Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen. Son propiedad de Hajime Isayama.
— Capítulo 28 —
Corazones y mentes
Eren retrocedió y cubrió a Ellery con la capa en un intento por protegerlo y aplacar su sollozo. El golpeteo insistente en la puerta principal continuaba, y las amenazas de la policía con echarla abajo pusieron en alerta a todos, principalmente a Rivaille, que no dudó en desenfundar dos cuchillas de su equipo de maniobras. Sin la policía ingresaba a la fuerza, estaba dispuesto a cortarle la cabeza al se atreviera a tocar a Eren y a Ellery.
—Deben irse —dijo Franz; él más que nadie sabía de lo que la policía era capaz de hacer si los descubrían.
Eren negó con la cabeza; no parecía convencido.
—Pero si nos vamos, ustedes podrían...
—Será peor si los encuentran aquí —explicó Franz—. Rápido, váyanse.
—¡Pero!
Rivaille sujetó del hombro a Eren, capturando su atención.
—Entiende que si nos quedamos será peor para ellos.
Eren bajó la cabeza con pesar y asintió al entender que su presencia solo causaba problemas, y su única opción era escapar.
—Síganme —dijo Hannah.
Los guió por el pasillo hasta el interior de la casa, donde yacía una ventana que daba hacia un callejón estrecho.
—Por aquí —dijo ella—. El callejón los llevará hasta la calle principal.
Rivaille fue el primero en salir; luego ayudó a Eren, quien trataba de calmar los sollozos insistentes de Ellery.
—Muchas gracias por todo —dijo Eren—. Espero no tengan problemas.
—No te preocupes, estaremos bien —dijo Hannah—. Ahora váyanse antes que los encuentren. De prisa, y suerte.
Eren asintió y siguió a Rivaille, quien caminaba por el callejón con las cuchillas de su equipo aún desenvainadas. No sabía si la policía vigilaba el lugar desde los tejados, pero apostaba por ello dado el estilo de seguimiento que comúnmente adoptaba, por lo que le pidió a Eren que se cubriese la cabeza y mantuviera en silencio a Ellery.
Avanzaron por el estrecho callejón hasta salir de él y se mezclaron entre las personas que transitaban en la calle principal. Y cuando creyeron estar a salvo, Ellery comenzó a llorar con fuerza.
—¿Qué le pasa? —preguntó Rivaille, deteniéndose para observar algún rastro de la policía por los alrededores.
—Tiene hambre —respondió Eren—. Necesito darle de comer.
—Es peligroso detenerse ahora. Debemos seguir.
—Pero debo alimentarlo o seguirá llorando —insistió Eren.
Rivaille chasqueó la lengua con un dejo de fastidio. Entendía que Ellery debía comer —era muy pequeño para entender la situación en la que se encontraban—, pero tampoco podían detenerse o serían encontrados.
Vio a su alrededor y llevó a Eren hasta un callejón donde una pila de cajas, lo suficientemente alta como para mantenerse lejos de todo alcance visual, yacía tirada a medio camino.
—Date prisa —le ordenó a Eren luego que se ocultaron.
Eren asintió y comenzó a desabotonarse la camisa, y en el momento que puso a Ellery contra su pecho se hizo el silencio.
Rivaille vio la escena un momento para luego salir del callejón y vigilar. Y aunque su concentración se hallaba en detectar algún rastro de la policía, el sentimiento que se contraponía a sus deseos de permanecer junto a Eren le generaba frustración. No podía sentirse tranquilo sabiendo que tanto Ellery como Eren estaban en riesgo. La iglesia había condenado a Eren a la horca y la policía lo buscaba para cumplir esa sentencia, y sin embargo ahora, arriesgando la vida en el intento, luchaban por una oportunidad para escapar de ella.
Pero a pesar de las circunstancias y los riesgos que implicaban desafiar a la autoridad, Eren había logrado sobrevivir, burlar a la policía y llegar a la ciudad subterránea con Ellery sano y salvo. Su fortaleza no podía ser subestimada, y Rivaille, consciente de ello y de su hazaña, la valoraba y respetaba.
En medio del barullo de la muchedumbre que transitaba por la calle principal a esa hora de la mañana, la voz de Eren arrullando a Ellery llegó a los oídos de Rivaille. Se volteó para observarlos y entendió finalmente que su deber ahora era velar por la seguridad de los dos, y que si anteriormente no había podido hacerlo, esta era la oportunidad de demostrar que merecía a Eren, y lo haría luchando por él y el fruto de su amor.
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El regreso de Armin a la hacienda fue programado para la mañana siguiente, luego que Irvin le pidió que empacase para partir. Armin no había podido oponerse, y la preocupación de lo que fuera a suceder lo había mantenido despierto toda la noche.
En la vigilia, su mente fue invadida por la idea de lo que iba a representar tal separación y las consecuencias que esta gatillaría. No podía aceptarla por más que quisiera; eran demasiados meses arraigando en su interior sentimientos que ahora oprimían su pecho y le obligaban a rechazar su regreso a María. Porque aunque estaba dispuesto a guardar silencio, había algo que quería decirle a Irvin. Y pensando en ello vio salir el sol por la ventana de su dormitorio.
Durante el desayuno no pudo evitar ocultar su rostro abatido por la falta de sueño y sus pensamientos precipitados sobre Irvin, quien no tardó en preguntarle el motivo de su aspecto, aunque ya lo sospechaba.
—Lo siento, no pude dormir bien —argumentó Armin, revolviendo sin muchas ganas su taza de té.
Irvin sabía que Armin no quería marcharse, pero retenerlo para complacerlo resultaba un acto imprudente y egoísta. Él era demasiado importante en su vida como para exponerlo indebidamente a un conflicto del que podría resultar lastimado.
Dejó su taza de café sobre la mesa y dijo:
—Sé que no quieres marcharte, pero es por tu seguridad.
Armin asintió con pesar sin atreverse a levantar la mirada y verle a los ojos, sintiendo que con cada minuto transcurrido su añoranza por él aumentaba.
Hanji ingresó a la habitación en ese momento con un papel en las manos. Lucía indignada, y lo dejó claro cuando pateó una de las sillas junto a la mesa del comedor.
—¿Qué sucedió? —preguntó Irvin al ver su comportamiento iracundo.
—El rey acaba de dar un comunicado con la orden de capturar a los rebeldes que se fugaron de la prisión. Quiere sus cabezas, y dará una recompensa de dinero y un reconocimiento por servicios a la corona a todo aquel que los entregue. Irvin, tú también...
—Era de esperarse —dijo Irvin sin preocupación, pero vio la expresión de horror de Armin, y no tardó en explicarle la situación—. Es por eso que quiero que regreses a la hacienda.
—No puedo irme y dejarlo sabiendo que lo capturará la policía —rebatió Armin—. ¡Podrían matarlo!
—Es un riesgo que debo tomar. Es mi deber permanecer aquí.
—¡No es justo! —exclamó Armin, incorporándose de su silla—. ¡No puede quedarse por personas que hasta hace muy poco eran el enemigo y dar su vida por ellos!
—Armin —soltó Irvin con severidad, sobresaltándolo—. Soy el comandante de la legión de reconocimiento; un soldado. Mi misión es quedarme aquí, asumir la responsabilidad de mis actos y ayudar a quienes lo necesitan.
Armin volvió a sentarse y apretó los puños bajo la mesa. No creía poder aguantar por más tiempo la oleada de emociones que arremetían y escaldaban impetuosamente su interior. Se estaba ahogando aun cuando entendiera que Irvin era un soldado y que no podía hacer nada contra eso. Sin embargo él también era su tutor y la persona más importante en su vida, y si dejarlo significaba perderlo, trataría de hacer todo lo que estuviera en sus manos por evitarlo.
