Capítulo 28: Secuestradas

El sol brillaba con todo su esplendor y el cielo azul estaba decorado únicamente por unas cuantas pequeñas nubes blancas. Había transcurrido un poco más de un año, desde el día en que Naraku había sido derrotado. La vida desde entonces, ha sido muy tranquila y pacífica. Claro, a excepción de algunos monstruos que hacían su aparición de vez en cuando, pero todo se redujo a nada, desde que la perla de Shikon también había desaparecido de este mundo.

En las cercanías de un pueblo, se encontraba un pequeño demonio de color verde, esperando detrás de un árbol a una niña de cabellos negros. Su amo le había ordenado acompañarla, para que pudiera conseguir nuevas ropas. Rin estaba creciendo muy rápido y de vez en cuando, era dejada en alguna aldea, por no más de un día. Si bien podía quedarse a vivir para siempre con los humanos, la pequeña simplemente no quería. De alguna forma, se sentía más a gusto y protegida, permaneciendo junto a su señor Sesshomaru. De cualquier modo, era importante que Rin no se desprendiera por completo de la vida humana, porque antes que nada, ella misma era una. Además, seguramente lograría aprender y adquirir conocimientos, como aspectos fundamentales de los cambios que se darían durante su desarrollo y crecimiento, cosa que ni Jaken, ni Sesshomaru estaban dispuestos a explicarle. Mejor aprender de humano a humano.

- Esta niña ya se está tardado demasiado…- pensaba el demonio en voz alta -me preguntó ¿por qué Rin nunca decidió quedarse con los humanos? De esa forma ya no sería una carga para el amo Sesshomaru…- suspiró distraídamente - tal vez podríamos dejarla en la misma aldea en donde se encuentra Inuyasha…-

- ¡Señor Jaken!-

Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por el llamado de Rin, quien corría alegremente hacia él. Traía puesto un nuevo Kimono, sin duda un regalo de los aldeanos y en su mano llevaba alguna otra prenda de vestir. De acuerdo, ¿a quién quería engañar? La vida no sería la misma sin esa chiquilla.

Caminaron unos pasos para encontrarse con Ah-Un, el dragón de dos cabezas que los llevaría de regreso. Pero repentinamente, tres feroces y abrumadores ogros, con cuernos en sus cabezas, dientes y garras filosas, los interceptaron.

- ¡Detrás de mi, Rin!- indicó Jaken rápidamente, mientras se paraba en frente de ella para protegerla. Si algo le pasaba, su amo haría rodar su cabeza. Ella era importante para él y por ende, no debía sucederle nada.

Los amenazantes ogros los rodearon, asechándolos, oliendo su miedo. El pequeño demonio verde retrocedió unos pasos, bastante nervioso, sabiendo que no tendría mayores oportunidades de ganar, pero aún así estaba dispuesto a todo. Saliva escurrió de la boca de uno de ellos, al dirigir su mirada hacia la niña. De seguro, sería un delicioso bocadillo. Se abalanzó peligrosamente sobre Rin, a lo que la niña gritó aterrorizada. Cuando estuvo a punto de alcanzarla, una poderosa llamarada le quemó el rostro.

- ¡No se acerquen!- les advirtió Jaken, protegiéndose con su bastón de dos caras.

El fuego no parecía afectarles, pues el anterior monstruo se puso rápidamente de pie, sacudiéndose la cabeza para recuperarse. ¡Ni un sólo rasguño! Esta vez, los tres ogros se dispusieron a atacarlos a la vez, pero antes que pudiesen tocarlos, Ah-Un los golpeó, interponiéndose en medio. Junto con Jaken, el dragón de dos cabezas defendió a Rin de varios asaltos, evitando que cualquiera de ellos se aproximara más de la cuenta.

En medio de aquella lucha, una figura completamente blanca y carente de emoción en su rostro, apareció como un fantasma, detrás de ella. Rin sintió una mirada sobre su nuca, volteándose de inmediato. ¿Una niña? La observó y creyó reconocerla.

