Capitulo 41, 42 y 43
Isabella se puso un vestido de lanilla color azul cobalto, y una capa haciendo juego; nada especial ni demasiado ele gante para una salida absurda.
Anthony llegó puntual. Ella salió presurosa para que él ni bajara del coche. A él le causó gracia su actitud.
—Cualquiera pensaría que estabas ansiosa por verme —le dijo, y la ayudó a subir.
—No quería que vieras a mi padre —le dijo nerviosa.
—Pero estaba ansioso por conocerlo. Dijiste que tu padre y yo éramos muy parecidos. ¿No le contaste que nos casare mos otra vez?
—Claro que no. Dijiste que nadie debía enterarse —le recordó.
—Sí, así fue —dijo él.
—¿Has cambiado de opinión? —le preguntó esperando que dijera que sí.
—Ah, hermosa —le dijo con tono picaro y sensual—, ¿qué diferencia hay en que te cases conmigo dos veces, si con seguirás lo que quieres?
—¡Lo que tú quieres, querrás decir!
Él rió, y Isabella se acomodó en el asiento decidida a ignorarlo. No volvieron a dirigirse la palabra. Isabella estaba furiosa, y Anthony la miraba absorto. Salieron de la ciudad y se
dirigieron a una pequeña iglesia. Él ya había hecho los arreglos necesarios, y el ministro los estaba esperando, junto con dos testigos.
Isabella permaneció inmutable durante la ceremonia. El ministro llamó a Anthony por un nombre que ella no esperaba escuchar.
No tuvo tiempo de decir nada ni de protestar, porque él le dijo:
—No te preocupes. Fue sólo un error.
—Pero...
—Si no quieres seguir adelante con esto, hay una alter nativa.
Isabella se quedó muda.
Anthony imaginó que ella protestaría otra vez cuando fir maran, pero Isabella lo sorprendió. Él no lo sabía, pero ella no recordaba haber firmado en la ceremonia anterior, así que el hecho de que el ministro no hubiera escrito sus nombres aún no le llamó la atención. Tampoco hizo comentarios cuando él insistió en que firmara con su nombre de soltera. Así lo hizo. Luego salió de la iglesia y lo esperó en el coche.
Cuando él subió al coche, le entregó el documento sin decir palabra. No tuvo que esperar demasiado para que reac cionara.
Isabella leyó el nombre «Edward» y miró a Anthony.
—Dijiste que el sacerdote se había equivocado de nombre nada más. ¡Pero firmaste Edward! —gritó, y le arrojó el docu mento.
Él la miró pero no dijo nada.
—¿Cómo pudiste hacerme esto. Anthony? ¡Me has casado con tu hermano!
—No. Te has casado conmigo, y esta vez legalmente. ¿No te das cuenta aún?
Quiso hacerle muchas preguntas, y finalmente le dijo:
—¿Eres Edward, no es cierto? ¡Te hiciste pasar por Anthony para burlarte de mí! ¿Qué te propones ahora? Fuiste tú quien se casó conmigo la primera vez. Ese día regresaste y me hiciste creer que eras Anthony para poder... si el ministro no hubiera lle gado en ese momento, entonces habrías... Con razón Anthony es taba furioso. ¡Me casaste con él sin que él lo supiera!
—Ya sabes parte de la historia, hermosa ¿Quieres saber el resto o seguirás hablando?
—¿Qué puedes decirme para disculparte? —le dijo, fu riosa. ¿Cómo podía ser tan arrogante? —¿No estoy casada con los dos, no es cierto?
—No. Tu primer matrimonio no fue legal. Por lo menos, no era bígama, eso era un alivio.
—No sé qué has logrado con todos estos engaños, Edward. Será un placer divorciarme de tí.
—¿Te divorciarás de mí, hermosa?
—Claro —le aseguró.
Isabella decidió que no había nada más que decir y guardó silencio. Regresaron a su casa sin hablarse, al igual que en el viaje de ida.
