Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...
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Fantasy Fiction Estudios
presenta
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Proyecto Idavollr 2017 - 2018
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IDAVOLLR
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La guerra de los hijos del vacío
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Máni
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I
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De todos, Máni es el más calificado, su arte en la arquitectura de la creación no tiene igual. Nos servirá mejor que nadie.
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Los estallidos y golpes de aceros hacían eco por todo el cielo, a veces proviniendo de hasta dos o tres puntos a la vez, como si los cuerpos de Ranma y Freyr se desdoblaran en el espacio, bloqueando un ataque al desaparecer, para luego reaparecer en el extremo opuesto de las escaleras en espiral lanzando un hechizo.
Sultur y Alienor, con sus armas en alto, intentaban seguir la caótica acción, siempre atentos para proteger con sus vidas a las mujeres. Destellos de plata hicieron amplias curvas en el cielo y se estrellaban contra una barrera de humeante oscuridad, antes de que las sombras aparecieran en el suelo a pocos metros de ellos chocando las armas. Ranma no descansaba, esquivando, contraatacando, danzando entre una lluvia de espadas para tener una única oportunidad de embestir, que Freyr evadía con facilidad conectando una patada o un revés con el puño que lanzaban al joven de vuelta a desaparecer a mitad de la caída, para reaparecer atacando desde otro ángulo. Aunque ambos combatientes parecían estar en igualdad de condiciones, en una vertiginosa y cruel batalla, Ranma era el único que se estaba llevando los golpes, a veces pareciendo arrinconado o desesperado por no conseguir tocar a su rival.
Heid terminó de explicarle a Akane los detalles del ritual para romper el sello, dejando a la joven gobernadora en un silencioso estado de dolor y meditación. Un destello hizo a Heid girar la cabeza volviendo su atención a la encarnizada batalla entre los hijos del vacío y la creación.
—Ranma no podrá detenerlo por mucho tiempo —dijo Heid mordiéndose los labios—. No estaba en mis cálculos la existencia de otro ser como él, ¡merezco mil maldiciones por no insistir en que esperara y entrenara lo suficiente! No está preparado, apenas sabe lo básico de lo que significa ser un hijo del vacío, no podrá vencer si su rival posee un mejor dominio en las artes del ginnugagap…
—¡¿Ranma es qué cosa?! —exclamó Akane, saliendo de su silencio, todavía de rodillas junto a Iris.
—Ah, bien, es un poco difícil de explicar ahora —Heid la evitó rascándose la mejilla—, y no tenemos tiempo. Akane, debemos realizar el ritual, te guste o no, ¡es nuestra única salida!
Akane volvió a guardar silencio. En aquel momento fuertes emociones la sacudían y apenas la dejaban concentrarse, y no parecía poder comprender del todo lo que significaban esas palabras, o quizás su mente no quería hacerlo. ¿Un hijo del vacío, Ranma era uno de ellos? Sacudió la cabeza, necesitaba enfocarse en lo importante. El rival de Ranma, ese tal Freyr, parecía tener las auténticas habilidades y esencia de los temidos engendros abisales, las criaturas que aparecieron en la gran grieta que devoró al bosque de Gimle al inicio de la destrucción y han provocado terror y demencia en toda la devastada Asgard. La sola presencia de una de esas criaturas allí creaba un terrible peligro para el futuro de Noatum, más sabiendo ahora que ese sujeto, o monstruo, fue el culpable de haber arrancado el corazón de Gimle. No podía permitir que se quedara también con Idavollr, el corazón de Midgard, pues la vida de todos los refugiados de Noatum dependía de ella.
Tenía que pensar únicamente en un plan que le permitiera romper el sello y reactivar la unión entre Idavollr y Noatum sin sacrificar a Iris, pero mientras más explicaciones recibía de Heid más difícil le era pensar en una manera alternativa de librar el sello o crear una desviación, pues el hechizo que lo creó fue diseñado para funcionar en un espacio multidimensional, hecho para bloquear incluso la entrada a los temidos hijos del vacío, lo que provocaba que tampoco su limitado conocimiento sobre la magia de la creación le sirviera de algo en ese momento.
Los destellos de la batalla, como poderosos relámpagos, iluminaban el perfil de la chica, que con la mirada perdida se mordía la uña del pulgar intentando pensar, ante la atenta mirada de la pequeña Iris que solo deseaba ayudarla.
Akane concluyó, con un resplandor en sus ojos, que si la ciudad era alimentada por el corazón de un universo, aun en estado incompleto, no necesitaría de la energía de una moribunda Asgard para activar sus defensas y recobrar la potencia plena que le permitiría surcar los mares a mayor velocidad. Toda la ciudad funcionaría como un subuniverso, incluso las almas a bordo de Noatum se alimentarían de la energía de Idavollr… lo que significaba que incluso Millia estaría a salvo.
… ¡Millia!
Akane tuvo una revelación.
—Puede funcionar… —murmuró la chica pensando en voz alta—, ¡sí, puede funcionar! —repitió con fuerza.
—¿Mamá?
—Iris, necesito que seas valiente. Ranma… no, todos en la ciudad necesitan de nosotras.
Iris asintió, aunque el miedo se escribía en sus grandes ojos.
—No temas, confía en mí —continuó Akane—, te prometo que nunca haría algo que pudiera lastimarte.
—Sí, mamá —respondió la niña con valor, a pesar de que los estruendos de la batalla la hacían temblar—, también quiero ayudar.
Akane asintió. Respiró profundamente, en esos pocos minutos había conseguido descansar un poco del desgaste que había sufrido su alma, necesitaba tener la energía suficiente para lo que se arriesgaría a hacer. Si sus cálculos no fallaban, tendría justo lo necesario para conseguirlo y no morir en el proceso, lo que no debía ser una opción, pues un sacrificio en ese momento no le serviría de nada y expondría a Iris a un destino horroroso. No, no la pondría en peligro, o no más allá del que pudiera evitar, porque en ese momento si la ciudad caía, todas las razas refugiadas en Noatum se enfrentarían a la extinción. Sin embargo, a pesar de lo delicada de la situación, jamás sacrificaría a Iris.
