(N/A) En el capítulo hay mención de situaciones relacionadas con depresión y suicidio.


Capítulo 28

Indudablemente tú

A Isaac solía aterrorizarle la idea de acercarse a las personas, de acercarse tanto que terminara queriéndolas. Se conformaba con salir un par de veces con sus amigos de su viejo vecindario muggle, para luego volver a Hogwarts a ocultarse en la soledad de su dormitorio y en el silencio de la biblioteca del colegio. La lógica por la que se conducía su cerebro era la siguiente: entre menos fuera la cantidad de personas a las que quería, menor sería el sufrimiento que al que tendría que enfrentarse en el futuro cuanto éstas lo abandonara.

Él sabía perfectamente por qué pensaba de tal forma. Isaac alguna vez fue el hijo menor de una pequeña y feliz familia británica que vivía en una pequeña y acogedora casa en una zona donde vivían muchas familias como la suya. Era feliz, los cuatro lo eran, pero luego Ares se suicidó y su padre se marchó, e Isaac tuvo que ver la forma en que su madre sufría pese a que ésta se esforzaba por mantener una sonrisa en su rostro siempre que él estaba con ella.

Él también sufrió. Pasó mucho tiempo preguntándose si había algo malo con él, si es que no era lo suficientemente importante como para querer quedarse a su lado. Hubo momentos muy malos en los que lloraba hasta quedarse dormido porque estaba convencido de que era su culpa el que su padre y su hermano hubieran decidió irse, y pensaba que eventualmente su madre se iría también. Es por eso que se alejó lentamente de ella durante los años siguientes. Le mandaba sólo un par de cartas durante el año escolar y a veces prefería quedarse en el colegio durante las vacaciones de invierno.

Eso fue así hasta que llegó el verano anterior a su último año en Hogwarts.

La florería de su madre llevaba tres años abierta, y el chico había notado que desde entonces ella lucía más feliz. Sin embargo, la felicidad que desbordaba ese verano era mayor que la que la que había visto alguna vez en ella en los últimos años. Su sonrisa era verdaderamente genuina, sus movimientos eran resueltos y el brillo en sus ojos era deslumbrante.

– ¿Por qué estas tan feliz? – preguntó sin más una semana después de haber llegado a su casa para pasar las vacaciones.

Su madre, quien estaba parada frente a la mesa y apuntando algo en una pequeña libreta mientras tarareaba una canción, levantó la cabeza. Su sonrisa se suavizó.

– Simplemente lo estoy – respondió ella.

Pero Isaac no creía que esa fuera una respuesta creíble.

– Normalmente existen razones para estarlo – añadió él sutilmente sin dejar de mirarla.

Caterina le sostuvo la mirada, quizá pensando en su respuesta.

– Me hace feliz que estés aquí.

El chico bajó la mirada, incrédulo e incomodo. Su madre siempre había sido una persona cálida y eso no había cambiado tras la muerte de su hermano, pero hacía años que no se mostraba de tal forma con él y el que dijera eso era completamente inesperado.

– ¿Por cuántos años más vamos a hacer esto, Isaac?

Levantó la mirada lo suficiente para notar que el semblante de su madre era un poco más serio e incluso más directo.

– ¿Hacer qué? – mustió, completamente tomado por sorpresa.

Caterina apretó un poco los labios antes de volver a hacer otra pregunta.

– ¿Por cuantos años más voy a moverme alrededor tuyo sin saber qué pasa por tu cabeza? ¿Por cuántos años más voy a tener que preguntarme si te dejo en paz o intento acercarme a ti? Porque ya no sé qué hacer, Isaac – dijo ella, su voz firme pero con un tono vagamente afectado. Hizo que el pecho del chico se sintiera pequeño y doloroso –. Siempre he optado por dejarte en paz, por dejarte procesar las cosas a tu manera y no interferir en ello. Así me trataron mis padres, siempre fueron pacientes. Pero no puedo evitar preguntarme si tú… – su voz se quebró allí y bajó la cabeza. Puso las palmas de las manos sobre la mesa y respiró profundamente.

