Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ, ni siquiera lo alquilo.
Gracias a todos por continuar la lectura todo este tiempo ¡realmente aprecio todo su atento apoyo! Sé que ha sido un camino largo y difícil, pero con el tiempo llegaremos a la meta. ¡Pero no hoy! ¡JA, JA, JA! Este capítulo ha estado persistiendo en mi cabeza desde que empecé esta historia, ¿hace cuántos años...? Espero que disfruten de su lectura tanto como yo disfruté escribiéndolo.
Gracias a Barb por tu edición.
Capítulo veintiocho
Condené mi alma
Ella lo había hecho, había develado el secreto del Legendario, ahora podía desatar el arma más poderosa conocida por el hombre en el universo.
La pregunta era, ¿se atrevería?
Bulma arriesgó un rápido vistazo por la ventana de su oficina al piso de abajo y a la jaula que contenía. Fue golpeada por una abrumadora sensación de dèjá vu mientras observaba a Vegeta ir de un lado al otro como un tigre atrapado. Él caminaba con un paso que hablaba de una rabia apenas contenida y de una elegante gracia peligrosa. Podía sentir la temeraria energía construyéndose dentro de él, cazando sin descanso una salida, escudriñando un resquicio en el golpeado estoicismo que ocultaba su furia, buscando una forma de escapar y matarlos a todos. Cuando se volvió, ella agachó la cabeza al instante para mezclar los papeles sobre su escritorio, temerosa de ser avistada por el implacable depredador.
Todo era casi igual como había sido hace muchos meses en su laboratorio. Vegeta daba vueltas por su jaula como un animal salvaje mientras ella estaba instalada de forma segura en una lujosa oficina. La única diferencia era el silbido ausente de su cola y el fuego ardiendo en sus ojos. En lugar de eso solo existía frío odio oscuro cada vez que la miraba.
No había palabras tampoco. Ninguna amenaza con insinuaciones apenas veladas, menos aún fuertes discusiones y absolutamente ningún insulto, ya sea gritado con violencia o susurrado de una forma suave. Solo el silencio mortal se extendía entre ellos, ahogando todo lo demás. Donde una vez hubo lujuria cocida a fuego lento y perversos deseos, ahora solo quedaba un cementerio de pasiones asesinadas.
Bulma en realidad no sabía si Vegeta tenía algo que decirle. Ella se negaba a estar en la misma habitación con él. Una profunda cobardía la urgía a querer huir del laboratorio cada mañana para evitar su mirada penetrante y su, sin duda alguna, lengua aguda. Tenía miedo de lo que él le pudiera decir, de las palabras que utilizaría para aplastarle el corazón. Sabía que no la quería más —si alguna vez—, aun así no deseaba oírlo en voz alta, no deseaba que su amor fuera objeto de burlas.
Pero eso no detuvo sus propósitos. Todos los días debía reunirse con Frízer para darle un informe de la situación y todos los días inventaba algo que decirle. Ella le ordenó a sus nuevos subordinados ejecutar indoloros experimentos en Vegeta que sonaban importantes y que no tenían sentido, como una manera de comprar el tiempo que no le quedaba. En cambio, estudió los avances científicos de una raza supuestamente superior y aprendió todo lo que pudo acerca de ellos, en busca de una debilidad, procurando hacer una grieta en su armadura. Lo que encontró la sorprendió.
Ellos eran avanzados en muchos aspectos, tales como los viajes espaciales, la cibernética y la nanotecnología, pero carecían de algunas ciencias muy fundamentales. Por ejemplo, todavía no habían dividido el átomo. Desconocían lo que era una reacción nuclear, como se creaba una bomba o como se convertía la energía en poder. Eran una raza de guerreros y conquistadores, arrogantes señores de la guerra, no les hacía falta armar a sus naves ni a sus soldados. Los guerreros eran las armas, generaban la energía desde el interior de sus cuerpos y la disparaban en destructivas ráfagas de ki. Todo lo que necesitaban saber era como transportarlos y como curarlos.
