El misterio de Monkey Hill quedaba resuelto. Después de dejar las habitaciones de Inuyasha a través del pasaje subterráneo, Myoga arrastró a Kagome por una bella cueva de coral de color indescriptible, y escapa ron de Mirage sin ser descubiertos. Recorrieron una corta distancia antes de salir a la superficie en una cueva de St. Kitts. Una vez llegaron al puerto, su espera a bordo del Seabravery fue angustiosa, y, cuando por fin llegaron Inuyasha y Kirara, Kagome estuvo a punto de llorar de alivio. Sin tiempo ni para el más breve de los reencuentros, intercam biaron apenas una mirada antes de que el pirata dejase a la monita con Shippo y lo reclamasen en el alcázar. Fue entonces cuando Kaede cogió a Kagome del brazo y la condujo de vuelta a su antiguo camarote. Allí compartieron una taza de té y esperaron a que el barco se hiciese a la mar.
—Estás muy callada, cariño. ¿Algo va mal? —le preguntó Kaede al cabo de un buen rato.
Kagome levantó la vista de la taza. Su preocupación era tal, que no se había dado cuenta de la mala compañía que estaba siendo.
—Perdóname, estaba pensando en...
—¿En Inuyasha? —terminó la viuda por ella. La joven asintió tras un largo suspiro—. Eso suponía —comentó Kaede, mientras agitaba en silencio su té.
Incapaz de seguir sentada a causa de su nerviosismo, Kagome se levantó y empezó a dar vueltas por el camarote.
—Me he enamorado de él sin remedio, Kaede.
—Bueno, anímate, cariño, eso no es lo peor que podía pasar. —La joven la miró, pero apartó la vista enseguida. Sabía exactamente a qué se refería la viuda—. Porque lo peor no ha pasado, ¿verdad? —pregun tó la amable mujer con el ceño fruncido.
—No tengo ni idea de qué quieres decir —respondió Kagome, con actitud evasiva.
—Quiero decir... —Kaede bajó la voz— ...un bebé. ¿Has tenido tus días del mes?
—No... no lo sé. No puedo pensar en eso ahora.
—Nunca es demasiado pronto para pensar en eso, querida mía — respondió la viuda, que no parecía muy aliviada—. De hecho, es prefe rible pensar en eso antes...
—Crees que soy una persona terrible, ¿verdad? —dijo Kagome, dán dole la espalda y mordiéndose el labio inferior—. Me he enamorado del culpable de mi deshonra. Y lo peor es que colaboré gustosamente en mi propia caída.
—¡No, no, querida! —La viuda la abrazó—. Siempre te considera ré una dama, pase lo que pase. —Volvió a abrazarla, pero la joven se recompuso rápidamente.
—Estaré bien, Kaede. Quizá sólo necesite volver a casa y olvidar me de este terrible viaje. No sabía que ocurriría todo esto. Supongo que fui una tonta al dejar el Hogar.
—Pero vas a venir a St. George's conmigo, ¿no? No puedes estar pensando en volver a ese horrible orfanato. Oh, esto es un maldito lío —exclamó finalmente la viuda, con sus habituales gestos grandilocuen tes—. Perdona mi lenguaje, cariño. Cuando regresemos a St. George's, juraré sobre mi tumba que nunca volveré a decir nada parecido; pero, ya que me han obligado a comportarme de mala manera, no guardaré silencio por más tiempo. ¡Ese hombre debe casarse contigo! ¡Eres una mujer demasiado maravillosa, dulce y llena de cualidades para que te abandone! ¡Santo cielo, es un canalla! ¡Ni siquiera Myoga se acuesta con una mujer para después...! —Aturdida por su indiscreción, Kaede dejó de hablar. Se llevó la mano a la boca y se ruborizó hasta las puntas de los pies. Después de un silencio largo y doloroso, siguió hablando—. Ay, qué pensarás de mí.
—No —respondió Kagome, sacudiendo la cabeza con marcado énfasis—. Las dos nos hemos visto empujadas a hacer cosas en este viaje que no haríamos en otras circunstancias. —La miró—. ¿Se... se va a casar contigo?
—Puedes estar segura de ello. —Kaede se abanicó con el pañuelo, claramente incómoda con la conversación—. Ay, querida mía, espero que puedas perdonarme. No suelo reconocerlo a menudo, pero me he sentido muy sola desde la muerte del señor Lindstrom. Era un buen hombre y su recuerdo siempre me había supuesto suficiente consuelo, hasta que Myoga me distrajo con sus... atenciones. —Estuvo a punto de ahogarse con la última palabra.
—No te disculpes —susurró la joven, intentando consolarla.
—No lo confieso por mí, querida —respondió Kaede, agitando una mano—. Me equivoqué y lo sé. Te lo digo para explicarte que la culpa es la única consecuencia que sufriré por mis actos. Tú, por otro lado, tienes mayores preocupaciones.
