Capítulo 28: La Rebelión de los Magos
Albus intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado. Se sentía agotado, y dolorido. Era conciente de cada hueso, cada músculo en él. Y todo dolía terriblemente. Como si fuera poco, se sentía incómodo. Quería cambiar de posición. Quería girar su cuerpo. Quería moverse. Talvez si lograra moverse, el dolor disminuiría...
Pero en cuanto intentó moverse, sintió una mano firme, pero al mismo tiempo delicada, que se posaba sobre su torso, obligándolo a quedarse en esa posición. Estaba demasiado cansado como para luchar contra aquella mano, y decidió obedecerla y quedarse quieto.
—Trata de no moverte, Albus. Tu hombro todavía no ha terminado de sanar —le dijo una voz gentil, femenina. Albus no la conocía, pero por alguna razón, aquella voz le trajo paz.
Estaba vivo. Y estaba sanando sus heridas. ¿Pero dónde estaba? ¿Y quién era la mujer de voz gentil que lo estaba ayudando? Y más importante aún, ¿dónde estaba su hermano?
—James… —balbuceó Albus, haciendo un terrible esfuerzo.
—Tu hermano esta bien —le aseguró la voz femenina, con dulzura.
Albus agradeció aquella información más que nada en el mundo. El saber que su hermano estaba vivo, y estaba bien era la mejor noticia que podría haber recibido. Era todo lo que necesitaba saber. Con aquella feliz noticia en mente, Albus se dejó caer en las manos de Morfeo, sumergiéndose una vez más en un sueño profundo.
—¿Ha despertado ya? —preguntó Ron Weasley, preocupado.
—No… Cho me dijo que recobró la conciencia durante la noche, y preguntó por su hermano, pero que volvió a desvanecerse apenas le respondió. Ha estado así desde entonces —respondió Harry, apesadumbrado.
—¿Y Ginny? —preguntó Hermione, seria.
—Está con Lily, que fueron a visitar a James. No queremos que Lily esté mucho tiempo aquí… la afecta demasiado ver a Albus en este estado… —explicó Harry, cada vez más demacrado.
—Todo va a salir bien, compañero —le aseguró Ron.
Albus escuchaba aquellas palabras lejanas y borrosas, como si llegaran a través de cientos de kilómetros, apagadas. El pesar que se podía leer en las palabras de su padre lo estaban torturando. Harry Potter estaba sufriendo. Y era por él.
Haciendo un esfuerzo que lo superaba, Albus intentó abrir los ojos. Pero sus párpados parecían no querer responder a las órdenes que él le enviaba. La desesperación comenzó a invadirlo al comprender que había perdido el dominio de su cuerpo. Trató de calmarse. No iba a ganar nada con enloquecer. La sensación de estar encerrado dentro de su propio cuerpo lo estaba abrumando.
—Iré a ver a Ginny… —anunció en ese momento Hermione, y Albus pudo escuchar el ruido de una puerta al abrirse y cerrarse nuevamente. Harry esperó varios segundos antes de volver a hablar.
—¿Tienes alguna novedad, Ron? —preguntó Potter, serio.
—No, aún no —respondió Ron, algo temeroso de la reacción que aquella respuesta podía generar en su amigo—. Pero tengo a los mejores Aurores trabajando en ello, Harry —se apuró a agregar.
—Lo sé. Quiero que cuando Zaira regrese, la pongas a cargo de la investigación, Ron —señaló Potter.
—De acuerdo—coincidió Weasley. Hubo una breve pausa, hasta que Ron volvió a hablar. — ¿Crees que esto tenga algo que ver con…?
—Sí —lo interrumpió Harry, cortante.
—Esto no es bueno, Harry… se está saliendo de control —comentó Weasley, casi en un suspiro.
—Los hemos subestimado. Pero no volverá a pasar —le aseguró Harry, con una seriedad y una frialdad en sus palabras que Albus dudó por un instante que ese fuera su padre—. Nadie pone en peligro la vida de mis hijos —agregó luego. Alguien tocó a la puerta de la habitación. —Adelante —respondió Harry.
—Señor Potter… acaban de informarnos que la Señorita Levington ha llegado al Cuartel —habló de manera respetuosa una voz masculina, posiblemente de otro auror.
—Yo me encargo, tú quédate con Albus —se apuró a decir Ron.
—Gracias —le dijo Harry, casi inaudible.