Ella absorbió esta información con temor y se cuidó de ocultar su conocimiento de la mirada vigilante de Frízer. Él había hecho devastadoramente claro que iban en camino a la Tierra para aniquilar a todas las criaturas vivientes allí como castigo por alojar a un ser que se atrevió a desafiar su poder. Nadie pudo contradecirlo, ni siquiera su padre, King Cold. En lugar de eso, fue mimado en exceso por un cariñoso padre que estaba más que contento de tener a su hijo de vuelta, en vez de algún descerebrado cabeza de pudín. Mientras todos los demás en la nave hacían lo posible por evitar la ira psicótica del tirano recién reconstruido, Cold alimentó la locura de su hijo con cuentos de la destrucción que causarían en la Tierra, lo que aumentó su insania por diez.
Todos los días Frízer entraba en la oficina con ojos salvajes y un fanatismo más intenso. Él necesitaba la respuesta a la Ascensión ¡y la necesitaba ahora! Cuando hablaba doblaba los dedos, agarrándose a una meta imaginaria que estaba simplemente fuera de su alcance. Parloteaba sobre nacer de la lava y ser bañado en luz dorada. Había visto la respuesta a la inmortalidad, miró en unos místicos ojos azul verdosos y vio el comienzo del tiempo. Él se asomó al corazón del verdadero poder y mataría planetas por poseerlo, empezando por el lugar del nacimiento de todo, la Tierra.
No le dejó a ella otro remedio sino inventar un plan que pudiera salvarlos a todos, incluso si este la condenaba por la eternidad.
El corazón de Bulma se agitó por la fría certeza de que Frízer seguiría adelante con su juramento. Mataría a todos y haría explotar la Tierra en pedazos hasta que no quedara suficiente polvo para llenar un frasco de cristal. Peor aún, no había nadie que pudiera detenerlo. No había ningún héroe esperado por las tropas mientras sus amigos lo detenían durante unos pocos minutos hasta la inevitable llegada. Solo estaba ella. Ahora que sabía que Gokú había muerto, eso la dejaba para defender a su planeta, para proteger a su familia, para introducir al imperio iceyín en el poder de su conocimiento.
Vegeta declaró en muchas ocasiones que destruiría la Tierra y casi tuvo la oportunidad cuando se liberó de su jaula y mató a los soldados que pensó conseguirían someterlo. Ella luchó contra la devastación moral de su alma debido a una elección que no podía tomar: la destrucción de su planeta o su condenación eterna. En ese momento, en ese lugar, no contó con la fuerza para tomar una decisión. Su vida de mimadas exigencias consentidas y cómoda seguridad la dejaron sin la fortaleza mental y espiritual que necesitaba para tener éxito.
En lo profundo del corazón, ella nunca creyó que Vegeta fuera ese demonio. Sus palabras habían sido horribles, su convicción escalofriante, pero incluso entonces vio a través de la fachada de monstruosidad que presentaba al mundo. En el fondo, tuvo la fe de que era un hombre, no un monstruo. Tal vez ella era indulgente o fue la nave, aun así, en secreto siempre confió en que él haría lo correcto.
Pero Frízer era maligno. No, él era el "oh, es un hombre malo, sálvame", el mal a gran escala, sin adulterar, un engendro de Satanás, el odio puro, lo profano que no podía ser exorcizado o eludido, solo destruido. Todo lo que quedaba entre él y la destrucción de su planeta era su brillante mente, su capacidad de hacer un pacto con un exiliado príncipe demoniaco y la disposición de arder en el infierno por ello.
Miró a Vegeta, su arma secreta. Ella ya conocía la respuesta a la pregunta que todo el mundo se estaba haciendo. ¿Cómo podían tener acceso al Legendario?, ¿cómo podrían robar el poder de la Ascensión? Fue Trulock quien lo señaló, en primer lugar, solo que él no se dio cuenta.
La luna era lo que le daba a los saiyayíns su poder. La atracción gravitatoria combinada con la materia de iones que se producía cuando se reflejaba en la luz del sol. Todo lo que tuvo que hacer fue aislar los iones y condensarlos hasta que entraran en un arma de mano que construyó con el objetivo de generar los haces de materia que serían expulsados como balas. Ahora, solo quedaba apretar el gatillo.
Bulma miró con aprensión a Vegeta. Ella sabía que si le daba el poder de transformarse, podría derrotar a sus enemigos. Él castigaría a todos aquellos que merecían su ira y cuando terminara, se trasladaría al resto del universo, muy posiblemente para matar a todas las personas.