—No habrá ningún bebé —repuso Kagome—. Estoy segura.
—Por mucho que te guste pensarlo, cariño, sólo hay una forma de estar segura. Estoy decidida a que Inuyasha te deje en paz durante este viaje. Te quedarás conmigo a partir de ahora.
—No creo que eso le guste, Kaede.
—¡Pues lucharé con uñas y dientes! ¡Tiene que dejarte en paz o casarse contigo!
—No puedes obligar a un hombre como él a hacer algo que no desea —contestó, abatida—. Y no puedes impedir que tome lo que crea que debe tomar. Lo sé muy bien.
—Bueno, pues yo lo detendré. Menudo canalla.
De repente, oyeron una carcajada junto a la puerta. Las dos mujeres se volvieron y descubrieron que Inuyasha estaba allí, con los brazos cruza dos sobre el pecho. Kaede se levantó de inmediato para enfrentarse a él.
—¿Cómo te atreves a entrar en mi camarote sin avisar? —excla mó—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—No lo bastante, por lo que veo —respondió el aludido con una sonrisa bailándole en los labios.
—Bueno, pues habrás oído lo suficiente para saber lo que opino de tu comportamiento con esta muchacha. ¡Sinvergüenza!
—Actúas como si la hubiese obligado.
—Ella no sabía nada del mundo, y tú te has aprovechado de ello.
—¿También tú crees eso? —le preguntó Inuyasha a Kagome, mirán dola con detenimiento.
Furiosa, la joven se negó a contestar. Sus emociones la desborda ban: estaba enfadada por su pelea de aquella mañana, asustada por su encontronazo con Sesshoumaru y extenuada por la preocupación que había sentido al verlo ir en busca de Kirara. Pero tenía muy claro que no compartiría el lecho con él durante la travesía a las Bermudas, para que después la dejara sin ni siquiera unas palabras de despedida.
—La sedujiste —intervino Kaede en su nombre.
—¿Yo a ella o ella a mí? —inquirió Inuyasha, mirando a Kagome con aire amenazador. Ella lo miró con un brillo de desafío en sus precio sos ojos color turquesa y después apartó la mirada—. Ven, pequeña, tengo que hablar contigo en mi camarote —añadió, impaciente.
—No va a ninguna parte contigo. Se queda aquí, en mi camarote. Si tienes que hablar con ella, lo harás conmigo de carabina. —El pirata miró a la viuda como si se hubiese vuelto loca—. Lo digo muy en serio, Inuyasha. Lucharé con uñas y dientes —afirmó poniendo las manos en las caderas y mirándolo con furia.
—Señora, odio decepcionarla, pero no tiene la fuerza suficiente para detenerme —comentó, casi en tono divertido.
—Lucharé por lo que está bien —añadió Kaede, colocándose delante de Kagome y escudándola con su enorme figura.
—Lo que está bien —repitió Inuyasha, empezando a irritarse— es que Kagome y yo pasemos un tiempo juntos. Y nadie me quitará eso —aseguró, dando un paso adelante y mirando fijamente a la viuda—. ¿Es necesario que la coja en volandas, señora, o se hará a un lado por voluntad propia?
—Inuyasha —balbuceó Kaede, palideciendo—, no eres un caballero.
—Cierto —confirmó él al tiempo que arqueaba una ceja, como si la invitara a apartarse por última vez. Como Kaede siguió sin moverse, se acercó a ella. A la viuda estuvieron a punto de salírsele los ojos de las órbi tas cuando la levantó por las axilas y la colocó a unos metros de distancia.
Una vez se hubo librado de la buena mujer, Inuyasha intentó coger a Kagome de la mano, pero ella la retiró.
—Kaede no es la única que no desea que vaya, Inuyasha —le infor mó, lanzándole una mirada desafiante y dando un paso atrás.
—¡Bravo, Kagome! —exclamó Kaede desde el rincón.
El pirata echó la cabeza atrás y la estudió a través de los párpados entornados.
—Vas a venir conmigo, Kagome. Compartirás mi camarote hasta que lleguemos a St. George's. Y es mi última palabra. Ahora puedes salir andando de este camarote o puedo llevarte sobre mi hombro como si fueras un saco de patatas. ¿Qué prefieres?
—Desprecio tu compañía. No iré por voluntad propia —lo retó.
—Que así sea. —Inuyasha se acercó, y Kaede gritó del susto. La joven pataleó y arañó, pero él ignoró sus débiles esfuerzos. Se la echó fácilmente al hombro y se la llevó, sin tan siquiera molestarse en cerrar la puerta a su espalda.
Cuando la soltó en su camarote, se produjo un tenso silencio. Kagome estaba tan furiosa que ni siquiera podía articular palabra. Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con ira.
—Siéntate —le ordenó el pirata. Ella no obedeció, así que él la empujó por los hombros hasta lograr que se sentase en el sofá de patas de delfín.
—¿Es ahora cuando me haces saltar por la borda?