La chica se levantó un poco el vestido por un costado y desenfundó una de las cuchillas arrojadizas de las que nunca se separaba, y que ahora guardaba en un alijo oculto atado al muslo por dos finas correas de cuero. Iris abrió más los ojos ante la vista del cuchillo, Heid observaba atentamente no creyendo de que al final esa chica sería capaz hacer tal sacrificio, quizás la había subestimado. Akane la sorprendió, pues en lugar de tomar a la pequeña niña, la hizo ponerse de pie frente a ella, separada por un par de metros.
—Quédate quieta, Iris —ordenó Akane con autoridad, pero a la vez ternura—. Prométeme que no te moverás de ahí pase lo que pase y harás todo lo que yo te diga, ¿me entendiste?
—Pero, mamá Akane…
—Prométemelo, Iris.
—S-sí, mamá —respondió la pequeña con la voz quebrada de miedo.
—Ahora cierra los ojos… hazme caso, Iris, y no los vayas a abrir a menos que te lo diga.
La niña, con temor, obedeció cerrando los ojos y cubriéndolos con las pequeñas manos para asegurarse de cumplir la orden de su madre adoptiva. Akane apretó los dientes y tomando el cuchillo lo elevó frente a su rostro. Pudo ver en el reflejo sus ojos atemorizados y agotados, y por encima del filo a la pequeña princesa de los elfos. Tragó con dificultad y de un rápido movimiento se enterró la punta del cuchillo en la palma de su mano.
Heid abrió los ojos sorprendida por la acción de Akane, la que apretó los dientes para no emitir ninguna queja que pudiera asustar a Iris haciéndola abrir los ojos. Los dientes de Akane crujieron cuando ella volvió a clavar el cuchillo una vez, dos veces, hasta tres veces perforándose la palma de la mano, y deslizó la punta abriéndose la carne. El rostro se desfiguró de dolor, las lágrimas corrieron por sus mejillas, pero no se detuvo y tratando de mantener firme la otra mano que empuñaba el arma, aunque todo su cuerpo temblaba, abría los ojos lo suficiente para ver lo que hacía trazando un círculo de sangre en su mano, con unas runas que se inscribieron hasta lo profundo de su piel herida. La sangre brotó copiosamente haciéndole más difícil poder terminar la figura, la que corría por el reverso y manchando la manga, cayendo ante sus rodillas formando un charco que manchó su vestido. Tuvo que detenerse, conteniendo un gimoteo doloroso, la mano herida y la otra que perpetró el sufrimiento temblaban violentamente. Gimoteó más fuerte y aspiró conteniendo el aire, clavándose otra vez el cuchillo.
—¿Mamá…?
—¡No abras los ojos, Iris! —ordenó con fuerza, haciendo que la niña se estremeciera en su lugar, apretando los párpados y encogiendo el cuerpo.
Akane no pudo pensar en ser delicada con ella, apenas soportando el dolor, siguió trazando con la punta del cuchillo el corte profundo que marcaba su mano, hasta cerrarlo y terminar de escribir unas pequeñas runas. Tenía los dedos entumecidos por el dolor, pero no cesó y cortando la manga volvió a clavarse el cuchillo en el brazo, escribiendo runas y líneas, como si fuera una compleja fórmula mágica, con líneas rectas y curvas y pequeñas estrellas cuadradas, y sobre la línea principal cruzó líneas curvas terminadas en círculos y otras estrellas cuadradas. El cuchillo cayó al piso. Akane sostuvo su mano y brazo lastimado contra su pecho, empapándose de su propia sangre, llorando de dolor. Se pasó la otra mano por el rostro y sin siquiera limpiarse del todo las lágrimas, hundió la mano herida en el charco de sangre. La alzó dejando una estela carmesí del charco y otra que seguía saliendo de sus heridas y trazó rápidamente, casi agitando el brazo, un círculo en torno a ella, luego otro más grande alrededor del primero y un tercer círculo más pequeño alrededor de Iris al acercarse a ella para dibujar por detrás de su pequeño cuerpo.
—Ma…
—Estoy bien, Iris, no abras los ojos —susurró Akane, con voz rasposa intentando ser dulce con ella.
Regresó al centro de su propio círculo. Al final ella quedó en el centro de dos círculos concéntricos de sangre y uno en torno a Iris, como una luna en órbita a un planeta mayor.
—¡¿Estás loca?! —exclamó Heid—, ¿practicarás nigromancia?
—No —respondió ella, cerrando los ojos—, es algo más antiguo que la nigromancia. Es la magia originaria de Asgard que practicaron las primeras hijas de Gimle, magia de vida y creación, de vinculación de sangre y espíritus… es el hechizo del que me habló Millia, el que debió usar su abuela Amatista para…
El suelo se estremeció. Ranma se estrelló de espaldas contra el piso de piedra quejándose de dolor. Freyr, levitando en lo alto, agitó los brazos una y otra vez, mientras las espadas aparecían de brumosas formaciones de energía oscura para caer materializadas, una tras otra, en picada contra el joven de Nerima. Ranma desapareció antes que la primera espada clavara su pecho, pero apenas apareció unos metros más atrás en el suelo, las otras espadas se curvaron en su caída y lo siguieron. El joven detuvo con rápidos movimientos de su cuchilla a las primeras, pero las que siguieron eran tantas que intentó retroceder y bloquear solo algunas, con gran esfuerzo, rugiendo o gruñendo, gritando y maldiciendo con cada uno de sus movimientos.
—A Ranma no le queda mucho tiempo —Akane se limpió las lágrimas con la otra manga y posó su mano en el charco de su sangre que ya humedecía y rodeaba el inicio de sus piernas al encontrarse de rodillas—, ese tonto nunca ha sabido retroceder ante un rival peligroso…
—Akane, sea lo que estás pensando no funcionará —la advirtió Heid—. Arriesgas tu vida y la de todos en vano, no puedes romper el sello, no con tan poca magia, a menos que sacrifiques a la llave…
—¡No!... No, estás equivocada, sí existe una manera de no arriesgar la vida de Iris.
