Ep. 28:

Pasaron la última noche de solteros en la ciudad de Hoshigakure, del lado inglés. A la mañana siguiente, Gaara (en una de esas pocas ocasiones durante el viaje en que se había dirigido a Ino por propia voluntad) anunció que se casarían ese mismo día antes del mediodía, pues supuestamente Kumogakure estaba apenas pasando la frontera. Ino pensó en preguntar si el cochero de Suna sería capaz de encontrar el lugar, pues ya se habían perdido dos veces por su culpa, pero decidió que lo mejor era quedarse callada.

Con un momento así tan cerca de su alcance, Ino se sintió algo derrotada; no tenía ni el menor ánimo de empezar otra pelea. También tenía miedo de que ese estado de ánimo no se le pasara y que, muy por el contrario, empeorara con el transcurso del tiempo. No era por los nervios prenupciales, aunque definitivamente los sentía. Durante los últimos días había estado pensando en el control que Gaara habría de ejercer sobre ella de allí en adelante. Con cualquier otro hombre eso no habría sido un inconveniente, pero con él... a él ni siquiera le caía en gracia ella. No deseaba casarse con ella; por consiguiente, convertiría su vida en un infierno.

- ¿No te pondrás a llorar, verdad?

Ino alzó la vista y encontró aquellos ojos aguamarinos fijos en ella. ¿Cuánto tiempo habría estado mirándola?

- Por supuesto que no.

- Parecía que sí.

- Te digo que no - insistió ella, aunque le temblaba el labio inferior.

- ¿Te resulta tan espantosa la idea de casarte conmigo, ojou-san? - le preguntó él con dulzura.

- ¡Sí! - dijo ella, escondiendo el rostro entre las manos.

De modo que la Yamanaka no pudo ver la expresión de dolor en el rostro del pelirrojo, ni la firme resolución que después la reemplazó. Y cuando dejó de sollozar, escuchó:

- No sé por qué estás haciendo semejante escándalo. El nuestro sólo será un matrimonio aparente.

Ella alzó la vista muy sorprendida.

- ¿Qué significa eso?

- Significa que, para mí, hacer el amor contigo fue tan poco satisfactorio como para ti. De manera que no volveremos a cometer el mismo error.

Ino se puso tiesa y las mejillas le ardieron. ¿De modo que ahora podía agregar el hecho de que ya no la deseaba a su lista de quejas contra él?

- Me parece muy bien.

- Pensé que sí.

Antes de que cualquiera de los dos pudiera agregar una sola palabra más, el carruaje chocó con algo que les hizo saltar de sus respectivos asientos. Se escuchó un grito de alarma por parte del conductor y el carruaje pareció deslizarse hacia un lado.

- ¿Qué dem...? - empezó Gaara y terminó con un grito para Ino - ¡Baja!

- ¿Que baje adónde?

- ¡Al suelo!

- No seas rid...

Gaara no le dio oportunidad para terminar la protesta. La tomó y la arrojó al suelo. Él también se tiró, sobre ella en realidad, e Ino se sorprendió tanto por esa actitud que no dijo nada, pero él no permaneció allí. El alocado deslizamiento cobró velocidad. De pronto, el vehículo quedó en un ángulo extraño y Gaara fue despedido hacia un lado y dio violentamente contra el panel de madera del asiento. Ino le siguió, rodando sobre él y cayendo sobre el asiento, con un golpe más amortiguado gracias a un almohadón. Después, cuando el vehículo se acomodó, se golpeó la cabeza contra los paneles laterales.

- ¿Te encuentras bien, Ino?

No estaba muy segura. Le llevó unos minutos acomodarse las faldas para poder erguirse, y algunos más para darse cuenta de que sólo había perdido la cofia.

- Creo que sí - contestó - ¿Y tú? ¿Fue tu cabeza la que hizo ese crac?

- Muy graciosa - dijo él mientras se sentaba - Creo que lo que escuchaste fue una de las ruedas. Quédate aquí mientras investigo.

El coche no estaba del todo volcado pero peligraba. Cuando Gaara abrió la puerta inferior, ésta tocó el suelo, dejando una abertura de unos treinta centímetros para pasar. No era suficiente para un hombre de la contextura física de Gaara. La otra puerta había que arrancarla, pero a él no le resultó difícil. A Ino le costó mucho más asomar la cabeza por la puerta superior para enterarse de lo que ocurría. Como no era lo bastante alta para ver qué pasaba ahí afuera, tuvo que impulsarse con los brazos hacia la abertura.

El carruaje estaba atorado en una zanja profunda, a un lado del camino, al pie de una pequeña colina. El deslizamiento pudo provocarse al bajar de esa colina, pero no se trataba de una pendiente demasiado pronunciada. Ino dirigió la vista a lo alto de la colina y notó que algo mojado cubría su superficie. Eso era lo que tanto el Ichibi como el cochero estaban investigando en ese momento.

