Banda sonora: cuando aparezca el signo 1.& deben poner play a la canción A Natural Disaster de la banda Anathema.


28.- Extraña empatía.

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Avanzaba a grandes zancadas, evitando las ramas de los árboles y las grandes rocas que se le atravesaban. Era extraño, muy extraño, pero dentro de su pecho rugía un animal clamando sangre, repleto de odio y celos. ¿Cómo era posible que la hubiera botado de esa manera tan humillante? Todo por una estúpida alimaña con la apariencia de una adolescente, que probablemente, ahora estaba desplegando todos sus encantos para seducirlo, o peor aún, lo estaba chantajeando para jugar nuevamente no sólo con él, sino que de paso, para herirla a ella, como ya lo había hecho antes sin pizca de pudor, por simple diversión.

Lanzó un gruñido de exasperación, segura de que si aquel sucio mortífago rompía el acuerdo entre ambos, no dudaría en asesinarlo lenta y dolorosamente. Claro, eso era si no se moría antes por el padecimiento que le causaba cualquier traición por el maldito lazo. ¿Qué diablos le pasaba? ¿No estaría sobre reaccionando? Y más aún, ¿Cómo se le ocurrió atravesarse en el camino de un vampiro? Pero a pesar de eso, lo que más le molestaba era el hecho de haber sido prácticamente echada del lugar como cualquier cosa, y sin saber porqué, se sintió utilizada y dolida cuando sucedió.

–No te enojes, no lo hizo con esa intención –escuchó de pronto, deteniendo bruscamente su apresurada marcha.

Miró en todas direcciones con el corazón a dos manos, pero su vista no era especialmente buena de noche, y menos con tantas ramas, hojas, y arbustos que la obstaculizaban.

–¿Quién es? –preguntó con cautela, palpando su pantalón en búsqueda de su varita–. ¿Qué quiere?

Pero nadie respondió. El sonido del viento al mover los árboles era el único ruido que entraba por sus oídos. Tragó espeso mientras trataba de agudizar la vista, sintiéndose un poco amedrentada, sin embargo, de pronto percibió como una presencia desconocida se aparecía a sus espaldas. Se giró rápidamente para enfrentar a quien quiera que fuera, pero cuando vió de quien se trataba, se quedó de una pieza.

–Si te hubieras quedado, de seguro la líder de los Lautremont no habría tardado en hacerte pedacitos –dijo el hombre–. El muchacho sólo lo hizo para protegerte, aunque claro, no tiene muy buenos modales que digamos. Eso te lo concedo.

Hermione parpadeaba mientras observaba a aquel anciano, de cabellos blancos y alargados. Su túnica gris estaba roída y se apoyaba con un bastón sencillo, que parecía una rama que hubiera recogido del piso. Pero lo que más le llamó la atención, a parte de sus numerosas arrugas y de su expresión tranquila, fue el hecho de que no tuviera ojos.

–¡Usted otra vez! –exclamó, recordando aquella ocasión en que el mismo sujeto se le apareció repentinamente, justo después de que Malfoy incendiara el cementerio como venganza–. ¿Quién diablos es?

–Niña, niña –musitó, negándo con la cabeza–. ¿Tanto me buscabas sin saber quién era? ¿Tanto investigaste sin encontrar algo que me identificara? Que búsqueda más inútil la tuya, déjame decirte que pensé que eras más lista.

La mujer retrocedió, en ese instante, sintiéndose sumamente estúpida. Las piezas calzaban a la perfección.

–¡Usted es el Oráculo! –exclamó, tapándose la boca con ambas manos.

El anciano rió complacido y chocó su bastón contra el suelo.

–Exacto, después de todo, no eres tan lenta –concedió–. Pero ahora no es momento de hablar de tus capacidades deductivas, ni tampoco de responder tus dudas existenciales acerca del lazo que te une al mortífago de tus pesadillas. Vengo a hablarte de algo importante. Se está acercando una época difícil para él, señorita Granger. El señor tenebroso ha perdido la paciencia, ya que hace muchos meses que el joven Malfoy juró que le llevaría tú cabeza y aún no lo realiza, a pesar de que las oportunidades para llevar a cabo dicha tarea no le han faltado. Afortunadamente, Tom considera que se trata sólo de una ineficiencia de su parte, y no ha reparado en la importancia de ello, en su significancia. Pero no será por mucho. Más pronto que tarde, el hecho de que Draco esté velando por tu pescuezo, le costará el propio. Aunque no lo notes, se está arriesgando demasiado por ti.

Ella boqueaba como pez fuera del agua, tratando de procesar las palabras del viejo. ¿Que Malfoy estaba arriesgándose por ella? Según ella tenía entendido, Malfoy sólo velaba por su propio trasero, y no la atacaba por el mero hecho de que estaban unidos irrevocablemente quizás hasta cuando. Pero ahora que lo pensaba... ¿sería posible que él, dentro de toda su frialdad y crueldad, pudiera haberla asesinado de todas maneras a pesar del lazo? ¿Y que no lo hacía por opción propia?

–Nadie le pidió que lo hiciera –respondió después de un rato, cruzándose de brazos–. Y tampoco lo hace porque lo desee, simplemente porque está obligado.

–¿Por el lazo, dices? –inquirió Cupidine, alzando una de sus pobladas cejas–. Estás muy equivocada, muchachita. Si bien él no podría matarte por el lazo, perfectamente puede dejarte morir en otras manos y librarse de ti, pues aunque le dolería una brutalidad, la muerte de uno no implica necesariamente la de otro, ¿me entiendes?

Hermione quiso responderle algo coherente, inteligente, pero nada se le ocurría. Estaba confundida, un estado que, en el último tiempo, era demasiado recurrente en su persona. Malfoy podría haberla dejado morir a manos de vampiros, no una, sino dos veces, y no lo había hecho. ¿Qué significaba eso?

–Dioses, las mujeres son muy rencorosas –murmuró el anciano, chasqueando la lengua–. ¿Aún te molesta cómo te trató hace unos minutos atrás?

–¿Cómo sabe cómo me trató? –preguntó sorprendida.

