XXVIII. Promesas, decepciones.

Eres mi sol, mi único sol...

Me haces feliz, cuando el cielo es gris...

Nunca sabrás... cuanto te quiero;

Por favor... no te lleves mi sol...

Ella solía cantar esa canción tan alegremente todo el día; incluso decía que era un encantamiento para curar nuestras heridas al caer o cuando no podíamos dormir... mamá solía ser muy enérgica; cultivaba las plantas del jardín con afecto, nos cuidaba y protegía... ella nos amaba...

Entonces ¿por qué?

Corre, Kou ¡Corre!

¿Por qué fue la primera en abandonarme?

—Kou, Kou... despierta cariño— susurró suavemente en su oído y sintió la calidez de sus manos en sus mejillas, esas manos tan conocidas, tan familiares que le hacían sentir seguro, protegido.

—¿Qué pasó?— murmuró al despertar; encontrándose con un par de ojos color ámbar sobre los suyos y una sonrisa bondadosa en el rostro. Su largo cabello dorado rozaba sus mejillas en una caricia que podía igualar la calidez de sus manos.

—Te quedaste dormido de nuevo en el jardín— rio con inocencia— vamos, la cena está lista. Aoki está esperando en la mesa, ven.

Se levantó con la gracia de una reina y le extendió la mano para que la siguiese. Su madre era una mujer hermosa, dulce y buena... muchas veces pensó que el mismo sol le había dado vida y que era la mujer más bella del mundo; sus cabellos dorados, sus ojos color de la miel, su tez pálida como la luna, sus labios rosas como las flores del jardín... la calidez de sus manos, la gentileza de su sonrisa, a sus ocho años, no podía evitar verla embobado cuando el ocaso caía sobre el horizonte, reflejando su luz en su rostro y sus cabellos como si ella misma estuviera hecha de oro.

Saliendo del estupor cuando ella lo llamó una vez más, le tomó de la mano y siguió hacia la cocina. Una vez puso un pie en el portal, la deliciosa fragancia inundó sus sentidos, quizás era porque entonces solo era un niño... pero muchas veces imaginaba que su casa era mágica y que su madre era una especia de hada que hacia todas las cosas a la perfección solo para verlos felices... y él agradecía cada segundo de esa maravillosa vida.

—Si sigues durmiéndote así... un día te comerán las hormigas— bromeó un niño de unos doce años, era alto con el cabello castaño oscuro y los ojos color del café, sus facciones eran un poco menos refinadas que las suyas, pero la sonrisa gentil nunca abandonaba su rostro, incluso cuando lo reñía o lo molestaba.

—Mamá— se quejó cuando comenzó a despeinarle con mucha fuerza, indicándole que solo encontrarían sus huesitos porque se había quedado dormido entre los arbustos y nadie tendría oportunidad de hallarlo por ser tan pequeño como un malvavisco.

—Aoki, deja a tu hermano— ordenó su madre en el mismo tono gentil que usaba siempre, pero sin abandonar la firmeza. Llevaba un caldero de plata al comedor y lo colocó en el centro de la mesa, para acto seguido dibujarse una sonrisa de complacencia en su rostro.

—lávense las manos niños, hoy es un día muy especial porque su padre...

En ese instante el repique del teléfono interrumpió la grata sorpresa y se apresuró a tomarlo. Kou pudo respirar la fragancia de su perfume y mirar extasiado las olas de su falda mientras corría a poca velocidad, pero aun así graciosa por la sala a tomarlo.

—¿Diga?— contestó entusiasta— ¡Amor! ¡Qué bueno que llamas! precisamente le decía a los niños que...

Calló unos segundos y su voz se apagó al tiempo que su rostro se oscureció desvaneciendo la sonrisa alegre, como si la hubieran arrancado.

—¿De nuevo? pero... los niños, hace tanto que no han podido verte... y yo, te extraño también.

Escuchó de nuevo en silencio por unos minutos, y, en ese entonces no lo vio, pero ahora recordaba como un par de lágrimas se asomaron por los rincones de sus ojos.

—Está bien, lo siento, lo siento— se disculpó con diligencia, como si hubiese alterado a su padre, a quien escuchaba quejarse del otro lado de la línea— no te enojes, no quiero que te presiones, lo siento, lo siento... tómate el tiempo que necesites... te amamos.