Cerró los ojos con fuerza y contuvo el llanto ante la impotencia que lo embargaba, pues estaba llegando al límite de su resistencia.
La puerta del salón fue golpeada dos veces, dejando paso a Auruo luego que Irvin se lo permitiese con un "adelante" casual.
—El carruaje está listo —anunció Auruo. Él también regresaría a la hacienda; Irvin se lo había pedido, y debía obedecerle aun cuando no estuviese de acuerdo.
—Gracias —respondió Irvin. Vio a Armin y le dijo—: ve por tus cosas.
Armin asintió sin siquiera levantar el rostro, y dejó el salón bajo un aire de abrumo que incluso Hanji notó.
—A veces me sorprende lo frío y cruel que puedes ser con las personas que te rodean —comentó luego que Auruo se retirase.
—¿A qué te refieres? —preguntó Irvin, viéndola con desconcierto.
Hanji negó con la cabeza, palmeándose la frente con decepción.
—No puedo creer cómo eres capaz de armar complejas estrategias militares y a la vez ser un completo tonto para entender los sentimientos de una persona.
Irvin permaneció en silencio, viendo cómo Hanji se acercaba al dormitorio de Armin.
—Reconsidera tu actitud con Armin —pidió ella—. No se merece que lo dejes partir de esta manera.
Irvin quedó con la mirada clavada en la puerta del cuarto de Armin luego que Hanji desapareciese tras ella. Había cosas que entendía bien, y lo que pasaba con Armin no era la excepción. Sin embargo, existía una barrera que le impedía conocer sus verdaderos sentimientos y aceptarlos. Y mientras no se la arrancara del corazón, no lograría ver más allá de ella y descubrir aquello que Armin mantenía en secreto y que parecía carcomerlo por dentro.
Dentro del dormitorio, Hanji observó a Armin desde la entrada. Su postura derrotada frente a la cama para recoger lo último que quedaba antes de partir le daba una idea de lo que pasaba por su mente. Al principio no lo había notado, pero tras pasar tiempo compartiendo con él lo había logrado. Las miradas, los gestos, las palabras; todo en él era una declaración silenciosa hacia Irvin.
"Qué dilema", pensó mientras observaba la espalda de Armin. Obligarle a decir la verdad era imposible; mucho menos persuadirle para hacerlo. Los sentimientos de Irvin seguían arraigados a Eren, y mientras no se desligara de ellos, el corazón de Armin seguiría condenado al sufrimiento.
Una vez listo, y luego que el equipaje fue guardado en el carruaje, Armin dejó la posada en la que se hospedó con Irvin durante cinco meses. Cada paso hacia la salida fue un peso extra para su corazón, y es que desde anoche sentía un nudo en la garganta que lo asfixiaba peligrosamente.
Al llegar al carruaje, vio que Irvin le esperaba. Y aunque trató de verlo a los ojos, no se sintió capaz, y solo mantuvo la vista fija en el suelo.
—Lamento mi reacción hace un rato —dijo Irvin—. Sé que estás preocupado por toda esta situación, pero mi deber es permanecer aquí.
Armin asintió sin alzar el rostro. Su mirada estaba fija en los adoquines del suelo, porque sabía que si veía a Irvin se soltaría a llorar.
—Y es por eso que si algo me llega a pasar, quedarás a cargo de la hacienda.
Armin dio un respingo y alzó el rostro, soltando un "¿Qué?" estupefacto.
—No había querido tocar este tema contigo —dijo Irvin—, pero dada las circunstancias, es necesario hacerlo. —Tras una pausa dijo: —Hace unos días reescribí mi testamento. Tras mi separación con Eren las cosas cambiaron. Sin embargo, siempre te consideré, y tuve presente que tú heredarías parte de mis bienes. Como tu tutor, es mi responsabilidad asegurar tu futuro.
Armin negaba sin creer lo que escuchaba. Las palabras de Irvin eran como una despedida. Y aunque aquello le desgarraba, más le afectaba el hecho de ver que él tramitaba su futuro con una frivolidad lacerante.
—Mi testamento ahora te señala como dueño absoluto de mis tierras. No tengo descendencia y Rivaille posee su propia fortuna. Y aunque no tenemos la misma sangre, eres lo más cercano a un familiar. Es por eso que heredarás to-
—¡No quiero! —soltó Armin, viéndolo a los ojos bajo un caudal de emociones que lo vapuleaban dolorosamente—. ¡No quiero nada!
Irvin enmudeció, atónito ante la seguridad con la que Armin le había interrumpido. Nunca había visto una expresión tan intensa en sus ojos que le veían con determinación.
—¿Es que no entiende? —dijo Armin conteniendo el llanto—. De nada me sirve heredar cosas materiales si no estará usted.
Ya no había vuelta atrás. Toda su vida se había considerado cobarde; siempre le faltó valor para enfrentar los desafíos que se ponían en su camino. Pero ahora ya no tenía dudas; sabía que había llegado el momento de dejar a un lado lo racional, los temores, la inseguridad, y escuchar a su corazón.
Resuelto clavó su mirada en la de Irvin y le confesó:
—Estoy enamorado de usted. Lo amo, ¡lo amo! No me interesan sus tierras. No quiero heredar algo suyo. ¡Solo lo quiero a usted!
Irvin no respondió. Cuando creyó posible decir algo, descubrió que las palabras habían muerto en su garganta. No sabía qué decir ni cómo dar forma a las ideas que comenzaban a agitarse en su mente. Lo admitía, se había equivocado, Armin había confesado sus sentimientos y él solo pensaba en heredarle bienes materiales. No había visto sus sentimientos aun cuando siempre estuvieron ante sus ojos. Pero ahí estaba ahora, temblando frente a él luego de abrir su corazón. Su rostro yacía apuntando al suelo y sus hombros vibraban sobre una postura rígida y avergonzada, que para Irvin fue el fiel reflejo de lo que había significado declararle su amor.
Y solo eso bastó para sentir una calidez diferente en el pecho y un estremecimiento repentino en todo el cuerpo que le instó a dar un paso hacia Armin y sujetarle el rostro. Lo alzó con cuidado y, al ver sus ojos colmado de emociones y sus mejillas arreboladas, notando el calor que manaba de ellas, besó su frente con suavidad.
Armin no pudo contener el estremecimiento que le produjo aquel gesto. Tensó el cuerpo, intentando huir de Irvin, pero él salvaba tan bien la distancia con sus manos puestas en su rostro, que incluso podía percibir su calor y el aroma que desprendía y que tan bien conocía.
Se sentía avergonzado y al borde del llanto. Jamás había sido una persona impulsiva; todo lo pensaba, lo estudiaba, pero ahora sus impulsos más recónditos tomaron el control de su cuerpo, obligándole a confesarle a Irvin aquello que no quería revelar, porque sabía que, a partir de ahora, su relación con él no volvería a ser la misma.
Irvin se alejó tras soltarle el rostro y, entonces, pudo contemplar con detenimiento su apacible semblante. ¿Acaso Irvin estaba tranquilo con su declaración? Intentó decir algo pero se sintió atrapado por sus intensos ojos.
Erd, Auruo y Gunter llegaron en ese momento, tal como Irvin había dispuesto, para acompañar a Armin de regreso a María. Y mientras él les daba unas instrucciones, Armin intentaba asimilar lo que había sucedido. Tanto así, que ni siquiera fue consciente del momento en el que Erd le ayudó a subir al carruaje. Y solo cuando este comenzó a alejarse volvió a sus sentidos y se asomó por la ventana, viendo a Irvin mientras se alejaba cada vez más de él.