Ella siguió mirando alrededor. Por lo menos, los caballos se encontraban bien. Hasta Caesar estaba parado en el camino, pero sólo porque la rienda principal que lo tiraba era lo bastante larga para que el animal no se viera arrastrado hacia la zanja junto con el carruaje. Y aparentemente, recibieron ayuda en un momento, pues veía tres personas que se encaminaban hacia ellos.

Entonces, los brazos le cedieron y se deslizó hasta quedar sentada en el rincón de abajo otra vez. Oyó que la ayuda había llegado por fin y sus voces tenían un acento marcado. Así que eran rayanos*. No se había dado cuenta de que habían cruzado la frontera.

Después de unos momentos de espera, mientras aguardaba a que Gaara viniera a sacarla de allí, se sintió impaciente. La abertura de la puerta inferior no había sido suficiente para él, pero sí para ella. Se escurrió por allí y tocó el suelo, del lado caído del carruaje. Desplazarse a cuatro patas por la zanja fue otra cuestión, especialmente con las faldas, que le dificultaban el paso.

- ¿Grasa de cerdo? - escuchó Ino y luego risas - ¿Te imaginas, Mizura?

- Algún granjero fue un poco descuidado al llevar la grasa al mercado, sin duda. ¿Qué piensas, Sumaru?

- Oh, sí... seguro. Pero también están esos astutos bandidos que ponen trampas en pleno día para los desprevenidos.

- ¿Bandidos? - preguntó el cochero.

La voz que brindó la explicación sonó muy divertida por la pregunta.

- Bandidos... ladrones, amigo. ¿De dónde venís que no habéis escuchado hablar de los bandidos del País del Rayo? Es una actividad agradable, tanto para los hacendados como para los colonos, aunque generalmente lo hacen por las noches.

Se escucharon más carcajadas e Ino frunció el entrecejo. Decididamente, el humor de los rayanos le resultaba ajeno. Pero no estaría mucho tiempo en ese país, de modo que tampoco necesitaría comprender las excentricidades de esa gente.

- ¿Te huele a trampa, Sumaru?

- Basta ya, Mizura. Cuando me huela a trampa te lo diré. Ahora echa una mano a estos caballeros.

- No será necesario.

Ino estaba sacudiéndose las manos y había llegado al camino cuando oyó a Gaara contestar. Se quedó detrás de todos, para que no la vieran. Los rayanos aún estaban en sus caballos y todo lo que ella podía ver eran sus espaldas. El pelirrojo, por otra parte, tenía una expresión demasiado sería, o al menos era todo lo que ella alcanzaba a discernir detrás de los caballos. Su actitud no explicaba por qué había rechazado la ayuda de los hombres.

- ¿Y por qué no? - preguntó ella, atrayendo la atención de Gaara y también la de los tres desconocidos.

- ¡Demonios! ¿Es que nunca puedes obedecer lo que se te dice, Ino? - exclamó el Ichibi mientras se abría paso entre los caballos para enfrentarla.

La rubia parpadeó al descubrir la ira que denotó su tono de voz.

- Parece que no - murmuró.

- Entonces empieza a obedecer ahora y vete al carruaje - le dijo él furioso, aunque en voz lo suficientemente baja para que sólo ella pudiera escucharlo.

- ¡Acabo de olvidar por dónde salí, de modo que no volveré!

- Ino...

- No - interrumpió ella - Estás actuando irracionalmente, como siempre. Hay que enderezar el coche, ¿no? ¿Esperas que me sacudan por todas partes mientras lo hacen?

- Espero que obedezcas.

- Bueno, todavía no estamos casados, Gaara Ichibi, de modo que puedes guardarte tus órdenes...

- Huy, qué bonitas palabras. ¿De modo que todavía no eres una esposa, querida?

La pregunta se escuchó mientras un caballo se abría paso entre ambos con el hocico, suavemente, hasta que el animal los separó por completo. Ino alzó la vista y notó que un hombre de largos cabellos bajaba del caballo y se paraba junto a ella. Inmediatamente, le tomó la mano y rozó el dorso de esta con sus labios. Su instinto le indicaba que debía arrebatársela y recriminarle, pero cuando el hombre se irguió, su mirada aguda la detuvo, al igual que su sorprendente buena figura.

Tenía ojos castaños y el cabello más largo que jamás hubiera visto en un varón, con algunos reflejos a la luz del sol. Llevaba una chaqueta azul marino de excelente corte, que caía perfectamente en sus robustos hombros y torso, denotando que el hombre era puro músculo. Sus piernas, fuertes y largas, estaban cubiertas con pantalones de ante y por botas de montar de caña alta. Completaba su atuendo con un corbatín un poco pasado de moda y que realzaba el nudo del cuello de la camisa. Se trataba del segundo hombre más apuesto que Ino había conocido, y la miraba como perplejo por la imagen que se presentaba ante él.