Tal vez sonaba extremo, sin embargo, no podía quitarse el pensamiento de la cabeza. Antes de traicionarlo nunca lo habría considerado, pero ahora...
El odio de Vegeta era tan espeso que flotaba en el aire y le revestía la garganta y los pulmones con una viscosidad aceitosa que amenazaba con asfixiarle la vida. Nunca había visto tanta ira, tanto odio mezclados entre sí para crear un miasma tan mortal.
Todo estaba listo, su plan ya estaba en marcha y nada detendría el resultado. Solo quedaba aceptarlo con la poca gracia y dignidad que pudiera reunir. Era difícil para ella condenar su alma. Pensaba que debía luchar, clamar y gritar contra el destino, algo que indicara su deseo de ser virtuosa. En lugar de eso solo sintió un vacío frío y pétreo en el interior donde su corazón debería estar. El cuerpo le pesaba debido a las cargas, la única cosa que la mantenía con vida enjaulaba a su alma dentro de la abominación de sí misma.
Ella soltó un suspiró de resignación, no había más lucha en su interior. Levantó el dispositivo de comunicación alienígena, también conocido como teléfono, y llamó a Zabón para que viniera a recogerla. Él insistía en acompañarla desde el laboratorio cada noche para no perder la oportunidad de restregarle en la cara a Vegeta su relación. Al principio los ojos de Vegeta la quemaron con un odio que la carbonizó en el sitio, pero ahora ellos sostenían un frío vacío que resonaba en su corazón. En esos momentos deseaba que su carne se pudriera, lo que la liberaría de la agonía de vivir.
Ella cogió una pesada caja de aluminio y tomó un pequeño frasco con la otra mano, preguntándose si su deseo sería concedido esta noche.
Caminó con dificultad fuera de la oficina y se abrió paso hacia abajo con delicadeza por las escaleras metálicas que llevaban a la planta principal. La última cosa que necesitaba era atascar sus tacones en los agujeros redondos de los escalones y caer a la muerte. Estaba segura de que Vegeta obtendría una gran cantidad de perversa satisfacción al verla desplomarse hasta la parte inferior de las escaleras con una fractura en el cuello, pero no tenía ninguna intención de complacerlo. Para probar el punto, él le dio la espalda en el instante en que la vio venir, dejando claro que no quería ni siquiera mirarla.
Ella se dirigió al escritorio más cercano a la celda y puso la caja allí, donde cayó con estrépito. Se estremeció, contuvo la respiración en una rígida expectación y exhaló temblorosa cuando no pasó nada. Encogiéndose de hombros de forma fatalista, abrió la caja y miró detenidamente el interior.
Vegeta la observó por encima del hombro. Por lo general ella corría desde la oficina, sin mirar hacia él, solo hacía una pausa para prostituirse con el monstruo verde que la recogía todas las noches. Sus espectáculos eran repugnantes, le revolvían el estómago más rápido de lo que una cubeta con gusanos viscosos haría, pero eso no impidió que de forma encubierta los vigilara de reojo.
Daría lo que sea por salir de la cárcel para poder quitarle la vida a su frágil cuerpo... daría su corazón que latía por la traición al verla, su alma casi muerta que se marchitaba ante su presencia... su cola ausente que aún le dolía... cualquier cosa para deshacerse de la atracción que sentía por ella.
El objeto de su intensa repugnancia estaba jugando con algo en la caja, ignorándolo por completo. Podía oír los suaves clicks de los interruptores siendo tirados y una alarma digital ser prendida. La curiosidad combatía dentro de él, pero se negó a hablar. No le diría una palabra más a la perra hasta que estuviera seguro de que sería lo último que escuchara. Su voz la acompañaría a la otra vida y sus palabras de condenación permanecerían sobre ella por la eternidad.
Bulma cerró la caja con otro pesado suspiro, abstraída pensó si era así como se sentía Vegeta. Muerto, sin emociones, totalmente alejado de la realidad. Se preguntó por un instante si tendría éxito con su plan, si podría condenar su alma y sobrevivir. Este se basaba en el hombre que le daba la espalda, el hombre que reclamó su vida como propia.
