Capítulo 28: El funeral y la borrachera

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Filch no tuvo la necesidad de no ir a San Mungo para que Dumbledore lo despidiera. Lo hizo de todas maneras, porque su salud empeoraba minuto a minuto, y tal como había pronosticado el director, el hombre tenía comienzos de Alzheimer, e irse en contra de Merlina acusándola de algo que no había hecho, había sido la primera prueba de eso. Dumbledore pagó algo de dinero para que lo atendieran en el Hospital mágico y le dieran todos los cuidados necesarios. Merlina, que detestaba maldecir o aliviarse con las desgracias ajenas, agradecía de corazón no tener más a Filch ahí, porque sus rabias quedaban reducidas sólo a la mitad. Quedaba Severus, Malfoy, Peeves, otra vez Severus, de vez en cuando algunos alumnos y nada más.

Había llegado la última semana de marzo cuando Merlina pudo equilibrar su trabajo. Le era mucho más cómodo hacer las cosas ella sola. Había sido totalmente cansador dormir un par de días normal y otros no. Se divertía en la noche haciendo nada o se se aburría mortalmente, pero era parte de su trabajo. Volvía a dormir en las mañanas tranquilamente.

—Abril comienza... —susurró al salir de la ducha para ir a desayunar. Se moría de hambre ya que en la noche de pura flojera no fue a comer. Las energías le menguaron en último momento.

Con Severus se ignoraron monumentalmente. Ella saludó sólo a los profesores cercanos a ella —es decir Rubeus y Pomona — y ocupó su lugar.

Se había inscrito en El Profeta, así que recibía todos los días un ejemplar, siempre ansiando saber algo de Craig. No esperaba que llegara el día tan pronto.

Una lechuza parda entró entre cientos de lechuzas hacia ella batiendo las alas rápidamente. Dejó caer el diario sobre el puesto de Merlina, quien lo recogió como tantos otros estudiantes agarraban sus paquetes. Lo desenrolló y, a la primera vista, casi se cae del asiento. A la segunda vista casi grita. A la tercera comenzó a respirar agitadamente como si hubiese corrido kilómetros.

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HOMBRE FUGADO DE AZKABAN ENCONTRADO MUERTO

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Craig Federic Ledger de 23 años, fugado el 23 de enero de este año, ha sido localizado en un Durham, en el centro de una zona de casas abandonadas la noche del 31 de marzo a las 11 horas y 30 minutos. Estudios de magos forenses estudiaron su cuerpo y se determinó la causa de muerte. Los resultados de la investigación exhaustiva de los profesionales dictaminaron que sufrió de deshidratación e inanición. No se muestran signos de tortura o de posible implicación de segundas personas. No poseía documentación ni tampoco varita.

"Hubiese sido preferible que se le encontrara vivo, para poder hacerle sufrir" comentó un funcionario del Ministerio. Mientras que el mismo Rufus Scrimgeour se limitó a decir "Él se lo buscó y se lo merecía. Había causado bastante alboroto antes. Lo que menos necesitamos en estos momentos es más problemas en el mundo mágico".

Ahora el mundo mágico podrá estar tranquilo, excepto sus padres, Robert y Griselda Ledger, que realizarán un funeral para su hijo el día sábado 4 de abril, para todo quien quiera irle a visitar y dar el pésame a la familia.

No obstante, se sospecha que poco antes de su muerte logró tener contacto con algunos de sus compañeros de Azkaban. ¿Serán solo rumores o dejó alguna misión a cargo?

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Merlina bajó sus ojos hacia la foto que mostraba unos magos cubriendo un cuerpo con una manta y luego desaparecían por el marco de la foto con el brazo del difunto oscilando. Le tembló la barbilla y se quedó en blanco por unos cuantos segundos. ¿Realmente era Craig? ¿Había muerto de verdad? No sabía que sentir, qué pensar. Podía no ser él…

— ¿Me prestas el diario, querida, luego que lo acabes de leer? —le dijo Sprout amablemente.

Merlina reaccionó e intentó sonreír.

—Un momento —contestó y se paró. Medio agachada avanzó hasta la silla alta de Dumbledore y le puso El Profeta ante los ojos. Dumbledore echó la cabeza hacia atrás para mirarla y luego cogió el periódico. Severus, quien no se quiso quedar atrás, se aproximó un poco para mirar también.

Merlina, que no quería estar allí esperando a que leyeran, se fue por la puerta trasera y se dio la vuelta para llegar al vestíbulo. Quería salir a caminar, necesitaba...

