SPOILERS DE DRAGON BALL SUPER
(leer con cuidado)
AL FINAL
—la esperanza prevalecerá—
~reservas~
«Tiene usted la costumbre de echarse atrás. Empieza a andar y se echa atrás. Esto está muy mal; es el primero de los crímenes contra la vida».
(Anaïs Nin, «Elena» en Delta de Venus)
El sexo es tabú. Se lo ha vinculado a la impureza, al vicio, a la maldad, al infierno, al pecado, como si la mera idea de gozar junto al ser amado que todo nos lo retorna realmente remitiera a tan oscuros propósitos. ¡El amor! Tonterías. No tiene sentido que el sexo sea tabú simple y llanamente porque es algo natural.
Silenciar al sexo y cubrirlo con tabúes no es más que buscar, en quien ama de verdad, en quien mediante él mucho precisa expresar, un poco más de infelicidad.
Ellos lo habían vivido como un tabú la vida entera, ella porque no era algo propio de una dama aquello de anhelar la unión corporal con otro ser y que ese otro ser no fuera nada oficial para ella; él, en cambio, porque el vicio podía significarle alejarse de lo que realmente importaba, entrenar, entrenar, entrenar, ayudar, entrenar, proteger, entrenar. Al conocerse, habían hecho todo por evadirlo, evitarse y alejarse, limitarse a la lucha que había cruzado sus destinos en el momento más fatal, pero cuando el cuerpo elige y sabe que el otro cuerpo ha elegido también, frenar lo inevitable es una forma de tortura.
Hicieron cuanto pudieron para frenarse, sí; no pudieron más. Al entregarse, sorprendidos, habían descubierto que nada de impureza, vicio, maldad, infierno ni pecado se hallaba en la unión de sus cuerpos; al unirse, habían descubierto mucho más.
Pero la idea del tabú no se borra con tanta facilidad.
Llevaban, ya, un año completo de lucha. Esta noche, él volvió como tantas otras veces de la patrulla nocturna, y ella sintió que el corazón se le aceleraba de alegría por el simple hecho de saberlo a salvo del horror. Le sonrió luego de ponerse de pie. Tama ronroneaba en sus brazos.
—Trunks… —suspiró Mai, sonriente.
Él le devolvió una sonrisa tan radiante como la que ella le había regalado.
—Logré comunicarme con mi madre. Mañana estará lista la energía de la máquina —anunció—. Una noche más y podremos ir al pasado…
Se observaron medio minuto sin dejar de sonreír. Pronto, la seriedad les llegó. Sería difícil dejar todo atrás, lo sabían, pero valdría la pena. ¡Así tenía que ser! No podían perder la esperanza luego de tanto camino recorrido. Debían mantenerla en alto y prevalecer en sus convicciones.
Al día siguiente, entonces; una noche más. Debían aprovecharla. No sabían qué cosas podían suceder en medio; debían cuidarse más que nunca.
Cuidarse.
Mai se sonrió ante la repentina idea. Trunks la observó ciertamente curioso.
—¿Qué pasa? —preguntó él con la inocencia que nunca se le terminaba de ir.
La sonrisa de Mai se deformó y terminó en sonoras carcajadas. Rojo asomó en sus mejillas. Pronto, adoptó la actitud de una muchachita.
—Es que, bueno, pensaba que…
Una mirada fija fue suficiente: Trunks entendió y el rojo lo cubrió también.
—Reservamos tres…
Mai asintió apenada, las manos entrelazadas delante de su cuerpo.
—Tres.
—Eh… —Trunks se rascó la nuca. Miraba el piso, aún sonrojado—. Podríamos usar… ¿u-uno? Para no desperdiciarlos… ¡Oh no, bueno! Yo…
Mai, siempre tímida aunque no tanto como él, asintió. Después, el silencio.
—¿Quieres que… nos bañemos? —preguntó Trunks después. Suspiró siempre denotando timidez—. Me gustaría que te sintieras cómoda.
Mai adoró su dulzura, esa preocupación que siempre volcaba por ella y que, incluso en medio del infierno, buscaba hacerla sentir en un lugar mejor donde las carencias no tenían lugar.
Asintió.
Mai revolvió en la caja donde guardaban ropa y demás, una caja de cartón que alguna vez había albergado un anticuadísimo televisor. Sacó las toallas de los dos: la de él la celeste y la de ella la verde. Mai le extendió la que le correspondía a él.
—Ve primero —pidió.
Trunks negó con la cabeza.
—Mejor tú. Te espero aquí, anda.
Mai dudó; Trunks insistió. Mai salió del cuarto lentamente.
Trunks se sentó en el sofá. Mirar el techo y reflexionar se le tornó imperativo, más cuando Tama se le recostó en las rodillas como invitándolo a unas cuantas reflexiones, algunas tristes y fuertes dado el contexto, otras más bien indefinibles.
Mai y él no eran novios, tampoco marido y mujer, tampoco amantes; eran aliados en una guerra y compañeros sentimentales. En el acompañamiento que el hecho de vivir juntos desde hacía meses en ese diminuto cuarto delataba, el amor que se tenían, confeso y que sólo aguardaba circunstancias más propicias para formalizarse, tenía al sexo presente casi por accidente, mitad iluminado por la pureza de la felicidad, mitad censurado por los fantasmas del tabú.
¿Cómo había sido? Gran pregunta: simplemente había sucedido. Un paréntesis había sido necesario en medio de la batalla, un desahogo de dos en los más íntimos menesteres. Habían tenido que ceder al deseo que se tenían, presente desde la primera vez que se habían mirado a los ojos en el cuartel. Era como si el destino les hubiera ordenado unirse, y aunque los dos fueran vírgenes e inexpertos, no dejaban de tener treinta años, incluso más en el caso de ella y su deseo alguna vez pedido a las esferas; había ansias, curiosidad, necesidad de sentir aquello que nunca se habían permitido con alguien más por las nefastas vicisitudes que habían tenido que sortear en el pasado, primero con los androides y después con Black, además del propio tabú que la falta de educación en tan maltrecho mundo les había infligido.
Había deseo, uno profundo y genuino, casi animal entre los dos, que aunque tímidos y dulces en esencia pese a tanto dolor padecido, en la cama demostraban otra cosa, un fuego interno muy bien escondido en los dos, atado al tabú, a la represión de tantos años, al miedo, a la pasión que ambos contenían y que expresaban hacia lo que les era elemental, proteger a las personas, salvar el mundo, ayudar a los refugiados.
Quien es apasionado lo es en más aspectos de lo que cree.
Trunks se había asombrado de sí mismo al verse dentro de ella y sentir el ardor dentro de su cuerpo. ¡No tenía idea de la pasión que guardaba en su interior! Voraz, irracional, tan impulsiva y desmedida como su estilo de combate. Le había costado aceptarse de esa manera, aún no lo hacía del todo, ese ver en él aquello que efectivamente tenía en su interior, pero con paciencia y amor, amor sobre todo, había podido dar rienda suelta a ciertos costados de su sexualidad. Se había asombrado aún más al hacerlo, al soltarse, al verse a sí mismo, siempre tan tímido y retraído, entrando y saliendo con tal salvajismo de Mai, al punto de no lograr razonar, de no poder contenerse, de tener que medir su fuerza para no lastimarla con su potencia netamente saiyajin.
