Anteriormente...

Sam decidió dejar el restaurante donde trabajaba para evitar problemas con sus dos amigos, ex-amigos, Martha y Charly, y acabó peor aún, en un club de streaptease, sus padres no saben nada, al igual que no saben que en el instituto la tienen tomada con él...


VERGÜENZA

"¡CHOCOLATE BLANCO!" esa era la señal para que saliese.

Habían pasado dos semanas. El club de streaptease solía llenarse medianamente por las tardes, de noche eran los shows potentes, yo no podía escaparme de casa siempre. Si mis padres llegaban a enterarse se me caería la cara de la vergüenza y probablemente me echarían a patadas de casa. Ellos, por supuesto, no sospechaban nada, creían que los billetes que me metían por los calzoncillos eran propinas del Dairy Queen.

Y no se me daba mal, la verdad. Las miradas lascivas de la gente podían intimidar pero si te concentrabas y dejabas la mente en blanco mientras lo hacías te sentías menos culpable. La culpabilidad, de todos modos, era algo con lo que había aprendido a vivir.

Moviendo la cadera al ritmo de la música, frotando la pelvis al suelo o contra la barra, a un ritmo lento, sensual, delicado al principio, para luego darle con todo el brío posible. Era como tener sexo con todas esas cosas, y la gente deseaba estar ahí, se querían acostar conmigo ¿cuánta gente podía decir eso?

Mientras seguía balanceándome al compás de la canción oí otro nombre.

"¡Y para terminar la tarde señoras y señores… Big Jimmy!"

¿Jimmy?

Era uno de los pocos chicos que tenía contrato de trabajo en el club ya que llevaba mucho tiempo aquí, tendría 22 o 23 años. Era moreno, de piel blanca, ojos grandes, un cuerpo impresionante… y por algo le llamaban 'Big Jimmy'

Salió al escenario y se colocó al otro extremo de donde estaba yo, me estaba haciendo la competencia, me iba a robar las propinas. Y necesitaba unos zapatos nuevos. Cuando empezó la transición de música fui hasta el centro e hice algo nuevo, metí la mano derecha en mi ropa interior y con la izquierda cogí la banda elástica y la deslizaba hacia abajo poco a poco. Les gustaba. Pero no les iba a enseñar más, eso era solamente para humedecer sus bocas. Vi por el rabillo del ojo que Jimmy se me acercaba ¡Vamos!

-Este es mi número- susurré sonriendo al público.

-Y el mío- respondió rápidamente.

Dejó de mirar al público y sentí su mirada sobre mí ¿qué hacía? Puso una mano sobre mi hombro y empezó a mover su cuerpo junto al mío, tocándolo casi, intenté apartarme pero se acercó de nuevo, el público empezó a reírse, aplaudir y a gritar, no solían alegrarse tanto. Intenté ignorarle pero estaba muy cerca, me estaba tocando definitivamente, sus pectorales contra los míos, sus piernas entre las mías, y eso… contra eso. WOW. Trazó una línea con su mano desde mi pecho a mi abdomen. A la gente parecía gustarle este show homoerótico más que mis propias actuaciones.

-Sígueme el rollo.

Esa tarde-noche los dos volvimos al vestuario con la ropa interior verde.

-¡Has sido genial!- reí- ¿¡Viste sus caras!?- reí a carcajadas.

-Ha estado bien, ¿verdad?

-Ha sido la bomba ¿De quién fue la idea?

-Mía- dijo Jimmy a gusto.

-¡Tenemos que repetirlo!- le dije absorto en mi entusiasmo contando los billetes.

-¿Te ha gustado, eh?

-¡Por supuesto!

Contesté tan rápido que en otra situación hubiese parecido otra cosa… pero no quería decir eso, exactamente.

-O sea, les ha gustado a ellos, que son los que tienen el dinero, si a ellos les gusta, a mí me gusta.

-Esa no es una muy buena política aquí. Nos vemos Chocolate Blanco.

¿Por qué había dicho eso?

-Hasta la próxima, Jimmy.

