XXVII
Triple confrontación
En algún lugar del Océano Atlántico, 19 de febrero de 1945
Herbert Dixon jamás estuvo tanto tiempo tratando de resolver un rompecabezas como en aquella ocasión. Y, aunque la guerra ya parecía estar llegando a su fin, al menos en el frente europeo, eso ya no le importaba mucho. Había resuelto el problema y, gracias a eso, estaba en una isla, tan pequeña que ni siquiera en su mapa aparecía. ¿O no aparecía por el secreto que allí dormía?
Era algo que iba a averiguar pronto.
La isla tenía una forma oblonga y no medía más de quinientos metros cuadrados. Tan exigua era aquella formación de tierra que cabía solamente el monasterio que se erigía allá y unas cuantas palmeras. A Herbert no le tomó más de diez minutos recorrer completamente el perímetro, pero no halló nada que apuntara a algún secreto fabuloso.
Lo que busco está en el monasterio.
Usando sus habilidades, Herbert abrió las puertas de la construcción de par en par y sus ojos vieron que el monasterio parecía estar completamente vacío. Las columnas se antojaban desgastadas por el tiempo y el techo estaba que se caía a pedazos. De hecho, había unos trozos de techumbre desparramados por el suelo, los cuales una niña de mediana estatura, cubierta con una capa raída, estaba barriendo con una escoba.
—Quédese donde está —dijo una voz, como la de una niña de once o doce años—. Sé quién es usted y a qué ha venido.
Herbert no hizo caso a la advertencia y siguió aproximándose a la muchacha, con su arma en ristre. Tenía la extraña impresión que esa niña no era lo que aparentaba.
—¿Acaso no oyó mis palabras? —insistió la niña, dándose la vuelta y arrancándose la capa, dándole la razón a Herbert—. ¡Quédese donde está!
—¿Y si no quiero? —repuso Herbert en tono desafiante—. ¿Y si creo que no eres rival para mí y que con mis habilidades puedo matarte en este mismo momento?
—Puedes intentarlo, desterrado —dijo la niña, quien usaba un uniforme similar al de las demás Sailor Senshi que Herbert había derrotado, con la salvedad de la falda morada, las botas largas del mismo color y una extraña estrella en el centro de su corbata de moño—. Pero estás muy equivocado si piensas que puedes llegar y asesinarme como lo hiciste con Sailor Uranus y Neptune.
Herbert soltó una carcajada.
—Hablas exactamente igual a ellas —dijo, conjurando el látigo que tan buenos resultados le había dado en sus anteriores batallas—. Y morirás exactamente igual que ellas. ¡Prepárate!
Y Herbert lanzó su látigo, apuntando a los pies de su contrincante. Sin embargo, ella esquivó su ataque y, con la escoba que había estado usando para barrer, la cual se había convertido en una alabarda, hizo un movimiento horizontal a baja altura y Herbert no fue lo suficientemente rápido para evadir el ataque y cayó al suelo, haciéndose daño en la espalda.
La Sailor Senshi se acercó para acabar con Herbert de una vez, pero él no se había rendido. Usando nuevamente su látigo y tratando de ser lo más sutil posible, apuntó a la columna detrás de su enemiga y tiró con todas sus fuerzas, haciéndole creer a su oponente que quería atraer una simple roca. Sin embargo, la Sailor Senshi escuchó el sonido de rocas rompiéndose y se hizo a un lado a tiempo y fue Herbert quien hubiera recibido todo el peso de la columna de no ser por el escudo de energía que conjuró con su arma. Aquello le dio tiempo para volver a ponerse de pie y encarar a su contrincante.
—Eres astuto, desterrado —dijo la niña—. Tal como quienes robaron nuestro poder hace milenios ya.
—Y yo me pregunto cómo tu mamá te permitió andar con ese uniforme —se burló Herbert, quien realmente se estaba haciendo la misma pregunta. La niña no tenía más de trece años y ya parecía lista para ofrecerse a los hombres—. Una mojigata como tú no debería entrometerse en asuntos de adultos.
—Yo soy una de las antiguas protectoras del Sistema Solar —dijo la niña como si no hubiera escuchado a Herbert—. Y tú mataste a dos de mis compañeras, y te atreviste a tratar de asesinar a otra. No te irás de este lugar sin castigo.