Esos instantes en que se dejaba llevar y olvidaba a todo y todos, al mundo entero menos a Mai, para regodearse en el placer de ella, buscar hacerla gritar, gemir, llegar a las estrellas mismas; oh, esos eran sus favoritos. Ella lo hacía sentir bien consigo mismo, un hombre con todas las letras, y a ella la sentía más mujer que nunca, hombre y mujer en lo biológico, en el sentido más físico del concepto, hombre y mujer en calidad de miembros de la especie humana. Ella lo volvía loco, incluso lo asustaba el punto hasta el cual Mai lo llevaba más allá de sí mismo, hasta un punto donde, hundido en ella, imaginaba cosas que ni siquiera sabía, que bien ignoraba por haber rechazado a su sexualidad durante la vida entera. ¿Reprimir su sexualidad durante tanto tiempo por causa del tabú imperante acaso había provocado estragos en su persona, en la forma en que lo vivía? Llegado al borde de la locura, sentía deseos hasta de morir. Morir, de placer.
Dentro de ella.
Mai volvió unos minutos después; Trunks se retiró con su toalla rumbo al destartalado baño donde se aseaban en medio del caos.
Sola, cubierta por la toalla atada a sus pechos, Mai observó el ambiente y decidió que dotarlo de un poco de magia era buena idea. Con esto en mente, se puso el único camisón bonito que tenía y lanzó almohadones al suelo, extendió una vieja bolsa de dormir y por encima cubrió con cobijas. Prendió el único velador que tenían y se sentó en el sofá a esperar cubierta por una manta, con Tama sobre su regazo, a quien acarició lentamente, con una sonrisa en los labios.
Trunks era tan dulce y cariñoso que daban deseos de llenarlo de besos y no dejarlo huir jamás. Era un encanto de persona detrás de su poder, alguien que era dos al mismo tiempo, un valeroso guerrero y un frágil muchacho que, aunque de treinta años, mantenía innata su pureza. Era demasiado para ella, un exceso del cual jamás podría cansarse.
El sexo entre ellos había sido inesperado. ¡Sí, esa era la palabra! Inesperado, porque no habían planeado nada, nunca, sino que se habían dejado llevar como dos adolescentes cada vez que el dolor los excedía. Tener sexo se les había convertido en ese momento en el cual todo los abandonaba, la frustración y tristeza, el estrés, la agonía. También, era la expresión de lo que sentían, la admiración unida al respeto, al amor, gritada mediante la pasión inaudita que se gestaba en su unión. Era de ayuda saberse inexpertos por igual, pues todo lo aprendían juntos, aunque a decir verdad no habían aprendido demasiado, pues sus encuentros eran más expresión que destreza; se apretaban el uno al otro y se movían mirándose a los ojos, bajo las cobijas, sin mirarse los cuerpos que casi nunca desvestían, pero sintiéndose los dos. Al final, terminaban desparramados en el sofá, él ahogado sobre ella, que lo peinaba con manos temblorosas. Sentía, ella, un dolor en el bajo vientre que, lejos de molestarla, le hacía saber cuán apasionada había sido su unión. Aunque, en realidad, un dejo de insatisfacción reinaba al fondo de esa sensación, como si algo no hubiera sucedido, como si faltara algo.
Tan ignorante no era: sabía que existían los orgasmos y tal vez ese dolor le hacía saber que había estado cerca de alcanzarlo. ¿Cómo era posible? Ella sentía un placer inhumano cada vez que Trunks entraba en ella con esas caderas de adolescente, que se movían mal pero con honestidad; sentía que se le iba todo, que los conceptos de su existencia se reescribían, que todo lo que era dejaba de serlo para transformarse en un sexo femenino que se le extendía a todo el cuerpo, y al alma, y al corazón. No creía posible que pudiera sentirse aún más, no considerando todo lo que siempre sentía unida a él.
Qué bello era él, qué insoportablemente bello cuando los ojos le brillaban y ella juraba que tenía al lado al mejor hombre del universo, al punto de decirse, con cierto idealismo, que el destino existía y por algo ella había tenido que rejuvenecer, para cruzarlo a él en el trecho a una edad más indicada para disfrutarlo, amarlo, y con la experiencia de vida suficiente como para poder protegerlo.
Todo había sido como debía ser.
Llegó Trunks al cuarto, vestido con ropas sueltas y oscuras y con la toalla sobre la cabeza, que utilizaba para secarse el cabello. Se observaron sonrientes.
—Estás… preciosa —farfulló él al notar el camisón de ella—. Y esto… —Observó el lecho que Mai había improvisado con el agradecimiento plasmado en la mirada.
—Para que sea especial —respondió Mai al ponerse de pie y dejar correr a Tama. Avanzó hacia Trunks—. Quiero… que sea especial.
Ese día no tenían nada para comer, pues les habían dejado su ración a los niños del refugio, así que no tenían nada por hacer antes del sexo, nada más que darse esa noche para los dos. Los preámbulos eran innecesarios; quedaba despojarse de todo, menos de lo que por el otro sentían. Trunks tragó saliva y se sonrió como un muchacho. Mai quiso juguetear con su cabello, rascarle la cabeza como a Tama se la rascaba y ver ante ella ese lado de niño que tenía él. ¡La conmovía tanto su dulzura y lo fácil que era mimarlo!
Eran torpes para iniciar el sexo, no tenían mucha idea de cómo hacerlo y, si lo pensaban en detalle, ni siquiera habían hecho eso alguna vez, dedicarle adrede una noche a la sexualidad; siempre que eso había sucedido entre los dos, había sido por impulso, no por planearlo.
Mai, tan tímida como Trunks aunque más dada a la iniciativa, lo atrajo hacia ella. Cuando lo abrazó, supo que no tenía idea de qué hacer para iniciar el momento íntimo, cómo soltarlo y cómo soltarse. Retiró la toalla del cabello de Trunks, la dejó a un lado y lo besó en la mejilla. De la mismísima nada, una canción sonó en su mente y comenzó a tararearla.
—Bailemos —le dijo sin siquiera pensarlo.
Trunks, rojo, aceptó. Sobre el lecho improvisado en el centro del ambiente, giraron tarareando viejas canciones populares en tiempos de los androides, las mismas canciones anticuadas que sonaban una y otra vez entre informe e informe de los humanos cibernéticos. Siempre eran canciones de amor cursis de épocas lejanas, «Te quiero y nadie lo sabe», «Para amarte no hace falta una razón», «La piel se comporta distinta». La canción de la cual provenía la última frase hizo apenar a Trunks, que si ser capaz de continuar mirando a Mai miró a Tama, que se acicalaba en el sofá.
—E-Esa canción, cuando era pequeño, me hacía sonrojar. Siempre me ponía nervioso al escucharla.
Mai dejó de tararear. Curiosa y entre risas, indagó:
—¿Por qué?
A Trunks lo cubrió el más adorable de los sonrojos. Mai no era buena para recordar letras de canciones, por eso tarareaba, pero él parecía tener más memoria para ellas. Desafinado, como un niño, tarareó otra parte de esa misma canción:
—«Nos queman las ganas, miramos distinto, cambiamos nosotros, no somos los mismos». —Bajó la mirada—. Ha-Hablaba de sexo. Toda la canción…
Mai miró el techo. ¿Qué seguía después? Recordó de repente y cantó:
—«Mi piel, que es celosa, te busca, te llama, te siente, te roza»… Ay, es verdad. ¡Qué pena!