La tarde, a gran escala, había sido de todo sino rara. Sacudí un poco mis pensamientos y empecé a cambiarme, tenía muchos deberes retrasados que hacer y dar los últimos toques a mi coche.

Milton, el director de todo este circo, entró mientras me quitaba el brillo de la cara.

-Hey, Milton, ¿qué pasa, tío?

-Sam.

Me dio la mano y una palmada en el hombro.

-Muy buen espectáculo el de hoy.

Y nunca hacía eso. Me estaba felicitando pero por su gesto parecía que estaba a punto de saltar de un precipio.

-¿Pasa algo?

-El señor quiere verte. Os voy a dejar solos un momento, pero estoy en la puerta.

¿Quién? ¿Qué…?

-Considera la oferta…- dijo el señor antes de marcharse.

No podía hacerlo. Una cosa era quitarme ropa delante de unas cuantas docenas de personas, y otra era quitarme todo solo para una. Desnudarme y hacer eso. A esto es a lo que se refería Jimmy ¿cierto? ¿El haría lo mismo con clientes? ¿También con hombres? Dios mío, por qué lo estaba considerando. La cantidad era abundante, pero él era un hombre mayor, no es que fuera feo pero no era mi tipo. No. Le dije que no. Por supuesto que Milton no me reclamó nada cuando volvió al vestuario pero percibí su desazón. Uno de los pilares importantes para haber rechazado su propuesta era que era virgen, nunca había tenido relaciones sexuales, y sé que es una tontería seguir esperando a mi edad, en esta época en la que la gente pierde la virginidad más rápido que las cintas del pelo, pero quiero que sea algo ¿bonito? No es que critique a los que no den importancia al sexo, ya que es simplemente eso: sexo. Probablemente me llamen tonto por esperar tanto, pero quiero que la persona con la que la pierda nunca deje de mirarme a los ojos como la primera vez. Quiero hacer el amor.

CON LO del día compré unos cuantos pastelitos en una repostería cercana a casa. Y los zapatos. Intentaba quitarme el mal cuerpo que el señor del club me había dejado mediante unos cuantos caprichitos. Me lo merecía. Cuando pagaba pensaba que todo ese dinero estaba manchado por todas las manos de las que provenían, era una sensación aterradora. Era solo dinero. Y cuando se lo daba a mi madre incluso lo olía para saber que no quedaba rastro del olor del club, un olor lujurioso y miserable. Pero eran mis ganancias, mías, podría sobrevivir perfectamente. Caí en la cuenta de que sobrevivir no era lo importante, sino vivir.

-¿Os gusta?- les dije a los peques entregando la caja llena de calorías.

Sonrieron devorándola con los ojos.

Mi madre, que estaba viendo la televisión el momento en el que llegué, la apagó y le dio la espalda.

-Vaya, hijo, ¿puedes permitirte todo esto?, ya sabes que te digo que ahorres.

-¡Oh, sí! ¡Pero un día es un día!- dije exaltado enseñándole la caja.

Cogió uno y se lo llevó a la boca.

-Ojalá haya más días como este.

-Espero que no…

Antes de que mi madre me pudiese dar la réplica mi padre entró por la puerta principal. Nos saludamos cordialmente y les conté una anécdota inventada sobre el Dairy Queen, se rieron mientras él se cambiaba de ropa y ella traía la comida a la mesa. Tenía buena imaginación.

-Mary, ¿y por qué no vamos un día a comer al Dairy Queen?

-¿Cómo?- pregunté como si resbalara.

-Es una buena idea- respondió ella entrando al salón.- ¿Cierto, Sam?

-Así podremos verte en acción.

-Oh, te aseguro que no quieres… es decir, es… está todo patas arribas- eso no tenía sentido- siempre estamos ocupados atendiendo mesas y… limpiándolas, sí.

-Debes de hacerlo muy bien, Samuel, con estas propinas- afirmó él cogiendo un pastelito-, están deliciosos. Estoy orgulloso de ti, Samuel.

Miré al vacío y un velo cubrió mis ojos. No estaba pasando.

-¿Cuándo podríamos ir, Dwight?