Herbert notó los pendientes que colgaban de los lóbulos de las orejas de la niña. Está bien, te seguiré el juego.
—Tú eres Sailor Saturn —dijo Herbert. La niña se dio cuenta que no era una pregunta.
—Lo soy —repuso, sin sentirse sorprendida en lo absoluto—. Y tú quieres lo que erróneamente conoces como el Santo Grial.
—¿Acaso no lo es?
—Pobre ignorante —se burló Sailor Saturn y Herbert notó que ella no hablaba como una niña de doce años, sino como alguien por lo menos dos décadas mayor—. El Santo Grial no existe, solamente en la imaginación de los cristianos. Lo que buscas —y lo que jamás encontrarás— es la Copa Lunar.
—¡Tengo los tres fragmentos!
—Pero no a sus legítimos dueños —dijo Sailor Saturn calmadamente, jugando un poco con su alabarda—. Necesitas a Sailor Uranus, Neptune y Pluto para juntar los talismanes. Tú mismo cosechaste tu propio fracaso, Herbert Dixon.
Sin embargo, contrario a lo que uno podría esperar de la situación, Herbert Dixon estaba sonriendo.
—El problema con ustedes, Sailor Rameras, es que son inmortales —dijo, abriendo su morral y extrayendo dos vasijas, una con el símbolo astrológico de Urano y otro con el de Neptuno—. Me tomó bastante tiempo resolver precisamente aquel dilema y, desde luego, no habría venido aquí si no lo hubiera solucionado.
Sailor Saturn arqueó una ceja.
—Era de esperarse que un desterrado usara sus poderes arcanos para sus propios fines —dijo, veneno supurando de su voz—. Pero olvidas a Sailor Pluto. Ella jamás accedería a cumplir con tus retorcidos planes.
Herbert soltó una carcajada.
—¿De verdad me crees tan estúpido? Ya te dije que no estaría aquí si no hubiera solucionado el problema, Sailor Saturn.
—¿Qué le has hecho a Sailor Pluto?
—Oh, nada grave —repuso Herbert, encogiéndose de hombros—. Ya lo verás. Por cierto, he estado pensando bastante en lo que Sailor Pluto dijo sobre los desterrados, que nosotros habíamos robado el poder de su reliquia sagrada. Pues bien, te tengo noticias: ustedes fueron los avaros que no compartieron el poder del Cristal de Plata con nosotros. ¡Podríamos haber forjado la alianza más poderosa de este mundo!
—Pero, hasta donde tengo entendido, ustedes no estaban listos para usar ese poder —dijo Sailor Saturn en un tono que no reflejaba su edad—. Por supuesto, esa era nuestra intención, pero su especie se consumía en guerras inútiles y juegos de poder que solamente mermaban sus cualidades para recibir semejante responsabilidad. Además, ustedes no respetaban a sus mujeres, las usaban como esclavas sexuales y las mantenían al margen de todas las decisiones críticas que afectaban a la humanidad. (53)
—¿Y qué mierda tienen que ver las mujeres con esto?
—Todo —repuso Sailor Saturn con severidad—. En nuestro reino, solamente las mujeres podían convertirse en auténticas guerreras, es decir, en Sailor Senshi. Esto es así porque las mujeres somos responsables con el poder que se nos brinda, no como ustedes los hombres, que lo desean para sus propios fines egoístas y lo usan de manera agresiva, matando, dañando. Por eso ustedes no estaban listos para obtener el poder del Cristal de Plata.
Herbert no dijo nada por un momento, tratando de digerir lo que le había dicho Sailor Saturn. Sin embargo, se dio cuenta que todos en aquel reino eran una manga de feministas que no entendía lo que era tener poder.
—Pues me da lo mismo lo que digas —dijo, tomando las vasijas y poniéndolas en puntos específicos del interior del monasterio—. Me apoderaré del Santo Grial o la Copa Lunar o como se llame y tú no podrás hacer nada para evitarlo. Ahora mismo verás por qué.
Herbert alzó su arma y una Sailor Senshi apareció junto a él. Sailor Saturn se dio cuenta, para su horror, que era Sailor Pluto, pero había algo extraño en ella. Ostentaba una expresión de sopor en su rostro y miraba constantemente a Herbert, como esperando una orden de su parte.
