-Debes saber que nunca quise esto, Eren.
Tal vez, Zeke Jaeger nunca había sido más sincero que cuando hablaba con sus hermanos. Allí, detrás de la barra de su club nocturno y con Eren frente a él, el hijo mayor del doctor Grisha Jaeger explicaba a su hermano menor, de la mejor forma en que podía, lo que había ocurrido en la casa de los Ackerman la madrugada del 24 de diciembre, 8 aňos atrás.
Eren merecía saber la verdad, completa, desnuda, cruda.
Pero también merecía saber que su hermano mayor, a pesar de todo, no era un asesino. O al menos, no uno intencional.
-Pero jodiste mi vida. Tú y Grisha jodieron mi vida, Zeke.
Lágrimas indeseadas se escaparon con cinismo de aquel par de ojos color turquesa que ahora miraban hacia cualquier lugar, menos hacia el hombre de anteojos que lo acompaňaba. Un río de ira burbujeante e impotente se ocultaba en los tuétanos del muchacho, desviando su cauce para salir como agua salada a través de su córnea, en lugar de concluir en sus puňos y golpear a su hermano. Eren siempre había odiado llorar, pero no podía evitarlo.
No, cuando el rostro de Mikasa, ya grabado en sus pupilas, se deslizaba entre sus sesos mientras la culpa le carcomía las entraňas. Una culpa ajena que él debía llevar a cuestas.
-Y cómo iba a saberlo? Cómo podía saber que aňos después ibas a encontrarte a la hija de esa gente y a follar precisamente con ella?
El reclamo de Zeke disparó un destello de indignación que lo hizo levantarse de la silla donde estaba y caminar hacia él de forma amedrentadora. Sin embargo, su hermano mayor se mantuvo en su sitio, sin moverse un centímetro.
-No me la follo, me oyes? No sé qué harás tú con Pieck, pero Mikasa y yo hacemos el amor. Y tú, jamás debiste aceptarlo, Zeke! Jamás debiste caer en la bajeza de ayudar a dos asesinos a matar a dos personas que no te habían hecho nada malo nunca! - las vibraciones de su voz comenzaban a quebrarse como hojas secas bajo los pies de un caminante. Con la manga de su camisa, Eren secó las lágrimas que tan despiadadamente lo atacaban. - Eso no te hace diferente a los que ordenaron toda esa mierda. Eres tan culpable como ellos...
El silencio se desbordó en aquel enorme salón, llenando los oídos de los únicos que lo habitaban. Zeke se quitó los anteojos para masajear el puente de su nariz, y su hermano menor se apartó de él. Eren apoyó las manos en el borde de la barra, como si eso pudiese ayudarlo a calmar su frustración.
-Crees que habría aceptado de haber sabido en qué me metía? Eren, mi mujer estuvo a punto de morir hace un par de días porque esos hijos de puta intentaron matarnos! Estuvo a punto de perder al hijo que esperamos! Crees que quise eso alguna vez? Crees que yo la paso mejor que tú? No seas imbécil, hermanito. Pasé tres aňos de mi vida en una maldita cárcel y tú te quejas porque tu noviecita se molestará si le dices la verdad.
-No es cualquier cosa, maldita sea! - bramó el muchacho de cabellos castaňos, con chispas de fuego color verde centelleando en sus ojos. - No fueron unos desconocidos los que murieron, fueron sus padres! Tú ayudaste a matarlos, y también Grisha! No me digas que la tienes mejor que yo, no seas estúpido y egoísta, porque sabes que tengo razón.
La tensión era densa como un lodazal. En medio de una decepción malograda y reprimida, Zeke encendió un cigarrillo, intentando ignorar la respiración agitada y casi agónica de su hermano, quien resoplaba con angustia, aún apoyado en la barra.
El humo inundó el lugar, y con la mirada perdida, Eren vió los hilos del vapor del cigarrillo atravesar la luz y desaparecer, desvanecidos por el oxígeno, tal y como su cordura se desvanecía al borde de la desesperación.
Entonces Zeke habló de nuevo, y lo sacó de su delirio.
-Nos iremos, Eren.
El chico de ojos color turquesa alzó la cabeza lentamente, como si sus huesos y músculos formaran una masa pesada de carne.
-Qué?
Zeke dejó el cigarrillo en el cenicero, y la hebra de humo se reflejó en los anteojos que había dejado sobre la barra.
-Nos iremos. Esto ya no es seguro para Pieck ni para mí, y Levi nos dijo que era lo mejor que podíamos hacer.
-Entonces... - Eren suspiró, como si el aire pudiera reponer su alma de haber recibido aquel golpe inesperado. - Tú también nos dejarás a Faye y a mí, como lo hizo Grisha?
-Eren, no puedo quedarme. Así como quieres proteger a Mikasa de la verdad porque la amas, yo debo proteger a Pieck y a mi hijo. Quieres que me quede para que nos maten?
Eren resopló, apartando la vista de su hermano mayor, y las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos. En un impulso súbito, el muchacho pateó uno de los taburetes, pero Zeke lo ignoró.
-A dónde te irás?
-No puedo decirte.
Silencio. Una ráfaga de aire de finales de septiembre se coló por la ventana, agitando algunas de las copas de vidrio que descansaban en la vitrina y las rodeó con fuerza, haciéndolas chillar.
-Qué pasará con el bar? Con tu casa? - preguntó Eren sin mirarlo, un rato más tarde. Sin mucho alboroto ni demoras, Zeke sacó de su bolsillo derecho un juego de llaves que dejó sobre la barra, justo junto a la mano del muchacho.
-Son tuyos, al menos mientras puedo regresar. Tengo el suficiente dinero para irme por un par de aňos, o hasta que la policía pueda atrapar a todos esos hijos de puta. Sólo te pido que lo administres bien, Eren.
-Pero...
-Ya eres un hombre, puedes con esto. Tienes veinte aňos y un amigo con el coeficiente intelectual de Einstein, así que lo dejo en tus manos. No podría confiarle mis bienes a otra persona.
Un par de suspiros retumbaron en las paredes de aquel lugar, y el pesar se aferró a ellas.
Miles de palabras debían ser dichas, pero nunca saldrían a la luz.
-Cuándo te vas?
-Esta noche. El vuelo sale a las dos de la maňana.
Un silbido sarcástico de asombro salió de la boca de Eren.
-Entonces ya tenías todo planeado.
-Técnicamente.
-Joder.
Hubo silencio de nuevo. El móvil de Zeke sonó y él respondió la llamada al ver el nombre de su mujer en la pantalla. Pieck quería saber si ya todo estaba listo para el viaje de aquella noche. Cuando la conversación telefónica acabó, el mayor de los hermanos Jaeger fijó los ojos en el más joven y notó que, entre ambos, muchos aňos habían pasado desapercibidos.
Zeke se puso en pie, caminó hacia él y dejó caer una mano sobre su hombro.
-No es necesario que abras hoy. Creo que debes tomarte libre esta noche.
-Los clientes estarán esperando a que...
Zeke ladeó la cabeza y volvió a ponerse los anteojos.
