Flor de loto

Capítulo 28

Con pasos cautelosos entró a la habitación. A pesar de que el día estaba comenzando, aquel lugar carecía de luz, proveniente del exterior. En cambio, varias velas iluminaban tenuemente la habitación.

Su caminar era inseguro, pues no sabía si estando allí interrumpía un momento sagrado. Los últimos días invadían su memoria. Cada uno de los recuerdos que había ganado allí, en Roma, junto al emperador, quien se encontraba de pie a tan solo pocos metros. La luz de las velas iluminaba la silueta del gobernante. Aún cuando entró a ese lugar, el ojiazul no volteó a verlo.

-Emperador- Su voz tenue rompió el silencio por tan solo pocos segundos. Después de todo lo que había sucedido, no estaba seguro de cómo debía dirigirse al gobernante. Sin embargo, el papiro que sostenía en su mano derecha, era el aliciente que lo obligó a hablar. –No quiero interrumpir…- intentó decir. Estaba claro que el ojiazul hablaba con sus dioses en ese momento. Las velas formaban una especie de altar. Las imágenes de los dioses, algunos tétricos y otros de aspecto compasivo, yacía entre las pequeñas lucernas. No tenía conocimiento de la existencia de aquella habitación. Según había visto, cuando el emperador debía hablar con sus dioses, siempre acudía a los templos.

-¿Necesitas algo?- Ni enojo, ni fastidio ni frustración. La falta de emoción en las palabras del castaño le obligó a debatirse en cómo debía responder.

-No llegaste a la cama en toda la noche- susurró, respetando el hecho de que estaba presente frente a las imágenes de los dioses romanos. Después de haberse mostrado tan vulnerable la noche anterior, deshaciéndose en sollozos entre los brazos del ojiazul, terminó junto a Seto en la cama. Pero tan solo después de un par de besos, el castaño se apartó, alegando que tenía algo importante que hacer. Eso significó que estuvo solo durante toda la noche. Aunque no pretendía reclamarle al gobernante, muchos menos ahora que sabía dónde había estado el castaño durante todas esas horas. –Admito que no creí que fueras una persona que rezara a menudo-

-Tengo que ir a una guerra mañana. Es solo natural seguir las creencias- contestó el ojiazul, volteándose ligeramente y mirando finalmente hacia atrás, buscando la figura del príncipe egipcio.

Yami estaba ahí. Lo que había ocurrido la noche anterior no había sido un sueño. Los egipcios no habían logrado quitarle aquello que ellos mismo le obsequiaron.

Era obvio el por qué, la razón de su confesión. Aún lidiaba con dicha revelación, que lo había sorprendido. Pero cada vez que tenía la oportunidad de mirar a ese joven, parecía ser más sencillo asimilar la realidad, el extraño sentimiento que negó por tanto tiempo. La ligera sonrisa, el simple gesto que iluminaba el rostro bronceado. Los ojos carmesí, los más bellos que jamás había visto. El ideal de belleza no estaba entre los brazos de Venus, sino sobre la figura entera del egipcio.

Con solo un gesto, que consistió en alzar su brazo, ofreciéndole su mano al ojirubí; con ese gesto le pidió al joven que se acercara.

Pero su acción se llevó la seguridad del egipcio, quien dudó en acercarse, temiendo que aquello no fuera prudente.

-No merezco aún presentarme frente a tus dioses- profirió el adolescente. Un príncipe cuya humildad sobrepasaba la de un plebeyo.

-Que sean ellos quienes juzguen- afirmó el ojiazul, ofreciéndole aún su mano al joven, quien después de pocos segundos finalmente se atrevió a tomarla, sin dejar de mirar hacia el altar de forma nerviosa. Él, después de todo, era un extranjero. Y los extranjeros carecían de derechos en Roma. No quería parecer arrogante al presentarse frente a las deidades romanas.

Pero la mano del ojiazul sobre la suya, le transmitió la seguridad necesaria.

Cuando estuvo frente al altar, dirigió su mirada hacia el rostro del emperador. El papiro en su mano le recordaba la razón por la que estaba ahí. Sin embargo, no pudo evitar que su atención entera se enfocara en los ojos azules del emperador. Dormir solo, en una cama tan grande, no había ayudado en lo absoluto. Después de lo sucedido la noche anterior, sus deseos de estar al lado del castaño eran mayores. Más aún cuando ya conocía los verdaderos sentimientos del ojiazul.

Los ojos del gobernante, todo su rostro, lo hipnotizó por completo. Su mano la colocó sobre el hombro del romano, sin siquiera ser consciente de ello. Y, colocándose de puntillas, buscó los labios del otro.

Un gemido complacido escapó de su garganta, cuando finalmente pudo besar al castaño. Su cuerpo fue invadido por una cálida sensación, que lo obligó a buscar más del ojiazul. Con el papiro aún en su mano, enredó los brazos alrededor del cuello del romano.

Apenas logró separarse unos cuantos segundos, antes de que el castaño se encargara de volver a borrar la distancia entre sus labios. Colocando sus manos sobre la espalda del joven, lo atrajo más hacia sí. Tan solo el día anterior había pensado que lo perdería todo. El calor de aquel delgado cuerpo y los frágiles labios rosa que ahora besaba. Aún era difícil creer que Yami lo hubiera escogido a él por sobre su pueblo, y la familia a la que tanto amaba.

Que los dioses fueran testigos, de que el joven era suyo ahora. Presentándolo frente a las deidades, quería que estas comprobaran y se exaltaran por la belleza única del egipcio. Que las lágrimas de Venus los bañara a ambos. Las lágrimas de la diosa celosa, cuya tristeza sería causada por una imagen que superaba en perfección a la suya. Que los dioses favorecieran al joven, y lo protegieran de cualquier mal, mientras él estaba ausente. Más allá de eso no existía ninguna otra petición.

-Mnm- Un pequeño gemido, que el ojirubí dejó escapar, mientras se aferraba con mayor fervor a su cuello.

Sus manos se dieron a la tarea de explorar cada rincón de la espalda del joven, sintiendo la piel suave bajo las palmas. Los pequeños sonidos que emitía el egipcio ante sus caricias, encendían la llama en sus adentros. Deseaba a Yami. Pero más allá de un simple acto carnal. El deseo y la pasión iban más allá del placer del cuerpo. Nunca antes había sentido tan profunda necesidad. Y allí, frente a sus dioses, el momento se convertía en un elemento sagrado. La pureza del cuerpo del egipcio, demandaba algo más que simple lujuria.

Su confesión la noche anterior había sido sincera. La única emoción que se asimilaba al deseo que sentía, era la del amor. El sentimiento era pasional, loco y quizás estúpido, pero escapar a él era imposible. Y con el cuerpo de Yami junto al suyo, era inadmisible negarlo.

