Capítulo XXVII: Huyendo.
Llegó a la posada dando un portazo y se encerró en su habitación. Corrió la puerta tan rápido y fuerte, que hasta el fino material con que estaban echas retumbó. Golpeó con fuerza la pared, haciéndose daño en los nudillos, pero eso no le importaba.
Estaba dolido, dolido y decepcionado. Dejándose caer al suelo, sintiéndose sin fuerzas, apoyó los puños en sus piernas, cuando una lagrima cayó en su puño izquierdo se dio cuenta que estaba llorando.
Nunca en su vida había sentido tanto dolor, ni siquiera en las múltiples peleas que había tenido en las que había salido herido. Prefería mil veces que le arrancarán la piel a tiras lentamente a estar viviendo eso. Sentía como si su corazón se fuera roto.
El amor podía ser lo más hermoso de este mundo, lo que día a día te haga despertarte con la visión de que el mundo es mejor, con desear que el tiempo pasara deprisa para estar cerca de esa persona.
Su labio le tembló controlando un sollozo.
Había sido un tonto al pensar cada minuto del día en ella.
Estaba cansado de que el mundo fuera así. Parecía como si él fuera nacido para sufrir. ¿Por qué cuando alcanzaba la felicidad el destino se la arrebataba así?
Alzó la mirada y vio que la puerta estaba entreabierta, y allí estaba la misteriosa mujer con olor a flor de cerezo blanco. Ella abrió los ojos desmesuradamente al verse descubierta y salió corriendo.
Entró en su habitación apoyándose en la pared, respirando agitada.
No sabía porque le había afectado ver a ese criminal tan peligroso derrumbado, tan profundamente herido que hasta sus brazos se habían crispado por la necesidad que tuvo de ir a su lado y abrazarlo, cuando ella misma también necesitaba consuelo.
Habían llegado en completo silencio a la posada y él había entrado tan apresurado y enfadado en su habitación que por un momento se olvidó de su propio dolor y lo observó.
En ese momento se derrumbó, procesando todo lo que había visto ante sus ojos. Kiyosato con una mujer desnuda en una habitación. Y ella que estaba tan preocupada por él que temía dormir por las pesadillas que sabía que eso le provocaría. Pero él estaba muy bien atendido.
Soltó un sollozo apretando los puños, notando todo su cuerpo temblar. Todo tenía que tener una explicación, ella lo sabía, Kiyosato la quería, al igual que ella lo quería a él, y confiaba en él a pesar de todo. Podía ser tonta, pero no se iba a quedar lamentándose sin haber hablado antes claramente. Quería saber que había pasado en esa habitación, porque a pesar de todo, no le pasó desapercibido el detalle de la mancha roja sobre el vendaje del abdomen.
Corriendo todo lo que pudo llegó casi sin respiración. Pegó varias veces en la puerta y una adormilada criada salió a abrirle. Dejándola con la palabra en la boca salió corriendo hacia la habitación de Battousai, sin importarle el escándalo que eso supondría. Mañana habría miles de rumores sobre Battousai y ella en la misma habitación.
Al entrar, lo vio en la misma postura de siempre. Apoyado contra la pared, con una pierna flexionada y el brazo apoyado en ella, y su espada entre sus piernas. Cuando volteó a mirarla se quedó helada. Era la misma mirada fría y calculadora que le dirigió la primera vez que la vio, ya no estaba la mirada dulce y tierna que ponía cuando la miraba a ella. Entonces se dio cuenta de que Battousai había vuelto a levantar la barrera aparentemente inquebrantable que tenía para protegerse de que los demás le hicieran daño. Porque queriendo o no, le había hecho.
—Kenshin… Siento lo que viste, pero no es lo que tú crees.
Él giró la cabeza con aparente indiferencia y eso la desesperó más. Se acercó temerosa.
—Fui a bañarme y se me olvidó el kimono, cuando fui a mi habitación y por Kami doy gracias de que ningún huésped me viera, me encontré a Kiyosato allí.
Se acercó más cayendo de rodillas frente a él, poniendo una de sus manos sobre su brazo.
—Kenshin créeme. ¡Juro que eso es lo que pasó!
Battousai la miró.
—Battousai – dijo sin más.
Sin comprender frunció levemente el ceño.
—¿Cómo?
—No me llames Kenshin, soy Battousai.
Él se levantó sin soltar su espada, era como si se agarrara a ella para tener fuerzas.
—Pero… Es eso lo que ocurrió.
Sonó tonta hasta para ella, pero no sabía cómo explicarle una situación tan incómoda y comprometida que había vivido sin comerlo ni beberlo, sin poder hacer nada para evitarlo. Una situación que no iba a llegar a más, pero mirado con otros ojos, con los ojos del dolor y desconfianza de Battousai, podría malinterpretase.
Battousai apretó los dientes sin mirarla. Estaba cansado, cansado de sufrir, cansado de pelear con el mundo, por un mundo justo que parecía que no lo era con él. Cansado de vivir.
Cerró los ojos pasándose la mano por él pelo y la encaró.
—Kaoru, Kami sabe lo que te amo, pero no puedo más. El mundo solo me da puñaladas, y ni teniendo lo más bonito me deja tranquilo… Solo quiero tranquilidad, paz...Y no sé cómo conseguirla.
