Palmer, para ir básicamente con Lily, Julie y Mayne, por lo que Peter también iba con ellas.

Los dos salieron de la casa de los Black ese sábado de junio pensando en cómo se encontraba su amigo.

Hacía ya más de un mes de la fuga de Maxine y la niña, y Sirius seguía encerrado en su casa. No había vuelto a ir al instituto, no se había presentado a las pruebas de acceso a la universidad y en conclusión no se había apuntado en ninguna universidad para el curso siguiente.

—Debemos hacer algo –murmuró Peter por lo bajo—. Debemos encontrarle otra chica. Pero una buena chica.

Carol lo miró de reojo. Era doce centímetros más alta que él y además, ese día llevaba tacones.

—Quizá tengas razón –repuso—. ¿Qué te parece alguna de mis amigas? Además conozco muchas chicas.

Peter se rió, imaginándose a Sirius con alguna de las amigas de Carol. Julie seguía loca por Remus, y de muy mal humor desde que éste salía con Adrianne. Mayne era demasiado santa para un chico como Sirius. Y el resto de amigas de Carol se parecían demasiado a la socorrista que se había tirado el verano pasado. Y a Sirius no le convenía eso.

—Tienes razón –concluyó Carol—. Pero debemos hacer algo. ¿Y si organizamos una fiesta? ¡Esta noche! ¿Qué te parece?

Peter sonrió. Una fiesta cerca del lago para celebrar que había terminado el curso. Para celebrar que ya eran casi adultos.

—Vamos a pedir permisos al Ayuntamiento para hacer la fiesta en el lago –animó a Carol.

James y Lily habían terminado, para variar, escondidos en una de las habitaciones de invitados que tenían los Potter en casa, haciendo cosas que era mejor que sus padres nunca supieran que hacían.

Él, envuelto en una de las sábanas, le acariciaba la espalda, mientras que ella, bocabajo sonreía de felicidad.

¿Podía haber algo más perfecto que aquello?

Levantó una mano y lo atrajo hacia ella para darle un beso de película.

James olía demasiado bien para ser real.

Adrianne bajó corriendo las escaleras, sin ver nada por culpa de las lágrimas.

No tenía caerse y romperse el cuello, directamente quería que aquello pasara. Prefería morir antes que vivir.

Le había contado la verdad a Remus, se la merecía, pero no había podido quedarse. Sabía que si Gregory le había dicho aquello lo haría sin piedad, y no podía perjudicar a esa familia por nada.

Cuando Gregory la vio aparecer por la entrada de la casa, esbozó una sonrisa malévola unos instantes. Luego levantó la cabeza hacia la ventana por donde Remus asomaba. No le hizo ningún gesto y subió al coche, indicándole a su hermana que hiciera lo mismo.

Adrianne no dejó de sollozar apoyada en el cristal del asiento del copiloto. No se dio cuenta de que Gregory no se dirigía a su casa, sino hacia una de las zonas forestales que rodeaban el pequeño pueblo.

Paró el coche en un claro donde, metros más adelante, se podía apreciar un gran descenso hacia los árboles.

Cuando Adrianne dejó de llorar se acordó de aquel sitio. Unos metros más abajo había el lago de Whitehill, y al fondo se podían ver algunas de las casas de la urbanización.

—¿Qué hacemos aquí? –inquirió furiosa.

Gregory la miró, claramente decepcionado.

—No quiero que estés enfadado conmigo, Adrie –le explicó.

Ella soltó una risita cínica.

—Por favor… –murmuró por lo bajo, molesta.

Gregory suspiró.

—Algún día entenderás que esto lo he hecho por tu bien. Mañana estarás volando hacia Francia, y allí todo será distinto.

La muchacha desvió la mirada hacia la ventanilla. Fuera, hacía un día radiante y azul, sin una nube. Muy distinto a como ella se sentía.

Gregory se desabrochó el cinturón para acercarse un poco a ella.

—Venga, Adrie, no te pongas así –empezó, acariciándole el brazo izquierdo.

La mano de Gregory empezó a deslizarse por su pierna. Fue entonces cuando ella entendió muchas cosas. Demasiadas para su gusto.