En ese momento quiso llorar, gritar y bajarse del carruaje, pero le había faltado valor para hacerlo y desobedecer la petición de Irvin. Y cuando se dio cuenta lo que estaba sucediendo, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Las lágrimas llegaron finalmente, seguidas de un desconsuelo que le hizo apretar los puños en el marco de la ventana del carruaje mientras la figura de Irvin se alejaba de su lado y hacía más pequeña. Reprimió un sollozo y pensó en lo que había hecho, descubriendo que una parte de él no se arrepentía de ello. Había abierto su corazón a Irvin y no lo lamentaba. Su conciencia ahora estaba tranquila, luego que a su mente llegaran las palabras que en alguna ocasión le había dicho a Eren.
"Es mejor arrepentirse de lo que hiciste y no de lo que no hiciste."
Cerró los ojos con resignación y tomó asiento al interior del carruaje. Su pecho ahora ya no cargaba con aquel peso que le oprimía desde que se descubriera enamorado de Irvin. Fueron meses de pesar y de negar aquel amor que había aflorado por Irvin con el paso de los años, y que ahora solo era capaz de asumir y afrontar.
Apretó los ojos y dejó que el llanto invadiera su dolor al saber que quizá su confesión sería lo último que Irvin iba a escuchar de sus labios, y que el beso en la frente iba a ser el último contacto que tendría de sus labios.
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Luego que Ellery se durmió tras terminar de comer, Eren y Rivaille dejaron el callejón para continuar su escape de la policía.
—¿Adónde iremos ahora? —preguntó Eren al ver que Rivaille, luego de guardar las hojas de acero de su equipo de maniobras, caminaba sin vacilación hacia una dirección.
—Saldremos de aquí.
—¿Salir? Pero creí que...
—Este sitio ya no es seguro. La policía siguió tu rastro y ahora revisarán casa por casa hasta encontrarte.
—Pero si salimos nos encontrarán igual.
Rivaille se detuvo y volvió el rostro para encararle con una mirada severa. Eren tenía razón, pero debían correr el riesgo.
—¿No prestaste atención al relato de Franz? —preguntó—. Estar aquí solo causará problemas. La policía no descansará hasta encontrarte, dañando de paso a personas inocentes. ¿Es eso lo que quieres?
Eren negó con pesar. Era consciente que por su causa las personas a su alrededor se veían involucradas en sus problemas, pero tampoco quería pasar el resto de su vida huyendo. Debía continuar y aferrarse a la esperanza de que tarde o temprano la policía se aburriría de buscarle.
Retomaron el paso y avanzaron hacia una de las salidas secretas de la ciudad subterránea. Rivaille sabía que la policía custodiaba la entrada principal, por lo que decidió continuar por callejones apartados de las calles principales hasta llegar al cementerio, al otro lado de la ciudad.
Cruzaron un viejo cerco de madera y se aproximaron a la capilla del lugar.
—Aguarda aquí —dijo Rivaille, desenvainando nuevamente dos hojas de acero de su equipo de maniobras, y se adelantó para inspeccionar el lugar. Tras unos minutos, regresó—. Continuemos.
Eren asintió y le siguió con cuidado. El interior se hallaba en completo abandono; solo una hilera de butacas y un púlpito al fondo del edificio decoraban el lugar. Los candelabros yacían apagados y, ante la escasez de ventanas, el lugar lucía sombrío y frío.
Rivaille se acercó al púlpito y tomó uno de los candelabros que yacían tirados en el suelo. Lo encendió y vio hacia la única puerta que había en el lugar.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Eren.
—Busco la salida —respondió Rivaille.
Eren supuso que Rivaille buscaba uno de los túneles secretos que conectaban a la ciudad con el exterior. Eran varios y estaban distribuidos secretamente en toda la ciudad; algunos habían sido construidos con el fin de burlar a la policía, pero el que Rivaille buscaba era uno que les llevaba directamente al exterior.
Rivaille giró el pomo de la deteriorada puerta de madera y la abrió. Las bisagras rechinaron, generando un desagradable eco al interior de la capilla. Del otro lado solo había oscuridad, y Eren no tardó en recordar las desagradables horas que pasó al interior del otro túnel luego que dejó a Flink.
—Vamos —dijo Rivaille, pero Eren le atajó.
—¿Qué tan lejos está el exterior? —preguntó.
—De qué hablas.
Rivaille vio que Eren parecía renuente a seguir.
—¿Cuántas horas estaremos ahí adentro?
—Lo suficiente para salir de este lugar. ¿Por qué?
—Es que...
Eren no quería revivir aquello. Fueron cerca de doce horas de encierro, calor y ansiedad; lo suficiente como para no querer a volver a pasar por algo así.
—No será igual que en el otro túnel —dijo Rivaille al ser consciente de lo que había vivido Eren—. Y aunque así lo fuera, debes estar dispuesto a todo por tu supervivencia y la de Ellery.
—Lo sé.
—Entonces no titubees.
Sacudió la cabeza y observó a Ellery que dormía profundamente. Sabía lo que debía hacer. Había llegado demasiado lejos como para acobardarse por algo tan insignificante.
Alzó la mirada y respondió con determinación:
—Continuemos.
Cruzaron la puerta y se encontraron con una serie de escalones de piedra que bajaron hasta llegar a una cámara de roca envuelta en penumbras. Eren se detuvo en seco al reconocer el lugar.
—Una cripta —murmuró incómodo. Lo que menos esperaba era invadir el sitio donde descansaban los muertos.
La sala era sencilla en comparación a la cripta bajo la catedral de Sina, que era una verdadera iglesia bajo tierra, con naves laterales y ábsides. Esta en cambio era una bóveda de hechura tosca, adornada solamente con tumbas distribuidas en hileras y columnas con capiteles que imitaban la arquitectura antigua.
Rivaille encendió una de las antorchas que descansaba en el pilar central y se plantó frente a la muralla del fondo de la habitación. Dejó el candelabro en el suelo y comenzó a empujar la pared de roca. Eren se sorprendió al ver que esta comenzó a ceder rápidamente, revelando lo que parecía ser la entrada hacia un túnel. De inmediato, una corriente de aire irrumpió en la cripta. Las llamas de la antorcha y el candelabro titilaron y Eren supo lo que iba a suceder una vez que ingresaran a ese corredor subterráneo.
Respiró hondo y siguió los pasos de Rivaille sin protestos. Al ingresar al túnel descubrió que era considerablemente más grande que el que había usado para llegar a la ciudad. El sitio era espacioso y las paredes eran de roca sin pulir. Podía notar, gracias a la luz del candelabro, algunas raíces adheridas a los muros como enredaderas. Un aroma a humedad impregnaba el túnel; y en comparación al otro, este era mucho más fresco. De cuando en cuando una ráfaga de aire soplaba. Eren no tardó en relajarse y caminar con paso firme junto a Rivaille, y al cabo de unos minutos el túnel terminó abruptamente dando paso a diez escalones que les llevaron a una trampilla de madera. Rivaille la abrió y la luz natural proveniente del exterior les recibió.
—Espera —dijo Rivaille, subiendo primero. Eren aguardó y segundos después le tendió la mano para ayudarle a salir del túnel.