—Vegeta, sé que estás enojado conmigo. —Kamisama, incluso ella sabía que era un eufemismo. Se aclaró la garganta, decidida a hablar con confianza.
—Sé que sientes que te traicioné, y lo hice, pero no por la razón que piensas.
Vegeta la ignoró y miró enfurecido a la pared delante de él.
—Tenía miedo... —La voz se le quebró y ella sintió que la presa que retenía la inundación de sus emociones comenzaba a agrietarse—. Tenía miedo de perderte.
Vegeta no pudo evitar el resoplido de disgusto que se le escapó. Airado, se alejó más y encorvó los hombros. Bulma se vio reforzada por el pequeño sonido que le aseguraba que al menos la escuchaba.
—Tenía miedo de Zabón, de Frízer, de lo que harían cuando tu secreto saliera a la luz. Todo lo que quería hacer era protegerte, darte la oportunidad de ser libre para que pudieras derrotarlos.
Ella hizo una pausa para buscar las palabras que la redimieran a sus ojos, pero entendió que no existía ninguna.
—Todo lo que quería hacer era salvarte como me salvaste.
Vegeta no se movió, sus músculos eran de piedra, la ira se instaló en silencio alrededor de su cuerpo como un escudo. Ella sabía que si él todavía tuviera su cola, estaría envuelta firmemente en su cintura, no sacudiéndose de forma esporádica como lo hacía cuando estaba solo un poco molesto. Un signo en verdad peligroso.
La cola, esa era la raíz de toda su rabia. Incluso si pudiera explicar lo de Zabón, incluso si le creyera que lo hizo por él, no había nada que pudiera decir para apaciguar la furia sobre que tomara su cola.
—Lo siento, lo siento tanto —susurró ella secándose una lágrima perdida—. No tuve elección. Yo sabía que nuestra única esperanza era si me convertía en la científico jefe de tu proyecto. No fue mi idea, nunca te hubiera cortado la cola...
—¡Perra! —Vegeta explotó de furia, sus ojos se estrecharon y dejó los colmillos al descubierto. Caminó acercándose al campo de fuerza tanto como pudo. Su aura se expandió alrededor de su cuerpo, arremolinándose en torno a él como una tormenta de meteoritos en la oscuridad de su aversión.
Bulma se congeló, de pie inmóvil esperó con una expectativa palpitante. Vegeta se burló y la bañó con odio a través de la habitación.
Él no habló.
Ella no se movió.
Pasaron los segundos y Bulma supo en ese momento que él no iba a terminar de hablar, que no iba a perdonarla. Al retractarse de su nombre para ella, renunció a su marca y la dejó libre. No volvería a oír su áspera voz cariñosa al oído mientras presionaba su fuerte cuerpo contra el suyo. Nunca más volvería a ser su perra.
Su corazón murió. Este se rompió en mil pedazos en su pecho, astillándole el alma. No quedaba nada para ella, ninguna razón para no continuar con el plan. Lo único que podía hacer era sacrificarse por la seguridad de su planeta.
Recogió la caja de plata y la metió con cuidado entre los dos servidores de red protegidos por una pared. En silencio se acercó a la parte delantera de la mesa, sus ojos tristes nunca lo dejaron. Él apretó los labios arrepentido por su arrebato. Jamás tuvo la intención de hablar, de reconocerla de alguna manera y no conseguiría otra palabra suya, incluso si lo mataba.
Ella inclinó las caderas contra el escritorio y cruzó los tobillos mientras abría un frasco que había estado calentando en la palma. Abstraída se alisó el espeso bálsamo cremoso que este contenía en los labios, frotándolo para extenderlo de manera uniforme.
—¿Quién crees que controle las circunstancias? —preguntó ella en voz alta, mirando a Vegeta—. ¿Es el destino o el karma? —Cuando él no contestó, se encogió de hombros—. Tal vez son solo las dos caras de la misma moneda. Una perra vengativa que lo decide todo.
Vegeta la miró furioso, asimilando sus ojos tristes y su rostro pálido. Quería preguntarle lo que tramaba, demandar que explicara su comportamiento. Había visto esa mirada antes y por lo general no presagiaba nada bueno para él.
—Te quiero, ya sabes —confesó ella sin el calor de la pasión, era solo una declaración de hechos que debía ser verdad, ninguna otra respuesta era plausible.