- Tú eres…- pero sus palabras murieron al posarse un espejo en frente de ella, momento en el cual fue arrebatada su alma.

Los ojos de Rin se opacaron, perdiendo todo rastro de brillo y… vida. Su cuerpo inerte cayó pesadamente sobre el duro suelo, a los pies de la niña blanquecina. Ambas desaparecieron, disipándose en el aire, sin dejar ningún rastro.

El pequeño demonio verde cayó de un garrotazo, viéndose indefenso ante un nuevo ataque de uno de los ogros. Apretó fuertemente sus ojos, esperando su final, pero en el momento justo, un poderoso rayo atravesó el aire, cortando la cabeza del monstruo. Como si eso no hubiera sido suficiente, el cuerpo continuó moviéndose con vida propia. Esta vez, un potente relámpago lo desintegró completamente, muriendo al instante, al igual que los otros dos por el mismo ataque, segundos más tarde.

- ¡Jaken!- lo llamó una eminente y gutural voz tras él.

El sirviente se congeló transitoriamente, volteándose muy lentamente antes de atreverse a subir su rostro hacia el recién llegado. Al ver de quien se trataba, corrió emocionado hacia él.

- ¡Amo Sesshomaru!- con ojos destellantes y pequeñas lágrimas, se lanzó a los pies de su señor – ¡vino a salvarnos! Esos ogros nos tomaron por sorpresa y…- El platinado frunció ligeramente el entrecejo al escucharlo.

- ¿Dónde está Rin?- exigió saber al no divisarla. Lo había olido en el aire, aunque fuera por tan sólo unos breves segundos… El repugnante olor de aquel maldito… ¿Entonces estaba con vida? El aroma de la pequeña también había desaparecido. Era como si se la hubiera tragado la tierra.

- ¿Rin?- repitió Jaken consternado, girando su cabeza. Lo único que encontró, fue aquella prenda de vestir que los aldeanos le habían obsequiado – e… ella estaba aquí…- Su corazón se detuvo al ver la mirada gélida del imponente demonio de cabellos plateados, comenzando a sudar frío. – ¡Perdóneme por favor, amo bonito! No entiendo cómo pudo pasar…-

¡Rin había sido secuestrada! De eso no había duda. Algo en su interior se revolvió, sintiendo ira y… preocupación. Ese ataque no había sido una casualidad. No, todo había sido muy bien planeado por alguien. Y ese alguien pagaría con su vida, por meterse con el gran Sesshomaru. Como una saeta salió volando rápidamente del lugar, con el fin de encontrar algún rastro del captor.

- ¡Espéreme, por favor! ¡No me deje!- rápidamente Jaken se subió sobre la espalda de Ah-Un, para seguirlo. Su deber era acompañar a su amo a donde quiera que fuera.

El gran demonio no le prestó atención, puesto que ahora sólo tenía una cosa en mente… "Naraku".

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En una pequeña aldea, situada en un valle rodeado por montañas, se encontraba una hermosa joven mujer de 18 años, cargando con algo de dificultad un recipiente con verduras frescas. Últimamente le costaba cada vez más, moverse con facilidad. Afortunadamente sus ropas eran ligeras, traídas por supuesto de su propia época para tener una mayor comodidad. Su vestido sencillo de diseño floreado y largo, que le llegaba hasta los tobillos, le brindaba una mayor movilidad, sobre todo para afrontar el calor del presente verano.

Una pequeña gota de sudor, resbaló por su sien, la cual se secó con su mano libre. Su vientre abultado, denotaba claramente que ya no le faltaba mucho para que naciera su primer hijo. En sus ojos castaños se reflejaba una luz sin igual, expresando su dicha de ser madre pronto, haciéndola ver mucho más bella.