Una ráfaga de viento cargada de olor a madera y flores silvestres le golpeó el rostro y batió con fuerza su capa. El sol, apenas emergiendo de entre las montañas, lo cegó unos instantes. Se cubrió los ojos del resplandor y observó el paisaje que les rodeaba. Una explanada se abría camino entre mogotes de piedra y un puñado de árboles que aseguraban con aprensión la puerta del túnel. A su espalda, no muy lejos de donde se encontraban, una gruta en los faldeos de las colinas al oeste de María, próxima a un bosque de abedules, protegía la entrada principal de la ciudad subterránea. Eren sentía que había pasado mucho tiempo desde que respirara aire puro y contemplara la claridad de un amanecer fresco y soleado.
Rivaille caminó hasta el inicio del bosque y con un silbido comenzó a llamar a su caballo Troy. En ese momento Eren resintió la ausencia de Flink y lo que significaba haberlo dejado libre.
Tras unos minutos, Troy apareció y se acercó a Rivaille, relinchando con notoria felicidad. Fue entonces que Rivaille se percató del abatimiento de Eren.
—¿Qué te pasa?
—Tuve que dejar a Flink —confesó—. Creí que iba poder quedarme con él, pero...
—¿Ya olvidaste la ocasión en la que te lastimaste el tobillo en el bosque?
—¿Eh?
—A diferencia de otros caballos, estos están entrenados —dijo Rivaille mientras acomodaba las riendas de Troy—. Saben perfectamente cómo llegar al sitio para el que los acondicionaron.
—Significa que...
—Cuando tengas una oportunidad, podrás ir por tu caballo a la hacienda. Ahora limítate a pensar en alejarte de la policía.
Eren se sintió renovado. La presión por su escape le había hecho olvidar la habilidad de Flink para regresar a la hacienda gracias a su entrenamiento. Y sabía que apenas tuviera la oportunidad, volvería por él.
—¿Qué haremos ahora? ¿Hacia dónde iremos? —preguntó luego que Rivaille terminase de ajustar la silla en Troy.
—Nos apegaremos al plan.
—¿Plan? ¿Cuál plan?
—Sube —le ordenó Rivaille, ignorando su pregunta.
Eren vio que Rivaille no tenía intenciones de montar a Troy, por lo que obedeció en silencio. Y solo cuando estuvo listo, se alejaron de la trampilla y salieron a campo abierto.
En las praderas era común encontrar caballos pastando. La mayoría pertenecían a los habitantes de la ciudad subterránea, que los dejaban al aire libre para que no llamaran la atención encerrados en corrales. Algunos tenían sus bozales, y Rivaille no tuvo problema en tomar a uno y atarle una de las correas de repuesto que portaba en la silla de Troy. El caballo que eligió era marrón con motas blancas en las patas. El animal no protestó cuando él lo montón sin silla; tampoco porque fuera un extraño.
—Hacia dónde iremos —volvió a preguntar Eren. Quería creer que irían hacia la muralla María para salir del reino, pero se equivocó cuando vio la ruta que tomaba Rivaille, hacia el norte—. Creo que deberíamos ir hacia el otro lado.
—¿De qué estás hablando? Iremos a Trost.
—¿Qué? Pero creí que saldríamos del reino.
—Es más seguro aquí adentro que afuera. Actualmente hay muchas batallas en los alrededores.
—Pero ir a Trost... la policía nos encontrará.
—No lo harán. No buscarán en el peor sitio para ocultarse de ellos.
—No entiendo —dijo Eren—. No tiene sentido.
—La policía no buscará en Trost porque no creen que seas tan imprudente como para ocultarte frente a sus ojos. Su metodología es diferente a la de la legión. Y si llegaran a encontrarte, no les convendrá iniciar una batalla en el distrito más fortificado y con mayores opositores al reino de los tres estados.
Eren pensó un momento y entendió que la teoría de Rivaille tenía sentido. Vulnerar la seguridad de la policía ante sus propios ojos haría infructuoso su hallazgo. La policía era la división más fuerte de las tres ramas militares del reino, pero su orgullo y confianza en su propia fortaleza era su mayor debilidad. Sin embargo y, aunque le alegraba haber dejado la ciudad subterránea, Eren estaba decepcionado de no poder salir del reino y viajar a tierras desconocidas. Él aún quería ser libre y vivir en un territorio sin muros que lo rodearan, pero parecía que sus planes se veían mermados una vez más, postergándolo por su supervivencia.
Golpeó suavemente los costados de Troy y siguió el paso de Rivaille por un pequeño sendero hacia el camino principal. Esta vez no usarían rutas alternas, y esperaban tener suerte de no llamar la atención de la policía y burlar su inteligencia.
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Fue poco antes del anochecer, que Eren divisó el muro de Trost. Tras diez horas de viaje y, desde que dejaron la ciudad subterránea, pararon solo las veces en las que Ellery necesitó comer y cuando tropas de la policía patrullaron los alrededores. Rivaille sabía que ellos no solo buscaban Eren; los rebeldes que se habían fugado de la cárcel también estaban en la mira.
Al llegar a la puerta del distrito, los guardias estacionarios, enterados de la situación por la que atravesaban, les permitieron ingresar no sin antes asegurarse de que la policía no se encontrara cerca.
—Estuvieron de guardia hace media hora. No tardarán en volver a tomar nuestros puestos de vigilancia —señaló Mitabi Jarnach, uno de los soldados estacionarios de élite, y que estaba al mando de la unidad de soldados en la puerta sur de Trost.
—¿Dónde está Pixis? —preguntó Rivaille.
—Está en una reunión. Las cosas no están bien. Hay demasiados policías, y no creo que sea por los rebeldes. Ellos no dejan Sina a menos que sea por algo en verdad grave.
Rivaille concordó con ello. Su experiencia le obligaba a pensar el peor escenario, y es que de los tres organismos del ejército, la policía militar era la que más víctimas inocentes cobraba a la hora de querer cumplir con sus objetivos.
—Dile a Pixis que hablaré con él más tarde —pidió, retomando el paso en el caballo que tomó en las afueras de la ciudad subterránea.
Eren le siguió, asegurándose de que no vieran su rostro ni notaran a Ellery. No quería llamar la atención; mucho menos causar problemas aun cuando las tropas estacionaras estuviera al tanto de su situación.
Avanzaron con cautela hasta llegar al centro del distrito, no muy lejos del cuartel general. Dejaron la calle principal y desviaron por una callejuela cerrada por un conjunto de casas de dos pisos. Al poco se detuvieron frente la fachada de la última casa. Para ese entonces, las primeras estrellas ya se habían manifestado en el cielo.
Rivaille bajó del caballo y se acercó a la única ventana del primer piso. Se agachó y sacó debajo de un adoquín suelto una llave. La embonó en la cerradura de la puerta principal e ingresó a la propiedad.
—Entra —le dijo Rivaille a Eren luego de encender un candil.
Eren bajó de Troy y cruzó la puerta de la vivienda, observándola y apreciando su decoración. El primer piso contaba con el comedor, un pequeño living y la cocina. Arriba apostaba que se encontraban los dormitorios.
—Dejaré los caballos en las caballerizas del cuartel e inspeccionaré. Quédate aquí.
—Espera —le atajó Eren—. Este lugar...
—Pertenece a Irvin. Me dijo que lo usara en caso de emergencia. Por lo visto pensó en todo, hasta el último detalle.
Eren asintió aún sin creer en todo lo que Irvin había pensado y hecho por ambos. Nada había pasado por alto; todo estuvo debidamente planificado en caso de que las cosas salieran mal.
—¿Estaremos seguro aquí? —preguntó antes que Rivaille se marchara.
—Depende de lo persistente que sea la policía —respondió él—. Mientras crean que sigues afuera, estarás a salvo.