Lo siguiente que supo, fue que de alguna forma había terminado de rodillas, con Yami sentado sobre su regazo. Las piernas del egipcio a cada uno de sus costados. Aprovechó la posición para separar sus labios de los del príncipe, pues de pronto el cuello bronceado se convirtió en una tentación imposible de ignorar, más aún cuando el joven ojirubí se aferró a sus hombros, murmurando en medio de un gemido algo en un idioma que no conocía, cuando sus labios tocaron la sensible piel del cuello. Como parte de un juramento silencioso, marcó la piel de Yami con ligeras succiones y mordidas. Frente a los dioses, marcaba al joven como suyo. Mientras tanto, dicho egipcio se derretía en suspiros, sin saber lo que aquellas marcan representaban. Su mente no recordaba siquiera el lugar donde estaba. Solamente importaban las caricias del ojiazul. Solo necesitaba sentir el toque de fuego del emperador. Esas manos resbalando por toda su espalda. Involuntariamente, movía sus caderas sobre las piernas del ojiazul, en un baile silencioso.

Sin embargo, varios toques en la puerta los obligaron a detenerse. Yami abrió sus ojos, los cuales habían permanecido cerrados durante cada caricia. Y el gobernante, después de pensar que mataría a quien fuera que estuviera del otro lado de la puerta, dejó ir al egipcio. El ojirubí no dudó en separarse, poniéndose en pie y mirando hacia algún lugar lejano, queriendo de esa forma esconder su sonrojo. No estaba avergonzado por lo sucedido, sino por el lugar donde había sucedido. No creía que de esa forma lograra ganarse la simpatía de los dioses de Seto. Aunque mediante las caricias y los besos, pudo sentir el sentimiento más puro.

-Adelante- permitió el ojiazul, poniéndose también en pie.

La puerta se abrió, revelando a un esclavo, quien se inclinó levemente en reverencia, antes de hablar.

-Señor, una joven llamada Kisara ha llegado. Lo espera en el salón principal- Yami miró de manera preocupada al emperador, quien había apretado involuntariamente los puños tan pronto escuchó aquello. No podía el egipcio decir que el tema no le concernía. Se había llevado una gran sorpresa la noche anterior, cuando se enteró no solo de que Seto había estado comprometido, sino también que tenía un hijo. Al respecto no sabía cómo sentirse. Por un lado, el saber que el ojiazul tenía una familia desataba en su interior emociones parecidas a los celos, la frustración y hasta la tristeza. Pero también, cuando analizaba la situación con detenimiento, llegaba a la conclusión de que sería injusto negarle a Kisara y al niño el lugar que por derecho les pertenecía. Pero esto último, traía para él una interrogante; ¿dónde, entonces, quedaba él? Estaba claro que no formaba parte de la familia del gobernante. Aún se veía a sí mismo como parte de un acuerdo político. Pero al entregarle a Kisara el lugar que le pertenecía, ¿no perdería todo por lo que había luchado? Sin embargo, ¿qué clase de derechos tenía él? Estaba compitiendo contra una persona que fue la prometida del romano. Ciertamente no podía compararse con ella. Él solo era un príncipe extranjero. Y aunque doliera admitirlo, ahora solo era el amante del emperador.

-Seto- Solo esperaba, que al menos el emperador lo escuchara.

-¿Qué debo hacer?- La pregunta no la había esperado. Debido a eso, por varios segundos, solo pudo quedarse mirando incrédulo al romano.

-¿Estás pidiendo mi opinión?- preguntó.

-Las decisiones que tomé respecto a esto no han sido productivas- afirmó el ojiazul. De cierta forma, estaba casi dispuesto a hacer lo que Yami le dijera. De hecho, esa opción parecía ser la más razonable.

Un sonido lo obligó a mirar la mano del joven. Entre ella notó un papiro, el cual fue el responsable del ruido.

Yami, notando la mirada del ojiazul, habló.

-Es una carta… esta mañana…- Guardó silencio, cuando un nudo se formó en su garganta. Al despertar esa mañana, finalmente fue consciente de lo que había rechazado la noche anterior. El volver a casa, el ver a su familia de nuevo. –Es para mi familia. Quiero que sepan que estoy bien… Quería pedirte tu permiso para enviarla, junto con un objeto que es de infinito valor para mi pueblo- dijo, acercándose al ojiazul, hasta estar frente a él.

-No eres un prisionero- Alzó la mirada, juntando sus ojos con los del castaño. En su semblante, había duda. –Si quieres comunicarte con tu familia a través de cartas, pueden hacerlo. Cuantas veces lo desees. Tendrás a disposición a los mensajeros de más confianza- Estas palabras, hicieron que una sonrisa de agradecimiento se formara en los labios del egipcio. Los ojos carmesí se humedecieron ligeramente.

-Gracias- solo eso podía decir, a pesar del sentimiento tan fuerte que sentía en ese momento. Además de las palabras, abrazó con fervor al ojiazul, y lo besó, intentado transmitir con sus acciones aquello que no podía poner en palabras. Apoyó seguidamente la cabeza sobre el pecho del castaño, no queriendo separarse aún de él. El sentimiento de pertenencia era el más hermoso, aquel que lo hacía sentir en casa, cuando su cuerpo era envuelto por la calidez que le transmitía la cercanía con el gobernante. Pertenecía a ese lugar. Su familia siempre estaría en su corazón, pero necesitaba la cercanía con el ojiazul. No sabía cómo sobreviviría todo el tiempo que Seto estuviera lejos en la guerra.

-Llévame contigo- pidió, en un susurro. No quería quedarse allí, a esperar el regreso del ojiazul.

-Eso no es posible- Suspiró, cerrando fuertemente los ojos. Estaba claro que respecto a eso el romano no estaba dispuesto a negociar.

-No quiero que te vayas- confesó. El romano partiría al día siguiente. No sabía si podría soportar su ausencia.

-Es mi deber, no puedo renunciar a eso- afirmó el ojiazul, separando al joven de su pecho. Con su mano, levantó el mentón del egipcio, quien lo miró con el desconsuelo mostrándose fácilmente en el carmesí de sus ojos. Sin embargo, el joven le dedicó una diminuta sonrisa.

-Kisara está esperándote- susurró. Esta vez, fue el romano quien suspiró. Debía resolver este asunto ese día, pues el tiempo estaba agotándose. Sin embargo, no quería tomar la decisión esta vez, pues por primera ocasión no sabía si haría lo correcto.

-Dime qué hacer. Cualquiera sea tu sugerencia, la cumpliré- Las palabras volvieron a sorprender al joven.

-No creo que sea correcto…-

-Confío más en tu decisión que en la mía- interrumpió el ojiazul. Era la primera vez que permitía que alguien más decidiera por él. Y aunque el asunto era bastante personal, estaba cansado ya de tomar malas decisiones. Y Yami era quizás la única persona, además de Mokuba, en la que confiaba plenamente. –Si quedara a mi criterio, haría algo estúpido, de lo que quizás me arrepentiría- confesó. La noche anterior había sido benévolo, pero no sabía si ahora, que se encontraría de frente con su hijo, lo seguiría siendo.

-Me alegra saber que confías en mí- le dijo el egipcio. Y, sonriendo, continuó. –Sé lo que debes hacer-

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El sonido de pasos la obligó a ponerse a pie. Involuntariamente, escondió al niño detrás de sí. La inseguridad que sentía era mucha, sobre todo al estar en una situación tan vulnerable. No había forma de escapar ahora. Y aunque confiaba en el emperador, sabía que éste podría reaccionar de distintas formas. Aún no entendía, además, por qué de pronto el ojiazul se había mostrado interesado en conocer al niño, cuando intentó evitar eso por tanto tiempo.

