NOTA: ¡Muchísimas gracias a todos por los comentarios! Me hace mucha ilusión que os esté gustando tanto esta historia. Hoy os traigo una actualización breve, pero el próximo capítulo no tardará en llegar, ¡así que no voy a dejaros con la intriga mucho más tiempo! ;)


Fangirl aterrizó en lo alto de la torre sur de Notre Dame poco antes de la puesta de sol. Le hubiese gustado esperar allí a Cat Noir todo el día, por si acaso aparecía antes de la hora fijada; pero el la catedral solía estar siempre llena de turistas y visitantes durante las horas de sol. De modo que había llevado a Marinette hasta un edificio abandonado y la había retenido allí, aún atada y amordazada, mientras repasaba las noticias en su teléfono móvil.

Todo el mundo parecía muy preocupado por la suerte de la joven Marinette Dupain-Cheng, pero no se habló de su relación con Cat Noir, lo que significaba que ni Alya ni Alexandre lo habían contado a nadie. El propio Cat Noir se mostraba extraordinariamente serio ante las cámaras; pero probablemente habría actuado así si la vida de cualquier otro civil hubiese corrido peligro.

Por otro lado, nadie tenía noticias de Ladybug. Y después del encuentro de Cat Noir con Fangirl en lo alto de la torre Eiffel y su declaración ante las cámaras, nadie había vuelto a ver al superhéroe tampoco. La villana comprobó las actualizaciones del Ladyblog, pero también Alya estaba extrañamente callada.

Eso no debía sorprenderla, sin embargo. Fangirl sabía que Alya era amiga de Marinette, porque las había visto juntas en el parque poco antes de secuestrarla. Probablemente estaría ahora junto a la familia de Marinette, brindándoles su apoyo. Fangirl había visto a los Dupain-Cheng en las noticias, profundamente preocupados por el destino de su hija.

–Sabemos que Ladybug y Cat Noir la traerán de vuelta casa –había dicho Tom Dupain, tratando de mostrarse sereno y seguro de sí mismo–. Confiamos en ellos.

«Bien, bien», pensó Fangirl con una sonrisa en los labios. «Ya veremos si ellos confían lo suficiente el uno en el otro como para salir de esta».

No tardaría mucho en averiguarlo. Porque el sol se hundía lentamente por el horizonte y ella y su rehén estaban listas para el intercambio.

Marinette no había dejado de intentar escapar a lo largo del día. Fangirl la había atrapado en varias ocasiones, cuando trataba de alejarse arrastrándose por el suelo. Era inútil; estaba bien amarrada y la villana era mucho más rápida y fuerte que ella, pero Marinette seguía intentándolo de todas formas. Era asombrosamente obstinada, pensó Fangirl.

Pero pronto todo acabaría. Realizaría el intercambio y se libraría por fin de ella.

Sabía que podía matarla con un solo golpe de sus garras, pero Fangirl no estaba segura de ser capaz de hacer algo así. Después de todo, nunca había matado a nadie.

Por eso había citado a Cat Noir en lo alto de un edificio elevado. Porque, en el caso de tener que cumplir su amenaza, probablemente le resultaría más sencillo empujarla al vacío que destriparla de un zarpazo. Más rápido y menos sangriento.

Dejó caer a su rehén a los pies de la balaustrada y miró a su alrededor. La cúspide de la torre sur carecía de reja de seguridad porque no estaba abierta a las visitas, como sí era el caso de la torre norte. Pero era un espacio demasiado estrecho y estaba muy expuesto a las miradas ajenas. De modo que, aferrando de nuevo a Marinette, saltó hasta la galería inferior, el pasillo que unía ambas torres y que estaba bordeado por las famosas gárgolas de la catedral.

Asintió, satisfecha. Depositó a Marinette al pie de una de las columnas de la torre sur y se dispuso a esperar.

Cat Noir no tardó en aparecer. Llegó saltando de pináculo en pináculo, corrió por el tejado sin caerse y aterrizó por fin en la galería, a una prudente distancia de Fangirl.

–Llegas muy puntual, gatito –dijo ella con una sonrisa–. ¿Me has traído los pendientes de Ladybug, como te pedí?

Cat Noir alzó la mirada para contemplarla con seriedad.

