Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen.
Regalo para Giselle Jay. Nos leemos abajo.
Capítulo XXVIII
La madre de Katniss estaba en la cocina en el momento en que se llevó a cabo el intercambio, así que no estaba muy segura de lo que había pasado para que, cuando llegó a la mesa, a sentarse en el lugar que Prim había reservado junto a ella, el ambiente estuviese tan caldeado.
Katniss estaba pálida como una hoja y Prim, que siempre había tenido un carácter mucho más suave y llevadero que el de su hermana mayor, parecía tener deseos de golpear algo… o a alguien. Sin embargo, cuando preguntó qué había pasado, nadie parecía dispuesto a responderle. Aun así, al notar la ausencia de Cato y Glimmer en la mesa, supo sumar dos más dos.
—Oye, Katniss— Peeta habló lo suficientemente fuerte como para que su voz se escuchara en toda la mesa—. Yo aún estoy algo lleno del café. ¿Te molestaría perderte la entrada y acompañarme a caminar con Muffin? Me parece que el bailecito que está haciendo no presagia nada bueno.
Una Katniss en plena forma, posiblemente se habría negado. Pero esta versión de ella, nerviosa y herida, rápidamente se levantó de su asiento.
—¿Prim, te molesta? —preguntó él como si recordara de pronto sus modales.
Prim hizo gala de su educación, sonriendo con naturalidad estudiada:
—Esa pobre criatura posiblemente necesita liberar su vejiga. Es mejor que lo lleven a un lugar en donde después no se sienta avergonzado.
La familia rio. La mayoría de ellos sin enterarse mucho de lo que pasaba.
—Gracias. Prometo traer a Katniss para el plato principal— dijo Peeta con una de sus encantadoras sonrisas.
Prim le sonrió.
…
Katniss caminó como sonámbula, siendo guiada por Peeta y por los alegres ladridos que soltaba Muffin mientras saltaba entre el pasto.
Peeta no la hizo caminar demasiado, pero sí lo suficiente para que la mesa al aire libre en donde estaban compartiendo la cena, quedara fuera de su vista y, por ende, para que tampoco los pudieran ver a ellos.
Katniss recuperó un poco la cordura cuando notó que se detenían y, pensó que tenía que darle las gracias a Peeta por haber podido responderle con tanta elegancia a Cato cuando ella se había quedado, evidentemente para todos, muda de la impresión.
—Gracias por… — empezó ella, pero no llegó a completar la oración, porque entonces Peeta estaba en todas partes. Su espalda quedó presionada contra una pared de madera que, ella no sabía precisar en ese momento, bien podía ser de una de las cabañas o, tal vez, de un establo.
Katniss sintió los labios de Peeta deslizarse por su garganta, cálidos, deshaciendo los cubos de hielo que sentía en las venas.
Empezó, como siempre lo hacía, a perder la cordura.
Sus manos se deslizaron por su pecho y descendieron por su estómago al tiempo que los dedos de él se anclaban en su cintura, con una presión que pudo resultar casi dolorosa de no ser por el hecho de que todos sus sentidos estaban nublados por la manera en que él la estaba besando.
Ella jadeó, en busca de aire y él deslizó la punta de su lengua por su clavícula, haciéndola perder un poco más su cordura.
Su mano se estrelló contra la pared de madera y Katniss sintió su aspereza. Un establo entonces. Una parte de su mente empezó a fantasear con imágenes de ella tendida sobre heno fresco mientras empezaba a abrir, uno a uno, los botones de la camisa de Peeta.
Él se detuvo, apoyando su frente en la de Katniss.
—No— le dijo, suavemente, pero con firmeza.
—¿Por qué no?
—Nuestra primera vez juntos, Katniss, no va a ser en un establo. Y mucho menos, como respuesta a Cato.
Ella dejó caer la cabeza con frustración. Ni siquiera estaba pensando en Cato, o en lo molesta que se había sentido unos minutos atrás, en ese momento. Ahora lo hacía.
Peeta definitivamente iba a matarla un día de estos, si es que ella no llegaba a matarlo a él primero.
Sin embargo, Katniss sentía que había perdido mucho ese día. Cuando había tenido la oportunidad de responderle a Cato y sacar todo aquello que aún resentía, se había quedado muda. De no haber sido por Peeta, él habría ganado.
Aún sentía aque orgullo burbujeante en el pecho de cuando Peeta, sin necesidad de intercambiar ni una sola mirada con ella, había salido a protegerla. Se sentía segura.
Nunca, desde que había perdido a su padre, se había sentido así de segura.
Sujetó, con ambas manos, la tela de su camisa.
—Esto, nosotros, no tiene nada que ver con Cato— dijo mientras se ponía de puntillas y presionaba, con fuerza, sus labios contra los de él.
—Estás molesta, Katniss. Estás vulnerable— dijo él separándose el espacio justo para poder hablar.
Ella agitó la cabeza.
—Por supuesto que lo estoy, pero eso no tiene nada que ver con lo que quiero. Con lo que siento.
A la luz de las antorchas que Prim había colocado a lo largo del camino que llevaba a las cabañas, Katniss vio los ojos azules de Peeta refulgir.