—¿Qué le has hecho? —demandó Sailor Saturn, visiblemente furiosa con lo que estaba ocurriendo.
—Podemos haber obtenido nuestros poderes injustamente, pero vaya que hace maravillas —repuso Herbert en un sonsonete que encendió los ánimos de Sailor Saturn—. Sailor Pluto, mata a Sailor Saturn.
Sailor Pluto extendió su cetro y arrojó su poderoso Grito Mortal a Sailor Saturn, quien apenas pudo esquivarlo. No fue tan afortunada, sin embargo, con el látigo de Herbert, el cual se enroscó en su tobillo y él la estampó tres veces contra el suelo de piedra. Luego, con el mismo látigo, la aprisionó para que Sailor Pluto pudiera atacarla sin problemas.
Pero Sailor Saturn tenía un as bajo la manga. Usando su alabarda, conjuró un campo de energía que deshizo sus ligaduras y desvió el ataque de Sailor Pluto. Momentos más tarde, Sailor Saturn estaba entre Sailor Pluto y Herbert Dixon. Un combate claramente desigual.
—Es una pena que este mundo esté en guerra —dijo Sailor Saturn, manejando con más decisión su alabarda—. Hubiera tenido la oportunidad de salvarse, de no ser por sus instigaciones, señor Dixon.
—¿De qué mierda estás hablando?
—Obviamente no sabes cómo soy conocida en mi reino —dijo Sailor Saturn, apuntando su alabarda hacia arriba—. Yo soy la Sailor Senshi del silencio y la destrucción. Puedo reducir este planeta a polvo cósmico si así lo deseo. Y, viendo como están las cosas en este planeta, bien podría decir que ustedes ya no tienen posibilidad de salvación. Están condenados.
—¡No eres nadie para afirmar tal cosa! —rugió Herbert, blandiendo su látigo en dirección a Sailor Saturn, pero Sailor Pluto interrumpió a Herbert.
—Ella no miente, señor Dixon —dijo, mirando a Sailor Saturn, especialmente a su alabarda—. Sailor Saturn puede acabar con todos nosotros en segundos. Si ella decide que no hay otra alternativa, nos va a volar en millones de pedazos.
—Pues ella tiene una mejor alternativa: morir.
Herbert volvió a usar su látigo, pero Sailor Saturn lo desvió usando su campo de energía. Sailor Pluto atacó también a su oponente, con el mismo resultado.
—Es una oponente fuerte —dijo Herbert, más para sí mismo que para Sailor Pluto—. Más fuerte que esas patéticas Sailor Uranus y Neptune—. Tendré que quitarle su alabarda. No con el látigo, pues ella lo rechazará fácilmente. Tengo que hacer que entre en combate cuerpo a cuerpo.
Sailor Saturn no esperó a que Herbert y Sailor Pluto la atacaran sin sus poderes y empleó su alabarda como escudo para protegerse de los furiosos ataques de sus enemigos. Pronto, ella estaba exhausta y, tras esquivar un golpe de Sailor Pluto, Herbert consiguió tomar la alabarda y arrancársela de las manos de Sailor Saturn. Para asegurarse que jamás la volviera a usar, utilizó su arma para partirla en dos.
—No triunfarás, Herbert Dixon —dijo Sailor Saturn, sin miedo en su voz—. La historia siempre se repite, y siempre aparecerá alguien que es más fuerte que tú. Puedes obtener la Copa Lunar hoy, pero jamás obtendrás lo que quieres de ella, pues eres un Desterrado, y siempre lo serás. El mismo poder que pretendes liberar te traicionará y hallarás tu fin.
—Hablas hasta cuando estás a punto de morir —dijo Herbert en un tono que bailaba entre la diversión y la exasperación—. Sailor Pluto, usa la parte superior de la alabarda para matar a Sailor Saturn. Oh, esto será muy divertido.
Y divertido fue. Para Herbert. No lo fue tanto para Sailor Saturn. Veía cómo Sailor Pluto se le acercaba con parsimonia y, pese a que se había mostrado desafiante frente a Herbert, tragó saliva cuando vio a su amiga y compañera Sailor enarbolar la punta de su malograda alabarda y elevarla por encima de su cabeza.
Y así como había llegado, el terror desapareció.