Vegeta resistió el tirón de una ceja. Estaba cansado de oír hablar a la bruja, de escuchar las mentiras que vomitaba de sus labios carmesí. Ella abría la boca y la mierda salía volando, salpicándolo con basura que no necesitaba.
—Nunca he estado realmente enamorada antes. Oh, pensé que quería a Yamcha, pero ahora me doy cuenta de que era un capricho de niña tonta. Fue algo voluble e insustancial, no en absoluto como me siento en este momento.
Ahora tenía que ir y mencionar al despreciable humano del que siempre se quejaba. ¿Acaso alguna vez se callaría? Vegeta le dio la espalda de nuevo y caminó hacia la esquina más lejana de la celda. Apoyó un antebrazo en la pared de acero, descansó la frente en su puño y apretó sus ojos cerrados. No quería oírla decir ni una palabra, cada sonido que ella hacía era una puñalada de dolor en el centro de su pecho, el lugar donde su corazón solía estar. Dudaba que la distancia silenciara esa voz. Siempre lograba escuchar cada sílaba que pronunciaba, como si sus oídos traidores estuvieran sintonizados en su singular frecuencia.
—Querer es sobre el sacrificio, ahora lo entiendo. Yo sé que te quiero porque sacrificaría todo lo que soy por ti.
El dolor explotó en el pecho de Vegeta, subió por su cuerpo y amenazó con llenarle los ojos de lágrimas. Deseaba que dejara de decir esa palabra, deseaba que ella dejara de hablar por completo. Se dio la vuelta con una mueca en los labios y un insulto en la lengua. No podía soportar oírla parlotear por más tiempo. Estaba dispuesto a romper su juramento solo por algo de bendito silencio.
Las puertas exteriores de laboratorio se abrieron con un siseo y él se detuvo. Zabón pasó tranquilo con una petulante sonrisa en los labios. Vegeta gruñó bajo y mortal antes de girarse para enfrentar a la pared de nuevo. Se negó a mirar al hombre, mucho menos a reconocerlo a él o a la agonía que crecía en su interior. Se quedó mirando fijamente el acero, dispuesto a que el vacío lo devorara, permitiendo que este reemplazara a su alma.
Zabón se sorprendió al ver a Bulma de pie delante de la celda de Vegeta. Por lo general, ella se escondía en la oficina hasta que apareciera para llevársela. Por supuesto, él siempre reclamaba un beso como deuda frente a Vegeta. Esa era la mejor parte de su día. La mirada en el rostro del otro hombre no tenía precio.
Él se pavoneó hasta Bulma, por un instante se preguntó de qué estarían hablando antes de descartarlo como poco importante. No se preocupaba por la discusión entre los amantes, pero tenía la intención de escalar la situación a una batalla en toda regla. La agarró por la cintura y la atrajo a sus brazos.
—¿Me esperabas, amor? —Él se jactó y sus ojos brillaron de un modo malicioso.
—Con la respiración contenida —respondió ella tranquila, sorprendiéndolo. Bulma nunca participaba en las réplicas verbales destinadas a Vegeta. Mentalmente se encogió de hombros, haciéndolo pasar como una anomalía.
Él moldeó sus labios sobre los de ella e intentó abrirlos con la lengua para profundizar en el interior. El cuerpo de Bulma, por normal rígido, ahora era laxo entre sus brazos y su boca no se resistió debajo suyo. Él mantuvo el beso todo el tiempo que pudo antes de verse perturbado por su calma, luego se alejó un poco, apartándola.
—¿Estás lista? —La voz de Zabón sonaba forzada por la incertidumbre y sus ojos eran cuestionadores.
—No. —Fue la respuesta aguda de Bulma. Desconcertado, Zabón no contestó de inmediato.
Ella avanzó unos pasos hacia la celda, dejándolo atrás y se dirigió a Vegeta. Ambos hombres pudieron oír el cambio en su voz, de la suavidad de su tono a la tristeza en su cadencia.