-Llamaré a los empleados y les diré que cerraremos por hoy. Descansa. Has trabajado duro y te lo mereces. Después de todo, maňana serás administrador y no será fácil comenzar.
Eren miró a su hermano y dejó escapar una sonrisa irónica.
-Cuando quieres, eres un buen hermano mayor.
Los ojos de Zeke se entrecerraron detrás del vidrio de sus anteojos al estirar las comisuras de su boca.
-Me agradas, mocoso. Lo sabes.
El más joven de los hermanos volvió a bajar la cabeza, derrotado.
-Joder. - repitió con frustración y un exhalo ronco.
-Qué pasa?
-Te voy a extraňar, maldito barbón.
Zeke sonrió de nuevo. Y esta vez, fueron sus ojos los que se llenaron de lágrimas.
-Y yo a ti, niňo. - respondió, con unas palmaditas de despedida en la espalda de Eren.
-Ya te vas?
-Sí. Te llamaré cuando llegue a mi destino. - Eren asintió. Zeke tomó su chaqueta, las llaves de su automóvil y salió de la barra para dirigirse hacia la puerta. - Eren.
-Sí?
-Habla con el capitán Ackerman. Es lo mejor que puedes hacer.
-Lo haré.
El hombre de anteojos y cabello dorado asintió.
-Hasta pronto, hermano. Cuida a Faye.
Eren agitó la cabeza en afirmación antes de ver a Zeke desaparecer tras la puerta, así como se consumía el cigarrillo en medio de hilos de humo que subían e infectaban el ambiente, sumiendo al muchacho en una nube de desesperanza que opacaba su razón.
En todos los futuros posibles, e incluso en los menos catastróficos, Eren imaginaba la cruel desgracia que implicaba perder a Mikasa.
Y después de tantas catástrofes, no estaba seguro de poder soportar tan horrible destino.
Mikasa conocía aquella sensación.
Supo que era la misma que ella alguna vez había sentido cuando vió a Faye sentada frente a la piscina del patio de los Jaeger, abrazando sus piernas encogidas y balanceándose hacia adelante y hacia atrás mientras sus ojitos miraban fijos el agua que se movía despreocupadamente frente a ella, causando destellos de luz cuando los rayos del sol de media tarde se reflejaban en las pequeňas olas.
Porque tal vez un padre ausente era igual a un padre muerto.
-Oye. - dijo la niňera al inclinarse hacia la niňa, después de dejar sobre la mesa de playa un plato con galletas y un vaso de leche. Sin embargo, los ojos de Faye no se movieron hacia la muchacha; así que, con paciencia, Mikasa se sentó junto a ella sobre el pasto verde, quitándose los zapatos para poder sumergir los pies en el agua cálida de la alberca. - No vas a comer tu merienda?
Faye ladeó la cabeza.
-No tengo hambre.
-Por qué no tienes hambre? No quieres decirme?
La voz de Mikasa era dulce, meliflua y persuasiva, aunque ella misma no lo supiera. Faye alzó la cabeza y la giró hacia su niňera con ojos melancólicos y ánimos decaídos, y pasaron algunos segundos antes de que la niňa pudiese hablar de nuevo.
-Papá se fue... porque ya no nos quiere?
La chica de cabellos oscuros sonrió con tristeza. Con un suspiro profundo, se acercó un poco más a Faye, observando a la pequeňa volver a esconder la cara en el hueco que formaban sus brazos al rodear sus rodillas.
-Faye, los padres jamás dejan de querer a sus hijos. No importa qué pase, jamás lo hacen.
La niňa suspiró y volvió a mirar a su niňera. Sus ojos color miel eran el reflejo de la llegada de un otoňo seco y melancólico, cuyo brillo se opacaba por la sombra del árbol que se erguía con arrogancia sobre ellas. Entonces ladeó la cabeza, dejando que sus trenzas color castaňo se deslizaran a ambos lados de su carita mustia.
-Entonces, por qué se fue? Por qué nos abandonó? - Faye hizo una pausa para contener los sollozos que amenazaban con explotar de su garganta. - Mamá llora todos los días desde que él se fue. Cree que no me doy cuenta, pero la escucho cuando pego el oído a la puerta de su habitación... - otra pausa. Sus sollozos no daban seňales de querer ser reprimidos, así que volvió a esconder su rostro. - Desearía que papi nunca se hubiera ido de casa.
Antes de responder, Mikasa pensó en todas las maneras en que podía explicarle la partida de un ser querido a una niňa de apenas ocho aňos. Recordó a sus padres, como otras tantas veces, y el vacío que dejó en su interior la muerte de ambos, la noche en que fueron asesinados, cuando las Moiras griegas decidieron cortar los hilos que los mantenían con vida.
Pero también recordó el día en que Sasha le había anunciado del anuncio en el diario y cómo eso la había llevado a casa de los Jaeger. Miles de memorias invadieron sus sesos, haciéndola preguntarse cuál había sido el propósito de todo aquello, y cuestionarse si, tal vez, sólo tal vez, hubiese podido conocer a Eren si sus padres estuvieran vivos.
Era cruel, incluso egoísta creerlo; nunca hubiera deseado que sus padres la dejaran, y su deseo de verlos otra vez, aunque fuera por última vez, jamás cambiaba. Pero entonces pensó que a veces algunas cosas deben pasar para que otras cosas sucedan. Y no estaba muy segura de cómo explicar su teoría a la niňa junto a ella.
Un rayo perezoso del sol golpeó de nuevo la superficie de la piscina como a un desierto cristalizado, reflejándose luego en el gris oscuro de los ojos de la niňera hasta que ella apretó los párpados y apartó la cara para no enceguecerse por el resplandor del agua.
-Faye, recuerdas lo que el doctor escribió para ti en su carta?
La niňa alzó de nuevo la cara.
-La aprendí de memoria. La leo todas las noches.
Una espina de dolor rayó el corazón de Mikasa.
-Entonces debes saber que, pase lo que pase, él no dejará de amarte.
Faye asintió levemente, tanto como sus sollozos se lo permitieron.
-Pero nos dejó solas a mami y a mí... Eso no es amor. Amor es... cuando mami me hace el desayuno aunque tenga que irse temprano. O cuando Eren hace budín para ti porque te gusta mucho y te besa en la mejilla... Mami no me abandonaría. Eren no te abandonaría a ti para irse lejos. Si papá nos amara en verdad, no se habría ido de casa.
Mikasa contuvo la respiración.
No había una respuesta lógica posible ante el razonamiento de aquella niňa. Y ella, sin conocer la razón verdadera de la partida del doctor Jaeger, no era la más adecuada para explicar algo tan susceptible.
-Faye. - la llamó, antes de secar sus lágrimas. - Los adultos siempre harán cosas que los niňos no pueden entender; muchas veces esas cosas nos llenarán de ira, y también de dolor, pero... hay cosas que pasan por el bien de los hijos, entiendes? Sé que eres pequeňa. Sé cuánto duele, porque... yo perdí a mis padres cuando era muy niňa...
-Están en el cielo? - interrumpió Faye, resollando para poder hablar con claridad. Mikasa suspiró y asintió, con el pesar marcado en las ojeras que se hacían bajo sus ojos, producto de una noche de estudio y desvelo.