–Lo sé todo, señorita Granger, y lo que es peor para ustedes, lo sé antes de que suceda. No tendré ojos, pero mi trabajo es ver todo lo que ocurrirá antes de que acontezca. ¿Para qué crees que sirven los Oráculos? Además, he estado especialmente pendiente del destino del joven Malfoy, pues en cierta medida, me siento responsable de él. En fin, ¿Quieres saber por qué le molestó tanto que le tocaras esa cicatriz? ¿La con forma de "L"?

Ella lo miró impactada, pero a pesar del shock, tuvo la voluntad suficiente para asentir.

–Esa cicatriz simboliza la transición del Draco Malfoy que solías conocer en Hogwarts y el Draco Malfoy que conoces ahora. El cambio del niño asustadizo al hombre sin piedad ni corazón. Pero quizás, sería mejor que lo vieras con tus propios ojos. Así que ven, no tengas miedo, pon tus manos en mi cabeza y yo te dejaré entrar a ella para que veas lo que sucedió. Es decir, lo que yo visualicé que ocurriría hace años atrás, y que lamentablemente, ocurrió de verdad.

Hermione dudó, pero tan sólo fueron unos segundos. La curiosidad, la avidez de conocerlo y saberlo todo solía jugarle en muchas ocasiones en contra, y esta no sería la excepción. Quería conocer a Draco Malfoy, quería saberlo todo de él, aunque no sabía porqué.

Avanzó la distancia que la separaba del anciano y estiró las manos hasta la altura de su cabeza, colocando una a cada lado. El efecto fue inmediato, y antes de que pudiera esbozar una palabra, ya había sido succionada a los recuerdos de Cupidine.

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"Un cuerpo sangrante, lleno de cortes y moretones, yacía en el piso convulsionandose. Su torso estaba desnudo, sus puños apretados, y su codo izquierdo estaba herido con una fractura expuesta. Cabellos mojados de color dorado se pegaban al rostro, impidiendo su identificación, mientras la sangre escurria por el mármol frío, tiñiendo de rojo todo el lugar. Otro ser, de estatura media y vestida de negro, se paseaba frenéticamente, encandilada por el espectáculo, relamiéndose los labios con satisfacción.

No sé que pretende el Señor Oscuro teniéndome como tu tutora, sobrino soltó Bellatrix, y su tono estaba cargado de burla–. Sí volverte un fuerte aliado, o que un día se me pase la mano y te mate por accidente.

Draco estaba de espaldas y miraba el techo ausente, incapaz de detener los temblores de sus extremidades. Ya no tenía fuerzas para defenderse, estaba medio muerto y sabía que no importaba lo que hiciera, si Bellatrix quería matarlo, no había nada que él pudiera hacer. Su varita estaba quién sabe dónde, hace rato que ella la había hecho volar por los aires.

Levántate ordenó la mortifaga–. Que aún no hemos terminado.

El muchacho no respondió. Trató de sacar alguna palabra de su garganta, pero estaba demasiado seca, y nada saldría de ahí.

¡He dicho que te levantes, maldición!

La orden era clara y precisa. Si no se levantaba, lo haría polvo. Draco, con la poca fuerza que le quedaba, giró sobre su cuerpo para quedar de estómago, y con el brazo que tenía bueno, se apoyó en el piso para tratar de levantarse. Pero no resultó. Cada vez que trataba de hacerlo, se desplomaba nuevamente al piso, dándose un fuerte golpe en sus ya demacradas costillas.

Bellatrix, que estaba a tan solo unos metros, chasqueó la lengua fastidiada y avanzó hasta una mesa que estaba ahí cerca, llena de frutas y un cuchillo. Tomó el objeto y una manzana roja. Colocándose su varita detrás de la oreja izquierda, cortó un trozo de la fruta y se lo echó a la boca.

Eres patético resopló, limpiándose con la manga de su extraño vestido la comisura de los labios–. Realmente patético.

Comenzó a caminar hasta el cuerpo del joven, haciendo sonar sus botas altas contra el piso, y mientras cortaba otro trozo de la manzana, le enterró el taco de una de ellas en plena espalda, logrando que su sobrino dejara escapar un grito.

Estoy aburrida comentó, mientras aplicaba más fuerza en su pierna para lastimarlo–. ¿Qué voy a hacer contigo? Eres como un animalito indefenso, no estás hecho para ser parte de esto, la sangre pura no te asegura éxito como mortífago, y claramente, jamás llegarás a ser uno hecho y derecho. El Señor Tenebroso debería asesinarte. Te haría un gran favor, y de paso, me libraría de la apestosa carga que te has vuelto. Pero no, insiste en mantenerte con vida, y en entregarte a mis entrenamientos. ¿Cuánto más aguantarás, Draco? Ya sabemos que tu madre y padre siempre fueron unos incompetentes, ¿Por qué sería distinto en tu caso?

Quiso estrangularla, hacerla añicos, pero no podía mover ningún músculo de su demacrado cuerpo. Se sentía como una marioneta con los hilos sueltos, desplomada, inerte y esperando el final, mientras percibía como el taco aguja de Bellatrix se hundía más y más en su carne, perforándola, atravesándola.

¡Ya se lo que haré para pasar el rato! exclamó, emocionada como una pequeña–. Como eres un animalito, te marcaré como mi mascota ¿Qué prefieres? ¿Una "B" o una "L"? Obviamente "B" de Bellatrix, o "L" de Lestrange. Pensemos.

Sacó su pie de encima de su espalda y se arrodilló a un lado, dejando rodar el resto de la manzana que traía por el suelo. Apuntó el cuchillo directo a uno de sus omoplatos del muchacho y entrecerró los ojos como si estuviera buscando la ubicación perfecta, a la vez que una sonrisa macabra se instalaba en aquel perturbado rostro.

No lo anunció con nada, ni siquiera con un cambio de respiración. Simplemente lo hundió con todas sus fuerzas y tiró de el hacia abajo, formando una línea vertical en su pálida piel, desgarrándosela, arrancándole un gemido grave y una sucesión de jadeos desesperados. De la herida comenzó a brotar una cantidad considerable de sangre, que Bellatrix no dudó en probar con la punta del dedo.

No seas llorón, sólo te hice una línea... bah, está bien, está bien. Para que veas que soy una excelente tía, te haré una "L", te dolerá menos. Además, "B" la pueden confundir con "Black". ¿No crees? Detesto ese apellido, Sirius lo ensució.