–Ladybug me ha traicionado –dijo por fin.

Fangirl entornó los ojos, sin tener muy claro qué quería decir con aquello.

–Era mi compañera –prosiguió Cat Noir–. Confiaba ciegamente en ella. Me he jugado la vida por ella muchas veces, habría hecho cualquier cosa que me hubiese pedido. Habría entregado mi anillo para salvarla. –Hizo una pausa–. Si estoy dispuesto a renunciar a mis poderes para salvar a una civil, ¿cómo no iba a hacer lo mismo por ella? Sin dudarlo ni un instante.

–No me interesan tus lloriqueos amorosos, Cat Noir –replicó Fangirl cruzándose de brazos–. ¿Me has traído los pendientes de Ladybug, sí o no?

–Se ha negado a dármelos –respondió él apretando los puños–. He tratado de quitárselos a la fuerza, pero ha huido y no sé cómo encontrarla.

No tuvo que fingir la rabia y la frustración que asomaban a su voz cuando pronunció estas palabras. Porque seguía sin tener noticias de Ladybug y, debido a su ausencia y su silencio, ahora debía enfrentarse a aquel desafío en solitario.

–Qué mala suerte –comentó Fangirl, dirigiéndose hacia Marinette.

–Pero hay otra cosa que puedo entregarte, y que quizá te interese más –añadió Cat Noir.

Fangirl se volvió hacia él con curiosidad. El superhéroe avanzó unos pasos y sacó, de pronto, una rosa roja que había escondido tras la espalda.

–Te ofrezco mi lealtad... –dijo, y le tendió la flor, inclinándose ante ella con una reverencia–, y mi corazón.

Ella inspiró hondo, pero dio un paso atrás.

–¿A qué estás jugando?

–Tenías razón, Fangirl. Desde el principio. Ladybug no es digna de llevar esos pendientes. No es una heroína de verdad. Nuestra ciudad no está a salvo bajo la tutela de alguien que solo usa su poder en beneficio propio y que no es capaz de renunciar a él cuando está en juego una vida humana.

Fangirl retrocedió un poco más mientras una máscara de color violeta resplandecía en torno a su rostro. Cat Noir sabía que se trataba de Lepidóptero comunicándose con ella.

–¡No te creo! –exclamó la chica, alzando el látigo–. Si no me has traído el prodigio de Ladybug...

–Ayúdame a conseguirlo –interrumpió Cat Noir, avanzando un paso hacia ella–. No podemos consentir que ella siga siendo Ladybug ni un minuto más. Si combinamos nuestros poderes seremos capaces de derrotarla entre los dos y arrebatarle los pendientes.

Fangirl bajó un poco el látigo, dubitativa.

–Cuando ella ya no esté –prosiguió él–, nosotros dos..., tú y yo..., nos convertiremos en el nuevo superdúo. ¿Qué me dices? –preguntó, tendiéndole la mano–. ¿Estarías dispuesta a defender París... a mi lado?

Fangirl tragó saliva. Quiso rechazarlo, pero los ojos verdes de Cat Noir estaban fijos en los suyos, y resultaban hipnóticos.

–¿Y... Lepidóptero? –murmuró.

–Tienes dos opciones –dijo Cat Noir, encogiéndose de hombros–. Cuando consigamos los pendientes de Ladybug puedes entregárselos a Lepidóptero y después luchar contra mí para arrebatarme mi anillo... –Notó que Fangirl se estremecía, y sonrió interiormente–. O puedes quedarte con el prodigio de Ladybug. Perderías tus poderes, claro, porque Lepidóptero te los quitaría. Pero podrías obtener otros diferentes, porque los pendientes serían tuyos. –Inspiró hondo y le dedicó su sonrisa más cautivadora–. Y entonces tú podrías ser mi Ladybug.

Durante toda la conversación, Cat Noir no había mirado a Marinette ni una sola vez. Sabía que ella estaba allí, atada y amordazada, escuchando cada palabra que pronunciaban. Pero era muy importante que Fangirl se olvidase de ella, que creyese que la propuesta de Cat Noir era sincera, que aceptase traicionar a Lepidóptero por él. No podía, por tanto, cruzar ni una sola mirada con Marinette, aunque fuera para tratar de transmitirle sin palabras que todo lo que decía era mentira. No podía arriesgarse a que Fangirl adivinara sus verdaderas intenciones.