Sailor Saturn sintió cómo su propia alabarda horadaba su pecho, manchando su uniforme con su propia sangre, su propia vida. Poco importaba el dolor físico o el hecho que su corazón iba a dejar de latir; le dolía mucho más lo que Herbert Dixon había hecho con Sailor Pluto. Sus últimos pensamientos antes que sus ojos se cerraran fueron de perdón para su amiga y de furia para Herbert.
—Está hecho, señor Dixon.
—Excelente, excelente. Ahora, quiero que te posiciones de manera que las vasijas y tú formen un triángulo.
Sailor Pluto obedeció diligentemente y Herbert alzó su arma.
—¡Sailor Uranus, Sailor Neptune, por los poderes de mis antepasados, regresen a este mundo!
Al principio, nada ocurrió. Sin embargo, al cabo de unos segundos, se escuchó una suerte de suspiro y dos figuras fantasmales emergieron de las vasijas. Eran los ecos vivientes de Sailor Uranus y Sailor Neptune.
Herbert, a continuación, extrajo la espada y el espejo del morral que había dejado en un rincón protegido y entregó los objetos a sus respectivos dueños. Al principio creyó que aquello no funcionaría y que los talismanes iban a caer al suelo, pero estudiando más sobre la magia arcana que había aprendido de sus antepasados, supo cómo hacer que los ecos de personas ya muertas pudieran tomar objetos terrenales. No obstante, llevar todo eso a la práctica le había tomado buena parte del tiempo que había destinado a resolver el problema de los talismanes.
A continuación, ordenó a Sailor Pluto que usara su propio talismán para unir los otros dos y, después de varios destellos de luz que hicieron que Herbert hicier visera con su mano izquierda, un objeto diferente apareció, flotando en medio de los tres talismanes. Era la Copa Lunar.
—Al fin, después de mucho esfuerzo, he conseguido lo que he venido a buscar. —Pero Herbert se dio cuenta que había un cabo suelto, y lo estaba mirando en ese momento—. Sailor Pluto, usa la alabarda para suicidarte. Hazlo como te plazca.
Herbert tomó el morral, a sabiendas que la espada y el espejo habían desaparecido junto con los ecos de Sailor Uranus y Neptune, y salió del monasterio, no sin antes tomar la Copa Lunar y sentir un poder que jamás en su vida había experimentado. Abordó el bote y, usando su arma, hizo que los remos se movieran solos. No le importaba la lentitud de su medio de transporte. Tiempo le sobraba y se había deshecho de esas malditas Sailor Senshi…
Un estallido repentino hizo que Herbert volara por los aires y cayera de espaldas al agua, con morral y todo. Estuvo unos instantes completamente desorientado antes que sus brazos y piernas se pusieran en movimiento para mantenerse a flote. No tenía ninguna herida de consideración, salvo el dolor en su espalda producto de caer con fuerza sobre el océano. Miró en todas direcciones para saber por dónde le vino el tiro y notó que un ejército de botes comenzaba a rodearle. Y, a bordo del bote más próximo a Herbert, una figura familiar se mantenía de pie pese al movimiento, pero no por eso era bienvenido. De hecho, era la última persona con la que quería encontrarse en la penosa situación que atravesaba.
Era Henry Abberline.
(53) Según Naoko Takeuchi, solamente mujeres podían ser Sailor Senshi. Desconozco la razón detrás de esta decisión, pero creo que pasó por empoderar a la mujer en tiempos donde el hombre todavía ejercía su supremacía. Es curioso, pero en Sailor Moon, los papeles se invierten, pues son las chicas las que salen a luchar y los hombres los que se quedan atrás o necesitan ser rescatados. Por cierto, ajusté el argumento del fic para que calzara con lo dicho por Takeuchi sobre las Sailor Senshi.
También aviso que este es uno de los últimos capítulos del hilo argumental de Herbert Dixon, para aquellos que no les gusta que salte entre los dos hilos de la historia, para centrarme en el hilo argumental de Saori.
Por último, quería disculparme con ustedes, lectores, por no actualizar el fic durante tanto tiempo. Estuve enfermo como por un mes (salmonella) y se me estropeó el transformador de mi laptop. Es como si la misma Sailor Galaxia no quisiera que yo actualizara mi fic. D:
Bueno, qué hacerle. Saludos lunares.