-En dos días creo estoy libre para la comida. Lo voy a confirmar, y si no, un día es un día ¿cierto?- contesto a mamá- ¿Tú trabajas?, Sam, hijo.

-Sí, sí… o sea no.

-¿Sí o no?

-Te lo confirmo, os lo confirmo mañana, ¿vale?

Mi madre entró con un plato más de comida y ya estábamos todos. Me mantuve callado y con la cabeza alineada al plato de comida en todo momento.

LA VERGÜENZA es algo que todos experimentamos, a veces en menor medida, como cuando nos tropezamos yendo por la calle, otras en mayor, como cuando tus padres descubren que les has estado mintiendo durante semanas sobre cómo consigues dinero. Pero para no hacer que la vergüenza se convierta en un tormento a veces tenemos que guardar la compostura a pesar de que nos estemos muriendo por dentro y mentir. Les dije que había visto cucarachas en la cocina, que la comida no estaba muy buena, incluso les enseñé un vídeo de una granja de pollos ¡y aún así querían seguir yendo! ¿Qué problema tenían? ¡No hay nada de interesante en ver a tu hijo trabajar!

Y, a veces, para evitar una vergüenza mayor tenemos que humillarnos un poco, por un poco más tampoco me ocurriría nada, tenía que intentarlo.

-¿Sam?- dijo asombrado al verme.

-Charly- le saludé.

Tan guapo como siempre. Hacía mucho que no le veía, evitaba la cafetería a toda costa e intentaba no cruzarme con Martha y Charly durante clases. De hecho, evitaba a medio colegio ya que Dani me tenía en su punto de mira, aún.

En ese momento Martha salía de la cocina con una bandeja, la cual no tiró por suerte, y tampoco, por suerte, me la estampó en la cara.

¿Cuán indigno había que ser para dirigirles la palabra de nuevo después de todo lo ocurrido? ¡Pero su hermano me había pegado un puñetazo! Podía devolverme algo a cambio.

-¿Qué quieres?- el tono de Charly era amable- Estoy en mi descanso.

-Necesito un favor. Vuestro- miré a Martha cuando se incorporó a la conversación.

No me guardaban rencor. Aceptaron ayudarme.

-Esto no significa que seamos amigos- clarificó Martha.- Hacemos esto por tu familia.

-Tenéis que prometerme que no le contaréis nada de lo que os he dicho, a nadie. Por favor. Ya es bastante carga para mí como para convertirlo en algo más.

Los dos asintieron.

-El único problema va a ser que no te pille el encargado, podemos hablar con los camareros para hacer el paripé, pero él es un hueso duro de roer.

-Tranquilo, he lidiado con peores, créeme.

NUNCA HE encajado a la perfección en ningún sitio, siempre fui la pieza maldita en los puzles de los lugares… pero este instituto estaba siendo la ruina para mí. Empezó fuertemente hace dos semanas, nunca me había sentido tan acosado por gente que no conocía de nada. Estos años me había quejado de que la gente no me prestaba atención y pasaba desapercibido, y ahora experimentaba todo lo contrario, no podía ser peor. Como la vez en que salí del aula un momento y volví y mi mochila (y todo lo que estaba dentro) y mi chaqueta estaban en el suelo, nadie se dignó a ayudarme a recoger, ni siquiera me miraban. O la vez en la que en un trabajo en grupo, la autoproclamada líder me llamó "lento" sinónimo de estúpido. O cuando me empujaban con los hombros de casualidad. O… podría seguir dando pena durante y horas y horas, pero, el caso es que no entendía por qué me odiaban tanto, no se habían tomado la molestia en conocerme y me juzgaban por lo poco que sabían de mí: nada.

Si una manzana tiene un gusano dentro lo más probable es que se pudra, pero si no solo está el gusano, sino también empieza a llover y a tronar y hay un alud de tierra, acaban por matar a la manzana. Pierde el color, se oxida, se consume, desaparece.

Empecé a saltarme algunas clases, me escondía en la biblioteca o incluso a veces, durante unos minutos, en el baño, entre clase y clase para largarme de ahí. Mi refugio era el club de streaptease, y vaya refugio, ahora ya no parecía ni seguro. Se había sembrado en mi cabeza la idea de que el hombre volvería e insistiría hasta conseguir lo que quería. Yo.