Heid alzó una ceja, no podía ser que esa principiante viera algo que ella, la gran Heid Baladi no, pero más la intrigó ver qué hechizo asgariano podía competir con su gran conocimiento
—Por favor, prepáralo todo —suplicó Akane a Heid, mirándola con una cándida mirada y dulce sonrisa, a pesar que el sudor pegaba su cabello al rostro y las lágrimas de dolor seguían cayendo por sus mejillas.
—¿Akane?
—Cuanto recuperes el control de Idavollr, te ruego que actives las defensas de la ciudad y ayudes a Ranma con ese sujeto. Protege a Ranma por mí, protégelos a todos. Y espero él pueda perdonar mi tonta debilidad —nuevas lágrimas rodaron por las mejillas de Akane y no eran de dolor. La chica desvió el rostro y observó a Ranma luchar y sufrir ante ese temible oponente, sangrando, gritando, llevándose cada vez más cortes y golpes que a pesar de sus nuevas y sorprendentes habilidades no era capaz de superar los ataques de un monstruo como Freyr—, tanto esperé para verlo y… no, no pensemos en eso.
—Niña tonta, ¡no lo hagas!
La mano de Akane resplandeció, luego lo hizo su sangre, toda la derramada desde la que caía de la mano y envolvía a las heridas de su brazo hasta el charco y los círculos rúnicos. Se levantó una cortina semitransparente de magia que la envolvió junto con Iris. La pequeña princesa se asustó ante las extrañas sensaciones que la inundaron, pero apenas abrió los ojos se quedó estática, como en un extraño estado de estasis, volviendo a cerrar los ojos lentamente a medida que su pequeño cuerpo se elevó como si colgara de unos brazos invisibles.
—Iris, perdóname —murmuró Akane—, pero no puedo permitir que me veas en este estado. Eres demasiado pequeña todavía.
Akane cerró los ojos y apoyó ambas manos, como si ya no pudiera con el peso de su propio cuerpo víctima de un terrible dolor. Pero nada de lo que ella estaba sufriendo lo expresó, porque con la fuerza de su terquedad cerró los dientes y no elevó la voz. No solo por Iris para no despertarla de su trance, sino para que Ranma no se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, pues lo conocía y en ese momento él únicamente debía preocuparse de su combate. Ella lidiaría con su propia responsabilidad a su manera.
Ranma no volvería jamás a cargar solo con todo el peso del destino, no mientras ella viviera.
La sangre se tiñó de un tono dorado, que recorrió los dos círculos rúnicos dándoles vida propia, luego alrededor del círculo de Iris. Entonces el flujo de luz fue en sentido opuesto y regresó a Akane. La joven casi no pudo soportar el dolor, acurrucándose y apoyándose en los codos, haciéndose un pequeño bulto en el piso por culpa del dolor. Mordió el trozo desgarrado de tela de la manga para no gritar, pero las lágrimas fluían sin cesar, copiosas y cristales por todo su rostro. La luz que tiñó la sangre también comenzó a subir por su cuerpo, como si iluminara cada vena y arteria en el interior de Akane. Ella sintió un frío retorcerle el cuerpo, arrancándole cada poco de calor de vida de su interior. Un pequeño quejido se le escapó dejando caer la tela de sus labios.
—Doble invocación rúnica —analizó Heid—, ¿pretendes abrir el sello a la vez que realizas otro hechizo para desviar la presión sobre la vida de la princesa hacia tu cuerpo y alma? Eso no debería funcionar, no existe manera de engañar un sello de sangre… No, lo sabes, no se puede engañar, esto no es un simple desvío, es… es…
Heid Baladi guardó silencio. En sus ojos solo había admiración. ¡Qué ingenio! ¡Qué ejecución! ¡Qué osadía! Esa niña realmente era una de sus descendientes.
—Estás traspasando la sangre de Iris a tu cuerpo —exclamó con un tono de orgullo—. No, no solo la sangre, sino toda su esencia, la naturaleza de su raza, el peso de su linaje, su lugar en el universo, todo lo que significa ser portadora del sello del antiguo rey de Alvheim… Estás transmutando y fusionando tu naturaleza con la sangre de los Motvidnir, y a la vez con una segunda invocación rúnica estás desmantelando el sello sobre Idavollr. ¡Todo en un solo conjuro mágico!... Estás demente, niña Akane, ¡demente y me gusta!
Heid comenzó a reír como una desquiciada, de la misma forma que hacía en sus mejores días en que la original señora de la magia de Vanaheim conseguía alguno de sus logros. Pero esta vez estaba extasiada con el ingenio y el talento de su descendiente, celebrando mientras Akane se retorcía de dolor en lo que para cualquier otro que no tuviera su osadía y fortaleza pudiera significar un suicidio.
—Bien, Akane, ¡bien! Si lo consigues es posible que estés a la altura del nombre de los Baladi —cantó Heid—, pero no permitas que el cruel dolor te desconcentre, porque si tu mente se pierde tan solo un momento será tu fin, y el de la princesa a la que quieres proteger porque la energía rebotaría hacia su alma. ¡Vamos, Akane, demuéstrame de lo que eres capaz!
Akane intentaba concentrarse más allá del dolor que sacudía directamente a su alma. Todo su cuerpo, hasta su cuello y rostro, estaba marcada por la energía que hacía brillar toda la sangre dentro de su cuerpo. En ese momento el dolor era tal que ya no podía pensar ni en Ranma, ni siquiera en Iris, solo podía concentrarse para no perder el control del doble hechizo que hacía pasar por su cuerpo la naturaleza de Iris y el sello de Idavollr, convirtiéndose ella en la llave. El sufrimiento que soportaba era tan cruel que se arrepentía de haberlo hecho. Había recordado todas las veces en que Millia le explicó lo que era la magia de la vida de la antigua Asgard y como ésta se perdió y derivó en una versión más corrupta de la misma, la que luego fue conocida como nigromancia. Pero Amatista, abuela de Millia, había conservado parte de este poderoso arte y lo usó para transformar la esencia de la hija de Hel en un hada de cristal, en su nieta.