A solas Eren aguardó unos momentos de pie en medio del comedor hasta que sintió a Ellery moverse dentro del portabebés. Al descubrirlo lo vio despierto, agitando sus manos en un intento por aferrarse a algo.
—Por fin despertaste —le dijo con una sonrisa, y le pasó el dedo índice de su mano derecha para que se aferrase a él. Ellery lo sujetó con fuerza y se quedó tranquilo.
Eren aprovechó entonces de conocer la casa. Tomó el candil que Rivaille encendió y recorrió el lugar. Tras inspeccionar rápidamente el primer piso, descubriendo una pequeña oficina contigua al comedor y una despensa con sacos de harina, arroz y carne seca en la cocina, Eren subió a la segunda planta e ingresó al primer dormitorio frente a las escaleras. No se diferenciaba a la de la casa de Franz y Hannah: dos camas, un armario y una mesa donde yacía un recipiente para lavarse las manos. Eren se quitó la capa y la tiró a los pies de la primera cama; dejó el candil en la mesa y acomodó a Ellery en la segunda para luego observar el exterior desde la ventana de la habitación. La vista daba hacia el cuartel del distrito. Rivaille se encontraba allá, guardando a los caballos y averiguando los movimientos de la policía, que parecía haberse adueñado de Trost. Eren esperaba que todo estuviera en orden y que lo dejaran tranquilo al menos por esta noche.
Ellery se quejó un poco, demandando atención. Eren se le acercó y retiró algunas prendas para su comodidad.
—¿Qué sucede? ¿Tienes hambre? Pero si cenaste antes de llegar.
Mientras le hablaba y desvestía, le acariciaba con cariño. Le gustaba contemplar las expresiones que hacía su rostro ante el sonido de su voz y el contacto de sus manos. Y solo cuando Ellery se quedó tranquilo y en silencio, se desprendió del equipo de maniobras. Lo dejó a un costado de la ventana y abrió el armario, sorprendiéndose al encontrar ropa disponible, la cual no dudó en tomar. Sacó una camisa y un pantalón que parecían de su talla, y sintió deseos de darse un baño. Las comodidades de la prisión no le permitían baños regulares, y la lluvia de la noche anterior no había sido suficiente.
Luego de asegurarse de que Ellery dormía, dejó el dormitorio e ingresó al contiguo, resultando ser el cuarto de baño. En el centro de la habitación había una bañera de loza y en la pared del fondo un estante de dos puertas que contenía toallas y jabones. Eren no lo pensó demasiado y bajó al primer piso para calentar agua. Una vez lista la vertió en la bañera. El cuarto comenzó a llenarse de un agradable vapor que Eren no había tenido el privilegio de disfrutar desde que dejó la hacienda, cuando Armin preparaba sus baños todos los días.
Con la bañera lista, Eren se desnudó y metió en ella. Bajo el agua caliente se sintió revivir. Sus músculos se relajaron rápidamente pues el agua estaba arrastrando toda la tensión, y su cuerpo pareció dar un suspiro a medida que el agua le recibía y recorría como una mano sanadora.
Apoyado contra una de las paredes de la bañera, retiró el vendaje de su brazo izquierdo. Ymir había hecho un buen trabajo; la herida producto del disparo cicatrizaba, pero aún debía prestarle atención si quería evitar que se le infectara. Incluso el corte en su pierna provocada por el enfrentamiento con la policía en la ciudad subterránea sanaba sin problemas.
Tras soltar un profundo suspiro se sumergió por completo en el agua, dejando la cabeza y los brazos apoyados en el borde de la bañera. Cerró un momento los ojos y pensó en lo que había vivido hasta ahora. Su viaje que apenas empezaba, aunque le costara aceptarlo. Tras tomar decisiones importantes y aclarar sus sentimientos, su camino había tomado otro rumbo. Hubiera querido seguir tranquilo, continuar lo que el destino le había reservado y así evitar lastimar a las personas que le rodeaban. Pero ahí estaba, luchando por Rivaille y Ellery y la vida que quería establecer con los dos.
Abrió los ojos y tras tomar la esponja sacada del mueble del cuarto, comenzó a lavarse. Talló bien su cuerpo, esperando borrar el cansancio y los estigmas de los cinco meses en prisión. Una vez limpio, volvió a sumergirse en la bañera. Cerró los ojos por un momento; estaba tan extenuado tras tantas horas de tensión y viaje, que ni siquiera escuchó cuando Rivaille ingresó al cuarto y se sentó a su lado, observándolo.
—Estás muy delgado —dijo de pronto, sobresaltándolo.
—No te escuché llegar —dijo. Cerró los ojos y preguntó—: ¿Cómo te fue?
—Seguí a la policía. Hay un grupo considerable, pero no parecen estar buscándote.
Eren abrió los ojos con intriga.
—¿Qué hacen aquí entonces?
—Es lo que traté de averiguar. Al parecer algunos rebeldes se refugiaron en los alrededores del distrito. Pero mientras no te busquen, permaneceremos aquí.
Eren asintió, volviendo a cerrar los ojos y relajándose con la presencia de Rivaille a su lado.
—Hacía mucho que no me daba un baño tan relajante —confesó.
—Como prófugo de la justicia deberás acostumbrarte a pasar incomodidades de vez en cuando.
—Lo sé, pero no me preocupa. —Abrió los ojos y vio los de Rivaille. —No mientras esté contigo.
Sus palabras hicieron que Rivaille viera hacia la puerta del cuarto. Él no se especializaba en responder con frases románticas o adecuadas al momento. Eren lo sabía, por lo que no le molestaba su silencio. A cambio, sujetó su mano que descansaba casual en el borde de la bañera y la atrajo a su mejilla derecha. Su calor era agradable. Nunca dejaba de emocionarse al sentir a Rivaille en su piel. Rozó su mano casualmente con los labios y suspiró al percibir su textura y firmeza.
Rivaille le observó en silencio. A la luz del candil podía apreciar claramente cómo su cuerpo había adelgazado producto de su encierro en prisión. Sabía perfectamente que la comida en la cárcel era miserable, y lo había sido más para Eren producto de su embarazo. A su campo de visión llegó la herida de bala en el brazo de Eren y chasqueó la lengua. Apartó la mano con un dejo de fastidio y se puso de piel. Eren lo observó en silencio mientras caminaba hacia la puerta la habitación.
—Iré a preparar la cena.
—¡Ah! Te ayudaré —dijo Eren con entusiasmo.
—No es necesario —le atajó Rivaille—. Aprovecha la bañera.
Eren lo vio dejar el cuarto y pensó en sus palabras y reacción. Era claro que quería que descansara y aprovechara las comodidades que ofrecía la casa. Sonrió por eso y se relajó nuevamente, sumergiendo su cuerpo en el agua caliente y espumosa. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró sobresaltado y con un sudor frío en la frente: había tenido un extraño e inquietante sueño.
Salió de la bañera y se secó rápidamente. Se vistió y, antes de bajar al primer piso, vio a Ellery, que dormía profundamente.
Al bajar, un agradable olor a guiso de carne le asaltó. Rivaille estaba junto a la chimenea donde revolvía una cacerola. Sobre la mesa del comedor había dispuesto con pulcritud dos platos, cucharas y servilletas perfectamente dobladas. El estómago de Eren se removió y rugió sonoramente. El aroma del guiso le había abierto el apetito, sin embargo, el sueño de hace un rato le mantenía intranquilo, y Rivaille no tardó en advertirlo al ver su expresión pálida y preocupada.
—¿Qué te pasa?
Eren negó un poco vacilante; no sabía si debía contarle lo sucedido.
—Tuve un sueño.
Rivaille le observó a la espera que continuara.