- Kagome, ¡no te esfuerces tanto!- la regañó la anciana Kaede, mientras le quitaba el recipiente de las manos –en tu estado, deberías estar descansando.-

- Pero si yo puedo muy bien sola…- refutó la muchacha. A veces sentía que la trataban como una inútil.

- No seas necia, niña- le acarició el cabello azabache con ternura -tienes que cuidarte. Tu hijo podría nacer en cualquier momento.

Era verdad. Ya estaba en los nueve meses y ya se le habían presentado algunos dolores, insignificantes, pero al fin y al cabo, los primeros indicios de que el alumbramiento estaba muy próximo. Realmente se sentía muy dichosa de poderle dar un hijo a su amado Inuyasha, siendo éste el fruto de su amor. La sola idea le llenaba el corazón de felicidad.

También había ido en reiteradas ocasiones a visitar a su familia a través del pozo. Ellos igualmente estaban muy emocionados e impacientes. Muchas veces, estuvo tentada en ir donde un médico para llevar un mejor control de su embarazo y conocer el sexo de su pequeño. Pero al pensar en las posibilidades que pudiera heredar las cualidades de su padre, prefirió desistir. Los médicos no lo tomarían como un simple defecto, al contrario, armarían un escándalo. Los científicos podían llegar a ser muy crueles. ¡Ni pensarlo! Mejor esperar y dejarse dar la sorpresa. Además con los cuidados de la experimentada anciana Kaede, todo estaría muy bien y no había de qué preocuparse.

El llanto de un bebé se escuchó desde el interior de una de las cabañas. Era enérgico, demostrando su buena salud y fortaleza de sus pequeños pulmones. A los pocos segundos, se le unió otro. Ninguno de los dos cesaba, por el contrario, aumentando el griterío. La esterilla se abrió y un zorrito salió en dirección a ambas mujeres.

- ¡Aaahhh, ya no sabemos cómo callarlos!- lloriqueó Shippo -anciana Kaede… ¡usted debe saber qué hacer!- le dijo con ojos suplicantes.

La anciana y Kagome intercambiaron miradas y rieron algo divertidas, imaginándose la escena. Hace exactamente una semana, la exterminadora había tenido un hermoso par de mellizos. Un niño y una niña. Fue una grata sorpresa para el grupo de amigos, pero sobre todo para el monje, quien no cabía de la felicidad. Finalmente, su anhelo de tener uno o más herederos se había hecho realidad…

Sin embargo, no había sido un parto sencillo y la vida de los tres había estado en peligro. Gracias a Dios, todo resultó bien, aunque Sango aún debía guardar reposo para reponerse completamente.

- ¿La ayudamos?- sugirió la pelinegra con una sonrisa.

- Vamos- respondió la anciana, mientras se dirigía a la casita de madera –las mujeres de hoy en día, necesitan mucha más ayuda para aprender a criar a sus hijos. Aunque como Sango aún se encuentra algo débil, podemos hacer una excepción, tomando en cuenta que su Excelencia está ausente.-

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Mientras tanto, en la parte alta de una montaña, en el interior de un palacio, se estaba llevando a cabo un exorcismo. Los corredores y pasillos principales habían sido evacuadas para reducir los riesgos y a su vez, evitar los estorbos. Un monje de cabellera oscura, amarrada en una pequeña coleta baja y ojos azul marino, colocó un pergamino en una de las paredes, esperando que el espíritu maligno saliera de su escondite.

- ¡Prepárate, Inuyasha!- le habló a su amigo, mientras retrocedía unos pasos - ¡aquí viene!-

- Keh, ¡ya lo sé!- bufó el híbrido, al momento en que empuñaba su enorme espada – ¡no tienes que decírmelo!-

La superficie comenzó a temblar y las paredes a crujir. Una gigantesca y furiosa mantis religiosa de color púrpura hizo su aparición. Quien quiera que hubiese sido el culpable de obligarla a salir de su madriguera, pagaría con su vida. Inmediatamente reparó en Inuyasha, y con ojos enrojecidos, estiró su poderosa pata delantera con púas sobre él. El Platinado esquivó el ataque de un sólo salto, elevó su Colmillo de Acero sobre su cabeza, partiendo en dos al detestable insecto, el cual se desintegró y evaporó en el acto. Todo había regresado a la normalidad y los habitantes del palacio ya podrían estar tranquilos.