La chica pensó que de la misma forma ella podía hacerse pasar por una Motvidnir mientras abriera el sello de Idavollr, pero jamás creyó que el hechizo llegaría tan profundo en su esencia y alma, teniendo que aceptar su error y dirigir su propia transformación antes de que perdiera el sentido o no pudiera completar la apertura del sello. Se sentía en ese momento como si las fuerzas que se oponían dentro de ella tiraban de sus brazos y piernas amenazando con desmembrarla.
—Ran… —volvió a morderse los labios y cerrar la boca con fuerza. No podía siquiera murmurar su nombre o él, de alguna manera, la escucharía y podría distraerse en su pelea. No, ella podía hacerlo, era su responsabilidad y llegaría hasta el final con ese hechizo.
Sultur y Alienor miraban la escena aterrorizados, más el demonio que todo ese hechizo lo hizo recordar las torturas que Hel tenía contra sus esclavos.
—Sí, sigue así —la instó Heid, aunque dudosamente Akane la escuchaba en el interior del peligroso hechizo—, ¡vamos, un poco más, ya lo tienes!
Como si los pasadores de un complejo cerrojo comenzaran a abrirse una a uno, los bloques de piedras hexagonales que se repartían desordenadamente por todo el altar, comenzaron a subir y bajar, alineándose con el resto del piso. Desde los más lejanos hasta los ubicados alrededor del amplio anillo central del tamaño de un estadio. Las pantallas luminosas sobre el largo cristal que hacía de panel de control comenzaron a mostrar nuevas indicaciones y extraños símbolos. Heid los observaba con atención, sin dejar de susurrar que ya faltaba poco para conseguirlo. Posó las manos en el panel de cristal y comenzó rápidamente a operar los controles a medida que se preparaba para recobrar el control.
—Un poco más, Akane, solo un poco más…
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Ranma apareció atacando a Freyr por detrás, pero la espada de luz cortó una estela negra.
—Lanza del vacío —invocó Freyr reapareciendo a lo lejos.
El joven gruñó y giró, sin todavía tocar el piso, invocando delante de la cuchilla un rápido hechizo de escudo. La lanza del vacío chocó contra su barrera mágica y se esparció convertida en pequeños rayos curvos que lo rodearon. Apoyó los pies en el suelo y los arrastró varios metros tratando todavía de detener la columna de energía que lo empujó de frente. Al final agitó la cuchilla deshaciendo lo último del ataque en un estallido. Freyr estaba detrás de él, y la mirada de espanto de Ranma reveló que lo percibió demasiado tarde. Volvió a girar y la cuchilla cortó el aire formando una gran espada del vacío, pero Freyr empujó la muñeca del joven, haciendo que la hoja de caótica luz plateada se elevara en diagonal apenas rozando sus cabellos rubios.
El joven recibió un feroz puñetazo en el rostro, no alcanzó a reaccionar cuando una patada, rápida y diestra como la de un artista marcial, giró cortando el aire y dio en su mano haciéndolo perder la cuchilla. El arma de Ranma dio giros en el aire y cayó por el centro del altar, perdiéndose en la eterna oscuridad del vacío. Ranma trató de contraatacar con una serie de rápidos movimientos, pero fueron bloqueados por las diestras manos de Freyr, que acabó lanzando un golpe recto al rostro de Ranma que por poco evitó el joven inclinando la cabeza. Pero no pudo celebrar su escape cuando una patada dio en su abdomen, y sin recibir tregua el joven Saotome fue víctima de otra serie de golpes que a medias consiguió bloquear, retrocediendo por los escalones, recibiendo uno que otro golpe en el cuerpo y el rostro. Los ojos de Ranma revelaron su desconcierto, ¿desde qué momento Freyr dominaba el arte del combate libre? Sabía que no era el miso Freyr que conoció a su llegada a Asgard, o que estuvo con ellos en todo momento incluso en Vanaheim, sino que era el maldito que tras el disfraz de Loki había conspirado por la destrucción de Asgard. ¿Pero cómo era posible que ese sujeto conociera el estilo de combate de su familia? Porque podía reconocerlo a leguas de distancia, y lo que era peor, es que Freyr parecía dominarlo mejor que él a pesar de lo mucho que doliera su orgullo reconocerlo.
Por su distracción, Ranma dio un mal pie al retroceder y tropezó con el borde del escalón. Al irse de espalda vio el golpe de Freyr venir y su cuerpo se desvaneció casi por instinto en una estela platinada. Apareció veinte metros más abajo sobre los escalones, pero no pudo recobrar el aliento porque Freyr ya estaba a su espalda, no acabando de emerger la estela negra brumosa le propinó un poderoso codazo en la espalda. Ranma lanzó un grito de dolor, cayó rodando por los escalones, hasta salirse por el borde directo al vacío, pero en su caída giró en el aire apuntando hacia atrás con la mano extendida.
—¡Espada del vacío!
Freyr se llevó una sorpresa recibiendo el ataque de lleno en su cuerpo, apenas consiguiendo cruzar los brazos como una protección delante de su cuerpo. Ranma se desvaneció en el aire.
De ellos solo quedó el silencio. No había rastro de ninguno de los dos hombres en todo el lugar.
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—Ya lo tengo, Akane —clamó Heid concentrada no importándole el terrible sufrimiento de la chica—, ¡el sello está cediendo!
De Akane apenas podía distinguirse su silueta, pues estaba envuelta en una luz que parecía provenir desde el interior de su piel y solo sus movimientos acusaban su tormento, o el gemir mudo de sus labios abriéndose.
Las últimas rocas hexagonales que estaban fuera de lugar se alinearon con el suelo. Entonces una fuerte vibración sacudió el piso y los Dragones Rojos se mostraron los dientes.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Alienor, que ya estar en ese lugar le parecía una señal ominosa.
—¡El ginnugagap nos devorará a todos! —se quejó Sultur de mal humor.