Él la sorprendió diciendo:
—Prepara tus cosas, Isabella. Vendrás a vivir conmigo.
—Eso es totalmente absurdo, Edward —dijo ella al bajar del coche.
—No me casé contigo porque sí. Antes no tenía ningún derecho, pero ahora sí. Haz lo que te digo.
Ella estaba pasmada
—¡No seré tu esposa! ¡No lo seré!
Entró corriendo a su casa y dio un portazo. Entonces él abrió la puerta.
—Pensaste que sería muy sencillo, ¿no es cierto? Ella lo miró furiosa.
—¡Vete!
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Marcus, que había apa recido en el vestíbulo y miraba de frente al desconocido.
Isabella se volvió hacia su padre, y con el mismo tono de voz le dijo:
—Cree que porque me casé con él debo hacer todo lo que me ordene. Me engañó, papá. Este hombre no es Anthony. ¡Es Edward! Explícale que esto se acabó porque yo ni quiero volver a mirarlo.
Subió las escaleras corriendo. Los dos hombres permane cieron en el vestíbulo; frente a frente. Marcus estaba confun dido. ¿Este hombre era su yerno? ¿Este hombre fuerte cuya mi rada expresaba carácter y fría determinación?
—Hubiera querido que nos conociéramos de otro modo, señor Swan, pero debo advertirle que no interfiera. —Mar cus iba a decir algo, pero su yerno se adelantó: —Isabella es su hija, pero yo, como esposo, tengo derechos que nadie puede quitarme. Usted lo sabe. No me iré de aquí sin ella.
—Entonces, ¿es verdad que es su esposo?
—Ella lo admitió delante de usted.
—Pero estaba casada con su hermano. Usted no es Anthony Cullen.
—Señor Swan, es una larga historia que tendría que contarle primero a Isabella. Lo único que puedo decirle por ahora es que la amo, y creo que ella me ama.
Marcus no pudo evitar una sonrisa.
—Ah, no dudo de que esté enamorada, aunque nunca lo admitió. Supe que estaba enamorada cuando regresó de Arizona. Pero es a Anthony a quien ama. Usted no le agrada, créame.
—Ésa es la impresión que le dio, pero puedo asegurarle que sus sentimientos cambiarán antes de que termine el día. Y ahora, iré a buscar a mi esposa, con su permiso o sin él. Sería más fácil para los dos si contara con su permiso. No es acon sejable que usted y yo no nos entendamos. Pero nada me im pedirá salir de aquí con ella. No me importa que usted se oponga o que ella grite. ¿Me comprende?
—Por Dios, Isabella tenía razón. Es difícil dialogar con usted. ¿Puede darme su palabra de que Isabella no será des dichada?
—Sí, le doy mi palabra.
Marcus meneó la cabeza. ¡Qué situación complicada! Pero Isabella no había renunciado a este hombre. Era su espo so. ¿Qué otra alternativa tenía Marcus?
—Adelante, entonces —dijo Marcus resignado—. Su ha bitación está en la planta alta, a la izquierda. Pero espero no tener que arrepentirme de esto, Cullen. No lo olvide. Trátela bien, ¿me escuchó?
—¿Me está amenazando, señor Swan? —le pregun tó con descaro.
—Sí, claro que sí.
El joven hizo una mueca, y subió la escalera.
42
Por supuesto Isabella cerró la puerta con llave, pero él la abrió de un empujón.
Ella estaba de pie en medio de la habitación.
—¿Qué le hiciste a mi padre? —le preguntó con tono acusador—. ¿Por qué no te impidió que subieras? No tienes nada que hacer aquí.
—Tu padre es suficientemente inteligente como para enten der que eres mía. Es hora de que tú también lo aceptes. —Dio dos pasos y la tomó de los hombros. —Bueno, ¿saldrás cami nando o prefieres que te lleve en brazos?