Rieron juntos.
—Siempre me apenaba escucharla —recordó Trunks—. C-Creo que no entendía del todo la letra, pero sabía que era sobre eso y me ponía muy nervioso.
Mai supo que jamás le había prestado atención, no hasta el punto en que Trunks lo había hecho. ¡Y qué ternura que la canción lo apenara por el tópico que trataba! Recordó bien la letra: según creía comprender, se refería a la adolescencia y la aparición del deseo sexual, la idea de probarlo todo, de hacerlo todo, de dejarse llevar y no desperdiciar la oportunidad de sentir. Incluso, tal vez hasta hablaba de quemar etapas, de dejar de ser niños y aceptar lo que el cuerpo demandaba al crecer. Al parecer, era acorde a ellos dos, aun cuando ya no fueran adolescentes. Era acorde a la escena, a esa intención de dedicarle la última noche antes del viaje al sexo, hacerlo a consciencia, no por mero desahogo sino por gusto, por elección. Pero no sabían tener sexo así, todo era demasiado complejo en esa realidad devastada; unirse no se sentía igual si no era por la desesperación.
Y eso era un problema.
En el abrazo que compartían pronto se sintió todo: el miedo, el amor, la soledad, la furia, la pasión, el deseo. Black vivía allá afuera y no tenían tiempo ni inspiración de aprender a hacerse el amor de la forma más adecuada, cualesquiera que fuera, ni tampoco de dedicarle un momento al aprendizaje. Tristes sobre el lecho improvisado, el tabú acechó: comprendieron que no estaba bien lo que hacían, que tomarse en medio de la guerra que la Tierra peleaba no iba a solucionar nada. Su relación tenía que esperar y la unión que la consumara también.
Y se besaron, a la vez.
Era la única manera que conocían para unirse, sí: la desesperación. Respirar agitadamente al besarse con tal desprolijidad, tocarse con urgencia, a la velocidad de la luz, corriendo la ropa más que quitándola; era la única manera que conocían de amarse, sumergidos en la misma culpa nacida del entendimiento de su situación: se estaban apurando, no debían tener sexo, no tenían derecho a sentirse, no tenían tiempo de hacerlo. Y cómo quemaba esa culpa, tanto como la piel de cada uno en contacto con la otra, en llamas por este deseo culposo de desgarrarse mutuamente.
Pero querían. Lo necesitaban.
—Sé que no debemos, que debería ser distinto… Sé que debería respetarte, Mai… —dijo Trunks sin aire, besando tímidamente un hombro de ella por sobre la tela del camisón—. Siento mucho no haberte respetado…
Mai, que en su cabeza aún tarareaba la canción, supo que su piel lo buscaba, lo llamaba, justo como decía la letra. Lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Nadie me ha respetado más que tú, nunca —afirmó ella refregándole el rostro contra el pecho, sintiendo contra sus párpados los latidos vehementes del corazón de Trunks—. Sé que cada vez que esto ha sucedido entre nosotros ha sido difícil para ambos, que quizá está muy mal lo que hacemos, pero yo… —Lo besó. Desencajada, lo hizo, besó su boca y luego su quijada, sus mejillas y las lágrimas que las recorrían, también su frente y sus párpados. Lo besó tanto que ya no sabía contra qué parte del rostro apretaba los labios—. Trunks, me hace feliz. Esto, nosotros… Sentirte me hace muy feliz y necesito ser feliz…
Ese había sido el motivo de la primera vez: se habían besado sin poder contenerse ya, se habían dicho que se querían, que se adoraban, que tener al otro era todo lo bueno que podía sucederles en medio del infierno. Después, lo inevitable: se habían quitado parte de la ropa y, acelerados por estar en el cuartel de la resistencia y no a solas en un lugar más acorde, ella había revisado el botiquín, había robado un condón y se había encerrado con Trunks en una antigua oficina del subterráneo, donde ella intentaba (no podía, nunca) dormir cada noche. Estaban intranquilos y temblaban como hojas al viento tanto por Black como por la idea de ser descubiertos por algún miembro del ejército; nunca se dijeron que no lo habían hecho jamás, pero allí, sobre la litera que Mai usaba para descansar, se habían unido por primera vez.
Al final se habían mirado con lágrimas en los ojos, incrédulos: ¿qué acababan de hacer?
Nunca habían hablado del tema, ni antes ni después. Nunca habían dicho nada porque todo era evidente: se necesitaban en exceso, tanto que era insoportable la idea de contenerse. Y quizá no eran ellos mismos al ceder, tampoco al proceder, pero se amaban aun cuando el contexto fuera el más inapropiado para hacerlo. La pregunta era si merecían esa felicidad, si tenerse era justo dado todo lo que ocurría afuera, la muerte y la destrucción.
Trunks, al limpiar los ojos de Mai, supo que sí lo era, no porque él lo mereciera, pues nada creía merecer, sino porque quien lo merecía era ella, ella con las mejillas rojas no por la vergüenza, sí por el deseo; ella, con el corazón desbocado ante él.
Si ella necesitaba ser feliz, él iba a hacerla todo lo feliz que pudiera. Más esa noche, tan prontos a viajar al pasado, sabiendo que quizá no llegaran a viajar ni tampoco al próximo amanecer, pues con Black nada era seguro. Él podía atacar en cualquier momento, él podía llegar de la nada y arrebatársela, desaparecerla de la faz de la Tierra, llevársela para ya nunca devolverla.
Devolvérsela.
Sin saber que lloraba ante la idea, la tomó con vehemencia de la cintura y la recostó en el lecho improvisado. De debajo de uno de los almohadones del asiento del sofá, sacó la caja donde guardaban los únicos tres condones que reservaban. Feliz de tenerlos y no tener que sufrir al hacérselo, aterrado de que sucediera lo que no debía suceder en plena guerra, abrió la caja y tomó un sobre. Presuroso, se bajó la parte inferior de la ropa sin mirar a Mai en ningún momento, que lo observaba recostada en el lecho, con las piernas juntas y el camisón aún puesto. Ella vio la torpeza de las manos de Trunks, que temblaban y temblaban al manipular la protección. Pensó en ayudarlo, llegó a levantar una mano para hacerlo, pero la frenó notarle el ceño fruncido y la mirada severa, la concentración plasmada en sus facciones, la decisión que denotaba una profunda, erótica, masculinidad. Nunca lo había visto así; verlo le dio una pista que, de momento, no le serviría.
Trunks terminó.
Lo vio con el pantalón y la ropa interior bajas, la camiseta puesta, su excitación lista para proseguir. Ella separó las piernas sintiendo un temor que no fue capaz de comprenderse, un temor que la hizo sentir bien por algún motivo. Él gateó apenas, para posicionarse entre sus piernas. Al ver y sentir cómo Trunks se las acomodaba a cada lado de la cadera, al sentir su camisón resbalar por sus muslos, empujado por las manos de Trunks, Mai se perdió.
Él nunca la había excitado así.
Lo sintió entrar con la misma urgencia de cada vez; él gimió con los dientes apretados al hundirse.