Acto seguido, la mortífaga terminó con su trabajo, volviendo a acuchillarlo para desgarrarle nuevamente la piel, esta vez, en una línea horizontal, formando una perfecta "L", sonriendo perversamente, pues los gritos siempre fueron música para sus oídos. Una vez que su obra estuvo lista, tiró el arma lejos y sacó la varita de atrás de su oreja, para apuntar con ella a la herida, sellándola para que dejara de sangrar con el calor, pero dejándole carbonizada la letra para siempre en la espalda.

Cuando puedas levantarte e irte, limpia tu sangre del piso. Esta manchándolo y alguien podría resbalarse con ella soltó con desprecio, girando para marcharse.

Los ojos de Draco estaban absortos mirando la nada, cristalizados, carentes de toda emoción. Algo dentro de él se había muerto con tamaña humillación, y lo que no había muerto aún, agonizaba a punto de hacerlo.

¿Vas a dejar que se salga con la suya otra vez? escuchó un siseo murmurar.

Con dificultad levantó un poco su rostro, petrificándose al ver de quien se trataba.

Señor.

De un encantamiento no verbal y un movimiento de muñeca, Voldemort le volvió a meter el hueso del codo en su lugar y paró la hemorragía que por esa abertura emergía.

Toma dijo el que no debe ser nombrado, extendiéndole su varita–. Defiéndete, véngate por tu madre y toma el lugar que te pertenece a mi lado. ¿O es que Bellatrix tiene razón en lo que dice? No te preocupes, si la matas, no habrán represarias, pero si no lo haces, ella seguirá abusando de tí. A mi me da lo mismo, pero tú, ¿Se lo permitirás?

Sin proponérselo, su mente comenzó a revivir una y otra vez el momento en que Bellatrix asesinó a su madre. A recordar como su delicado cuerpo caía sin vida a su lado, un sacrificio inútil que intentaba protegerlo de lo inevitable. Incluso, podía escuchar la risa descarada de la mortifaga, que blandía de forma burlona su varita.

Algo comenzó a arder dentro de su pecho. Algo que le dió las fuerzas suficientes para poder levantarse, sin reparar en sus heridas.

Venganza. Sangre. Odio. Más sangre. Muerte.

¡Bellatrix! gritó a todo pulmón, logrando que ella se volteara a enfrentarlo–. Hoy será tu último día, maldita zorra.

Vaya, vaya –respondió ella, algo sorprendida–. El niño bonito ha logrado ponerse de pie, ¿acaso pretende que lo aplauda?

Él no contestó. Elevó su varita con la mano buena y la apuntó directamente, sin parpadear.

Esto se pone mejor. ¿Quieres atacarme, muchacho? ¿en serio? ¿tan desesperado estás por morir?

Draco sencillamente elevó su ceja izquierda, desconcertándola con su súbita valentía, con su inexplicable cambio de humor, con su mirada fría y glacial, que pretendía acribillarla hasta hacerla rogar por su vida.

¡Crucio! atacó de pronto, con tanta rapidez que ella no pudo evitarlo.

El rayo rojo la impactó en la boca del estómago y la derribó al suelo con violencia. Bellatrix estaba desconcertada. En toda su vida había recibido muchos crucios de distintos enemigos, pero nunca imaginó que su propio sobrino pudiera hacerla sufrir tanto. Apretó sus dientes con tanta fuerza que por un instante creyó que se los rompería, y sus ojos se abrían desorbitadamente, con tanta exageración que, por otro instante, creyó que se escaparían de sus cuencas.

Eso fue por burlarte de mí y de mi familia lo escuchó mascullar.

La maldición cesó tan súbitamente como comenzó, pero la venganza estaba lejos de terminar, muy lejos. Draco comenzó a jugar maliciosamente con la varita entre los dedos, mientras la observaba en el piso, tratando de coger algo de aire, más despeinada de lo habitual y con los labios crispados de rabia.

Esto siseó–, esto es por todas las veces que me torturaste hasta perder el sentido.

De la punta de su varita, se encendió una luz negra, que salió disparada cuando él movió el pedazo de madera contra el cuerpo de su victima.

Un chillido desesperado casi lo dejó sordo.

Un olor nauseabundo impregnó cada centímetro del lugar.

Y Voldemort sonrió complacido.

Draco Malfoy había utilizado una maldición antigua y poderosa, arrancándole la piel por completo, dejándola con la carne, los músculos, los órganos a la vista, y los orbes de la mujer estaban tan desorbitados que en cualquier momento se caerían. Bellatrix no dejaba de chillar, mientras se arrastraba en el piso como un gusano. Incluso, Draco podía jurar que estaba llorando.

Tratando de no respirar por el hedor, se acercó hasta el cuerpo y lo petrificó con su varita, para luego, arrodillarse a su lado. Sonrió nuevamente, sus ojos metálicos demostraban la más absoluta pérdida de razón. Lo que Voldemort comprobó al verlo introducir su pálida mano en su pecho, sorteándo los musculos y destrozando sus costillas, para llegar hasta el corazón.

Y esto finalizó apretando el órgano, sintiendo como sus dedos se inscrustraban en el–. Esto es por asesinar a mi madre".

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Hermione dio un salto como si estuviera despertando de una horrible pesadilla. Llevó una de sus manos a su pecho y percibió como su corazón latía sin control. Casi no podía respirar. Miró a su lado buscando al anciano, pero este ya había desaparecido, dejándole el alma en un hilo y abandonándola en un bosque deshabitado.

–Mierda –musitó.

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–Lo siento, Parkinson, pero quien sea la que te haya hecho eso, te jodió en grande –respondió Millicent Bullstrode, apagando su cigarrillo en la mesa.

Ambas estaban sentadas frente a frente, sumidas en silencio, luego de que Pansy optara por preguntarle a alguien por su delicada situación, sin dar nombres, claro está. Necesitaba saber contra qué estaba luchando, y para eso, sólo podía preguntarle a alguien que hubiera estudiado a conciencia diversas pócimas amorosas, y nadie mejor que Millicent Bullstrode para ello, la reina de su tráfico durante Hogwarts. Sin embargo, su respuesta la había dejado en estado de shock. Jamás esperó un dictamen tan fatalista.

–¿Tan malo es? –murmuró, incapaz de aceptarlo.