—¡No te atreverías! —gritó ella, pero él la cargó al hom bro de todos modos—. ¡Suéltame, Edward! ¡Suéltame! Puedes obligarme a vivir contigo, pero nunca permitiré que me toques. ¡Amo a Anthony! ¿Me has oído? ¡Te odio!
La llevó hasta el coche. Una vez allí, ella se acurrucó en un rincón.
—¿Y mis cosas? —preguntó ella con tono autoritario.
—Me ocuparé de que te las envíen.
—No te imaginas cuánto te detesto.
—Ya lo sé. —Tuvo la audacia de sonreírle. —Estaremos en el hotel en unos minutos, así que sugiero que te tranquili ces, y pienses en cómo vas a entrar. No me molestaría cargarte otra vez.
Entraron al hotel del brazo. Atravesaron el lujoso ves tíbulo sin hacer ninguna escena, y se dirigieron a los ascen sores.
La habitación de Edward estaba en el quinto piso. Isabella pudo apreciar que estaba amueblada con refinamiento. Tomó asiento, y decidió que no se movería de esa silla. Él se quedó de pie delante de ella, con los brazos cruzados y actitud desa fiante. Ella lo miró con desprecio.
—No creas que tu presencia me inquieta, Edward Cullen.
Él miró a su alrededor y dijo:
—Viviremos aquí hasta que la casa esté terminada. Creo que podremos mudarnos dentro de una semana.
—¿No crees que estás haciendo demasiados planes?
Él sonrió.
—¿Aún dudas de nuestro matrimonio? Tu amigo Robert entendió perfectamente cuando le dije que ya no lo necesitaba. Pero tú aún no estás convencida.
—Así que por eso Robert... ¡ah! ¿Qué haces aquí en Nue va York, Edward? ¿Qué te propones? Este lugar no tiene nada que ver contigo. Tú eres un pistolero, eres hijo del Oeste sal vaje e incivilizado. No te adaptarás a esta vida.
—He llegado a la conclusión de que puedo vivir en cual quier parte.
—Pero, no te quedarás a vivir aquí ¿no es cierto?
—¿Por qué no habría de hacerlo? Siempre quise conocer el mundo. Admito que he viajado bastante, pero no disfruté tanto como esperaba. Y eso se debe a que no pude olvidarme de ti. Tendremos que viajar a Europa juntos algún día.
—¿A Europa? ¿Eso quiere decir que fuiste a Europa con Anthony?
—Podría decirse que sí. Ah, dicho sea de paso, en Fran cia Anthony conoció a alguien que tú también conoces, un hom bre altanero que vive jugando apuestas que tienen por víctimas a jóvenes vírgenes e ingenuas.
—¿Antoine? —preguntó ella.
—Creo que Anthony acabó con él. Golpeó a ese Gautier de tal modo que su rostro no volverá a ser hermoso.
El rostro de Isabella se iluminó al oír esto.
—¿Anthony hizo eso por mí?
—Yo lo hice —respondió Edward.
—¿Tú? Pero dijiste que...
—¿Cuándo comprenderás la verdad, Isabella? ¿No te has dado cuenta todavía? No somos dos personas.
Isabella se puso pálida.
—Eso... eso es imposible —dijo con voz quebradiza. Se arrodilló a su lado, y la miró a los ojos. Luego, le ha bló con suavidad.
—No me temes. Antes me temías, pero ya no. ¿No te has preguntado por qué?
Ella lo miró, y comprendió que le decía la verdad. Ya no era un hombre peligroso. Si no se hubiera enojado tanto, se ha bría dado cuenta antes.
—Entonces, eres Anthony —concluyó Isabella. El suspiró y se puso de pie. La expresión de su rostro era dura. La ternura y la suavidad habían desaparecido. El cambio de actitud fue brusco y sorprendente. Isabella ya no dudaba. Ese hombre era Edward.