La puerta doble se abrió. En el umbral apareció Rufus Scrimgeour seguido de uno de sus funcionarios que tenía cara de mono.

Merlina bajó a recibirlos.

—Buenos días, señor Ministro —dijo con voz sepulcral.

— Buenos días, señorita Morgan —le tendió una mano y ella se la estrechó —. No sé si habrá recibido ya la...

—Sí, la leí en el diario —contestó en tono cortante —. Creí que algo como eso lo avisarían por carta antes de que se publicara.

Scrimgeour alzó las cejas.

—Pensé que sería mejor venir a hablarle personalmente. No me gustan las cartas. Soy un hombre de acción. Y a eso vengo ahora, pero le sugiero que... ¡Dumbledore! —se aceró dando tumbos hasta el hombre de barbas que acababa de bajar la escalera junto con Severus, que iba con una expresión relajada en la cara.

—Hola, Rufus, supongo que viniste a lo de Merlina —saludó con cierta frialdad que el ministro ignoró por completo.

—Exacto, y justo iba a proponerle que fuéramos a algún despacho...

—El mío está cerca —se adelantó Severus —, podemos instalarnos allí.

—Perfecto, vamos...

Severus encabezó la fila y los condujo por el corredor de las mazmorras hasta su oficina. Los hizo pasar y se acomodaron en los sillones. Merlina tuvo la leve impresión de que Severus quería sobresalir. Ella se sentó al lado de Dumbledore y no lo miró.

—La verdad es que no sé porqué te veo tan triste, Morgan —le dijo Scrimgeour.

—No estoy triste, pero sí impresionada... —admitió Merlina y era verdad — No pensé que lo encontraran muerto. Y no sé, pero me da mala espina. O no sé si será ya la costumbre de saber que alguien va tras de ti. Además, su poca acción en el último tiempo… Admito que esperaba a que ocurriera algo malo.

— Si quieres puedes ir al funeral para comprobarlo por ti misma, pero debo contactar a los padres para la dirección y la hora —le ofreció el ministro.

Merlina reflexionó. No se quedaría tranquila hasta no saber que era él, Craig, quien estaba en un ataúd. Asintió.

—Sí, por favor. Iré. Pero..., de todas maneras, ¿están seguros que era él?

—Seguros —corroboró el ayudante de Rufus —, comprobamos su anatomía, estudiamos si estaba transformado, hechizado o había tomado poción multijugos y todo eso salió negativo. Puede estar tranquila.

Conversaron un par de minutos más y luego se retiraron. Menos él y ella.

Merlina se apoyó en su mano mirando hacia abajo. Snape se sentó a su lado.

— ¿En serio irás al funeral de ese cretino? ¿Luego de todo lo que te hizo? ¿De lo que me hizo?

El tono de su voz era de enojo. Merlina lo observó.

—Ya dije que es porque todavía siento esa espinita en la piel... No sé...

—Si quieres ir a verlo en realidad o a despedirlo, no es necesario que me mientas...

Merlina se paró furiosa.

— ¿Me estás tratando de mentirosa?

— ¡No, pero es que me parece raro que quieras ir a su funeral! — le respondió él parándose también.

— ¡Ya te dije que es para cerciorarme! —rebatió Merlina.

— No puedo soportarlo —admitió Severus —, después de todo lo que sufriste por él y tú quieres…

—Si deseas que esté riéndome a carcajadas por su penosa muerte, no lo voy a hacer, Severus, sobre todo cuando su muerte puede ser una farsa —le espetó —. Ahora no tengo ganas de reír; tal vez mañana —agregó intentando calmarse —. Pero, me di cuenta que tú estás feliz, ¿porqué? ¿Porque podremos estar ahora juntos? Sabes que ni siquiera puedo pensar y no voy a estar discutiendo contigo la razón de porqué voy. Sabes perfectamente que te amo a ti —recalcó y Severus abrió más los ojos. Ella también se sintió rara; jamás se lo había dicho, aunque sabía que eso era lo que realmente sentía por él—, y si te quedan dudas, es mejor que no me vuelvas a hablar o hacer este tipo de actos de celos. Además… qué descaro el tuyo de volver como si nada. Me merezco disculpas del tamaño del universo por eso. ¡Porque también sufrí por ti!

