MEMORIAS DE TINTIN PARTE V:
REVELACIONES II: LOS REFUERZOS.
Iniciando secuencia genética número 4 de T.B… Listo.
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Estambul, Turquía, 1926.
- Capitán – le llamó Tintin -… Capitán…
Haddock murmuraba entre sueños:
- Bucaneros… Trogloditas… Piratas de agua dulce…
- Capitán…
- M-mil… ¿Eh?
El hombre de la barba negra se volvió hacia su joven amigo y se sobresaltó al ver a alguien detrás del chico.
- ¡Tintin, cui-!
El chico le tapó la boca y, haciéndole seña de que guardara silencio, le susurró:
- No se preocupe, capitán… Este hombre es un amigo.
- ¡Mil rayos y centellas, grumetillo! ¡Casi me das un susto de muerte! ¿Y quién es tu amigo el encapuchado?
El aludido se acercó a Haddock y, ofreciéndole la mano, se presentó:
- Me llamo Nikolai Pavlov, a sus órdenes.
- Archibald Haddock, igualmente – replicó el marinero mientras le daba un apretón de manos.
- Capitán – interrumpió el chico -, tiene que vestirse.
- ¿Por qué?
- Nos vamos al Palacio Imperial.
- ¡¿Qué?!
Milú, que se encontraba despierto, ladró y se abalanzó encima del hombre de la capucha para lamerle, quien, entre risas, exclamó:
- ¡Igualmente me da gusto verte, pequeño!
- ¡Por las barbas de Neptuno! – exclamó Haddock - ¡¿Milú…?!
- Fue un regalo de Navidad por parte mía, señor Haddock – respondió el Asesino -. Tintin creció en el orfanatorio del cual yo era el encargado tras la muerte de sus padres.
- Oh…
Haddock miró a Tintin un tanto consternado; éste, comprendiendo su reacción, le explicó:
- Capitán… Cuando era recién nacido, mis padres murieron asesinados a manos de gente malintencionada sobre la cual en el camino Pavlov y yo se lo explicaremos…
- Mil rayos y centellas… Lamento mucho escuchar eso, muchacho.
- Eso no importa ahora, Capitán… Lo que importa ahora es advertir al presidente Kemal sobre el próximo atentado en su contra.
Mustafá Kemal "Attatürk" era un hombre visionario que tenía enormes deseos de ver a Turquía como un país libre de toda monarquía; dichos deseos parecían realizarse al unirse a un grupo de políticos que deseaban convertir a su patria en una República libre y soberana.
No obstante, Kemal se había enterado recientemente de que varios de sus colegas habían recibido amenazas de muerte por parte de los antiguos miembros de la corte de Mehmet VI, el último sultán, ya que no querían perder los excesivos privilegios que tenían sobre varias extensiones del territorio turco ni mucho menos perder su "dignidad dinástica" de ser una completa horda de gente mantenida y floja, como él les llamaba siempre.
No le preocupaba su vida en lo absoluto, pero sí temía por el de su esposa y sus hijos, razón suficiente para tomar la decisión de enviarlos a Estados Unidos en calidad de refugiados.
- ¿Insomnio por las preocupaciones, amigo mío? – le inquirió una voz.
Kemal se volvió y, sintiéndose reconfortado, exclamó:
- ¡Nikolai Pavlov!
El aludido, quien vestía un traje con capucha de color negro y cinturón rojo, salió de las sombras acompañado de un jovencito castaño rojizo de pantalones caqui, suéter azul, calcetines blancos y zapatos cafés, y de un hombre de cabellos y barbas negras ataviado con un suéter azul oscuro con un ancla dibujado en medio, y pantalones y botas negras.
Ambos hombres se abrazaron ante la sorpresa y curiosidad de los acompañantes, especialmente del jovencito, quien lucía nervioso debido a la emoción de conocer a uno de los fundadores de la República Turca, algo que muchos chicos de su profesión peleaban desde siempre.
Attatürk, al notar la presencia de los acompañantes de Pavlov, le extendió la mano y le dijo:
- Finalmente nos conocemos en persona… Señor Tintin. Señor Haddock.
El muchacho se sobresaltó; Attatürk, echándose a reír, le comentó:
- He seguido muy de cerca su trabajo, señor Tintin. Déjeme decirle que usted es un magnífico escritor y un excelente periodista profesional a pesar de su corta edad.
- G-gracias, señor presidente – replicó Tintin con una sonrisa mientras le daba un apretón de manos al político -. Me da gusto saber que mi trabajo es apreciado aquí en Turquía.
- Más que apreciado, es muy admirado, señor Léroux. Su ímpetu en la búsqueda de la verdad ha hecho que varios, incluyéndome, nos atrevamos a creer que los sueños son posibles.