—Isabella, Anthony está muerto —dijo con amargura—. James Smith lo mató el mismo día en que mató a mi padre. No lo supe sino hasta el día en que maté a Smith. Durante casi diez años creí que Anthony había escapado, que estaba vivo en alguna parte, y que algún día lograría hallarlo. No recordaba su muerte porque perdí el conocimiento inmediatamente después de verlo morir.
Edward se apartó de ella para esconder su pena.
—Yo caí de mi caballo y rodé por el barranco; en vez de escapar, Anthony se detuvo para ayudarme. Supongo que yo hu biera hecho lo mismo en su lugar. Estábamos muy unidos, ¿sabes?, ser mellizos es como ser uno parte del otro. Smith lo gró alcanzarnos, y le disparó a Thony en la espalda. Yo tenía una herida en la cabeza, y había perdido tanta sangre que Smith supuso que estaba muerto. Creyó que bastaría con llevar un solo cuerpo para probar que no quedaba ningún Cullen con vida que pudiera reclamar esa mina de oro. Y se llevó el cuerpo de Thony. —Hizo una pausa. —Yo tenía diecinueve años cuando descubrí la tumba de mi hermano al lado de la de mi padre en Tucson. —Isabella lo miró, y sintió una tremenda angustia.
—Tú mataste a Smith. ¿Por qué no acabaste con Aro también? ¡Deberías haberlo hecho!
Él la miró de frente, sorprendido por el énfasis con que había hablado.
—Ya te lo dije. Estaba demasiado custodiado y protegido. Hubiera sido un hombre perseguido durante el resto de mi vida, y ya sé lo que eso significa. Había sólo una forma de hacer que Aro recibiera su merecido. Le quité lo que más valoraba: su riqueza. Esa riqueza que ganó de forma deshonesta.
—Pero esperaste demasiado tiempo para hacerlo.
—Fue necesario, Isabella. Tuve que hacer planes. Y ade más, nunca lo habría logrado con mi propio nombre. Tú viste cómo me trataba la gente de Aro . Tú, al igual que ellos, me temías.
—Te comportabas como un salvaje, Edward.
—Dulzura, era un santo. Tú no sabes cómo era hace ocho años. Después de haber vivido entre el miedo y el odio durante tantos años, no podía comportarme de otra forma. No podía ser amigable. ¿Cómo podía hacer que Aro confiara en mí cuando me consideraba un asesino? Tenía que cambiar, te nía que crear una personalidad diferente. Para eso vine al Este, para vivir en la civilización. Soy reservado y callado por natu raleza, pero tuve que hacer un esfuerzo para lograr ser más abierto y amigable. Me sirvió de mucho conocer a ese aposta-dor francés. Henri Andrevie era todo lo que yo no era, un jo ven despreocupado y conquistador con un sentido del humor capaz de enfurecer a cualquiera; ésa era la clase de hombre del que tú te enamoraste.
Isabella se sonrojó porqué acababa de decir la verdad.
—En lugar de hacer tantos sacrificios, ¿por qué no con trataste a alguien para que se encargara de Aro Vulturi? Tenías dinero. ¿No hubiera sido mucho más sencillo?
—Sí, pero no me hubiera causado la misma satisfacción. No me gusta que otros hagan mi trabajo. Eso era algo que yo mismo tenía que hacer. Después de cinco años decidí que esta ba listo. Pero cuando regresé a Aro era otra persona. To dos me recordaban. No hubiera podido convencer a Aro Vulturi de que había cambiado tanto. Así que me convertí en mi propio hermano mellizo para engañar a Aro . —Se sentó frente a ella, un poco más tranquilo ahora. —Nadie sos pechó nada. De vez en cuando aparecía por el pueblo como Edward, y eso me sirvió de mucho.
—¿Nadie se dio cuenta? ¿Nadie?
—Sólo Jasper.