Desde la oscuridad emergieron cuatro columnas enormes, curvas como garras, que se extendieron hacia el vacío y luego se inclinaron hacia el interior por encima de ellos. Eran enormes, tanto que parecían ser edificios curvos sobre sus cabezas. Las escaleras en espiral comenzaron a desplomarse y caer como una lluvia de escombros más allá del borde de la plataforma como anillo. Los cuatro pilares se movieron cerrándose sobre el altar anillado, hasta que las cuatro puntas quedaron a poca distancia de Idavollr. La estrella negra y blanca resplandeció más intensamente, como si hubiera recobrado el fuego de la existencia. El vacío en el centro del anillo se fue llenando de nuevos bloques hexagonales hasta formar un nuevo suelo que lo cubrió todo, que se curvaba ligeramente hacia el centro, donde se elevó una columna, afilada como una aguja pero tan alta como un torre. La punta del pilar se elevó muy alto, hasta quedar a pocos metros de Idavollr, al igual que los cuatro pilares de los lados.
Entonces la estrella estalló en un fogonazo de luz tan fuerte que los cegó a todos. Al abrir los ojos, Alienor no podía dar cuenta del lugar en el que se encontraban. Era un mundo extraño, retorcido, vacío y muerto como la peor de sus pesadillas. Sultur, parpadeando, miró alrededor sintiéndose igual de confundidos.
Todos ellos ya no se encontraban en la plataforma de control en la base del altar, sino que ahora estaban en una nueva plataforma llena de extraños cristales y pantallas luminosas y traslúcidas que giraban alrededor, en lo alto de la torre central pero muy por debajo de la punta afilada. Idavollr, la estrella negra y blanca, brillaba sobre sus cabezas con más fuerza que antes y pulsaba como los latidos de un corazón. Los Dragones Rojos se tocaron el cuerpo para saber si no estaban muertos, pero se sentían más vivos y enérgicos que nunca, como si el calor de Idavollr alimentara sus almas y cuerpos como antes de la caída de Gimle.
—Es increíble —murmuró Alienor.
—La señora de la magia lo ha conseguido —concluyó Sultur—. ¿Pero dónde estamos?
Todo el altar tenía el diámetro de un estadio. Desde la base del altar hasta el resplandor de Idavollr en el cielo, entre las puntas de los cuatro gigantescos pilares recurvados como garras, poseía la altura del más alto de los rascacielos de Midgard. Para sorpresa de ellos, la base recurvada como un valle tenía todavía agujeros hexagonales enormes como pequeños lagos, a través de los cuales podía verse una nueva estructura bajo ellos, donde antes solo existía el abismo eterno.
Más que una estructura, parecía ser alguna especie de templo tan grande como una ciudad, con edificios escalonados como si el altar fuera el punto central y más alto coronando la torre central y más alta de todas, incluso más que la altura del altar. Las torres de la ciudad de roca sólida y gris descendían a medida se alejaban del centro, dándole a toda la ciudad un perímetro perfectamente circular. La ciudad parecía desierta y sus torres no poseían puertas o ventanas, más eran como monolitos silenciosos con grabados de oro, las calles empedradas estaban adornadas por más líneas de oro con extraños diseños y cristales incrustados con excepcional simetría, como si todo ese extenso lugar fuera una especie de formación mágica a una escala descomunal.
La sorpresa de los Dragones fue mayor al observar el paisaje que rodeaba a la enorme ciudad, pues el cielo era negro como la noche sin estrellas y el silencio parecía devorar incluso los sonidos que ellos producían al moverse y perturbar sus mentes hasta amenazarlos con la locura. Más allá de la ciudad se extendían planicies grisáceas, sin vida, solo interrumpidas por colinas y montañas de más materia gris de distintas tonalidades. Pudieron observar algunas anomalías en el suelo desde la altura privilegiada que gozaban, profundas y ancestrales heridas como formadas por la ira de un antiguo dragón, cráteres pequeños de pocos metros de diámetro y otros grandes tan grandes y profundos como valles rodeados de paredes y de fondo arenoso.
—¿Qué es eso? —Alienor apuntó al cielo.
En el centro del cielo una extraña luna adornaba el horizonte, era lo único que tenía color en todo ese espectro gris y silencio. Solo podía apreciarse la mitad superior de ella, pues la otra mitad parecía estar eclipsada por la sombra de ese mundo muerto al encontrarse del lado opuesto del sol que daba en sus espaldas, un sol pequeño como una estrella blanca y muy brillante que casi no podía competir con el brillo de Idavollr sobre ellos.
La misteriosa luna era casi en su totalidad de un hermoso tono azulado, pero cubierta por grandes manchones grises y negros como nubes con la forma de tumores que infestaban su superficie, aunque ninguna nube se movía en ella, como si estuviera paralizada, detenida en el tiempo tan silenciosa como ese mundo.
—Esa es Midgard —dijo Heid distraída, pues en lugar de estar con ellos se encontraba de rodillas junto a la inconsciente Akane, sosteniendo el brazo herido y recitando un suave hechizo que ayudó a cerrar las heridas y detener la hemorragia.
Sultur y Alienor se miraron entre sí asustados.
—¿Mi-Midgard? —tartamudeó el gran demonio viéndose un poco ridículo en su confusión.
—¿El mundo de los mortales? —secundó Alienor, maravillado.
Heid Terminó con el brazo de Akane y miró a Iris, la pequeña dormía plácidamente ajena al mundo que la rodeaba, al final Akane había absorbido todo el daño del hechizo con su osado esfuerzo. Volvió su atención a la joven señora de la magia de Midgard y acarició su frente despejando el cabello húmedo. Afiló la mirada al descubrir las consecuencias del hechizo de Akane, cuyas facciones que de por sí ya eran refinadas y de contextura pequeña por su procedencia del oriente de Midgard, se apreciaban un poco más resaltadas que antes y su rostro más palidecido. Despejó un poco la melena al costado de la cabeza de Akane revelando su oreja.
—Oh, por la gran Vanaheim —murmuró Heid, al descubrir que la pequeña oreja de Akane ahora era más afilada y terminada en una delicada punta—, esto no me lo esperaba.