La mortifaga sacó otro cigarrillo largo de su túnica y lo encendió antes de hablar.

–No. Malo es que le den una fuerte dosis de amortentia, que le borren la memoria o que se golpee la cabeza contra el pavimento y quede con amnesia por pérdida de masa encefálica. Lo tuyo es peor. Horrible. Un mal irreparable.

Su compañera dió una bocanada a su cigarrillo, sacudiéndose un par de cenizas que cayeron en su túnica. Pansy la miraba expectante, esperando que continuara a pesar de que no sabía si quería saber lo que le diría.

–Según los síntomas que me cuentas, que no recuerde a nadie más que a la bruja que lo hechizó y que sus pupilas desaparezcan cuando mira a otra mujer, no me cabe ninguna duda que esa astuta zorra utilizó la pócima flagrantia sempiternus. Es una magia muy antigua, que no posee antídoto y cuya elaboración requiere el corazón palpitante de un animal. Está prohibida su realización en todo el mundo mágico, ya que anula la libertad del que la bebe, y no puede hacerlo cualquier persona, debe tener conocimientos avanzados en magia. Eso sí, la que lo hizo, debió estar realmente desesperada, porque de haber fallado en algún procedimiento de su elaboración, podría haber matado al que la bebió...¿De quién estamos hablando, de todos modos? –indagó, curiosa–. Puedo adivinar que no se trata de Malfoy, ni de ningún mortífago que habite esta mansión. ¿En qué andas metida, Parkinson?

Pero la pelinegra no respondió. Temblaba de furia. No podía creer que sus esperanzas de felicidad se vieran destrozadas irremediablemente por una simple medimaga de Hufflepuff que resultó ser más peligrosa que ella misma. Pero eso no era lo peor, ¡claro que no!, lo era el hecho de que la muy zorra hubiera osado poner en peligro la vida de Alexander. Eso jamás se lo perdonaría. Eso le costaría su insignificante existencia. Eso era su sentencia de muerte, y ella misma, como se llamaba Pansy Parkinson, se encargaría que dicha resolución se cumpliera.

–Está bien. No preguntaré más detalles –soltó Bullstrode, suspirando–. Pero insisto. Quien recurrió a una táctica tan baja, debió estar realmente desesperada, tanto así que prefería matarlo por error a permitir que tú siguieras con él.

–¿No hay nada que pueda hacer, Millicent? ¿Absolutamente nada? –preguntó Pansy con su voz impregnada de dolor.

La mortífaga se encogió de hombros.

–Lo siento. Nada. Como te digo, no hay antídoto, nada que tú puedas hacer. La única forma, según los libros de magia oscura, es que él mismo, por su propia voluntad, te recuerde. Que su amor por ti haya sido tan fuerte, tan indestructible, que la pócima fue incapaz de desvanecerlo por completo. Pero seamos realistas, Pansy, ¿quién ama con tanta intensidad a un mortífago? ¿quién? No quiero darte falsas esperanzas, compañera.

Apretó los puños hasta dejarlos blancos y ejerció tanta fuerza en su mandíbula que en cualquier momento, sus dientes se desintegrarían. Su espíritu de asesina, aquel que había cedido al conocer a Alexander, estaba resurgiendo dentro de su ser y clamaba por hacerle pagar a aquella pelirroja desteñida su atrevimiento ese mismo día. Sin embargo, el tatuaje que adornaba su brazo izquierdo comenzó a arder con intensidad.

–Mierda. El Señor Tenebroso me llama –susurró para sí misma.

Con un leve movimiento de cabeza, le anunció a su compañera que se iría, y sin esperar más, salió de la habitación en que se encontraban, para aparecerse en el salón de reuniones, donde estaba siendo citada por su aparente amo. Al llegar, notó con extrañeza que en el lugar estaba Draco y Theodores, nadie más, lo cual podía significar problemas.

–¿Sólo nosotros tres? –preguntó al aire.

–Cuatro. Sólo nosotros cuatro –se escuchó una voz corregir.

De las sombras emergió una figura familiar, una que se había perdido por meses sin explicación, y que parecía que se lo hubiera tragado la tierra inesperadamente.

–¿Zabini? –gruñó Draco, sorprendido–. ¿Y tú donde te habías metido?

Pero el moreno se quedó con la respuesta en la garganta. En ese instante se abrieron las puertas del salón de par en par y por ellas ingresó a toda velocidad el que no debe ser nombrado, ondeando su capa con furia y apretando la varita entre los dedos de sus huesudas manos. Su rostro serpentino estaba tenso en una mueca de desagrado, y sus ojos, amarillentos, brillaban con una perversión que hace tiempo no presenciaban.

–Veo que han respondido con rapidez a mi llamado –soltó seco, colocándose entre Zabini y el resto–. Pero no han realizado con la misma rapidez mis encargos ¿no?

Los tres mortífagos se miraron confundidos entre sí.

–Zabini me ha informado que estuvo desaparecido durante todo este tiempo por causas ajenas a su voluntad –continuó, jugando desinteresadamente con su varita–. Alguien lo mandó a pasearse por los siete infiernos, y ese alguien lo atacó por la espalda, sin mostrar su identidad y con magia que sólo sabría y se atrevería a usar un mortífag, un mortífago poderoso, no cualquier idiota con la marca tenebrosa en su brazo izquierdo, y pensándolo así, las únicas opciones para el autor de este ataque, sólo se reducen a tres. Los más poderosos entre mis filas. Ustedes.

Silencio. Mucho silencio. Los tres inculpados quedaron de piedra con dicha acusación, ya que los tres tenían algo que esconder y algo que temían que se averiguara. El hecho de que el señor tenebroso estuviera desconfiando abiertamente de ellos sólo podía una cosa. Estaban caminando por un precipicio invisible que estaba a punto de significar su perdición, y que si llegaban a salir vivos de esta, debían tener demasiado cuidado o estarían jodidos.

–Este cuarto apesta a traición –sentenció, fulminándolos con su mirada venenosa–. Por ejemplo, usted, señorita Parkinson, que estuvo desapareciendo constantemente de mi vista, y que en los últimos ataques, no ha eliminado a nadie con la crueldad y sadismo que solía utilizar, ¿se está ablandando? ¿tiene dudas?