– No puedes evitar preguntarte si yo… ¿qué? – enfatizó el chico.

Caterina se tomó un poco de tiempo para contestar, pero eventualmente lo hizo.

– Es lo que hice con tu hermano. No podía entender lo que le pasaba, así que le di su espacio. Si estaba irritado, lo dejaba solo. Si no se levantarse de la cama, no lo presionaba para que lo hiciera. Si lo escuchaba llorando, me encargaba de que tú y tu padre no fueran a molestarlo porque pensaba que quizá quería privacidad – lo dijo sin mirarlo, e Isaac lo agradecía, porque sus ojos se habían comenzado a llenar de lágrimas.

Ellos jamás hablan de Ares o de su padre, Scott. A veces, en los mejores días, casi parecía que su pequeña familia sólo había sido conformada por ellos dos y eso estaba bien, sin hermanos que mueren y padres que se van. Sin hijos que acaban con su vida, ni esposo que desaparecen de la faz de la tierra.

– Y no puedo evitar preguntarme si te pasa lo mismo que a él y si es que estoy cometiendo el mismo error al alejarme de ti con la excusa de dejarte en paz – su madre continuó –. Y no sé qué hacer. Te veo sufrir y no sé cómo ahorrarte ese dolor. Es la clase de cosas que una madre debería ser capaz de hacer… pero yo nunca he sido exactamente una madre estrella – añadió ella, al final dejando salir una triste risa que atravesó el corazón del chico.

E Isaac entendió, tan doloroso como era, que había cometido un gran error, pues en su afán por intentar anticiparse a la posibilidad de que su madre también se marchara (porque tal vez de esa forma el abandono no dolería tanto), no sólo había provocado que ella se alejara de él. Su frialdad, su falta de entusiasmo, sus respuestas monosilábicas y el silencio por el que se reinaba, habían provocado que su madre reviviera la peor tragedia de su vida, algo por lo que quizá se culpaba tanto como él. Y eso era algo de lo que él definitivamente no se había dado cuenta.

Isaac se puso de pie y rodeó la mesa para acercarse a ella. Se puso detrás de su madre y sin pensarlo dos veces, la abrazó por la espalda. Era un poco más alto que ella, por lo que pudo recargar su frente en su hombro mientras apretaba los ojos con tanta fuerza como le fuera posible, sabiendo de antemano que la cabeza terminaría doliéndole por ello y por las lágrimas que se negaba a dejar salir, pero que se escondían tras sus parpados cerrados.

– Perdón… – fue apenas un susurro lo que salió de sus labios. Respiró profundamente, el perfume de su madre siendo todo lo que podía oler –. No era m-mi intención preocuparte – susurró una vez más el chico, su voz rompiéndose un poco.

Su madre se giró, pero él no se alejó ni un poco. Tan pronto como ella quedó de frente a Isaac, el chico la rodeó una vez más con sus brazos y enterró su rostro en su hombro. Se quedaron así por un rato, y en algún punto él notó que había abierto los ojos y que sus lágrimas mojaban el suéter de Caterina. Ella tenía una mano en su espalda y la otra en su cabeza. Lo peinaba con sus dedos de la misma forma que cuando se quedaba dormido en sus brazos cuando era un niño.

Y el resto del verano fue significativamente diferente a los otros.

No muy convencido de lo que pretendía obtener o lograr, al principio de ese año escolar había entablado conversación con un grupo de chicos de su curso de Slytherin durante la primera clase de Herbología. Ellos parecían sorprendidos, pero le respondieron de buena gana. Salió del invernadero con ellos, escuchando su conversación y aportando comentarios propios de vez en cuando.

