Capítulo 27.- La Fuente

Madrid, un sábado de junio de 2017

La Medianoche

"Fueron pocos meses los que pasaron así, y no obstante

fue la temporada más larga que Momo experimentó jamás.

Porque el verdadero tiempo no se puede medir

por el reloj o el calendario."

Momo (1973)

Michael Ende


Julián y Alonso saltaron desde la pared del agujero a un nuevo suelo imposible; llegaron a tiempo para ver cómo en la nueva estancia, Spínola caía herido.

Julián no quiso fijarse en la locura lisérgica en la que se había convertido el cacho de realidad en donde el tal Juan Ramón mantenía a Martina como rehén y escudo; se concentró en el genovés y en su herida, mientras Alonso buscaba línea de tiro.

Todo aquel lugar parecía una salón de espejos verde y azul. solo que no serían espejos, claro, sino cachos de espacio-tiempo cortados a taquitos y salpimentados con innecesaria crisis de rehén.

- He fallado... Amelia -decía Spínola-... Deben Vuestras Mercedes ayudarla...

Herida de entrada por el lateral del hemitórax derecho superior; un hueco del chalecho mal puesto. Sin salida. El disparo tenía mérito, porque al malo Spínola lo había tenido delante. Un rebote, quizás; daba igual. Hemotórax, a juzgar por la respiración y el ahogo... Habría que drenar abriendo la pleura y rezar para que no se complicara. Genial. Y yo hasta el culo de pringue verde. "Si no se me desangra, de septicemia se me muere Ambrosio Spínola, ya verás", pensó.

- Cálmese don Ambrosio -trató de tranquilizarle-. Esto le va a doler un poquete.

Julián preparó botiquín y al herido, mientras tenía que aguantar los berridos del tal Juan Ramón.

- ¡Le dije que no se acercara! ¡Se lo dije! ¡No me hizo caso!

Julián pinchó y abrió para acto seguido ver el alivio en la respiración de Spínola; tubo, coser, esparadrapo... Menos mal que tenía arreglo, suspiró aliviado.

- ¡Por dónde se sale de aquí! -siguió berreando el ingeniero-. ¡No te muevas! ¿Por dónde...? ¡Dime por dónde se sale y a Martina no le pasará nada!

Julián acabó por fin y buscó a Alonso con la mirada.

No le encontró.

Estaría el muy pillín en algún lugar de aquella deconstrucción culinaria de realidad, buscando tiro. Tenía que distraerle al malo. Igual hasta le convencía y todo y nadie se llevaba otra bala.

- Vale, tranquilo -se acercó por fin Julián, los guantes de látex a la altura de los hombros-. Spínola se va a poner bien si le sacamos de aquí, pero hay que darse prisa. Si dejas el arma ahora...

- ¡Si dejo el arma acabo de por vida en Huesca! -gritó el otro sin saber por dónde avanzar-. ¡Eso nunca!

Julián evaluó darle coba, pero por el estado histérico y un puntito demente del individuo, casi que no.

Era un tipo no muy mayor, de la edad de Joaquín. Como Martina, la ropa de calle se la cubría una bata blanca de científico loco. Pelo rizado, careto alargado y nervioso. Al ser más alto que su rehén, se escondía tras ella agachándose un poco.

Entretanto, la doble friker de Amelia (o Amelia del futuro, vaya usted a saber), no parecía tranquila, pero desde luego aguantaba bien el tirón de tener el cañón de una pistola contra la sien.

- Vale -trató de tranquilizarse a su vez Julián-. Vamos a hablar así tú y yo. En plan colega.


Los bloques de explosivo plástico no se acababan. ¡No se acababan, joder!

Irene enfocó a Chispitas por el corredor del nuevo nivel y descubrió otros diez ladrillos falsos. Por la entrada del corredor, un par de Tedax bajaban con perros a los inferiores.

- ¡No vamos a acabar nunca! -maldijo Irene.

- No puede quedar mucho -trató de animar Chispitas.

- ¿Por qué?

- La cantidad mínima estimada para destruir el Pozo es de doscientos kilogramos de explosivo -explicó-. En sus transmisiones los artificieros aseguran desactivados ya trescientos cincuenta.

Irene asintió mientras sacaba el último detonador; era un razonamiento válido si los de Darrow iban al mínimo. Iba a señalárselo a la máquina cuando vio a Ernesto aparecer por la puerta del corredor. Pálido como la cera.