Acercó su cara a la de ella para besarla.

Recibió una llamada de Peter.

Preparaban una fiesta aquella noche en el lago.

No quería ir.

Según Peter no podía negarse.

No pensaba ir.

Joder, Remus, tráete de Adrianne.

No vendrá.

¿Por qué? Preguntó extrañado.

Me ha dejado.

Ostras. Lo siento, tío.

No pasa nada.

Deberías venir, aunque fuera un rato. Quizás te animas.

Remus suspiró.

Quizás me pase un rato.

Se arrojó de nuevo en el sofá.

Todo le parecía monótono.

Aburrido.

Gris.

Todo parecía nada, y apenas hacía media hora que Adrianne se había ido de su vida.

Lo que sucedió a continuación fue una de las cosas más repugnantes que jamás le habían pasado en toda su vida.

Y decidió que aquel era un buen día para que su hermano muriera y, si era necesario, incluso ella.

Aprovechando un momento de distracción de su hermano, le arrojó a los ojos el spray de autodefensa que llevaba en el bolso. Gregory empezó a proferir aullidos de dolor, pero ella no pensaba dejar que se fuera.

Se abrochó el cinturón y, tras darle al contacto, poner marcha y quitar el freno de mano, pisó el acelerador.

El Mercedes nuevo se precipitó acelerando cada vez más contra los árboles del bosque.

Por algún motivo los airbags no salieron. Adrianne pudo ver como su hermanastro dejaba de moverse, mientras su propia sangre bañaba su mirada.

Perdió el conocimiento, mientras pensaba en él.

Eran las doce de la noche pasadas cuando Sirius decidió que aquella fiesta lo estaba hundiendo todavía más.

Había más de la mitad de los adolescentes bailando alegremente, comiendo, algunos emborrachándose y otros ya completamente borrachos. Sirius llevaba la misma cerveza que Peter le dio cuando había llegado tres horas antes.

Se fue alejando poco a poco de la fiesta, rodeando la orilla de lago.

Se paró cuando la música quedaba demasiado lejos como para que le perforara los oídos y se sentó en una piedra.

No entendía porqué cada vez que le dejaban, le dolía más que la última vez. ¿No debería estar ya acostumbrado a estas cosas? Él las había hecho mil veces, y nunca había visto a una chica tan hundida como estaba él.

Alguien se acercaba andando desde la fiesta, por el mismo camino que había hecho él.

Mayne Winters lo saludó cuando lo reconoció tambaleándose un poco. Sirius, extrañado, se acercó.

—¿Qué te ocurre? –inquirió, al verla más pálida de lo normal.

La castaña respondió agitando un baso ya vacío que llevaba en la mano.

—Me dijeron que sólo había naranjada –suspiró—. Y tenía mucha sed. No estoy acostumbrada a beber.

Sirius rió por lo bajo.

—Venga, que si caminas, te sentirás mejor –le dijo, tendiéndole la mano.

Mayne borracha hablaba diez mil veces más que la Mayne sobria, pensó Sirius, mientras rodeaban el bosque. Le contó toda su historia familiar, su desastre con los chicos por culpa de su timidez, lo que quería estudiar al año siguiente, y varias cosas más que Sirius escuchó con atención.

—¿Y tú? –le preguntó de golpe.

Sirius pensó.

¿Él?

—Mi vida es algo parecido a un infierno personal –repuso—. ¿Puedes andar rápido? Voy a enseñarte una cosa.

Estaban justo en paralelo a la fiesta, al otro lado del lago. Sirius sacó una linterna que tenía en el bolsillo y empezaron a subir la pequeña montaña que había por allí, mientras Sirius le contaba a Mayne sus desgracias amorosas, sus desgracias estudiantiles y sus desgracias familiares, y ella lo escuchaba con atención.

—En conclusión, como ya he dicho, mi vida da asco –terminó, con aire triste.

Mayne se paró en seco, por culpa del alcohol quizás. Cuando Sirius vio que se había parado también lo hizo y la enfocó con la linterna.

La chica continuó hablando, con los ojos entrecerrados.