Pasó el resto del día con ellos, y la mañana siguiente, cuando pretendía sentarse a tomar el desayuno, uno de ellos le hizo una seña para que se acercara a sentarse con ellos. Nuevamente volvieron a pasar el día juntos y fue así durante toda la semana. Se sentía en una especie de sueño. Estaba realmente haciendo amigos y no podía creerlo. Sin embargo, esa pequeña fantasía se rompió el día siguiente cuando se fue a encontrar con ellos en los jardines del colegió tras haber desayunado. Los tres estaban metiéndose con un chico pequeño que no debía tener más de 12 años. Se pasaban el gorro gris del chico mientras este intentaba inútilmente quitárselos. Por su expresión podía ver que nada de eso le hacía gracia, así que sin pensarlo dos veces fue hacia ellos con intención de decirles que lo dejaran en paz. Kurt (alto, rubio y musculoso) le lanzó el gorro a él al verlo acercarse, creyendo erróneamente que se uniría a su juego.

El pequeño se acercó titubeante hacia él con sus mejillas coloradas, el ceño fruncido y una clara mirada de enfado. E Isaac simplemente le tendió el gorro con una sonrisa cálida.

– Gracias – susurró el niño apretando el gorro contra su pecho y saliendo corriendo de la escena.

– ¿Por qué se lo diste? – cuestionó Kurt en un tono molesto y desconcertado.

– Él lo quería de vuelta – se encogió de hombros. Jamás había entendido por qué algunos chicos creían que era divertido molestar a los de primer año.

Kurt bufó y comenzó a caminar hacia él. Pasó por su lado, golpeando su grueso hombro con el de Isaac y susurrando un malicioso "idiota". Los otros dos lo siguieron e Isaac no volvió a hablar con ellos. Lo había dejado bastante desanimado y con la intención de no volver a hablar con nadie y fue por eso que el lunes volvió a su vieja rutina; despertar, desayunar, ir a clases, comer, ir a la biblioteca, quedarse allí hasta que la señorita Pince tuviera que sacarlo e irse a su dormitorio. Si, por lo general se saltaba la cena.

Sin embargo, el viernes de esa misma semana sucedió algo que hizo que su vida cambiara por completo. Era muy tarde y como de costumbre, estaba en la biblioteca. Faltaba realmente poco para que se le pidiera que se marchara. A decir verdad, hacía un buen rato que no escuchaba ninguna clase de ruido, ni si quiera el rozar de una mano contra la página de un libro. Bostezó… quizá era momento de irse. Alzó sus cosas y se levantó de su usual lugar de lectura. Dejó el libro que había sacado en una mesa y cuando pasaba por la sección de libros de encantamientos, notó al chico que estaba sentado en una mesa a unos pocos metros. Estaba inclinado sobre un libro abierto con los ojos cerrados.

Isaac caminó hasta el chico y comprobó que estaba dormido. Profundamente dormido. Sólo podía imaginar el drama que armaría Pince si venía y veía su cabeza sobre uno de los libros, así que se sentó en la silla de al lado y movió suavemente uno de sus brazos para despertarlo, pero no tuvo éxito de inmediato.

– Oye… – dijo con un tono un poco alto. Pero nada. Puso su mano en su hombro y lo sacudió con menos suavidad que la vez anterior.

Bingo.

El muchacho se enderezó lentamente mientras abría los ojos poco a poco. Suspirando, se llevó una mano a los ojos y los talló perezosamente. Isaac sonrió al notar que no se había dado cuenta de su presencia, y que estaba lo suficiente adormilado como para no importarle en absoluto. Cuando bajó las manos de su rostro y se quedó mirando al libro frente a él, fue que Isaac creyó apropiado hacerle saber que estaba allí. Sabía que podría simplemente haberse levantado suavemente para no asustarlo o hacerse sentir avergonzado porque se había quedado dormido en la biblioteca, pero por algún motivo sintió que debía decir algo.

– ¿Es el libro que leías tan aburrido como para quedarte dormido sobre él? – preguntó con voz tenue.