Una de las peores cosas es que me sentía completamente solo, no tenía el apoyo de nadie en todo este tinglado que se había montado, donde la mayor broma y espectáculo era un servidor. No tenía nadie a quién acudir y con quién liberarme, y si lo hubiese, mi oyente se perturbaría ante mis historias.

Lo bueno era que a pesar que evitase a todos esos idiotas sabía que no había nada malo, a priori, en mí. No tenía odio sin razón, ni envidia oculta. Soy como soy. Hacía cosas malas, sí, pero por una causa justa.

MENTIR ERA algo que se me daba bien, estaba comprobado, pero mi habilidad se pondría a prueba una vez más en Dairy Queen. Charly me dejó su atuendo y se colocó a un lado de la barra. Esperábamos impacientes la llegada de mis padres y los niños, les determiné la hora para que no coincidieran con el encargado. Mientras tanto, me rondaba en la cabeza la idea de contarles un poco de lo mío a Charly y Martha, y no hablar de las mismas banalidades de siempre, pero no podía.

Tragué saliva.

Me dio un síncope al ver que por una esquina de los ventanales aparecía mi familia, y por la otra el encargado.

-Esto se va a poner feo- señaló Charly.

Ojala pudiese ser como una avestruz y enterrar la cabeza bajo tierra.

-Bienvenidos a Dairy Queen- sonreí a mis padres mientras Charly y Martha cortaban la visión de la escena-. Tengo una mesa perfecta para ustedes.

-¡Qué guapo estás con tu uniforme!

Según el plan los sentaría en la mesa central, la más vistosa, grande y opulenta, dentro de lo que cabía en un restaurante de comida rápida, pero el cambio de planes hizo que les sentara en el rincón más lejano del despacho principal.

-¿Esta es la mesa perfecta?- preguntó aturdida mi madre.

-Sí. No os quejéis, ahora vengo con vuestra comida- el nerviosismo poseyó mis palabras.

-¡Pero, Sam! ¡Aún no hemos pedido!- rió mi padre.

-Cierto- afirmé-, cierto. Entonces, iré a por un poco de…- vacilé y miré hacia ellos, el encargado se había metido a la cocina- agua.

Hizo un gesto de reverencia y dejé la mesa. Vaya. Perfecto, Sam.

-¿Qué está haciendo aquí?- susurré enfadado.

-Que dice que hoy venían a comprobar los extintores- respondió Martha preocupada- y se le había olvidado.

-¡Mierda! Ahora sí, estoy jodido.

-Pero tranquilo, todo va a salir bien- Charly me reconfortó-. Solo tenemos que estar atento cuando salga de su despacho, y cuando venga el inspector, y cuando vayan extintor por extintor… Te puedes esconder en la cocina.

-Dios…

-¿Eso que está colgado al lado de la mesa de tus padres no es un extintor?- exclamó Martha.

Los dos giramos la cabeza, a lo que mi familia nos saludó con la mano, saludamos de vuelta y sonreímos.

-Vale, tranquilidad, no pasa nada por que estén ellos allí, lo único importante es que tú no estés con ellos vayan- pensó Martha cuando volvimos la cabeza.

Asentimos y nos pusimos en marcha.