Mai sintió frío en las puntas de las manos y también en las de los pies. Las piernas se le separaron solas, casi exageradamente, al límite de lo que su elasticidad le permitía, y al sentir el torso de Trunks contra el de ella, ahogándola por el peso, Mai movió las caderas irracionalmente, como siempre lo hacía, con la misma desprolijidad de siempre; las empujó contra él, más rápido que él, como pidiendo más velocidad.
Lo abrazó, acurrucó el rostro de Trunks en la unión de su cuello y su hombro. Ahogada, gimió cada vez que lo sintió alcanzar el final.
Trunks no pensaba en nada: su consciencia se limitaba a sus sentidos, a lo que cada uno percibía: el aroma húmedo, el sonido asfixiado de las respiraciones, el sabor de la piel que besaba, la imagen de su mano sujetando la de ella a un lado de sus cuerpos, el calor insoportable en la humedad que lo contenía. No entendía a qué ritmo iba, sólo que necesitaba más de eso, de moverse, de salir y entrar una vez más, y otra, y llegar cada vez más lejos, y sentir a Mai cada vez más temblorosa debajo de él. Hasta que sintió cómo ella le soltaba la mano: la llevó a su rostro, la sintió apretar su mejilla casi hasta clavarle las uñas, al tiempo que la otra mano se le escabullía bajo la camiseta para sujetarse con posesión de su cintura.
Trunks hizo sin pensar, movió la mano liberada hacia el cabello y la otra hacia debajo de las nalgas de ella, para sujetarlas como jamás lo había hecho, con posesión, con ganas, con perversión. Cuando lo hizo, ella rodeó sus glúteos con las piernas, los apretó con la misma posesión que él ejecutaba.
Ella quería sentirlo más, sentirlo todo, hundirlo en ella y no dejarlo ir jamás.
Lo apretó con las fuerzas que no tenían, que no le bastaban para lo vehemente que era su necesidad, y el dolor en el bajo vientre pareció latirle, quemarla, crecerle hasta transformársele en todo lo que se sentía. Todo pareció inútil en su cuerpo, entonces: brazos, piernas, boca, ojos; nada servía, nada más que ese ardor en el bajo vientre, aquel que tomó su razón y consciencia en pos de silenciarlas. Solo sentía el ardor agigantado por el fuego con el cual él la penetraba; de fondo, creía escuchar sus gemidos y los de él, igualmente descontrolados, desprolijos, entre dulces y violentos.
Clavó las uñas en la espalda al desear que él nunca terminara una vez más, que se quedaran así para siempre, unidos, moviéndose sin saber cómo ni por qué, todo con tal de agigantar hasta lo imposible el ardor que la fricción entre sus pieles en lo más sensible de sus cuerpos creciera más, más, hasta explotar en mil pedazos y matarla y matarlo a él también. Quería esa muerte, la muerte de ese ardor de insatisfacción que crecía con cada embestida, al ritmo con el que la dureza se volvía más brutal y masculina, más incoherente. Pero el deseo de Mai no se cumplía.
Trunks gritó contra su oído la muerte propia, la explosión de su propio calor. Cayó sobre ella y reguló su respiración.
Mai lo abrazó como una manera de consolarse: él acababa de abandonar su cuerpo, algo que no pudo soportar, no teniendo en cuenta cuánto había deseado, durante el acto, extender su unión hasta lo más absurdo. Una opresión del pecho la tuvo al borde de las lágrimas, hasta encontrarlo a él sobre ella, sonriente, mirándola a los ojos. Estaba feliz, el encuentro lo había hecho feliz.
¿Por qué ella no se sentía así también?
—Ya vengo —le dijo él despacio, sin dejar la sonrisa de lado. Se levantó, acomodó su ropa y se marchó al baño.
Al verse sola, Mai cayó de lado sobre el lecho. Acomodó el camisón, cubrió sus partes más íntimas al extenderlo hasta las rodillas y permaneció recostada. Se sentía sudada, ahogada, como anestesiada. Se movió, se refregó contra la cobija; la caricia hizo que se produjera una puntada en su bajo vientre. No era dolor; era insatisfacción. Quería sentirlo dentro de ella una vez más, sentirlo sumirse hasta lo inexistente, fundirse en ella gracias al calor.
El sexo había durado menos de lo que ella hubiera querido y no por ser corto, ya que no lo había sido; había sido extenso, intenso y maravilloso. Había disfrutado cada instante, de él y de su ahínco, de lo que él le había expresado, pero había algo que no estaba sucediendo y presentía que no era Trunks el culpable de que no sucediera. Al parecer, la culpable era ella.
O los dos.
Nunca habían hablado de lo que hacían ni de lo que sentían; entre ellos, todo se expresaba con gestos, sonrisas, miradas, suspiros. Se expresaban las manos al buscarse, al sujetarse la una a la otra en pos de sentirse. Quizá, la hora de hablar abiertamente del tema había llegado.
—¿Estás bien?
Mai se sobresaltó al encontrar a Trunks recostado junto a ella. Había regresado y se notaba que se había dado unos momentos no sólo para asearse, sino para refrescarse. Lucía como una flor azul y hermosa, perfecta: estaba en la cúspide de su propia belleza.
Avergonzada sin motivo, Mai se levantó.
—Ya vuelvo —dijo de espaldas a él justo antes de marcharse.
Una vez en el baño, ante el espejo roto a medias, se mojó tras la nuca y en la frente. Sintió el frío del cemento bajo sus pies y en éste encontró una especie de alivio, que aunque no fuera el realmente anhelado logró sacarla de la insatisfacción. Quería aprender a llegar al orgasmo, poder llegar allí sin miedos ni reproches, los mismos que la invadieron al mirarse a los ojos en el reflejo:
Ella pensando en sexo y, afuera, el mundo al borde de la destrucción.
Lloró en silencio y a solas con el tabú abrazándola, como siempre lo hacía, al darse cuenta de su error: estaba pensando en lo más mundano entre lo mundano, la insatisfacción sexual y cómo solucionarla, mientras afuera había gente sufriendo, tal vez muriendo, tal vez pasando hambre. Pensó en los niños del refugio y en sus compañeros de la resistencia: algunos debían estar de guardia, otros tratando de dormir. Y ella enojada consigo misma por no ser capaz de alcanzar algo que de nada le iba a servir en el infierno.
Por eso no llegaba al orgasmo, porque sentiría culpa al llegar.
Trunks sentía culpa hasta por respirar, a veces; ella era quien lo instaba a darse ánimos y sacar tanta idea absurda de su cabeza. Pero Trunks no se imaginaba que ella no seguía los consejos que le daba a él, no siempre, pues en momentos como esos, los de soledad absoluta, eran aquellos en los cuales la abordaban todos los cuestionamientos.
Tenía que pelear, que pensar en los demás, que proteger todas las vidas que pudiera salvar. Tenía que dar su vida por la causa que la movilizaba, justo como se lo habían enseñado en el ejército: luchar era su única prioridad.
Era en vano pensarlo a tremendas instancias, sin embargo: al día siguiente, viajarían al pasado. Si es que llegaban con vida a ese momento, claro.
Retornó al cuarto luego de respirar hondo y dejar atrás la idea de insatisfacción, prometiéndose que pensaría en ello una vez la batalla terminara, una vez que viera a Trunks matar a Black, después de llorar y llorar de felicidad cuando lo hiciera. Sabía que él podría y ella iba a estar a su lado pasara lo que pasase, le ayudaría en todo cuanto pudiera, lo instaría a no rendirse ni tampoco se rendiría ella.