—Por supuesto. —Isabella comprendió. —Me contó mu chas cosas cuando llegué al rancho. Me habló de ti, y de Anthony, y de las aventuras que habías vivido con él cuando salíais a atrapar caballos salvajes.
—Me sorprende que nunca se haya equivocado de nom bre al llamarte. Así que eso de que tú, o Anthony, vivíais con una tía en St. Louis era mentira.
—Bueno, teníamos una tía, pero era una arpía. Anthony y yo la odiábamos tanto como nuestro padre. Nunca pensamos en volver a vivir con ella.
—Me lo podrías haber dicho antes —dijo Isabella, que apenas podía creer lo que acababa de confesarle.
—No, no podía. Tu historia no era muy creíble, no podía confiar en ti.
—Pero, dejaste que me fuera de Aro convencida de que estaba casada, y de que tenía un esposo que nunca existió. ¿Cómo pudiste hacerme algo así?
—No era necesario que te lo dijera porque tú ibas a anu lar el matrimonio, ¿recuerdas?
—¿Te parece que fue necesario que te conociera como Edward? Sabes que yo le temía.
—Creo que eso fue muy egoísta de mi parte. Te quería tanto, pero tú me evitabas. Sólo pensaba en ti. Imaginé que haciendo el papel de Edward correrías a Anthony en busca de pro tección. Y resultó.
—Claro que resultó. Anthony era más agradable que Edward.
—Ése fue otro problema. Nunca pude entender por qué le temías a Anthony. Por un lado habías dicho que eras viuda, pero la forma en que respondías a sus besos se contradecía con tus protestas. Lo desconcertaste pero, sin embargo, yo sabía que lo querías.
Isabella se sonrojó y apartó la mirada. ¿Tenía necesidad de ser tan cruel?
—Luego comprendí que habrías reaccionado de igual forma con cualquier hombre que hubiera amenazado tu virgi nidad. Debiste haberme dicho que eras virgen.
—Así que aquella noche en la montaña cambiaste de per sonaje. Claro que Jasper siguió el juego, y me hizo creer que eran dos personas distintas. —Recordó todo lo ocurrido de repente. —No es sorprendente que Edward me dejara ir así como así. Sa bías que luego Anthony me haría el amor.
—Así fue. No puedes negar que a Anthony no le fue nada difícil. Tú nos querías a los dos. Lo habías elegido a él, pero ese Edward a quien temías también podría haberte hecho el amor, y lo sabías.
Quería negarlo pero no podía. La perturbó la idea de que él también sabía que no podía negarlo.
—El egoísmo no es una virtud —le dijo ella con amargura.
—¡No puedes hacerme sentir culpable ahora por haberte hecho el amor en aquel momento! Podría haber ido a la casa de Rosa en el pueblo y pasar un rato agradable, pero te quería sólo a ti. Te quise desde el momento en que vi tu fotografía. Sentí una inmensa alegría cuando vi que la que bajaba de la di ligencia eras tú y no tu hermana.
A Isabella le agradó oír eso. Y a decir verdad, no se arre pentía de haberse entregado a él. No a él sino a Anthony. Ella ha bía hecho el amor sólo con Anthony, y este hombre no era Anthony.
—Estoy tan confundida.
El guardó silencio para que ella pudiera reflexionar un momento.
—¿Por qué apareciste en el rancho por segunda vez? Ya me era bastante difícil aceptar que tú y Anthony me perturbabais de la misma forma. ¿Tenías que probarlo y hacerme sentir peor aún?
—Me proponía lo contrario. No me gustaba la idea de que nos quisieras a los dos. Pensé que te olvidarías de mí des pués de que Anthony te hiciera el amor, pero no fue así, ¿no es cierto?
—No puedes tener celos de ti mismo, Edward.
—En ese momento no sabías que éramos la misma per sona, Isabella. Para ti éramos dos hombres completamente distintos.
—Para mí eras un poco tu hermano en esas actitudes im previsibles e inquietantes. —Se detuvo al ver su sonrisa bur lona. —¿Qué te causa gracia?