Su mirada se centró en el emperador, quien caminaba hacia ella, al lado del príncipe egipcio. La presencia del joven le transmitió calma. Apenas lo conocía, pero sabía que el príncipe poseía un corazón noble y un alma bondadosa.

-Emperador- Se inclinó levemente. No se sentía del todo bien, pero de igual forma, era el gobernante de Roma quien estaba frente a ella. Su enfermedad, por el momento, debía ser ignorada.

El ojiazul no pudo evitar fruncir el ceño, cuando miró, ahora bajo la luz de la mañana, la gran palidez que inundaba la piel de la joven. Kisara se notaba cansada, con ojeras bajo los ojos. En ese estado, no sabía siquiera cómo ella podía mantenerse en pie.

-Estamos aquí como lo pediste- pronunció la ojiazul. Solo hasta entonces tuvo el valor suficiente como para dar el paso hacia un lado, revelando al niño que había estado detrás de ella.

El castaño se atrevió a bajar la mirada, escuchando cómo Yami suspiraba sorprendido. Pronto entendió el porqué de la sorpresa del egipcio. Frente a él se encontraba una copia en miniatura suya, vestido con una túnica gastada que, a su punto de visto, eran harapos de plebeyo. Con la piel más clara y los ojos de un azul ligeramente más claro, heredadas ambas características de Kisara. Fuera de eso sentía como si estuviera viéndose a sí mismo cuando tenía seis años.

Y entonces aparecieron las emociones. Incredulidad, sorpresa, enojo, remordimiento, inquietud… fue una mezcla de sentimientos enorme, que amenazaba con cortarle la respiración. A Kisara había sido fácil volver a verla. Pero ver al niño que rechazó y negó por tanto tiempo, era algo completamente distinto. Simplemente era imposible creerlo. La sola imagen era demasiado para él.

-En el tiempo que trabajé para su familia, aprendí a admirarlo, emperador. Por ello, espero me disculpe por haber utilizado su nombre para llamar a mi hijo- explicó la joven. Estaba claro que no le había dicho la verdad al niño. Sus palabras, más bien, hacían creer que ella había sido una sirvienta, al servicio de la casa del gobernante.

Por un lado, fue un alivio para el castaño saber que Kisara no había sido imprudente respecto a eso. Por el otro, sin embargo…

-¿Lleva mi nombre?- No sabía si sentir enojo o sorpresa, aunque la primera opción parecía ser la más factible.

-Solo el praenomen (1)- le dijo la joven, aunque eso estaba bastante claro. Después de todo, jamás reconoció al niño, por lo que no era posible que llevara su nombre de familia.

Y sin embargo, al ver que compartían una similitud no solo en apariencia, sino también en nombre, la sofocante sensación volvió a presentarse. Por todos los medios posibles, intentó no volver a mirar al niño.

Solo hasta que sintió cómo Yami lo tomaba del brazo, entendió que había intentado alejarse. Realmente, esa opción era la más tentadora. Fue un error el permitir que Kisara trajera al niño. No estaba dispuesto a seguir prestándole su atención a un tema que ya estaba en el pasado. Pero la mano de Yami sobre su brazo, le impidió alejarse, cuando por segunda vez lo intentó.

-No puedes seguir ignorando esto- susurró Yami, mirando firmemente al ojiazul. –Lo quieras o no, ellos son tu responsabilidad…- Se detuvo, cuando el ojiazul tomó su mano con fuerza, apartándola de su brazo.

-Eso lo decidiré yo- Yami solo pudo suspirar, cuando el gobernante se alejó. Estaba claro que el castaño se había retractado de hacer lo que él le había sugerido. Sin embargo, no iba a rendirse tan fácilmente.

Miró a Kisara.

-Síguelo- le pidió, ganándose una mirada sorprendida de parte de la joven.

-Pero…- intentó decir. Era imposible que Seto la escuchara a ella.

-No me escuchará a mí. Yo ya dije lo que tenía que decir. Además, este asunto es entre ustedes. No quiero interferir más de lo necesario. Estoy seguro que te escuchará- explicó el ojirubí. Esta vez, no quería insistir con el emperador. No era su lugar. Ya le había dado su consejo al gobernante. Más allá de eso no podía hacer nada.

-Es imposible… nunca me ha escuchado- profirió la joven, con semblante entristecido. –Hay más probabilidad de que te escuche a ti-

-¿Por qué lo crees?-

-Porque te ama- Yami sonrió ligeramente. Dando tres pasos hacia la joven, hasta estar frente a ella, colocó sus manos sobre los delgados hombros. Y se inclinó, para susurrarle al oído.

-¿Y crees que no te aprecia a ti? Es difícil de ver, pero no dudo de que ocupas un lugar en su corazón que nadie más podrá ocupar… ni siquiera yo. Y su última acción, no fue suscitada por el odio… sino por el arrepentimiento. Ver al niño que negó por tanto tiempo fue demasiado. Y si no pudiste ver esa culpa en sus ojos… quizás no lo conoces tan bien como pensaba- Se alejó, y le sonrió a la joven, quien lo miraba incrédula. –Alcánzalo- pidió de nuevo. –Yo cuidaré del niño mientras tanto- ofreció segundos después.

Los ojos de la joven comenzaron a humedecerse. Fue así como la ojiazul asintió.

-Gracias- agradeció. Yami solo asintió.

-Ve- le pidió una vez más.

Cuando la joven obedeció, se quedó inmóvil por unos segundos. Luego, miró hacia donde estaba el niño, quien también lo miraba, como temor y confusión en sus ojos azules. No pudo evitar sonreír ante tal imagen. Era como mirar al emperador de niño. El mismo tono castaño del cabello, el similar peinado, y los ojos azules, que aunque eran más claros que los del gobernante, le recordaban al romano.

Caminó hacia el pequeño, quien se mantuvo donde estaba. Se arrodilló luego, para mirar mejor al menor.

-¿Estás bien?- preguntó.

-Confundido- Por primera vez, la voz infantil se escuchó.

-Cosas de adultos. No debes preocuparte por eso- profirió el ojirubí. -Por cierto, mi nombre es Yami- agregó. Era imposible no querer a ese niño. Y aunque de cierta forma le entristecía y encelaba el hecho de que Seto tuviera un hijo y una ex prometida, no podía negar que, por otra parte, la vida de esa pequeña persona era un regalo. Y el solo hecho de saber que el niño era el hijo de la persona a la que amaba, hacía que el cariño comenzara a formarse en su interior.

-¿Eres extranjero? Es decir… tu manera de vestir y tu acento… y también tu nombre parece extranjero- preguntó, la curiosidad asomándose en su voz. –Quiero decir… ser extranjero no es malo solo…- intentó rectificar. Su madre siempre le había que no debía ser descortés con los demás.

Yami rió ante las acciones del niño, quien se sonrojó levemente. El corazón del egipcio pareció dar un salto cuando miró aquella imagen. El niño era verdaderamente adorable.