-Sí.
-Por eso casi no hablas de ellos?
Mikasa suspiró de nuevo.
-Sí. Pero lo que quiero decir es... que al menos tu papá prometió volver. Aunque pienses que él te abandonó, sabes que no será del todo cierto porque él regresará, lo ves? No sé por qué se fue... Pero creo que hay una razón justificable detrás de lo que hizo, y que un día podrá explicártelo todo.
Faye sollozó, absorbiendo por la nariz los mocos que se le habían escapado. Su niňera volvió a limpiarle la cara.
-Qué tal si no regresa? - preguntó la chiquilla, con la voz entrecortada. Mikasa ladeó la cabeza.
-No pienses así. Regresará, porque eres su hija y te hizo una promesa. Sé que la cumplirá.
Faye resopló entre lágrimas antes de arrodillarse para echarse sobre su niňera y abrazarla, hundiendo la carita en el cuello de Mikasa, quien la abrazó de vuelta, con toda la calidez de una hermana mayor.
-No te vayas nunca, Mikasa. - suplicó Faye, con la voz ahogada a causa de su escondite. La chica sonrió y besó el cabello de la pequeňa.
-Nunca.
-Lo prometes? Te quedarás conmigo y con Eren?
-Lo prometo. - respondió en un susurro, al tiempo que cavilaba una forma de hacerla sentir mejor. Mikasa se apartó para poder mirar a la niňa a los ojos y sacar su móvil de su bolsillo. - Quieres ir a visitar a Tamara?
Los ojos de Faye se iluminaron automáticamente ante la perspectiva de un posible escape de su gris realidad.
-Y a la maestra Hanji? - preguntó con entusiasmo, enjugando las lágrimas que le quedaban. Su niňera asintió.
-Llamaré a Carla. - dijo, marcando de inmediato el número de la mujer. Apenas un minuto después, Mikasa cerraba la llamada y sonreía, extendiendo su mano hacia la de Faye para que ella la sujetara. - Tienes su permiso.
-De verdad?
-Sí. Sólo me pidió que llamara a Eren para que vaya por ti más tarde.
La niňa de cabellos castaňos y ojos dorados también sonrió, olvidando la leche y las galletas que esperaban por ella sobre la mesita y que, probablemente, serían consumidas por algún pájaro forastero que llegase a visitar al jardín trasero de los Jaeger. Faye tomó la mano de su niňera con firmeza y caminó con ella, mientras sus trenzas se movían al son de sus pasos y el viento otoňal; aquel corazón infantil rebosaba de emociones, algunas tibias, otras mustias, pero todas ellas palpitaban con intensidad, desembocando en la esperanza de volver a ver a su padre un día, aferrándose a las promesas que hacían los adultos que la amaban.
Su padre regresaría a casa y ella lo abrazaría de nuevo, riendo a carcajadas mientras él llenaba su pequeňa cara con besos fugaces y la hacía girar en el aire.
Su madre y su hermano permanecerían a su lado, y su familia sería una familia de nuevo.
Y Mikasa jamás se apartaría de ella. Es todo lo que un niňo necesita para ser feliz: la calidez de un hogar y la presencia de sus seres queridos. Faye Jaeger vivía tranquila, sabiendo que no existía futuro posible en que sus anhelos pudieran desvanecerse. No en su mundo. Ella podía ser feliz, a pesar de todo, y papá volvería a casa.
Tenía que volver.
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.
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Hanji fue la primera en notar la llegada de Eren mientras veía por la ventana. Ya casi anochecía. Perezosamente, el sol frío de septiembre estiraba sus últimos rayos antes de ocultarse, y la silueta delgada y larguirucha del muchacho de ojos color turquesa se deslizaba por fuera de su automóvil y hacía su aparición en la entrada de casa de los Ackerman. Sin embargo, no tuvo que tocar el timbre, pues la mujer de anteojos abrió la puerta mucho antes de que su dedo se atreviera a presionar el botón.
-Eren! Qué gusto verte por aquí! - le saludó Hanji, con su voz estentórea y una de sus sonrisas desvergonzadas y sinceras. Él también sonrió, pero el balanceo de su cuerpo lo delató ante ella. - Pasa, pasa. - insistió Hanji, riendo de nuevo. - Levi no está y llegará tarde, así que no tienes de qué preocuparte.
La distensión del cuerpo del muchacho fue notoria ante aquella noticia. La puerta fue cerrada tras él y las luces fueron encendidas, iluminando un poco más el interior de aquella vivienda en la que nunca había entrado antes. Era pequeňa, en comparación con la de Carla; con una acogedora sala con piso de madera en donde cientos de juguetes se amontonaban en el centro de la alfombra como evidencia de la presencia infantil. Por la ubicación de la escalera que daba al segundo piso, aquél lugar le recordó a la casa de los Simpson, pero con colores más neutros y un ambiente mucho más familiar. El ambiente estaba impregnado de un delicioso aroma a gulash que venía de la cocina, y Eren pudo ver a su novia propinándole un manotón a Sasha por comerse un trozo de carne de la cena. Una vocecita aguda y algo burbujeante, pero firme, lo hizo girar la vista hacia un pequeňo columpio para bebés que descansaba a un lado de la sala.
-Ah, así que tú eres Tamara! - exclamó, como si acabara de descubrir la cosa más asombrosa de todo el mundo. Hanji rió y Mikasa se giró hacia la sala al oír la rudeza y emoción de su voz favorita. Sin embargo, cuando salió a su encuentro, Eren sostenía en brazos a la más pequeňa, que lo observaba con el ceňo fruncido y examinando cada uno de sus movimientos. - Ah, lo siento, Hanji. Debí pedirle permiso para...
-Oh no, está bien. A Tamara le encanta que la alcen en brazos. Ah, mira: aquí tienes a tu novia. - anunció ella, seňalando a Mikasa. Sasha fue la última en aparecer y saludarlo, antes de ganarse otra sacudida de parte de su mejor amiga por aparecerse allí masticando sin que la cena hubiese sido servida. Con un beso fugaz en los labios de su novio, Mikasa evitó ser blanco de bromas de Sasha y Hanji; pero Eren estaba demasiado ocupado admirando a Tamara como para preocuparse por lo demás. Todos tomaron asiento, y la bebé no tardó mucho en examinar el rostro del hombre que la sostenía, intentando meterle los dedos en la nariz y tirando de su piel en todos los puntos que le fuera posible, al tiempo que Eren se asombraba por lo fuerte que era. Las exclamaciones y risas giraron en torno a la más pequeňa, y así fue por un rato, hasta que Sasha volvió a la cocina y Hanji recogía los juguetes regados en el suelo.
-Y dónde está Faye? - preguntó Eren, mientras Tamara le enseňaba un cubo de colores en medio de palabras balbuceadas y exigentes, haciéndolo reír. Sentada en el sillón de enfrente, Mikasa seňaló las escaleras como un acto reflejo.
-En mi habitación, durmiendo. No pudo esperarte despierta porque no tuvo su siesta de media tarde.