Después de eso, sí, pensaría en gozar apropiadamente junto a Trunks, justo como los dos lo merecían, sin más ataduras ni pudor, por el deseo y no por el dolor.
Al recostarse junto a él y encontrar en los ojos azules tan pletórica felicidad, Mai se sintió débil. Él la inducía a todo, le recordaba que era un ser humano, que la vida tenía matices y uno de ellos no tenía que ver con las demás personas, sino que sólo se involucraba con sí misma y sus pasiones, con la liberación de su propio dolor, con alcanzar sensaciones que desconocía. Él le recordaba cuánto deseaba que todo terminara y Black muriera de una vez: no se trataba, nada más, de desear la libertad de los miembros de la resistencia y las personas del refugio; se trataba de desear llegar al momento donde unirse a Trunks no le generara semejante culpa.
Al final, era tan testaruda como él.
Se dieron un beso casto en los labios. Mai le dio la espalda y cerró los ojos, dispuesta a dormir. Pero mientras, detrás de ella, Trunks no lograba hacerlo. Tampoco quería.
Siempre que terminaban de hacerlo, Mai se ponía así, más fría de lo que solía ser, mucho decir en una mujer que era cálida con el universo entero, que hacía de la calidez y la lealtad sus mayores virtudes. Ella siempre le sonreía, le hacía saber cuánto amor sentía por él, pero algo al final de Mai se percibía distinto después del sexo. Era como si ella se arrepintiera.
Ella, quizá, reflejaba lo que él mismo sentía.
Se odió sin dejar de mirar la espalda de Mai, sin dejar de admirar la curva de la cintura y el cabello negro cayendo con tal delicadeza sobre la almohada. Él siempre sentía culpa, por todo, hasta por respirar en los momentos de más tozudez. Era ella quien siempre le daba fortaleza y lo instaba a dejarse llevar.
Antes de hacerlo, ella lo había alejado de las dudas y el miedo, ella sola, ella brillando como una estrella en la que él ansiaba sumirse. Que ella sintiera culpa también lo entristecía, pues significaba que no hacía lo suficiente por ella, que no la hacía lo feliz que ella lo hacía a él en esos momentos de retorcida necesidad.
Deseó abrazarla. ¿Debía? Ella dormía, estaba seguro. No debía despertarla para salirle otra vez con su típico discurso: siento mucho que las cosas sean así, blablablá, eres todo para mí y te juro que te haré feliz, blablablá, lo importante es no dejarnos vencer y tener esperanza, blablablá, cuando todo termine…
¿Y si terminaba en cinco minutos?
¿Y si Black atacaba en cinco minutos y borraba la Tierra de la galaxia y los destruía a todos para siempre?
¿Y si antes de poder irse Black aparecía para confrontarlo y moría?
¿Y si era Mai quien…?
Quería hacerla feliz. Quería que ella olvidara todo y no se culpara por nada. Quería decirle todo lo que debía saber ella en caso de que a él le sucediera algo. Quería demostrarle que sus sentimientos, aunque se expresaran de formas tan mundanas, eran puros, verdaderos. Ella era más que sexo y desahogo, más que su aliada y su compañera sentimental en los momentos de desesperación.
Ella era el amor de su vida. El primero. El único.
La abrazó por detrás. Arrimó su cuerpo al de ella, corrió el cabello de su oído para poder hablar sobre éste. La sintió tiritar y supo que ella no dormía, que nunca lo había hecho; que quizá, a lo mejor, pensaba en lo que él pensaba, en lo mismo, en la culpa, en que todo terminara y quedaran cosas por decir.
Nada pudo decir, sin embargo.
Mai le estrechó la mano con la cual él la sujetaba, apoyada en la cintura de ella. La llevó entre sus pechos y la apretó donde más fuerte le latía el corazón.
Sentirlo abrazarla justo en el momento indicado, cuando ella más se criticaba su accionar en medio del horror, cuando más de juraba que esperaría a la paz para pensar en ello, fue para Mai como una señal: era él y era en ese momento, no después.
—Me haces feliz —dijo él, lo cual hizo que ella riera, que Mai sintiera más fuerte que nunca la contradicción que la domaba—. Quiero… No sé cómo, no sé de qué manera, pero quiero que seas tan feliz como yo. Mai, quiero que seas mil veces más feliz.
Trunks se pegó más a ella, después, tan emocionado como ella lo estaba. Mai supo que él, aunque ella llorara en silencio y a solas, sabía todo lo que pasaba por su mente. Todo, hasta lo más perverso, hasta la excitación que la recorría por el sólo hecho de tenerlo pegado a su espalda. Se revolvió contra él, mitad deseándolo, mitad culpándose por ello.
—Gracias por estar aquí conmigo —siguió él, como si no fuera consciente del peso de las palabras en el alma de ella, que lo sentía pegado a su cuerpo y sólo por eso creía delirar de ansiedad—. Mai, no sé qué hubiera hecho sin ti todo este tiempo.
Ella entrelazó los dedos con los de él, intentando así no ceder a lo que el cuerpo le pedía, lo más indebido en medio de tan romántico discurso nacido del más puro corazón.
—Hubieras sido fuerte como siempre lo eres: no somos nosotros, los habitantes de la Tierra, quienes te damos fuerza; eres tú quien la tiene, eres tú quien lleva nuestra energía en cada ataque. —Apretó más y más la mano de Trunks—. Eres tú, Trunks. Si te soy de ayuda, si realmente puedo ayudarte en algo, en lo que fuera, siempre estaré feliz de hacerlo.
Feliz.
Trunks respiró hondo. Las palabras que ella le decía eran conmovedoras, inspiradoras, le daban ganas de todo y de más, pero tanta culpa sentía y tanto era incapaz de comprender que las ideas se le distorsionaron sin más. No quería que ella malinterpretase nada de lo que él sentía. No quería que ella se entregara a él sólo para hacerlo feliz.
Quería que ella fuera mil veces más feliz que él.
—Siento mucho haberte faltado al respeto tantas veces.
Sintió que Mai se tensaba entera.
—¿Tú? —Pese a los nervios, Mai pudo reír—. Ya te lo dije: tú nunca me has faltado al respeto. ¡No serías capaz!
—Pero me acuesto contigo y te deseo demasiado en un momento en el cual no es indicado de-dejarme llevar así…
Era la primera vez que Trunks le hablaba abiertamente del deseo que ella le inspiraba. Qué sincero era, qué auténtico al decir algo tan fuerte y profundo, tan íntimo como la naturaleza de su vínculo era. Mai sintió la insatisfacción en su bajo vientre, latente aún, pese al tiempo transcurrido, pese a todo lo demás.
—No hiciste nada que yo no te haya permitido: también quise acostarme contigo, Trunks.
Inconscientemente, se pegaron más el uno al otro. Otro latido de insatisfacción sumió a Mai en la antigua anestesia.
