Los personajes pertenecen a su autora original, Rumiko Takahashi. Yo los uso solamente como entretenimiento.

CAMBIOS

Por Catumy

Capitulo 28

La mordedura de Inuyasha resultó ser más dolorosa de lo que esperaba. Primero fueron los caninos rompiendo la piel de su cuello. Luego, los incisivos. Sintió una sustancia espesa y caliente deslizándose por su cuello y supo que estaba sangrando. Pero él no la soltaba, al contrario, había apretado su agarre y la sostenía con tanta fuerza por la mandíbula que por un momento creyó que iba a partirle el cuello.

El aire empezó a faltarle cuando los músculos del hanyou se tensaron, apretándola contra él con fuerza y desesperación. Lo sentía respirar junto a su oreja, profunda y pausadamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Ella dejó escapar un quejido cuando la mandíbula del medio demonio volvió a apretarse contra su cuello. Instintivamente, se aferró a los brazos que la tenían inmovilizada, ya que las fuerzas empezaban a abandonarla y estaba a punto de desplomarse.

Inuyasha, por su parte, se encontraba sumido en una especie de trance. Una parte de él era consciente de lo acelerado que parecía el pulso de Kagome latiendo bajo su lengua. La otra, su mitad demoniaca, estaba disfrutando del sabor de la hembra, del poder que estaba ejerciendo sobre ella. La escuchó quejarse suavemente pero no se movió. Ese era uno de los momentos más importantes en la vida de un youkai, y debía tomárselo con calma.

- I… nu… ya… - susurró la sacerdotisa del futuro, a punto de perder el conocimiento.

Unos tentáculos trataron de alcanzarlos, pero Kikyo los purificó antes de que se acercaran demasiado. Al parecer, Naraku no estaba de acuerdo con esa unión.

Kagome soltó el aire ruidosamente cuando el hanyou abrió la mandíbula y la liberó con brusquedad, aunque manteniéndola sujeta entre sus brazos. Se escuchó un grito triunfante procedente de una garganta demoníaca y se estremeció. La joven no tuvo la necesidad de volverse para ser consciente de que Inuyasha acababa de transformarse en youkai. Bajó la vista y descubrió que las garras de Inuyasha habían crecido más que nunca, alcanzando varios centímetros de longitud. Cerró los ojos, mareada por la pérdida de sangre.

Él se movió con rapidez pero, al mismo tiempo, con cuidado. La mujer que sostenía entre sus brazos estaba ahora unida a él por el resto de sus vidas, y eso era algo a tener en cuenta. Se inclinó sobre ella y la depositó en el suelo con infinita ternura, contemplando la palidez de sus rasgos y olfateando el conocido aroma de la sangre que continuaba manando de su costado derecho y cuello. Debía darse prisa en acabar con el engendro que amenazaba a la que ahora era su hembra si no quería que la hemorragia fuera demasiado crítica para ella.

Le apartó el flequillo de la frente mientras ella hacía un esfuerzo sobrehumano para mantener los ojos abiertos, luchando por permanecer consciente. La mujer movió los labios tratando de hablar, sin lograr que un solo sonido saliera de su boca. Las rojas pupilas de Inuyasha recorrieron rápidamente el maltrecho cuerpo de la joven. Debía darse prisa en terminar con Naraku para poder ocuparse de ella. Volvió a inclinarse sobre la muchacha.

- No te muevas – ordenó, con voz ronca.- Vuelvo en seguida.

Seguidamente se alejó, mostrando los colmillos en una mueca amenazadora y terrorífica. El bastardo de Naraku tenía los segundos contados y, a juzgar por la forma en que éste retrocedió al percatarse de la trasformación del hanyou, él lo sabía.

Kikyo se precipitó sobre Kagome en cuanto Inuyasha se alejó de ella. La joven del futuro estaba sangrando profusamente, ya no solo de la herida provocada por Kohaku, sino también a través de la mordedura de Inuyasha. La miko no entendía lo ocurrido. En teoría, según tenía entendido, la marca de un youkai no debía sangrar en absoluto. Sin embargo, Kagome sangraba, y mucho. Quiso acerarse a la joven pero una barrera espiritual se lo impidió. Retrocedió, asustada por la potencia de dicha barrera. ¿Qué o quien la estaba deteniendo?

Entonces se fijó en Kagome. La muchacha sostenía entre sus temblorosas mano la espada Tessaiga, que sin duda era la causante de la barrera. Kikyo dudó durante un segundo. Era inútil que tratara de disolver la burbuja que protegía a Kagome, ya que conocía el poder de la espada. Pero cada segundo que pasaba acercaba a la joven a la muerte. Dio un paso adelante, decidida a hacer cuanto estuviera en su mano por ayudar a Kagome.