Y luego de eso colocó el teléfono de nuevo en su lugar... volviendo al comedor con una sonrisa fingida... no tan vivaz y alegre como la de hacía unos minutos.

—lo siento niños— se disculpó con aquella sonrisa lastimera— su padre no va a poder acompañarnos hoy... de nuevo, tiene mucho trabajo en la oficina y...

Escuchó como Aoki bufaba y cruzaba los brazos sobre su pecho.

—¿Ni siquiera en esta ocasión pudo hacer un alto?— reprochó indignado— que mezquino.

—Aoki— su madre lo miró acusadoramente—. No entiendes lo complicado que es su trabajo; sé un poco más comprensivo... por favor.

Chasqueó la lengua una vez más y giró la vista.

—Perdona, Kou...

—No te preocupes, mamá— sonrió esperando contagiarle esa sonrisa, trayendo de vuelta la que ella mostraba todo el tiempo, la que era sincera— Siempre que estemos los tres juntos, está bien.

No era que odiaba a su padre, pero desde hacía unos años, parecía una figura inexistente en su vida. Entre viajes, reuniones y horas extras, era muy poco lo que lograba verlo y no mostraba esa calidez que tenía su madre... al contrario... era frío y distante... pero su madre lo amaba y se desvivía por atenderlo... igual que con ellos dos, sus hijos.

Su madre pareció sonreír conmovida y fue a la cocina... cuando volvió llevaba un pastel pequeño, adornado con chocolate y nueces. Algunas fresas coronaban el tope y una velita dorada alumbraba en el centro.

—Feliz cumpleaños, Kou— le dijo en tono dulce, más dulce que el pastel y los caramelos... en la voz que más amaba de ella— pide tu deseo.

Y acercándose al pastel, con las mejillas llenas de aire, sólo pudo pensar en una cosa.

"Que mamá, Aoki y yo... estemos juntos para siempre"

—¿qué pediste?— preguntó su madre con interés después de que, con todo el aire que había retenido, apagó la lumbre.

—No puedo decirte, es secreto— contestó apretando los labios.

—¡Seguro fue alguna cursilería como "Que mamá, Aoki y yo siempre estemos juntos..." o alguna cosa así!— volvió a molestarle Aoki con un tonito de sorna bastante irritante entonces.

—¡Aoki!— exclamó furioso, había revelado su deseo— ¡ahora no se cumplirá!

Los ojos se le inundaron de lágrimas.

—Aoki, no lo molestes— le pidió su madre antes de hincarse a su altura y mirarlo a los ojos— ¿eso fue lo que pediste, Kou?

Asintió conteniendo el llanto— Pero Aoki te contó... y ahora no...

Su mamá lo estrechó entre los brazos con tanta dulzura que casi sintió que se empalagaba, llenándosele el corazón de calidez.

—Si se cumplirá porque... siempre estaremos juntos, nosotros tres y tú padre— le sonrió acariciándole la mejilla— porque... ustedes son mi sol.

Y murmurando aquella canción los abrazó con fuerza.

Pero a veces las personas no pueden cumplir sus promesas...

Cuando tenía 9 años, vio a su padre bajar las escaleras con una maleta en cada una de sus manos; Aoki vio todo desde el marco de la sala hacia la salida, mientras su madre ahogada en lágrimas gritaba que no los abandonara, que no se fuera, que eran una familia y que ellos lo amaban; pero de nada sirvieron sus suplicas ni sus ruegos. Apartándola de él como si tuviera la peste salió de sus vidas sin siquiera dirigirles una mirada de disculpa o un atisbo de arrepentimiento; mientras una mujer rubia lo esperaba pintándose los labios en el espejo de un rojo intenso.

Su madre se encerró en su cuarto por días después de eso; no comía, ni salía a verlos; nada... cuando apoyaba el oído a la puerta, solo la escuchaba llorar amargamente, seguido de episodios de intensa violencia, donde oía como lanzaba las cosas contra las paredes, para seguir llorando. Al principio golpeaba la puerta llamándola, recordándole su promesa, llorando también... pero un día Aoki lo apartó de allí y con la furia de un niño abandonado mezclado con la rebeldía de un adolescente le abofeteó.

—¡Olvídala!— le gritó furioso mientras lo miraba a los ojos— de ahora en adelante solo estamos nosotros por nuestra cuenta.

—Pero... mamá— sollozó en una súplica mientras se frotaba la mejilla— ella...