—Acabas de admitir que me amas, dulzura.
—¡Eso es mentira! —dijo indignada—. Yo me enamoré de Anthony, no de ti. —No soportaba más su mirada fría.—¡Ah, ya sabes a qué me refiero!
—¿Y qué te hace pensar que no soy el hombre de quien te enamoraste?
—No actúas como él. No eres como él.
—Hay sólo un hombre, Isabella, y ése soy yo. Ahora puedo ser yo mismo. Se acabaron las actuaciones, ya no tendré que comportarme con cautela ni medir mis palabras.
—Siempre temí a Edward.
—Eso era lo que yo quería, dulzura. No pensarás que so portaría que te entregaras a ambos, ¿no es cierto?
Recordó las dos ocasiones en que casi se había rendido ante él, la primera vez en el rancho, y luego otra vez en la montaña. Y recordó lo confundida que se había sentido cuando él se apartó de ella las dos veces. Recordó su mirada triunfadora cuando ella le dijo que sería capaz de rogarle que la dejara en paz. En ese momento Isabella había pensado que él sentía pla cer al humillarla, pero ahora se daba cuenta de que era porque había elegido, no los quería a ambos.
—¿Por qué volviste al rancho? —le preguntó ella—. Ya habías logrado tu propósito. Anthony y yo...
—Eso no fue intencional, Isabella. El hecho es que ese día yo regresaba a casa temprano porque no podía esperar más. Quería volver a verte. Entonces me encontré con esos apaches, y me di cuenta de que no podía hacer el papel de Anthony. Te habrías preguntado cómo podía comunicarme con ellos tan fácilmente.
—No tenías nada que perder.
—No, pero cuando llegué ahí recordé el motivo por el que tú y Anthony habíais discutido, y sentí el impulso de saldar esa cuenta. Y tú escogiste. Pero, te gustó insistir, ¿no es verdad?
No pudo mirarlo a los ojos, sentía rencor. Él le había asegurado que la dejaría en paz.
—¿Qué habría sucedido si no hubiera llorado? ¿Me ha brías hecho el amor?
Él meneó la cabeza.
—Habría buscado la forma de enfurecerte. Nunca estu viste en peligro conmigo, hermosa.
—Ojalá lo hubiera sabido entonces —le dijo terminante.
—Debes admitir que siempre te dejé ir. Eso no fue senci llo para mí —dijo él—. Cada vez que me acercaba a ti, como Edward o como Anthony, me sentía perturbado, diferente. Isabella, yo no soy como el Edward que conociste en Arizona; tampoco soy Anthony.
Ella comprendió que ese hombre era una combinación de ambos, era Anthony y Edward en una sola persona. Después de todo, ella había deseado que fueran una sola persona. A pesar de toda esta confusión había algo que ella sabía. Éste era el hombre de quien ella se había enamorado, a pesar de que alguna vez había decidido que jamás entregaría su corazón. Pero, ¿qué sentía él? ¿Qué sentía por ella? Lo miró un momento y luego le preguntó:
—¿Por qué me seguiste hasta la diligencia ese día?
—Te vi cuando salías del rancho e imaginé que abando narías el pueblo.
—Pero, ¿por qué actuaste como Edward?
—Habías decidido abandonar a Anthony, y seguramente armarías un escándalo al verlo.
—Podrías haberme alcanzado antes de que llegara a Aro . ¿Por qué permitiste que llegara hasta el pueblo?
—Sentí que ya te había herido demasiado, Isabella. Si es tabas resuelta a irte yo no te detendría. No hubiera sido co rrecto. Pero tenía que decirte adiós de alguna forma. Y eso po día lograrlo Edward. No podía dejar que te fueras y no hacer nada.
—¿Por qué ? —preguntó ella.