—Pero no fue como tú merecías: en el cuartel, en un cuarto tan oscuro, rodeados de tanta gente… Incluso aquí, en soledad, no es como te mereces. Debí esperar, tuve que haber esperado a un momento más acorde. ¡Pero no soportaba la idea de perderte y no poder tenerte junto a mí nunca! Siento mucho que todo haya sido al revés, sin esas cosas que hacen las parejas para conocerse, las salidas, las cenas; sin planearlo de antemano, sin tener un vínculo verdadero antes de hacerlo…
Y Mai se pegó aún más a Trunks. Y cuando se quiso dar cuenta, apretaba con los glúteos entre las piernas de Trunks.
Apenada, lo entendió.
—Tenemos un vínculo, Trunks. Lo tenemos —dijo, y llevó la mano de él a un pecho de ella, desbocada, alienada por percibirlo a él—. Aunque todo haya sido al revés, sabemos que es verdadero y más profundo que cualquier otro vínculo en este difícil momento: nos queremos, nos necesitamos, nos ayudamos… —La piel se le erizó al sentir el aliento caliente de Trunks contra su oído. Los latidos del corazón de él parecían provocar un terremoto en su espalda—. Nos… Nos deseamos, Trunks. —Apretó su cuerpo a él y la mano a su pecho. Acarició con su rostro la mejilla de él—. ¿Me deseas?
Lo escuchó jadear por la nueva fricción; el jadeo la indujo a más. Movió su cadera contra él lentamente, manteniendo un ritmo calmo, amoroso, pero pronto no pudo sostenerlo, pues necesitó llevar hacia atrás un brazo y sostener con su mano la cintura de Trunks, hacerlo para que él lo hiciera, para que él se animara a responder a sus tímidas embestidas. Sonrojada, apretó los párpados para poder soportar el pudor.
Trunks no entendía nada; Mai entendía todo.
—¿Me deseas, Trunks? —preguntó suspirando, alienada por el vaivén.
Trunks, aunque con reservas, respondió poco a poco al movimiento de ella. Gimió al sentir la violencia del nuevo empuje de Mai, al cual lo siguió otro y otro más. Nunca habían hecho algo así, mucho menos con ella de espaldas a él; tenía que admitir que esa posición se sentía, por algún motivo, especialmente sugestiva.
¿La deseaba?
Mai ejerció más fuerza en su cintura.
—Podríamos morir mañana, o en una hora, o en cinco minutos —dijo Mai, desatada, mientras Trunks jadeaba una y otra vez contra su oído—. Podríamos perder la batalla. ¿Es justo que esperemos? ¿Realmente es justo? Si muero mañana, si tú mueres, quiero haberte dicho y h-hecho todo lo que quería. Por eso, Trunks: sí, te deseo. ¿Tú me deseas también?
Se revolvieron contra el otro. Mai no abría los ojos, ni siquiera lo hizo cuando sintió cómo Trunks le besaba el cuello con evidente timidez. En él, la respuesta era tan obvia que lo aterraba hasta lo más profundo. Era tan obvio que se odiaba por ello, por sentirlo de tal forma y no ser capaz de expresarlo.
¿O sí lo era?
—Te deseo tanto que ya no… No puedo soportarlo más.
Mai apretó las piernas. No soportaba el vacío. Él empujó contra ella, como diciéndole, sin decirle, que sí, que la deseaba, que quería irse del mundo, si es que le tocaba irse, sabiendo que ella sabía cuánto lo hacía.
—No lo soportes —pidió ella—; sólo haz lo que d-deseas hacer…
Las palabras eran excesivas para lo que Trunks era capaz de tolerar. Se sintió impúdico: miraba la cadera vestida y moría por verla desnuda. Veía la carne sugerida bajo la tela y sólo podía pensar en destrozar a la última. Ese era él, un ser irracionalmente apasionado que, sin embargo, jamás podía dejar de culparse por ser así, un ser con sexualidad, un ser que deseaba intensamente a esa mujer.
Hundió su rostro en el cabello de Mai. Tenía una mano sobre la cadera de ella; la mano se contenía de desgarrar.
—No me importa si está mal —Terminó Mai, embistiéndolo con su cadera, que se movía hacia adelante y hacia atrás—. Ya no me importa.
La mano de Trunks se deslizó por Mai, por su cintura, por su cadera, hasta alcanzar el borde del camisón.
Estrujó la tela entre los dedos.
—Perdóname —dijo él en un jadeo, ahogado contra el oído de ella, sudado por la sugerencia amatoria, con instintos que no se conocía a flor de piel—, pero a mí tampoco.
Así, le levantó con total brusquedad el camisón, lo detuvo en la cintura y apreció la parte inferior del cuerpo de Mai completamente desnuda. Nunca lo habían hecho con tanta luz, comprendió entonces. Ese velador, el único que tenían, siempre estaba apagado cuando lo hacían. En el acto anterior, prácticamente no se habían mirado, y entonces él veía los glúteos de ella, la cintura, los muslos. Veía todo y se sabía ciego, pues sentía que la piel de Mai brillaba, que le quemaba las pupilas y lo dejaba sin fuerzas ni medios para seguir.
Tomó la cintura de Mai con una mano, mientras con la otra sujetaba un hombro de ella. Apoyó la ingle contra la cadera desnuda, respiró hondo y pidió, con la voz entrecortada, sin reconocerse a sí mismo, que si hacía algo malo o indebido, que si la lastimaba o la hacía sentir mal, lo detuviera. Mai asintió.
—Lo haré.
No más diálogos, entonces.
Mordiéndose el labio, sujetándola con firmeza, él empezó el anterior juego, penetrarla sin hacerlo, con su propia ropa de por medio, moverse hacia atrás y hacia adelante en ansiosas embestidas.
Recuperaron la excitación levemente perdida al instante, eso delataron los jadeos. Trunks aceleró e incrementó paulatinamente la fuerza, hasta que usó demasiada, tanta que terminó arrodillado sobre ella, sintiendo que la ropa lo quemada, con Mai boca abajo sobre el lecho, con las nalgas desnudas y el camisón hasta la cintura. Tembló, y la ropa lo quemó más, y se quitó la camiseta violentamente, y continuó embistiéndola con un salvajismo que se desconocía.
Mai gemía con la cabeza hundida en la almohada, ahogando cada sonido contra su superficie; Trunks no podía prestar atención a otra cosa que no fuera su cadera, los glúteos redondos y femeninos, la cintura que en aquel ángulo lucía más diminuta de lo que era per se. El pantalón lo quemaba también, pero no tenía tiempo de quitárselo, no podía, porque si dejaba de embestirla se moría de frustración. Se mordió el labio de nuevo al chocarla velozmente, al rebotar contra su carne, al oírla gritar contra la almohada.
No podía más.
Sostuvo la cadera con una posesión exacerbada, lo hizo con una mano, mientras con la otra alcanzaba los condones. Tomó los dos, uno lo dejó a un lado y el otro lo abrió al agacharse más detrás de ella, al perderse en el vicio del rebote de las caderas contra su ingle, tal vez la imagen más perversa que había visto en su vida.
No tanto como la que vio después.