Pansy sintió como se le secaba la garganta y fue incapaz de decir algo en su favor para desmentirlo.

–Y usted, joven Nott, que evita mi mirada y que estuvo ausente de nuestras filas durante todo un año, ¿qué esconde? ¿hay algo que está intentando proteger?

El rostro de Theodore se descompensó visiblemente y su piel se tornó blanca y sudorosa. Voldemort sonrió complacido. No había mayor satisfacción que el terror ajeno.

–Finalmente usted, mi supuesta mano derecha y fiel sirviente, Draco Malfoy. Aquel que era mi mortífago más efectivo y brutal, aquel que nunca fallaba un objetivo y que siempre cumplía sus objetivos con rapidez y precisión. ¿Qué te pasó? Hace varios meses que me ofreciste la cabeza de la amiga y pilar de Potter, la sangre sucia Granger, en bandeja de plata, y aún no he visto nada, ni siquiera un dedo. ¿Estás perdiendo el toque? ¿o algo te lo impide?

El señor tenebroso se colocó al frente del aludido, a penas a unos centímetros de distancia, y lo miró fijamente, evaluando su reacción. Nada. El rostro de Malfoy se mostraba impasible. Lo que significaba que estaba errado o que el muy hijo de puta era un excelente actor. Chirrió los dientes y se giró molesto.

–Exijo saber inmediatamente quien de ustedes atacó a uno de lo nuestros –bramó, dándole la espalda a los tres–. Identifíquese. ¡Ahora! –agregó fríamente–. Que no lo mataré, los tres aún son de utilida todavía, sin embargo, le daré una lección que jamás olvidará.

Se giró nuevamente para observarlos, pero ninguno de los acusados confesó. Los tres lo miraban de vuelta en silencio y la furia comenzó a inundarlo. Estaba utilizando la situación del mequetrefe de Zabini sólo de excusa para desquitarse con los que tanta desconfianza le estaban provocando.

–¿Nadie? ¿Seguro? –inquirió, relamiendose la delgada línea que tenía por labio–. Está bien. Yo mismo eligiré a quien deberá cumplir con la pena, y serás... tú.

Su varita mortífera estaba apuntando a uno de ellos: Theodore Nott.

Pansy, que estaba justamente a su lado, lo miró palidecer aún más y recordó un asunto muy importante. Theodore era padre. Un niño dependia de él, y conociéndo al señor oscuro, habían grandes posibilidades de que el castigo terminara por matarlo, o dejarlo con graves secuelas de por vida. No podía permitirlo.

Para ella fueron segundos interminables, pero en tiempo real, no habrán sido más de diez. En ese periodo ella tomó una decisión. Si no tenía posibilidades de recuperar a Alexander, al menos, su existencia tendría algún valor protegiendo a una familia ajena.

–¡No! –gritó Pansy, adelantándose–. No, mi señor –agregó, agachándose en una reverencia–. No he sido yo quien atacó a Zabini, dudo mucho que alguno de los presentes sea el culpable. Pero si es necesario, estoy dispuesta a cumplir con su castigo.

Theodore la miró extrañado, pero no tardó en reaccionar y comprender sus motivos. Y por muy nobles que estos fueran, él no sería capaz de dejar que la hirieran, sobretodo a sabiendas que en realidad, el verdadero culpable era él.

–Me opongo –refutó, adelantándose también–. Usted ya ha tomado una resolución. Castígueme a mí. Ella no tiene nada que ver.

–¡Que patética demostración de compañerismo! –exclamó él, divertido–. ¡Que insulza demostración de valor! ¿Fueron educados en Slytherin con valores Gryffindor? ¡Me repugnan! ¡Me dan asco! Pero no importa, se me acaba de antojar escuchar los adorables gritos de la señorita Parkinson, hace tiempo que su dulce voz cargada de dolor no llega a mis oídos. Ya la estaba empezando a extrañar.

Lord Voldemort elevó su varita hasta la pelinegra, y cuando Theodore Nott intentó interponerse entre ambos, lo único que logró fue que él lo hiciera volar por los cielos de un hechizo, dejándolo inconsciente varios metros atrás.

Los ojos de quien no debe ser nombrado, habitualmente amarillos, estaban rojos, sedientos de sangre y sufrimiento, y se dirigieron hasta la mortífaga que lo miraba desde su posición, incapaz de defenderse, y sin aviso, la atacó con un crucio.

Recibir un imperdonable de la mano del mago más tenebroso de todos los tiempos era una experiencia que uno no se la desearía ni siquiera al peor enemigo. Pero ahí estaba recibiéndolo Pansy Parkinson, gritando de dolor, sintiendo como su cuerpo se destrozaba en piezas, creyéndo que su corazón dejaría de funcionar en cualquier minuto, e incluso, deseando morir prontamente para dejar de experimentar tamaña tortura, que estaba a punto de hacerla enloquecer, pero que aún no lo lograba porque la mujer se aferraba a la imagen de su amado Alexander, y a la venganza pendiente con la perra de Bones.

–Basta –bramó Draco sin pensarlo, con las manos empuñadas.

Voldemort lo miró amenazante, con un atisbo de extrañeza en su inhumano rostro.

–Mi Señor –soltó, interponiéndose entre él y el cuerpo de la mortífaga, que había perdido la conciencia en el momento que dejó de atacarla–. Sí continúa con esa intensidad, terminará por matarla. Si aún necesita desquitar su ira con alguien, siga conmigo, pero ella no. No lo soportará.

Draco se mostraba dignamente ante él, y sus palabras salieron con tanta seguridad que parecían casi pronunciadas con indiferencia. Su mentón estaba alto y su rostro adusto, pero por dentro, una rabia lo consumía a la velocidad de la luz. Pansy Parkinson era la única persona que le importaba dentro de las filas del señor tenebroso, y ahora estaba a sus espaldas, desconectada de la realidad, quizás con qué daños por dárselas de martir... a pesar de que en esos minutos, él estaba cometiendo la misma estupidez.

–Vaya, vaya. Interesante proposición. ¿Extrañando viejos tiempos, Malfoy?

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No podía dormir. Sencillamente, era imposible.

Se movía entre sus sábanas tratando de conciliar el sueño, pero este se escapaba cada vez que cerraba los ojos.