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Algunos minutos antes de la aparición del altar, a kilómetros de distancia la gran ciudad se veían apenas como una montaña un poco más alta que las colinas que la antecedían. En el momento en que apareció el intenso resplandor en la cúspide de la ciudad de monolitos negros y grises, desde ese lejano valle se apreció como una columna de luz que ascendió y cortó el cielo negro, de la que nació, como una explosión, una onda de energía creadora que avanzó en todas direcciones. La onda era como el borde espumoso de las olas del mar que abarcó todo el cielo dejando a su paso una capa apenas visible como la superficie de un cristal, era en realidad una barrera invisible que rápidamente envolvió a todo el satélite natural de Midgard reforzando la ya débil atmósfera lunar.
En ese lejano valle también aparecieron monolitos abriendo heridas en la tierra gris, grandes como rascacielos pero sólidos, sin ventanas o puertas, apenas adornados con simétricos diseños de líneas y runas de oro en sus bases. Los monolitos surcaron toda la superficie como un bosque oscuro siguiendo el avance de la estela en el cielo, provocando un fuerte terremoto en toda la superficie lunar.
Luego vino una poderosa ventisca desde la ciudad negra que barrió la arena de la superficie en valles y montes, revelando después de milenios ocultos extrañas formaciones de rocas, como senderos pavimentados por los que corrían los mismos diseños rúnicos de oro, conectando todos los monolitos del vasto desierto gris del satélite. La ventisca también llenó de nuevos gases la antes fina atmósfera selenita, mezclándose en un nuevo aire grandes cantidades de oxígeno y nitrógeno, junto con otros gases menores, además del neón ya existente que seguía dándole un etéreo resplandor a toda la superficie lunar.
Un resplandor más furioso y mucho más pequeño fue el que dejó Ranma al aparecer en el lejano valle. Su cuerpo dio tumbos sin poder detenerse, impulsado por el ataque que recibió antes de desaparecer. Giró a lo menos diez metros antes de arrastrarse de costado otro par quedando tendido. Abrió los ojos con dificultad y trató de incorporarse. La fuerte ventisca seguía azotando la superficie lunar, levantando altas paredes de polvo y arena. Las ropas y el cabello de Ranma se agitaban con fuerza y se cubrió el rostro con la manga de la camisa para poder respirar en ese aire nuevo y todavía desbalanceado, cargado de partículas de suciedad que le provocó molestias también para mantener los ojos abiertos.
Una estela oscura a pocos pasos delante del joven anunció la llegada de Freyr. El dios apareció caminando con parsimonia y la ventisca agitó su ropa y larga cabellera rubia con violencia. Se detuvo con el rostro inclinado, observando como sus botas se hundían en el suave terreno. Alzó el rostro y miró hacia el horizonte donde estaba la ciudad negra y el resplandor de Idavollr.
—No puedo creerlo, he subestimado a esa niña —dijo el dios, haciendo una mueca de disgusto—. No imaginé que tuviera el valor de sacrificar a la princesa, ¿no se supone que la amaba como a una hija?
Chasqueó la lengua.
—¿Dónde… estamos? —preguntó Ranma alzando la voz por encima del ruidoso vendaval.
Freyr enderezó el rostro recién prestando atención al joven Saotome.
—Así que todavía no lo sabes, ¿es que no te das cuenta con solo observar que estamos en el atelier de Máni?
—¿Máni?... ¿Quién es ese?
Ranma miró hacia ambos lados, primero hacia su derecha donde veía el llamativo resplandor a la distancia, que no entendió se trataba de Idavollr en el horizonte. Pero al mirar en la dirección opuesta no pudo cerrar los labios que temblaron de nervios e incredulidad. Recién notó que la superficie de ese valle le recordaba a las imágenes que muchas veces vio en fotografías o la televisión, obviando los oscuros monolitos que lo hacían parecer una hormiga al lado de un grueso tronco y que se repartían en todas direcciones hasta confundirse con los montes del horizonte, pero más notorio fue la imagen de la tierra ensombrecida por la mitad inferior, la hermosa esfera azul mancillada por escalofriantes tormentas negras, como heridas, que eran visibles incluso desde allí y la cubrían casi en su totalidad.
—La Tierra… ¿entonces estamos en la luna? —preguntó el joven estupefacto.
—¡Debiste acabarlo cuando tuviste la oportunidad! —gritó Freyr.
Ranma se puso de pie y en guardia. La voz de Freyr se escuchó diferente, raspada y violenta, y los ojos azules, que eran la herencia de Njörd que ambos compartían, brillaron con una ira palpable, escalofriante, que incluso al valiente muchacho hicieron retroceder. Freyr se tambaleó y sacudió con fuerza su rostro.
—Basta, ¡basta! —ordenó el dios, ahora con su voz clara pero angustiado, como si tratara de dominarse—. No tienes… ¡Argh!
El joven de Nerima miró con curiosidad como Freyr se tambaleaba de un lado al otro, tomándose el rostro con ambas manos, mientras su voz cambiaba tan rápido como su mirada, discutiendo consigo, culpándose por algo que no podía comprender.
—Ya no podemos hacer nada —bramó el dios con voz enronquecida—, ¡está fuera de mi alcance y es por tu culpa!... Si tan solo no fueras tan blando con unas simples sombras que no deberían existir… ¡Detente! —gritó al final con su voz más clara, tan fuerte que retumbó en todo el valle.
Freyr jadeaba a grandes bocanadas, con las manos empuñadas. Se calmó e inclinó el rostro un poco para mirar a Ranma de reojo.
—El destino es una maldita ramera —dijo con auténtico resentimiento—. No te fíes, Ranma Saotome, la próxima vez puede no favorecerte y entonces serás destruido.
El cuerpo de Freyr comenzó a resplandecer, pero no era por causa del dios, sino como si algo en esa atmósfera estuviera rechazándolo, como un escudo mágico que lo quisiera expulsar provocando centenares de pequeños destellos muy dolorosos en todo su cuerpo. Freyr rugió ante la defensa de Idavollr que ahora le impedía estar ahí, pero otra vez fue un rugido ronco lleno de ira e impaciencia. Miró a Ranma una última vez y el joven comprendió que ese no era el Freyr de antes, sino un ser que parecía traspasarlo hasta lo más profundo de su alma y estrujar su corazón tan solo con un gesto, sintiéndose asustado como nunca antes hubiera podido confesar.