—¡QUE LA OLVIDES, KOU!— volvió a gritarle, con más fuerza esta vez— ¡No hay juntos para siempre! ¡Nos abandonó igual que él!

Rompió a llorar, aquello era cierto... sumergida en su propia desdicha había olvidado que ellos existían.

Un día no la escucharon más, los llantos alternados con el escándalo de su furia cesaron... y fue la primera vez que sintió tanta angustia. Corriendo desde la sala y subiendo las escaleras como alma que llevaba el diablo golpeó su puerta con toda la fuerza que le daban sus puños de niño, gritándole con todo lo que sus pulmones podían dar.

—¡Mamá!— llamó invadido por una corazonada hasta entonces desconocida, por el presagio que antecede a las más terribles tragedias.

Pero no hubo respuesta y su imaginación comenzó a adelantarle lo impensable... no podía ser, ella no habría podido cometer acto semejante...

—¡Aoki! ¡Alguien! ¡Ayúdeme! ¡MAMÁ!— gritó mientras comenzaba a llorar, sin dejar de golpear la puerta.

—¿Qué pasa?— preguntó Aoki en parte harto de su insistencia en sacarla de allí y en parte consternado por dejar de escucharla.

—Mamá... no hace ruido... y yo...— rompió a llorar con el rostro entre las manos. Aoki solo hizo un gesto de exasperación y comenzó a golpear la puerta.

—oye... si te importa, tu hijo quiere saber si vives— dijo tras la puerta con una mezcla de indiferencia y desprecio, pero al no recibir respuesta luego de llamar varias veces comenzó a preocuparse.

—¡Hey!— volvió a llamar golpeando más fuerte. Los sollozos de Kou se hicieron más fuertes y su respiración se agitó comenzando a prever lo peor— ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Me oyes?

Nadie respondía y mascullando una maldición empujo la puerta con su cuerpo hasta que logró abrirla.

—¡Mamá!— Kou entró a lo que una vez fue la organizada y pulcra habitación de sus padres; ahora totalmente destruida y ajena a lo que sus recuerdos conservaban. Escuchó agua correr desde el baño y vio a Aoki correr hacia allí.

—¿A-Aoki?— preguntó inquieto cuando no lo escuchó después de entrar, siguiéndolo con cautela— ¿mamá está allí? ¿Está...?

Cuando llegó al baño de la habitación encontró a su hermano de rodillas, con el rostro lleno de horror mientras las lágrimas corrían por su rostro.

En la bañera estaba su madre, nadando en un agua teñida de rojo mientras la sangre brotaba de sus muñecas abiertas. Su rostro era sereno, como si estuviera profundamente dormida... pero ellos sabían que no era así.

—¡Mamá!— intentó correr hacia ella, pero Aoki lo tomó del brazo impidiéndole acercarse, tapándole los ojos con la palma para que no continuara admirando la deprimente escena.

—¡suéltame!— forcejeó con todas sus fuerzas para liberarse— ¡mamá! ¡MAMÁ!

Rompió a llorar aun con más fuerza entre los brazos de su hermano.

—Tu... lo prometiste...— susurró con la voz entrecortada mientras escuchaba a Aoki sollozar a su espalda.

Había perdido la cuenta de cuánto tiempo estaban allí arrodillados cuando Aoki lo soltó y se puso de pie.

—Vámonos— dijo con una voz distante y fría— Vámonos ahora mismo de aquí.

—P-pero...— masculló aun entre sollozos.

—La policía vendrá, entonces nos van a llevar a un orfanato y nos separarán... ¿quieres eso?— preguntó con una expresión de profunda ira.

Kou negó con la cabeza como si su vida dependiera de ello.

—Entonces vámonos ya— Aoki dio la espalda y caminó hacia la puerta.

Kou se quedó unos minutos allí, con las manos cerradas sobre el pecho para poder contener el llanto que le inundaba los ojos y el sentimiento de soledad inmensa que le llenaba el pecho, mientras miraba el sereno rostro de su madre en la bañera.

Solo cuando Aoki le gritó para marcharse logró despegarse de allí e irse.

Salieron de su casa y su hermano no le dejó siquiera volver la vista para despedirse de ese lugar donde durante años fue feliz.

—Ya no tenemos nada ni a nadie aquí; Kou— dijo con amargura— solo nos tenemos a nosotros mismos... vamos.