El otro chico habría saltado de su asiento hasta el techo si vivieran dentro de una caricatura muggle, pero en vista de que eso era imposible, sólo respingó notoriamente mientras volteaba la cabeza para verlo. Isaac sonrió con diversión al encontrarse con su mirada sorprendida y un segundo después las mejillas del chico se tornaron de un rojo intenso (y sería imposible no percatarse de ello, pues su piel era extremadamente pálida, más que la suya). Y ante tal imagen, Isaac sintió una presión cálida en el pecho, al igual que la urgente necesidad de decir más cosas que lo hicieran sonrojarse.

– Lamento despertarte, pero es muy tarde y a Pince no le haría nada de gracia ver que estas dormido – optó por decir.

– Oh – mustió el chico volviendo la mirada al libro –. La verdad es que si es un libro muy aburrido – agregó. Sus mejillas aún estaban sonrojadas cuando lo miró otra vez, en esta ocasión con una pequeña sonrisa asomándose entre sus mejillas –. Gracias.

– No hay de qué – dijo Isaac también sonriendo. Observó al chico alzar un par de pergaminos en blanco en su mochila, al igual que un tintero y una pluma –. No terminaste el trabajo que tenías que hacer – no era una pregunta.

– Bueno, ni siquiera lo empecé – comentó el chico –. Pero ya tendré tiempo mañana temprano – sonrió. Se puso de pie, se colgó la mochila al hombro e Isaac lo imitó.

Salieron juntos de la biblioteca y caminaron sin prisa por el largo pasillo inundado en la luz nítida de las lámparas de gas. Hasta el momento Isaac sabía lo siguiente del chico; era media cabeza más bajo que él, sus ojos eran de un marrón oscuro, su cabello era castaño y muy rizado, se sonrojaba fácilmente, y podría apostar un par de galeones a que se aburría aún con más facilidad. Y por encima de todo eso, era de Hufflepuff. Isaac miró su propia corbata con los colores de Slytherin. Él sabía que la reputación de su casa se debía más que nada gracias a que los que los que se hacían notar eran los más brabucones. Él no era mala persona, pero eso no evitaba que chicos de las otras casas lo evitaran apenas notaban que era de Slytherin. Por lo general no le importaba que eso sucediera. No le afectaba en absoluto, pero al voltear a ver al chico a su lado una vez más, se dio cuenta de que por esa ocasión si le importaba.

– Uh… por cierto, ¿en qué año estás? – le preguntó cuando llegaron al final del pasillo. Sonó casual y vagamente curioso, lo cual agradeció. No estaba nervioso, casi nunca lo estaba, pero había temido sonar falso o forzado. Y sabía de antemano que una pregunta superficialmente personal haría que el chico se sintiera confiado al responder.

– Voy en quinto – contestó sonriéndole – ¿Y tú?

– Séptimo – también sonrió. Vio claramente cómo la curiosidad aparecía en el rostro del chico.

– ¿Ya hiciste tu examen de Aparición? – le preguntó. Isaac asintió –. ¿Fue difícil?

– No, en realidad – admitió –. Practicas mucho antes de hacerlo y una vez que lo dominas, es bastante fácil.

– Debe ser realmente genial – sonrió el otro chico.

– Lo es. Te toma un segundo ir de la habitación a la cocina para coger algo de refrigerador – le dijo. El chico rió por lo bajo ante eso. El sonido hizo que aquella presión en el pecho de Isaac se acentuara. Casi dolía, pero no era algo desagrádale. Era como ser quemado por luz, una que era blanca y brillante.

– Eso volvería loca a mi madre – sonrió el chico.

– El mismo efecto tiene en la mía.

Se sonrieron y continuaron caminando.

– Así que… ¿eres hijo de muggles? – le preguntó un momento después. Isaac asintió. Debió darse cuenta porque mencionó el refrigerador –. También yo – comentó –. Mis padres tuvieron el susto de sus vidas cuando llegó la carta. Creyeron que un culto quería reclutarme o algo así. ¿Qué hay de los tuyos?