- ¡No la toques! – rugió Inuyasha, agazapado, al tiempo que clavaba sus garras en el suelo, dejando profundos surcos.

- ¡Está sangrando mucho! – sonó firme a pesar de la inseguridad que le provocaba la trasformación del youkai.

- Aguantará.

Tras su rotunda afirmación, Inuyasha salió a la carrera, persiguiendo al escurridizo Naraku, convencido tanto de su victoria como de la fortaleza de su hembra.

Lo último que Kikyo fue capaz de distinguir fue la sonrisa arrogante del hombre distorsionada por la sed de venganza que emanaba de su cuerpo.

-.-.-.-.-

En la aldea de Kaede el ambiente era bullicioso. Los youkais habían desaparecido y todos los aldeanos habían resultado ilesos. Una a una, las cabañas se fueron vaciando al reunirse sus dueños en el centro de la aldea. Kaede y Miroku fueron los últimos en llegar, ocupados hasta entonces en rastrear y eliminar a los youkais rezagados que permanecían en los alrededores. Los recibieron con vítores y gritos de júbilo. Todos estaban aliviados y agradecidos por haberse salvado de una situación cuanto menos peligrosa.

Miroku miró a su alrededor, buscando por encima de las cabezas de sus vecinos. Pero Sango no aparecía. Y, fijándose un poco más, se percató de que tampoco había rastro de Shippo ni tampoco de Kirara ¿Y si había ocurrido algo? Un escalofrío recorrió su columna vertebral.

Echó a correr como un poseso en dirección a su pequeña cabaña a las afueras de la aldea, aterrorizado con la sola idea de que algo malo hubiera podido ocurrirle a su pequeña familia. Tuvo que esquivar a un par de ancianos que trataron de abrazarle, y luego saltó por encima de un niño que salió de alguna parte, demasiado distraído como para evitar al enloquecido monje por si mismo.

Desesperado, irrumpió en la cabaña como un tornado. Lo primero que captó fue los rostros sorprendidos de Sango, Shippo y Kirara. Lo segundo, el llanto de un bebé.

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El cuerpo de Kagome sufrió una pequeña sacudida, casi imperceptible. Le siguió un espasmo generalizado que duró apenas un segundo. Un gemido escapó de los labios de la mujer. Después todo se mantuvo quieto y en silencio durante un minuto. Luego volvieron los espasmos musculares, cada vez más seguidos.

Kagome no entendía lo que le estaba pasando. Unos minutos antes había estado a punto de derrotar a Naraku, cuando de pronto un dolor lacerante le atravesó el costado derecho, derribándola. Luego llegó Kikyo, quien presionó los dedos contra su herida, aumentando el dolor de forma significativa. Por último, y seguía sin comprender el motivo, Inuyasha la había mordido. El sentir como se rompía la piel a ambos lados de su yugular izquierda había sido espeluznante. Lo único que había acertado a hacer fue quedarse quieta, inmóvil, temerosa de que Inuyasha rasgara una de las principales venas de su cuerpo.

Y además esa maldita orden. No te muevas. ¿Cómo demonios se atrevía a darle órdenes después de morderla como si fuera un vampiro? Lo peor de todo era que, efectivamente no podía moverse. Al menos por su propia voluntad. Había intentado levantarse, incorporarse al menos, incluso gritar. Todo había sido en vano. No era capaz de mover un solo músculo de su cuerpo desde que Inuyasha se había alejado de ella.

Sentía entre sus dedos el peso de la Tessaiga, aunque no era capaz de recordar el momento en que Inuyasha se la había entregado. Al parecer, la espada mantenía alejada a Kikyo, lo que tampoco lograba comprender. Sin duda la sacerdotisa habría sabido como ayudarla, como despertar sus sentidos y como detener la hemorragia de su cuerpo. Sentía la sangre manar a través de la herida abierta en su cuello y su camiseta estaba más que empapada. El olor oxidado lograba ponerla enferma. Estaba segura de que vomitaría si fuera capaz de incorporarse.

Un nuevo espasmo la sacudió con dureza. Notó una piedra clavándose en su cadera pero no pudo hacer nada al respecto. Intentó abrir los ojos, pero la vista se le nublaba. Quiso escuchar los ruidos del entorno, pero solo era capaz de oír el sonido de su propia respiración agitada. Pensó que estaba a punto de colapsarse. Y deseó que Inuyasha estuviera con ella. Lo llamó con la mente, ordenándole que volviera, suplicando, rogando, llorando en su interior mientras las convulsiones se repetían cada vez con más frecuencia.