-Está bien, no te preocupes. Soy egipcio- le dijo. Aunque le sorprendió la reacción del menor, quien saltó emocionado.

-¡No! ¿Es enserio?- preguntó.

-Sí, es enserio- afirmó el ojirubí, sonriendo abiertamente. -¿Por qué estás tan emocionado?- interrogó.

-Es solo que me gusta mucho la cultura egipcia- respondió el niño.

-¿De verdad?-

-Sí. Las pirámides, las leyendas mitológicas. Ra, Osiris…-

-¿Conoces a mi dioses?- preguntó el egipcio.

-Sí… al menos a la mayoría. Es que son muchos- respondió el menor. –Por cierto, perdona mis modales. Mi nombre es Seto, y es un gusto conocerte- dijo de pronto, extendiéndole la mano al egipcio. Yami, riendo, tomó la mano ofrecido, estrechándola por unos segundos.

-El nombre del emperador- le dijo.

-Mi mamá lo admira mucho, por eso me llamó como él. Ella solía trabajar aquí- explicó.

-¿Enserio?- preguntó el ojirubí. Estaba claro que Kisara no le había mencionada nada al niño respecto a su relación con el gobernante. Al respecto, no estaba seguro de cómo debía sentirse. Después de todo, era injusto que el niño no tuviera un padre. Para él, su padre siempre fue un gran soporte.

Suspiró intentado olvidar la imagen del Faraón que había aparecido en su mente. La muerte de su padre aún dolía, pero no podía detenerse a pensar en eso. Al menos no en ese momento.

-Trabajaba como cocinera. Y no lo dudo. A pesar de que no podemos darnos muchos lujos respecto a la comida, mi mamá prepara una comida exquisita- explicó.

-Ella es una excelente persona. Tienes suerte de que sea tu mamá- afirmó el ojirubí. -¿Y tu papá?- se atrevió a preguntar. No quería entrometerse, solo quería saber si el niño guardaba algún tipo de resentimiento al respecto.

El semblante del menor de inmediato decayó. Y, alzándose de hombros, susurró unas palabras.

-No sé nada de él. Mi mamá me ha dicho que es una persona buena… ¿pero cómo puede ser buena si nos abandonó?-

-¿Los abandonó?-

-Mi mamá nunca lo ha dicho abiertamente… pero es lo más obvio. Y no creo que esté muerto. A veces creo… que tal vez nos abandonó por mi culpa- Al escuchar eso, el egipcio de inmediato tomó el rostro del menor con sus manos, acariciándolo ligeramente.

-No digas eso. Ni siquiera lo pienses- pidió. Aunque era cruel pensar que la realidad era esa, no por eso el niño debía sentirse culpable.

-Eso solo que… mi mamá trabaja mucho para mantenerlos. Y así no debería ser. Quiero ayudarla pero solo tengo seis años y… ahora ella está enferma. ¿Sabes lo que sucederá si ella muere?-

-No pienses en…-

-Me quedaré solo y entonces me venderán como esclavo…-

-Eso no sucederá, te lo prometo- interrumpió el príncipe. –No lo permitiré jamás- agregó. Sus palabras eran honestas. Si bien el niño no tenía ningún tipo de parentesco con él, no podía permitir que ningún daño le sobreviniera.

-¿Por qué prometes? Apenas nos conocemos- interrogó el menor.

Ante esto Yami sonrió.

-Porque eres el hijo de la persona a la que amo- pensó. Aunque por supuesto no lo dijo en voz alta.

-Lo prometo y lo cumpliré. Si tu madre llegara a faltar algún día, yo te protegeré. ¿Está bien?- No podía creer la convicción que transmitía su voz. Pero el amor que sentía por el emperador, lo obligaba a apreciar a cada miembro de la familia del ojiazul. Ya fuera que el gobernante los hubiera o no reconocido como tales.

-Está bien. Gracias, Yami- susurró el menor. Aunque alzó la mirada de pronto, centrando sus ojos en los del egipcio. -¿Está bien que te llame por tu nombre?- El ojirubí asintió de inmediato.

-Claro que sí- afirmó. –Ahora, ¿no quieres que te hable un poco acerca de mi cultura?- preguntó, intentando alegrar al menor. Y lo logró de forma inmediata.

-¿Enserio? ¿Podrías hablarme de literatura… o política… o quizás enseñarme a hablar egipcio?- preguntó emocionado.

-¿Literatura y política? ¿Te gusta eso?- interrogó sorprendido el ojirubí.

-Sí. Sé que solo tengo seis años, pero me gusta… sobretodo la política. Puede parecer aburrido. Los niños no querían jugar conmigo porque les parecía aburrido que les hablara de pronto acerca de los cargos públicos o la política de impuestos. Pero es lo que me gusta- respondió.

-Bueno, supongo que puedo hablarte un poco sobre eso- mencionó el egipcio. –Pero primero, sentémonos, porque ya me duelen las rodillas- comentó, levantándose. Sus piernas protestaron de inmediato, pero ignoró la molestia. No había sido buena ido permanecer arrodillado por tanto tiempo.

Notando la estatura baja del niño, lo alzó, sentándolo segundos después sobre uno de los asientos largos. Se sentó a su lado y habló.

-¿Por dónde empiezo?- preguntó.

-Quizá por la cabeza del gobierno de Egipto. El faraón y la familia real- propuso el menor.

Yami sonrió.

-Excelente elección. Conozco todo sobre la familia real- afirmó.

-¿Enserio? ¿Trabajaste en el palacio?-

-No, de hecho viví en el palacio. Soy uno de los príncipes de Egipto. Y antes de venir a Roma, era el heredero al trono- comentó, sin poder evitar reír, cuando miró cómo los ojos del niño comenzaban a brillar.

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-Seto, espera, por favor- pidió la joven, siguiendo insistente al castaño. No sabía cuánto tiempo había pasado ya, pero su cuerpo comenzaba a reclamarle. Su visión se nublaba por segundos y sus piernas temblaban. Pero se negaba a darse por vencida.

-Me desobedeciste al venir a Roma. Y ahora resulta que el bastardo lleva mi nombre- pronunció el ojiazul. Realmente no era furia lo que sentía, sino frustración. Y aunque le costara admitirlo, dicha frustración estaba dirigida a sí mismo.

-Pero no es el nombre de tu familia…-

-¡Es lo mismo!- exclamó.

-Seto, por favor, solo escúchame- rogó la ojiazul, sintiéndose más agotada con cada paso que daba. No sabía por cuánto tiempo más podría aguantar.

-¡Estoy harto de este tema, Kisara! Fui claro la primera vez…-

-Pero anoche…-

-No quiero hablar de anoche- afirmó con firmeza. –Quizás cambié de opinión- susurró luego, apresurando su caminar.

-Seto, espera…- La joven intentó seguir caminando, pero un fuerte mareo la inundó, nublándole por completo la vista. Sus piernas dejaron de responder y como consecuencia cayó pesadamente al suelo, sobre sus manos. Involuntariamente, sus palabras se convirtieron en una débil exclamación de dolor.