—Un sueño con el comandante. —Aguardó para ver su reacción, pero al notarlo sereno y expectante, prosiguió. —No recuerdo realmente el escenario; todo estaba oscuro. El comandante se hallaba frente a mí, y al ver su expresión noté que no estaba bien.
—¿Crees que le pasó algo malo?
—No lo sé. Pero desperté con una opresión en el pecho.
Rivaille no dijo nada; continuó revolviendo el guiso sobre el fuego mientras sus pensamientos le llevaban a Irvin y a lo que podría estar pasándole para que Eren soñara con él.
Cuando la cena estuvo lista, el silencio que reinó en la mesa solo duró unos cuantos minutos: Eren se había dado cuenta de algo que no tardó en manifestarlo.
—Es la primera vez que pruebo algo hecho por ti —dijo con una expresión de satisfacción—. No creí que supieses cocinar.
—El que haya echado a la olla unas papas y un trozo de carne no significa que sepa cocinar. —Eren lo miró creyendo que solo trataba de ser modesto. —En el ejército tienes que aprender este tipo de cosas o te mueres de hambre. Es cuestión de supervivencia.
—Bueno, no tienes que ser perfecto en todo —señaló mientras recogía con la cuchara un trozo de carne sumergido al fondo del plato.
—Nadie es perfecto —aclaró Rivaille.
—Para mí lo eres.
—No digas tonterías.
—¡No son tonterías! —exclamó Eren, tomándole una de las manos que descansaba sobre la mesa—. Eres perfecto para mí. Además, este guiso está delicioso.
Rivaille apartó la mano que Eren le sostenía y lo vio a los ojos, percibiendo su sinceridad. Para él, Eren era como un libro abierto; podía entender a la perfección sus emociones, descubriendo que casi siempre su interior estaba lleno de amor y pasión. Una pasión que admiraba.
Eren rompió el contacto visual para seguir cenando, y mientras terminaba de devorar el contenido del plato, Rivaille se dedicó a observarlo con los brazos cruzados y los párpados entornados. Tras ellos, la mirada era intensa y concentrada, como si tratara de retener cada pequeño detalle.
—¿En qué piensas? —preguntó Eren al verlo sumido en sus pensamientos.
—En lo que haremos a partir de ahora.
—¿Tienes un plan en mente?
—Por el momento permaneceremos aquí. La ventaja que tenemos es que no saben que estoy involucrado. Será más sencillo protegerte en caso de que ellos te encuentren.
Eren intentó procesar la información y hacerse la idea de vivir un tiempo en la casa que Irvin había dispuesto para ellos, pero el llanto de Ellery, proveniente del segundo piso, lo sacó de sus pensamientos. Se levantó de la mesa y subió rápidamente las escaleras sosteniendo un candil. Cuando entró al dormitorio, el llanto de Ellery se escuchó aún más fuerte. Lloraba a todo pulmón por hambre y frío. Eren lo tomó en brazos con cuidado y meció para calmarlo.
Regresó con Rivaille y se acomodó en el sillón frente a la chimenea.
—¿Qué le pasa? —Rivaille no parecía a gusto con el llanto tan estridente de Ellery.
—Tiene hambre —respondió Eren mientras se desabrochaba la camisa.
—Come y llora mucho para ser tan pequeño.
Eren sonrió ante el comentario y colocó a Ellery contra su pecho. De inmediato, él comenzó a succionar la leche y se relajó entre los brazos de Eren, quien recordó en ese momento el sueño que tuvo mientras dormitaba en la bañera. Aún no podía recordar el escenario en el que se desarrollaba, pero la sensación de agobio que le producía ver a Irvin lo inquietaba. Quizá era la culpa por haberlo dejado, o tal vez por el riesgo inminente que corría por ayudarle a escapar. Lo cierto era que temía por él, y solo esperaba que en verdad estuviera a salvo.
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Cuando Eren despertó, los rayos del sol pegaban fuertes contra la ventana del dormitorio. Ya había amanecido, y desde el primer piso llegaban las pisadas de Rivaille. Se sentó en la cama algo confundido; por un momento había olvidado dónde se encontraba. Estaba tan cansado anoche que no recordó el momento en el que regresó al cuarto y se quedó dormido. Pero era claro que había pasado una excelente noche, porque ni siquiera Ellery despertó.
En ese momento vio hacia la otra cama y notó que Ellery no se encontraba. Inquieto, se levantó y bajó al primer piso. Al llegar vio a Ellery en el sillón frente a la chimenea. Agitaba las manos envuelto entre mantas, mientras, Rivaille terminaba con los preparativos del desayuno.
Eren se acercó a Ellery y lo tomó en brazo. Su calor lo reconfortó.
—Lo traje conmigo para que pudieras dormir bien; te hace falta —dijo Rivaille sin mirarlo. Su atención yacía en la mesa que decoraba meticulosamente.
Eren sonrió complacido al ver que Rivaille se preocupa por él en todo momento.
—Gracias —dijo mientras acunaba a Ellery y jugaba con sus pequeñas manos—. No recuerdo cómo llegué anoche al dormitorio.
—Fue después que terminamos de cenar —respondió Rivaille—. Estabas tan cansado que apenas te acomodaste en la cama, te dormiste.
Eren intentó recordar algo pero fue inútil. El cansancio, sumado al estrés por escapar de la policía lo habían llevado al agotamiento y a un relajo absoluto luego del baño y la cena. La casa de Irvin era confortable y segura, y se había sentido tan cómodo en ella, que su cuerpo había asumido que toda la tensión debía ser desechada en una buena noche de sueño.
De pronto la puerta sonó con seis estruendosos golpes. Eren se sobresaltó y Rivaille tomó de inmediato el rifle que consiguió en el cuartel general del distrito y que descansaba junto a la chimenea.
—Sube —le ordenó a Eren, quien seguía sentado en el sillón.
Rivaille se acercó cauteloso a la puerta y retiró el seguro del rifle mientras la puerta volvía ser golpeada veces.
—Soy yo, Armin —se escuchó de pronto.
—¡Armin! —exclamó Eren.
Rivaille abrió la puerta y vio la figura de Armin de pie al otro lado. Le hizo pasar y Eren se levantó del sillón para recibirle.
—Armin, ¿qué haces aquí?
Armin lucía agitado, pálido e inquieto. Se plantó ante Eren y le dijo:
—El comandante… tienen que ayudarlo.
—¿Qué sucedió? —preguntó Eren con preocupación.
Rivaille observó en silencio.
—Él... él fue detenido por la policía. ¡Lo van a matar!
Eren se paralizó y de inmediato su sueño cobró sentido.
—Por favor —pidió Armin viendo a Rivaille—, ayúdenlo.
El intercambio de miradas que se dio entre Rivaille y Eren fue instantáneo, pues sabían que la petición de Armin implicaba poner en riesgo la vida de todos. Sin embargo, Eren pareció tener las cosas muy claras, pues su respuesta fue inmediata.
—Por supuesto que ayudaremos.
Dio un paso hacia la puerta, pero Rivaille le atajó.
—¿Qué intentas hacer?
—Ayudar al comandante —respondió.
—Estás escapando de la policía. ¿Qué puedes hacer por él bajo esas circunstancias?
—Lo que sea con tal de ayudarlo.
Rivaille entornó la mirada con severidad ante sus palabras, que resultaba imprudentes y descabelladas como siempre.
—Sé que es peligroso que Eren se exponga —dijo Armin—, pero si no hacemos algo, el comandante morirá.
—Qué te hace pensar que sucederá —cuestionó Rivaille.