De pronto todo cesó. Kagome dejó de moverse y su respiración se volvió más superficial. El temblor de sus párpados se detuvo y los dedos se aferraban la Tessaiga se aflojaron. Kikyo se acercó rápidamente cuando la barrera de la espada desapareció. Sostuvo el rostro de la joven y le habló, pero ésta no pareció escucharla. La sacerdotisa ladeó la cabeza de su compañera y observó la herida de su cuello. Era una mordedura profunda y fea. Sangraba, aunque no tanto como al principio.

Alargó sus fríos dedos para tocar la marca de Inuyasha cuando alguien aferró sus ropas y la separó de Kagome violentamente. La sacerdotisa rodó unos metros por el suelo antes de detenerse. Se incorporó rápidamente, en guardia, esperando quizás un nuevo ataque, pero éste nunca llegó. Frente a ella, Inuyasha se hallaba inclinado sobre el pálido cuerpo de Kagome. Las garras masculinas acariciaron la cabellera de la joven, con dulzura, y ella pareció reconocer su tacto.

- Estoy aquí – susurró el hombre, todavía con su ronca voz de youkai.

- Has… vuelto – la voz de la joven era tan débil que a él le costó trabajo escucharla a pesar de sus desarrollados sentidos.

- Tú me has llamado.

Como única respuesta, Kagome movió los párpados sin llegar a abrir los ojos. Inuyasha no necesitó más. Ignorando deliberadamente a la otra mujer, cargó con infinito cuidado a su hembra, intentando moverla lo menos posible. Seguidamente se perdió entre los árboles con su preciada carga firmemente sujeta junto a su corazón.

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Kaede entró a su cabaña, agotada después del esfuerzo realizado durante el día. Los aldeanos habían regresado finalmente a sus casas y ella decidió imitarlos tras contemplar durante unos minutos la puesta de sol. Pensó en Sango y en Miroku, recién convertidos en padres. La exterminadora había sido muy valiente al dar a luz completamente sola, y en un momento tan peligroso como el vivido ese día. Pero claro, el nacimiento de un bebé era algo que no se podía programar de ninguna forma. Decidió prepararles algo para cenar, ya que ambos, Sango y Miroku, necesitarían recuperar fuerzas.

Luego, irremediablemente, sus pensamientos viajaron hacia Inuyasha y Kagome ¿Habrían tenido que enfrentarse ello también al ejército youkai que había atacado la aldea? ¿Estarían heridos? Cientos de preguntas bailaban en su cabeza y ninguna de ellas tenía respuesta de momento. Solo podía rezar por que estuvieran bien. Decidió preparar comida de más por si aquel par regresaban esa noche.

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- Se parece a ti.

Sango se cubrió tras amamantar a su bebé, que dormía ahora plácidamente en los brazos de su padre. Observó detenidamente a la criatura como si no levara haciendo lo mismo desde hacía horas y sonrió.

- Tiene tus ojos – apuntó ella.

- Es perfecto – sentenció Miroku, pasando su brazo por encima de los hombros de su esposa cuando ésta se acurrucó junto a él.

- Es una niña – le corrigió Sango, dulcemente.

- Lo sé, lo sé – el monje sonrió de oreja a oreja – Supongo que estaba tan convencido de que será un niño que aún no me hago a la idea.

- ¿Estás decepcionado? – preguntó la exterminadora, entrecerrando los ojos.

- ¡Eso nunca! – Miroku reconoció el significado de esa mirada al instante – ¿Cómo iba a estarlo?

Miroku rió de forma nerviosa al ver que la expresión de Sango iba relajándose por momentos. Le entregó a la niña muy a su pesar, ya que le encantaba sostenerla y sentir el calor de su diminuto cuerpecito. Mientras tanto, en el interior de su mente lujuriosa ya se estaba preguntando cuanto tiempo iba a transcurrir antes de que su esposa le permitiera intentar tener un varón. Esperaba que fuera en breve. Echaba mucho de menos el suave tacto de las manos de la mujer sobre su piel. Se sonrojó de puro placer.

- Miroku – la somnolienta voz de Shippo lo sacó de sus ensoñaciones - ¿cuándo volverán Inuyasha y Kagome?

Los dos adultos se miraron, serios. Levaban días sin saber nada de sus amigos, desde que Kagome desapareció e Inuyasha salió en su busca, desesperado. Sango fue a responder pero las palabras nunca llegaron a salir de sus labios. Miroku, a su lado, se levantó como un resorte y lanzó una exclamación mientras sujetaba con fuerza el rosario de su muñeca derecha.