La imagen de Malfoy torturando a la retorcida de Bellatrix Lestrange se repetía en su memoria como un disco rayado, pero en cierta medida, a pesar de lo terrible que fue el hecho puntual, no podía más que empatizar –de una manera muy retorcida– con él. No sólo había asesinado a su madre, sino que también, quizás cuántas veces esa mujer había abusado de él con anterioridad, antes que se decidiera a hacer algo al respecto. Quizás cuántas veces lo había dejado medio muerto y le había ordenado después limpiar su propia sangre del piso. Quizás cuántas veces lo había humillado con su lengua viperina, y cuántas otras atrocidades había cometido contra él. Malfoy sencillamente le había cobrado todas juntas con intereses. De una manera muy particularmente psicótica, pero ¿no eran así las venganzas viscerales? ¿no había imaginado en hacerle cosas peores cuando pensaba que él había asesinado a Ron?

Negó con la cabeza para evitar seguir pensando en el tema, y decidió bajar por una taza de té para calmar sus nervios. Cuando llegó al primer piso notó que no era la única con insominio, Alexander también estaba en la sala de estar, sentado al borde de la ventana, mirando la noche en silencio. Decidió no molestarlo ya que de un tiempo hasta esta parte, el auror estaba alejado del resto de la Orden, y cuando ella trataba de acercársele, él simplemente la ignoraba como si no existiera. Estaba muy raro hace meses, pero Hermione no tenía tiempo para averiguar qué sucedía con él. Tenía sus propios problemas. Y el principal problema tenía nombre y apellido.

Se giró para desaparecer por la cocina, sin embargo, antes de que lo hiciera, algo la detuvo.

–Alguna vez –lo escuchó esbozar en un suave murmullo–. ¿Alguna vez has sentido que olvidaste algo importante?

Hermione se volteó para observarlo y una punzada le dió en pleno corazón.

–Todo el tiempo.

Había olvidado a Ron, y eso le pesaba en la conciencia, al igual que el hecho de que no había podido vengarlo, ya que Theodore Nott se había encargado del mal parido de Zabini sin que pudiera evitarlo.

Diablos... ¡había olvidado a Ron! ¿Qué clase de mujer era? Había olvidado al amor de su vida por estar en un eterno tira y afloja con su peor enemigo. Y lo más terrible de todo, había desarrollado sentimientos involuntarios por ese rubio oxigenado genocida, narcisista y mortífago, olvidando ese cálido cariño que compartía con el pelirrojo.

Era la peor escoría. Una maldita masoquista. O una hedonista sin remedio. Ya no lo tenía claro.

–¿Y alguna vez has sentido que, en otro lugar, hay alguien que te está llamando? –continuó Alexander, sin quitar los ojos de la ventana–. ¿Que está sufriendo? ¿Que alguien espera que lo salves?

Su voz era extrañamente impersonal, pero sus palabras afloraban de sus labios como si fuese su inconsciente el que hablaba. Hermione sintió que algo raro pasaba, así que se acercó hasta él y colocó su mano en el hombro para llamar su atención. Sin embargo, cuando él la miró, quedó de una pieza.

–¿Alex? ¿Qué pasó con tu pupila? –preguntó retrocediendo un par de pasos.

El auror la miró parpadeando con lentitud, como si no entendiera la pregunta, mas al instante cambió de humor, levantándose de su lugar.

–Olvídalo. Voy a dormir. Susan me espera.

Se retiró sin decir nada más, ante la estupefacción de la muchacha, pero antes de que pudiera seguirlo para indagar más acerca de ello, lo sintió...

Cayó inmediatamente sobre sus rodillas, sosteniéndose la cabeza entre ambas manos mientras su respiración se le tornaba agitada. Era un dolor descomunal, pero a la vez ajeno, que comenzó a atormentarla con una sensación de angustia que la tenía al borde del llanto. Le estaban haciendo algo horrible a Malfoy, el lazo se lo estaba contando, y ella podía percibir su sufrimiento como si estuviera asistiendo en primera fila.

Se quedó ahí, quieta, en el suelo, inhalando y exhalando profundamente, con la cabeza entre las rodillas, encajando todo el dolor de Malfoy en su corazón, rogando que la tortura pronto terminara, pero los segundos se sintieron como minutos, y los minutos parecían horas. "Basta" gimió para sus adentros, y como si el responsable de su sufrimiento la oyera, todo paró.

Se levantó con una pena infinita, sin saber que hacer ni que pensar. Quería verlo. Quería asegurarse que estaba vivo y en qué condiciones se encontraba. Quería...

Cerró los ojos y buscó en el lazo la respuesta, pero lo único que llegaba era dolor y más dolor. Gruñó frustrada hasta que, una corazonada la alertó. Subió hasta su habitación saltando los escalones de dos en dos y se colocó un par de prendas al azar. Tomó un pequeño bolso y se lo cruzó en el hombro derecho, pero antes, en él echó un par de cosas que había en su botiquin de primeros auxilios.

Salió hecha un alma en pena de Grimmauld Place, teniendo cuidado que nadie la notara. Y se apareció en aquel sitio eriazo donde en otras ocasiones lo había encontrado, suspirando aliviada al ver que su instinto no había fallado. Estaba ahí, reconocía esos cabellos dorados. ¿En qué condiciones se encontraba? Aún no podía definirlo. Su cuerpo estaba de rodillas, y sus manos estaban de palmas abiertas apoyadas en el suelo.

A penas dió un par de zancadas en su dirección, él percibió su presencia y elevó la mirada para enforcarla.

1.&

–¿Cómo...? –esbozó, pero en el acto calló, respondiéndose solo.

Hermione se acercó lentamente y se arrodilló a su lado, observándolo en silencio de pies a cabeza. Estaba sumamente despeinado, sudoroso, pero sobretodo, ensangrentado. Una gran mancha roja adornaba la parte baja de su abdómen y su respiración era irregular, cansada, desanimada. Sus brazos magullados estaban tensos, al igual que su ceño, y sus ropas lucían rasgadas como si recién hubiera sido atacado por un animal. No lo pudo evitar. La castaña fue abordada por un incomprensible sentimiento de preocupación.

–¿Qué te hizo? –preguntó con seriedad.

–Qué no me hizo sería una pregunta más precisa, Granger –respondió él entre dientes–. Pero eso da igual. ¿Qué haces aquí?