- Oh, ¿cómo podemos pagarles?- se acercó el terrateniente muy agradecido –sin su ayuda, esa mantis religiosa hubiese terminado por comerse a todos en el palacio.-

- No tiene nada que agradecer, buen hombre. Después de todo, ese es mi oficio- le respondió Miroku con falso gesto de humildad –aunque si hablamos de una paga, pues entonces…-

Minutos más tarde, ambos hombres caminaban por un sendero de regreso a su aldea, para reencontrarse con sus respectivas esposas, llevando consigo un gran botín de víveres y algunas ropas muy costosas.

- Cómo te gusta abusar de las personas, Miroku- reprendía el híbrido, quien cargaba el bulto más grande y pesado sobre su hombro -¿para qué les pediste todas estas cosas?-

- No rezongues, Inuyasha. Ahora más que nunca, las necesitamos. Como padre de familia responsable, tengo que llevar el alimento diario a mi hogar- explicó sabiamente el monje -además, no deberías hablar tanto… tu también estás a punto de convertirte en padre y ¿quién sabe?... A lo mejor cuando regresemos, te encuentres con una grata sorpresa- le palmeó el hombro y le dedicó una amplia sonrisa.

El híbrido detuvo su paso, quedando atrás, abriendo ampliamente los ojos. ¡Era cierto! A su Kagome ya no le faltaba mucho y en cualquier momento nacería su hijo… ¡Su hijo! Una sonrisa se dibujó en su rostro y su mirada se enterneció de sólo imaginarlo. Recordó el momento en que recibió aquella noticia. Un nuevo sentimiento había aflorado dentro de él, llenándolo de ilusión y felicidad, acrecentando el amor hacia su querida esposa. Nunca creyó conocer la dicha de formar alguna vez una familia. ¿Qué más podía pedir? ¡Su vida simplemente estaba completa!

Suspiró pasivo, completamente sumergido en sus cavilaciones. Ahora que lo pensaba, tanto Kagome como Sango, habían quedado embarazadas casi al mismo tiempo, lo que hizo algo divertida la situación. ¿Quién hubiera imaginado semejante coincidencia?

- ¿Piensas quedarte allí, Inuyasha? Mira que se nos hace tarde…- lo llamó el monje, ya a varios metros de distancia, sacándolo de su letargo.

- ¿Hmm?- pestañeó abstraído - ¡ya voy!- respondió, mientras agilizaba su paso. Ya tenía unos enormes deseos de volver a casa…

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Dentro de una de las cabañas, una mujer de cabellos castaños oscuros acunaba amorosamente a su bebé, apaciguando su llanto. Poco a poco, sus adormilados ojitos se fueron cerrando, hasta caer en el más profundo de los sueños. Al otro extremo de la casita, su mejor amiga, arrullaba al otro angelito en sus brazos. A pesar de su semana de nacidos, los mellizos eran muy inquietos y usualmente se contagiaban mutuamente el llanto, lo que hacía algo difícil calmarlos.

- Vaya Sango, pero qué llorones resultaron ser tu hijos- opinó el zorrito agotado. Él también había hecho sus intentos para tranquilizarlos, haciéndoles muecas y gestos, sin mayores resultados.