- Para ser fiel a la verdad, nunca he tenido ante mí tan glorioso y radiante resplandor enmarcando un rostro de ángel como el suyo - dijo él, acariciándole el cabello con la mirada y recorriendo luego cada centímetro de su rostro.

Ino se llevó de inmediato la mano a la cabeza para enderezarse la cofia, olvidando que ésta había quedado en el coche. Se sentía algo avergonzada, pero de un modo placentero. No estaba habituada a tanta franqueza por parte de un hombre a quien obviamente le resultaba atractiva... incluso su cabello platinado. Sintió una urgente necesidad por mirar a Gaara y decirle:

- ¿Escuchaste eso? Glorioso y radiante resplandor... ¡ja!

- Sumaru de Hoshigakure a su servicio - le dijo el rayano - ¿Puedo acompañarlos a... Kumo, no es así?

- Claro, sí... me refiero a que... allí vamos justamente.

Ofreció a Ino una amplia y cautivadora sonrisa.

- Se dice que muchas parejas que escapan a Kumogakure jamás llegan porque nunca han pasado tanto tiempo juntos, de modo que cuando están por alcanzar su destino, terminan detestándose. ¿Puedo atreverme a esperar que así será su destino, querida?

Aparentemente, el hombre era muy perspicaz, pero Ino no estaba dispuesta a ventilar sus agravios frente a un extraño.

- Claro que no. Y le agradeceré...

- ¿Todavía no hueles la trampa, Sumaru? gritó uno de los compañeros.

–Todavía no, Mizura - respondió él con evidente impaciencia - ¿No te das cuenta de que estoy cortejando?

- No, no me lo parece.

La Yamanaka pestañeó incrédula. Mizura gruñó. En ese momento, Sumaru se hincó sobre una rodilla.

- ¿Ahora sí?

- Oh, sí, ahora sí. ¿Te llevará mucho tiempo?

- Tanto como...

- No tanto - interceptó Gaara, que apareció desde el otro lado del caballo del rayano.

Sumaru suspiró e ignoró por completo al kage de incógnito. Siguió mirando a Ino. En cambio, ella se sintió avergonzada, pero no por ello menos halagada.

- ¡Póngase de pie, Sumaru-san! - lo presionó ella.

- No puedo. No hasta que sepa que me ha robado el corazón, querida.

- ¡Cierto que no ha sido mi intención!

- Sí, sé que no puede evitarlo, pero ahí lo tiene, en sus manos - le sonrió él - Entonces, le propondré matrimonio solemnemente como corresponde, y usted quedará tan impresionada que no tendrá otra alternativa más que darme la respuesta que tanto ansío escuchar.

Ino no pudo evitar sonreír por la audacia de ese caballero.

- ¿De veras?

- Sí, lo hará. Considere las opciones que tiene, querida. Un tipo refunfuñón o un amable rayano que le brindará risas, dicha y jamás un minuto de aburrimiento.

- No puede estar proponiéndome matrimonio formalmente.

- ¡Sí! - le aseguró Sumaru - ¿No es para eso que ha venido aquí?

- Bueno, sí, pero...

- Cásese conmigo. Le juro que no se arrepentirá.

Ino detestaba tener que desilusionarle, porque le caía muy bien, pero era lo único que cabía hacer.

- Yo...

- Este absurdo ha llegado demasiado lejos - interrumpió Gaara con firmeza - La dama se casará conmigo, con el consentimiento de su padre.

Sumaru se incorporó con lentitud. Gaara era alto, pero el tipo le llevaba por lo menos diez centímetros y era algo más robusto también. Seguramente pensó que su contextura física haría acobardar al pelirrojo. Así debió haber sucedido, pero no.

- Para usted soy el noble de Hoshi, amigo. ¿Y qué tiene que decir la joven al respecto?

Ino se interpuso entre ambos de un salto, antes de que Gaara contestara eso también por ella.

- Él tiene razón, Sumaru-san. Me unen muchos lazos con él.

- ¿Pero le ama?

- Eso no es asunto suyo - replicó la Yamanaka indignada.

- Pero ahora es asunto mío, querida - él rió auténticamente - E interpretaré su respuesta como lo crea conveniente. Necesita más tiempo para reconsiderar la cuestión y yo puedo dárselo.

Ella frunció el ceño.

- ¿Cómo ha dicho?

- Pues que... discúlpeme, pero no dudaré en secuestrarla. Ahora, Mizura, es cuando veo la trampa. ¡Adelante!


Rayano = del País del Rayo, obviamente. Me he inventado la palabra. Hace ya muchos años, cuando Hoshigakure apareció por primera vez en el anime de Naruto, el País de los Osos fue considerado un país menor, situado fronterizo entre Rayo y Fuego debido a los acantilados (lo que ahora viene a ser Shimogakure).