-No? Y por qué? - inquirió el muchacho con interés. Mikasa suspiró, y sus ojos se movieron hacia Tamara cuando la niňa decidió darle palmadas a Eren en la cara.
-Ya sabes. Aún está triste por lo de tu papá.
-Hmm... - murmuró el muchacho, intentando mantenerse sereno. - Fue por eso que la trajiste aquí?
-Sí. Carla me dió permiso para hacerlo. - respondió Mikasa, apoyando el mentón en la palma de la mano, con el codo de su brazo derecho descansando en su muslo y su mirada plateada perdida en cada uno de los movimientos de su sobrina en el regazo de su novio. - Creo que le agradas.
-Ah, y ella me agrada a mí. Cierto, bebé? - la voz sosegada y profunda de Eren hizo sonreír a la niňa. Con fuerza, él la alzó a la altura de su rostro para observarla mejor, y sus ojos viajaron incesantemente, desde Mikasa hasta Tamara, y desde Tamara hasta Mikasa, una y otra vez. Sasha apareció de repente en la sala, observando con una risita burlona la expresión que se había dibujado en el rostro de su mejor amiga.
Mikasa soňaba despierta con algo que jamás se había cruzado por su mente de forma tan plausible como en aquel instante. La imagen de Eren con un bebé de ambos era simplemente maravillosa, al igual que la conexión entre él y Tamara. Eren aún sonreía, abismado por el parecido que la bebé guardaba con su tía, mientras que la pequeňa intentaba meter su dedo índice en la nariz del muchacho a toda costa.
Un soplo de anhelo con sabor a futuro y felicidad se instaló en el corazón de la chica de cabellos oscuros, con labios sonrientes y ojos embelesados en la escena frente a ella. Hanji codeó a Sasha y ambas ahogaron un par de risas, evitando burlarse de ella sonoramente.
-Mika. - pronunció Tamara, apuntando a su tía con el dedo. Eren ladeó la cabeza.
-Tía.
Esta vez fue Tamara quien ladeó la cabeza en negación y con mucha vehemencia.
-Miiiikaaaa! - gritó la pequeňa con energía. Era evidente que no toleraba las contradicciones, aún a temprana edad, y eso sólo provocó una carcajada sonora en el chico de ojos color turquesa.
-Ah, no sólo tu cara es igual a la de ella. Eres igual de testaruda. - bromeó. Mikasa frunció el entrecejo y Tamara dió inicio a un discurso balbuceado y extenso que sólo ella podía comprender. Eren volvió a reír al escucharla.
-Qué es lo que dice? - le preguntó a su novia. Dejando atrás el disgusto, Mikasa soltó una risita y se encogió de hombros.
-Nadie lo sabe. Creo que sólo Levi la entiende, o al menos es el único que puede hablar con ella. Y no intentes convencerla de que soy su tía; jamás te escuchará.
-Eren, quédate a cenar. - anunció Hanji, sacando a la chica de su enajenación. Eren miró hacia la mujer de anteojos y torció la boca, indeciso.
-Eh...
-No te preocupes por Levi. Vendrá tarde hoy, así que puedes quedarte si quieres. - respondió Hanji con una risa burlona, antes de acercarse a él para alzar a Tamara. - Debo cambiarla, te la devolveré luego. Iré a despertar a Faye para cenar.
-Está bien. - respondió él devolviendo el gesto, al tiempo que la bebé era removida de sus brazos y le decía adiós agitando la manita. Hanji y su hija desaparecieron escaleras arriba.
-Eren, te sorprenderías de lo mucho que Tamara se parece a tu novia. - comentó Sasha, lamiendo el resto de guiso que quedaba en la cuchara, para disgusto de su mejor amiga. Eren volvió a atar su pelo en un moňo después de que la bebé lo hubiese deshecho, y Mikasa pareció derretirse en el sillón donde estaba sentada.
-Bueno, había visto sus fotos pero verlas juntas es aún más impactante. - respondió él, antes de soltar un silbido de asombro. Sus ojos se deslizaron hasta Mikasa al segundo siguiente. - Si no te conociera, diría que es tu hija.
-Ah, eso dicen.
-Deberías ver sus fotos de cuando era niňa. - sugirió Sasha con entusiasmo. - Ah, esperen, iré a buscar el álbum de fotos!
-Sasha, no! - exclamó Mikasa. Pero ya era demasiado tarde. - Agh.
-Por qué no? - preguntó Eren con socarronería. Mikasa masajeó el puente de su nariz, como si eso pudiera calmarla ante la imprudencia de su amiga.
-Porque hay fotos vergonzosas ahí.
-Más vergonzosas que las mías? - se burló Eren. - No hay nada mío que no hayas visto ya.
La sonrisa lujuriosa que estiró los labios de Eren hizo que el rostro de Mikasa enrojeciera como un tomate.
-Cállate, Eren.
-Cállame. - replicó él con satisfacción, estirando la mano hacia ella para que se acercara. Con paciencia y voluntad quebrada, la muchacha cambió de asiento para quedarse junto a él. La presencia del silencio fue testigo del instante en que dos pares de labios colapsaron en un beso dulce y tormentoso; Eren sonrió como tonto, y Mikasa pensó que era el tonto más adorable sobre la faz de la tierra.
-Cómo te fue en clases hoy? - fue la pregunta de la muchacha, mientras su novio hundía la cara en su cuello y besaba la piel expuesta.
-Bien. Y a ti? Tienes ojeras. No dormiste anoche, verdad?
Mikasa ladeó la cabeza y él se apartó para mirarla.
-Tenía mucho que estudiar. Pero valió la pena.
-Entonces te fue bien en el examen? - preguntó él, con el dedo índice bajo el mentón de la chica. Mikasa asintió y él dejó ver su expresión de orgullo. - No espero menos de ti, amor.
Un beso más, esta vez, un poco más paciente y menos afanoso.
-Estoy cansada.
-Lo sé. Necesitas un baňo de burbujas y una siesta larga. Quieres irte conmigo y con Faye? Así podemos dormir acurrucad...
La risa intermitente y discreta de su novia hizo que Eren se detuviera.
-De verdad crees que sólo dormiríamos?
-Pues... claro que sí...
-Eren. - rugió ella entre risitas, con la mano en la boca. - No intentes engaňarte. Me despertarías en medio de la noche para que hagamos el amor.
Él también soltó una risita, acercando su cara a la de ella para morderle la mejilla con sutileza.
-Ah, es que yo no me puedo contener contigo. Tú tienes la culpa, por ser tan irresistible.
Mikasa se carcajeó, y Eren llenó su rostro de besos. Para él no había espectáculo más sublime que verla reír.
-Entonces es culpa mía?
-Enteramente tuya.
Cuando Faye, Sasha, Hanji y Tamara bajaron las escaleras, se encontraron con un panorama meloso de besos sonoros y arrumacos no muy discretos. La mano de Eren salió de la falda de Mikasa en cuanto Hanji pronunció el nombre de Levi para asustarlos. Y vaya que dió resultado su estrategia, pues ambos saltaron de su sitio, uno a cada extremo del sofá. Un coro de risas estalló en la sala de los Ackerman, acompaňado de aplausos producidos por las manos más pequeňas.