Tras tomar el pedido a mis padres y pasarlo a la cocina, me quedé flotando mientras el personal seguía trabajando, pensé que para no desentonar con los demás cumpliría con mis tareas. Cogí un trapo y empecé a limpiar las mesas vacías, sonreía a mis padres con temor desde lejos, con un ojo en ellos y con otro en el fondo del restaurante. Mientras restregaba por enésima vez la misma superficie vi que el encargado salía, me tiré al suelo y mi mirada se paralizó, hasta que volví a mirar a mi familia y en sus rostros la expresión era indescriptible. Alcé la mano del trapo rápidamente y empecé a limpiar el reverso de la mesa. Estaba llena de chicles y cosas que prefiero no pensar. Estuve así hasta que Martha me dio una patada mientras pasaba a tomar una orden. Salí de la oscuridad y me acerqué a preguntarles cómo encontraban la comida. Aún les quedaba mucho. En ese momento otro hombre entraba por la puerta, y por su vestimenta no parecía un cliente habitual… en realidad, la cara del hombre me sonaba… era… no. No. No era él. No podía ser él. Qué tipo de broma macabra había planeado el universo justamente hoy. El señor "considera la oferta" estaba aquí. Charly le dio unas indicaciones y entró al despacho del encargado, cuando abrió la puerta me escabullí hasta la esquina más cercana y escondí mi largo cuerpo. Por poco. Estuvieron unos 10 minutos más dentro, 10 minutos en los que maldecía a los nuevos dioses y a los antiguos. Cuando salieron me metí a la cocina. Lugar seguro. Excepto por que los cocineros no paraban de repetir que quién era, ¡había trabajado aquí hacía un mes, cómo era posible que no se acordasen!, aunque, de hecho, yo tampoco recordaba sus caras, ¿eran nuevos?

-Sam, tus padres ya han acabado y quieren despedirse. Ah, no me cortes. Sí, les he intentado decir que estás muy ocupado en la cocina haciendo lo que sea aquí dentro, pero no se van hasta que den las gracias a su hijo- dijo sin respirar Martha al entrar a la cocina.

-Mierda.

Sam, piensa rápido. Piensa algo. Alcé un poco la vista y en una repisa de plástico vi una caja de cerillas. Las encendí todas con un pequeño lanzallamas de los cocineros mientras Martha me repetía que estaba loco cuando le pedí un favor más.

-¡FUEGO! ¡FUEGO!- oí voces de fuera.

Salí.

De uno de los cubos de basura salía fuego, no era un fuego grande, no llegaba al techo sino algo medio. La cara del encargado le hizo la competencia al fuego en sonrojarse y cogió el extintor que estaba situado frente a ellos y corriendo, junto al pederasta, hasta un perímetro seguro al cubo de basura, quitó la anilla, agitó el tanque un poco y empezó a rociarlo. Miré a mi familia, que ya se había levantado de la mesa, no sé si por pánico o por impaciencia, pero estaban a mitad de camino de la salida.

-¿Sam, qué ha pasado?

-No lo sé mamá, no lo sé. ¿Estás bien? ¿Os ha gustado la comida?- pregunté llevándoles a la salida- Bien.

-¿Hijo, suele pasar esto?

-Oh… sí, sí, suele haber fuegos fatuos por el restaurante, no es nada.

Para entonces el encargado había mandado que limpiasen el estropicio.

-Y como ha podido comprobar, señor inspector, los extintores funcionan de maravilla- oí decir al encargado que estaba de espaldas a mí.

Me pasé la mano por la cara para que el inspector no me reconociese. Ya casi estaba hecho. Unos pasos más.

La calle. La bella y libre calle.

-Nos vemos en casa, ¿vale? Os quiero- les saludé mientras se iban a lo lejos.

Una vez les perdí la pista dejé que mi cuerpo se tumbara contra los cubos de basura del parking del restaurante. Lo había conseguido. Solo faltaba quitarme este maldito uniforme y…

-¿Chocolate blanco?

Cerré los ojos. Tragué saliva.

-Me llamo Sam.

-Ya veo. Preciosa familia- dijo mientras se me acercaba.

-¿Por qué no me deja en paz? No estoy de servicio.

-¿No has cambiado de opinión todavía?

-No. Y no lo haré.

Intenté esquivarle, pero era más grande que yo y me bloqueó el camino.

-Déjame en paz- gruñí.

Al momento Martha y Charly salieron de detrás del inspector. Me echó una mirada indescifrable y me dejó en paz.

-Muchas gracias por cubrirme.

-Todo ha salido bien- afirmó Charly.

-Excepto por la parte en la que casi morimos todos quemados- dijo Martha seriamente- pero ¡Ah! Ha sido divertido.

Los tres reímos.

Lo echaba de menos. Los echaba de menos.