Y cuando se encontró a sí misma allí, sobre el frío suelo, las lágrimas comenzaron a caer. Aunque quisiera no podía seguir insistiendo. Además, cuando lo pensaba bien, no quería obligar a Seto a hacer algo que no quería. No tenía caso. Él era el emperador de Roma. Y ahora, ella era solo una plebeya. Su palabra no tenía valor. Su vida tampoco. El gobernante no tenía la obligación de escucharla. Ya no era su prometido. Solamente era el hombre al que amaba. El mismo de quien se había enamorado años atrás.

Su cuerpo temblaba ante los sollozos. Intentaba no hacer ruido, solamente derramar las lágrimas del desconsuelo y la resignación. Dolía terriblemente saber que por ella el gobernante no sentía nada. Yami se había equivocado. Ella nunca logró causar la mínima emoción en el ojiazul. Lo envidiaba realmente, a ese príncipe egipcio. Tan solo tardó unas semanas en lograr lo que ella nunca pudo. Y el rechazo dolía en demasía. Pero más dolía saber que su hijo estaría desprotegido.

Y sin embargo, una mano bajo su mentón personificó su recuerdo más hermoso. Alzó la mirada, mostrándole el rostro y sus lágrimas a la persona que estaba frente a ella. Las lágrimas se apresuran en caer, cuando reconoció a la persona. Tal y como había sucedido cuando se conocieron, aquel día mientras ella lloraba en los jardines de su casa. Una mano en su mentón, los ojos azules, y las primeras palabras: '¿Por qué una niña tan bella llora de esta forma?'. Tanto tiempo había transcurrido, pero aquella imagen y aquellas palabras siempre estarían presentes en su mente. Tanto había cambiado, y sin embargo la persona era la misma. Su amor de la infancia, quien fue su prometido y el padre de su hijo. A pesar de que jamás logró ganarse el amor del ojiazul, este le había dado el mejor obsequio. El ser madre era lo mejor que le había sucedido. Y aunque siempre amaría al gobernante, antes que nada era una madre que buscaba proteger a su hijo.

Pero a veces era demasiado, y la carga era pesada.

Temerosamente, sus manos temblorosas las colocó sobre la toga del castaño, sobre su pecho. Necesitaba un soporte, no físico sino emocional. Solo necesitaba unos momentos. La cabeza la apoyó después, también contra la toga blanca, sobre el lado izquierdo del pecho del gobernante. Un tímido abrazo, que sin embargo causó tal choque de emociones que los sollozos volvieron a escucharse.

Había luchado sola por mucho tiempo, anhelando algún día poder regresar. Y aunque ahora el corazón del emperador le pertenecía a alguien más, su sola cercanía era suficiente.

-Estoy cansada… muy cansada- susurró, aferrándose a la vestimenta del ojiazul. Sin saberlo sus llantos causaban una guerra de emociones en el interior del castaño. El remordimiento, una emoción que en solo contadas ocasiones había sentido, carcomía ahora sus adentros. Solo en ese momento, supo cuánto daño le había hecho a Kisara. Por simple egoísmo, había rechazado a la única amiga que tuvo. A una joven quien podría ser la perfecta esposa. Y no solo a ella, sino también a su propia sangre. Porque no podía negar la existencia de su hijo, aunque se esforzara por intentarlo. No era la profecía la que lo detenía ahora, sino su propio arrepentimiento.

Lentamente, muy lentamente, rodeó con sus brazos el frágil cuerpo. Había pasado muchos años desde la última vez que abrazó a la joven. Y aun así, la acción fue casi natural. Pronto, se encontró a sí mismo peinando con los dedos el cabello de la ojiazul. Solía hacer eso, antes, en un tiempo lejano.

Pero aun así, el remordimiento continuaba presente. Y quizás ni siquiera las palabras podrían borrarlo. Sin embargo, de pronto sintió la necesidad de decirlo, de humillarse y aceptar sus errores.

-Perdóname- La palabra, simple pero con un significado gigantesco. Como si fuera una palabra pronunciada en un idioma de un reino lejano. Extraña se sintió en su boca y mucho más extraña en pronunciación.

Y aunque era extraña para él, Kisara levantó el rostro. Incredulidad, la más pura y sincera. De todo lo que pensó que escucharía, eso jamás se había mostrado como una posibilidad, ni siquiera la más remota.

-No puedo creer lo que acabas de decir… pero has tenido mi perdón desde el principio- afirmó la joven. Solo una mujer bienaventurada podía descartar todos los años de rechazo y las amenazas.

Las palabras de Yami, el consejo que el egipcio le había dado acudió a su mente. Y aunque al principio planeaba seguir lo que el joven le había dicho por simple temor a ser él quien tomara la decisión, ahora lo hacía porque realmente quería, y porque estaba de acuerdo.

Era lo mínimo que podía hacer, después de todo el daño que había causado.

-Mientras te recuperas, te quedarás aquí con el niño. Te retribuiré por todo lo que te he quitado. Les daré la condición de patricios… a ambos. Y cuando estés recuperada, te daré una de mis villas en el campo… la que quieras, y suficiente dinero para que vivan con comodidad. O, si no deseas salir de Roma, puedes quedarte aquí. Esa es tu decisión- afirmó, obteniendo a cambio una llorosa y agradecida mirada. Sin embargo, en el semblante de la joven aún había rastros de inseguridad.

-¿Y si muero? ¿Si no logro recuperarme… qué sucederá entonces?- preguntó. Esa era su mayor preocupación.

-Si eso sucede me aseguraré de que nada le falte al niño- respondió el ojiazul. No podía hacer nada más, de nada serviría seguir huyendo. Ahora tenía que enfrentar la situación. Y quizás Yami sí tenía razón. Quizás sí era su responsabilidad. –Te doy mi palabra- finalizó de esa forma, convirtiendo sus palabras en un juramento. Y él siempre cumplía su palabra.

Después de eso, solo se escucharon los sollozos de la joven. Aunque detrás de ellos, estaba la felicidad.

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-No puedo creerlo. Tu vida es tan interesante- afirmó el menor.

-¿Eso crees?- preguntó el egipcio.

-Claro, debe ser increíble ser un príncipe- Yami sonrió de forma agridulce, al captar de inmediato la gran ironía de esas palabras. –Pero dejaste tu futuro como faraón para venir a Roma. Debes amar mucho al emperador, ¿cierto?- preguntó, sonriendo de manera casi maliciosa.

El egipcio no pudo evitar sonrojarse.

-No… el emperador y yo…-

-¡Ah, Yami, vamos! Si parecen una pareja de recién casados. Lo regañas como si fueras su esposa- comentó entre risas. –Y tienes marcas de mordidas- señaló con su dedo, tocando suavemente los lugares donde la piel del egipcio se había enrojecido. –Aquí, y aquí… y en todo el cuello- afirmó.

-Eso es…- intentó decir el ojirubí, completamente avergonzado. Tendría que hablar con Seto respecto a dónde debía dejar marcas y adónde no.

-Yami, podré tener seis años, pero no soy tonto-

-De hecho eres muy inteligente para tu edad- susurró el egipcio.

-Seto- La voz femenina hizo que ambos miraran hacia la izquierda.

-¡Mamá!- exclamó de inmediato el niño, saltando del asiento para correr y abrazar a la joven.