—El rey dio ofrece una recompensa para todo aquel que capture a los rebeldes que se fugaron de la prisión y a quienes colaboraron.
Rivaille entendió entonces el motivo por el que la policía patrullaba los alrededores: la cacería de rebeldes era un hecho.
—Cuando salí de Sina aún no detenían al comandante, pero sé que a estas alturas ya lo hicieron. Él sabía que lo arrestarían porque el día de ayer el rey lo relevó de sus funciones para impedir el golpe de estado que los rebeldes pretenden llevar a cabo. Sospechan que participó en la fuga de la prisión, pero principalmente de haber ayudado a Eren.
Rivaille vio a Eren, consciente de la culpa que sentía en ese momento por lo que sucedía con Irvin. Pero aunque fuera responsable, no podía hacer nada por él.
—Necesito ayudarlo —dijo Eren con la voz quebrada.
—En tu actual situación no puedes hacer nada.
—¡Pero debo hacer algo!
—Sí: seguir el plan que él se encargó de elaborar para que escaparas y te mantuvieras a salvo. Si regresas y te capturan, lo que él hizo por ti habrá sido en vano.
Eren bajó el rostro con pesar y frustración. La vida de Irvin estaba en riesgo por su causa, y aun así no podía hacer nada por él.
—Entonces... —dijo Armin—, ¿no podrán ayudarlo?
—Lo que pides es ridículo e infantil —soltó Rivaille. Armin se sobresaltó nervioso—. Eres ingenuo al creer que por venir con nosotros lograrás cambiar el hecho de que Irvin decidió quedarse allá y asumir su responsabilidad de la fuga de Eren y los rebeldes. Estoy seguro que él te dejó muy claro que es su deber permanecer allá y enfrentar la consecuencia de sus acciones.
—Lo sé —dijo Armin—, pero también sé que si él está pasando por eso es por ayudarlos a ustedes.
—Nadie se lo pidió —aclaró Rivaille. Armin intentó rebatirle pero lo interrumpió—. Escucha, no está en tus manos ni en las nuestras salvarlo. Si eligió ayudar a los demás por una causa que él considera justa, es su problema, no el tuyo ni el nuestro.
—Pero incluso sabiendo lo que sucedería eligió ayudarnos —dijo Eren—. Y no le daré la espalda porque tomó la decisión correcta para nosotros.
—Él tiene su orgullo —aclaró Rivaille—, y no estará conforme con nuestra ayuda. No la necesita.
—¿Por qué estás tan seguro? —preguntó Eren.
—Porque es el comandante de la legión de reconocimiento... y mi hermano.
Eren sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo al percibir que aquellas palabras fueron dichas con orgullo, pero también con preocupación y ansiedad. Rivaille era el más consciente de lo que significaba ser un soldado y dar la vida en servicio. Pero aunque lo tuviera presente, la sangre pesaba más que cualquier principio o responsabilidad.
—Entonces —dijo Armin—, ¿no lo ayudarán?
Antes de que Eren pudiera responder, Rivaille se adelantó.
—¿Y qué hay de Ellery? ¿Piensas exponerlo por tus caprichos? —preguntó viéndolo a los ojos.
—Querer ayudar al comandante no es un capricho.
—Ayudaré a cuidarlo —dijo Armin, refiriéndose a Ellery—. Puedo hacerlo.
Rivaille chasqueó la lengua con disgusto; Eren y Armin le miraban con expectación a la espera de su respuesta. Se había quedado sin argumentos, pero muy en su interior también estaba la necesidad de ir en ayuda de Irvin. No podía simplemente darle la espalda después de todo lo que había hecho por el bien suyo y de Eren. Se lo debía, y esta era la oportunidad perfecta para saldar su deuda.
—Los mocosos son un verdadero fastidio —soltó—. Está bien, si tanto quieren que lo ayude, lo haré.
Los ojos de Armin se iluminaron y Eren sonrió complacido.
—Bien —dijo Eren—, partamos ahora mis-
—Alto —le interrumpió Rivaille—, tú no irás a ninguna parte. —Eren lo miró desconcertado. —No me mires así. Te quedarás aquí y esperarás a que regrese.
—¡Ni hablar! —exclamó Eren—. ¡No pienso volver a separarme de ti!
Rivaille no dijo nada, pero caminó hasta el inicio del pequeño pasillo y desde ahí lo llamó.
Eren se estremeció y solo atinó a encargarle el cuidado de Ellery a Armin. Siguió a Rivaille y juntos entraron a la pequeña oficina al final del corredor.
Una vez adentro, Rivaille cerró la puerta y encaró a Eren.
—¿Qué es lo que pretendes?
—De qué hablas.
—En todo este tiempo has tomado una decisión errada tras otra. No has aprendido nada.
—No se trata de aprender —le rebatió Eren—. Una vez me dijiste que no había forma de saber el resultado de una decisión. Hago lo que creo correcto.
—¿Y qué pasará con Ellery? ¿No era tu prioridad protegerlo?
—Y lo haré. Lo protegeré a como dé lugar.
—No te entiendo —dijo Rivaille—, se supone que tu deseo era salir de aquí.
—Sí, pero contigo. De nada me sirve dejar el reino si no es contigo. Además, el comandante es y seguirá siendo una persona importante en mi vida. Y si está en peligro debo ayudarlo, así como él lo hizo cuando yo me vi en dificultades. Por ayudarme lo han responsabilizado. No puedo darle la espalda.
Rivaille permaneció en silencio, observándolo.
—Se lo debemos —insistió Eren—. Lo traicionamos, y jamás podría perdonarme si le sucede algo por nuestra culpa. Además, si soñé con él, fue por algo. Fue una señal.
Cruzado de brazos, Rivaille chasqueó la lengua.
—Eres tan necio.
—Sé que te preocupa mi seguridad, y prometo no exponerme a nada. Solo quiero acompañarte y estar ahí cuando me necesites.
—Te necesito con vida, no a siete metros bajo tierra.
Eren sonrió y asintió.
—Y yo a ti también te necesito con vida —dijo—, por eso quiero asegurarme de que así sea.
—No intentes convencerme de nada estúpido.
Eren se le acercó y, tras apoyar la cabeza en su hombro derecho y abrazarlo, le susurró:
—Ya lo hice.
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Luego que Rivaille aceptara ir por Irvin y organizar un plan de rescate, fue cuestión de minutos para alistarse y partir de regreso a Sina. Rivaille aún estaba en desacuerdo con la compañía de Eren, pero tampoco podía dejarlo solo en Trost y arriesgarse a que la policía lo capturara. Porque si esta lo encontraba de todos modos lo regresarían a la prisión, o peor, lo asesinarían.
Auruo, Erd y Gunter aguardaban en el carruaje por nuevas instrucciones, y cuando vieron a Eren y Rivaille, supieron que la petición de Armin había sido aceptada.
—Entonces regresaremos por el comandante —dijo Erd enérgico.
—Ah... no puedo creer que después de todo lo que pasamos para ayudarte a escapar, se te ocurra volver —se quejó Auruo mientras acomodaba las correas de los tres caballos que iban a tirar el carruaje, siendo Troy uno de ellos.
—Lamento causar tantos inconvenientes —dijo Eren—. Pero este no es momento para pensar en mí. El comandante nos necesita.
—Finalmente dices algo inteligente —respondió Auruo, mordiéndose la lengua como consecuencia del regaño que le dio Gunter, quien se encontraba en ese momento ya acomodado en el asiento delantero del carruaje, como cochero.
—No perdamos más el tiempo —dijo Rivaille.