Ella se levantó, cogiendo sus manos entre las de ella, haciendo que soltara la espada.
—En una relación debe haber confianza. Sé que, en el mundo de asesinos, de maldad que estás acostumbrado a estar desde que eres un niño, es difícil hacerlo, pues te has criado desconfiando de todos. Pero te pido que confíes en mí, que luches por esto. Porque sin ti me muero. Te apoyo si quieres conseguir un mundo por estos métodos, uno tiene que aprender de sus errores, pero yo estaré ahí cada vez que tu tropieces para ayudarte a levantarte. Siempre lo he estado y siempre lo estaré.
Cogió la cara de Battousai entre sus manos haciendo que la mirase directamente a los ojos.
—El amor tiene sus malos y sus buenos momentos, y cuando hay un bache, tienes que saber llevarlo. Olvídate de la desconfianza con los demás, olvídate de tu barrera contra el mundo, eso te hace más daño.
Mirando esos ojos zafiros que se había enamorado y escuchando esas palabras que como siempre calentaban su corazón y volvían a hacer latir desbocado de su corazón, notó como una lagrima recorría de su mejilla. Mezcla de felicidad, por tenerla a ella, mezcla de amargura por un mundo así.
Por más que luches el mundo seguirá corrupto, porque un hombre no puede cambiarlo… Era verdad, sus sueños idealistas de un mundo mejor no podía hacerse. Matando a gente, estando en un bando que él creía que era el adecuado no iba a servir de nada, porque como bien le había dicho Kaoru, el mundo seguirá corrupto. Cogiendo aire se acercó a ella, uniendo sus labios en un beso desolador. Necesitando embriagarse de ella para coger fuerzas, porque no era su espada lo que le hacía fuerte, era el tenerla de su lado. Separándose de ella le cogió de la mano.
—Vamos… Huyamos de aquí, esta guerra se acabó. Se acabó para mí.
No podía evitar ayudar a la gente, pero lo haría como él creía que era, como estuviera en sus manos, pero no en unas manos manchadas de sangre.
El corazón de ella dio un vuelco al escuchar sus palabras. Mordiéndose el labio asintió decidida.
—Donde tú me lleves.
A la mañana siguiente, nadie en la posada sabía de Battousai ni Kaoru solamente que sus pertenencias habían desaparecido. Lizuka gruñó de rabia sentado en una roca a las afueras de la ciudad. ¡No podía ser que nadie supiera donde estaban! Ni sus contactos los había visto. Era como si se los hubiera tragado la tierra.
—Tranquilo, Lizuka – la voz de Saito llegó a sus oídos, tras él, el hombre mostraba una de sus más macabras y confiadas sonrisas —. Nadie escapa de las manos de Saito, los encontraré. Tendrás a la chica… y yo la cabeza de Battousai en la pared de mi casa como trofeo.
Izumi había seguido a Lizuka desde que había salido de la posada, sospechaba de él y lo había comentado con Shinsaku, pero otra vez estaba débil debido a su enfermedad, había recaído, y no quería preocuparle más por ese tema, suficiente estaba por la inesperada desaparición de Battousai y su amiga. Creyendo poder encontrar alguna pista de su paradero lo había perseguido llevándose una sorpresa al encontrarlo con el líder de los Shishengumi. Entornó los ojos detrás de unos matorrales, agachada entre la hierba esperando no ser descubierta. Maldito traidor... Si es que ella sabía que cuando tenía una corazonada tenía que seguirla, porque pocas veces fallaba.
Lizuka era un traidor por naturaleza, no era fiel a nadie, y su obsesión por Kaoru lo estaba volviendo loco. No le extrañaba que llegara a esos extremos.
Cuando sintió una mano en su hombro se puso pálida, giró la cabeza lentamente contemplando delante de ella la cara de Saito.
—Vaya, vaya, vaya... —levantó la mirada hacia Lizuka —. No sabía que traías a tus amigas.
Lizuka se levantó de la roca, sorprendido al mirarla, pero acto seguido sonrió.
—Una zorra más...La mujer de Shinsaku, creo que nos podría servir.
Izumi asustada, empujó a Saito levantándose y corrió intentando huir. Pero él era más rápido, la agarró en dos zancadas contra su cuerpo, inmovilizándola. Los golpes y las técnicas que Shinsaku le había enseñado en esas semanas no sirvieron de nada contra él, era más fuerte y tenía unos reflejos extraordinarios.
—Siempre viene bien tener una carta escondida. La partida acaba de empezar.
Haciéndole una llave, presionando algún punto del cuello, la desplomó, dejándola desmayada en sus brazos.
Continuará...
Siento mucho la tardanza, merezco que me peguéis u.u Pero aquí estaaa! Tardo pero actualizo, prometo que tendréis el final de esta historia! Es cortito lo sé, la verdad no soy de hacer los capítulos muy largos a no ser que me venga la inspiración. Pero a cambio actualizarlo más seguido y no os dejaré tanto con la intriga!. Ah, y tranquilizaros, como sabéis mis historias son K&K!.
Muchas gracias por los review!, da gusto saber que a pesar del tiempo la gente te siga leyendo, y que les guste tanto el fic, eso anima mucho a seguir!.