—Por Dios, mujer, ¿no te has dado cuenta aún de que te amo? ¿Por qué habría de estar aquí si no? ¿Por qué soportaría este tonto interrogatorio cuando lo único que quiero es to marte en mis brazos y demostrarte cuanto te amo?
—Bueno, ¿por qué no lo haces? —dijo ella con voz suave. Él la miró sorprendido, y soltó una carcajada.
—Señora Cullen, realmente es sorprendente. Ella sonrió, y se entregó a sus brazos.
—Te amo —murmuró él—, te deseo, te necesito. Ahora permíteme que te lo demuestre.
43
El coche se deslizaba por la Quinta Avenida con rapidez, pero para Isabella no era suficiente. Estaba furiosa y el culpa ble era su padre. Edward iba sentado cómodamente, se lo veía tranquilo. No apartaba los ojos de ella. Parecía no importarle que los hubieran interrumpido justo en el momento en que la había levantado en brazos para llevarla a la cama.
Esto era más de lo que cualquier mujer podía soportar. Ha bía vivido un año con la esperanza de que este hombre volviera a su vida, había pasado un año soñando con él, deseándolo, y ahora que había descubierto que la amaba tanto como ella a él, su padre lo arruinaba todo. Había enviado a dos hombres que se encargarían de hacerlos regresar a la casa de los Swan.
Isabella miró a Edward.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
—No llegaron en el momento adecuado, pero imaginé que vendrían. Estaba seguro de que tu padre haría algo. No me impidió que te sacara de la casa, y eso me llamó la atención. Sé que debe estar preocupado por ti.
—Pero...
—Cuando tu padre se entere de que estás bien, buscare mos la forma de estar solos.
—¿Lo prometes?
Él rió ante tanta franqueza.
—Ven aquí. —La sentó sobre sus rodillas. —Puedo ha certe el amor aquí mismo —susurró—, ¿te molestaría que te acariciara y te amara a la vista de todos?
—Veamos —respondió ella. Lo abrazó, y él la besó apa sionadamente.
Edward se apartó de ella a tiempo, y suspiró. Ella se apoyó en el respaldo.
—Creo que no fue una buena idea, Isabella.
Era obvio que él estaba algo incómodo. Había olvidado su calma y pasividad. Le brillaban los ojos. Ella suspiró, y trató de pensar en otra cosa, en cualquier cosa que apaciguara los latidos de su corazón.
—No sé si me agradará vivir contigo en Nueva York, Edward. Aquí hay muchas mujeres hermosas.
—¿Cuándo comprenderás que no hay ninguna mujer más hermosa que tú?
—Entonces, ¿nos quedaremos aquí?
—Por ahora, porque prefiero el Oeste. Pensé en tener otro rancho y criar caballos, seriamente esta vez. ¿Te agradaría vivir medio año aquí y medio año en el Oeste? Claro que esta vez no tendrías que cocinar y lavar.
—Creo que me gustará, si me compras un coche.
—Podría hacerlo. A propósito, ¿cómo está Charley?
—Ya no tiene celos de mí si es eso lo que te interesa sa ber. Ahora tiene familia propia
—Tal vez ahora no te cele. Pero le encantaba que lo tu vieras en la falda y lo acariciaras, ¿recuerdas? No te imaginas cuántas veces deseé estar en su lugar.
Llegaron a la casa Swan. Los dos hombres bajaron de un salto para escoltarlos. Apenas entraron al vestíbulo, Edward golpeó a uno de ellos en la cara, luego al otro en el estó mago. Con dos golpes más los derribó.
—Pero, ¿qué demonios...?
Isabella se dio vuelta. Allí estaba su padre mirando a Edward. Éste se acomodó la ropa con naturalidad, y dijo:
—Eso fue sólo para demostrarle que no estoy aquí por que usted así lo quiso, señor Swan. Isabella rió nerviosa
—Deberías haberlo hecho en el hotel —dijo y lo abrazó. Lo miró a los ojos. Una ola de deseo la envolvió y tuvo que ha cer un esfuerzo para apartarse de él antes de que perdiera la cabeza y se olvidara de que no estaban solos.