Yami, por otro lado, buscó con la mirada al emperador. Y lo encontró después de pocos segundos, al lado de Kisara. Era bastante obvio que la ojiazul había estado llorando, por lo que miró al castaño de manera interrogante. Éste, al notar que el egipcio lo miraba, se acercó, hasta sentarse a su lado.

-Así que…- empezó el príncipe.

-Dije que haría lo que me pidieras- contestó el ojiazul. Yami sonrió abiertamente.

-No creo que lo hayas hecho solo porque te lo haya pedido. Eres el hombre más obstinado que haya conocido- afirmó el joven.

-¿Y se supone que eso es un cumplido?- preguntó el romano.

-No realmente- comentó, antes de acercarse y darle un corto beso al ojiazul. Luego, se separó pocos centímetros, sintiendo aún la cercanía de sus labios con los del romano. –Pero eso sí lo fue- susurró, sonriendo ligeramente.

-Mamá, ¿puedes creer que Yami es un príncipe… de Egipto? Me estaba contando sobre su vida en el palacio… ¡y es increíble!- Las exclamaciones emocionadas irrumpieron con el momento, causando que Yami rieron durante un par de segundos.

-¿Ahora que tendremos a dos Setos en casa, cómo debería llamarte para diferenciarte?- preguntó el ojirubí. -¿Setito, quizás?-

-Hazlo y me veré en la obligación de encerrarte en una habitación por el resto de tu vida- contestó el castaño. Yami solo sonrió ante la falsa amenaza. -¿No te molesta esto?- preguntó de pronto el ojiazul, cambiando el tema.

Yami apartó la mirada, suspirando.

-Es lo justo, Seto. Debes cuidar de ellos. Admito que esto ha sido una sorpresa pero… no quiero ser egoísta. Además, el pequeño Seto es un niño adorable, y muy inteligente. Creo que la presencia de un niño alegrará este lugar- afirmó. –Solo tiene seis y ya le gusta la política y la literatura, ¿no es así, pequeño?- preguntó, alzando la voz para que el niño lo escuchara.

-¿Disculpa?- preguntó el menor, quien había estado contándole emocionadamente a la ojiazul acerca de todo lo que Yami le había dicho respecto a su cultura.

-Te gusta la política y la literatura- repitió.

-Sí, me gustan mucho ambas cosas- contestó el menor.

-¿Y qué sabes acerca de la política de Roma?- Yami miró con cierta sorpresa al emperador. No había esperado que el ojiazul se dirigiera directamente al niño. De hecho, por primera vez, el gobernante juntó sus ojos con los del menor. Aún no se sentía del todo cómodo con la presencia del niño, pero quisiera o no, ahora debía adaptarse.

El menor se alzó de hombros.

-Puedo decir algo bastante sencillo. Aparte de la etapa de transición política que está ocurriendo, del sistema republicano o a la autocracia, sé que los senadores son unos idiotas-

-¡Seto!- exclamó Kisara de inmediato, sosteniendo al niño por los hombros y reprendiéndolo con la mirada. Yami, por otra parte, no pudo evitar reír ante semejante comentario. –No debes hablar de…-

-De hecho, esa fue una buena respuesta- interrumpió el gobernante, sorprendiendo tanto a Kisara como a Yami, y haciendo que el niño sonriera con orgullo. –Y estoy de acuerdo, sobre todo con la última parte- mencionó. Después de todo, a su criterio, los senadores realmente carecían de cualquier tipo de intelecto. Idiotas, esa era una buena forma de describirlos. Quizás ese niño sí era inteligente, como había dicho Yami. No esperaba menos de una persona que compartía su sangre. Y aunque la incomodidad y hasta la frustración hacia la presencia del menor aún lo molestaba bastante, sabía que después de haberle dado su palabra a Kisara, no podía retractarse. La única opción que quedaba, era aprender a vivir con la presencia del hijo al que había negado. Aunque no pensaba reconocerlo, eso estaba claro. Sin embargo, estaba seguro que la sola presencia de su ex prometida en su palacio, y la de un niño que guardaba un curioso parecido a él, desataría rumores por toda Roma. Solo esperaba que pudiera controlarlo, pues no quería tomar medidas drásticas. Ya había herido a Kisara lo suficiente.

-Estoy aprendiendo más cada día. Desde que mamá me enseñó a leer he leído cuanto escrito he podido encontrar. Sin embargo, no tenemos muchos pergaminos en casa… así que al final he leído todos varias veces. Poesía, política, historia… cualquier cosa- explicó el menor. Ante sus palabras un pensamiento cruzó por la mente del gobernante. Si al niño le gustaba leer, había un lugar en el palacio que sería el lugar perfecto para él.

Lo pensó detenidamente, antes de ponerse en pie.

-En ese caso, tengo algo que imagino que te gustará- comentó, caminado hacia el pasillo más cercana, e indicándole en silencio al menor que lo siguiera. Era difícil mirar al niño a los ojos. No sabía si era remordimiento, o enojo, o simple nostalgia. Pero por el bien de su paz mental, debía superar aquello. O al menos intentar ignorarlo. Además, y aunque pareciera extraño debido a su carácter reservado e indiferente, siempre había tenido un punto débil para con los niños. Después de prácticamente criar a Mokuba, imaginaba que, aunque no quisiera aceptarlo del todo, ese instinto paternal seguía presente de alguna u otra forma. Mokuba había sido, después de todo, su mayor soporte durante muchos años. Y cuidarlo había sido para él la mejor experiencia.

El niño miró a su madre, preguntándole silenciosamente si podía ir tras el gobernante. Kisara, por su parte, miró a Yami.

El egipcio le sonrió y asintió, tranquilizándola con su mirada. Podía claramente ver las muchas emociones en los ojos de la joven.

-Ve- le indicó la ojiazul al menor, quien sonrió abiertamente y corrió tras el gobernante dando pequeños saltos.

Tan pronto el niño se hubo alejado, Kisara se sentó el lado de Yami. Y, cubriéndose los ojos con las manos, comenzó a sollozar.

-Espero que esas lágrimas sean de alegría- susurró el egipcio.

-No busco que lo reconozca… solo quiero que él tenga una figura paterna. Jamás pensé que este día llegaría- murmuró entre los sollozos. El dolor de cabeza comenzaba a presentarse, pero eso ya no podía arrebatarle la felicidad.

-No debes emocionarte tanto. No creo que sea bueno para tu salud- le dijo el egipcio, notando la mueca de dolor que apareció por unos segundos en las facciones de la joven, quien lo miró, con agradecimiento.

-Eres tan noble, príncipe. Tan compasivo… permitiendo que yo, que fui la prometida de la persona a la que amas viva aquí, con su hijo…-

-No estoy siendo compasivo, estoy siendo justo. Como madre de ese niño tienes un derecho, que nadie te puede quitar. No puedo ser egoísta. Mucho menos sabiendo que necesitas ayuda- profirió el ojirubí. Aunque siempre sentiría ciertos celos, no iba a permitir que estos fueran un obstáculo. –Y sobre el niño… es el hijo de la persona a la que amo. Solo eso es suficiente- afirmó. De cierta forma, estaba agradecido con la joven. Un niño, desde su punto de vista, era un milagro. Un regalo que él jamás podría darle al gobernante. Por eso estaba agradecido de que Kisara, quien era una mujer virtuosa y de buenos sentimientos, fuera la persona quien hizo realidad ese milagro. No podía sentir resentimiento, ni dejarse llevar por los celos.