La joven se fue dando un portazo. Había hablado más mal de lo que quería y en realidad Severus no tenía la culpa. Estaba preocupada. Ahora ella era la que no quería estar con Snape todavía porque se sentía amenazada. Hasta que no fuera al funeral, no podría dormir en paz en las noches.

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Severus estaba tan ofendido que no le volvió a dirigir la palabra. Llegó el sábado y Merlina se levantó muy temprano porque el funeral se iba a realizar a las diez de la mañana en una iglesia de Londres. Se colocó un pantalón y una camisa negra más una túnica de igual color. No era de esas que usaban vestidos y sombreros enormes para despedir a un muerto y tampoco se hubiera producido tanto para Craig.

Hermione y Ginny la acompañaron hasta el vestíbulo. Cada una le dio un abrazo y le dedicaron una triste sonrisa. Merlina se puso la capucha, se afirmó la cartera al hombro y partió caminando ladera abajo para salir por las verjas de los cerditos alados. Caminó rápidamente, como estando atenta a cualquier indicio de cosa extraña que pasara. Después de todo, podía comprobar que ser secuestrada y buscada para ser asesinada, dejaba algunas secuelas de paranoia. Pero nada ocurrió. Tomó el autobús Noctámbulo en paz —el conductor y el copiloto no la distinguieron gracias a la capucha, así que no sintió miradas de curiosidad sobre ella — y viajó a toda velocidad, como siempre afirmada de un fierro, de pie. Cada vez se le hacía más fácil ir en aquél ómnibus, su equilibrio iba mejorando.

Se bajó en la iglesia, una construcción bastante pobre y destartalada. Los dueños debían ser magos sin muchos recursos. A algunas ventanas le faltaban trozos de vidrio y la pintura se estaba descascarando producto de la humedad.

Entró y pudo ver que había no más de diez personas. Tal vez con ella se cumplían las diez. La madre de Craig lloraba a lágrima viva sobre el hombro de su esposo. Ella se aproximó con sigilo y nadie se fijo en su presencia. Se instaló al lado del ataúd y aguantó las ganas de desmayarse. Estaba hinchado y azul. Pero era él, no cabía duda. A la vez sintió un alivio enorme en el cuerpo, como si se hubiese quitado varios kilos de encima, y pudo respirar, después de mucho tiempo, aire que entraba a sus pulmones de manera agradable. Sonrió para sí misma pero no de forma burlesca. La paz interior que estaba sintiendo la debía expresar. Era libre... de cierto modo. Al menos podía asumir que estaba libre de peligro, ¿o no tanto? ¿Qué era eso de que había podido dejar, tal vez, alguna misión para sus compañeros de Azkaban? Daba igual. No podía vivir preocupada. Se sentó en una banca hasta que llegó el cura y comenzó a hablar.

—...si se redimió de sus pecados, entonces estará en la gloria del Señor...

Merlina escuchaba sólo fragmentos del discurso. Ya todo el mundo estaba más calmado.

Cerca de las once y media los sepultureros llegaron y comenzaron a llevar el ataúd hacia la puerta de la esquina que daba al gran patio de entierro. Merlina salió de las últimas. Quería hacer la despedida completa.

Se instaló algo alejada de la multitud. Vio cómo cavaban y lo colocaban en el fondo. Luego echaron la tierra de una sola vez mediante magia y lo dejaron liso. Varios depositaron sus flores. Ella no tenía nada, pero se quedó un minuto más en silencio. Luego, se marchó.

De vuelta en el ómnibus se sacó la capucha y se atrevió a sonreír a los pasajeros. Una señora la observó como si se hubiese comido un limón y le dio la espalda murmurando cosas incomprensibles. ¿Era tan malo que una desconocida les sonriera? En fin. Ella estaba feliz, aunque no fuera una situación precisamente para estarlo de forma plena. Una muerte no era para estar feliz, pero la de Craig era una gran excepción ya que por fin sabía que era él, que no estaba suelto y que, a pesar de que se lo merecía, no estuviera siendo maltratado. Estaba tan loco que no lo merecía. Preferible saberlo muerto.

Llegó al colegio colorada por tanto caminar. Entró al Vestíbulo y vio a una multitud de estudiantes rodeando el tablero de anuncios.

— Siempre me entero tarde de las cosas... —susurró negando con la cabeza. Ron y Harry aparecieron haciéndose paso entre los demás.

— ¿Qué tal, Merlina? —preguntó Harry.

—Bien. Era Craig. Estoy libre de persecución —replicó sonriendo.