-Ustedes no aprenden, verdad? - replicó Sasha con tono burlón. - No les parece suficiente que la seňora Jaeger los haya pillado en tu auto, Eren...
-Sasha! - exclamó Mikasa, con las mejillas arreboladas, deseando tener su amada bufanda en el cuello para poder cubrirse. Pero no. La había dejado en su habitación unos minutos después de volver a casa con Faye.
-No me grites, Mikasa. Sabes que digo la verdad. - respondió su amiga, con las cejas arqueadas en una expresión jactanciosa, caminando hacia Eren para extenderle el libro que llevaba en la mano. - Ten. Diviértete.
-Nada de eso. Cenaremos todos primero. - advirtió Hanji. Faye ya había saltado al regazo de su hermano mayor y ahora se frotaba los ojos, mientras Mikasa intentaba quitarle las líneas que había dejado en su carita la tela de la almohada. La cena fue servida y todos fueron al comedor para comer y descubrir que no era Levi el único que podía comunicarse con Tamara, pues Faye, aunque no entendía nada, era la única que sabía imitar las largas retahílas balbuceadas de la bebé y provocar que ella respondiera con más. Las más pequeňas fueron el centro de atención durante la cena, y al terminar, Eren no pudo esperar para observar las fotos del álbum de lo que una vez había sido la familia Ackerman.
Samuel, Tamara y los hijos de la pareja: Levi y Mikasa.
Ah, y Dante. Dante también estaba en las fotos. Aquel perro revoltoso había estado con ellos durante siete largos aňos.
Mikasa sonrió con tristeza ante la imagen de su perro.
-De verdad son idénticas. - comentó el muchacho, haciendo bailar los ojos desde su novia hasta Tamara, y viceversa, una vez más. Se había detenido en una foto donde una Mikasa de dos aňos de edad, con la boca sucia y el pelo alborotado, reía en brazos de su padre. Probablemente la madre había tomado la fotografía, porque un Levi adolescente y con cara de pocos amigos descansaba a un lado de ellos, de brazos cruzados y ceňo fruncido, con el trasero apoyado en la mesa playera del jardín trasero.
Mikasa tragó saliva y suspiró. Ahora recordaba por qué ella y su hermano mayor habían evitado ver aquellas imágenes durante tanto tiempo.
Pero, de alguna forma, el dolor era menos agudo ahora.
-Bueno, creo que se lo deben a la tía Tam. - intervino Sasha. - Era una mujer preciosa.
-Lo era. - declaró Eren, observando ahora una foto del matrimonio Ackerman. - El seňor Ackerman era rubio...
-Sí. - esta vez fue Hanji quien tomó la palabra. - Cuando quedé embarazada creí que Tamara sería rubia como su abuelo, o castaňa, como yo, pero creo que los genes asiáticos fueron más fuertes.
-Ah. Eso quiere decir que nuestros hijos se parecerán a ti. - mencionó Eren, con una sonrisa a medio lado que fundió hasta el último nervio de Mikasa en una melaza. Ella volvió a sonrojarse.
-No lo sé. - fue todo lo que pudo pronunciar; porque las emociones y el burbujeo en su panza habían debilitado sus cuerdas vocales.
-Tal vez no. Es posible que sean una mezcla de ambos, pues parece que Faye y tú heredaron todo de la seňora Jaeger, lo que significa que la familia de tu madre posee características dominantes, así que estoy segura de que será una guerra genética cuando tú y Mikasa hagan su primer bebé.
Sasha se echó a reír con sonoridad, y Tamara extendió los bracitos hacia ella para que la alzara. Mikasa quiso esconderse bajo el suelo, y Eren se dejó contagiar por las risas de Hanji y Sasha. Faye había ido a buscar agua a la cocina y no tardó en volver.
-No creo que eso pase por ahora, Hanji. - Mikasa se ruborizaba ante la perspectiva. A decir verdad, Eren y ella nunca habían tocado el tema antes.
-Ah, eso nadie lo sabe. Pero les sugiero que se cuiden hasta vivir juntos, porque Levi podría matarlos si aparece un bebé 'Eremika' antes de eso.
-Un bebé qué? - preguntaron Eren y su novia al unísono. Hanji soltó una de sus acostumbradas carcajadas burlonas.
-Eremika! 'Ere' por Eren... - indicó, levantando la mano derecha para doblarla en forma de círculo. - Y 'Mika' por Mikasa. - Luego hizo lo mismo con la izquierda. - Los dos nombres se unen... - Hanji entrelazó sus dos manos, convirtiéndolas en una bola de dedos. - Y voilá! Tenemos un bebé Eremika.
La explicación fue tan singular e inesperada, que todos estallaron en risas. Incluso Mikasa, que pocas veces dejaba escapar una hilaridad tan sonora. Pero tanto ella como Eren permanecían enrojecidos, con las mejillas como brasas ardientes ante la mención de un tema tan delicado e íntimo.
Sin embargo, la burbujeante sensación de esperanza que ofrecía un futuro como ese no era nada desagradable. Por un instante efímero y refrescante, Eren imaginó cómo se vería su chica con un bebé de ambos en brazos. Y sin saberlo, Mikasa compartió la misma imagen, sólo que, en su mente, aquel bebé de enormes ojos color turquesa y hermoso cabello oscuro y sedoso no estaba en su regazo, sino en el de él. Y ambos se sonrieron, con sonrisas cálidas y ojos baňados en ilusiones. Ah, el corazón atribulado de aquel muchacho dió un vuelco cuando su conciencia lo devolvió a la realidad, muy silenciosamente; él era un mentiroso, y ella, la pureza hecha carne.
Pero incluso los mentirosos tenían derecho a soňar. En especial, un mentiroso que habría podido tomar las líneas del universo infinito y unirlas, formando así un vórtice interminable de amor en el que, si su alma se separaba de la de ella, no tuvieran más remedio que volver a encontrarse.
La llegada del capitán Ackerman lo sacó de su indeseable agonía, y Eren se olvidó de nuevo del peso que llevaba a cuestas. Se despidió de todos, y en especial de Tamara, con un beso en la mejilla de la bebé y un toquecito en la punta de su nariz que la niňa agradeció con una risa infantil y acampanada. A escondidas de Levi, Mikasa despidió a su novio con un beso en los labios, sin importarles la presencia de Faye que los observó con aire travieso. Los hermanos Jaeger le dijeron adiós a la familia Ackerman, y al entrar en su automóvil, Eren miró a la bóveda oscura que pintaba el firmamento, suspirando.
Un día tendría que decirle todo a Mikasa.
Pero, cuándo?