- Pues… Gra-
Tintin cayó abruptamente mientras que Haddock, igualmente sorprendido, exclamó:
- ¡Mil millones de truenos! ¡¿Cómo…?!
El turco, comprendiendo la reacción de ambos, explicó:
- Bueno… ¡Je! Sucede que…Soy un Asesino al igual que tú, muchacho. Un Maestro Asesino.
Haddock y Tintin se miraron mutuamente mientras que el político proseguía:
- Los Asesinos de Turquía nos hemos encargado de mantener a raya a los Templarios durante mucho tiempo, al menos hasta ahora. No obstante, siempre hemos estado alerta por si ellos intenta recuperar el poder que les hemos arrebatado hasta no hace mucho.
- ¿Pero cómo supo usted mi apellido? – inquirió Tintin.
Con una sonrisa serena, el político respondió:
- Conocí a tus padres hace tiempo, muchacho.
- ¿Qu-?
- Fueron grandes amigos míos y compañeros en la Hermandad. Los conocí aquí, en este mismo lugar donde estamos ahora, cuando apenas éramos unos chicos de tu edad.
Tintin se quedó boquiabierto mientras escuchaba estas palabras:
- Sus muertes fueron muy lamentables, puesto que eran los mejores elementos que el antiguo Mentor contaba para las misiones de alto riesgo.
- Lo sé…
- Hace unos minutos supe que ya estás recién enterado de ello por boca del mismísimo Mentor aquí presente.
- ¡¿M-Mentor…?! – exclamaron el chico y el marinero al unísono.
El periodista se volvió hacia Pavlov, quien, con seriedad, argumentó:
- Ese era el último aspecto que quería decirte, Valentine: Hace seis años me eligieron como el nuevo Mentor de la Hermandad. Como tal, estoy constantemente de viaje supervisando cada una de las misiones que los núcleos nacionales establecidos en cada una de las ciudades del mundo ejecuten, especialmente las misiones de reconocimiento.
- ¿O sea qué…?-intentó inquirir el joven - ¿Qué tú…? ¿Tú estabas presente en esos lugares para…?
- Para proteger a nuestros Refuerzos – añadió Attatürk.
Tintin miró al turco con consternación mientras que éste alegó:
- Muchacho… Comprendemos que todo esto es muy nuevo para ti a pesar de la educación que se te ha prodigado en el orfanatorio.
- ¡Esperen un momento! – exclamó Haddock - ¡¿Podrían explicarse ustedes dos qué diablos está pasando aquí realmente?! ¡Miren que el pobre chico está profundamente confundido al igual que yo!
- Eso era lo que justamente vamos a explicar, señor Haddock – replicó el Mentor, quien, con seriedad, añadió:-. En distintas partes del mundo existen orfanatorios protegidos por la Hermandad; nadie, ni siquiera los gobiernos, ha pensado que varios de los orfanatorios que existen a lo largo y a lo ancho de este mundo han estado a cargo de varios agremiados nuestros desde hace generaciones.
- Los Templarios nunca sospecharon hasta ahora que hemos estado entrenando a Asesinos de Reconocimiento, también llamados Refuerzos, en los orfanatorios desde hace más de 10 años – añadió el turco-. El motivo de dicho entrenamiento es para proveerles a los jóvenes huérfanos un futuro mejor basándose tanto en sus habilidades más sobresalientes como en los valores que se les inculcara a lo largo de su estancia.
- Así mismo, pensábamos que lo mejor para la Orden era introducir a estos jóvenes en la sociedad como agentes de reconocimiento sin que ellos lo supieran, evitando así que los Templarios los detectaran y los mataran.
Dirigiéndose hacia el joven de cabellos castaños rojizos, el Mentor continuó:
- Tú y tus compañeros del orfanatorio son la primera generación de Refuerzos, Valentine. Y una generación bastante exitosa si tenemos en cuenta que varios de ellos tienen la fama encima de sí mismos, incluyéndote.
- ¿O sea que mis reportajes, mis viajes…? – inquirió Tintin - ¿O sea que todo lo que he hecho fue en realidad una serie de pruebas o de "misiones de reconocimiento"?
- Tu viaje a la Unión Soviética fue una prueba para saber qué tanto podrías aplicar de tus habilidades en el combate cuerpo a cuerpo. Lo demás fueron misiones de reconocimiento muy útiles para la Hermandad.
- Gracias a ti hemos hecho grandes avances en nuestra lucha, muchacho – añadió el turco -. Tu trabajo como periodista y como Asesino de Reconocimiento ha sido excepcional, puesto que has sido el único que ha tenido qué arriesgar el cuello en más de una ocasión en pos de buscar la verdad.
Tintin no sabía qué decir al respecto.
Estaba sumamente sorprendido y confundido; más que confundido, se sentía consternado. Nunca antes había pensado que aquella educación lo había preparado para algo más que una mera defensa personal.