Abordaron el carruaje y partieron rápidamente hacia la puerta norte de Trost, donde Pixis les esperaba con información que señalaba los puntos que la policía tenía marcada a lo largo de Rose para el control de personas que circulaban por el estado. De ese modo podrían evadirlos sin ser detectados y sin la necesidad de rutas alternas.
Escoltados por Erd y Auruo en sus respectivos caballos, salieron de Trost enfilando el camino principal de Rose. Gunter maniobraba el carruaje con pericia, asegurando llegar a Sina durante la madrugada. El sol entraba directo por las ventanas del carruaje y una suave brisa se filtraba por ellas, y Eren tras observar a Ellery, lo cubrió de la luz para que tuviera un sueño cómodo y tranquilo entre sus brazos el resto del viaje. Armin no perdió detalle de la escena, y pensó en lo mucho que logró Irvin al salvarlos a ambos.
Luego de dejar Sina y, haciendo a un lado sus sentimientos y la declaración que había hecho antes de partir, no dudó en pedirle a Gunter que manejase el carruaje lo más rápido posible hasta Trost. Sabía que tenía solo una oportunidad de encontrar a Rivaille y pedirle ayuda, considerando incluso la posibilidad de tener un "no" como respuesta. Pero sus esperanzas fueron renovadas al ver la determinación de Eren para colaborar porque, después de todo, él estaba en deuda con Irvin.
Vio hacia la ventana y observó el paisaje agreste que caracterizaba a Rose, esperando poder llegar lo más pronto posible con Irvin aun cuando su reencuentro fuese para recibir un regaño de su parte por volver a costa de su seguridad.
Cerca del anochecer, luego de casi nueve horas de viaje, Armin repasó el mapa donde salían marcados los puntos en que la policía se encontraba a lo largo del camino. Ya habían logrado burlar casi la mayoría de ellos; pero aún quedaban los más difíciles de eludir y que se encontraban cerca de Hermiha.
—No creo que sea necesario tomar otro sendero además del que estamos usando para acortar camino —dijo—. Si estoy en lo correcto, la policía no registrará en esta zona al menos hasta mañana.
—Para ese entonces ya estaremos en Sina —comentó Eren.
—Si todo sale de acuerdo al plan, lograremos rescatar al comandante mucho antes de lo esperado.
—Sigo sin entender qué te hace pensar que lo capturaron —dijo Rivaille con cierto disgusto.
—El rey quiere evitar un golpe de estado —dijo Armin—. Eso es suficiente para asegurarlo.
—Si quisiera impedirlo, no le avisaría a quien considera como su enemigo —señaló Eren.
—Él no busca alejar a sus enemigos —dijo Armin.
—Quiere exterminarlos —añadió Rivaille al entender la teoría de Armin. No era tan difícil imaginar el plan del rey.
—¡¿Exterminar?! —exclamó Eren asustado.
—Si estuviera en la posición del rey —dijo Armin—, le informaría al comandante para que él me llevase directo a los rebeldes.
—Irvin no pasaría por alto algo así —aclaró Rivaille—. Él no deja esas cosas al azar.
—También lo creo —dijo Armin—. Es por eso que el rey y la policía presionarán a los rebeldes para que salgan y así capturarlos antes de darles la oportunidad y el tiempo de planificar un contraataque.
—Quieren masacrarlos —murmuró Eren sin poder creer la situación en la que se encontraba el reino.
—Si las cosas siguen así... —dijo Armin—, es posible que se desate una gue-
—Eso ya lo sabemos —dijo Rivaille, interrumpiéndolo—. ¿No tienes otra evidencia?
—No, señor.
—En otras palabras, hacemos este viaje solo por un supuesto. —Rivaille lo miró con apatía. —Estamos poniendo en juego muchas vidas por una simple teoría tuya.
—Lo sé —dijo Armin—, pero no hay necesidad de exponer a Eren. Aún así, si estoy en lo correcto, habremos tenido la oportunidad de rescatar al comandante.
Cuando Eren quiso preguntar sobre el tipo de seguridad que tendrían para retener a Irvin, el carruaje se detuvo abruptamente. Rivaille se levantó de inmediato y abrió la puerta del lado derecho.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Una barricada, sargento —respondió Erd.
Rivaille cerró la puerta del coche y le entregó a Armin un revólver.
—Quédense aquí. —Vio a Armin y le dijo: —Hazte cargo.
—Sí, señor —respondió Armin con seguridad.
—Ten cuidado —dijo Eren, resguardando a Ellery entre sus brazos.
Rivaille bajó del carruaje y se acercó a la barricada de árboles que obstaculizaban el camino.
—Alguien los puso ahí —dijo Auruo.
—Estén alertas.
Los cuatro se ubicaron en diferentes puntos de vigilancia alrededor del carruaje. La luna, en cuarto creciente, apenas iluminaba el paisaje boscoso que cercaba el camino. Rivaille pensó en las desventajas de ser emboscados en medio de la nada, porque sabía que esa barricada había sido puesta con un propósito en particular, y quiénes eran los responsables.
Una rama crujió en medio del silencio y, antes de que pudieran reaccionar, seis hombres saltaron desde el interior del bosque y los rodearon, encañonándolos con armas de fuego.
—¡Bajen sus armas! —gritó uno de los hombres que encabezaba el grupo.
Erd, Auruo y Gunter no cedieron; Rivaille en cambio bajó su arma, mas no la soltó.
—Rebeldes, ¿no? —dijo—. Solo a ustedes se les puede ocurrir algo tan burdo como obstaculizar el camino con un montón de árboles caídos.
—¡Cierra la boca! —dijo el sujeto que lo encañonaba—. ¡Y suelta el arma!
Rivaille no cedió. En silencio, sostuvo la mirada fija en el rebelde, estudiando su poder de reacción. Su única ventaja sobre él era su experiencia en combate y armas de fuego, y esperaba poder usarla en el momento indicado.
Dos de los rebeldes obligaron a Eren y a Armin a salir del carruaje. En ese momento, Rivaille volvió a alzar su rifle y apuntó al sujeto que tenía en frente. Los demás reaccionaron de igual manera y asestaron sus armas contra él. El rebelde que forzó a Eren a bajar lo apresó por el cuello, obligándole a mantenerse quieto, considerando incluso que Eren retenía con aprensión a Ellery, que dormía al interior del portabebés. Armin fue aprendido de los brazos luego que le quitaron el revólver, pero antes de que pudiesen maniatarlo, sacó un segundo revólver del interior de su chaqueta y apuntó al hombre que lo capturó. Eren aprovechó su actuar y, con un movimiento rápido con la cabeza, golpeó con ella la nariz del rebelde que le retenía; en el primer descuido, le robó el rifle y lo amenazó con él.
Todo había sido debidamente planeado en el último minuto. Armin, al ser consciente de que los obligarían a salir, le pidió a Eren que le siguiera y reaccionara cuando diera la señal. Tenían solo una oportunidad de igualar la defensa contra los rebeldes, y no debían desaprovecharla.
—Estamos igualados —dijo Rivaille—. No creo que quieran morir.
—Ustedes tampoco —dijo el rebelde que lo encañonaba—. Antes de que puedan dispararnos, nosotros ya los habremos eliminado.
Una fría mirada apareció en los ojos de Rivaille.
—Oh... ¿quieres apostar?
El rebelde chasqueó la lengua.
—¡Eres un...!
—Alto —dijo una voz proveniente del interior del bosque.
Todos observaron en ese momento la figura que emergió desde las sombras, seguida de otra que le acompañaba. Eren entrecerró los ojos, en un intento por distinguir y reconocer a la persona que había llegado.
Cuando lo hizo, se sorprendió.
—¡Reiner!
...Continuará...