– Uh… – bueno, la verdad es que su padre se había mostrado completamente indiferente. Hacia menos de un año atrás que Ares había muerto y era como si se hubiera llevado más de la mitad de su padre con él. Su madre, por otra parte, había leído la carta con sorpresa para después regalarse una genuina sonrisa. "Vas a amar ese lugar", le había dicho. No era la clase de cosas que se le cuenta a alguien que se acaba de conocer, pero al notar la mirada gentilmente interesada del otro chico, casi se imaginaba a si mismo derramando sus más profundos secretos justo allí. Decidió ser honesto sin realmente contar demasiado –. Mi hermano mayor también vino a Hogwarts, así que no los tomó por sorpresa – dijo.

– También tengo una hermana mayor – el chico sonrió.

Isaac le sonrió. Y no era una sonrisa que se sintiera obligatoria. Quería sonreírle a ese chico tanto como le fuera posible. Quería hacerle saber de esa forma que una vaga felicidad lo invadía al estar con él.

Caminaron en silencio hasta llegar al vestíbulo, que fue donde se detuvieron. El chico se puso frente a él quizá con la intención de despedirse y parado de esa forma se dio cuenta de algo que era inevitable. Sus ojos marrones bajaron a su uniforme y se quedaron un poco en el emblema de su casa. Antes de que pudiera decir algo o que un silencio incomodo cayera sobre ambos, Isaac optó por ser el que se despedía primero.

– Buenas noches – se despidió con una sonrisa y se giró en dirección a las mazmorras. Pero sólo había andado unos cinco metros cuando el otro chico habló.

– ¡Oye!

Isaac se detuvo y giró sobre sus talones. El chico de cabello rizado caminó hasta quedar a sólo unos cuantos pasos de él.

– Gracias… por, ya sabes, despertarme – sabía perfectamente que ya le había agradecido, e Isaac supuso que era esa la razón por la que se estaba sonrojando otra vez. Le sonrió y se encogió de hombros –. Y, ah… – Isaac no entendía por qué las personas se cohibían, pero siempre le había parecido adorable –, ¿cómo te llamas? – soltó finalmente el chico.

Él quería saber su nombre. La calidad de su pecho era embriagante.

– Isaac – respondió.

– Isaac – repitió el muchacho un par de tonos más bajos y poniendo una mano sobre su pecho, se presentó a sí mismo –. Henry.

Henry.

– Hasta luego, Isaac – agregó el chico con la más suave de las sonrisas mientras retrocedía.

Y él se quedó allí, observando cómo se marchaba, sin poder dejar de repetir su nombre en su cabeza. Henry, Henry

Dos años después, a Isaac seguía aterrorizándole la idea de acercarse a las personas. Constantemente daba dos pasos atrás para contemplar lo afortunado que había sido desde que había conocido a Henry, y con toda honestidad admitía ante sí mismo lo asustado que estaba. Era muy feliz, pero en el fondo seguía creyendo que tarde o temprano algo o alguien lo despertaría del sueño en que había estado viviendo por el último par de años.

Sin embargo, estaba decidido a no permitir que su miedo no se metiera en sus planes. Y era precisamente por eso que estaba en aquel pequeño apartamento de Londres, observando las paredes grises, convenciéndose de que estaba bien tener los sueños que tenía, y hacer lo posible que estos se hicieran realidad.

Un par de golpes en la puerta que estaba tras él lo sacó de sus pensamientos. Al abrir la puerta, se encontró con Tonks, cuyo rostro se encendió en una alegre sonrisa.

– Así que… ¿qué hacemos aquí? – le preguntó la chica después de deshacer el abrazo que se dieron. Miró alrededor con curiosidad.