Una vez más, Albus escuchó el ruido de la puerta cerrándose, y luego, el silencio. Un suspiro largo y sufrido surcó el aire, y Albus lo reconoció como procedente de su padre. Tenía que despertarse. Era imperativo que abriera los ojos.
Decidido a que esta vez no fallaría, Albus se dispuso a concentrarse en una única cosa: abrir los ojos. Sintió un leve cosquilleo en los párpados, y supo que estaba funcionando. Segundos más tarde, sus párpados se separaban apenas unos milímetros, permitiendo que la luz blanca de la habitación lo encegueciera a través de aquella pequeña rendija.
Pero aquel leve pestañeo fue suficiente para que Harry Potter lo notara. Inmediatamente se puso de pie, y recorrió los escasos metros que lo separaban de la cama de su hijo. Albus pudo sentir que su padre le tomaba la mano.
—Albus… hijo, ¿me escuchas? —lo llamó su padre, esperanzado. Aquello fue como una dosis de adrenalina para el joven Potter, quien se dispuso a intentar abrir los ojos nuevamente. Esta vez, con éxito.
Lo primero que vio fue el rostro de su padre. En nada se parecía a la persona que él recordaba. Su pelo se encontraba más desalineado que de costumbre, visiblemente sucio y enmarañado. Lucía una barba desprolija, de varios días, y amplias ojeras debajo de los ojos, todas señales de que Harry Potter había permanecido en vilo junto a la cama de Albus. Pero a pesar del aspecto lastimoso que presentaba en ese momento, Harry sonreía.
—Albus…—repitió, aliviado, y le apretó la mano con cariño. Albus apenas consiguió curvar la comisura de sus labios. Cada movimiento suponía un gran esfuerzo. —Quédate despierto, hijo… iré a llamar a la Sanadora—le indicó su padre.
Y luego de un instante de vacilación, soltó la mano de su hijo y recorrió a zancadas la habitación hasta dar con la puerta. La abrió con cierta brusquedad, y salió en búsqueda de la Sanadora. Segundos más tarde, Harry reingresaba a la sala acompañado de una mujer de aspecto oriental y mirada empática.
—Hola, Albus —lo saludó la Sanadora. Potter reconoció aquella voz como la misma que le había hablado durante la noche y le había dicho que su hermano se encontraba bien. —Mi nombre es Cho Chang… ¿puedes hablar? —le preguntó la mujer, mientras que se acercaba a la cama, y comenzaba a examinarlo con cuidado.
—Si…—respondió Albus, con voz rasposa.
—Excelente…. ¿cómo te sientes? —le preguntó la Sanadora.
—Débil…—respondió una vez más Albus. Su mirada viajó hacia donde se encontraba su padre, de pie, esperando a que Cho Chang terminara de revisarlo. Lucía todavía una cierta preocupación, pero mantenía la sonrisa intacta.
—Sí, es comprensible. Bebe esto, te hará sentir mejor —le indicó Cho, mientras que hacía aparecer un frasco delante de Albus.
Potter tomó el pequeño frasco, y con cierto esfuerzo, se lo llevó a los labios y lo bebió de un sorbo. Para su sorpresa, tenía un sabor delicioso, similar al chocolate.
—¿Sientes dolor? —continuó preguntándole Cho Chang. Albus negó con la cabeza. —Bueno… —dijo, mientras que giraba a mirar al padre de Albus—. Creo que se encuentra en muy buen estado. De todas formas, me gustaría que se quedara aquí hasta mañana por la mañana… solo por si llega a desmayarse nuevamente —le explicó Cho.
—Sí, comprendo. No hay problema —le aseguró Harry, sonriéndole agradecido. Cho le devolvió la sonrisa. —Gracias por todo, Cho—le dijo Harry. Ella chaqueó la lengua, mientras que hacía un gesto para restarle importancia al asunto.
—Albus… cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme, ¿si? —le dijo, antes de salir y dejarlos nuevamente solos.
Padre e hijo se miraron intensamente. Albus estaba convencido de que su padre debía de encontrarse furioso. No solo había desobedecido sus órdenes, sino que a su vez había arrastrado con él a su hermano y a sus amigos hacía peligros mortales. Tragó saliva a la espera del castigo, que se merecía.
—No sabes cuánto me alegro de que estés despierto —rompió el silencio Harry, acercándose nuevamente a la cama, y sentándose en una silla junto a la cabecera. Aquellas palabras lo tomaron completamente por sorpresa.