—Tienes un tío que de adora, que tiene fe ciega en ti. Eso es bueno. Tienes tres amigos que lo daría todo por ti. Y también tienes amigas, donde me incluyo sin pedirte permiso. Eres un chico muy listo, seguro que puedes arreglar esto que ha pasado en el instituto. Además, joder Sirius, ¿Cuánto hace que no te miras al espejo? Incluso con aires de chico herido estás bueno.

Sirius empezó a reírse, mientras Mayne hacía lo mismo.

—No se si sabes a lo que me refiero –se rió Mayne—. No te hundas por culpa de alguien así. Sigue con tu vida.

Sirius le tendió la mano para que siguieran subiendo. Por primera vez se percató de que la mano de Mayne era pequeña, cálida y suave.

—¿No eres muy bajita tú? –inquirió, tirando de ella hasta que estuvo a su lado para hacer la comparación.

Mayne le llegaba a la altura del pecho.

—¿Porqué creía que eras más alta? –le preguntó, agachándose un poco para que sus rostros quedaran a la misma altura.

La castaña rió.

—Porque nunca antes te habías acercado tanto a mi, y menos estando a solas –repuso, con un susurro—. No lo hagas.

Sirius se sorprendió. Era la primera vez que alguien le pedía que no la besara, ¿no?

—Si lo haces, mañana te arrepentirás. Prefiero que me beses, si todavía quieres hacerlo, cuando te hayas olvidado de quien te ha hecho daño y… —la frase quedó cortada por una expresión de susto—. ¿Qué coño es eso?

La linterna, que Sirius sujetaba sin prestarle atención, había enfocado un lugar entre los árboles, y un destello se reflejaba entre la maleza.

Sirius se volteó.

Parecía un coche. ¿Qué hacía un coche allá?

Se acercó sin hacer demasiado ruido, hasta que la imagen empezó a hacerse más clara. Era un coche chafado contra los árboles. Llegó al lado, con el corazón casi paralizado y enfocó con la linterna en el interior.

Un chico y una chica rubia.

—¡Adrianne! –exclamó de pronto Sirius, intentando abrir la puerta del copiloto, pero no podía—. Ostia puta, ¡Adrianne! –exclamó, dándole golpes al cristal.

Mayne también la reconoció.

—¡Voy a buscar ayuda! –anunció la castaña, corriendo montaña abajo casi a oscuras. No podían perder tiempo.

Sirius estaba alucinando. ¿Qué había pasado?

Pegó un golpe a la puerta del copiloto. Finalmente consiguió abrirla.

Le buscó el pulso a Adrianne. No estuvo seguro de si era el suyo o el de ella, pero sonaba muy débil.

Corrió hacia la carretera que debía quedar no muy lejos si habían conseguido llegar allí con el coche, para pedir ayuda.

Si Adrianne se moría, Remus también.

Bueno, bueno, bueno. Ya he terminado los exámenes y he vuelto del viaje de final de curso (ocho días en la playa: estoy tostada y se me cae la piel a tiras xD). ¿Qué os ha parecido el capítulo? No creo que el fanfic vaya a durar mucho más, porque me parece que la gente se está aburriendo del tema y que cada vez menos me leen. No voy a dejar el final a medias, así que si decido terminarlo en breve, seguramente os venga con un final espectacular (¿?). Espero que os haya gustado el capítulo.

Gracias a Miss Cinnamon, Betty Jerr, Joslin Weasley, lunatik-love, Megan.B, Lali Evans, D, MagdalaneVainillaGabbieGasull, Kakiyu-chan, Bruja Vampirita y Serena.

Y ahora, como no voy a hacerlo mucho más largo (a no ser que al audiencia amenace, cosa que dudo) os propongo un concurso… a ver si os animáis. ¿Qué final os gustaría? Acepto ideas, propuestas y todo lo demás. Quiero 'agradeceros' vuestra constancia al leerme y dejarme reviews de este modo. Intentaré hacer una mezcla de todas las ideas para el final, o si alguna me gusta sobremanera haré aquella, ya se verá.

Nos vemos pronto,

Eri.