Y lo haló del brazo forzándolo a caminar hacia lo desconocido, amparados únicamente por la sombra del sol al caer.

Encontraron una casa abandonada cerca de la zona industrial y Aoki decidió que vivirían allí, que empezarían de cero. Si sus padres habían decidido abandonarlos pues ellos harían una vida mejor sin ellos... eso era lo que le decía todo el tiempo.

No confíes en nadie, Kou...

Y durante años lo cuidó y lo protegió. Al no estar acostumbrado a esa vida, se enfermaba mucho al principio y durante los primeros días lloraba y le pedía que volvieran a casa, que estar allí le daba miedo... pero tuvo que terminar por acostumbrarse dado que Aoki no cedía a sus peticiones, alegando que el pasado estaba solamente en el pasado y que ya no tenían porque volver allí a donde los habían abandonado.

Aoki también comenzó a actuar diferente después de un tiempo; dejó de sonreír y era mezquino y amargo... raras veces decía a donde iba cuando salía temprano en las mañanas, y cuando regresaba, tenía heridas de golpes y moretones. Cada vez que, preocupado por su estado, le preguntaba lo que había pasado; contestaba de manera altanera que él ya no tenía padres a los que debiera darles explicaciones sobre sus actos y que entre menos supiera de él... mucho mejor. Todas estas cosas le dolieron mucho al principio; sin embargo comenzó a cerrarse poco a poco; hasta que su indiferencia dejó de importarle.

Era la solución más rápida y menos dolorosa a la apatía de quien fue su hermano.

Un día, cuando tenía trece años; unos hombres asaltaron la casucha donde habían vivido tranquilos hasta entonces. Llevaban armas largas y trajes negros, dos de ellos llevaban a un muchacho a rastras; con el rostro casi irreconocible y sin poder caminar de tantos golpes. Vio desde lejos como lo lanzaban hacia una pared y comenzaban a patearlo, maltratándolo aún más.

—¿Dónde está lo que te robaste, ladrón?— preguntó uno de ellos, alto y con el cabello oscuro mientras lo pateaba en el abdomen, haciendo que el pobre muchacho escupiera un montón de sangre en el piso.

—Yo no... Me robé... nada— contestó entre toses tratando de incorporarse, pero el segundo hombre apoyó su pie en su espalda haciéndolo caer de nuevo.

—¡Claro que sí!— exclamó pisoteándolo— además... has estado dándole información a nuestros rivales ¿cierto?

—Claro que no— contestó jadeando, Kou supuso que debía ser muy difícil hablar estando tan golpeado.

—¡Mientes!— exclamó el hombre alto levantándolo por el hombro para propinarle un puñetazo en el estómago.

Uno de los hombres se movió un poco, y cuando pudo ver el rostro del pobre muchacho al que le daban aquella golpiza las piernas cedieron a su peso y casi cayó al suelo de la impresión.

Era Aoki.

No podía estar allí sin hacer nada, no podía simplemente ver como golpeaban a su hermano sin tratar de defenderle; giró la mirada buscando algo y consiguió una cajita negra bajo el esqueleto de resortes que usaban como cama para dormir. Kou odiaba ese artefacto y, el día que Aoki lo llevó a casa le molestó sobremanera... era un objeto peligroso no más de verlo lo sabía.

Tomó una bocanada de aire y abrió la caja sacando el contenido y corrió en su dirección para rescatarlo.

—¡Suéltenlo!— ordenó con el arma entre las manos, era pequeña y se sentía extremadamente pesada, además sabía que podía hacer daño con ella, y eso le aterraba... pero tenía que defenderlo.

Los hombres se giraron a mirarlo y soltaron a Aoki quien cayó sin fuerzas en el piso.

—No... Te metas en esto... Kou— jadeó intentando ponerse de pie sin poder lograrlo. Los hombres de inmediato se volvieron hacia él y comenzaron a reír.

—¿y quién es este mocoso?— preguntó el más alto, el de cabellos castaños, en medio de la oscuridad no podía distinguir muy bien sus facciones, pero aun así la curva que formaron sus labios le causó escalofríos.

—Vete...— masculló con firmeza Aoki aun en el piso. El segundo hombre lo levantó tomándolo del cabello, haciéndolo chillar de dolor.

—¿quién es este? ¿Tu cómplice? ¿Tu guardaespaldas?— preguntó en tono de broma antes de echarle la cabeza aún más hacia atrás— lo vamos a matar también... ya sabes, para que no haya testigos...