—¿Qué es lo que sientes, entonces?
Katniss se acobardó y Peeta empezó a alejarse, sujetando firmemente la correa de Muffin, que se había cansado de dar saltitos y ahora estaba agazapado en el suelo, aparentemente intentando cazar a un grillo. Rezongó un poco cuando Peeta tiró de la correa, haciéndolo empezar a caminar.
Katniss se quedó apoyada en la pared, con las rodillas inestables, viéndolo alejarse. Y se sintió furiosa. Ni siquiera había intentado forzarla a que hiciera una confesión o algo por el estilo. No soportaba que fuera tan correcto.
Peeta sacaba lo mejor y lo peor de ella.
—Alto ahí.
Peeta la ignoró y continuó avanzando.
—¡Hey!
Katniss empezó a correr. Era, evidentemente, mucho más rápida que él y más ágil también. Sin embargo, para cuando lo alcanzó, Peeta ya se encontraba casi en la puerta de su cabaña.
—Detente ahí ahora mismo, Peeta Mellark— había sonado un poco más autoritaria de lo que había sido su intención, pero Peeta realmente dejaba revolucionado algo más que sus hormonas.
Él no se detuvo, así que cuando llegó hasta la puerta, Katniss lo empujó contra esta, con mucha menos suavidad que la que él había empleado unos minutos atrás para besarla contra la pared del establo.
En lugar de besarlo, se paró de puntillas, de manera que sus ojos quedaran a la misma altura. Peeta era alto, no tanto como Gale o Cato, pero aun así le sacaba a ella una altura considerable. Sin embargo, Katniss tenía una fuerte presencia y la usó a consciencia para intentar imponerse, igualándose con él.
—No deseo acostarme contigo porque esté enfadada con Cato— dijo muy lentamente, haciendo que él tragara saliva—. Deseo acostarme contigo porque te quiero.
Katniss cayó en cuenta de lo que acababa de revelar un poco demasiado tarde. Sin embargo, no se permitió a sí misma esconderse tras excusas o mentiras.
—Te amo— continuó—. A veces quisiera no hacerlo. No me gusta ir con la corriente y es muy sencillo quererte. Mira a mi familia. Creo que, si no me quedo contigo, Madge le dirá adiós a Gale y se casará contigo, aunque ella puede culpar al embarazo de eso. Si no lo hace ella, lo hará mi madre. Pero el punto es que, para bien o para mal, te quiero. Y no se suponía que fuera así, ni que sucediera tan pronto.
El rostro de Peeta era un poema. Pasó del enfado a la sorpresa y de ahí a algo que a Katniss le costó interpretar, en cuestión de segundos.
Guardó silencio. Por tanto tiempo que Katniss temía haber metido la pata. Muffin saltó, intentando capturar los dedos de Katniss con aquellos dientes de leche tan afilados como agujas. Ella, acostumbrada, puso la mano fuera de su alcance, ganándose un ladrido lastimero del perro.
Fue eso, el ladrido, lo que pareció sacar a Peeta de su trance.
—¿Estás enamorada de mí?
En un acto reflejo los ojos de Katniss vagaron, alejándose de los de Peeta. Pero eso no era lo correcto. No era eso lo que quería hacer.
Tomando las riendas, Katniss levantó la mirada, encontrándose con la de Peeta.
—Lo estoy. Mucho.
Peeta sonrió. El tipo de sonrisa que hacía evidente el motivo por el cual Katniss, que después de Cato había jurado no volver a querer a ningún otro hombre, había caído rendida a sus pies.
—Bien— fue todo lo que dijo él, apoyando su frente contra la de ella y soltando un hondo suspiro. Un suspiro aliviado, le pareció a ella.
—¿Bien? ¿Te abro mi corazón y lo único que consigo es un "bien"?
Peeta sonrió, separó su frente de la suya y la besó en la punta de la nariz.
—Me parece lo más justo ¿no crees? Es decir, yo llevo mucho, mucho, mucho tiempo enamorado de ti.
Katniss ya lo sabía, pero de todas maneras su corazón latió más rápido.
—Te parecerá una tontería, pero necesito oírlo.
Peeta rio.
—¿El qué? —bromeó con ella mientras, con un dedo autoritario, le ordenaba al cachorro que dejara de intentar trepar por su pierna.
Muffin soltó un ladrido quejumbroso.
—Peeta…— se quejó ella.
—Yo también te amo, Katniss Everdeen.
¡Hola, hola!
Mi plan original era que ellos dos se dejaran llevar por las emociones en este capítulo y se terminaran acostando, pero 1. Era algo precipitado y 2. Como dijo Peeta, no quería que fuera como una reacción a lo que había dicho Cato.
No les voy a prometer que en el próximo capítulo habrá sexo, porque estoy con otra idea rondándome en la cabeza. Pero eventualmente cruzaremos ese puente.
Creo que quedan unos cinco capítulos más, pero ya veremos que sucede.
Giselle, espero que te esté gustando la historia.
Muchas gracias a Claudia, L, X, Igora Mellark, pauligallegos, Anna Scheller, PrettyLy, MildredxDD, jacque-kari, Giselle Jay y mis adorados guest por sus reviews.
Un abrazo, E.