De vez en cuando, Eren odiaba el pragmatismo y la lógica perfectamente aplicadas de su mejor amigo; en especial cuando se trataba de darle consejos sobre cómo debía organizar el inventario del bar de Zeke y los libros contables y hacer uso del mercadeo para atraer más clientes. De haber estado en la milicia, Armin Arlert habría sido el estratega perfecto, o eso pensaban todos sus amigos, en especial Eren y Mikasa. El muchacho rubio había cortado su cabello y ahora lucía mucho más joven, desprovisto de la cola de caballo que lo había acompaňado durante dos largos aňos, antes de declararse como asesor de negocios oficial de Eren Jaeger. Y vaya que lo necesitaba, pues razón tenía Zeke al decir que su hermano menor no podría solo con tantas responsabilidades. Sin embargo, aquel miércoles de octubre, Eren no tenía intención alguna de hablar del bar. Él y su novia cumplirían diez meses de relación, y no pensaba perder su tiempo en ajustar cuentas de ningún tipo, aunque Armin insistiera.
-Lo juro, Cabeza de armadillo. Maňana hablaremos de toda la mierda que quieras, pero hoy déjame descansar. - suplicó Eren mientras se rasuraba su escasa barba y su insulso bigote, mirándose al espejo del cuarto de baňo. Su mejor amigo esperaba por él, sentado sobre el baúl que servía de sillón junto a la ventana. El departamento de Zeke era bastante amplio, y Eren habría querido quedarse allí, pero ahora que Grisha se había ido, prefería pasar más tiempo con su madre y su hermana en lugar de dejarlas solas en la enorme vivienda de los Jaeger.
-Es tu problema, Eren. Yo sólo te advierto lo que es necesario.
-Vamos, Ar. - replicó el chico de cabello castaňo al salir del lavabo. Luego tomó asiento a la orilla de su cama, de espaldas a la puerta. - Necesito sólo este día para mi chica y para mí. Luego de eso puedes secuestrarme si quieres.
Armin resopló una risita.
-Creo que la única persona que tiene ganas de hacer algo así es precisamente tu novia. Los demás no deseamos algo así.
-Oye, hablando de desear, al fín es cierto que Historia e Ymir quieren tener un hijo?
-De hecho... - una voz nueva, pero nunca inoportuna, hizo eco en el dormitorio al tiempo que interrumpía la de Armin.
-Que Historia e Ymir qué? - preguntó Mikasa con curiosidad, saltando a la cama para aprisionar a Eren en sus brazos desde atrás. Con alborozo, él giró la cabeza hacia ella para besarla, mientras el pelo de la chica cubría la escena de ojos de Armin, colgando como una cortina azabache por el efecto de la gravedad. Una mano de ella se deslizó sobre el pecho desnudo del muchacho de cabellos castaňos y la otra sobre su hombro bronceado, aún tras él, haciendo descansar su mentón sobre la cabeza de Eren después de romper el beso. Él cerró las manos en los brazos de su novia, y Armin rodó los ojos ante la escena.
-Oye, no te escuchamos entrar.
-Eren, me diste una réplica de las llaves ayer. Lo olvidaste?
Armin resopló de nuevo, esta vez con fastidio.
-Un día, Eren olvidará dónde dejó la cabeza.
-Bueno, en eso tienes razón, Ar.
-Hey, hey, hey, por qué les gusta conspirar a los dos en mi contra? - protestó Eren con el ceňo fruncido. Sin embargo, no dejó ir a Mikasa, ni ella a él. Armin rió con ella.
-Porque de los tres, eres el menos sensato, Eren. - dijo el chico rubio con una sonrisa de satisfacción, haciendo que su amigo rodara los ojos.
-Bien, y qué hablaban sobre Historia? - preguntó ella. Eren sintió las vibraciones de la voz de su novia descender desde el mentón de la chica hasta su cabeza. Una bufanda roja había caído junto a él, perfectamente doblada.
-Ah, creí que ya sabías que nuestra querida Hisu quiere tener un hijo de Armin.
-Qué? - exclamó Mikasa. Al segundo siguiente, la chica se lanzaba sobre la cama junto a Eren, con la cabeza colgando a la orilla de la cama para poder mirar a su amigo, aunque todo estuviera al revés. Armin asintió, encogiéndose de hombros exageradamente. - Y qué opina Ymir?
-Ah, prefiere que sea mío antes que de Reiner. Lo odia. - anunció el muchacho rubio al sacudir la cabeza. Eren y Mikasa rieron en voz baja.
-Pero... espera. Quiere tener un bebé tuyo a la manera tradicional? - preguntó la chica, con las mejillas encendidas de rojo y la curiosidad brillando en sus ojos. Armin resopló de risa.
-No. Yo seré el donante de esperma. Ymir me mataría si tengo sexo con Historia; además, sería algo así como... incesto. Eh, yo no podría; Historia es como una hermana para mí. - replicó él, y sus amigos lo vieron torcer la boca con grima hasta que Eren soltó una risa.
-No seas hipócrita, Armin. Antes pensabas que Historia era linda.
-Bueno, acaso es mentira? Lo es.
-Armin tiene razón. - intervino Mikasa. - Hisu solía ser la chica más popular de la secundaria, pero Ymir espantaba a todos sus pretendientes.
-Así como yo debo espantar a los tuyos. - comentó Eren, dibujando una sonrisa ladina en la comisura de su boca e inclinándose hacia el rostro de su novia para besarla.
-Qué? No inventes, no tengo pretendientes...
-Es que no has visto cómo algunos te miran el trasero cuando caminamos juntos.
-Eres un mentiroso. - pronunció Mikasa con una sonrisa de satisfacción, mientras los besuqueos iban y venían. Armin resopló con desagrado y se levantó de la silla donde estaba.
-No, por favor. - gruňó el chico rubio. - No enfrente de mí, sí? Guarden sus demostraciones de lujuria para después, cuando yo no esté.
-Oye, no hemos hecho nada! - Eren fue el primero en quejarse. Mikasa apretó los labios como si eso fuera suficiente para contener su risa.
-Es suficiente con intercambiarse las babas frente a mí, asquerosos. Ya me voy, adiós.
-Armin! No te vayas...
-Y quedarme como el que sobra? No, gracias, Mika. La oferta es bastante tentadora, - declaró Armin con sarcasmo al rascarse la nuca. - pero no me interesa. Adiós, chicos. Y tú, Eren, disfruta el día de hoy porque maňana tenemos cosas que hacer en el bar.
-Joder. A veces olvido que yo soy el jefe y no Armin. - la voz de Eren se alzó burlona en el dormitorio. Su amigo chasqueó la lengua.
-Técnicamente yo soy el jefe, porque hago la mayoría del trabajo mientras tú aprendes a administrar un negocio. Adiós, babosos, y no se calienten tanto o se van a quemar. - el comentario final de Armin hizo que Mikasa usara el muslo derecho de Eren como escondite, completamente ruborizada y a punto de estallar en una carcajada, estremeciendose con el ataque de hipo provocado por las risas. Eren lanzó una almohada que fue a dar justo en la espalda de su amigo, antes de que éste pudiera salir.
-Eso lo dices porque no puedes calentarte, cabrón.
-Es tu problema si lo crees así. - respondió Armin con una sonrisita de satisfacción. Y entonces se marchó, dejando a sus amigos con muchas ganas de saber a qué se refería. La puerta del departamento se cerró, y Mikasa pudo salir al fín de su guarida.
-Acaso tiene novia? - la voz de la chica hizo que Eren la mirara.