Los dos ya estaban enterados de que Craig iba tras Merlina. Era realmente absurdo no saberlo si El Profeta había hablado un montón acerca del tema. Claro que jamás se mencionó a Severus, y sólo un par de veces salió el nombre de Merlina. Eso fue una verdadera suerte porque quizá Snape se hubiera muerto de la vergüenza, pensaba ella.

— ¿Qué hay allí? —Preguntó señalando la manada de alumnos emocionados.

—Oh, otra fiesta más —respondió Ron sin entusiasmo —, de Semana Santa. Es la otra semana... No sé qué le ha dado este año a Dumbledore con las fiestas. Pero es distinta, sólo se comerá pan y vino.

Merlina frunció el entrecejo con una mueca de desaprobación, pero medio sonriente.

—Eso suena a entretención total —dijo con dientes apretados.

— Siempre he dicho que está un poco loco —susurró el pelirrojo rascándose la cabeza.

—Eh, ahí viene Hermione —avisó Harry.

La chica se les unió sonriendo de oreja a oreja.

— No me digas que estás contenta por la fiesta... —Comentó Ron, horrorizado.

— ¡Claro que sí! —Replicó Hermione con ojos grandes y una sonrisa de "se hizo mi sueño realidad" — Hace treinta años que esta fiesta no se celebraba, está todo en la Historia de Hogwarts...

—Ah... no recuerdo, pero sé que la leí —comentó Merlina pensativa.

—Y yo pensaba que Hermione era la única que la había leído —comentó Harry.

—Es una fiesta que hacían los pueblerinos de la época del Rey Arturo a escondidas en honor a los santos... Realmente me alegro que Dumbledore haya retomado la tradición... el pan es delicioso y el vino es el mejor, según los historiadores. Son especialmente hechos por trigo y el vino por uva cultivados por enanos...

Hermione les estuvo dando la lata por varios minutos hasta que por fin se le acabó la cuerda y quedó sin aliento. Merlina lo encontró interesante, pero Harry y Ron comenzaban a bostezar descaradamente.

— Ya todos están entrando para comer... —anunció Merlina —, me muero de hambre. Ver a un muerto causa eso. Era broma —añadió viendo las caras de susto de sus amigos.

Entraron por la puerta principal y Merlina se encaminó hasta su mesa con las piernas livianas. Hacía varios meses que no estaba tranquila. A la vez quería autoconvencerse de que nada malo podía ocurrir.

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A pesar de la muerte de Craig, Merlina y Severus no habían hablado mucho. La verdad es que no habían hablado nada. Severus estaba en una ardua semana de trabajo al igual que Merlina. Los estudiantes se quedaban hasta tarde merodeando por el castillo por las toneladas de deberes y ya ni siquiera podía enviarlos donde los jefes de casa, porque estos estaban ocupados también. Se limitaba a decirles que se quedaran quietos en un solo lugar, no mancharan con tinta ni las mesas ni el suelo, no dejaran plumas botadas y tampoco pergaminos. Todos querían acabar antes de la fiesta para quedar libres y no sentirse culpables o presionados después.

Estaba más ojerosa que nunca y, pensándolo bien, quería un buen recreo, aunque fuera con una celebración. Sabía que terminaría más cansada, pero ganas de reír y conversar le hacían falta.

— ¡Por fin! —exclamó cuando se levantó a las tres de la tarde el día de la fiesta. Le habría encantado saber cómo estaba ornamentado esta vez el Gran Comedor, sin embargo, se sorprendió cuando bajó al vestíbulo y vio las puertas abiertas y un lugar completamente solitario. Luego de unos segundos percibió un ruido que provenía del exterior.

—Puede ser una trampa —se dijo recordando lo del unicornio —. No saldrás esta vez... no...

Subió al primer piso nuevamente, para mirar por la ventana e intentar descubrir qué ocurría. Sin embargo, no vio nada. Estaba todo negro, como si hubiesen apagado la luz. Era como humo y como tela. ¿Si algo malo estaba ocurriendo?

Subió los pisos restantes para ir a avisar a Dumbledore y se dio cuenta que varios observaban por las ventanas con cara de no entender nada.