Tenían un solo espejo: era pequeño y rectangular y estaba posado contra la pared, cerca de la ventana, lugar desde el cual le permitía, desde el sofá, observar que la puerta estuviera cerrada. Pero allí no encontró a la puerta, sino a sí mismo, de frente, con Mai debajo de él y de espaldas. Se petrificó, lo hizo un segundo, sonrojado, pero ver a Mai reflejada, quien no había notado el espejo, fue más, pues esa imagen triunfó: continuó el juego, embistiéndola, lo hizo una y más veces, contemplando la imagen con un pudor arrollador. Le daba una especie de morbo mirarse, algo que no iba con él, una persona tan correcta y educada; algo que iba con los lados más inexplorados de su persona, al parecer, pues verse junto a ella acababa de generarle una cruda obsesión, una inspiración.
Se detuvo para bajarse el pantalón y la ropa interior, los dejó hasta la mitad del muslo. Avergonzado por verse desnudo bajó la mirada hacia el condón que sostenía en una mano. Se lo colocó sin la torpeza demarcada en actos anteriores y tomó la cadera de Mai. ¿Cómo se hacía en esa posición? ¿Se podía hacer en esa posición? Temblando, la tocó entre las piernas para calcular, con sus dedos, el ángulo indicado. Mai elevó las caderas entre suspiros al sentir los dedos en ella, explorándola voluptuosamente. Trunks creyó comprender cómo hacerlo, así que, aunque nervioso, entró.
Mai gimió contra la almohada: en el espejo, él notó cómo la mordía.
—¿T-Te duele?
Mai negó.
—Me e-encanta…
Trunks sujetó las caderas y, con los ojos clavados en el techo, comenzó.
El techo temblaba mientras lo contemplaba anestesiado, temblaba mientras sentía cómo el rebote contra la carne lo succionaba. Escuchaba los gritos de ella, alucinados, en cada nuevo ingreso. Apretó más la cadera, más y más, hasta sentirse más dentro. El techo tembló con mayor alevosía, al ritmo de su ingle, del movimiento inquieto que realizaba sin cesar.
—Ah… —exclamó rojo por todo lo que concernía a la situación.
Nunca había liberado tan sonoro suspiro, un «ah» tan honesto.
El techo dio vueltas al temblar en demasía, al ritmo de cada suspiro que se le escapó de entre los labios. Sentía los ojos secos, así como la boca, y nada en él parecía funcionar, salvo la cadera, que iba y venía, que rebotaba y, al hacerlo, sonaba como una cachetada.
Una y mil. Millones en un segundo.
Mai, recibiéndolo, sintió una mezcla de sensaciones: la posición no era romántica, pero sí era efectiva, pues no sólo lo sentía en profundidad, sino que además experimentaba otra clase de estimulación en la fricción entre su cuerpo y el lecho. También, sentía a Trunks de una manera diferente, lo sentía en mayor profundidad, de una manera que, dentro, se sentía tan bien que creía ver cada vez más de cerca el cielo. La sensación crecía y crecía en su bajo vientre, pero no le transmitía insatisfacción; algo, en esa posición, la estaba llevando a un lugar diferente.
A donde tanto ansiaba llegar.
Escuchó cómo él gruñía detrás de ella, sin vergüenza, sin pudor, con una honestidad que la excitaba por demás. Hasta que lo sintió cambiar ligeramente el ángulo, lo cual le produjo cierto dolor.
Tomó una de las manos que le sujetaban la cadera. Trunks se sobresaltó a sentirla.
—D-Detente…
Trunks se detuvo. Al verse en el espejo, se odió.
—¿Te lastimé? —preguntó aterrado, temblando ante su propia imagen, ante el reflejo donde no quería verse, pero se veía.
—No —dijo Mai. Aunque agitada, transmitía la misma calidez de siempre en su tono—. Sólo… El ángulo anterior me gustaba, eh, más…
Trunks miró la unión. Lo hizo con fijeza, miró lo explícito del enlace de sus cuerpos, y en la imagen, perturbado, creyó descubrir el error.
—Perdóname —suplicó sin voz—. No quise…
—Está bien. Sólo te pido que… lo hagas… —Trunks la silenció al moverse lentamente y de otra manera, en un ángulo tan exacto que Mai creyó enloquecer—. A-Así…
Trunks lo hizo despacio, aunque profundo.
—¿Así?
Mai hundió el rostro en la almohada una vez más. Apretó la mano de Trunks con todas sus fuerzas.
—¡A-Así!
Con su mano demarcó el ritmo, el ángulo, la profundidad, la velocidad. Trunks fijó la vista en la piel de Mai, perlada y perfecta, los glúteos contra él, rojos y redondos. Otro «ah» escapó de él, y otro, y uno más, al dejarse llevar por la hipnosis de la piel.
—Mai… —jadeó.
Pronto, no se movía; ella lo hacía. Se dejó hacer por Mai, que concentrada se movía como el cuerpo se lo demandaba, en la posición exacta, de la manera precisa. Se quedó quieto y mudo ante el milagro que presenciaba, la búsqueda que Mai hacía de la felicidad más íntima. Olvidó el espejo y el culposo morbo de mirar su propio goce al fijarse en el de Mai, que se sacudió de maneras extrañas, que tembló y gimió en irregulares movimientos, hasta hundirlo en ella al cumplir su misión.
El grito atravesó las paredes al coronar su máximo placer.
Pasmado, Trunks la sintió temblar por dentro, latir en la raíz de su placer. Mientras, ella deliraba admirablemente, de la forma más bella, más desatada, despojada de todo pudor, liberada, como un pájaro sobrevolando el cielo más azul, entregada a su propia naturaleza. Él la sostuvo de la cadera antes de verla caer rendida sobre la almohada.
Se sintió feliz de haberlo presenciado, de haberse atrevido a lo indebido en medio del infierno. Mai había tocado el cielo con las manos y él había estado allí, junto a ella.
La notó exhausta, retorciéndose de tanto en tanto, las piernas temblorosas como nunca se las había visto. Recostó su cuerpo sobre ella delicadamente, la abrazó sintiendo que la amaba más que nunca, sin abandonar en ningún momento su cuerpo. Mai casi dormitaba.
—¿Estás bien? —preguntó, y supo que era la pregunta más absurda que había hecho en su vida.
Mai se sonrió. Giró en la almohada para mirarlo de soslayo.
—Te… toca a ti.
Después de decírselo, Mai chocó su cadera contra él, sin energías pero con convicción, con lo cual le recordaba que él también debía ser feliz, tanto como ella lo era por más que, bajo su propio criterio, nada se mereciera él al nivel de ella. Trunks, que era torpe para pensar en sí mismo, la tomó de la cintura y la embistió velozmente, muy velozmente, sin ya poder resistirlo más. Habiendo hundido el rostro en el cabello de Mai, penetró sin razón, enviciado, diabólico, pecador, hasta irse por completo. Y cayó sobre ella, en el mismo estado que ella, la plenitud del placer reinando en los dos.
Se tumbó a su lado y la atrajo hacia él. Ella aún traía el camisón; él, el pantalón y la ropa interior. Toda prenda estaba corrida de su lugar.
Aunque la desnudez fuera imperfecta, el cuarto, al verlos juntos, sólo contenía perfección.
Acomodaron las prendas y buscaron al otro cuerpo. Al respirar contra el otro, Trunks sintió una paz que con nada podía describirse. Mai sintió, por su parte, que su pecho albergaba una calidez diferente, otra clase de sensación.
Los dos, lejos del tabú, el dolor, el mundo y la realidad, en el enlace de sus cuerpos temblorosos por causa de los latidos que tantos sentires expresaban, sentían, sobre todo, felicidad.