-No tengo idea. Me lo habría dicho, no?
-Pienso lo mismo... Pero se escuchaba muy seguro de eso. Crees que sea Annie?
Eren se encogió de hombros ante la pregunta.
-No lo sé. La próxima vez que lo vea, insistiré hasta que no le quede más salida que contarme.
-No creo que puedas convencerlo. Déjamelo a mí.
-Estás segura?
-Mhm. - asintió ella. Los ojos color turquesa siguieron sus movimientos hasta perderla de vista en el momento en que la chica volvió a situarse tras él para deslizar sus manos sobre el pecho desnudo de su novio, presionando la nariz contra el cabello castaňo y la boca contra su nuca.
-Oye, no hagas eso. Sería peligroso para ti. - comentó Eren con pillería y una sonrisa ladina.
-Para empezar, no debiste decirme que viniera hasta aquí. Estar los dos sobre una cama, solos en la misma habitación, ya es bastante peligroso.
Ambos rieron. La risa acampanada y tímida se mezcló con los jadeos hilarantes y apelmazados que salían de la garganta del muchacho; con un movimiento rápido de su brazo, Eren tiró de ella para hacerla caer sobre su regazo y poder mirarla mejor.
-Por qué somos tan sexuales? - preguntó él. Mikasa se encogió de hombros.
-Eres una mala influencia para mí.
-De hecho, es al revés. Pero te dejaré ser.
Un sonido de risas fue ahogado en un beso intermitente y dulce.
-Vístete y vámonos, Eren.
-Estás segura? - replicó él, dejándola caer sobre la cama antes de ponerse cómodo sobre ella. Mikasa asintió. - Deberíamos quedarnos y ver algún episodio de Game of Thrones.
Ella ladeó la cabeza, con la mano puesta en su pecho. La voz de Eren se le antojaba tan seductora que a duras penas podía dejar de mirarlo.
-No, Eren. Hoy no.
-Por qué?
-Porque estoy en mis días.
Eren chasqueó los dientes.
-Un soldado nunca tiene miedo de manchar su espada con sangre. Aprende eso.
-Agh. - se quejó ella, oyéndolo reír. - De ninguna manera.
Una vez más, un besuqueo intenso ahogó un par de carcajadas.
-Joder. Quisiera besar cada rincón de tu cuerpo y follarte tan duro que no pudieras caminar durante días.
Mikasa se mordió el labio inferior, y un ataque de risa sofocada provocó que su rostro enrojeciera.
-Eren, cállate. Por favor.
-No.
Los labios de Eren dejaron rastros de besos fugaces a lo largo y ancho del rostro de la muchacha, y su risa se deslizó entre sus oídos como un coro de arcángeles, aquel que sabía bien encerrar sus demonios.
-Vístete, sí? Y vámonos ya.
Eren gruňó. Pero sólo se levantó de la cama después de veinte besos más.
-Duerme conmigo hoy. Te llevaré temprano a clases maňana.
-Debo pensarlo antes... Oye, te afeitaste. - comentó ella, admirando la falta de vello en la cara de su novio. Él asintió.
-Te gusta así?
-No mentiré: ya me había acostumbrado a tu bigote ridículo, pero no te ves nada mal ahora.
Eren resopló, fingiendo enojo. Luego recibió un besito en la mejilla.
-Te quedarás conmigo esta noche?
-Sí... No... Tal vez.
Ella coqueteaba y él lo sabía por la forma en que la vió morderse el labio de nuevo.
-Joder. Sabes qué envidio de mi hermano? - la frase inició en la lengua de Eren y acabó en el cuello de la chica. Ella cerró sus brazos alrededor de la cintura desnuda del hombre frente a ella.
-Qué cosa?
-Bueno... - él levantó la cabeza para poder mirarla. - Zeke puede vivir con su novia.
Mikasa arquejó una ceja con suspicacia.
-Es eso una propuesta?
-Por qué no? - Eren le dedicó una de esas sonrisas torcidas que le hacían fallar las piernas.
-Eso implica muchas cosas, Eren.
-Lo sé. - Un beso más. Con los dedos en la muňeca de su chica, Eren empujó su mano en el aire para entrelazar sus dedos con los de ella. - Mira esto: cuánta perfección. Tu mano se ve tan jodidamente bien en la mía... Como si estuviera hecha justo para mí.
El beso que vino a continuación parecía haber sido encendido por las chispas de una hoguera.
-Y qué quiere decir eso? - preguntó Mikasa, cuando ambos rompieron el beso para recuperar el oxígeno que habían perdido en medio de su efusividad.
-Que deberías venir a vivir conmigo.
Otro beso.
-Y qué haremos cuando tu hermano regrese?
-Buscaremos otro lugar.
-Necesitamos mucho dinero para eso.
-Cuando Zeke vuelva habré ahorrado lo suficiente para mudarnos a otra parte.
El chasquido de aquel par de labios colisionando por milésima vez invadió toda la habitación. El deseo de ambos podía incluso percibirse por medio del olfato.
-Eren... Vámonos.
Él suspiró, resignándose a regaňadientes a las pocas expectativas que tenía de tener sexo aquella tarde.
-Bien. Iré por mis zapatos. No sé dónde diablos los dejé. - dijo, deslizando las manos a través del oscuro y sedoso cabello de la chica que aún lo abrazaba. Eren se alejó y ella lo vió salir, antes de que sus ojos giraran hacia la pequeňa biblioteca junto a la ventana. Debía ser de Zeke, porque Eren no solía leer mucho. Un libro sobre Historia Natural llamó su atención y sus dedos lo sujetaban al segundo siguiente, escuchando a Eren refunfuňar desde donde estaba al no encontrar los zapatos que buscaba.
Mikasa se burlaba de él cuando vió una hoja doblada escapando del libro y caer al suelo.
La letra del doctor Jaeger resaltaba en sus líneas y ella pensó que no estaría mal echarle un vistazo. Eren no se molestaría; ella no le guardaba secretos, y no existía posibilidad de que él los guardara de ella.
Pero qué equivocada estaba.
Como si el último de sus nervios se hubiese activado, un hormigueo agobiante y desesperanzador se apoderó de sus entraňas a medida que sus ojos grises se deslizaban sobre letras que parecían grabadas a fuego, a un fuego calcinante y asfixiante, con humo que nublaba la vista y la razón y quemaba la respiración. El mismo fuego que consumía todo a su paso, y que ahora derrumbaba, ladrillo por ladrillo, la fortaleza que Eren había construido para ella. Incluso pudo escuchar dentro de ella el derrumbe de lo que ella creía inquebrantable. Su mandíbula temblaba, al igual que sus manos, al igual que sus pensamientos y el amor en el que había creído tan ciegamente.
Porque el amor la había engaňado.
Y un agujero negro succionaba ahora toda su fe y su certeza.
-Por fín encontré los... - Eren se detuvo al verla, con el dorso de la mano en su boca, una hoja en la mano, y las pestaňas empapadas de lágrimas. - Mikasa?
La respuesta no fue inmediata. Pero ella no tuvo que hablar para que él reconociera el papel que ella sujetaba.
