Morder la manzana
Capítulo 28
El sobre negro no se movió de la mesa en el salón durante los dos días siguientes. Severus no se atrevió a tocarlo, pensando todavía en las palabras de Malfoy: si no acudía a los mortífagos, Lucius le denunciaría y acabaría en Azkaban. Pero si accedía, sus opciones se diversificaban un poco: más probabilidades de morir o ir a Azkaban, pero había una ínfima probabilidad de que todo saliera bien y continuara vivo. ¿Qué debía hacer?
La idea de acudir a Dumbledore apareció fugazmente en su mente. Pero no, ¿cómo iba a hacer eso? Ya podía escuchar en su cabeza la respuesta del viejo: Un mortífago espiando para Voldemort, ¿no? O algo por el estilo. No le creería aunque le intentara probar que no era mortífago. Y, si se le ocurría la grandiosa idea de contarle acerca de su naturaleza… Bueno, Azkaban sería muy acogedora.
Alguien llamó a la puerta en ese momento. Severus miró un momento el sobre y luego se lo metió en el bolsillo: fuera quien fuera, no quería que vieran ese sobre y saltaran a conclusiones erróneas. Abrió la puerta de un tirón con la varita preparada para lanzar el primer hechizo que le viniera a la mente: nadie llamaba a su puerta desde que se había mudado al callejón Knocturn. Florence Preston le miró con pánico al otro lado del dintel:
—¡Lo siento! —se disculpó rápidamente la muchacha. Severus miró a su alrededor, esperando ver a alguien más, y finalmente bajó la varita, haciéndola entrar al semisótano con brusquedad. —¡Au! ¿Qué ha sido eso?
—¿Qué haces aquí? —se habían quedado parados en el diminuto recibidor. Preston hizo un gesto para pasar al salón y sentarse y finalmente, Severus gruñó y le dejó moverse. Ella se sentó en el sofá y obligó a Severus a seguirla. —¿Qué pasa?
—Yo venía a – a darte esto. Lo siento. —murmuró la chica sacando una carta del bolsillo interior de la túnica. —Podrían habértela mandado, pero prefería llevártela yo misma.
Severus abrió la carta del Ministerio. No era muy larga, pero estaba llena de frases vacías y palabras de condolencia. Empezó a leerla, pero no le costó mucho el dejarla de lado. Aquella carta empezaba por un Lamentamos informarle del fallecimiento de sus padres, los señores Tobías y Eileen Snape, y continuaba con tres largos párrafos acerca de la herencia. Severus dejó la carta a un lado, recostándose en el sofá. No había llegado a pensar que las cosas podían torcerse tanto, a no ser que… A no ser que alguien estuviera detrás de esto.
—¿Cómo murieron? —preguntó Severus en voz muy baja. Florence se removió en su sitio, incómoda, pero contestó:
—Sus corazones dejaron de latir.
—¿Te burlas? —Severus se inclinó sobre ella. —Ya sé que sus corazones se pararon; si no, no estarían muertos.
—¡No sé cómo, pero sus corazones se pararon!
—Un infarto… —murmuró. Florence negó.
—No, no hay signos de estrés en los músculos del corazón. Si les hubiera dado un infarto, tendríamos una causa razonable, pero… No es un infarto, ya lo han comprobado los medimagos del tanatorio.
—¿Entonces qué? Una maldición, veneno… ¿Qué?
—Creen que es veneno. No hay rastro de maldiciones ni magia en la casa, y dicen que murieron sin dolor. Los dejé cuando iban a empezar los análisis en busca de veneno. —Severus gruñó, impaciente. —En cualquier caso, los medimagos no creen que estas muertes sean… Accidentales. Creen que alguien los asesinó.
Severus recogió la carta. En el camino que trazaba su mano hasta el sobre, la muñeca rozó contra el bolsillo donde se encontraba oculto su más reciente quebradero de cabeza. Por un momento, se quedó muy parado mientras su mente se disparaba: ¿podría haber sido Lucius? No, era imposible. ¿Para qué querría matar a sus padres?
—Lo siento. —susurró de nuevo Preston, tocándole el brazo. Severus se sobresaltó, apartándose de ella en seguida.