- ¡Miroku! – gritaron Sango y Shippo, al mismo tiempo.

El monje jadeó un par de veces y luego se volvió hacia los rostros preocupados que lo observaban con detenimiento. Luego, sonrió.

- Parece que lo ha conseguido – murmuró sin dar crédito a sus propias palabras.

- ¿Conseguido? – repitió el pequeño youkai.

- ¿A qué te refieres? – preguntó Sango cuando su marido volvió a sentarse junto a ella.

Miroku, relajado, retiró el rosario que había sellado su mano durante años y extendió la palma hacia arriba. Shippo se apartó, asustado. Pero no ocurrió nada.

- La kazaana ha desaparecido. – Explicó, emocionado – Eso solamente puede significar una cosa.

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Al abrir los ojos, se sintió desorientado ¿Cómo había llegado hasta allí? Se sobó la mejilla, sintiéndola dolorida, pero no recordaba haberse golpeado. Mejor dicho, no recordaba nada después de haber salido de cacería junto con su padre y el resto de compañeros exterminadores. ¿Se había alejado del grupo? Recordando lo que le habían enseñado en el poblado, se incorporó y aferró la cadena de su arma, casi con desesperación. Más le valía no estar indefenso en un bosque desconocido para él.

Miró a su alrededor, estudiando el terreno. Creía estar solo pero, unos metros más allá, parcialmente oculta por docenas de cadáveres de youkais, descansaba una mujer. Por sus ropas, supo que se trataba de una sacerdotisa. Se acercó a ella tratando de mantener el paso firme a pesar del ligero mareo que sentía y la observó en la oscuridad. Parecía joven y era bonita, aunque su aspecto era penoso. Quizás ella había estado involucrada en la cacería de esa noche.

- ¿Se encuentra usted bien? – preguntó con cautela.

La sacerdotisa lo miró con los ojos fríos e inexpresivos. Parecía estar más débil de lo que él había pensado en un principio. Su deber era ayudarla a regresar a su casa.

- Mi nombre es Kohaku, soy un exterminador de youkais. – Se acercó un poco más – No debe tener miedo, ya ha terminado todo…

La sacerdotisa no se movió ante las palabras del chico, aunque no dejó de mirarlo en ningún momento. El muchacho no parecía recordar el tiempo que había estado bajo la influencia de Naraku, y ella se preguntaba por qué. El joven seguía hablándole tratando de sacarla de sus ensoñaciones.

- ¿Querría decirme su nombre?

- Me llamo… Kikyo. – susurró ella, cerrando los ojos, al límite de sus fuerzas.

- ¿Puedo llevarla a algún sitio? – ella asintió.

- Hay una aldea no muy lejos de aquí…

Kohaku no necesitó más indicaciones. Se agachó junto a la sacerdotisa y dejó que ésta apoyara su peso en él. Luego ambos se incorporaron con dificultad. Kikyo se fijó en el joven. Había algo brillante entre sus ropas.

Sin pensarlo, alargó la mano y desprendió el pequeño objeto de las ropas del joven, que no pareció reconocer de qué se trataba. Parecía un trozo de vidrio, pero brillaba de forma extraña, con un leve resplandor rosado. Kikyo abrió los ojos desmesuradamente.

- Es un fragmento purificado de la Shikon… - sintió que las manos empezaban a temblarle – Eso solo puede significar una cosa.

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El demonio atravesó el bosque a toda velocidad con la hembra entre sus brazos. Había tardado horas, pero sabía que estaba cerca de la aldea, de forma que aumentó la velocidad de su carrera. Odiaba tener que dejar a su mujer en manos de la vieja sacerdotisa chalada pero sabía que era la única opción que tenía. De otra forma, era poco probable que sobreviviera. Cada minuto que pasaba la respiración de la joven era más superficial y su pulso se iba apagando poco a poco.

La verdad era que estaba más nervioso de lo que aparentaba. Aunque sentía la fuerza de la mujer y su capacidad para soportar el dolor de las heridas, temía por ella. Era humana después de todo, y los humanos destacaban por su fragilidad.

- Aguanta – ordenó con esa extraña voz ronca – Un poco más…

Pasaron junto al Goshimboku. Sabía que el pozo devorador de Huesos estaba más cerca que la aldea de Kaede pero supo que sería incapaz de llevarla a su mundo en esas condiciones. Además, una de las heridas de Kagome había sido provocada por su mordedura, y eso era algo que no tenía ganas de explicar a la familia de su hembra. Vaya, se podría decir que eran su familia también ahora que ambos se hallaban unidos. No era que le importara.