—¡Que lo suelten!— volvió a demandar sosteniendo el arma con más firmeza, pero aun así sentía como le temblaban las piernas al apuntar. Afuera se desató un enorme aguacero haciendo que los truenos retumbaran en sus oídos.

El hombre de cabellos castaños se acercó con paso amenazador hacia él, haciéndole flaquear.

—Mira niño, entrégame eso— ordenó extendiéndole la mano.

—Ya me oyeron... ¡que lo suelten y se vayan o disparo!— lo miró con una expresión entre la furia y el horror mientras le apuntaba temblorosamente al pecho— Es mi última palabra.

El hombre se rio entre dientes y se movió rápidamente hacia él... entre el miedo a lo que pudiera hacerle y la convicción de que no debía disparar, su mente se llenó de confusión y en un impulso eléctrico presionó el disparador y disparó.

El hombre se desplomó frente a él formando un charco de sangre en el momento en el que cayó, sus ojos carentes de vida se orientaban hacia el cielo. En medio de los nervios y el impacto que le causó haber matado a un hombre soltó el arma y comenzó a llorar.

El hombre que sostenía a Aoki lo soltó en el acto y corrió a ver el estado de su compañero...

—Lo mataste, lo mataste... ¡maldito mocoso!— le gritó en medio de la oscuridad y un trueno que cruzó el cielo reveló sus facciones contraídas de odio en el momento que se lanzó sobre él.

—¡Corre, Kou! ¡Corre!— le gritó Aoki con las pocas fuerzas que le daba su voz y obedeciéndole por primera vez en muchísimo tiempo se echó a correr con todo lo que le daban sus piernas en medio del pánico.

Escuchaba los pasos del hombre muy cerca de su espalda confundidos entre las gotas de lluvia al caer y eso le impedía saber que tanto había logrado perderlo.

Corrió hacia un parque cerca del refugio y cruzó hacia debajo de un puente creyendo que así lo perdería, pero cruzando uno de los túneles ornamentales, tropezó y cayó al piso lastimándose el tobillo.

—¿creíste que podías perderme, mocoso?— dijo levantándolo por la camisa y estrellándolo contra la pared— pagarás lo que le hiciste a mi camarada.

Sus manos se cerraron con fuerza en torno a su cuello, asfixiándolo. Sentía como la presión se acumulaba en su cabeza impidiéndole respirar, tornando su cuerpo más pesado mientras todo se ponía más y más oscuro robándole las fuerzas.

—A-alguien... ayúdeme— jadeó ahogándose mientras arañaba las manos de su captor intentando soltarse. Pero su visión comenzó a hacerse borrosa al tiempo que las lágrimas bajaban por sus mejillas ¿de verdad iba a morir allí?

Sus brazos cayeron a sus costados rindiéndose a lo inevitable... pero escuchó un ruido seco y las manos lo soltaron dejándolo caer al piso jadeando en busca de aire.

Entre toses y aun aturdido por todo lo que acababa de sucederle, buscó con la mirada el origen de aquel ruido y encontró a Aoki con el arma que había tirado entre las manos, y frente a él estaba el cadáver del hombre que lo había ahorcado con la cara hacia el piso y la sangre brotando de su espalda sin detenerse.

—Te dije que corrieras— le reprochó con expresión indiferente y luego cayó de rodillas al piso. Corrió a ayudarle a incorporarse, pero de un manotazo lo rechazó.

—Aoki... déjame ayudarte...

—¡No! ¡Te dije que no interfirieras! ¡Ahora irán tras de ti! ¿Es que no lo entiendes?— gritó soltando el arma para sostenerse el pecho, jadeaba y tenía muchas heridas. A lo lejos se escuchaban voces y varios pasos corriendo hacia ellos— debes irte... debes huir...

—Pero...

Aoki lo tomó de la solapa de la camisa fijando sus ojos en los suyos.

—¡No seas idiota! es hora de que por una vez en tu vida te ocupes de ti mismo— masculló entre dientes, apretándolos a causa del dolor. Los truenos se hicieron más intensos mientras la lluvia arreciaba y un quejido se le escapó de los labios.

—¡Aoki!

—Búscalo... él me prometió que me ayudaría... que te cuidaría si yo ya no podía hacerlo— dijo acercándose a su rostro mientras los pasos se acercaban cada vez más.