- Es natural- le respondió Kagome -aún son muy pequeños como para…- se interrumpió de súbito al percibir algo extraño - ¡puedo sentir una presencia maligna!- recostó dulcemente al bebé junto a Sango – ¡cuida de ellos Shippo!-

- ¡Espera, Kagome! ¿Qué vas a hacer?- llamó la exterminadora tras ella, alterada –puede ser muy peligroso y mucho más en tu estado…-

Aunque así fuera, no tenía otra opción. Ni Inuyasha, ni Miroku se encontraban en la aldea para defenderlos, así que como sacerdotisa era su deber proteger a los aldeanos de cualquier amenaza durante su ausencia. Sólo esperaba que ellos volvieran pronto. Se apresuró al exterior, seguida por la anciana Kaede, quien le entregó su arco y un carcaj con flechas.

Nubes negras cubrieron el cielo, oscureciéndolo todo. El viento comenzó a soplar con fuerza y sonoros estruendos se hicieron presentes. Todo indicaba la aproximación de una tormenta, sin embargo las gotas de agua nunca cayeron. Que extraño… Observaron el firmamento con detenimiento, tratando de escudriñarlo.

- ¡No puede ser!- gritó la anciana al ver como una lluvia de monstruos salía de aquellas nubes, dirigiéndose directamente al pueblo. Hace mucho que no habían tenido esa clase de invasiones. ¿Por qué los estaban atacando?

El caos se hizo presente entre los aldeanos. Algunos intentaron defenderse con sus herramientas de trabajo, otros murieron en el intento. Gritos de desesperación y sollozos invadieron el lugar. Las casas se incendiaron y las bestias comenzaron a devorar todo lo encontraban a su paso, dejando únicamente terror y destrucción. Junto a una de las cabañas, se encontraba un grupo de niños y mujeres, completamente asustados, abrazándose el uno al otro.

Una gigantesca serpiente, con feroces colmillos y pequeñas, pero filosas garras a sus extremos, se abalanzó peligrosamente sobre el grupo de personas. Cuando estuvo a punto de engullirlos de un solo bocado, una flecha purificadora surcó los aires, desintegrándola por completo. Kagome le hizo una señal a la anciana para que los protegiera. Ella los ayudó para que se refugiaran en la cabaña de Sango, escudándolos con un campo de energía.

Una gran cantidad de monstruos, bestias y atemorizantes espíritus hambrientos, atacaban una y otra vez, buscando atrapar más de un suculento bocadillo. Cada segundo contaba para sobrevivir. Pero por más esfuerzos, el número de criaturas despreciables no parecía disminuir. Las energías de Kagome se estaban debilitando y cada vez le costaba más apuntar eficazmente a sus agresores. Su ritmo cardiaco se aceleró considerablemente, dificultando un tanto su respiración. Su cuerpo se estaba volviendo muy pesado, comenzando a sudar. Repentinamente, una fuerte punzada atacó su espina dorsal, extendiéndose hasta su vientre bajo, obligándola a caer de rodillas y soltar su arco. ¡Esto no era bueno!

Una garrafal cabeza con cuatro ojos y de peligrosas fauces, aprovechó su debilidad para abalanzarse sobre ella. La muchacha aún no podía moverse por los fuertes dolores que la estaban invadiendo. Apretó los ojos, esperando el impacto… "Inuyasha"…

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Su charla había dado un giro muy ameno y entretenido, mientras continuaban por el camino despreocupadamente. De pronto, el corazón del híbrido dio un brinco desaforado en su pecho y sus latidos se aceleraron de un momento a otro. Se detuvo en seco, reteniendo su respiración. ¿Qué era esta sensación?

- ¿Qué sucede Inuyasha?- preguntó el monje preocupado al notar ese repentino cambio en su semblante.

- No… no lo sé- se llevó su mano al pecho abrumado. Tenía un mal presentimiento – ¡mejor, démonos prisa!- Sólo esperaba que nada malo hubiera ocurrido… "Kagome"...