—A menudo me he preguntado si podía matar por ti. —La absoluta extrañeza de las palabras detuvieron el corazón de Vegeta y lo instaron a hacerle frente, moviéndolo a diferencia de cualquier petición de perdón. Matar, él sabía, era algo que Bulma nunca se perdonaría. Llevaba su inmaculada moralidad como una insignia de honor, agitándola delante de él cuando estuvo en su momento de máxima debilidad. Ella se cortaría las muñecas antes de dañar a otra criatura. La declaración era absurda, nada más.
Él la miró y notó que ella se negaba a levantar el rostro. Sus ojos estaban pegados al piso entre sus pies y tenía un comportamiento retraído y avergonzado.
—Primero pensé que podría matarte para salvar a mi planeta.
Vegeta resopló ante eso. Ambos sabían cómo terminó todo. Su falta de coraje era lo que los había metido en este lío en primer lugar. Su incapacidad para vencer su propia pureza casi llevó a la masacre de toda una civilización. Solo su audacia dio la vuelta a la situación. Él entrecerró los ojos y se negó a pensar en eso.
—En nuestro viaje vi tantas cosas terribles, experimenté tanto. Empecé a pensar en lo que haría, ¿qué haría yo para salvarte?, para tener éxito donde una vez fallé. Para proteger a la persona que quiero.
Zabón salió de golpe de su estupor y se dio cuenta de que Bulma estaba pisando terreno peligroso.
—Es suficiente —le ordenó mientras la agarraba por el brazo para llevársela. Ella se negó, arrojó su peso contra él y cruzó sus ojos con los de Vegeta. Se quedaron mirando el uno al otro a través de la distancia, abarcando el tiempo y el espacio en un latido del corazón, para revivir los recuerdos que compartían.
—Me pregunté si podría matar por ti.
Zabón la jaló del brazo de nuevo, pero sintió los dedos débiles. Algo crujió debajo su piel haciendo telarañas a través de sus venas.
—Hay tantos hechos fascinantes de la base de datos de la computadora. —Bulma apartó la mirada de Vegeta y abordó una vez más a Zabón. El tono distante que uso era venenoso, sin nada de la suavidad que mantuvo para Vegeta—. Todo tipo de información sobre las anatomías extraterrestres. Por ejemplo, ¿sabías qué eres una especie de anfibio de agua dulce?
Los ojos de Zabón se hincharon y su piel se decoloró a gris. Trató de abrir la boca para exigirle una explicación de lo que había hecho, pero su cuerpo no obedeció. Sus músculos se contrajeron, perdieron su sustancia y fuerza hasta que se sintió como algodón de azúcar. Vegeta observó a Zabón mientras se dejaba llevar a la parte delantera de la celda sin hacer ruido.
—Bueno, por supuesto que los sabías —dijo ella con sarcasmo en lo que parecía una charla amigable con el moribundo—. Lo fascinante de eso es que significa que la sal es letal para tu especie y completamente inofensiva para mí, una débil pequeña humana. Todo lo que se necesita es una dosis muy concentrada que puede ser ingerida o absorbida a través de una fina capa de piel. —Bulma se limpió la boca con la manga de su abrigo, borrando la evidencia del crimen de sus suaves labios de pétalo.
Zabón convulsionó, se agarró por reflejo el pecho cuando sus músculos se hicieron añicos. Sintió algo frágil astillarse dentro de él y caer súbitamente como un castillo de naipes.
—Supongo que el cloruro de sodio se está cristalizando en tus venas, dentro de poco te obstruirá las arterias y explotará tu corazón. Es una manera horrible de morir, ¿no te parece?
Las rodillas de Zabón se doblaron ante ella, su cara era una máscara de terror. No hubo una batalla gloriosa o trompetas anunciando su muerte como lo había soñado. Ni hombres ni mujeres lloraron de dolor, entonando cantos fúnebres mientras pasaba en un bello lecho de almohadas de satén al siguiente reino. No hubo ni siquiera un susurro de remordimiento en el momento en que el último suspiro escapaba de sus labios.
Bulma se alejó, sus rasgos parecían remotos cuando él se desplomó muerto a sus pies. Ella aflojó el puño, el olvidado frasco con el bálsamo cayó de sus dedos entumecidos y se enredó en la caída desordenada del cabello verde en el piso.