—No, ahora es cuando te pregunto dónde está el colgante que te regaló tu padre.
El ceño de Inuyasha se frunció aún más, y Kagome notó que parecía preocupado. De repente, recordó dónde estaba.
—La... la... última vez que lo vi estaba sobre la cama. —Se le ocu rrió algo horrible—. ¿Lo encontrará Sesshoumaru?
Inuyasha no respondió. Miró hacia su escritorio y dijo:
—La culpa es mía. Tendría que habérseme ocurrido recogerlo. No suelo pasar por alto cosas así. Me temo que me estoy volviendo descuidado.
Ella lo observó acercarse al escritorio y sacar sus mapas, con el ceño fruncido.
—¿Podrá descifrar la rima? —preguntó Kagome, acercándose a él en silencio.
—Dudo que pueda sin tu ayuda —comentó mientras miraba el mapa en el que estaban reflejados los cinco continentes. La Perla podía estar en cualquier parte—. Repasemos lo que sabemos. — Inuyasha señaló el sofá con la cabeza y ella se sentó.
—Podemos abandonar la búsqueda. Podemos ir a cualquier parte, donde Sesshoumaru no pueda encontrarnos, y...
—Cuéntame otra vez lo que sabes de Sota Higurashi. —Inuyasha ni siquiera apartó los ojos del mapa.
Abatida, Kagome repasó de nuevo las pistas una y otra vez, hasta altas horas de la madrugada.
—Creo que vivíamos en la zona oeste de Londres. Mi padre nació en una isla llamada St. Mary's. Recuerdo que una vez estuvimos en la puerta de la mansión del Regente. Recuerdo los vestidos de satén de las damas. Recuerdo que mi padre admiraba sus joyas. Recuerdo que me enseñaba la canción…
Kagome abrió los ojos y vio a Inuyasha, que seguía estudiando los mapas. Miró por los ojos de buey de popa y comprobó que estaba a punto de amanecer. No sabía cuánto tiempo había dormido, pero esta ba claro que más que él.
—No la encontrarás así.
—¿Así, cómo? —preguntó él, levantando la mirada.
—Sin comer. Sin dormir. No podrás seguir adelante.
—La encontraré —juró Inuyasha, y volvió a sus mapas.
—Si alguien puede hacerlo, ése eres tú. Tómate una taza del café que nos trajo Shippo y te traeré algo de comida de la cocina —se ofre ció mientras se levantaba de la cama de cortinajes negros.
—¿Por qué estás tan amable de repente?
—Porque tienes un aspecto horrible —respondió Kagome con sorna. Sonrió al ver su expresión de disgusto y le sirvió una taza de café, que todavía estaba caliente.
Estaba a punto de salir para la cocina, cuando él le rodeó la cintura con un brazo. La acercó a su cuerpo y le pidió:
—No te vayas. No tengo hambre.
—¡Llevas muchas horas sin comer! ¡Debes tenerla! —insistió.
—No de comida. —Se levantó y la cogió de la mano. Ella clavó los talones en el suelo al ver que la llevaba a la cama.
—Sólo tú podrías pensar en hacer esto con tus últimas fuerzas, Inuyasha.
—¿Qué mejor forma de gastarlas?
—No —susurró Kagome.
Él no hizo caso y se desabrochó los pantalones.
—Te he dicho que no. ¿Es que no me has oído?
Él la atrajo contra su cuerpo para que fuera consciente del grado de su excitación. La besó, y todas sus objeciones quedaron en el olvido, pues su lengua hizo correr fuego por sus venas.
—Puede que no salga vivo de todo esto —susurró Inuyasha, sepa rándose unos centímetros.
—¿Por fin te importa si vives o mueres? —le preguntó ella tras recuperar la compostura.
—Ahora tengo algo por lo que vivir. —Kagome se quedó sin aliento. La miraba como si fuese la más valiosa de todas sus posesiones.
—Inuyasha —susurró con voz quebrada—, no te pongas en peligro. Huyamos de Sesshomaru, escapemos...
La boca del pirata cortó el resto de su súplica mientras la tumbaba en la cama y se colocaba junto a ella. Era inútil intentar que cambiara de idea. Kagome lo sabía. Pero también sabía que no podría soportar per derlo.
Pretendía volver a suplicarle, pero un beso llevó al siguiente. El ves tido no tardó en caer al suelo, y, durante un instante demasiado corto, lograron olvidarlo todo, escapando a ese lugar que está justo entre el cielo y la tierra.
Otro capi mas, y mas cerca del final! Agradesco mucho sus comentarios hermosas! Bruxy-chaan, Haru10, Cristy R, Dal Higurashi, Kasumi Isumi, MichMS, Dixy Taisho, Takarai, Arii, Nonahere…no se imaginan lo genial que me pusieron mi fin de semana…me fue imposible actualizar antes…pero aquí estoy otra vez y nos vemos mañana (espero) besos y abrazos!
Dark_yuki