Ella dudó. El por qué había acudido a verlo era un misterio aún para ella, que a pesar de haber llegado a un acuerdo tácito para no seguir lastimándose, ese acuerdo no implicaba que en los hechos pudiera mostrarse protectora de su bienestar. Menos después de haber sido lanzada de su casa como cualquier cosa. Pero aún así, no podía evitarlo, no podía evitar preocuparse, sobretodo al verlo tan vulnerable.

–Yo vine a verte –confesó, incapaz de mentir–. Sentí como te torturaban, y...

–¿Y viniste a regocijarte de ello?

–¡No! ¡Te equivocas! –alegó, negándo con la cabeza–. Vine a ver como te encontrabas. Nada más.

Él la miró en parte desconfiado y en parte sorprendido. Estaba tan agotado que en ese momento ella podía eliminarlo casi sin problemas, pero al parecer, Granger no pretendía aprovecharse de su situación de debilidad transitoria. Lo sentía. El lazo se lo decía. Estaba realmente preocupada de él. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué se sentía tan bien al saberlo? Una punzada en la herida lo sacó de sus cavilaciones.

–Molido –soltó Draco con una mueca de dolor–. Me encuentro molido, hecho mierda. Me había desacostumbrado a las atenciones de mi señor.

Ella chasqueó la lengua, pues era obvio. Lo había comprobado con sus propios ojos.

–¿Por qué viniste hasta acá?

Draco la miró con cierta diversión impregnada en los ojos, y emitió una pequeña carcajada que se escuchó como un simple murmullo.

–No quería quedarme en mi propia mansión, apestaba a sangre y estaba llena de gente indeseable, así que me fuí de ahí ¿irónico, no? Quería aparecerme en la otra, en la que conociste hace unas horas atrás, pero creo que estaba demasiado agotado y mi aparición quedó a mitad de camino. Tan pronto recupere un poco las fuerzas, me iré para allá.

Hermione ladeó la cabeza y siguió observándolo, mientras sentía como la impotencia se encajaba en el pecho de su interlocutor.

–¿Te llevo? –ofreció súbitamente, sin pensarlo ni proponérselo, pero no se arrepintió.

Él se quedó estático, ¿sus oídos estaban fallando o qué?. Nunca antes ambos habían tenido una conversación tan civilizada, sin insultos, amenazas o perversiones. Nunca antes habían intercambiado palabras de una manera tan simple, pero a la vez, tan significativa. Era extraño, muy extraño. Hermione Granger había logrado traspasarle en ese momento de azote mental y físico, una agradable sensación de tranquilidad. Una inyección de morfina directo a la vena.

–¿Por qué me quieres ayudar, Granger?

Draco se enderezó con dificultad y dejó escapar un pequeño gemido. Pero poco le importó aquél dolor, su atención estaba en ella que, arrodillada a su lado, le estaba ofreciendo una mano, a él, a quien no dudó en lastimarla en varias ocasiones, y que en otras tantas lo logró con éxito. Ella... que tantas veces había tratado de eliminarlo, y que casi lo había logrado.

Hermione sintió su mirada atravesarla de lado a lado. Sus ojos grises parecían dos piezas de mercurio, e incluso, podía jurar que hace muchos segundos que no lo veía parpadear. Su garganta se secó. Intensidad. Su mirada era pura intensidad. Una avalancha de sentimientos que se comunicaban a través de su lazo inmaterial. Emociones que no podía identificar, pero que si podía cuantificar como numerosas, y calificar de arrebatadoras.

–No preguntes estupideces, ni abuses de mi buena voluntad, tarado –advirtió nerviosamente, tratando de evitar el sublime sonrojo que coloreó sus mejillas, disfrazando su reacción con un supuesto enojo–. No jueges con mi paciencia, que para ti no hay mucha que digamos, y es una suerte que no me haya ido ya, dejándote aquí tirado... ¿Quieres que te lleve sí o no?

Draco esbozó una mueca que se podría haber tomado por una sonrisa autosuficiente.

–Está bien, sólo para tu breve satisfacción dejaré que lo hagas –soltó arrogante–. Supongo que puedes hacer aparición conjunta ¿o te supera?

–Supones bien. Pero no te acostumbres a mi arrebato de bondad. Con esta, ya te he salvado el culo dos veces, y creo que eso nos deja a mano.

–Ya quisieras.

Hermione rodó los ojos y se acercó aún más para tomarlo del brazo. Sintió un escalofrío recorrer toda su espina dorsal al hacerlo, porque sin proponérselo, sus dedos se cerraron en el antebrazo izquierdo, justo encima la marca tenebrosa que lo adornaba. Recordó de pronto la imagen que le mostró el Oráculo. Recordó al maltrecho joven Malfoy y a la enloquecida Bellatrix jugando con él como si fuera una marioneta. Recordó como esa misma imagen cambió radicalmente, y las ganas de vomitar que le dió el ver a la mortífaga expuesta, privada de su piel, con el corazón arrancado y sangrando a chorros.

Como si le quemara, deslizó su mano hacia arriba de la marca y enterró sus dedos, tratando de regularizar su respiración, tratando de borrar ese recuerdo que no le pertenecía y que había sido tan clarificador de lo que había transformado al antiguo Malfoy, a aquel muchacho que solía molestarla con apodos estúpidos durante Hogwarts, en un asesino en serie y despiadado. Draco pudo notar su perturbación, pero antes que pudiera preguntarle qué pensaba, ella ya los estaba transportando a su otra mansión.

Él tardó unos instantes en quitarse la sensación de mareo que le provocó el salto, así que se dejó arrastrar por su antigua enemiga, que lo obligó a subir las escaleras de la mansión para llevarlo hasta su cuarto. Una vez ahí, liberó su brazo y él se fue caminando en zig zag hasta dejarse caer sentado en su cama. Aún le dolía una barbaridad todo el cuerpo, y lo único que deseaba era dormir varias horas de corrido. Pero algo extraño pasó. Granger no se marchó, sino que se quedó ahí, observándolo desde arriba, con el ceño fruncido. Luego, sin decir palabra, se sentó a su lado y estiró las manos hacia su camisa rasgada.