Se hizo el silencio en la habitación, tan alto y devastador como una avalancha. Bulma se quedó mirando el cuerpo de Zabón y Vegeta la miró fijamente. No podía creer lo que acaba de ver, su cerebro aún estaba luchando por mantenerse al día. Bulma Briefs, el alma más pura que jamás conoció, su ángel inocente, acababa de matar a un hombre.
—¿Qué has hecho? —preguntó él, la incredulidad casi le robo la voz.
Hubo una pausa embarazosa en la habitación, los segundos parecieron arrancados por el cuchillo de un abortista cuando Bulma levantó la cabeza para mirarlo. Las sombras que Vegeta vio en su rostro le cerraron la garganta, apretando el aire de sus pulmones. Ya no podía ver la preciosa luz en sus ojos, en lugar de eso solo había muerte.
—La respuesta a la pregunta es sí —murmuró ella, parecía impertérrita pese a la atrocidad que acababa de cometer.
—¿Qué pregunta? —dijo él con voz áspera, completamente confundido por la extraña situación. No pudo pasar por alto la sensación de terror que se agravó en el agujero donde su corazón debería estar. Sólida y pesada, una bola de obsidiana de desesperación lo agobió.
La atención de Bulma se desvió de nuevo hacia el cuerpo de Zabón. Se quedó congelada por encima de él, incapaz de moverse, con ganas de correr.
—¿Qué pregunta, Bulma? —Vegeta le exigió la respuesta con dureza, insistiendo en que reorientara su atención de nuevo hacia él. Ella lo miró y sus ojos azules sin brillo se ampliaron un poco más ante su tono.
—Si mataría a alguien por ti.
La bola de obsidiana abandonó su corazón arrancando trozos de músculos y aterrizó con todo su peso en sus entrañas. De repente, con una certeza escalofriante en el alma, supo que era un monstruo. Antes era un bastardo que cumplía las órdenes de su amo, pero no fue hasta que destruyó a un ángel bajado del cielo y la revolcó en la suciedad del infierno, que se había convertido realmente en una abominación.
Vegeta miró a Bulma en silencio. Ella tenía los hombros caídos y la piel demasiado pálida. Círculos oscuros le ensombrecían los ojos y líneas de preocupación e insomnio se plegaban en las esquinas. Lo peor era la mirada dentro de sus profundidades azules. Lo había visto antes, en el niño que se paraba frente al cadáver carbonizado de su padre, en el hombre sosteniendo el cuerpo de su amante, en el espejo cuando se miraba a sí mismo. Era la pérdida, una pérdida profunda que lo consumía todo. Y fue él quien también le hizo ese regaló a ella.
De pronto la nave fue sacudida por una serie de explosiones desgarradoras que enviaron vibraciones al piso bajo sus pies. Bulma tropezó contra el escritorio, salió de su aturdimiento y sus ojos despertaron a la vida. Miró alrededor antes de tomar su tarjeta de acceso de un cajón.
—¿Qué está pasando? —gritó él, apoyándose contra la pared con una mano. Bulma corrió hacia la celda, estabilizándose a sí misma cuando otro bombardeo sacudido la nave.
—Los explosivos que puse en el temporizador están detonando. —Ella le dio una explicación sucinta como si él ya debiera saberlo.
—¿Qué? —gruñó Vegeta mitad molesto, mitad asombrado. ¿Qué sería lo siguiente que ella haría?
—Los puse en ciertas áreas clave para llamar la atención y despejar el camino a mi nave, Isis. Está totalmente equipada y lista para despegar. —Lo que no mencionó fue que el cilindro que contenía la cola congelada mediante un proceso criogénico y el arma más peligrosa del universo, su pistola de ondas lunares, también estaban escondidos a bordo. No tenía ninguna duda de que él los encontraría junto con la nota que había dejado.
Bulma se paró frente a la cerradura electrónica de la celda de Vegeta con la tarjeta en la mano. Él la miró expectante y ella le devolvió la mirada.
Este era el momento de ajustar cuentas, su prometida cita con el destino. Si Vegeta iba a matarla sería justo allí, en ese lugar.
—Júrame que ayudarás a proteger la Tierra.
Vegeta no podría haber estado más sorprendido si ella le pidiera que se aparease con caracoles. Su mandíbula se abrió una fracción de segundo antes de que la cerrara con un ruido seco.