—¿a quién? ¿A quién debo buscar?— preguntó— vamos juntos, Aoki.

—No, yo no puedo ir contigo... en el estado en que estoy soy una carga— las voces se escucharon más cerca, los buscaban— se acercan, debes irte... corre, y no pares hasta que lo encuentres.

— ¿a quién?— preguntó nervioso.

—Akihiko Usami— contestó en voz muy baja y lo empujó para que se fuera— corre, Kou... corre.

—¡Son ellos! ¡Mátenlos!— exclamó una voz cerca de ellos.

—¡Corre!— gritó Aoki— ¡Ahora!

—Pero...

—¡Maldita sea!— gruñó su hermano... tenía lágrimas en los ojos— todo habrá sido en vano si no te salvo... ¡VETE!

Se mordió el labio y asintió conteniendo las lágrimas para correr hacia la penumbra de la madrugada, aprovechando la tormenta para huir. Escuchó disparos y, aunque supo lo que había pasado no volvió la vista.

Todo habrá sido en vano si no te salvo

Sabía que en el momento en que volviera ambos habrían perdido todo... y él tenía que sobrevivir... sobrevivir para que el sacrificio de Aoki no fuera un desperdicio.

Se refugió en un callejón bajo unas cuantas láminas de latón para no seguirse mojando con la lluvia; y el nombre de la persona que lo ayudaría dándole vueltas en la mente, y tantos recuerdos vinieron a su memoria... junto con tantos sentimientos; un odio profundo hacia su padre por abandonarlos y desprecio hacia su madre por no haber luchado lo suficiente para salir adelante por ellos... incluso hubo momentos en que odió a Aoki, por haber tomado aquella actitud tan irresponsable de huir y vivir en las calles a merced de tantos peligros, involucrándose en asuntos peligrosos que terminaron causándole la muerte... Si, sabía que Aoki estaba muerto, dentro de esa cueva, asesinado como un perro por aquellos bandidos, sin nadie que lo reconociera o llorara... solo.

Aquella palabra le generaba tanta tristeza, porque él también estaba solo.

Durmió muy poco y en la mañana; el estómago le retumbó y recordó que sentía demasiada hambre... y por lo empapado que estaba también sentía frío... caminó por algunas calles pero siempre que lo veían así los encargados lo corrían o amenazaban con golpearlo.

—Deme algo de comer por favor— pidió al encargado en un pequeño quiosco en una calle, el hombre lo miró como si la basura comenzaba a hablarle.

—¿tienes dinero niño?— preguntó en un tono de desdén. Kou solo bajó la mirada.

—No, pero tengo hambre— dijo en tono de súplica.

—No te daré comida si no tienes dinero... ¡largo!— exclamó haciendo un gesto con la mano para que se fuera; furioso por todos los sucesos que había vivido y desesperado por no tener de comer, tomó uno de las bolsas de la vitrina y cuando se dispuso a correr, el encargado lo había tomado de la camisa...

—¿con que una rata ladrona?— masculló halándolo hacia él— te daré una lección.

Solo vio lo vio retraer el puño para golpearlo y cerró los ojos esperando. Aoki tenía razón... no debía confiar en nadie...

—Suéltalo— Una voz fría y distante dio aquella orden y el hombre lo soltó de inmediato. Cuando abrió los ojos, encontró a un muchacho un poco mayor que él, apuntándole con un arma a la cabeza. Tenía el cabello negro, los ojos castaños y facciones bastante delicadas... casi se sintió apenado porque aquel chico le había parecido... lindo.

El hombre subió las manos y se volvió hacia él, pareció reconocerlo porque en seguida comenzó a temblar.

—Entonces... ¿te gusta golpear a niños?— preguntó arqueando una ceja mientras cargaba el arma con su mano libre.

El hombre comenzó a balbucear incoherencias.

—E- él pensaba robarme... yo... yo solo...

—Yo también te habría robado si me hubieses negado de comer, viejo— contestó sin suavizar su expresión, luego miró a Kou— ¿te hizo daño?

Kou negó con la cabeza y el chico bajó el arma.

—lárgate antes de que me arrepienta— ordenó, y el hombre casi corrió. El chico enfundó el arma de nuevo bajo su camiseta y chasqueó los dientes— Es por eso que odio a estos cerdos... ¿estás bien?