…
A las seis de la mañana, cuando afuera apenas debía amanecer (Black de demasiado los había despojado ya), Trunks y Mai ya estaban despiertos y listos para seguir.
Desayunaron un trago de agua y se quedaron sentados en el sofá; en el suelo, el lecho improvisado había desaparecido. No se lo dijeron, pero ambos estaban nerviosos.
Había llegado el día que más habían esperado, el del viaje.
Mai dijo de buscar víveres. Por su parte, Trunks dijo de ir por su madre. Al levantarse después del lapso de silencio y quietud, comprendieron a la vez que había terminado el lapso más feliz que hubieran vivido alguna vez, con el otro y en general; con todo cuanto hubieran experimentado. La noche anterior, mientras, se sentía un fantasma que se reproducía, y se rebobinaba, y se reproducía una vez más, todo entre los dos, en el espejo en el que tan bien se habían reflejado los dos.
Se miraron.
—Gracias, Mai —dijo Trunks, con el ceño fruncido, con los puños apretados, con lágrimas cuya existencia ignoraba como tantas otras veces colgando de sus párpados—. Gracias por todo…
Mai se sonrió. Le limpió las lágrimas pasándole cada pulgar por un párpado inferior. Las gotas, despojadas de su propósito de expresar la emoción en lo externo, rodaron por los dedos de ella.
Y se miraron.
Ya se habían vestido: ella llevaba su chaquetilla militar, él llevaba su abrigo de la Corporación Cápsula. Estaban listos para salir, el lecho ya no estaba allí, nada más que la hipnosis a la cual los inducía su unión podía detenerlos. ¡Debían irse! ¡Cumplir su misión! ¿Pero cómo separarse, si la felicidad había vencido al final al tabú? Lo habían hecho por necesidad, después por lujuria, y aún quedaba un condón.
Quedaba hacerlo por el motivo más importante si de ellos se trataba.
Amor.
Hacerlo por amor.
Las lágrimas cayeron de los ojos de él y rodaron, otra vez, por los dedos de ella.
—No quiero perderte —farfulló Trunks.
Mai sonrió.
—No me perderás.
Él sollozó. Más lágrimas bajaron por los dedos de ella.
—Pero, Mai…
—No, no me perderás. —Ella sonrió con más firmeza—. No me perderás y no te perderé.
Ni idea tenían de cuánto estaban por vivir, de cuánto perderían, de cuánto agradecerían haberse encontrado entre la niebla del horror, haberse señalado con los ojos en pos de hallar a quien sería la mitad del otro llegado el momento del final.
Chocaron las frentes y, sonriéndose, lloraron a la vez. Las cosas eran demasiado difíciles en la realidad, Black dolía, la desolación lo hacía, pero creer era lo único que les quedaba por hacer. Aun cuando el miedo fuera mortal, creer. Aun cuando pareciera que el otro era irreal y desaparecería en cualquier momento, creer.
—Mai…
—¿Sí…?
Creer. Amar para creer.
Él la besó; ella correspondió al instante. Pegados pecho con pecho, los latidos brotaron cuales notas de música, notas rojas como la sangre, lazos rojos del destino, y giraron y giraron en torno a los dos. Abrazados, actuaron sobre la ropa ajena, la tironearon, la retiraron, la lanzaron lejos, muy lejos de allí, despacio, sin apuros, sin necesidad; paciencia, sabiduría, no desesperación. Al final, desnudos por completo ante el otro entre la luz y la oscuridad, dentro del infierno y no más allá, se contemplaron sin más pudor, sabiendo que anhelaban lo mismo, la misma clase de expresión.
La del amor.
En el sofá, sucedió: abrazados, ella sobre él, se unieron después de colocar adecuadamente el último condón. Lentamente, amaron con todo lo que eran, con las manos que acariciaban y sujetaban, con los corazones de los cuales parecían brotar más y más notas; se amaron con los sexos unidos y que ningún placer buscaban, sino plasmar contra la piel del otro la semejanza del amor que sentían. Despacio, muy despacio, los sexos pasaron a segundo, tercero, cuarto, quinto plano; reinaban dos cosas, dos partes, dos igualdades plasmadas en dos géneros diferentes, en formas distintas pero que lo mismo podían expresar, dos bocas, dos pares de ojos.
Lágrimas brotaron, los rostros brillaban, las bocas besaban y jadeaban juntas, pegadas. Pronto, él había detenido el viaje a través de ella, ella había detenido el abrazo íntimo dirigido a él; sintiéndose así, unidos en cuerpo y en alma, en los sexos y los ojos, nada más que sentir precisaban.
Sumidos en la misma hipnosis, sin moverse ya, respirándose y nada más, sujetaron el rostro del otro y fijaron más la mirada.
No se perderían.
No se rendirían.
No permitirían que ese sentir que los enlazaba se extinguiera jamás.
Sonriéndose, supieron que sus cuerpos se movían una vez más, vehementemente, desprolijamente; los ojos, que eran las almas, nada más que a la unión emocional podían contemplar. Hasta que las lágrimas empañaron todo, hasta que el negro pasó a ser azul y a ser rojo, rojo, y la profundidad obscena y real. El latir de cada pecho pegado al otro bramó todo lo demás.
El sexo es un tabú.
La felicidad es real.
La felicidad flota sobre quienes sienten, pues sabe que de lado de ella, de ella que a todo puede vencer, está la verdad.
Choques, «te amo», y ya, nada más.
.~.~.~.
Nota final
Hola, gente. No voy a extenderme demasiado con esta nota, porque no quiero aburrirlos aún más, por eso voy a ser breve: quería escribir un capítulo dedicado por completo al sexo, a las distintas maneras de hacerlo, a la idea de unirse por necesidad, por deseo, por amor. Quería retratar la fatalidad que los rodea enlazada con la magnitud de lo que al otro le generan. Quería que se expresaran, que se amaran, que se desearan y se liberaran. Quería, con los dos, librarme yo misma del tabú que me da a veces la idea de escribir cosas así.
Quería hacerlos muy, muy felices de una forma pura, profunda, real, desgarradora. Quería delirarme la existencia y que ellos me hicieran emocionar. Disculpen el delirio y mil gracias por leer. Ojalá les guste.
La canción que ellos mencionan es de una vieja serie argentina, Verano del 98. Me gusta la letra de ese tema porque me hace pensar en eso, en la idea de la llegada de la sexualidad a la vida. Siempre me daba timidez escucharla de chiquita, jajaja. La canción se llama «Es hoy, no es mañana», aunque aparece como «Intro» también (?).
Gracias a mis amigas por apoyarme. Gracias a Joyce y a Diana por enseñarme tanto y por cuidarme pese a ser una boluda grande ya. Gracias a Kuraudea por leer algunas partes de este capítulo y por darme su opinión. Gracias a las fanartistas de Twitter por siempre inspirarme a escribir de ellos dos. Gracias a vos, lector.
Muchas gracias por todo especialmente a vos. :')
Marki, mi amor: este capítulo te lo dedico a vos.
Voy a pausar un poco Al final. Vuelvo cuando termine o bien avance un poco más a 28. ¡Será hasta la próxima! Que tengo como 10 shots empezados, así que falta aún.
¡Nos leemos!
Dragon Ball © Akira Toriyama