Sabía que su novia era lista y comprendería cuál era la jugada sin necesidad de ninguna señal por su parte.

Pero no pudo evitar estremecerse interiormente cuando pronunció aquellas palabras: «Tú podrías ser mi Ladybug». Porque era lo que él mismo le había dicho a Marinette la primera vez que se había presentado ante ella como Cat Noir. Lo había hecho porque imaginaba que estaría nerviosa ante la perspectiva de ayudar a un superhéroe y quería animarla y tranquilizarla un poco al mismo tiempo, transmitirle la idea de que estaría a la altura, porque ella ya era una chica increíble aunque no tuviera superpoderes.

¿Recordaría Marinette aquella conversación con tanto detalle como para sentirse traicionada porque Cat Noir le había propuesto lo mismo a Fangirl, y con las mismas palabras?

«Eso no es importante ahora», pensó él, esforzándose por centrarse. «Tengo que salvarla como sea y no puedo correr ningún riesgo».

Aún luchando contra el impulso de mirar a Marinette, se inclinó hacia Fangirl, sin apartar sus ojos de los de ella.

–¿Cómo no me di cuenta antes? –susurró–. Todo este tiempo suspirando por Ladybug... sin comprender que había alguien que me apreciaba de verdad, una chica mucho más sincera y leal de lo que merezco. Alguien realmente digna de ser mi compañera y de poseer los poderes prodigiosos.

–No sé de qué estás hablando –murmuró Fangirl; pero respiraba con dificultad y su corazón latía muy deprisa ante la proximidad de Cat Noir.

–Puedo ver detrás de tu máscara, Fangirl..., Coralie –dijo él.

Ella dio un respingo.

–¡No soy Coralie! Soy...

–Mi mayor admiradora. La única que creyó en mí desde el principio. La única que merece luchar a mi lado contra las fuerzas del mal. Juntos seremos un superdúo mejor que el que he formado hasta ahora con Ladybug. Tú y yo, peleando codo con codo, como iguales. Y serás mi gatita –añadió, guiñándole un ojo–. O milady. Lo que prefieras.

Se odió a sí mismo por pronunciar aquellas palabras, pero no tenía otro remedio.

–¿Y... Marinette? –pudo preguntar Fangirl, casi sin aliento.

Cat Noir aún la miraba a los ojos, sonriendo, cuando respondió:

–¿Quién es Marinette?

Volvió a ofrecerle la rosa y, en esta ocasión, Fangirl la aceptó con una tímida sonrisa.

Entonces él se inclinó hacia ella para besarla.

La chica suspiró y dejó caer el látigo para colocar las manos sobre el pecho del superhéroe. Probablemente tenía intención de mantener las distancias; pero sus sentimientos la traicionaron y no pudo resistir la tentación de alzar la cabeza y cerrar los ojos aguardando el beso que él le prometía.

Cat Noir se acercó más aún. Sus labios casi rozaban los de ella... y su mano derecha, ya libre, avanzaba lentamente hacia el colgante con forma de gato que pendía del cuello de la villana, donde Alya y él habían deducido que se encontraba el akuma, después de comparar imágenes de Fangirl y de Coralie Leblanc.

De pronto, un resplandor violáceo se interpuso entre los dos y los obligó a separarse, sobresaltados. Coralie gritó, cubriéndose los oídos con las manos mientras la máscara de Lepidóptero volvía a iluminar su rostro. Pero las palabras de su amo resonaban en lo más profundo de su mente, y ella no podía dejar de escucharlas por mucho que lo deseara.

–¡Tú... estás tratando de engañarme! –chilló, apartándose bruscamente de Cat Noir.

Se volvió hacia el lugar donde había dejado a Marinette... y comprobó con sorpresa y profundo disgusto que ella ya no se encontraba allí.

Recuperó su arma y se encaró de nuevo con Cat Noir, furiosa y decepcionada, sin prestar atención a la expresión desconcertada del superhéroe.

–Me has mentido –siseó, haciendo chasquear el látigo–. Y vas a pagar por ello.

«¿Dónde está Marinette?», se preguntó Cat Noir, confuso, mientras se preparaba para luchar.