Era cierto. Sus padres estaban muertos. No iban a volver. No los volvería a ver. Sin embargo, no se sentía tan mal como alguna vez había pensado que se sentiría: Tobías podía irse al infierno, a Severus no le podía importar menos. Y su madre… Pese a que no quería que volviera con su padre y le hiciera daño de nuevo, Severus no albergaba una tristeza tan honda por su pérdida: aquello no iba a cambiar nada. Cuando Eileen había desaparecido del callejón Knocturn, Severus ya se había hecho a la idea de que no volverían a verse nunca más.
—¿Quieres que vayamos a ver a tus padres y hagamos el papeleo de la herencia? —preguntó Preston en un tono muy, muy suave. Severus asintió con la cabeza, todavía leyendo la carta ministerial.
Preston le cogió de la mano para desaparecer conjuntamente hacia el tanatorio mágico. Severus la miró por un momento, antes de que el torbellino de colores lo succionara y finalmente, apareciera frente a las puertas del gran edificio gris. Estaban en la entrada del tanatorio de San Mungo, según indicaba el pequeño letrero encima de la desvencijada puerta oxidada. Preston hizo un mohín y se adelantó, intentando quitarle hierro al asunto:
—Deberían arreglar la entrada, ¿no crees? —soltó una risita nerviosa. Severus pasó detrás de ella por el dintel de la puerta, entrando en una sala de espera blanca, igual que las de los hospitales muggles.
—Buenas días, ¿a quién vienen a visitar? —les preguntó la recepcionista escondida tras su escritorio. Había un par de magos sentados en sillas de plástico, al otro lado de la sala, esperando algo.
—Eileen y Tobías Snape.
—Se encuentran en la sala cuatro. —les informó después de mirar los papeles que había encima de su mesa. —Está al fondo del pasillo a la derecha. Si no la encuentran, vuelvan y les acompañaré.
Preston se deshizo en agradecimientos con la amable recepcionista, que se limitó a sonreírle apologéticamente. Luego, Severus rechistó y cogió a su acompañante del brazo incitándola a caminar. Preston le sonrió temblorosamente, avergonzada, y puso su mejor cara seria. Cruzaron el pasillo en seguida, pasando por delante de enorme puertas batientes de metal con una pequeña luna de cristal para ver el interior: en algunas salas estaban los medimagos examinando a los muertos, en otras, las familias lloraban su pérdida, y en unas últimas, las víctimas yacían en tormentoso silencioso, cubiertas por una manta.
Severus paró frente a la puerta de la sala número cuatro, con Preston a su lado. Inspiró hondo y puso la mano sobre la puerta de metal frío. Empujó con fuerza y entró, preparándose para ver por última vez a sus progenitores. Las dos personas que había en la sala se quedaron calladas, mirando a los recién llegados, y Severus aprovechó el tiempo para observar sus alrededores: aquella sala no era diferente del resto, quizás algo más abarrotada, debido a la cantidad de instrumentos que había en las mesas metálicas, pero eso era todo lo que la diferenciaba del resto.
Su madre a un lado y su padre al otro, los dos yacían en camillas metálicas separadas, cubiertos hasta el cuello con una manta blanca. Si no fuera por sus labios amoratados y la piel tan pálida, Severus hubiera pensado que estaban durmiendo; sin embargo, aún concentrándose al máximo no podía oír in un rumor en el silencio de los latidos de sus corazones.
—Lamentamos su pérdida, señor Snape. —dijo una voz muy conocida frente a él. Severus se obligó a despegar los ojos de sus padres y mirar a los dos medimagos que tenía delante.
Uno de ellos tenía cara anodina y pelo blanco y desgreñado, a tono con su túnica y con la habitación. La otra… La otra mujer en la sala era Dorcas Meadows, una de las amigas de Lily. Se veía extraña con las túnicas blancas y la cara tan seria, pero Severus pudo reconocerla casi al instante. Según tenía entendido, Dorcas era parecida a Potter o Black: se oponía firmemente a la ideología de Voldemort y, más que eso, peleaba activamente contra sus mortífagos. Severus estaba casi seguro de que Dorcas había tenido algún duelo con los esbirros del Señor Oscuro, aunque no podía demostrarlo.