—No. —escupió las palabras molesto.
—Hazlo o te dejaré aquí. —Vegeta, el guerrero más poderoso que ella conocía, era su última esperanza. Ahora que descubrió la respuesta a la Ascensión, estaba segura de que él podría salvar a su planeta de la aniquilación, de cualquier amenaza que representara el imperio iceyín e incluso de sí mismo. Todo lo que necesitaba era que estuviera de acuerdo.
Los labios de Bulma se comprimieron en una delgada línea de resolución y sus ojos se endurecieron con una crueldad que no había estado allí antes de que se conocieran. Culpabilidad, un sentimiento que nunca pensó experimentar, se deslizó dentro de él anidándose en el vacío de su corazón. La odiaba, pero no podía negarla. Quería escapar de ella, pero no podía dejarla a un lado.
—Bien —dijo él a regañadientes, la culpa y el señuelo de la libertad lo animaron.
—Júralo, júralo por tu honor como príncipe.
Él se burló y sus labios se fruncieron por el disgusto.
—Lo que sea —gruñó, preguntándose si ella todavía tenía suficiente fe en él para creer en una promesa vacía. Los ojos de Bulma se estrecharon al detectar la mentira en el aire entre ellos.
—Júralo por la sangre de tu familia. —Bajó el cuello alto de su suéter para desnudar su garganta. El centelleo del rubí del brazalete le llamó la atención al instante. Llevaba el símbolo de la sangre, de la familia, del orgullo saiyayín alrededor de su garganta. Un regalo de sus propias manos.
Ella lo miró a los ojos con orgullo, desafiándolo a negarse, a mentirle a la cara. Atrapado entre la certeza de una muerte deshonrosa y un juramento que probablemente terminaría en su muerte, él optó por el único camino que le quedaba.
—Lo juro.
Algo parecido al alivio se apoderó de Bulma, aligerando la carga sobre sus hombros y aliviando su alma. Dando un suspiro de aceptación, ella pasó la tarjeta, preparándose para lo inevitable.
Vegeta salió de la jaula con toda su ira reprimida, la frustración y el deseo emergieron en estampida con una intensidad irracional. Bruscamente tomó a Bulma entre sus brazos y encajó su suave cuerpo contra el suyo inflexible.
Él bajo la mirada esperando ver sus ojos llorosos pidiendo clemencia, en cambio, fue recibido por la coronilla de su cabeza. Miró la línea blanca del cuero cabelludo durante un momento antes de agarrar su mentón para levantarle el rostro. Mantuvo la mano allí, diciéndose que era necesario para tenerla sometida, tratando desesperadamente de ignorar la suave seda de la piel bajo sus dedos.
Palabras de odio se apiñaron en su garganta, chocando entre ellas para escapar de los labios de acero que las sujetaban. Dejó caer una dura mirada sobre su boca carmesí y recordó la vez en que quiso matarla, pero fue seducido por sus labios en su lugar.
Algo primario hervía bajo su piel, aullando con furia animal y deseo. Después de todo lo que le había hecho, aún la quería; después de todo lo que había sucedido, él todavía necesitaba escucharla respirar su nombre en su oído.
La nave se sacudió con otra serie de explosiones. Los párpados de Bulma se abrieron, pero ella siguió en silencio. Fue entonces cuando él alcanzó a ver algo más en sus ojos. Detrás de la tristeza y el toque de necesidad, estaba la oscuridad, la desesperanza y el vacío. La inevitabilidad. La certeza de que él reclamaría su premio, la asesinaría y la tiraría en el suelo junto a Zabón, condenando su alma contaminada al infierno por toda la eternidad.
Vegeta retrocedió con la mirada ardiendo de ira. Su rostro se endureció por la venganza y se armó de coraje. La muerte era demasiado fácil para ella. Bulma merecía ser castigada y castigarla era lo haría.
—Todavía no. —Vegeta juró una oscura promesa, convenciéndola sin lugar a dudas de que la deuda de sangre sería pagada cuando él lo considerara y no un segundo antes. Envolvió los dedos posesivamente alrededor de su delgada muñeca, la alejó del cadáver de su alma que yacía entrelazada con el cuerpo de su víctima en el frío piso de acero y la llevó por el pasillo hacia la libertad.