– Compré este sitio – soltó Isaac sin poder retenerlo por más tiempo. Tonks alzó las cejas –. Bueno, para ser más especifico, aún lo estoy pagando – agregó.

– ¿Y haces eso porque…?

– Porque planeo pedirle a Henry que viva conmigo cuando salga de Hogwarts – dijo el joven, soltando un largo suspiro al final. El rostro de su amiga pasó rápidamente de la inicial sorpresa a un júbilo brillante.

– ¡Eso es genial!

– ¿Tú crees? – sonrió él ligeramente. Dejar saber que estaba inseguro acerca de algo le era molesto, pero estaba a casi nada de hacer algo realmente importante y no podía evitarlo.

– ¡Por supuesto! – exclamó ella. Isaac sonrió junto con ella, dejándose impregnar por la positividad de la chica – ¿Cuándo le dirás?

– No lo sé. Podría hacerlo antes de que el verano termine o en Navidad. O podría ser cuando el año escolar termine – le contestó. Tonks frunció el ceño.

– Uh, creo que sería mejor si le dijeras lo más pronto posible – susurró ella. Él también frunció el ceño ligeramente.

– ¿Por qué?

– Porque no creo poder quedarme callada al respecto hasta Navidad y mucho menos hasta el próximo año.

Isaac sonrió con diversión.

– Ya decía yo que contarte me motivaría a decirle – le dijo.

La chica rio por lo bajo y comenzó a caminar por la pequeña habitación que Isaac planeaba transformar en una sala de estar. Lo tenía todo ordenado en su cabeza; un sillón y un sofá de color negro. Cortinas de color olivo en el par de ventanas que estaban frente a él. Paredes blancas…

– ¿Recuerdas aquella vez que dijiste que a tu madre no le molestaría que te casaras con Henry porque era muggle y por lo tanto no sabía de las diferencias entre los de tu casa y el resto? – preguntó la chica de pronto desde el otro lado de la habitación, girándose a mirarlo al mismo tiempo que hablaba.

El joven sonrió. Si, lo recordaba.

– Perfectamente.

– Desde entonces sabías que querías esto con Henry, ¿cierto? – agregó ella, señalando la habitación con un vago ademan de su mano mientras pronunciaba "esto".

– ¿Una vida con él? – dijo Isaac. Tonks asintió –. No exactamente – susurró –. Lo supe desde antes.

E Isaac recordaba aún con más precisión cuándo fue eso; el día siguiente de conocerlo.

La noche en que lo conoció se fue a la cama con la idea de despertarse temprano para ir a la biblioteca (porque él dijo que iría) y encontrarse con él. Durante el desayuno hizo todo lo posible por no alzar la vista en dirección a la mesa de Hufflepuff, ya que era lo que más quería hacer. Salió de allí y se dirigió a la biblioteca con paso decidido. Estaba vacía, como podría esperarse que estuviera un sábado por la mañana al principio del año escolar. Cogió un par de libros que le llamaron la atención y fue a sentarse a la mesa que estaba al lado de en la que había conocido a Henry. Abrió uno de los libros y comenzó a leerlo, levantando ocasionalmente la mirada en dirección a la esquina de la estantería por la que podría aparecer el otro chico en cualquier momento.

Al cabo de veinte minutos casi había olvidado la razón por la que estaba allí porque el libro era bastante interesante, pero se olvidó de éste por completo la siguiente vez que alzó la mirada.

Henry apareció por la esquina de la estantería con su mochila colgándole de un brazo. Lo vio de inmediato, y tan pronto como sus miradas se encontraron, el chico de Hufflepuff sonrió alegremente mientras alzaba una mano en señal de saludo. Podía sentir que estaba tan contento de verlo como lo estaba él mismo.

Y fue justo allí que Isaac supo, sin duda alguna, que quería ver esa sonrisa de cerca por el resto de su vida.


(N/A) El siguiente capítulo será otra vez sobre Remus y Tonks.

Gracias por leer 3