Merlina llegó, dijo la contraseña y subió por la escalera. Golpeó la puerta, pero nadie contestó. Decidió entrar, para descubrir que el lugar estaba desolado. ¿Dónde diablos estaba Dumbledore? Salió y buscó a McGonagall, a Snape, a Flitwick, a Pomona, a Vector, Sinistra, hasta Trelawney, y ninguno andaba cerca. Se quedó finalmente quieta en el tercer piso, preparada para hacer huir a los estudiantes en cualquier caso de emergencia. Llegaron las seis y nada pasó. Las siete, y todo seguía igual. Ocho menos quince... Ocho menos diez, menos cinco... Las ocho...

Y fue como si hubiesen subido algún interruptor oculto. Desapareció lo negro y a cambio de eso, ante sus ojos, se hizo el cielo azul y estrellado. El bosque prohibido estaba moviendo sus árboles al son del viento y abajo había cientos de mesas con manteles blancos, un escenario con cortinas del mismo color, luces blancas volando de un lado a otro en forma de esfera, flores amarillas y rosadas apostados en pilares de piedra con diseño dórico de no más de un metro. Era una visión hermosa, anticuada y exquisita.

En el escenario había varios enanos barbudos, similares al profesor Flitwick, pero más pequeños aún, con instrumentos medievales y túnicas blancas, tocando una fina melodía.

El ruido de una trompeta avisó que ya se podía bajar. Merlina, quien ni siquiera se había vestido elegante, bajó tal cual. Afuera hacía bastante frío, pero cuando uno se internaba entre las mesas, la temperatura cambiaba un poco.

— ¡No sabía que la fiesta se hiciera en los jardines! —exclamó Hermione llegando junto con Ginny, ambas con unas túnicas muy lindas.

—Es hermoso —se limitó a decir Merlina fascinada.

Dumbledore ni siquiera se molestó en dar discurso. Uno de los mismos enanos lo hizo, contando una historia que no fue para nada aburrida.

Merlina se permitió sentarse junto con Ginny, Hermione y Luna Lovegood en una mesa. No quería estar junto a los profesores, y con ellas lo pasaba muy bien. Luna Lovegood era una maravilla, aunque algo extraña, pero siempre le hacía reír. Claro que no sabía si hablaba en serio o en broma.

La cena del pan y vino no era mala después de todo, sólo diferente. Había cientos de tipos de panes y lo mismo ocurría con el vino tinto. Era increíble ver a niños de once años bebiendo, aunque la mayoría evitó tomar. No a todos les gustaba el vino, sólo a los más grandes. McGonagall era la única que parecía insatisfecha con eso; no paraba de dirigir miradas de desaprobación al director. Había jugo de calabaza para los desertores.

Cerca de las diez todos salieron a bailar. La música era alegre. Merlina se alejó de las parejas felices y fue a sentarse a la mesa más lejana y poco iluminada. Se sirvió un poco más de vino.

No pasaron más de treinta segundos desde que se sirvió más alcohol cuando sintió una presencia.

—Llevas más de diez copas — reprochó una voz.

Merlina se enderezó y miró a quién se había sentado a su lado. Sonrió.

—Me vigilas todavía, ¿eh? No lo puedes evitar — acusó.

—Siempre lo hago, o siempre que pueda, más bien.

Severus acercó la silla, aunque no era necesario, porque las mesas no eran tan grandes y los asientos estaban prácticamente juntos. Merlina apoyó un codo en la mesa y la cabeza en la mano. Con la otra sujetaba la copa.

—Y tú —le dijo — ¿me dirás que no has bebido nada?

—Tal vez un poco más que tú, pero tengo mucha más resistencia —se le aceró con poco mirándola intensamente.

Merlina, que estaba roja como un rábano producto del alcohol, se tornó morada. Por suerte la tenue oscuridad no lo demostraba demasiado. Hacía tiempo que no sentía esa sensación de mariposas en el estómago. Allí, con Craig muerto, era como algo nuevo. Se sentía desnuda.

—¿Quién dice que no tengo resistencia? —Replicó tratando de modular bien las palabras. La verdad era que sí sentía la lengua un poco traposa. Lo miró con disgusto.

— ¿Te debo alguna disculpa? —Preguntó el Profesor de Pociones ante esa reacción.

— No lo sé —contestó ella, sin darle ya importancia al tema. Se encogió de hombros desganada.

― Disculpa ―siseó sin ninguna pizca de remordimiento alguno en su tono de voz.

― Mm… ―murmuró Merlina insatisfecha.

Silencio.

— ¿Te sirvo? —le preguntó a Severus señalando el vino.

—Bueno...

Sonó el caer del vino y, luego de llenar la copa, el hombre se lo bebió todo.