- ¿Qué tal va? -pudo pronunciar él tras ajustarse la corbata.

- Creemos que queda poco -contestó Irene-. ¿Algún problema?

- Angustias asegura haber reconocido a Carlos III dando un discurso de Navidad televisado en la 4289 -informó Ernesto, mortificado-. Yo he encontrado una puerta entreabierta en el nivel treinta. Creo que acabo de ver a Santa Teresa de Jesús desnudando su corazón en "Sálvame".


Julián tomó aire. A ver. En plan colega.

- Dicen que se ha producido una sobrecarga, ¿verdad? Supongo que por eso parece que nos hemos tomado todos un tripi -sonrió.

El otro miró a su alrededor asustado y confuso. No. La broma no había ayudado.

- ¡No es culpa mía! ¡Ese no era el plan! -chilló el otro apartando la pistola de Martina por un momento-. ¡Lo teníais que joder todo! ¡Tú y tu gente!

Julián mantuvo los guantes de látex en alto, porque el mamón, al ver que no era un problema, decidió apuntarle a él. Y estaba cada vez más nervioso. En plan brote psicótico.

- ¡Eh! ¡Yo sólo estoy aquí para coser agujeros, no para hacerlos! -protestó Julián-. Tendrías que haberlo pensado antes de dejarte pringar por los americanos.

- ¡Cállate! ¡No sabes nada!

Julián trató de mantener la calma. De buenas no, pues por las malas. A ver si se arrugaba.

- ¿Nada? Pero si lo sabemos todo ya, mendrugo. El resto de vendidos nos lo ha contado todo -explicó-. Cómo los americanos paran el tiempo, cómo han sembrado el pozo de explosivos... Que quieren robar la Fuente... Sabemos que te utilizaron para bloquear 2017. Mira, no sé qué te han prometido, Juan Ramón -siguió Julián al verle vacilar por un momento-; pero la única forma de que salgas de esto es que dejes en paz a Martina, te rindas y nos ayudes.

- ¡No! -chilló el otro, volviendo a apuntarle alternativamente a él y a Martina-. ¡Quiero camino libre hasta una puerta! ¡Quiero que me dejéis en paz! ¿ME OYES? ¡No quiero que nadie me...!

El tiro de Alonso retumbó entonces en mil ecos y le voló la tapa de los sesos al pobre infeliz.

Acto seguido salió de las sombras y se acercó a Martina, quien además de hiperventilar durante unos segundos, tenía un lado de la cara salpicado de sangre y sesos.

- Lo lamento -oyó Julián que le decía-. No vi alternativa.

La otra asintió y tomando su mano le siguió de nuevo a las sombras. Julián iba a preguntar que cómo coño había llegado allí cuando le vio de repente aparecer a unos metros por detrás.

- ¿Qué coño?

- La realidad fragmentada -explicó Alonso-. Es como las puertas, pero sin las puertas. Salís por un lado, y aparecéis por otro.

- Por eso la bala le entró por el lado a Spínola -comprendió Julián.

- Tuvo suerte -sonrió triste Martina-. Pudo haberle entrado por la cabeza.

Julián observó a Martina por un momento, mientras se quitaba las gafas de culo de vaso para secarse los rastros de lágrimas. Luego acarició la cara de Alonso, a la luz de las luces verdes y azules.

Julián vio algo además de agradecimiento.

Vio la expresión de nostalgia y alegría de Amelia volviendo a encontrarse con un Alonso, parecía, largo tiempo perdido. El puto friki tenía razón. Aquella tipa era...

- A... Am... ¿Amelia?


Pacino siguió a Victoria por el enésimo corredor, tratando de no perderle el paso. Había dejado de intentar preguntarse dónde estaba al cruzar la quinta bifurcación de cuadro de Dalí; iba a gritar hasta los huevos de no saber dónde estaba, cuando la mano de Victoria se plantó en su boca, exigiendo silencio.

Había un resplandor. Un resplandor al final del túnel.

Y voces. Yankis. Una mujer.

Vio a Victoria quitar el seguro y volver a preparar el fusil, así que hizo lo propio, Detective en la derecha y Llama en la izquierda, asomando el hocico al llegar a la entrada.

- C'mon! C'mon! Let's go! We don't have much time! (*1) -dijo el que parecía un mando.

- For now, maybe -sonrió la americana, tras lo que parecía un complejo ordenador en donde acababan mil cables-. But in a moment... All the time in the world! (*2)

Pacino suspiró, superado: aquella debía ser la sala de la Fuente.