Es decir, no tenía queja alguna de ello, puesto que él estaba muy agradecido por haber sido criado de esa forma, pero el hecho de enterarse que sus padres y su mentor formaban parte de una hermandad de personas dispuestas a defender a toda costa la libertad del hombre, y que él, huérfano de nacimiento, había sido entrenado con el fin de llevar a cabo una especie de recolección de información para ellos, los Asesinos, lo ponían en un completo estado de asombro, disgusto y confusión.
Mirando a los ojos a Attatürk, le dijo:
- Vine a Turquía con la intención de advertirle sobre un intento de asesinato en su contra, señor presidente. Esperaba que, como en todos lados, hubiera gente intentando impedírmelo. Claro, la hallé, la hallé en un restaurante de tantos… Y sin embargo, no esperaba encontrarme con cosas que intento comprender en este momento… Cosas que, pensándolo mejor, preferiría mantenerme al margen.
Dicho eso, el joven hizo un asentamiento de cabeza y se marchó del palacio. Haddock, percibiendo en las palabras del muchacho el tremendo disgusto que siente por haber sido engañado todos esos años, se volvió hacia los Asesinos y les dijo:
- ¿Por qué le han hecho eso al muchacho? Él merecía al menos que le dijeran cómo estaban las cosas desde mucho antes de que partiera del orfanato.
- Lo sabemos – replicó Attatürk -, y es comprensible su molestia, pero debemos pensar ante todo en la seguridad de los que le rodean.
- ¡Mil millones de demonios! ¡Qué seguridad ni qué ocho cuartos! ¡Todos los que le rodeamos hemos estado en peligro alguna vez!
- Pero no en un peligro de muerte constante, capitán Haddock.
- ¡El chico y yo lo hemos estado millones de veces, por si no lo sabe!
- ¿A tal grado de no poder dormir ni una sola noche pensando si al día siguiente ya habrán ido a por usted o a por sus seres queridos? – inquirió el Mentor - ¿A tal grado de que tal vez un día amanezca usted vivo y sus seres queridos muertos? ¿A tal grado de sentirse impotente debido a que no pudo proteger a su familia y amigos a tiempo?
Haddock no emitió ninguna respuesta. Pavlov, por su parte, añadió:
- Ser un Asesino es como un apostolado religioso, capitán. Una vez que entras a la Orden y adoptas el Credo, debes comprenderlo y aplicarlo en tu vida. Debes abandonar todo límite que la ley del hombre te impone en nombre de una libertad que te podría ser arrebatada de un dos por tres, puesto que lo más dañino para esa libertad está en la fragilidad de la sociedad. Podrás huir y esconderte, pero habrá momentos en donde no habrá otra opción más que pelear y morir o mantenerte vivo, aún cuando hagas el doloroso sacrificio de apartarte de tus amigos y de tu familia por un tiempo por mantenerles con vida, no por mero egoísmo, sino por el amor que les tienes.
El marinero estaba francamente sorprendido ante aquellas palabras tan llenas de firmeza, tan llenas de sabiduría y tan reflexivas. Esas palabras fueron agua fría para él, y tal vez para Tintin si él no se hubiera decidido en retirarse muy a pesar de su disgusto.
Mirando en silencio a ambos Asesinos, se sorprendió de pensar que el mero hecho de ser entrenado desde pequeño tenía, al fin y al cabo, una buena razón y un verdadero motivo en la vida.
Se acordó entonces de todas las aventuras que tuvo con el chico a lo largo y ancho del globo; se acordó de las veces que él le había salvado la vida y la de varias personas que, tiempo después, se habían convertido en sus amigos y aliados; se acordó incluso de las numerosas veces en que el chico, en pos de justicia, libertad y verdad, tuvo que recurrir a trucos para despistar a sus enemigos.
Le parecía increíble que todo eso el chico lo haya aprendido en el orfanatorio, pero lo más asombroso del caso era que el joven reportero le haya sacado provecho de esa enseñanza aplicándola siempre que fuera necesario.
Sin duda alguna el chico era una caja de sorpresas.
Tintin estaba sentado en el tejado con su mirada dirigida a la luna.
Incapaz de dejar de derramar sus lágrimas silenciosamente, el chico se preguntaba qué hacer con su vida luego de llevarse la no muy agradable sorpresa de que todo lo que ha trabajado y luchado haya sido una tremenda mentira, es decir…
- ¡Demonios! – exclamó el chico lleno de coraje.
Se suponía que él era un reportero común y corriente; un chico ordinario que había abandonado un orfanatorio en donde le habían enseñado tácticas de supervivencia con aventuras nada ordinarias. Se suponía que, si él tenía esas aventuras, era porque tenía que llegar al fondo de cualquier misterio o de cualquier asunto; al fin y al cabo, esa era su misión como reportero y escritor.