–¿Qué haces? –preguntó alterado, atrapando sus manos por las muñecas antes de que pudiera tocarlo.

Hermione suspiró hondamente antes de responder.

–Buscar donde está la hemorrragia.

–¿Para qué? –replicó, entrecerrando los ojos.

–Para abrirte más la herida y lograr que te desangres hasta morir, dejando de paso que manches tus costosas sábanas –soltó irónica–. ¿Para qué crees, idiota? Para curarte –agregó, extrayendo la varita de su bolso–. No es que te lo merezcas tampoco, pero voy a hacerlo de todas maneras. Así que ni intentes oponerte, mira que ahora, en ese estado tan deplorable, no eres capaz de conjurar bien ni siquiera un expelliarmus.

Draco parpadeó extrañado, sin embargo, comenzó a soltar sus muñecas, sin dejar de mirarla hosco y confundido. Una vez que lo hizo, ella sonrió victoriosa, pero al mismo tiempo, dentro de su cabeza se cocinaba un mar de dudas. No parecía ella quien estuviera actuando. No parecía ella que, a pesar de las pesadeces, estaba tratando de ayudarlo. Sencillamente no parecía ella, pero lo era. Lo era, lo sentía.

¿Qué había cambiado entre ambos? Muchas cosas, quizás demasiadas, más de lo estrictamente necesario. ¿Acaso su subconsciente estaba tratando de repararlo? ¿De convertirlo, a pesar de que él mismo había señalado en varias ocasiones que jamás dejaría de ser un mortífago? ¿Aún cuando admitía sus extraños e involuntarios sentimientos hacia ella?. Negó con la cabeza tratando de espantar sus pensamientos, que claramente no la llevarían a ningún lado. Este momento entre ambos era un oasis que muy difícilmente se repetiría. Pues el resultado de que ambos estuvieran respirando el mismo aire, siempre sería una mezcla de dolor, represión y lujuria.

–No puedes curarme –lo escuchó sisear, retornándola a la realidad–. Al menos, no con magia.

–¿A qué te refieres?

–El Señor Tenebroso tiene sus propias reglas. Cuando un mortífago es herido por su propia varita, le está prohibido ocupar magia para sanarse. Es parte del castigo.

Ella bufó y se cruzó de brazos.

–Eso es estúpido –sentenció–. Incluso para un fenómeno como él.

–Quizás, pero son sus reglas, y no estoy dispuesto a contradecirlas, Granger. Hacerlo sería arriesgarme a algo peor. Me salvé de casualidad hoy.

Hermione estaba de una pieza. De verdad no podría creer cómo funcionaba ese bando.

–¿Y por qué te hizo esto de todas formas? ¿No se suponía que eras su mano derecha?

Él sonrió sardónicamente y elevó una ceja.

–¿De verdad crees que te voy a responder a eso?

Hermione exhaló todo el aire de sus pulmones. No pretendía insistir con ello, aunque la duda la carcomía más de lo necesario para su salud mental. Descruzó sus brazos y estiró las manos hasta su camisa, comenzando a quitar los escasos botones que le quedaban, hasta dejarla completamente abierta y deslizarla cuidadosamente por sus hombros. Draco había dejado de respirar.

–¿Qué vas a hacer? –inquirió seco.

Ella no respondió de inmediato. Se levantó y desapareció por el baño, regresando a los pocos segundos con una toalla blanca mojada. Luego, se sentó nuevamente a su lado y extrajo de su bolso un pedazo de gasa y el frasco de ungüento que había guardado en su botiquín. Era increíble como sus presentimientos habían acertado tan bien.

–Curarte a lo muggle –contestó, comenzando a limpiar su torso ensangrentado con cuidado, pasando la toalla mojada hasta teñirla de rojo–. Vuelvo.

Hermione fue a mojarla nuevamente, y volvió a aplicar el mismo procedimiento, ante la mirada atenta del mortífago, que no sabía cómo reaccionar. Draco se dedicó a mirar su rostro mientras lo hacía, mordíendose en varias ocasiones la lengua para no gritar de dolor.

–Ten cuidado, maldita sea –advirtió rojo de cólera, cuando ella rozó la herida más profunda.

Pero ella no se dio por aludida. Simplemente abrió el frasco y derramó todo su contenido, esparciéndolo con un trozo de gasa. ¿Cuanto tiempo estuvieron así? Ninguno de los dos lo supo. Tampoco les importó.

–Listo –dijo de pronto la castaña, una vez que terminó con la curación enrollándole una venda–. No será como el trabajo de un medimago, pero al menos, supongo que no se infectará.

Hermione guardó todo de regreso en su bolso y se fue a lavar las manos con abundante agua para quitarse la sangre. La sangre pura de un mortífago herido. La sangre pura de su enemigo. De él. De Malfoy.

No podía seguir en ese lugar, la confusión la estaba enloqueciendo.

Una vez que sus manos estuvieron blancas otra vez, se dirigió desde el baño directamente a la puerta de la habitación, mas cuando tomó la manilla entre sus dedos, lo escuchó.

–¿Te irás?

–Claro –respondió, girando sólo el cuello para verlo tendido en su cama–. No tengo nada más que hacer acá.

–Quédate –soltó el rubio en tono autoritario–. Ni pienses en atravesar esa puerta. Devuélvete sobre tus pasos, acuéstate a mi lado y duerme conmigo esta noche. No me obligues a buscarte.

Ella lo miró desafiante por sobre su hombro, tratando de borrar la perturbación que le causaron sus palabras. ¿Por qué quería que se quedara? ¿Solo quería dormir con ella?

La imagen era arrebatadora, pero Hermione trataba de ignorarla olímpicamente, no con mucho éxito que digamos. Draco yacía encima de su cama con el torso desnudo y vendado a medias, y la miraba desde ahí, con sus cabellos alborotados y sus ojos tan brillantes como metal a la luz. Sonreía con descaro. Como un niño travieso y caprichoso. Y estiraba su mano derecha, invitándola con el gesto a volver.

–Tú no me ordenas nada –espetó, tratando de sonar despectiva–. Y menos en ese estado, iluso. No puedes amenazarme ¡ni siquiera puedes moverte!

Él rió.

–No tienes idea de lo que soy capaz cuando se trata de tí, Granger –contestó el mortifago, con voz grave y sedosa.

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Continuará...