-Ahora entiendo por qué Seto se enamoró de ti. No puedo pensar en nadie mejor para él. Ni siquiera yo- comentó la joven. –Hazlo feliz… es lo único que puedo pedir-

Yami, sonriendo, asintió.

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-Por todos los dioses…- susurró con profunda sorpresa el niño. –Estoy en el paraíso- afirmó segundos después. Pergaminos, pergaminos por todos lados. Las paredes, cubiertas por estantes, resguardaban una cantidad casi infinita de pergaminos. Y, sobre el escritorio en medio de la gran habitación, había más pergaminos. Solo el piso de mosaico colorido y el techo estaban descubiertos.

Sin poder contenerse un segundo más, se acercó, tomando uno de los pergaminos con sumo cuidado y desenrollándolo con delicadeza.

-Catón- murmuró, sonriendo. Volvió a enrollarlo y buscó otro pergamino. Y así lo hizo varias veces, mirando específicamente el nombre de los autores. -Catón, Cicerón, Livio, Virgilio, Nepote… ¡Todos están aquí!- exclamó emocionado. -¿Puedo leerlos todos?- preguntó entonces, mirando al emperador, quien estaba a poca distancia, detrás del menor.

-Mientras dejes los pergaminos donde los encontraste, puedes leer cuantos quieras- afirmó el gobernante. Tenía que admitir, que mirar al niño tan emocionado le traía un extraño sentimiento de satisfacción. Casi el mismo que sintió, en un pasado, cuando le regaló un juguete nuevo a Mokuba, o cuando éste reía sin parar cada vez que lo cargaba en su espalda. Quizás no fue mala idea traer al niño allí.

-¡Prometo que mantendré el orden!- exclamó el menor. –El problema es que no sé por dónde empezar-

Sin que el gobernante siquiera lo notara, una muy ligera sonrisa se formó en sus labios. El hiperactivo niño quizás sí lograría alegrar más ese lugar.

-Así que aquí estaban- La voz conocida, y los brazos que se enredaron alrededor de su cintura. Cuando volteó la mirada, se encontró con ojos carmesí que lo miraban, de una manera tan emocional que su respiración se cortó por algunos segundos. –No sabía que eras tan bueno con los niños, Seto- agregó el egipcio, acercándose para besar la mejilla del ojiazul.

-¡Mamá, mira! Hay pergaminos por todos lados. ¡Y puedo leerlos todos!- De nuevo, la voz emocionada del menor se escuchó.

-Es un poco hiperactivo, ¿no crees?- susurró el castaño. Yami rió ligeramente.

-¿Herencia del padre, quizás?- preguntó.

-Claro que no. Eso viene de su tío. Mokuba solía ser así cuando era niño- afirmó el gobernante.

-Seto, no me digas que nunca en la vida fuiste al menos un poco hiperactivo. Todos los niños pasan por esa etapa- profirió el ojirubí, en son de broma.

-Quizás yo era un niño extraño…-

-¿Ni siquiera una pequeña travesura?- interrumpió el egipcio. -¿Ni una sola?- insistió.

El ojiazul suspiró.

-Una vez, cuando tenía siete años. Involucró a mi tutor, plumas y arcilla fresca- confesó. Ni siquiera Mokuba sabía de esto. No estaba seguro de por qué se lo decía a Yami.

Sin embargo, al escuchar al joven reír, llegó a la conclusión de que quizás no era tan malo.

-¿Es enserio?- preguntó entre risas el ojirubí.

-Quería un pájaro como mascota. Mis padres no lo permitieron… Pensé que convertir a mi tutor en un pájaro era una buena forma de protesta. Aunque estuvieron cerca de castigarme de por vida- Cuando terminó de hablar, Yami estaba sonrojado por reír tanto. Simplemente pensar en lo que había escuchado era mucho.

-Me superaste. De niño amaba hacer travesuras… pero nunca se me habría ocurrido algo así- habló, sonriendo, y suspirando para calmar su agitada respiración. Subió la mirada para centrar sus ojos en los del romano. Sin poder resistirse, se colocó de puntillas, para poder besar los labios del otro. –Te amo, Seto- susurró cuando se hubo separado.

-Si quieres empezar con tus romanticismos, será mejor que salgamos de aquí- advirtió el ojiazul.

-¿En qué estás pensando, Seto?- preguntó intrigado el ojirubí, teniendo una creciente sospecha acerca del verdadero significado de esas palabras.

-Que mañana iré a la guerra, y que por lo tanto es imprescindible aprovechar la tarde… y la noche- respondió el castaño.

Yami, a pesar de que había esperado una respuesta similar, no pudo evitar sonrojarse. Y sin embargo, la expectativa apareció.

Miró a Kisara, quien estaba ocupada escuchando las palabras emocionadas del niño.

-Kisara- Pero antes de que él pudiera hablar, Seto se le adelantó. –Llamaré al médico para que comience lo antes posible con el tratamiento. Por ahora, Yami y yo no retiramos. Casi todas las habitaciones están desocupadas, escoge la que quieras- indició el ojiazul.

-Muchas gracias- agradeció la joven, sonriendo. El alivio estaba presente en sus facciones, y casi todas sus preocupaciones habían desaparecido.

El futuro, ahora, se mostraba esperanzador.

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-Seto, por favor…- Los gemidos constantes del joven, su respiración entrecorta, y las súplicas. Era una de las imágenes más sublimes que había visto. El rostro del egipcio contorsionado por el placer, aquel que solo él podía entregarle. Yami era suyo. Solamente suyo. Y ahora, que se ausentaría por algún tiempo, quería dejarle en claro al joven a quién le pertenecía. -¡Ah, Seto!- La dulce melodía que entonaba el príncipe con cada uno de sus gimoteos, bastaba para hacerle perder el poco auto control que le quedada.

Acercó su rostro al del joven, quien se encontraba sobre sus brazos y sus rodillas sobre la cama. El blanco de las sábanas brindándole un aspecto sensual al rosado de sus mejillas. El bello joven mantenía de lado su rostro, para no sofocarse contra las sábanas. Sus ojos, fuertemente cerrados, eran los testigos del placer que su cuerpo estaba sintiendo.

Mientras se acercaba al joven le besó la espalda bronceada, la piel sin marca. Desde la espalda baja hasta sus hombros, no quería que ni un solo espacio quedara sin su marca. Aún estaba embelesado con el cuerpo de ese joven, como lo había estado desde aquella primera noche. Perfecto. La única palabra que podía describir la imagen que tenía al frente.

Bajando su rostro, besó la frente del egipcio, quien abrió sus ojos, manteniéndolos entrecerrados y cerrándolos por varios segundos cada vez que los dedos dentro de sí tocaban la zona que lo obligaba a retorcerse del placer. Su sonrojo aumentó cuando miró los ojos azules del emperador, nublados por el deseo. El deseo dirigido hacia su cuerpo, hacia su ser entero. Seto lo deseaba, y él también deseaba a Seto. Más de lo que podría imaginar, imposible de colocar en palabras. Su ser unido con el del romano, entregados ambos ante el más divino goce. Quería ser solamente del ojiazul. Solamente pertenecerle a él.