—No debiste interrumpir nuestra luna de miel, papá, pero aprecio que te preocupes por mí. Como verás estoy bien. —Hizo una pausa y le habló a Edward en voz baja. —Te esperaré en mi habitación. Esta vez no tendrás que derribar la puerta.
Subió corriendo; los dos hombres se quedaron a solas. A Edward le llamó la atención que el señor Swan no estuviera descontento. En realidad, Marcus estaba muy feliz y satisfecho. Por fin tenía un yerno capaz de manejar, no sólo sus negocios, sino también a Isabella. Si no Edward, bueno, alguno de sus hijos finalmente manejaría el imperio de Marcus. Sabía que tendrían hijos, muchos hijos. Marcus era tan terco e inflexible que sería capaz de seguir viviendo para educar él mismo a sus nietos.
—¿Aún tiene dudas, señor Swan? —preguntó Edward.
—Ninguna, muchacho, ninguna duda. Y ya que tu es posa te está esperando arriba, creo que podemos hablar más tarde. ¿Estás de acuerdo?
Edward se tranquilizó, y se le encendió la mirada
—Ya lo creo.
Isabella se recostó en la cama, sus ojos brillaban de pa sión. Le dolían los labios porque los besos de Edward habían sido ardientes. Pero era un dolor agradable, y deseó que volviera a besarla así. El comenzó a desvestirse. Isabella sintió que algo le oprimía el pecho, era ese típico nerviosismo que la acosaba cuando los ojos verdes de Edward la miraban así. Éste no era Anthony, ese hombre encantador y atrevido. La calma de Edward la excitaba y atemorizaba al mismo tiempo.
Ella comenzó a quitarse el vestido, pero Edward la detuvo. Se sentó en la cama, a su lado, le tomó las manos y le habló con tono sensual.
—Permíteme, Bella. Soñé tanto con este momento.
Ella se entregó por completo. Él le quitó toda la ropa. Isabella no podía contenerse, quería tocarlo. Había pasado demasiado tiempo, y su presencia masculina era demasia do fuerte.
—Tuviste un bebé.
Ella miró sus senos. Las marcas la habían delatado. Apartó la mirada, y se dejó caer en la cama entre suspiros. Ha bía llegado el momento. Tenía que decírselo.
—Sí —respondió.
—¿Pensabas decírmelo algún día? ¿O tal vez creíste que nunca me daría cuenta?
Ella lo miró a los ojos y respondió con calma.
—Edward, tú no querías una esposa. ¿Cómo podía obli garte a seguir casado conmigo? Si hubieras sabido lo de las niñas te habrías sentido obligado a no dejarme. Y yo tengo mi orgullo, sabes. —Había guardado el secreto durante un año. Él la miró pero no pudo creer lo que acababa de con fesarle.
—¿Las niñas? —repitió—. ¿Hay más de una?
—Mellizas. Y podrías haberme avisado de que existía la posibilidad. Me habría servido de mucho.
—¿Mellizas? ¿Dos hijas? —preguntó estupefacto. Ella lo abrazó y lo besó.
—Será un placer hablarte de tus hijas, pero no lo haré ahora.
—De acuerdo, hermosa. Nunca dejaré de decirte que eres maravillosa.
La besó antes de que pudiera decir algo.
Ya no pensaron en nada más. El fuego volvió a encen derse. Dentro de ella había llamas de pasión. Todo saldría bien. Más que eso. Sería maravilloso, y duraría para siempre.
Vivirían siempre juntos. El amor los consumiría, al igual que la pasión los consumía en este momento.
Lo abrazó con desesperación. Él respondió con el mismo ardor. La llevó cada vez más lejos, más alto, hasta que se fun dieron en una llama que nunca se apagaría.
FIN