—No conseguirás nada. Tú no eres más que una sombra, un eco del pasado, ¡una mentira! —clamó Freyr con voz ronca y rostro deformado de ira.
Luego giró y escapó desapareciendo en una bruma negra, que fue rechazada por más destellos de fuego blanco que consumieron hasta la última partícula del vacío que quedó tras él.
Ranma dio una última bocanada de aire y cayó sobre sus rodillas. Miró sus manos. Gotas de sudor cayeron sobre el terreno seco y cerró los dedos arrastrando con las uñas solo tierra y arena.
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La habitación estaba tenuemente iluminada por el fuego de la chimenea. Los troncos se partían y crepitaban envueltos en las llamas con un sonido suave, relajante y soporífero. Las sombras de los muebles crecían y disminuían siguiendo la danza del fuego. El ambiente cándido debería traer paz y confort al corazón de Ranma, pero no lo conseguían, pues el joven con mirada distante observaba los leños quemándose. Recordaba en el fuego muchas batallas que había vivido en tan corto tiempo. Gritos, sangre, llamas blancas, dolores casi insoportables, mentiras bajo las mentiras, lugares y criaturas que helarían la sangre a cualquiera, todo estaba ahí en su mente y también su corazón.
Ranma Saotome ya no se sentía el mismo que estuvo en esa ciudad hacía meses, casi un año, desde que todo sucedió. Miró su propia mano, la abrió y cerró lentamente. Sí, definitivamente él no era el mismo, pues el Ranma Saotome que estuvo en Noatum murió y su cuerpo estaba pudriéndose bajo una loza en otro lugar de esa misma ciudad, mientras que él, con ese cuerpo que se suponía debía ser el suyo desde el principio, estaba ahí caminando entre los vivos. Tanto había sucedido desde entonces que nunca pensó detenidamente en su situación y lo que era realmente.
Tú no eres más que una sombra, un eco del pasado, ¡una mentira!
Cerró los ojos y apretó los párpados. No quería recordar las palabras de Freyr porque lo hacían dudar, pensar en algo que no quería, no por ahora. Todo lo que Ranma deseaba era poder vivir esa ilusión aunque fuera tan solo una mentira. Suspiró y se levantó del borde de la cama donde estaba sentado desde hacía mucho tiempo, se acercó a la ventana y retiró un poco la cortina para asomarse al exterior.
La ciudad de Noatum no dormía, sino que bullía en el canto de los sobrevivientes. Lloraban a los caídos y reían por los que pudieron salvarse tras una noche que bien podía haber sido la última para todos. Pero Ranma no estaba preocupado de la celebración, pues no podía compartir la alegría de esos seres a los que, aún contra su voluntad, le parecían ajenos a su realidad, a su naturaleza. Todo le parecía lejano e indiferente, y no le gustaba que fuera así, por el contrario, lo asustaba.
En el horizonte la triste luz pálida del amanecer comenzaba a dibujar la silueta de las murallas de la ciudad, entre las columnas de humo que dejó la batalla en los edificios cercanos a la muralla. Era una luz débil, triste, como era siempre desde que la ciudad invertida había aparecido cubriendo todo el firmamento de Asgard, como una condena que los encerraba y anunciando aplastarlos en cualquier momento. Aunque, en esa oportunidad, el amanecer fue recibido con más vítores y risas por toda la ciudad, porque las esperanzas habían sido respondidas y la noche más larga de todas finalmente terminó.
Ranma cerró la cortina y regresó a la cama, se sentó otra vez en el mismo lugar que ya tenía la forma de su cuerpo por las horas que había esperado con paciencia. Solo mirarla lo hacía sentir que todo lo sufrido había valido hasta la última de las miserias.
El rostro de Akane estaba cubierto de paz, su respirar acompasado era lo único que lo calmaba al comprobar, casi con hipnótica atención en la sábana que subía y bajaba sobre los pujantes senos de la chica, que ella seguía con vida. Dejó escapar un largo suspiro y se frotó el rostro con fuerza. Estaba agotado, no recordaba la última vez que durmió más de un par de horas de corrido desde hacía mucho tiempo, desde el momento en que fue apartado de ella.
Sin embargo, aunque estaban juntos, una sombra seguía enturbiando su supuesta alegría, cambiándola por temor. Akane era una hija del destino mientras que él era un hijo del vacío. Aunque su alma fuera la de un ser de la creación, su cuerpo híbrido tras cada combate comenzaba a sentirse menos y menos humano. Sonrió con tristeza, en otro tiempo hubiera aceptado con gratitud cualquier cosa que lo hiciera más fuerte, como una obsesión sobre la que regía su vida para darle algún propósito. Ahora, solo le era causa de dolor, porque cada nueva habilidad que descubría en su nueva naturaleza parecía alejarlo del mundo en el que vivía Akane, su familia y sus amigos.
Extendió las manos y se observó las palmas detenidamente. Cerró los dedos muy lentamente y también los ojos recordando la promesa que le hizo a Rashell en Vanaheim: él destruiría a los hijos del vacío… ¿pero eso lo incluía a él?
¿Llegaría él a convertirse en un peligro para Akane? ¿Qué lo diferenciaba del verdadero Freyr, de ser también un monstruo, tan solo su propósito de luchar por la raza con la que se sentía más identificado? Porque estar en Noatum era lo que había deseado con todo su ser, mas ahora, estar ahí en la misma ciudad donde yacían sus restos mortales, otro cuerpo que su alma ocupó en vida, el cuerpo con el que conoció a Akane de verdad, le recordaba como una herida abierta sobre la que apoyan un cuchillo al rojo vivo, que él ya no era ese Ranma. ¿Siquiera era Ranma Saotome, o sería otra cosa…?
—Ra… Ranma…
La voz suave, casi susurrante de Akane, lo hizo abrir los ojos y mirar con un gesto de pánico hacia la cama. Akane estaba despierta, sentada con la espalda erguida y la cabeza girada hacia él mirándolo con tanta atención, que el joven en lugar de emocionarse tuvo miedo…
Miedo de que ella lo viera como lo que era en realidad, una abominación para la creación.