Kou solo asintió. Sabía que no debía confiar en nadie, y más después de todos los sucesos recientes, pero con él se sentía diferente... no entendía bien por qué, pero... era como si se pudiera sentir menos ansioso.

—¿tienes hambre?

Kou volvió a asentir. El chico arqueó una ceja y suspiró.

—Sígueme— dijo dándole la espalda y por alguna razón le obedeció... sabía que podía correr peligro, pero aun así lo hizo.

El chico lo guio hasta un restaurante de comida casera y le indicó que se sentara en la mesa frente a él.

—¿Qué quieres comer?— preguntó. Kou abrió los ojos y lo miró estupefacto.

—Mira, hago esto porque quiero ayudarte, pero si no quieres hablar o comer...

—Miso— contestó apenado en voz muy baja.

—¿eh?

—Sopa de miso— repitió un poco más alto— y arroz blanco... por favor.

El chico se sonrió.

—Entonces si hablas— dijo haciéndole una seña a una de las meseras del restaurante que se acercó algo extrañada.

—¿va a tomar su orden, Señor Kisa?— preguntó sin contener la intriga que le causaba tan... inusual compañía.

—Sí, lo de siempre— contestó ignorando su expresión— además de eso una sopa de miso y dos raciones de arroz blanco.

—Claro, en seguida— respondió y se fue con una evidente curiosidad en su rostro.

—K-Kisa— masculló— ¿es tu nombre?

—Si— respondió el pelinegro— ¿y el tuyo?

—Kou... Kou Yukina— respondió y volviendo a su posición defensiva lanzó otra pregunta— ¿por qué me ayudaste?

—Porque se lo humillante que es ser rechazado por no tener dinero— contestó y su mirada se apagó un poco, como si hubiese recordado algo muy amargo— No espero nada a cambio, así que puedes tranquilizarte un poco... ¿dónde están tus padres?

—Estoy solo— contestó en el acto.

—¿y no tienes a dónde ir?

Negó con la cabeza y por un momento dudó si preguntarle por la persona que Aoki le había dicho que buscara.

—¿por qué tienes un arma?— preguntó.

—Trabajo— contestó Kisa.

—¿eres policía?

—¿si fuera policía crees que aquel hombre habría temblado como lo hizo?— devolvió la pregunta con media sonrisa.

—¿no eres muy joven para tener un arma?

—¿eh?

—Digo, luces más o menos de mi edad y yo solo tengo 13 así que...

—Tengo 21 años.

—¿ah?— levantó su mirada, era imposible que tuviera esa edad. Kisa desvió la mirada y le dijo su fecha de nacimiento.

—Claro si no me crees.

—¿de verdad?— exclamó en sorpresa— ¿cómo haces para conservarte de esa manera?... no pareces de esa edad... eres hasta lindo.

Kisa se incomodó un poco.

—Perdón— se disculpó en el acto— no quise...

—¿no tienes a dónde ir?— desvió el tema. Kou negó con la cabeza.

—Estoy buscando a alguien. Se llama Akihiko Usami y...

Kisa tensó el rostro y se mostró en alerta.

—¿Para qué?

—Mi hermano... fue asesinado anoche... me dijo que lo buscara.

—¿Aoki? ¿Aoki era tu hermano?

Kou asintió.

—Supongo que por eso te me hiciste familiar— dijo y bajó la guardia— lo... lo siento.

—¿sabes quién es?— preguntó mirándolo a los ojos— ¿de dónde conociste a mi hermano?

—Sí, sé quién es— contestó sosteniéndole la mirada— Aoki era un miembro del clan... estaba iniciando apenas, pero... solo hablaba de que había alguien a quien debía proteger. Supongo que hablaba de ti.

Kou suspiró y la mesera llegó con la orden, dejándola frente a ellos en la mesa. El aroma de la comida le devolvió un poco de ánimo, además de que había encontrado a alguien que podía ayudarlo con su búsqueda.

—Come y recupera fuerzas— dijo Kisa— después... yo te llevaré con el señor Usami.

—¿de verdad?— los ojos se le iluminaron, pero Kisa no parecía tan entusiasmado con la idea.

—Sí. Solo espero que después no te arrepientas— le dijo luego de suspirar.

Tal como lo había prometido, después de comer lo llevó a un edificio plateado en el centro de la ciudad. Entró por una puerta en uno de los laterales, bastante discreta y abordó un ascensor desde donde podía ver toda la ciudad. Kisa estuvo en silencio todo el viaje, como reflexionando.