-Dime lo que deseas- Las seductoras palabras, unidas a sus propios gemidos y al movimiento de sus caderas, que buscaban más de ese placer que recibía de los dedos del castaño.

-Seto…- El habla le faltaba, y apenas pudo susurrar el nombre. Su respiración agitada no le permitía hablar con coherencia, y los fuertes latidos de su corazón borraban de su mente las sílabas.

-Dime lo que deseas- La respiración del castaño sobre su mejilla ardía y aumentaba esa sensación de deseo.

-Hazme tuyo- Pudo hablar finalmente, entre jadeos y gemidos, apretando las sábanas con sus manos. –Tómame… ámame… por favor…- susurros incoherentes, pero salidos de las profundidades del corazón.

Hermoso, perfecto. No existía una palabra que pudiera abarcar lo que Yami era para él. Pero tenerlo así, suplicando y gimiendo bajo su cuerpo, era una descripción del deseo. Y hacer suyo ese cuerpo, y por ende hacer suyo cada aspecto del egipcio, era una necesidad embriagante.

El cuerpo del joven se arqueó, y la delicada boca del ojirubí se abrió, cuando sus dedos fueron reemplazados por su erección.

-¡Seto!- A su nombre le siguieron palabras en un idioma desconocido. Pero la pronunciación de cada sílaba, aumentó su deseo de poseer al joven. Moviendo sus caderas contra las del ojirubí, estableció un ritmo, que enloqueció al menor de ambos. Las exclamaciones y los gemidos retumbaron por las paredes. El sonido del acto sexual se unió a los gimoteos. Con la mano el ojiazul jaló los cabellos del príncipe, obligándole a alzar el rostro. Finalmente el egipcio quedó de rodillas, con su espalda recostada contra el del castaño.

Abrazándolo por cintura, el romano susurró al oído del joven.

-Eres mío, de nadie más. Solo mío- Entre sus propios jadeos, las palabras hicieron eco en la mente del ojirubí.

-Sí, Seto, soy tuyo… ¡ah! Solo tuyo… mnm, demuéstrame que soy tuyo- Pidió el egipcio. Su cuerpo ardía ante las embestidas, y las manos del ojiazul que comenzaron a acariciar todo su cuerpo, aumentaron su pasión y su deseo.

En algún momento sus labios se unieron, en un beso pasional, sediento y salvaje. Los gemidos del príncipe fueron apaciguados por el beso, pero su cuerpo aún respondía a las caricias arqueándose, y sus caderas aún pedían más, moviéndose frenéticamente para alcanzar las embestidas que el gobernante le propinaba.

La posesividad que sentía el romano en ese momento era mucha. Querer a Yami para sí era su propósito. Y disfrutar su cercanía, antes de ir a la guerra. Toda la noche le haría el amor al joven. Cada minuto sería aprovechado. Cada parte del cuerpo del ojirubí sería suya esa noche. Su cabello sedoso, sus labios exquisitos, sus piernas… todo sería suyo.

Y aunque partiría por algún tiempo, aquello que sellaría esa noche, esa promesa silenciosa de posesividad, amor y deseo… permanecería para siempre.

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(1) Praenomen: lo que hoy en día conocemos como nombre de pila.

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Magi: hola gente bonita! He regresado. Sí, no estaba muerta. Pero he tenido muchos asuntos pendientes que no me han permitido ni respirar, además de que estoy lidiando con una depresión bastante fuerte… pero escribir siempre me ha ayudado. Ahora voy a clases todos los días excepto los domingos… lo que me quita mucho tiempo. Y algunas otras cosas personales. De igual forma no hay excusa para dejar de actualizar por… ejem cinco meses casi, así que les debo una gran disculpa. Pero les traje un largo capítulo y un mini lemon como recompensa por su paciencia! xD

Ya enserio, este capítulo fue bastante difícil de redactar. Pero no me quedó tan mal como pensaba. Hice lo mejor que pude. Y para quien diga que a Seto Kaiba no le agradan los niños es porque: a) no ha visto el anime, b) vio el anime pero la versión de 4kids, c) cualquier otra opción, porque en este momento no se me ocurren más. Una de las debilidades de Kaiba son los niños, lo cual es entendible considerando la infancia que tuvo. Su sueño era construir un parque temático para los niños desafortunados. Su relación con Mokuba, lo sucedido con Amelda, la escena del capítulo 218 (versión original claro, en la de 4kids no se ve casi nada por la censura ¬¬). En fin, creo que está claro, al menos para mí n.n Me encanta esa faceta paterna del sexy ojiazul.

Sí ya sé, ¿el hijo de Seto se llama Seto? O.o Pues sí. Primero, tengo cero imaginación, y simplemente ningún nombre me calzaba en el rompecabezas. Segundo, me pareció divertida la confusión que se puede hacer y que puedo emplear a mi favor si decido escribir el especial. Y tercero, era una buena razón para hacer enojar a Seto, lo cual necesitaba para que estuviera a solas con Kisara.

Sobre el mpreg. En este fic no va a haber mpreg. Primero porque ya estamos en el final. Segundo porque quiero mantenerlo "realista". Tercero porque ya hay un niño… dos sería un caos xD Cuarto porque a como van estos dos tórtolos, si le doy fertilidad a Yami se llena Roma de niños en dos segundos jaja Sé que varios de ustedes querían mpreg, pero realmente no es mi tipo de fic. Sería lindo claro, pero el fic ya va a terminar y lo que tengo planeado no coincide con embarazos y menos masculinos O.o

Y hablando del final del fic. Ya empiezo a sentir la depresión, pero pronto tendré que despedirme de este fic. Realmente esta historia ocupa un lugar especial entre mis demás fics, y será difícil terminarla. Pero al mismo tiempo será un alivio porque al fin habré cumplido con mi promesa de terminarlo. El siguiente capítulo es el último. De hecho, me pasó por la mente terminarlo en este capítulo, pero me falta darle cierra a algunos asuntos, por ejemplo el de Minerva. Así que el siguiente será el último, y después de ese vendrá un epílogo y colorín colorado el cuento se ha acabado.

Como mencioné, es posible que escriba un especial, o una pequeña secuela. Algo que sea corto, quizás cuatro o cinco capítulos. Lo pensaré bien. No sé si lo escribiré aquí mismo o lo haré en un nuevo fic, con nueva descripción, nuevo título… tengo que pensarlo.

Y bueno, creo que eso es todo. Agradecimientos a Atami no Tsuki, Rukarin, ANGEL MAU, Rita, Tsukimine12, Azula1991, Natsuhi-san, HIKARI NO YAMI, Littlecherryble, Kimiyu, asrielcuhiha-san, DarkMagician. Yami94, Clauditaw A.P Lightwood, Hikari no Yami, Blackrose, Kyoraven por sus reviews en el capítulo anterior! Espero que este capítulo les haya gustado, y disculpen la tardanza.

Hasta la próxima.

Ja ne!