Cruzó los campos de arroz con un par de zancadas. La noche se había cerrado hacía rato, por lo que era poco probable encontrarse con nadie. De cualquier forma, si alguien se interponía en su camino era capaz de rebanarle el cuello con tal de quitarlo del medio.

Localizó la cabaña a pesar de la oscuridad. Se precipitó sobre la estera que hacía las veces de puerta y le dio una patada, arrancándola de su sitio y logrando que se estrellara contra la pared, astillándose con el impacto. En el interior de la vivienda, Kaede empuñaba su arco al creer que estaba siendo atacada.

- ¡Baja ese arma vieja loca! – rugió Inuyasha.

- ¿Inuyasha? – la sacerdotisa dejó su arco a un lado. Se percató de que se encontraba en su forma de youkai de forma casi inmediata, gracias al color escarlata de sus ojos. Luego reconoció a Kagome, firmemente sujeta por las garras de Inuyasha - ¿Qué ha ocurrido?

- ¡Basta de preguntas! – El youkai entró en la vivienda y depositó a Kagome en el jergón de paja que Kaede utilizaba para dormir - ¡Muévete!

La anciana sacerdotisa ignoró el tono amenazador de Inuyasha y se fijó en la muchacha. Yacía inconsciente en el jergón, con la tez pálida y las ropas empapadas en sangre. Quiso acercarse a ella para examinarla más detenidamente pero una barrera espiritual se lo impidió. Kaede observó la escena durante unos segundos.

- La Tessaiga. – Indicó la sacerdotisa al percatarse de que la joven continuaba aferrando la espada entre sus manos. Le extrañó que la barrera la hubiera rechazado a ella, que ni era ninguna amenaza para Kagome o Inuyasha pero decidió callar por el momento.

Inuyasha gruñó por lo bajo. Odiaba tener que apartar de Kagome la espada que la protegía pero la situación era peliaguda para su hembra. Decidió que el riesgo que suponía la vieja era mínimo. En cualquier caso, ahí estaba él para controlar los movimientos de esa bruja y la desollaría viva si se atrevía a lastimarla de cualquier manera. Con desgana, estiró una de sus poderosas manos y aferró la espada con fuerza, separándola del cuerpo de la mujer, que no notó el movimiento. La barrera desapareció inmediatamente.

Kaede se arrodilló junto al cuerpo de Kagome y paseó su vista por el cuerpo de la joven al tiempo que le rasgaba la camiseta con la ayuda de un cuchillo afilado. Aparentemente, las piernas, brazos y rostro de la muchacha estaban ilesos. Apartó la tela rota de la camisa y estudió la herida del abdomen. Era un corte profundo pero no parecía haber lastimado ninguna parte vital del cuerpo. Tendría que cortar la hemorragia antes de coser los bordes de la herida. La otra herida, la del cuello, la preocupó más.

- ¿Cómo se lastimó el cuello? – preguntó al tiempo que buscaba algo entre sus utensilios.

- Se lo hice yo.

La voz de Inuyasha sonaba normal de nuevo, por lo que Kaede se volvió a mirarlo. Los ojos del hanyou brillaban nuevamente con ese extraño color dorado que lo caracterizaba. Parecía nervioso y asustado, no como cuando se encontraba en su forma youkai. Kaede comprendió que al tener nuevamente la Tessaiga en su poder se había sellado la sangre demoniaca. Entendió también a que se refería el hanyou cuando decía que él era el causante de esa herida.

- Entonces debes encargarte tú – decidió la sacerdotisa acercándose a Kagome con un cuenco lleno de agua entre las manos.

- ¿Qué quieres decir? – Inuyasha se acercó, apretando los puños para que la anciana no pudiera ver el modo en que le temblaban las manos.

- Es una marca youkai – explicó – Solamente el youkai que la causó debería ser capaz de hacerla cicatrizar.

- ¡Pero no sé como hacerlo! – vociferó él, a punto de perder los papeles.

- Yo tampoco, Inuyasha – murmuró la anciana – Yo tampoco.

CONTINUARA

Hola a todos/as!

Que os ha parecido capitulo? La verdad esque me ha costado bastante, sobretodo porque no tenía muy claro como hacer la escena de la pelea entre Inuyasha y Naraku... asi que decidí no hacerla!

Queda poco, my poco para el final, asi que no os perdáis el próximo capítulo!

Besos, Catumy