—Gracias— le dijo con una sonrisa muy tenue, pero franca— por todo.

—no es por nada— contestó sonriéndole de vuelta— búscame cuando necesites algo... lo que estas a punto de emprender va a ser un tanto... difícil.

—Claro que si— esta vez le sonrió abiertamente y por un instante creyó haber visto como se sonrojaba.

Cuando el elevador se detuvo entraron a una oficina donde los recibió un hombre alto de expresión severa. Tenía el cabello castaño y los ojos color del café. Le entregaba a una mujer una bolsa negra que supuso era para lanzarla a la basura.

—Señor Asahina— Kisa le saludó con una reverencia y el hombre llamado Asahina se la devolvió.

—Recibí tu llamada— le dijo y luego desvió la mirada hacia Kou— ¿es él?

Kisa asintió.

—Bien, el Señor Usami está ocupado, pero los atenderá en unos minutos... mientras tanto, deja que se asee un poco para que no lo vea así.

—Sí, Señor— contestó Kisa y le indicó con un gesto que lo siguiera.

Lo llevó al baño y le dio algo de ropa limpia para ponerse. Eso lo hizo sentirse curiosamente agradecido. El baño renovó sus fuerzas y le dio una ligera esperanza de que quizás pudiera confiar un poco, aunque fuera solamente en Kisa.

Cuando estuvo listo lo llevaron de vuelta a donde estaba el señor Asahina y él los hizo pasar a una enorme oficina con un ventanal de vidrio sustituyendo una de las paredes, desde donde se podía ver toda la ciudad. Kou no pudo más que extasiarse con la vista del sitio más lujoso que posiblemente hubiera visto en su vida.

—Tú debes ser Kou ¿verdad?— preguntó un hombre de cabellos plateados y ojos vivaces color violeta. Sostenía una pieza de ajedrez negra entre las manos; el rey. Kou asintió con la cabeza— toma asiento por favor.

Le invitó a sentarse en una silla frente a él y pudo detallar mejor su apariencia; tenía una presencia elegante y sobria, pero aun así era algo temible. Junto a él una chica sollozaba; llevaba el cabello rojo como el fuego y tenía los ojos hinchados de tanto llorar; sus manos se apretaban sobre su pecho controlando sus sollozos.

—Tranquila Yui— le dijo el hombre con dulzura— ya pasó lo peor.

La chica se calmó un poco más.

—Kou, lamento muchísimo lo de tu hermano... créeme que esos bastardos recibirán su merecido por meterse con uno de los nuestros.

Aquellas palabras le reconfortaron un poco, él quería que esos asesinos pagaran por lo que le hicieron a su hermano. Asintió de nuevo con la cabeza.

—También quiero aclararles que los protegeremos y les vamos a proporcionar todo lo que necesiten de ahora en adelante, pero... nadie, absolutamente nadie, puede saber que hacen o a qué se dedican... de ahora en adelante no tienen familia, ni amigos... nosotros somos su familia ahora... ¿está claro?

Kou aceptó sin pensarlo, ya no tenía familia a la cual pudiera pertenecer.

—Kaoru... busca a Nowaki— le dijo el Señor Usami a Asahina— tengo un trabajo para él.

Asahina hizo una reverencia y salió de la oficina. Usami les sonrió.

—Esta es su nueva vida, una donde nadie les negará nada, ni nadie los pondrá en riesgo... todo lo que pido a cambio... es su lealtad... ¿puedo contar con ella?

Ambos asintieron. A los pocos minutos Asahina volvió con un muchacho muy alto, de cabello negro como el ébano y ojos azules como el cielo nocturno. Parecía extrañado al mirarlos.

—Nowaki... ellos son Yui y Kou— le sonrió— tus nuevos hermanos menores.


¡hola a todos! lamento haber tardado tanto en publicar este capítulo, pero... es que él condenado no se dejaba escribir! de hecho, este mismo capitulo intenté escribirlo 7 veces... ¡7! y este es la versión final que me dejó satisfecha...

Me disculpo si Kisa y Yukina lucen un poco ooc en este capítulo, pero tiene un propósito, lo prometo...

Espero que el capítulo les haya gustado y... de verdad haré mi mayor esfuerzo porque el próximo no tarde tanto en publicarse... ¡besos!