No obstante, el enterarse de la existencia de los Asesinos, los Templarios y la guerra entre sí, así como el hecho de que sus padres habían sido brutalmente asesinados y el dato de que ambos pertenecían a esa Hermandad era demasiado.
Empero, tal vez Pavlov tenía razón al decir que era mejor que él y los chicos de su generación nunca se enteraran de la guerra entre ambos grupos.
La vida de un Asesino estaba llena de peligros aún peores que los que se había enfrentado en sus viajes por el mundo, con decir que existía la posibilidad de que los Templarios dieran con su familia y amigos ajenos a la causa y les dieran la peor de las muertes.
Había cosas que sacrificar en nombre de la libertad por la que ellos y varios pueblos han peleado durante generaciones, siendo la familia y los amigos los tesoros que más han de sacrificar en favor de esa libertad y de sus vidas. Era un sacrificio con un beneficio garantizado si los del bando contrario no lo supieran, pero era un sacrificio doloroso que tendría qué hacerse si quisiera verles con vida.
- Las noches en Estambul siempre son las más bellas de recordar – le comentó una voz masculina.
Tintin se volvió hacia el dueño de la voz y, con un deje de molestia, le replicó:
- Lo serían si no me hubiera enterado de todo lo que acabo de escuchar.
Pavlov se sentó junto a él y, con seriedad, le dijo a su antiguo protegido:
- Entiendo que estés molesto por todo esto.
- ¡¿Por qué me mentiste, Nikolai?! ¡¿Por qué no me dijiste sobre estas cosas de guerras ocultas, Asesinos, Templarios y demás?!
- Valentine… Como te he dicho antes, pensamos que lo mejor sería no arriesgar más vidas de las que se están arriesgando en esta lucha que en cualquier momento podría tener fin. Tal vez estemos arriesgando la vida de nuestros Refuerzos, pero no queremos arriesgar las vidas de sus amigos y de sus familias.
- Mis padres murieron asesinados, Nikolai. Murieron asesinados el mismo día en que nací… Y no pudieron hacer nada por evitarlo.
- Pude haberlo evitado si no hubiera sido por la necedad de tu madre de darte a luz en el bosque, Valentine. Pude haber evitado eso si ella hubiera escuchado a tu madre y darte a luz en la casa de mi madre, puesto que era el lugar más seguro en ese entonces para tu madre y para ti.
- Pudieron haberla convencido.
- Pudiéramos, pero no lo logramos… Prácticamente ella era necia como tú.
Tintin le miró molesto mientras que Nikolai se echó a reír y añadió:
- Tú eres justamente su vivo retrato en cuanto a carácter y espíritu, Valentine. Ella tenía el mismo instinto que tú en cuanto al peligro, ella tenía ese espíritu de la aventura que tú has demostrado poseer… Ella prácticamente era muy persistente en las cosas, desde una simple misión como Asesina hasta en sus ideas.
- ¿Y mi padre?
- Tu padre era otro cantar. Él se parecía a ti físicamente, exceptuando el tupé y el color del cabello, pero... También era prudente, sensato y muy, pero muy impulsivo en alguna que otra situación. Si bien ellos habrían querido que tú no supieras nunca de esta guerra y llevaras una vida normal como los jóvenes de tu edad, de todos modos te enterarías de una manera u otra.
Tintin desvió su rostro hacia el paisaje de la ciudad, cuya única iluminación eran las lámparas públicas que se habían encendido desde hacía más de 8 horas.
Nikolai tenía razón al decirle que él se enteraría de aquella guerra entre ambos bandos de un momento a otro si sus padres vivieran; de todos modos, él no era una persona tan ingenua como para figurarse que sus padres podrían ser algo más que una pareja de clase media trabajadora típica, no cuando ellos poseían las mismas habilidades que él mismo había adquirido de pequeño.
El Mentor de los Asesinos, con la mirada serena puesta en el hijo de su prima, le preguntó de repente:
- ¿Aún conservas el cofre que te di antes de irte del orfanato?
Sí – respondió el muchacho - . La tengo guardada en Moulinsart. ¿Por qué la pregunta?
Entonces, con una sonrisa, le contestó:
- Si alguna vez has sentido curiosidad respecto a tu contenido y la has abierto… entonces sabrás su utilidad el día en que nos volvamos a ver.
Tintin se extrañó de aquellas palabras; por alguna razón nada agradable, su corazón se encogió e hizo que su piel se erizara. Su instinto le dijo entonces que aquellas palabras eran algo más que palabras… Y que la próxima vez de la que Pavlov hablaba podría ser la última vez en que tal vez, con la esperanza de estar equivocado, lo vería con vida.