—¿Cómo está James? —preguntó Albus, sin saber bien qué decir.
—Oh, tu hermano esta en perfecto estado. Sus heridas no eran graves, y se recuperó muy rápido… aunque todavía está aquí internado, bajo vigilancia —le respondió Harry.
—¿Dónde estamos? —quiso saber Albus, lanzando una mirada a su alrededor.
—San Mungo —le respondió Harry.
—¿Cómo… cómo llegamos acá? —volvió a preguntar. Harry se removió en el asiento, inquieto seguramente por el recuerdo de ese momento.
—Yo los encontré, a ti y a tu hermano, inconcientes —respondió Harry, y su sonrisa titubeó.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —siguió preguntando.
—Cinco días —con cada respuesta, Harry parecía ir turbándose aún más.
Albus comprendió que el recuerdo de lo que había sucedido estaba demasiado fresco en su padre, y todavía le causaba dolor.
—Me asusté mucho, hijo—le confesó Harry, repentinamente—. Pensé que los perdía a los dos…
—Estamos vivos, papá —le recordó Albus, tratando de levantarle el ánimo. Harry negó con la cabeza.
—Debí protegerlos mejor… me equivoqué contigo, Albus. Debí de suponer que tú nunca dejarías de lado el asunto de Icarus Primus —lamentó su padre.
—Lo siento —fue todo lo que Albus atinó a decir—. Papá… Icarus Primus buscaba en Templo de Hades —Albus no pudo evitar el impulso de tocar aquel tema. Harry tardó en responder.
—Lo sé.
—Quería revivir a…—quiso informarle Albus.
—A Grindelwald —lo interrumpió Harry. Albus se sorprendió de aquella respuesta.
—¿Lo sabías? —inquirió, atónito.
—No… me enteré el mismo día que te rescaté a ti y a James de Tanaerum —le respondió pacientemente Harry. Albus permaneció en silencio, con la mirada fija en su padre, esperando a que éste le explicara cómo era que sabía aquello.
Harry mantuvo la mirada de su hijo durante un largo rato, debatiéndose sobre el siguiente paso a dar. Finalmente, suspiró, y se llevó una mano a los cabellos enredados.
—El mismo día que Icarus Primus se disponía a abrir el Templo, una nota llegó al Cuartel de Aurores… decía "Ha llegado el momento de la Rebelión de los Magos. Es hora de restaurar el Bien Mayor. El cambio se avecina. Prepárense." —le recitó Harry, de memoria. —La nota estaba firmada bajo un pseudónimo —agregó luego.
—¿Cuál pseudónimo? —quiso saber Albus. Un leve presentimiento le hizo suponer la respuesta que su padre estaba a punto de darle.
—El Mago de Oz.
—El día de Halloween, cuando escuché hablar a Primus con Cooper, éste nombró a alguien llamado El Mago…—recordó Albus.
—Sí. Yo también creo que Primus estaba trabajando para este tal Mago de Oz —coincidió Potter.
—¿Y qué hay de Darwin Cooper? —preguntó Albus, cada vez más impaciente por conocer los sucesos que habían tenido lugar durante sus cinco días de inconciencia. Harry sonrió de manera irónica.
—Lo mismo me pregunto yo —dijo su padre—. Luego de traerte a ti y a tu hermano al hospital para que los atendieran, mandé a dos aurores a buscar a Darwin Cooper a su casa. Pero ya era tarde… Cooper había desaparecido del lugar. No sabemos donde está… se ha dado a la fuga—le explicó mejor.
—Es un maldito… —dictaminó Albus, furioso al escuchar aquellas palabras. Una y otra vez, Cooper lograba salvarse de sus culpas.
—No te preocupes, hijo. Mis mejores hombres están trabajando en esto. Lo atraparé aunque tenga que remover cielo y tierra para encontrarlo —le afirmó Harry. Albus sonrió al escuchar aquello.
—Papá… ¿cómo supiste dónde encontrarnos? —continuó preguntando Albus luego de unos segundos de espera.
—McGonagall se comunicó conmigo y me informó de la desaparición de Icarus Primus y de ustedes dos —respondió Harry, incapaz ya de negar respuestas a su hijo. Albus abrió la boca para hacer la siguiente pregunte, pero su padre se le adelantó. —Tus amigos le avisaron durante la cena… y se comunicó inmediatamente conmigo. Pero cuando llegué a Hogwarts, Icarus se había escapado. Neville me contó la historia, y supuse que si estaban en algún lugar, era en Tanaerum—explicó.