—Sírveme otro más.

—Te acabo de servir —le reprochó ofuscada.

—No importa.

Merlina le llenó otra vez la copa. Una vez más Snape se lo bebió en segundos.

— ¿Por qué haces eso?

—No quiero sentirme responsable de mis actos —reveló —. Si bebo bastante, a cualquier cosa que ocurra podré echarle la culpa al vino.

Merlina asintió poco convencida y se bebió la suya también, ignorando el mareo que le atacaba.

— ¿Sabías que eres un idiota?

— ¿Sabías que eras una Cerdita Parlanchina?

A Merlina le dio un ataque de risa con eso. Sentía que todo le daba vueltas. Debía comenzarle a hacer real efecto el alcohol. Severus también soltó una carcajada casi silenciosa al verla.

—Me causas risa —le dijo.

—Ya lo sabía... Oye... ¿Tienes un hermano o qué? —Merlina se estaba poniendo bizca — ¿Dos Severus...? ¡Eso es emocionante!

― ¿Acaso estarías con dos Severus al mismo tiempo? ―Preguntó evidentemente celoso.

―Bueno, no exactamente: me quedo con el más idiota, el más antipático, gruñón y sensual de los dos.

Snape le dio una suave palmada en la mejilla.

—Soy uno solo.

—Ah, cierto, creo que se me va un ojo —luego rió escandalosamente.

— Te ríes como una histérica. Es desagradable.

— Y tú me hablas como si tuvieras ganas de besarme —dijo Merlina balanceándose un poco hacia él involuntariamente.

Severus le puso una mano en la rodilla.

— ¿Todavía te da cosquilla esto?

—No, parece que borracha no me hace efecto... —reconoció y volvió a reírse — Creo que siento todo el cuerpo dormido.

Nadie los veía al fin y al cabo. Nadie los oía o les prestaba atención. La música era alta, y la mayoría estaban demasiado ebrios o mareados como para preocuparse por ellos.

Merlina llenó otra vez las copas y se las bebieron en silencio.

— Nunca he bebido tanto — más risas. ¿Por qué todo era tan gracioso?

—Yo tampoco, tú eres la culpable.

Merlina se sintió alterada.

—Yo no tengo la culpa, siempre me culpas a mí —se empezó a poner de pie —. Me voy...

Y se fue, pero directo al suelo.

—Mira lo que ha...

Severus, por tratar de ayudarla, se fue contra ella formando una cruz en el pasto.

—Lo siento —se disculpó saliéndose de encima de ella —, eres blandita.

Merlina se sobó el estómago y se intentó de sentar.

— ¿Dónde estás? —preguntó.

—Atrás de ti.

Merlina se volteó y lo localizó. Sonrió y se le echó al cuello.

—No sabes... ¡hip! Oh, me salió un hipo... —volvió a carcajearse con estruendo.

—No te rías en mi oreja que te escucho diez veces más fuerte —le exigió Severus apartándola de él. Luego, la miró por un instante.

— ¿Qué?

— ¿Qué te hiciste esta noche?

—Nada.

— Te veo diferente... Más sensual —le miró los labios.

—Estoy igual que siempre, ja, ja, ja, igual que siempre, ¿entiendes?

— ¿Cuál es el chiste?

— No lo sé, ja, ja, ja, ¡no lo sé!

Severus se lanzó a reír con ella otra vez y luego, en un repentino acto, la abrazó y la comenzó a besar. Merlina hizo lo mismo. Terminaron bajo la mesa. Severus se colocó encima de ella y ella le rodeaba las caderas con sus piernas, pellizcándole el trasero. Estuvieron cerca de un minuto así, haciendo ascender rápidamente la temperatura, hasta que de pronto, Severus se levantó para cambiar de posición y se dio contra la mesa. Volvió a caer directo contra ella y con la cabeza ladeada. Merlina lo apartó de sí y se sentó como pudo. Se acercó a su cara y le pegó débilmente. Estaba roncando.

—Severus —susurró sollozando a medias — ¿por qué moriste? Te dije que el vino estaba envenenado... ¿O no te lo dije? No sé, pero es tú culpa, yo soy la víctima, como siempre. Tendré que sufrir por ti…

Iba a intentar hacer algo con la intención de levantarlo y llevarlo al castillo, pero ella no tardó en caer dormida también y roncando, cosa que jamás le había pasado. Era una suerte haberse dormido en vez de haber vomitado el vino.