-Sam, oye, tío, sabes que ya no te guardamos rencor… ¿cierto?- miró a Martha y sonrió-. Ves, podemos volver a ser los de antes.

-Y lo de hoy ha demostrado que hacemos un buen equipo.

Me había quedado sin palabras.

-Me encantaría… pero no. No quiero meteros en más líos. Gracias por todo.

Tras eso les dejé, salí del parking con la cabeza echando chispas y el corazón en la mano.

MÁS TARDE en casa preguntaron por mi actitud tan extravagante, contesté que estaba en esos días…, muchas tareas de clase, mucho curro en el restaurante, el coche, presión.

Esa noche dormí con la conciencia intranquila, golpeaba la puerta de mi sueño cada vez que cerraba los ojos para apartarlos del mundo exterior y envolverme en las oscuras tinieblas de una pesadilla, o si tenía la suerte, de un placentero sueño.

Esa mañana me desperté mojado.

"No podía ser, no podía ser" Me repetía. "No había soñado con él".

En clase, no presté atención a los idiotas que me molestaban porque estaba concentrado en el porqué de mi sueño erótico. Según pasaban las horas más rondaba por mi cabeza el recuerdo del sueño, sus manos en mi pecho, sus piernas sobre las mías, su cuello expuesto a mi boca, sus manos en mi pelo, su cuerpo balanceándose con el mío. Revivirlo lo empeoraba.

Dicen que se tienen sueños de este tipo en épocas de sequía, y de eso sabía mucho. Pero era raro, ni siquiera me había parado a pensar en él en todo este tiempo, no es que soliese pensar en él para nada.

-¿Listo para la función de hoy? Milton quiere que lo repitamos.

-¿Cómo?

Pero solo hacía falta mirar a su cuerpo y a su hermosa cara para comprender cómo alguien puede soñar con Jimmy. No podía mirarle a la cara, ni al cuerpo. NO podíamos hacer lo de la otra noche.

SÍ, LA vergüenza es algo que todos experimentamos. Pero cuando Jimmy decidió que tirarnos sobre la pista del escenario y friccionar los cuerpos sería una buena idea no sabía que algo en mí tomaría el control y decidiría qué sería una mejor idea.

-Sam no pasa nada, tío, tranquilo. Le puede pasar a cualquiera, sobre todo conmigo- Jimmy se divertía burlándose de mí.

-Lo siento de nuevo.

-Deja de disculparte ¿quién podría evitar tener una erección mientras me restriego contra esa persona? No eres el primer chico, tampoco serás el último.

-O sea…

-¡Sorpresa!

-No sabía que eras gay, no pareces gay…

-No soy gay, soy bi, en este barco puede subir cualquiera con ticket- dijo mientras se besaba los brazos- está bien, Sam.

-¿Eres prostituto?- pregunté por si no había quedado claro.

-A veces, ¿y tú? Vi que El inspector, como le conocemos aquí, entró cuando me fui.

-Dije que no. No es lo mío.

-Tampoco era lo mío. Pero pasar hambre tampoco lo era.

Tras limpiarnos y ponernos ropa que no brillase, recogimos nuestras mochilas y salimos fuera. Me ofreció un cigarro y no tenía ni la más remota idea de porqué acepté. Al poco rato me pilló y me enseñó a fumar.

Hablamos un rato más, indeterminado, solo sé que se fumó tres más, porque me fijé en la posición de sus dedos, y la curvatura de su boca, la forma tan grácil en que expulsaba el humo.

-¿Te apetecería venir a mi apartamento?- me propuso tras pisar el último cigarrillo- no está lejos de aquí.

-Oh, es un poco tarde, ¿no?

Miré la hora y eran las 8 y media. Vaya. El tiempo de invierno hacía que adivinar la hora fuese más ambiguo.

-Vamos- susurró acercándose- es temprano.

Colocó su mano en mi espalda y se agachó un poco para posar sus labios sobre los míos.

-Vamos- acepté sin vergüenza.


Ya es verano y espero actualizar más seguido, recalco el "espero" jaja Ya saben, las reviews y mensajes son bienvenidos ¡Nos vemos!