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Una filosa cuchilla atada a una larga cadena, destazó a la titánica cabeza, salvándola justo a tiempo. Al ya no sentir el peligro acecharla, abrió lentamente sus ojos. Elevó su rostro y sobre una transformada Kirara, se encontraba Kohaku, luchando con mucha agilidad, exterminando todo monstruo que se atravesaba en su camino. Kagome sintió como el intenso dolor de hace un momento se iba apaciguando paulatinamente, pero antes que pudiera recuperarse, nuevos monstruos la acorralaron peligrosamente para devorarla. Kirara se lanzó sobre ellos, despedazándolos con sus afiliados colmillos, posándose enfrente de la joven mujer de manera protectora. En un pequeño descuido, Kohaku fue derribado, corriendo peligro su vida también.

- ¡Hiraikotsu!- con todas sus fuerzas arrojó su bumerang, salvando a su hermano. Sin embargo, había concentrado todas sus energías en aquel ataque, viéndose ahora forzada a arrimarse en su arma, respirando agitadamente.

- ¡Sango, no debes esforzarte! Aún no te has recuperado- la reprendió Kagome preocupada.

La exterminadora no le prestó mayor atención, uniéndose a la batalla. No podía permitir que esas criaturas hicieran de las suyas. Debía defender la cabaña en la que se encontraban sus hijos y Shippo, incluyendo algunos niños y aldeanos. El campo de energía de la anciana Kaede, se estaba debilitando y necesitaba ayuda. La cantidad de monstruos era impresionante y no parecía tener fin, inundando un concentrado olor a sangre el ambiente. La pelinegra se puso de pie, buscando su arco para retomar sus ataques.

- Kagome…- susurró una apacible voz tras ella.

Se volteó, encontrándose con una niña blanquecina, sosteniendo un espejo en sus manos. Kanna sabía que no podría arrebatarle sus almas a la mujer como lo había hecho con Rin, debido a sus grandes poderes. Pero había otra opción. Le mostró su reflejo a Kagome y una deslumbrante luz la cegó. Su cuerpo se paralizó al instante y de pronto todo a su alrededor comenzó a girar y a tornarse oscuro. ¿Qué le habían hecho?

Humo negro se extendió alrededor de ellas. La silueta de una figura masculina de cabellos largos y ojos marrones hizo su aparición, tomando a Kagome en brazos, antes de caer al suelo. Una satisfactoria sonrisa se dibujó en su rostro. Un torbellino oscuro los envolvió, mientras se disipaban, dejando atrás una nube de veneno. Los monstruos cesaron sus imparables asaltos, haciendo poco a poco su retirada, dejando únicamente caos y destrucción en el lugar.

- ¡KAGOME!- gritó Sango con desesperación al ver como su amiga desaparecía en medio de la espesa nube, sin saber lo que verdaderamente había ocurrido. Impotente cayó de rodillas, comenzando a sollozar –se… se la llevaron… secuestraron a Kagome…-

Continuará…

N/A: ¿Qué tal? Y aquí estamos de regreso a la acción xD. Como seguramente todos esperaban, Naraku hizo nuevamente su aparición, tomando a todos por sorpresa. La paz y tranquilidad han terminado por ahora. ¿Qué será lo que este despreciable ser tiene en mente? Nada bueno, eso es seguro... Él mismo prometió vengarse, ¿lo recuerdan?

Quiero agradecer de todo corazón a todas las chicas que me dejaron sus hermosos reviews. Ni se imaginan la inmensa alegría que cada uno de ellos me da y verdaderamente es una gran motivación para mi. Saludos especiales a: Sabrina K. Potter, Dark_yuki, setsuna17, princserekou, Kyome-chan, AllySan, CONEJA, kagome-chan1985, nia la unica y Bruna.c.

Sin olvidarme por supuesto de todas a aquellas personas que sólo leen también y que me agregaron a sus favoritos. Es muy satisfactorio contar con su preferencia. Gracias por regalarme unos minutos de su tiempo! ^^

Besos y hasta la próxima!