—Casi llegan a tiempo… a rescatarnos los profesores, allá en Hogwarts… —recordó Albus aquel breve instante en el escondite del Tercer Ojo, justo antes de que Primus los transladara a Tanaerum—. Me sorprendió que los profesores creyeran la historia y actuaran tan rápido —confesó.
—Actuaron rápido porque estaban advertidos —aclaró Harry. Albus clavó una mirada inquisitiva en su padre—. La llegada de alguien como Icarus Primus a Hogwarts era sumamente sospechosa… Minerva coincidía conmigo al respecto, y acordamos permanecer atentos a cualquier acto que nos resultara peligroso.
Albus asintió y guardó silencio. La última imagen de Icarus Primus volvió a su mente. Y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Su padre lo notó.
—Albus… ¿qué fue lo que sucedió en Tanaerum? —Harry formuló finalmente la pregunta que Albus sabía que llegaría en algún momento. Seguramente, la pregunta cuya respuesta era la que Harry Potter más ansiaba conocer.
—Alguien más esperaba por nosotros allá… un hombre griego, vestido con una capa roja que le cubría la cara…—recordó Albus, mientras que fruncía levemente el entrecejo, esforzándose por recordar cada detalle. —Primus nos arrastró a James y a mí hasta el Templo… y realizó un hechizo para abrir el Portal de los Muertos…—Albus detuvo su relato en este punto.
Recordaba perfectamente lo que había sucedido luego. James intentando detener a Markos, su pelea con Primus, el momento de debilidad en que había salvado a su hermano a costa de ser derribado por el profesor… y el momento en que Icarus Primus quedó atrapado en el campo de energía del Portal, y él, Albus Potter, lo había dejado morir. Lo recordaba todo. Pero por alguna razón, no podía compartirlo con su padre.
—El hechizo se salió de control, y terminó absorbiendo a Primus hacia el Portal—continuó finalmente Albus, omitiendo su participación en todo aquello.
—Entonces el Portal llegó a abrirse, ¿verdad? —quiso certificar Harry.
—Sí —respondió Albus, con sinceridad. Su padre le había respondido con la verdad aquella noche, y se merecía lo mismo de Albus, en la medida en que éste se sintiera capaz de contar.
—Tú lo cerraste —dijo repentinamente Harry. No era una pregunta. Albus comprendió por el tono de aquellas palabras que su padre estaba convencido de que él había cerrado el Portal.
—¿Cómo…? —quiso saber el joven Potter. Una sonrisa extraña se dibujó en el rostro de Harry.
—Cuando llegamos, el Templo se encontraba en ruinas, derrumbándose sobre sí mismo, hundiéndose lentamente en el mar… y tú estabas inconciente, pero parecías… muerto—le contó su padre, y su mirada se ensombreció al recordar aquello—. Te traje junto con James urgentemente aquí… y los Sanadores me dijeron que habías sufrido una fuga de magia masiva.
—¿Una qué? —repitió Albus, levantando una ceja, sin comprender lo que quería decir aquello.
—Se requiere de mucha magia para poder hacer lo que tú hiciste esa noche, Albus… magia que un niño de tu edad todavía no puede manejar sin agotarse física y mentalmente —le explicó pacientemente su padre—. Necesitaste de toda tu magia para sellar el Portal… canalizaste toda tu magia en un hechizo que te superó, hasta el punto que la magia escapó de ti.
Albus tragó saliva nerviosamente al escuchar aquello. No era la primera vez que perdía el control de su magia. Pero aquella noche, había sido diferente. Él lo había sentido diferente. La había controlado. Manejado a su antojo, logrando su objetivo: cerrar el portal. Pero entonces, recordó cómo, después de realizar aquel hechizo, había quedado exhausto, sin fuerzas… e incapaz de realizar un simple hechizo para levitar a su hermano y sacarlo del Templo.
—¿Dónde está mi varita? —exigió saber Albus, mirando frenéticamente a su alrededor.
—Tranquilo… aquí está —le respondió Harry, sacándola de su bolsillo. Albus se la arrebató de las manos, y apuntando hacia una de las sillas que había en la habitación, se preparó para lanzar un hechizo.
—Wingardium Leviosa —pronunció. Pero nada sucedió. Albus frunció el entrecejo, y volvió a sacudir la varita y pronunciar el hechizo. Pero nuevamente nada sucedió—. No puedo hacer magia… —comprendió entonces, en pánico.