—Buenos días, Dorcas. —susurró Florence yendo hacia ella. —Cuando he llegado antes no estabas. —Severus las miró, tenso. Florence no parecía percatarse, pero Dorcas no dejaba de mirarle de forma siniestra. —Supongo que ya os conocéis, pero ella es Dorcas Meadows.
—¿Cuál es la causa de la muerte? —preguntó Severus rápidamente, descartando las presentaciones de Preston. Dorcas continuó mirándole, sin cambiar un ápice su expresión, y el otro medimago, sobresaltado, cogió el informe de la mesa metálica.
—Fueron envenenados, señor Snape, con un veneno casi indetectable. Paró sus corazones en siete segundos después de ser administrado. Se llama –
—El Beso de la Muerte, ¿no? — aunque sonaba muy dramático, ese veneno era mortal y muy difícil de tratar.
Como el medimago había dicho, producía una parada cardiaca en siete segundos exactamente, y recibía el nombre de Beso de la Muerte porque se tenía que untar sobre las mucosas de la víctima. En el pasado – según recordaba Severus de los antiguos libros de Pociones de su madre – algunos asesinos famosos habían utilizado ese veneno, untándolo en los labios de sus objetivos. De ahí el nombre del veneno. Pero ese veneno le daba a Severus pistas para saber quién podía haber asesinado a sus padres.
Por un lado, tenía que ser un mago o alguien en contacto con el mundo mágico. Por otro lado, el Beso de la Muerte no era utilizado como veneno habitual debido a que se requería que la víctima estuviera sometida y se dejara untar el veneno; por lo tanto, o sus padres habían estado durmiendo y el asesino se había mantenido silencioso para no ser percibido, o habían sido sometidos de alguna manera contra su voluntad.
—Sí, señor. Se lo administraron mientras dormían seguramente: sus cuerpos se han encontrado esta misma mañana en su cama, y no hay signos de agresión o forcejeo. —terminó de explicar el medimago. Dejó el informe en la mesa de metal con mucho cuidado y se retiró, mirando a los tres que se quedaban con un aire nervioso.
—Ven, Florence, vamos afuera. —dijo finalmente Dorcas, llevándose a Preston fuera de la sala. Severus se permitió relajarse después de que la puerta metálica se cerrara: Meadows se comportaba de forma muy extraña, aunque no sabía lo que pasaba por su mente.
Severus tardó quince minutos más en salir de la sala número 4. Era curioso como la muerte de dos personas que no le importaban tanto le provocara semejante reacción. Aunque eran sus padres: ellos le habían dado la vida, por cursi que sonara. Severus resopló, quitándose de la cabeza esos pensamientos estúpidos, e inspeccionó por cuenta propia los informes que los medimagos habían hecho. No había nada nuevo: el medimago no le había mentido ni ocultado detalles. Sin embargo, si el asesino había dejado alguna huella, no la habían podido encontrar; aquello solo reforzaba su teoría de que quien quiera que hubiera matado a sus padres, realmente estaba entrenado e iba a por ellos.
Pero, ¿quién podía querer asesinar a sus padres? Un muggle y una bruja que llevaba años sin pisar el mundo mágico no eran relevantes, ni poderosos, ni peligrosos. No eran nada para el mundo mágico ni para los magos que lo habitaban; sin embargo, alguien se había molestado en hacer un veneno para nada sencillo, buscarlos y matarlos de forma profesional y silenciosa. Quizás era por eso que Severus sentía que había algo más tras sus muertes: si hubieran muerto de un disparo, o acuchillados, o tras una pelea física, Severus no le habría dado más vueltas. Pero tanta parafernalia para matar a Tobías y Eileen... Definitivamente era sospechoso.
—Ya estoy, Preston. Vámonos. —gruñó Severus, saliendo de la sala 4 y yendo de nuevo a la recepción, donde Florence hablaba con la amable mujer de antes. Meadows brillaba por su ausencia, y Severus no tardó mucho en anotarlo en su cabeza.
Nota: Ugh, qué mal D: La vida del señorito está dando otro vaivén, ¿no les parece? Y Florence, tan torpe como siempre. Pobre chiquilla, no se entera de nada XD
Saludos,
Paladium