Y era acojonante.

Parecía el cuerpo central de una iglesia, si la iglesia en vez de techo hubiese tenido un cielo estrellado e infinito. Columnas barrocas, retorcidas, futuristas, de metal, de piedra, se alternaban mezcladas en filas que no se acababan, perdiéndose en la oscuridad más allá de aquello que iluminaba el centro, a unos cincuenta metros, como un torrente de luz amarilla y blanca cayendo desde el infinito.

Aquello tenía que ser la Fuente.

Un árbol de luz. O quizás otra columna mucho más gruesa, alta, eléctrica, de resplandor y rayo. De ella, muy en lo alto, salían como ramas que se perdían en la oscuridad estrellada. En su base, a su alrededor, los mercenarios cargaditos de chalecos y hierro habían desplegado chismes colocados en trípodes y conectados con mangueras de cable negras. En total dos tíos y la americana.

- Como en las cuevas de Padre -mumuró Victoria-... El Tiempo buscándole, era esto...

- ¿Qué dices?

Victoria se santiguó.

- Que todo acaba aquí, Pacino -sonrió ella, cansada-. Este es el final de mi viaje. Es aquí donde curamos al Tiempo.


(*1) ¡Venga! ¡Venga! ¡Vamos! No tenemos mucho tiempo.

(*2) Por ahora, quizás. Pero en un momento, todo el tiempo del mundo.


Era Amelia, comprendió Alonso al tenerla frente a él sin aquel ridículo disfraz de gruesas gafas y grasiento peinado.

Había sido un mentecato redomado al no darse cuenta la primera vez que la vio.

- Vale. ¿De qué va todo esto? -oyó Alonso que decía Julián-. ¡De qué cojones va todo esto!

- De que Spínola necesita asistencia médica y Victoria y Pacino vuestra ayuda con Samantha Ferguson. -contestó Amelia-. Van cuatro hombres más con ella. Armas automáticas y kevlar -explicó mirando a Alonso-. Sólo ella lleva una pulsera de Darrow. La estancia de la Fuente está por ese pasillo.

Alonso siguió perplejo, el aliento perdido.

Acababan de dejar a Amelia al cuidado de cirujanos. ¿Qué broma era aquella? ¿Se había cambiado con la ingeniera Martina? ¿Martina había sido ella todo el tiempo?

- ¿Venís vos también del futuro por ventura? -replicó Alonso-. ¿Por qué no nos avisasteis? ¿Por qué no dijisteis nada de esto? ¡Podríamos haberlo evitado todo!

- Es complicado, Alonso -respondió ella-. Y no, no vengo del futuro. No del vuestro... Ojalá pudiera...

Alonso observó sin comprender, cómo aquella desconocida Amelia se encaraba con Julián. A él le dedicó otra caricia, que le sacó la mano llena de asquerosidad verde y media sonrisa. Alonso la vio sonreír, triste, como si a Julián tampoco, pareciera, lo hubiera visto en mucho tiempo.

- ¿Cómo complicado? ¿Por qué? -le preguntó Julián-. ¿Quién coño eres?

- Las pulseras de Darrow que conseguisteis en Tenerife, Coruña y Madrid, llevan una función de sincronía -fue todo lo que le quiso explicar-. Activadla para seguir a Ferguson o se os escapará. Detenedla a cualquier precio -añadió mirando a Alonso-, o esto no acabará.

- ¡Dime algo hija de la gran puta! -gritó Julián, harto-. ¡Joaquín me dijo que te conoce desde hace cinco años! ¡Podrías haber dicho algo! ¡De dónde coño vienes! ¡Qué haces aquí!

- Don Ambrosio morirá si no le ayudo a salir -se despidió ella, con una mirada de hielo-. Buena suerte.

Alonso quedó junto a Julián, viendo cómo aquella Amelia ayudaba a levantarse a Spínola para cargar luego con su peso y marchar ambos hacia la salida.

Iba a decir algo Alonso, mas no pudo.

Ruido de fusilería les llegó del corredor que había señalado la antigua ingeniera Martina.

Como había advertido, comprendió, debían ir a ayudar a Victoria y Pacino.

- Dame tu puta pulsera a ver si puedo buscar esa puta función -gruñó Julián mientras iniciaban camino a paso ligero-. Con un poco de puta suerte vivimos para coger un puto cáncer.