Sintió la mano gentil de su padre en su muñeca, que con cuidado, le sacaba la varita de las manos. Por alguna razón, aquel tacto cariñoso de su padre lo calmó.
—Debes descansar, Albus… has hecho un esfuerzo muy grande, y no podrás hacer magia durante unas semanas… pero la recuperarás —le aseguró su padre.
—¿Cuándo?
—Cho dijo que tardarás un mes en recuperarte completamente.
Albus se recostó contra la almohada de su cama, apesadumbrado. ¡Un mes sin magia! Pero luego de calmarse y respirar profundo, tuvo que aceptar que no era tan terrible. Al menos estaba vivo. Y James estaba vivo. Y tras meditarlo a conciencia, un mes sin magia parecía un precio justo a pagar para evitar que Grindelwald vuelva a la vida.
Pero entonces, justo cuando empezaba a tranquilizarse y a relajarse, un nuevo recuerdo lo abrumó.
—Papá… Primus y su compañero tenían los Tres Ojos… —pronunció casi en un susurro, como si fuera un secreto.
Harry lo miraba fijamente, de manera inexpresiva. Pero Albus había aprendido a descifrar a su padre. Conocía esa mirada. Era la misma que su padre le había dirigido los últimos dos años, cada vez que él le preguntaba sobre un tema del cual no se suponía que debiera saber. Sí, Albus estaba seguro de que su padre sabía algo más… y se lo estaba guardando.
—Ya sé que los otros dos Ojos se encontraban custodiados por el Ministerio de Inglaterra y el de Italia —soltó Albus abruptamente. Harry alzó las cejas, sin poder esconder su sorpresa. Vaciló unos segundos, como si quisiera emitir alguna queja, pero luego, sonrió.
—No sé en qué pensaba cuando creí que dejarías todo esto a un lado… yo tampoco lo hubiera hecho en tu lugar —señaló su padre, y Albus creyó ver un brillo de orgullo en su mirada.
—¿Cómo es que Primus consiguió burlar a ambos ministerios? No debe de haber sido fácil… —se animó entonces a preguntar. Harry negó con la cabeza.
—Nada fácil, hijo. Los Ojos del Cerbero se encontraban custodiados en el Departamento de Misterios de ambos Ministerios de Magia —le confesó.
—Pero… tú siempre dijiste que el Departamento de Misterios es infranqueable… un laberinto de magia —le recordó Albus, sin poder creer que Icarus Primus hubiera burlado semejante seguridad.
—Y lo es… los Inefables están haciendo una importante investigación al respecto, pues no entienden qué es lo que falló. Fazio, el Jefe del Departamento de Minsterios, ha iniciado una investigación para descifrar cómo es posible que hayan burlado nuestra seguridad.
—¿Y qué hay del Ministerio de Italia?
—El Ministro de Italia tampoco supo darnos respuestas concretas… —dijo Harry, adquiriendo expresión seria—. Hijo… esto no se trata de un hombre solo. No es simplemente Icarus Primus. Estamos hablando de una gran conspiración, Albus. Hay mucha gente metida detrás de todo esto, buscando un objetivo turbio...
—La Rebelión de los Magos —recordó Albus la nota que su padre le había recitado. Harry asintió con la cabeza—. Esto no va a terminar acá, ¿verdad?
—No, lamentablemente no —confesó Harry lo que Albus ya suponía. Su padre lo miró fijamente, y entonces, hizo algo que Albus no se esperaba: sonrió. —No te preocupes, Al… un buen amigo me dijo una vez que lo que tenga que llegar, llegará, y ya tendremos tiempo para enfrentarlo…
Y con aquellas últimas palabras de su padre, Albus se calmó. Y acomodándose en la cama, abrumado por tanta información, decidió que lo mejor era volver a dormirse. Todo tendría un mejor color por la mañana siguiente.
Espero que les guste este capítulo. Es sumamente revelador. Responde muchas preguntas, pero también abre otras nuevas. Prometo responder algunas de estas preguntas en lo que queda esta historia, y el resto quedaran pendientes para la tercera parte!
Les pido perdón por no responder los reviews, pero es que el capitulo me tomo mas tiempo del que esperaba, y queria subir este capítulo cuanto antes para que pudieran leerlo. Prometo responder todas las dudas y preguntas que me hicieron en el próximo capítulo!
Saludos,
G.