El fuego que había consumido los ladrillos en ella, ahora devoraba el mundo en él con látigos inclementes, punzantes, asesinos.
-Ocho aňos. - La voz de Mikasa se alzó con dignidad, pero débil, golpeándolo como una estaca. Él sólo escuchó. - Ocho aňos desde que ellos murieron y desde que mi hermano comenzó a buscar a sus asesinos sin obtener respuestas...
-Mikasa... - el aire en sus pulmones pareció envenenarse de dolor al pronunciar su nombre. Ella lo ignoró.
-Ocho aňos, y todo este maldito tiempo ha pasado en vano, mientras tu familia ocultaba todo para salvarse a sí mismos...
-Mikasa, déjame explicarte...
-No sólo tu familia. - le interrumpió ella, con un terremoto en su garganta. - También tú...
-Mikasa, por favor, debes confiar en mí y dejar que...
-Confiar en ti? - una risa amarga y chirriante se escapó de la debilidad de sus cuerdas vocales. - Cómo confiar en un hombre que paradójicamente sólo me ha mentido?
-Si dejaras que tan sólo te explicara...
-No! No quiero explicaciones! - la voz de la chica se alzó como un rugido doloroso, mientras la hoja se sacudía en sus manos al ritmo de las vibraciones de su cuerpo. - No es necesario escucharlas de ti después de haberlas leído aquí, en esta carta.
El silencio cortó el aire hasta que los sollozos de la muchacha se mezclaron con el crujir de la hoja que ahora era arrugada y lanzada al suelo. Mikasa caminó hacia la puerta, pero él la detuvo.
-Mikasa, hablemos, por favor...
-No. No me toques. - replicó, esforzándose para mantener intacto el hilo de su voz con los dientes apretados. - No vuelvas a acercarte a mí. Cuánto tiempo tuviste, Eren? Dos malditos meses. Dos malditos meses para explicarme esto desde que tu padre se fue, o tal vez más. Porque no me extraňaría que lo supieras desde antes, y yo no me habría enterado de nada, y el asesinato de mis padres permanecería impune si yo no encuentro entre tus cosas eso que acabo de leer, o me equivoco?
-No! Maldita sea, no te equivocas! - bramó Eren, perdiendo los estribos. - No te equivocas, porque yo jamás quise decirte! Jamás quise contarte sobre esto porque no me interesaba implicarte en esta mierda, Mikasa. - como la vez anterior, él intentó sujetarla, pero no lo consiguió. - Yo sólo quería... Todo lo que quise fue protegerte de esto...
Ella resopló con agrura. Él suspiró, sabiendo que aquello no había sido del todo cierto.
-Ah, entonces debo agradecer que me hayas mentido. - declaró ella con sarcasmo y manos temblorosas, al igual que su voz.
-No! No, mi amor, no... Sólo te pido que me perdones por no ser capaz de estar lejos de ti. Porque si no te dije esto antes... Es porque sabía cómo ibas a reaccionar, y lo último que deseo es perderte, Mikasa.
-Cómo querías que reaccionara? Quieres que te felicite? Quieres que esté feliz después de haber ocultado algo como esto? - la voz de la chica descendió una octava, tornándose rasposa y ahogada. - Si no me dijiste la verdad, fue porque no confiaste en mí lo suficiente, y porque preferiste esconder a un par de asesinos antes que permitir que esto se resolviera...
-Mikasa...
Las manos de Eren buscaron las de ella, pero no las encontraron.
-Alguna vez se te pasó por la cabeza que quizás... No lo sé... Sólo quizás, yo hubiera sido capaz de entenderte? Esta mujer que ves aquí frente a ti y que es capaz de morir por ti, habría podido comprender tus razones también? No, jamás se te pasó por la cabeza, Eren. Nunca pensaste en eso. Nunca creíste que ambos habríamos podido encontrar una solución a esto y resolverlo de una vez por todas para que mis padres pudieran descansar en paz por fín. No, cierto?
-No, no se me pasó por la cabeza.
-Por supuesto que no, porque ocultar esto te hace cómplice, y sólo querías protegerte a ti mismo!
-No digas estupideces! No se me ocurrió hacerlo porque yo sólo quería mantenerte alejada de esto y protegerte a ti...
-Protegerme a mí? Protegerme de quién? De ti?
-Sí! Exactamente, de mí tenía que protegerte. De mí y del daňo que podía hacerte si te decía que mi familia estuvo implicada en esta mierda! - los gritos de Eren se mezclaron con los de ella, en el mismo instante en que ambos parecían chocar el uno con el otro. Mikasa se apartó, entre suspiros entrecortados y un dolor agudo que chamuscaba sus entraňas.
-No te conozco... No sé quién eres...
-Soy... - la voz del muchacho comenzaba a quebrarse también. - Soy el hombre que te ama, Mikasa. Debes entender eso... Sólo eso.
-El hombre que me miraba a los ojos cuando me hacía el amor y me decía que no sería capaz de engaňarme nunca? El hombre que es capaz de besarme mientras me miente?
Aquella frase derrumbó los últimos ladrillos que quedaban alrededor de ellos. Los puentes cayeron y las cuerdas fueron cortadas. Ahora sólo quedaban los cimientos y las ruinas, voces rotas y lágrimas amargas.
-Está bien. - pronunció el muchacho, con mirada líquida y esperanzas muertas. - Te mentí. Te engaňé, y no pensaba decírtelo nunca. Pero hay una cosa en la que jamás te mentí, Mikasa, y es en lo que siento por ti. Porque sabes que te amo.
-No. - dijo ella, usando el último rastro de vigor que quedaba en su garganta. - Creo que habrías podido convencerme de todo, menos de eso. De absolutamente todo; de cada cosa en la que hubieras querido mentirme, pero de esa no. El amor no miente, sabes? Por eso nunca te he ocultado una sola cosa, y es por eso que te quiero lejos de mí, te quiero fuera de mi vida a partir de ahora. Lo que hiciste no tiene perdón, Eren. Ni en esta vida ni en otra.
Mikasa caminó hacia la puerta. Eren sabía que no podía detenerla, y su corazón pareció romperse en dos fragmentos afilados y punzantes. El de ella ya se había roto unos minutos antes. No estaba solo en eso.
-Aunque no lo tenga, te lo pido. Es lo único que pido de ti, Mikasa.
Ella se dió la vuelta por última vez para mirarlo. Los ojos grises viajaron hasta la bufanda sobre la cama, y luego volvieron a él.
-No sólo tu padre y tu hermano son asesinos... - ella tomó aire para continuar. - También tú, Eren. Porque acabas de matarme.
Ella se marchó. La bufanda fue abandonada.
Y después de eso, Eren supo que no quedaba una sola cosa más que pudiera romperse.
Perdonen tantas referencias sexuales, pero estos dos pasarán un buen tiempo sin hacer de las suyas. Tal vez piensen que la reacción de Mikasa fue exagerada, pero habrá alguien que la haga entrar en razón. Sólo imagínense en su situación. No tengo mucho que decir. Perdonen por traerles tan poquito angst; tendremos mucho más en lo que viene, y nos vemos el próximo capítulo.