Los labios de Ranma se abrieron y temblaron. No sabía qué hacer.
—¿Ranma? —insistió Akane, con la voz quebrada.
En ese momento el instinto de Ranma superó su raciocinio y rápido se acercó a la chica sentándose a un costado de la cama, justo frente a ella. Solo entonces el joven se percató de que se había movido sin pensarlo y antes de tomar las manos de Akane, o abrazarla como todo su ser le decía querer hacerlo, se contuvo e inclinó un poco el rostro escapando de los ojos color miel.
Akane estaba confundida, tampoco sabía lo que estaba sucediendo ni dónde se encontraba en un principio. El despertar fue doloroso y sentía extraño su cuerpo, más ligero, como si casi flotara. Fue al sentarse y observar la habitación que reconoció sus aposentos en Noatum, pero fue al ver la silueta oscurecida del joven parado ante la ventana, que todos los recuerdos la inundaron como una avalancha provocándole también un intenso dolor en la cabeza. Pero ni el dolor o confusión lograron impedir que tratara de alcanzarlo, una vez más, como tantas veces, aunque fuera con su débil voz.
Al estar uno frente al otro se paralizaron, o ella lo creyó así, conteniendo la respiración hasta que él evitó su mirada. Entonces Akane volvió en sí y su alma la advirtió del profundo vacío al que se estaba enfrentando. Sacudió un poco la cabeza, él era Ranma, su Ranma, al que tanto había esperado y deseado, no permitiría que una estúpida sensación lo apartara otra vez de su lado.
Ranma fue sorprendido por las manos de Akane, que acercándose a su rostro lo tomaron por las mejillas obligándolo otra vez a mirarla. El joven perdió todas las fuerzas, las dudas y miedos se ahogaron en el mar de las lágrimas que se acumulaban en los ojos de la chica. Ahora fue Ranma el que no pudo afirmar la voz y solo consiguió susurrar algo que quedó interrumpido a la mitad.
—Aka… Akane…, yo…
Akane le dio una bofetada tan fuerte que lo hizo girar el rostro y su eco se escuchó desde la puerta hasta el último de los pasillos del palacio.
—¿Qué…? —Ranma, aturdida, tardó en reaccionar enfrentándola—. ¡¿Por qué demonios hiciste eso, Akane?!
La chica todavía en su letargo se llevó un par de dedos a los labios, queriendo sentir en ellos el calor que el contacto dejó en su piel.
—Estoy despierta… ¡realmente estoy despierta y estás aquí!
—¿Ah? —Ranma parpadeó confundido—, ¿me golpeaste solo para comprobar que no estabas dormida?
Ella asintió.
Ranma apretó los dientes y gruñó. Se rascó la cabeza con fuerza despeinándose todavía más su corta melena.
—¡Tenías que ser tan bruta! —exclamó ofuscado—, ¿qué no se supone que deberías pellizcarte una mejilla o algo en lugar de darme una bofetada?
—Oh… sí… es verdad.
—¡Boba!
Akane reaccionó como despertando un poco más y se encontró con el rostro furioso de Ranma casi encima de ella.
—¿Y qué querías que hiciera? —respondió Akane enfadándose—. ¿Esperabas que me tomaría con naturalidad el que aparecieras así frente a mí? Porque tú… ¡Ay, ay, qué haces! ¡Ay! ¡No!
Ranma tomó las mejillas de Akane y las tiró con fuerza hasta que las lágrimas de la chica fueron de dolor. Akane se lo sacó de encima empujándolo y frotó sus mejillas rojas.
—Lo siento —respondió el joven con sarcasmo—, solo comprobaba que no estuviera so…
La almohada en el rostro lo silenció. Se la sacó rápidamente tirándola al piso.
—¡Akane, tú…!
Una segunda almohada dio en su cara otra vez. La volvió a tirar y vio a la chica tomar una tercera. Entonces la atrapó por las muñecas obligándola a soltarla y los dos forcejearon muy cerca uno del otro.
—¡Suéltame, estúpido pervertido, suéltame y verás lo que te voy a hacer! —gritó la chica en su rostro.
—No te entiendo, Akane, ¡¿quieres parar ya?! —reclamó Ranma, teniendo problemas para mantenerla quieta—. No sé qué demonios te está pasando.
—¿No lo sabes? ¡Claro que no lo sabes, como siempre, señor insensible! —Akane le gritó en respuesta sin dejar de llorar—. Te moriste, Ranma, ¡moriste y esa noche ni siquiera te despediste de mí! Todo lo que pude hacer fue abrazar tu cuerpo frío… y… yo… no sabes todo lo que he tenido que pasar por tu culpa, ¡eres un grandísimo tonto! Ni siquiera sabes lo que se siente…
—Sé lo que se siente, boba —respondió Ranma mirándola fijamente a los ojos—. Lo sé muy bien.
Akane se calmó, Ranma también pero no la soltó. Ambos se miraron y fue entonces que Akane descubrió lo que para ella sería un milagro.
Las lágrimas de Ranma que caían por su rostro, iguales a las de ella.
—Lo siento, Akane —habló Ranma, soltándola finalmente—. De verdad yo…
Akane lo calló tomándolo por la cabeza y uniendo sus labios en un profundo y desesperado beso. Uno que no terminaría por un largo tiempo hasta que las lágrimas se secaran y las manos volvieran a sentir el calor de estar vivos.
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Continuará
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A los escultores de Máni:
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Vengo de carrera para actualizar y salgo de igual manera. Saludos a todos, como siempre, espero les haya gustado este giro. Aclaro que deben agradecer a Randuril el que haya incluido la escena final, ya que mi plan era dejarlo para iniciar la próxima semana, pero me insistió muy cariñosamente que mi maldad debía ser contenida.
Nos vemos la próxima semana con otro capítulo de Idavollr. (Con notas y saludos como corresponden espero).
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Noham Theonaus
Espadachín mago de Idavollr
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